Ajuste de cuentas

Nora Sisto

       Como todos los días, Paula dejó a su hija Toscana en el Jardín de Infantes, diciéndole que se iba a trabajar. Pero hoy no iba a hacerlo. Ayer la habían despedido. No tenía idea de cómo iba a ser su vida de ahora en adelante.

      Vivía con su niña de tres años en un departamento compartido con una amiga, pero solo podría permanecer allí mientras pudiera seguir colaborando con los gastos. Era contadora, y se suponía que no demoraría en volver a trabajar. Pero la situación del país, en ese sentido, no era demasiado auspiciosa.

      Como iba a tener el día libre y no tenía en vista ninguna otra actividad, para evitar caer en una depresión, fue a sentarse en una plaza. Mientras veía pasar el tiempo, meditaba sobre sus opciones de vida. El lugar estaba bastante concurrido para ser tan temprano. Frente a ella, algunos niños se divertían dando vueltas en la calesita, y otros jugaban acompañados por sus cuidadores, en el tobogán. Se preguntó si alguna de aquellas personas estaría sufriendo su misma situación. Estaba enfrascada en sus pensamientos, cuando alguien que iba pasando se detuvo frente a ella y le habló.

—    Hola. ¿Eres Paula, verdad?

      Miró hacia arriba para ver mejor a quien la estaba saludando. Los rayos de sol daban de lleno en sus ojos y para no encandilarse tuvo que resguardarlos   con la mano. Era un hombre mayor, ya entrado en años. Al principio no le pareció conocido, pero cuando pudo ver bien su cara, se sobresaltó.

—    No sé si te acuerdas de mí —continuó diciéndole el hombre—. Soy el contador Ribaldi. Vicente Ribaldi. Fui tu profesor en la Universidad. Ha pasado ya bastante tiempo y tal vez no me recuerdes. Pero yo sí te recuerdo bien. Fuiste una de las mejores alumnas que tuve, por no decir la mejor.

      ¡Cómo no iba a acordarse de él! Vicente era el padre de Claudio. Era, por lo tanto, el abuelo de Toscana. No pudo evitar suspirar. Habían pasado solo cuatro años, pero parecía una eternidad. Toda una vida. La vida de Toscana.

—    ¿Cuál de esos niños es tu hijo? — le dijo con una sonrisa, porque al verla en ese sitio, dedujo que lo estaba mirando jugar.

      Pero él no tenía forma de  saberlo. Su hija era su tesoro oculto.

—    No, no. Ninguno de ellos es mío —respondió, pensando en que si él  insistía en ese tema, iba a tener que ser evasiva—. Estoy aquí únicamente porque necesitaba tomar un poco de aire. Necesitaba estar tranquila para pensar.

—    Te comprendo. Yo también vengo aquí algunas veces a pasar el rato. Mirar a los niños jugar me alegra el espíritu. Pero cuéntame, ¿qué ha sido de tu vida? ¿Estás trabajando? Me imagino que con tu capacidad, cualquiera estaría feliz de contar con tu colaboración.

—    Si. Es decir, no. Estuve trabajando hasta ayer en un estudio contable, pero ayer mismo me despidieron por recortes de presupuesto. Así que a partir de hoy, estoy desocupada.

      Vicente la miró consternado. Él estimaba mucho a esa chica. Le había augurado un gran futuro profesional, pero más aún, un brillante futuro como persona. Había reparado en ella desde que la conoció, y había seguido con interés su desempeño académico. Había sido una excelente alumna, y le constaba además que era honesta, trabajadora y cariñosa, pero al ser retraída le costaba socializar. Estaba en la misma clase que su hijo, aunque no era amiga de él. Sin embargo, su observadora intuición creía captar otra cosa.

—    Lo lamento mucho —le dijo, verdaderamente afligido—. Es una lástima que no hayan sabido aprovechar tu potencial.

