74. El juego de la silla
Ficción romántica
74. “El juego de la silla”
Nora Sisto
Marcia miró a través de la ventana de su dormitorio con melancolía. Faltaban pocos días para que volviera Alan, pero no sabía si eso la animaba o la entristecía. Alan era el novio de Marcia. Era marino, y desde que había conseguido un muy buen trabajo en un crucero, pasaba embarcado durante seis meses, al cabo de los cuales tenía dos meses de licencia en tierra, para volver a embarcarse otra vez.
Desde donde se encontraba Marcia en ese momento podía divisar completamente aquella vecindad. Eran todas casas adosadas de color ocre claro dispuestas en dos plantas cubriendo todo el perímetro de un gran patio cuadrado central, al cual daban algunas ventanas y los balcones de los corredores de la planta alta. Pavimentado en su totalidad con baldosas rojas brillantes, y bordeado por infinidad de macetas con plantas exuberantes, aquel patio servía de escenario para llevar a cabo un montón de actividades entre los vecinos del lugar. Desde juegos hasta tender la ropa en los tendederos dispuestos en uno de sus rincones donde siempre daba el sol, era el lugar de encuentro obligado de los habitantes de aquel recinto, que necesariamente debían atravesarlo para entrar o salir de la propiedad. Sobre la mitad de uno de sus lados se erigía el acceso principal, una gran arcada que ocupaba el alto de las dos plantas, y que estaba coronada en su parte superior por un frontón, tanto sobre la pared que daba hacia la calle como sobre la cara interior.
En uno de los apartamentos de la planta alta vivía Alan con su tía Olga y era frecuente verlo rondando orgulloso con su uniforme conversando con los vecinos o saludando desde el balcón del corredor. Así lo había conocido. Era muy apuesto y, dado la imagen de importancia que le confería aquel uniforme, era el foco de las miradas de las chicas del lugar. Pero él había escogido a Marcia. Es decir, había elegido a la chica más bonita de la vecindad. Y ella se sentía halagada. Hacía casi tres años que estaban de novios y se sentía feliz. Pero las largas ausencias de Alan debido a su trabajo habían ido desgastando el sentimiento y a veces sentía que seguían juntos solo por costumbre.
La vida cotidiana en la vecindad era tranquila, aunque rutinaria. Marcia vivía sola en un apartamento de la planta baja cuyas ventanas daban al patio central. Era propiedad de sus padres, los cuales habían emigrado a probar suerte en otro país. En aquel momento ella no había querido marcharse con ellos porque no deseaba alejarse de Alan, con quien recién había comenzado a salir, motivo por el cual sus padres le enviaban regularmente dinero para su subsistencia. No obstante, ella no llevaba una vida de inactividad. Trabajaba por las mañanas en una panadería a pocas cuadras de allí, y también asistía al mismo lugar algunos días por la tarde a tomar clases de cocina y repostería. En sus ratos libres colaboraba con Olga, con la cual se sentía obligada en parte por ser familiar de su novio y también porque estaba entrada en años, por lo cual le hacía mandados, tendía por ella su ropa o la acompañaba a pasear.
Marcia poco conocía al resto de la familia de Alan. Solo a través de sus conversaciones con Olga sabía que tenía muchos tíos y primos que vivían en una provincia alejada de la capital. Fue así que un día se encontró con que uno de esos primos había venido de improviso a la casa de Alan a quedarse durante tres semanas. Este, al parecer había cursado toda su carrera en la filial de un instituto en su provincia, y ahora venía a rendir el examen final en la sede central.
Cuando vio a Yann por primera vez, Marcia tuvo un presentimiento: algo iba a cambiar en su vida para siempre. Fue una mañana. Estaba atendiendo a los clientes en la panadería, cuando un muchacho entró a comprar. Venía con una mochila al hombro y daba la impresión de no ser de por ahí, ya que al entrar había observado el local de arriba a abajo. Cuando ella lo fue a atender tuvo que esperar a que él le dijera qué deseaba comprar, porque miraba con atención los productos en el exhibidor y no parecía decidirse por ninguno. Marcia lo miró con impaciencia, ya que había detrás de él otros clientes para atender. Entonces él la miró y le dijo:
— Es que lo que desearía llevarme no me lo puedo llevar.
Finalmente, se decidió por unas ensaimadas, las cuales ella le entregó en su correspondiente bolsita de papel. Y aunque intentó no darse por aludida por su desfachatez, él se dio cuenta de su mano temblorosa.
