Akhassia

Nora Sisto

       Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue un techo muy blanco del cual colgaba una luminaria con cuatro tubos, que en ese momento tenía encendidos solo dos. Dirigió la vista hasta donde pudo, y se dio cuenta de que estaba tendida en una cama de hospital. A su lado había  una torre de aparatos médicos donde  se veían unos números verdes intermitentes y unas gráficas de color blanco que subían y bajaban sin parar. En la habitación no había nadie más. Intentó incorporarse, pero su cuerpo apenas le respondió. Así que, vencida apoyó otra vez la cabeza sobre la almohada. Lo primero que vino a su mente fue Antoine.

      No pasó ni un minuto, cuando la puerta de la habitación se abrió y una enfermera la miró con sorpresa.

—    Khara —le dijo con una sonrisa—, ¡qué bueno que hayas vuelto con nosotros! Voy corriendo a avisarles a tus padres.

      La mujer salió tan de prisa que no le dio tiempo a preguntar. No podía moverse, así que no tenía más remedio que esperar. Pero no esperó demasiado. Habría pasado poco más de diez minutos, cuando se hicieron presentes sus padres y un hombre con túnica blanca, que dedujo sería el médico.

—    Khara, hija ¡al fin! —exclamó su madre, aunque no demasiado efusivamente.

      Su padre se había quedado callado, y la miraba con ojos húmedos. Pensó  inmediatamente en preguntar dónde estaba Antoine. Pero no se animó. Intuyó, por la mirada de su padre, que era posible que no volviera a verlo. Entonces su corazón se encogió de tristeza. Antoine era su amor.

      Como no era conveniente que la alteraran, salieron todos de la habitación quedando solamente la enfermera para revisarla.

—    ¿Recuerdas algo de lo sucedido? —le dijo mientras oservaba los aparatos al lado de su cama.

—    No. No recuerdo nada. ¿Qué pasó?

—    Tuvieron un accidente. Tú y tu acompañante. El coche quedó hecho añicos. Afortunadamente una ambulancia los trasladó en seguida a este  hospital. El doctor Bernard es quien está siguiendo tu evolución. Ahora está afuera con tus padres, pero en poco rato vendrá a verte.

      Khara trataba de hacer memoria. No recordaba el accidente. Su cabeza estaba demasiado revuelta, pero recordaba claramente a Antoine. Antoine era un músico incipiente de veinte años, con una vida bohemia que contrastaba radicalmente con la suya que, hasta aquel momento había estado enfocada a una carrera profesional. Sus padres habían manifestado abiertamente su descontento con esa relación, porque no era justamente lo que aspiraban  para su hija de dieciocho años, y le habían sugerido repetidas veces a Antoine que su forma de vida aportaba pocas garantías para el futuro que ellos le querían dar. Sin embargo, ella iba a marcharse de su casa para seguirlo.

      Khara y Antoine se amaban y soñaban idílicamente con un hermoso futuro. Antoine ambicionaba ser un gran artista y Khara tenía completa fe en él. Tan seguros estaban, que hasta se habían inventado un nombre para ponerle cuando tuvieran su primera hija: se llamaría Akhassia. Era un acrónimo formado por partes de sus nombres y de sus apellidos: Khara Bassi y Antoine Arnot.

      La evolución médica de Khara era favorable, pero antes de darle el alta el doctor Bernard quiso hablar con ella de un asunto delicado y personal: Khara estaba embarazada. Ella no lo sabía porque cuando ocurrió el accidente llevaba  pocos días de gestación. Sin embargo, un mes después, el embarazo estaba consolidado.

—    Khara: tenemos que hablar de un tema serio —comenzó diciendo el doctor Bernard—. Quise hablar contigo a solas porque creo que eres tú la que debe decidir. No sé si sabes que estás embarazada. Sé que no tuviste tiempo de enterarte antes del accidente. Afortunadamente el embarazo no fue afectado por el mismo, y sigue su curso. Sin embargo, me veo en la obligación de informarte que si desearas interrumpirlo debería ser antes de que te marcharas.