      Ella trató de esbozar una sonrisa. Pero sus ojos eran tristes, y él tuvo pena de que se pusiera a llorar. Pero ella se contenía. Por su hija, había tenido que aprender a dominarse ante la adversidad. Se había hecho fuerte, pero en ese momento no lo era. Ese hombre la miraba con ternura y le hablaba como un padre, haciéndole saber cuánto la comprendía y valoraba, y por un momento deseó que la abrazara con fuerza.

      Vicente nunca había tenido con ella demasiada familiaridad. Como profesor, imponía respeto ante sus alumnos, evitando que entraran en confianza. Ahora estaba conmovido, pero no quería continuar apenándola, por lo que estimó que era mejor finalizar la conversación. Así que, sin acercarse a ella, se despidió. Paula no quiso mirarlo a los ojos, pero pudo atisbar en ellos un sesgo de amargura. Pero no era una amargura que ella pudiera haberle trasmitido. Era una tristeza anterior. Mientras él se alejaba, bajó la cabeza con resignación.

      Pero tras caminar unos pasos, Vicente se detuvo y volvió hacia donde ella estaba. Venía con una expresión reflexiva, y se sentó a su lado antes de hablar. Le pareció que sus ojos brillaban con entusiasmo.

—    En mi empresa hay un contador que está por jubilarse. Es posible que lo haga dentro de dos meses. ¿Qué te parecería ir acostumbrándote a su trabajo, así cuando finalmente se retire, tú tomes su lugar? Inicialmente sería un sueldo de asistente. Pero más tarde sería el de una profesional. ¿Qué me dices?

      Para Paula significaba una inesperada tabla de salvación. Pero él era el padre de Claudio, y no estaba segura de qué pasaría si se volviera a encontrar con él. Sabía que Vicente era totalmente ajeno a su historia, así que se animó a preguntar.

—    ¿Y su hijo Claudio? Por lo que recuerdo, él también es contador. ¿No  trabaja con usted?

      Sintió que se le ponía la piel de gallina, porque en todo aquel tiempo no había vuelto a pronunciar su nombre.

—    No, no. Claudio hace más de tres años que vive en otro país. Cuando volvió del viaje de egresados me planteó que quería buscar otros horizontes, y yo estuve de acuerdo con que lo hiciera.

—    ¿Su esposa se fue con él?

—    ¿Cuál esposa? No, nunca se casó. Claudio tenía una novia en la Universidad. Tal vez tú te acuerdes de ella. Era una chica muy linda. Pero rompieron. Desde entonces, que yo sepa, está solo. Lamentablemente, por el momento no piensa volver al país. Es una lástima, porque a mi edad comienzo a sentirme solo. Mi esposa falleció hace un año, sin haber tenido la felicidad de conocer algún nieto. Y yo creo ir en el mismo camino. Bueno, ¿qué me dices? ¿Puedo contar contigo?

      A los pocos días, Paula comenzó a trabajar en la empresa de Vicente. No le había costado nada aceptar aquella propuesta. Pero más que por lo laboral, por el cariño que le inspiraba aquel buen hombre. Lamentaba que su esposa no hubiera podido conocer a Toscana, pero algo le decía que iba a hacérsela conocer a él.

      Tal como había anunciado su jefe, al cabo de dos meses el contador titular se jubiló y Paula pasó a tomar la titularidad. Iba todo muy bien encaminado. Ella había vuelto a encarrilar su vida y se sentía feliz. Vicente actuaba como un padre para ella y continuaba enseñándole los pormenores del oficio, cada vez que había oportunidad. Todavía no le había dicho que tenía una hija. A veces se imaginaba lo feliz que él se pondría al descubrir que era abuelo. Pero siempre se decía que se lo contaría en otro momento.

      Paula sabía que era cuestión de tiempo. Sabía que en algún momento Claudio iba a aparecer. Solo que no había pensado que fuera tan pronto. Y el día temido llegó.