Yann era casi profesor de educación física y tenía tanta energía que parecía no poderse estar quieto en ningún lugar. Conforme pasaban los días, a Marcia se le fue haciendo costumbre verlo jugar con los niños a la pelota, cuando no ayudando a alguna vecina a cargar la canasta de la compra. Pero si bien se destacaba por su físico, se destacaba aún más por su forma de ser. Yann irradiaba simpatía, y Marcia, que en un principio había comenzado a observarlo inocentemente, confirmaba lo que su intuición le había advertido el día en que lo conoció: debía cuidarse de aquel hombre.
Después de aquella atrevida presentación de Yann en la panadería, Marcia se había hecho a la idea de que sería un donjuán que intentaría ir tras ella. Pero con el correr de los días se decepcionó, porque a pesar de la convivencia diaria, Yann no parecía estar interesado en ella. Eso le causó cierta desilusión, pero a la vez creyó que era lo mejor ya que no debía prestar atención a otro hombre que no fuera Alan. Sin embargo, algo comenzó a desconcertarla: sin ser explícito, él parecía estar siempre pendiente de ella.
Los días transcurrían, y aunque Yann solo estaba de paso y las tres semanas concluirían rápidamente, los dos interactuaban con familiaridad, como si se conocieran de toda la vida. Pero Yann fue el primero en tomar conciencia de que las cosas podían llegar a complicarse; se dio cuenta de que no podía alentarla a que se encariñara con él y se acostumbrara a su presencia. Por eso se dijo que lo mejor iba a ser tratar de evitarla. Solo que Marcia era una buena chica, bonita y encantadora, por lo que su propósito comenzó a complicarse para él.
El interés de Marcia en la repostería era realmente vocacional. Cada vez que volvía de una de sus clases llevaba consigo las confituras que había elaborado como práctica y las compartía con la familia de Alan u otros residentes de la vecindad. Y como era de esperar, cuando dio a probar a Yann aquellas exquisiteces, enseguida lo conquistó.
Una tarde, al finalizar su clase de repostería Marcia fue a salir de la panadería, pero justo en ese instante se desató sorpresivamente una lluvia torrencial. Llevaba una caja con factura recién horneada por lo cual, para que esta no se mojara prefirió quedarse parada en la puerta esperando a que amainara el temporal. Pero después de un rato, al ver que la lluvia no cesaba, se decidió a salir igual. No bien puso un pie fuera, un enorme paraguas negro la cubrió. Miró sobresaltada hacia su costado y lo vio. Era Yann.
— ¿Cómo sabías…..? —comenzó a decir, confundida por su presencia. Pero él no la dejó terminar.
— Vamos —dijo, pasándole el brazo alrededor de sus hombros y señalando aquella caja—. Ven conmigo si no quieres que se arruine lo que llevas ahí.
Durante el trayecto hasta la casa, Yann la llevó abrazada bajo aquel paraguas. Marcia sentía en sus manos el calor de las facturas dentro de aquella caja, y en su espalda el de aquel cuerpo acogedor. Entonces alucinó y no pudo evitar fantasear con un final de película besándose con él apasionadamente bajo el portal. Pero al llegar ahí, pareció producirse en Yann un «click» repentino, por lo que la soltó de golpe y sin decir una palabra se fue corriendo escaleras arriba.
Para Marcia, Yann era un enigma. Era espontáneo y amable con todo el mundo, por lo cual no alcanzaba a descifrar si lo era con ella en especial. Yann, por su parte intentaba controlarse, pero su instinto lo dominaba y luego se arrepentía por estar alentando a Marcia en algo sobre lo cual no iba a poder comparecer. Por eso intentaba mantenerse alejado de ella. Pero no siempre las intenciones van de la mano con los sentimientos.
El día en que Yann aprobó el examen final, su tía le organizó un pequeño agasajo en su casa. Marcia tenía temor de acercarse a felicitarlo porque la atracción que sentía por él la podía delatar. Cuando estimó que era el mejor momento para pasar desapercibida por los presentes, se acercó a él con la intención de saludarlo dándole un beso en la mejilla. Justo en ese instante un movimiento instintivo hizo que al girar él la cara, sus labios se encontraran de lleno. Entonces ella se apartó asustada, pero para su sorpresa él apenas se movió y se la quedó mirando con semblante preocupado.