—    ¿Mis padres lo saben?

—    No, no me pareció oportuno decírselos antes que a ti. Por eso quiero que seas tú la que decida sobre esto.

—    ¿Y Antoine? ¿Por qué no ha venido a verme? Nadie me dice dónde está. ¿Qué le ha pasado?

—    Por lo que yo sé, Antoine se repuso más rápidamente que tú porque sus heridas eran más leves que las tuyas. Pero tus padres no le permitieron verte. Creo que le convencieron de que estaba poniendo en riesgo tu vida y tu futuro, y por eso se marchó.

      Khara miró hacia la ventana, y en sus ojos brotaron las lágrimas. Entonces Bernard se sentó cerca de su cama y esperó pacientemente a que procesara la noticia y le respondiese.

—    Doctor, mi embarazo debe continuar, ya que el destino así lo quiso. Le ruego que no les diga nada a mis padres. Más adelante veré cómo los enfrento.

      Cuando salió del hospital, Khara no quiso regresar a la casa de sus padres. Éstos, sintiéndose responsables por el alejamiento de Antoine, le pusieron  un departamento para que se instalara por su cuenta. Pasaron los meses, y aunque todos los días esperaba su llamado, nunca más supo de Antoine. Cuando su hija nació, tal y como había planeado con el amor de su vida, la llamó Akhassia.

      A raíz de su larga internación, Khara había entablado una gran amistad con el doctor Bernard, y más tarde lo  hizo también con su familia. Frecuentaba su casa, y se había hecho amiga de su esposa y de sus pequeñas hijas Felicia y Analí que tenían en aquel entonces siete y ocho años. Estas jugaban con Akhassia como si fueran sus hermanas mayores, y Khara estaba feliz porque su familia adoptiva la contenía y apoyaba. Tan profundo fue el impacto que el doctor Bernard causó en su vida, que retomó la carrera de Medicina y al cabo de cinco años se graduó. Y como Bernard era traumatólogo, también se perfeccionó en esa área.

      El tiempo pasó y su vida parecía haberse encaminado. A pesar de que nunca más había sabido de Antoine, su hija era su vivo retrato. Akhassia ya estaba por cumplir los diez años. Era una niña muy bonita, y al igual que su padre adoraba la música. Un día, las hijas de Bernard llegaron muy excitadas a la casa de Khara. Su ídolo, el famoso cantante popular conocido como «Mateco» estaba por venir a dar un recital en esa ciudad y querían que su “tía” las acompañara. Y Khara, que las consentía en todo, en seguida aceptó.

      El recital sería en unos pocos días, y se rumoreaba que el cantante ya estaba en la ciudad. Al parecer había venido de incógnito esperando con calma el día de la presentación. Felicia y Analí, al igual que muchas chicas del lugar, estaban emocionadas porque se imaginaban cruzarse con él en la calle en cualquier momento. Sin embargo, poco iba a durar esa ilusión.

      Esa noche, Khara estaba por acostar a su hija cuando un llamado telefónico la sobresaltó. Era Bernard, que le rogaba que fuera de inmediato al hospital por un caso de urgencia. Así que se vistió rápidamente y luego de dejar a Akhassia medio dormida en la casa de su vecina, se fue volando para allá.

—    Es el cantante ese —le informó en pocas palabras Bernard.

—    ¿El chico que iba a dar el recital? ¿Mateco?

—    Si, ese. Parece que salió imprudentemente con su moto y por poco se mata. Te llamé porque como es un caso que requiere cierta discreción, pretendo atenderlo con gente de mi confianza.

—    ¿Está muy mal?

—    Podría haberla sacado peor. Sin embargo, creo que tiene para unos cuantos días en el hospital.

      Durante varias horas, Khara y Bertrand estuvieron atendiendo al infortunado muchacho. Al parecer, las lesiones que en un principio aparentaban ser graves, finalmente no revistieron demasiada gravedad. Eso sí, después de ser operado de una fea fractura en una pierna, iba a tener que quedar internado.