      Estaba en la oficina de la empresa, sentada frente a su computadora y  apurada por terminar un balance, cuando él entró. Pasó sin mirar a nadie y  fue directo al despacho de su padre. Era posible que no supiera que ella estaba allí. Pero cuando los dos aparecieron juntos, ella supo que Vicente se lo había dicho. Así que trató de actuar con naturalidad.

—    Hola Paula, ¿cómo estás? — le dijo mientras se acercaba a darle un beso en la mejilla—. No me esperaba encontrarte aquí.

—    Si —lo interrumpió Vicente, entusiasmado—. Ya hace dos meses que está con nosotros. Vino a remplazar a nuestro contador de toda la vida, que finalmente se retiró. Estamos muy contentos de que Paula esté en nuestra casa.

—    Gracias, señor Vicente —se apuró a decir, aparentando una formalidad que no existía—. Yo también me siento muy feliz de estar aquí.

      Intentaba no mirar a Claudio demasiado. Temía que él, sin saber cómo, pudiera adivinar su secreto. Pensó que lo mejor sería seguir una conversación protocolar.

—    ¿Te quedas por muchos días?

      Creía que preguntaba por preguntar, pero en realidad necesitaba saber por cuánto tiempo estaría cerca. Y sentía curiosidad por saber qué planes tenía Claudio para su vida.

—    En principio una semana. Vine por unos trámites. Sabrás que mi madre falleció hace poco y mi padre quiere poner en regla los papeles de la empresa.

      En sus años de estudiante, Claudio era petulante y representaba el popular  papel de «macho man». Pero esa era su máscara. La verdadera personalidad de Claudio iba por otra parte. Nadie conocía su enorme sensibilidad, que él ocultaba bajo una arrogancia desmesurada. Se ufanaba de haber conquistado a  la chica más bonita y popular, y eso le otorgaba cierta fama. Le gustaba mostrarse con ella, aunque no era la persona con la cual estaba dispuesto a  compartir su vida. Al finalizar la carrera, se había anotado en aquel grupo de viaje, no porque ansiara conocer otras latitudes, sino porque éste podría servirle como excusa para alejarse por unos meses. Necesitaba un tiempo de reflexión para poner en orden sus ideas.

      A Paula poco la conocía. Es decir, no la deseaba conocer. A pesar de ser bonita, no formaba parte de su círculo de interés. Era la chica nerd de la clase. Era tímida, y su escasa habilidad para relacionarse hacía que casi no tuviera amigos. Por lo tanto, no concitaba su atención. Sin embargo, los que la conocían  la admiraban por su inteligencia excepcional. Al recibir las calificaciones finales, fue la única en conquistar la medalla de oro. Por eso, Claudio la consideraba no como una compañera de estudios, sino como una imbatible rival.

      Ella, en cambio, se había enamorado de él en cuanto lo conoció. Era el chico de sus sueños. No era muy alto, pero tenía un atractivo físico de deportista. Su cabello era rubio y apenas ondulado, y cada año al volver de las vacaciones de verano, traía aquel bronceado espectacular. Las chicas suspiraban por él, pero como era lógico, él había elegido a la más atractiva. No olvidaba aquel día en que lo vio besándola. De ahí en adelante, su mundo se derrumbó y pensaba que nunca más volvería a recuperarlo. Él jamás la miraría, porque sus  pretensiones eran demasiado altas. Sin embargo, ella no dejaba de soñar.

     Se habían graduado simultáneamente, y ambos habían emprendido aquel viaje de egresados junto a una veintena de jóvenes más. La travesía había durado tres meses, durante los cuales habían recorrido varios países. La novia de Claudio no viajaba con ellos, ya que estudiaba en otro lugar.

      Aquella última noche fuera de casa iba a ser de jolgorio total. Los chicos estaban ebrios. Entre el deseo de volver a sus casas y las pocas ganas de abandonar aquel paradisíaco lugar, se habían puesto sensibles. Claudio parecía ser el que menos deseaba volver. Aprovechando aquel bullicio, buscó a Paula, y ella, que anhelaba ese acercamiento, no lo quiso rechazar. Calculó que, pasado el momento, él seguramente ni se acordaría de lo sucedido. Y a ella le quedaría el recuerdo de un momento memorable.