Aun así, Yann no se caracterizaba por ser un conquistador. Por lo menos, no intencionalmente. Porque su físico vigoroso y su afectuosa forma de ser le conferían una ingenua sensualidad. Sus brazos fuertes podían volverse mucho más sugestivos que su rostro sereno y de mirada cálida, porque con solo verlos invitaban a alojarse dentro de ellos por toda la eternidad. Es decir, Yann no era un conquistador: era un imán irresistible.
Pero Yann era primo de Alan, y era lógico que no quisiera acercarse a Marcia. Ella por su parte, aunque intentaba mantenerse leal a su noviazgo con Alan, se daba cuenta de que algo se lo impedía: se estaba enamorando irremediablemente de Yann. Solo esperaba que Yann no se diera cuenta. Pero es casi imposible ocultar los sentimientos a la persona amada, y Yann hacía rato que se había percatado de lo que ella sentía por él. Solo esperaba que ella no se diera cuenta de que él le correspondía, y con mucha mayor intensidad.
Una tarde, Olga le pidió a Marcia que la acompañara a buscar unos medicamentos a una farmacia cercana. Como iban a pie y ya era prácticamente de noche, Yann se ofreció a acompañarlas. Marcia había pasado el día pensando en él, y en ese momento al caminar a su lado sentía que la excitación la invadía y a duras penas la podía contener. Su cuerpo parecía pronto a estallar y por eso necesitaba tomar medidas urgentes para aminorar la presión que la apremiaba.
Ajenos a todo esto, Yann y Olga caminaban conversando animadamente a unos metros delante de ella sin aparentemente percatarse de nada, y Marcia iba despacio, detrás. A cada paso que daba sentía que le pesaban los pies y poco a poco se fue relegando. Olga, distraída con la conversación, no se dio cuenta de nada. Pero para Yann la situación no pasó desapercibida, y aunque para él era muy claro lo que estaba sucediendo porque sentía lo mismo que ella, se obligó a continuar caminando sin voltear a mirarla.
Cuando Marcia llegó a una esquina se detuvo, comprobando que Yann y su tía continuaban caminando sin esperar por ella. Estaba desesperada. Sentía un fuego incontenible que se debatía violentamente en su interior sin poder dar con la salida. Su deseo por Yann era incontrolable y se sentía culpable. Pensaba que irrumpir en la vida de él significaba destruir su relación con Alan, y tal vez provocar un cataclismo familiar. Por eso le era imperioso descargar aquella tensión que la sofocaba. Entonces volvió a la vecindad. Y cuál no fue su sorpresa cuando al llegar a la puerta de su casa se encontró con que ahí estaba Alan, sonriente, esperándola.
Al verlo estalló en un llanto desesperado que Alan interpretó como su alegría por volverlo a ver. Pero en realidad era porque en ese instante se había dado cuenta de que, como por arte de magia, le había caído del cielo un paliativo para su dolor. Fue así que, poniendo su mente en blanco se abalanzó sobre él cubriéndolo de besos y abrazos y, sin decir una sola palabra se tumbó junto a él en un intempestivo acto de amor. Con los ojos cerrados, Marcia abrazaba aquel cuerpo como una desquiciada imaginando que era el cuerpo deseado de Yann, y al creerse suya al fin, tembló exaltada. Pero al disiparse aquel orgasmo desdichado, cayó vencida sobre la cama con los ojos abiertos y amargamente se dio cuenta de que había vuelto a la realidad. Alan, maravillado por aquella inesperada demostración amorosa siempre creyó que se había tratado de un recibimiento eufórico por su repentino regreso; nunca imaginó que había sido apenas el oportuno sustituto sobre el cual aquella mujer desesperadamente enamorada de otro había descargado su incontenible pasión.
Durante la caminata, Yann había intuido que el comportamiento errático de Marcia estaba relacionado con él y por eso había optado por mantenerse al margen. Pero ella le importaba. Entonces supuso que era mejor darle tiempo a solas para que se serenara, así como de paso también darse tiempo a él mismo para bajar su propio estrés. Por eso dijo de improviso:
— Tía, ya que estamos, ¿me acompaña a tomar un café?
Nunca se imaginó lo que estaba sucediendo mientras tanto.