      Cuando se hizo pública la noticia, las chicas no lo podían creer. Tanto tiempo esperando para asistir al recital de Mateco y todo se había esfumado en un instante. Pero, como suele suceder, rápidamente se olvidaron del asunto. Sin embargo, Khara continuaba atendiendo al infortunado chico con real interés, sin perder de vista su evolución. Todos los días iba a verlo al hospital y se tomaba su tiempo conversando con él y conteniéndolo como si se tratase de alguien de su propia familia.

      Un día, al entrar en su habitación, Mateco estaba hablando por teléfono. Le habían dicho que era mejor que se mantuviera tranquilo, pero él no se podía aguantar. Sus múltiples actividades y su desquiciada agenda no se lo permitían. Mientras Khara  revisaba el parte médico, él le hacía gestos de que no se fuera y que tuviera paciencia, pero sin dejar en ningún momento de atender la conversación.

—    ¿Cómo que no vas a venir a verme? —hablaba con su interlocutor al otro lado del móvil.

—    …..

—    No, no, no te lo voy a perdonar.

—    …..

—    ¿Por qué no puedes venir? Ya sé que no querías venir a este lugar, pero aun así me gustaría que vinieras. Tenemos que hablar de cómo sigue la gira y todo eso.

—    …..

      Khara seguía con su tarea, tratando de no parecer indiscreta y escuchar lo que él decía, pero de pronto no pudo sino poner toda su atención.

—    ¿Qué problema hay con Akhassia? Tienes empleados que pueden ocuparse de ella mientras tú vienes para acá. Al fin y al cabo fuiste tú quien me entusiasmó para que viniera a este sitio.

—    ……

—    No, no, no es excusa.

—    ……

—    Bueno, está bien. Te espero mañana entonces.

      Cuando Mateco finalmente cortó y dejó su móvil sobre la mesita, Khara no pudo contener su curiosidad.

—    Akhassia, qué nombre tan bonito —preguntó fingiendo asombro—. ¿Es una chica?

—    No, no —exclamó risueño Mateco—. Es el nombre de una empresa discográfica. Es la empresa de un amigo, que es el que produce todos mis álbumes. No sé por qué se llama así.

      Y mirando a Khara con ojos pícaros, agregó:

—     Tal vez sea el nombre de alguna antigua novia. Mañana cuando venga le preguntaré.

      Khara volvió a su casa muy alterada. Le había preguntado cómo se deletreaba aquel nombre, y él se lo había confirmado: era “su” Akhassia. Pero no podía tratarse de tanta casualidad. El nombre de su hija había sido una invención de Antoine y ella. No podía habérsele ocurrido a nadie más. Aunque no se había atrevido a preguntarle quién era su amigo,  comenzó a temer que se tratara de Antoine.

      Al día siguiente no sabía si presentarse o no a trabajar. Ella era una profesional responsable, pero en ese momento dudaba por lo que podía pasar. Le carcomía la curiosidad por saber si finalmente iba a encontrarse con Antoine. Pensaba que posiblemente él la vería como a una extraña, y ella quedaría como una tonta si se emocionaba. Entonces no tuvo más remedio que armarse de valor.

      Cuando iba llegando a la habitación de Mateco, vio que en la puerta había varias personas, todas ajenas al hospital, y al acercarse la rodearon atosigándola con preguntas. Eran periodistas ávidos por saber sobre la salud del famoso paciente. Aparentemente se habían colado evadiendo la seguridad del hospital.

—    No pueden estar acá —les dijo amablemente.

      Pero los periodistas, cuya característica principal es el asedio, no se daban por vencidos. Así que Khara se vio obligada a levantar la voz.

—    Si no se retiran inmediatamente, los guardias los sacarán por la fuerza —reiteró, ahora con voz autoritaria.

      En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe, y un hombre salió con actitud hostil. Al verlo, Khara palideció. Efectivamente, era Antoine.