      Sin embargo, al mes de haber regresado, Paula se encontró con que estaba embarazada. Bajo ningún concepto iba a decírselo a Claudio, porque era obvio  que él la rechazaría de plano. Entonces, optó por alejarse. Se marchó durante un tiempo y no volvió hasta que Toscana cumplió un año de edad. Le había puesto ese nombre en homenaje a aquel mágico lugar en el que había sido concebida. A pesar de su idoneidad profesional, el hecho de tener una hija pequeña le había dificultado el encontrar empleos de responsabilidad y tiempo completo. Por eso, había tenido que conformarse con un puesto por debajo de sus pretensiones.      

      La voz de Vicente la sacó de su ensimismamiento. La calidez con que la trataba la hacía sentir muy bien.

—    Paulita, hija: Claudio y yo nos vamos a casa. Te encargo que cierres la oficina. Perdona que no me quede a acompañarte, pero como comprenderás, quiero aprovechar al máximo el tiempo que puedo pasar con mi hijo.

      Al llegar a su casa, abrazó a Toscana con fuerza. Hasta ese momento no se había planteado la posibilidad de compartirla. Pero la llegada de Claudio la había obligado a reconsiderar la situación. Por mucho tiempo había albergado la ilusión de formar con él una familia, y con el trato que ahora Vicente le prodigaba, no había podido evitar ilusionarse. Ahora, lo factible de todo eso comenzaba a inquietarle.

      Hacía dos días que Claudio había llegado, y desde entonces no lo había vuelto a ver. Vicente venía poco a la oficina porque seguramente pasaba el día con él. Le angustiaba pensar que en poco tiempo se iría y entonces aquel hombre volvería a sufrir por su ausencia. Pero la angustia también era suya.  Ella misma se vería obligada a despedirse nuevamente de él. Había sido un precario alivio no verlo durante esos años, aunque no había dejado de amarlo. Y ahora que lo tenía cerca, su corazón y su cuerpo se rebelaban, clamando por acercársele.

      Contaba nerviosa los días que faltaban para que Claudio se marchara, y trataba de no pensar. Entonces sucedió lo inevitable.

      Estaba por cerrar la oficina, cuando Claudio apareció. Venía solo.

—    Hola Paula — le dijo amablemente —. Vine a invitarte a cenar. Disculpa si te resulta inapropiado. En realidad no sé si tienes novio o esposo que te espere. Pero si no es así, me gustaría que pudiéramos disponer de un tiempo para charlar.

      No se le escuchaba como el chico duro que había conocido tiempo atrás. Ahora le hablaba un hombre maduro y esto lo volvía aún más atractivo que entonces. Por eso, aceptó.

      El ambiente del restorán era muy íntimo. Las luces eran tenues, y se escuchaba una suave música de fondo. Paula se sentía a gusto, y percibía con arrebato que la presencia de Claudio junto a ella imprimía en su cuerpo un imprevisto toque de excitación.

—    ¿Sabes por qué estamos aquí?

—    Supongo que porque nos conocemos desde hace mucho, y como trabajo para tu padre te gustaría ponerte al día.

—    No, para nada. Confío de sobra en tu profesionalidad. Eres una excelente contadora. Y si me permites, también creo que eres una persona excepcional.

      Paula había supuesto que la charla sería intrascendente, pero el giro que tomaba le comenzó a inspirar cierta prevención. Aún conservaba fuertes sentimientos hacia él, pero no deseaba que él lo descubriera. Iba a estar con él un rato, pero nada más. No obstante, las palabras obsequiosas que salían de su boca la conmovían.

—    Mira, nunca tuvimos oportunidad de conversar sobre aquella vez.

      Aquella repentina mención la descolocó, y por un segundo, temió haberse sonrojado. Ahora sí, lograba confundirla. ¿Era posible que él  recordara  «aquella vez»? Estaba bien que ella tuviera motivos para evocarla cada día, pero nunca habría esperado que él la trajese a colación. La situación se ponía incómoda. Por eso creyó que sería mejor fingir desentendimiento.