Cuando Yann y Olga volvieron a la casa, se llevaron una sorpresa fenomenal: Alan estaba sentado a la mesa junto a Marcia, comiendo unos bocadillos. Al ver aquella escena, Yann quedó tieso, pero enseguida entendió que le correspondía saludar a Alan efusivamente. Mientras lo hacía, disimuladamente dio un vistazo a Marcia para observar su reacción. Y aunque era evidente que ella trababa de ocultarlo, notó que estaba alterada, nerviosa, con las mejillas encendidas y esquivó en todo momento su mirada, por lo cual no le fue difícil deducir lo obvio: Marcia había recibido a su novio acostándose con él. Entonces, soltó una irónica carcajada para sus adentros. Era una broma del destino. De entre todas las chicas que podían pretenderlo, él había elegido a esa, pero « esa » , justamente no podía ser.
A la mañana siguiente, Marcia salió muy temprano a trabajar como todos los días. Pero este día no era como los demás. La experiencia del día anterior en lugar de satisfacerla la había aniquilado, por eso iba caminando abatida, como una autómata, con su bolso colgando en una mano, tratando de no pensar. Pero al cruzar el patio se encontró inesperadamente con Yann y al verlo se sobresaltó. Estaba sentado en el piso, bajo el arco de la entrada. Tenía la espalda recostada contra la pared, las piernas flexionadas y los codos apoyados sobre sus rodillas. En una de sus manos sostenía un cigarrillo encendido, consumido casi hasta la mitad, que ahumaba insistentemente su rostro sin que al parecer le importara. Era imposible que pasara junto a él sin que la viera, así que optó por saludarlo, aunque no pensaba detenerse.
— ¿Qué haces con un cigarrillo, si tú no fumas? —fue lo primero que se le ocurrió.
Él la miró sin decir nada. Tenía los ojos enrojecidos y estaba vestido con la misma ropa que el día anterior, por lo que daba la impresión de haber pasado ahí toda la noche. Al verlo en ese estado, Marcia se enterneció y entonces se detuvo frente a él. Se lo veía atribulado, desanimado. Lo habría abrazado y besado hasta la muerte pero no podía, y menos aún podía preguntarle por qué estaba así.
— ¿Cómo sabes que no fumo? —respondió él con hostilidad—. ¿Acaso me conoces? No sabes nada de mí.
Estaba serio, muy distinto a la forma alegre y optimista en que se lo veía habitualmente, y Marcia tuvo miedo de continuar la conversación porque le pareció que él sabía lo sucedido con Alan. Sin embargo, para ella en ese momento su torpe error pasaba a segundo plano; lo único que le importaba era él.
— Deberías ir a la casa a dormir —le dijo, intentando ser educada y aconsejarlo buenamente.
— ¿Para qué? —saltó él, amargamente— ¿Para soñar con algo bonito que nunca llegue a hacerse realidad?
Marcia sintió que un escalofrío recorría su espalda, pero no podía decirle cuánto lo amaba, que enamorarse de él estaba siendo para ella catastrófico y que aquel recurso desesperado había sido lo único que había podido hacer para calmarse por no poder estar con él. Por eso lo miró con una infinita tristeza. Sus ojos le gritaban «No puedo vivir sin ti» y Yann no pudo sostener su mirada, por eso, bajando la cabeza le dijo, roncamente:
— Vete. Sigue tu camino. Haz de cuenta de que nunca me viste.
Dicho esto, apagó bruscamente su cigarrillo contra una de las baldosas del piso, se puso de pie y dándole la espalda se marchó rápidamente rumbo a la casa de Olga.
Marcia quedó ahí, inmóvil, cabizbaja, sintiendo que las piernas le flaqueaban, sin atinar a retenerlo. Así que tragó saliva y se dijo que él tenía razón: debía continuar su camino. Pero cuando levantó la vista para proseguir su marcha se encontró con que Alan venía corriendo hacia ella.
— ¿Estás bien? —le dijo, preocupado mirándola detenidamente—. Estás pálida. ¿No te sientes bien?
— No es nada —se apuró a asegurarle—. Estoy bien.
— Vi a Yann que se alejaba apurado. ¿Acaso discutiste con él? Si es así, tendré que hablar con él seriamente.
— ¡No! —exclamó, asustada. Y enseguida cambió el tono, para disimular—. ¿Por qué discutiríamos? Es que de pronto se acordó de algo y se tuvo que ir.