—    ¿Qué es todo este bochinche? —increpó el hombre enfáticamente—. Les recuerdo que se encuentran en un hospital. Hagan el favor de retirarse de inmediato —. Y dirigiéndose a ella, le dijo en tono más amable—: doctora, entre por favor.

      Como Khara se había quedado a un costado, lo único que Antoine podía ver  de soslayo era la figura velada de una mujer con túnica blanca, pero cuando giró la cabeza para hablarle, su cara se tensó. Quedó mudo por un instante. El fogonazo de aquella breve mirada entre ambos se hizo una eternidad, y Khara creyó que su corazón iba a salírsele del pecho. Cuando ella entró en la habitación, él la siguió detrás sin decir nada. A Khara las piernas le temblaban, y pensó que no iba a poder disimular frente a su paciente. Así que con la mirada esquiva, trató de controlar lo indispensable e irse de inmediato. Antoine también había quedado atónito y no decía nada. Se había recostado sobre la pared cerca de la puerta, y miraba la escena sin soltar palabra.

—    Antoine —dijo entonces Mateco inoportunamente—: ella es la doctora Khara. Es maravillosa. Me trata mejor que tú.

—    Me alegro —masculló imperceptiblemente Antoine, y miró para otro lado como para no darle pie a continuar la conversación.

—    Sabes, Antoine —continuó sin darse cuenta de que sin querer los incomodaba—, ayer nos preguntábamos de dónde salió el nombre de tu  empresa. Nunca se me había ocurrido pensarlo, pero Akhassia es en verdad un nombre inusual. ¿Cómo se te ocurrió? ¿Es el nombre de una chica? ¿Alguna novia tal vez?

—    Otro día te lo explico.

—    Ah, ya comprendo. Tendrías que dar una conferencia de prensa para explicarlo.

      Y dirigiéndose a Khara, le dijo risueño con ademán de resignación:

—    Ya ve, doctora. Nos tendremos que quedar con la duda.

      Khara no respondió. Apenas esbozó una sonrisa de cortesía y salió lo más rápidamente que pudo de la habitación. Su corazón estallaba. Al verlo, todo su cuerpo se había estremecido como tiempo atrás. Pero a diferencia de antes, aquel estremecimiento no iba a ser contenido por él.

      Los periodistas ya se habían retirado, y el estacionamiento estaba despejado. Entró a su auto y se quedó allí un rato, con las manos apoyadas sobre el volante, tratando de ordenar sus ideas. Antoine, por lo visto no había abandonado la música. Pero la había abandonado a ella. Se había alejado de ella a instancias de sus padres, y ella impotente en su cama del hospital no lo había podido detener. Muchas veces soñó que él volvía a buscarla, pero eso jamás sucedió. Ahora, no estaba segura si verlo la hacía feliz o si, por el contrario, su presencia revivía aquella infelicidad con la que había tenido que lidiar durante tanto tiempo. De pronto tomó conciencia de que su horario de trabajo aún no había finalizado. Entonces, se bajó de su coche y entró nuevamente en el hospital.

      Estaba parada frente a la puerta de la habitación de Mateco, pero no encontraba una excusa válida para volver a entrar en ella. Sin embargo, no llegó a necesitarla porque la puerta de improviso se abrió y Antoine salió. Al verla allí parada, inmediatamente cerró la puerta y se le acercó.

—    «Doctora Khara» —le dijo, con voz dulce—, ¡no sabes cuánto me alegro de oír eso!

—    Hola Antoine —dijo ella, un poco más animada—. Ha pasado mucho tiempo.

—    Si. Así es. Diez años. ¿Cómo has estado?

—    Ya lo ves. Ocupada con mi profesión.

—    Ya veo. Es lo que siempre quisiste —dijo, con cierta amargura. Pero para que sus palabras no sonaran a reproche, agregó—: Me alegro de haber hecho mi parte.

—    Yo… —iba a comenzar a disculparse, pero él la detuvo.