—    No sé a qué te refieres.

—    Aquella vez, en la Toscana. La noche antes de regresar a nuestro país.

—    Claudio, no tienes por qué afligirte. Aquello ya pasó a la historia. Éramos dos chicos, y encima tú en estado de ebriedad. Ya casi ni me acuerdo.

      Notó que la expresión de su rostro se apagaba. Como si su respuesta no fuera la que él esperaba oír. La miraba a los ojos y estaba siendo sincero. Entonces supo que no le debía mentir.

—    Claudio: no pensé que después de tanto tiempo siguieras pensando en eso. Si creíste que me habías hecho daño, puedo asegurarte que no fue así. ¿Sabes?, siempre me gustaste mucho. Por eso no me negué. Sabía que tu novia te esperaba, pero no me importó. Tal vez debería ser yo quien te pidiera disculpas.

—    Creo que no me entendiste. Lo que sucedió aquella vez, para mí fue una revelación. Yo podía tener a todas las chicas que quisiese. Pensaba que por eso era un ganador. No niego que me divertía tenerlas cuando lo deseaba. Pero nunca había recibido un verdadero sentimiento de amor.

      Se notaba que estaba emocionado. Ella lo escuchaba con cautela, mas no lo quería interrumpir.

—    En aquel momento no supe entender lo que sentía por ti. Creía que rivalizaba contigo. Pensaba que sentía odio, cuando en realidad lo que sentía era una terrible admiración. Y cuando estuvimos juntos, todo aquello, mágicamente se convirtió en  amor.

—    Yo te amaba. ¿Por qué no fuiste sincero conmigo?

—    Porque era un tonto que creía en una supremacía absurda. ¿Sabes por qué me fui a otro país? Porque me di cuenta de que no iba a soportar  que, al volver a encontrarnos, solo vieras en mí a alguien estúpido y despreciable. Me fui porque estaba avergonzado. Por suerte, estar tiempo lejos me hizo reflexionar. Por eso quise decírtelo.

      De camino a su casa, no pudo dejar de pensar en él. Era evidente que había cambiado. Y ella era el motivo de su transformación. Claudio le había hablado sinceramente. Él había querido mostrarle que no le ocultaba nada, aun a costa de su bochorno. Sin embargo, ella sí, le seguía ocultando la verdad.

      Al día siguiente, cuando fue a la oficina, Claudio y Vicente ya habían llegado. No lo había planeado, pero se dijo que esa podía ser la esperada oportunidad. Así que les pidió que no se retiraran hasta que ella lo dispusiese, y al mismo tiempo hizo una llamada telefónica. Los dos hombres se miraron con curiosidad, pero acataron. Después de una escasa media hora, Paula escuchó el timbrado de su móvil. Entonces se disculpó y salió por un instante. En seguida regresó. Traía con ella a una pequeña niña de cabellos rubios y sonrisa encantadora.

—    Claudio, Vicente: les quiero presentar a alguien especial. Por motivos que rápidamente comprenderán, voy a pedirles que en este momento se abstengan de hacer cualquier comentario o expresión que pueda confundirla. Pero si lo desean, lo iremos manejando con el paso de los días. Ella es mi hija. Se llama Toscana, en homenaje a un hermoso lugar en donde fui muy feliz. Nació hace tres años, el día diecisiete de diciembre. Como ambos son contadores, no les va a ser difícil sacar una simple cuenta hacia atrás.

 …………………..

      Era una preciosa  noche de  primavera en la Toscana. La mayoría de los chicos ya había aprontado sus maletas. Paula estaba triste porque no quería marcharse. Había pasado tres meses de ensueño y sabía que, al llegar a su país, a Claudio seguramente no lo volvería a ver. Durante ese tiempo había alimentado su imaginación, soñando con ser su chica. Pero sabía que no era más que una fábula imposible. Él volvería con su novia y entonces ella no tendría más remedio que despertar.