Faltaban pocos días para el comienzo de la Primavera, y en el patio las plantas en los grandes macetones habían comenzado a florecer, llenándose de luz y color. Con el advenimiento de los días cálidos la gente comenzaba a salir al patio a sentarse en sus reposeras para alternar con los vecinos mientras veían a los chicos corretear y andar en bicicleta. También se comenzaron a organizar aquellos entretenimientos habituales. El ambiente de la vecindad era tan apacible, que en lugar de irse inmediatamente después del examen como había planeado, Yann había anunciado que se quedaría dos o tres días más. No había dicho por qué, pero en realidad era porque sentía que no debía abandonar tan repentinamente a Marcia.
Esa noche tocaba la carrera de embolsados seguido del juego de la silla. Cuando llegó el turno a este último, muchos se anotaron para participar. Entre ellos Alan y Yann. A la par que el dueño del estéreo se encargaba de poner y de cortar abruptamente la música, los contrincantes corrían alrededor del círculo hecho con las sillas intentando no perder su lugar. A Yann se le notaba que disfrutaba de las competencias pero participaba sin importarle el resultado, solo por el placer de competir. Pero Alan tenía un espíritu competitivo contumaz. Cuando quedó únicamente una silla, los únicos en carrera fueron casualmente ellos dos. Todos apostaban por Alan, ya que en anteriores oportunidades siempre había sido el ganador. Sin embargo, un resbalón inoportuno hizo que Yann se adueñara del codiciado lugar. Ante el resultado del juego, Marcia se conmovió. Era la señal de que efectivamente era Yann y no Alan quien ahora ocupaba el lugar de privilegio en su corazón.
Marcia sabía que después de haber aprobado el último examen, Yann no tenía por qué quedarse en la vecindad y ahora se preguntaba cuándo se marcharía. Suponía que, una vez lejos, sus angustias acabarían. Pero a la vez tenía miedo porque dejar de verlo iba a ser una prueba de fuego que no sabía si iba a poder superar. Por lo pronto, mientras estuviera allí lo mejor iba a ser evitarlo a toda costa, para ir acostumbrándose.
Habían pasado dos días desde los juegos en el patio y durante estos había hecho todo lo posible para evitar encontrárselo. Pero su estrategia era inconducente, ya que su gigantesco esfuerzo solo servía para revelarle a Yann el gigantesco tamaño de lo que sentía por él.
Esa mañana, cuando apareció en el patio cargando un tacho lleno de ropa para tender no se dio cuenta de que Yann la estaba esperando. Al verlo, su corazón se detuvo, pero intentó esquivarlo encaminándose sin mirarlo hacia el rincón en donde estaban los tendederos, y poniéndose de espaldas a él comenzó a colgar.
Después de unos minutos de observar que ella efectivamente intentaba ignorarlo, Yann se le acercó.
— ¿Puedo ayudarte? —le dijo, con esa amabilidad que ella odiaba por hacerla enamorar cada día más de él.
— No —respondió bruscamente, sin mirarlo y sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.
Se hizo un silencio, y esperó que Yann se fuera, pero él siguió ahí.
— ¿Estás enojada por algo? —insistió.
Y como ella continuaba sin hablarle, le dijo directamente:
— ¿Estás molesta conmigo por haberle arrebatado a tu novio su lugar? —dijo, haciendo alusión al juego de la silla, pero ella sabía que sus palabras tenían doble sentido.
— No —respondió escuetamente.
Él dudó unos segundos antes de decir lo siguiente, pero se lo dijo al fin.
— ¿Entonces estás disgustada por haberte acostado con él imaginándote que era alguien más?
Cuando dijo esto, ella lo miró con el ceño fruncido. ¿Qué podría saber él? Jamás en la vida lo habría confesado, y menos a él. Pero no supo qué decir, y al bajar la vista, Yann supo enseguida que era verdad. Él no podía decirle lo mucho que la deseaba, pero tampoco podía marcharse sin darle una explicación. Necesitaba consolarla.
— Marcia: no quiero verte así. Todos tenemos nuestros fantasmas. Pero sea por lo que sea, no quiero que te sigas atormentando más —dijo, resignadamente en tono serio y con mirada comprensiva.
Ante sus palabras reveladoras, Marcia lo miró con ojos vidriosos y se contuvo de comenzar a llorar. Entonces Yann continuó:
— No quiero que te confundas ni que sufras por mi culpa. Créeme que entiendo demasiado bien lo que te está pasando —y recalcó, mirando hacia lo alto y suspirando hondamente—: ¡ya lo creo que lo entiendo! Pero estoy atado de pies y manos y nada puedo hacer para aliviar tu dolor. Yo voy a marcharme pronto y estoy seguro de que cuando me vaya las cosas volverán a su cauce normal. No te aflijas. Ya verás que con el tiempo se te pasará.