—    Khara, estoy seguro de que fue lo mejor. En aquel momento éramos dos chicos y no lo supimos entender, pero en el fondo tus padres tenían algo de razón. Si hubiéramos seguido juntos, quién sabe si habríamos logrado las metas a las que hemos llegado—. Y agregó, como para romper el hielo—: ¿quieres ir a tomar un café?

      La cafetería del  hospital estaba llena de gente, pero ellos encontraron una mesa en un rincón. Para ambos, la situación era embarazosa. Aquel encuentro fortuito los había sorprendido, y en un primer momento ambos habían temido que los fuera a lastimar. Pero a medida que los minutos pasaban, se reencontraban con aquella íntima seguridad que en otra época los había mantenido juntos.

—    Cuéntame de ti. ¿Qué has hecho durante estos años, además de estudiar? ¿Estás casada…?

—    No —se apresuró a responder antes de que le preguntara si acaso tenía hijos—. Ya lo ves, estoy bastante ocupada con mi trabajo. ¿Y tú?

—    Yo igual. Mi trabajo no me ha permitido tener una familia.

      Ambos sabían que el no haber formado una familia había sido una elección personal. Aunque pusieran como excusa sus respectivas actividades, lo cierto era que no habían podido amar a nadie más.

—    Hacía mucho que no venía a esta ciudad —continuó diciendo Antoine—, aunque siempre me entusiasmó la idea de volver. Verás, hace poco compré la antigua casa de mis padres. Estoy entusiasmado con reciclarla. Hoy, por ejemplo me quedo allí.

—    ¿Estás pensando en mudarte?

—    No estoy seguro. Tengo todos mis negocios en otra parte. La empresa discográfica me mantiene muy ocupado, así que hace tiempo estoy pensando delegarla y buscar algo de tranquilidad. Y siempre ha estado en mi mente volver a este sitio.

—    ¿Te quedas muchos días?

—    No— exclamó, lamentándose—. Mañana mismo me voy.

      Khara sintió un escalofrío. Él volvía a irse y la magia de aquel momento se rompería en mil pedazos. Mientras hablaban, se observaban con avidez. Ambos habían cambiado. Ahora eran dos personas maduras, y esa madurez les daba un mayor atractivo a los dos. Khara se había convertido en una magnífica mujer, más bonita y aplomada que antes, y Antoine en un hombre fuerte y seguro.

      Durante el trayecto hacia su casa, Khara se preguntaba qué hacer. A través del parabrisas se veían ya en el cielo despejado las primeras estrellas, y una luna blanca y redonda comenzaba a subir. Se había repetido hasta el cansancio  que  cuando volviera a verlo le recriminaría fuertemente el haberla abandonado,  y le diría que jamás lo iba a perdonar. Pero ahora se olvidaba de toda esa teoría. Lo que verdaderamente deseaba en ese momento era estar con él y amarlo como nunca. Así que, en la primera bocacalle, dobló.

      Había pasado muchas veces por la antigua casa de Antoine, pero nunca se había detenido. Ahora había luz en su interior. Con cierta aprensión tocó timbre. No demoraron en abrirle, pero quien apareció ante ella no fue Antoine. Era una chica muy mona, que se había apresurado a abrir la puerta.

—    ¿Si? —dijo la chica con aires de dueña de casa.

—    Perdón… —fue lo único que le salió—; venía a hablar con Antoine…

      Se interrumpió porque vio que detrás de ella venía él presuroso. Su expresión mostraba contrariedad, y después de pedir de mala manera a la chica que volviera adentro de la casa, salió cerrando la puerta de un golpe.

—    Me voy. Disculpa. No quise importunarte.

      Él la miró, sin responder. Parecía cansado, agobiado. Entonces Khara interpretó que debía marcharse, por lo que dio media vuelta. Pero inesperadamente, él la tomó del brazo y la retuvo.

—    Espera —le dijo convencido, aunque no sabía cómo continuar.