      Como era la última noche de su viaje, los chicos habían organizado una gran fiesta. Se habían dado cita en el bar que quedaba junto al hostal, y a esa hora, todos estaban allí. Esperaban vivir una noche desenfrenada, como  broche de oro de aquella experiencia extraordinaria. Pero ella no había querido ir. Creía que, negando la realidad de la despedida, podía prolongar por un rato más aquella ilusión.

      Esa chica siempre había sido una molestia para él. Había tenido que lidiar con su bendita presencia durante toda su carrera. Era más inteligente que todos sus compañeros de clase, y sus calificaciones eran imposibles de igualar. Para colmo, su propio padre la idolatraba. Él, en cambio, tenía que esforzarse en demostrar que era superior, especialmente a ella. Se sabía más atractivo que el resto de los muchachos, y las chicas más lindas se le acercaban buscando ser favorecidas con su atención. Y aunque eso le proporcionaba una utópica ilusión de poder, no le servía para lidiar con la concreta perfección de Paula.

      Pero la perfección de Paula no radicaba en el relumbre de su aspecto. Claudio reconocía que era bonita, aunque su novia lo era mucho más. Aun así, Paula tenía un atractivo que él no podía explicar. Era mil veces más inteligente, solidaria y amable que todos los que conocía y, paradójicamente, su humildad y su modestia eran lo que la hacía brillar. Durante todo aquel tiempo había sido una piedra en su zapato y eso lo había obligado a pensar sin descanso, en ella. Había soportado su presencia durante todo aquel viaje, y ahora para colmo, también la encontraría en la fiesta.

      Pero se equivocó. Ella no había ido. Quiso creer que era otra de sus habituales demostraciones de soberbia. Pero no verla por ninguna parte aumentaba su ansiedad por encontrarla. No era que a él le interesara especialmente que viniera. No. Era solo una chica: un ser insignificante. Pero ella tenía que estar ahí.

      Miraba hacia todos lados, esperando verla aparecer, pero no venía. La música sonaba muy fuerte y los chicos bailaban y saltaban eufóricos. Se habían animado a beber más de la cuenta. Incluso él. Se dijo que esperaría un rato más, pero se impacientaba. Y cuanto más constataba su ferviente deseo de verla, menos se conformaba. Pero Claudio Ribaldi no podía dejarse vencer. Paula debía presentarse en aquella fiesta, porque aquel escenario era el único sitio en donde ella no podía hacer valer su indoblegable superioridad. Ese era su territorio. En ese lugar, ella sería solo una chica más, una chica conquistable por él. Entonces se decidió y fue a buscarla.

      Paula estaba en aquel gran dormitorio compartido, aprontando sus cosas para el día siguiente. Estaba sola, dado que todas las chicas habían bajado al bar. Cuando, sin golpear previamente, Claudio abrió la puerta y entró en la habitación, ella se lo quedó mirando, extrañada. Se notaba que estaba pasado de copas, pero a ella no le importó. Ella lo amaba de todas las maneras. Ansiosa, esperó a que él dijera algo. Pero él no tenía nada para decir. En realidad, habría querido decirle todo, pero ni una palabra acertó a salir de su boca. Se acercó a ella y la arrojó apasionadamente sobre una de las camas. Ella no se defendió. Él esperaba de ella una respuesta violenta, un rechazo que lo encendiera aún más, algo que confirmara la licitud de su desprecio, algo que legitimara su colérico deseo de poseerla. En cambio, sintió que ella lo rodeaba con una emoción inmensa. Él le entregaba sus embates desesperados, y ella lo contenía con un amor suave, maduro, insospechado, como si hubiese tenido todo el tiempo del mundo para preparar aquel encuentro. Entonces él se desarmó.

      Cuando llegaron de vuelta a su país, no pudo enfrentarla. Una vez más, era ella quien había ganado. Lo había ganado a él.