Ella lo había escuchado con un nudo en la garganta, y como se había quedado callada sin poder responderle, Yann entendió que no había nada más para decir. Por eso se dio media vuelta y se fue. Pero no había alcanzado a caminar dos pasos cuando escuchó que ella le decía:
— ¿Y a ti? ¿A ti también se te pasará?
No volteó hacia ella para responderle, pero se detuvo en seco solo para responderse a sí mismo: «No. A mí nunca se me va a pasar». Y retomó la marcha.
Pasaron primero los días, después las semanas y los meses. Yann había regresado a su casa en la provincia y era improbable que fuera a volver. Sabía por Olga que había encontrado un buen trabajo y eso hacía aún más improbable que volviera. Alan había vuelto a embarcase después de dos meses en tierra, pero antes de hacerlo Marcia se había sincerado con él, por lo que de común acuerdo habían convenido en dar por finalizado su noviazgo.
Se acercaban las fiestas navideñas y en la vecindad habían colocado un gran árbol en el medio del patio, al cual los vecinos se habían venido ocupando de decorar. También habían colgado guirnaldas que iban de un balcón al otro, con luces y colgantes de colores brillantes. Todo era fiesta y algarabía. Solo ella no alcanzaba a reponerse. Después de casi un año de no saber nada de Yann, pensaba seriamente en ir a vivir con sus padres. Pero le costaba decidirse. Sentía que no podía dar por finalizado algo que ni siquiera había llegado a empezar.
Esa tarde estaba, como en tantas otras tardes, sumida en sus pensamientos con la mirada perdida a través de la ventana. Las luces del árbol en el medio del patio se acababan de encender impidiendo que pudiera continuar observando las estrellas y sintió con pena que era momento de dejar de soñar. De pronto, alguien golpeó el vidrio de su ventana y se sobresaltó, pero al ver quién era, salió al patio de inmediato.
— Alan, ¡qué sorpresa! —exclamó, abrazándolo igual que a un viejo amigo—. No te esperaba.
— No podía perderme esta Navidad. ¿Cómo has estado?
No podía ocultarle cómo se sentía. Él estaba en conocimiento de lo ocurrido y su antiguo noviazgo era ahora una franca amistad.
— ¿Piensas quedarte muchos días? ¿Dos meses, como habitualmente?
— No, no. Solo vine a traer un regalo y después me vuelvo a marchar.
Pero antes de que pudiera preguntarle de qué se trataba dicho regalo, alguien apareció detrás de él. Era Yann.
— Espero que aprecies mi regalo —dijo Alan, sonriente—. Espero que todavía lo quieras porque no lo pienso devolver. ¡No sabes lo que me costó convencerlo para que viniera!
Y acercándose al oído de Marcia, dijo en secreto:
— El pobre creyó que me iba a enemistar con él y me divierte hacerlo sentir culpable por un rato. Todavía no le dije que estoy por casarme con una compañera de trabajo y que voy a ser papá.
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— Marcia: ¿estás pensando en mí en este momento? No soportaría que en nuestra noche de bodas pensases en alguien que no sea yo.
— Yann —exclamó ella apartándose un poco para mirarlo a la cara—, no sabía que fueras tan celoso.
— No lo soy. Es que me volví loco cuando supe que habías estado con otro, aun imaginándote que era yo.
— No te apenes más por eso.
Hubo un instante en que ella se puso seria recordando aquella circunstancia absurda. Pero enseguida reaccionó. Nunca había hablado con él de eso y ahora era el momento de decírselo.
— No solo lo imaginé, Yann, de verdad eras tú. En todo momento fuiste tú. Solo que no podía gritar tu nombre.
— De ahora en delante lo puedes hacer……..aunque no demasiado fuerte porque los vecinos podrían oírte. Ya sabes que me gusta la discreción.
Marcia lo miró con una sonrisa pícara, y exclamó a viva voz:
— ¡Te amo…….Roberto!
Yann se rio, pero no demasiado, y respondió:
— Está bien. Yo también te amo……Angelina.
— ¡No más que yo…….Martín!
— Bueno, ya cállate que me desconcentras.
— ¡Te amo, Yann!
— Ah. Eso, sí.
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Nora Sisto / Mayo 2024