      Despacio la acercó a su cuerpo. Khara se dio cuenta de que temblaba, y el contacto de su mano le hizo sentir su crispación y aquel calor febril de su cuerpo, igual que lo sentía tiempo atrás. Su mirada era abrasadora, y Khara por un instante creyó que iban a fundirse en un beso interminable. Sin embargo, su ansiedad naufragó  cuando él de improviso la soltó, permitiendo que se fuera.

—    ¿Hay algo que quieras decirme? —dijo Khara con voz ronca.

      Él continuaba mirándola sin hablar. Se lo notaba vacilante.

—    Antoine —volvió a decirle, ahora en tono de súplica—: no me tengas compasión. Dime lo que tengas que decirme.

      Como parecía no conmoverlo, tragó saliva e intentó hablarle de una forma menos emocional. Pero no podía. Para ella era ahora o nunca, el momento de la verdad.

—    Antoine —repetía su nombre como si por fin pudiera pronunciarlo— si tú no vas a hablarme lo haré yo. Nunca quise que te marcharas. Cuando me dijeron que no ibas a regresar creí morir. Pero aquí estoy, amándote como si el tiempo no hubiera transcurrido.

      Él continuaba callado y ella malinterpretaba aquel silencio. Dejarla había sido una demostración de su amor. Había tenido que apagar su corazón para no ir a buscarla. Pero ahora ella estaba ahí, suplicándole que la amara. Por eso no sabía qué decirle.

—    Dime si ya no puedo ser parte de tu vida —su voz era cada vez más amarga—, si he sido una tonta por imaginar que pudieras seguir  amándome. Dime si debo dejar de ilusionarme. Te perdoné hace mucho tiempo por abandonarme, y también a mis padres por haberte alejado de mí. Pero ahora necesito saber qué hacer para continuar con mi vida.

      Antoine tenía los labios apretados. Desde aquel fatídico día no había dejado de pensar en ella, y ahora teniéndola frente a él, el miedo de volver a lastimarla lo hacía retraerse. Khara lo miró una vez más a los ojos y bajó la cabeza. No pudo sostener aquella mirada, mezcla de tristeza, remordimiento, impotencia y pasión que no pudo descifrar pero que la penetró hasta sus entrañas. 

—    Ahora no. Hablaremos en otra oportunidad —masculló él entre dientes, mientras la dejaba irse derrotada.

      Se subió llorando a su coche y se marchó rápidamente. Había alimentado la idea de lo maravilloso que sería cuando volvieran a encontrarse, y por unas escasas horas había podido vislumbrarlo. Pero ahora sentía que todo no había sido más que una tonta fantasía. Mañana, como todos los días, volvería a la realidad.

      A los pocos días Mateco fue dado de alta y se marchó a su país para continuar su recuperación en su propia casa. Se habían cancelado, por lógica sus recitales de los próximos meses, y las hijas de Bernard estaban muy afligidas por haber perdido aquella sinigual oportunidad de tenerlo cerca. ¡Quién sabe cuándo regresaría! Khara, por su parte no se había despedido de Antoine. Después de aquella noche, él no la había buscado.

      Habría pasado menos de un mes, cuando Khara recibió un curioso mail. Era de Mateco. Como agradecimiento por su amistad y dedicación, la invitaba a ella, junto a Felicia y Analí a una pequeña recepción que haría en su casa con motivo de su restablecimiento. Le enviaba los pasajes y le comunicaba que podrían alojarse en un departamento para huéspedes dentro de su propiedad. Las chicas saltaron de alegría. ¡Su tía Khara se había hecho amiga de Mateco!

      La casa de Mateco era realmente de película. Rodeándola había un hermoso  parque con canchas de tenis y una piscina espectacular. La casita de huéspedes era muy coqueta y se encontraba discretamente alejada de la mansión principal. Había sido imposible declinar tal ofrecimiento, así que cuando allí se instalaron, fue para las chicas como haber llegado al paraíso terrenal.

      La celebración iba a ser un almuerzo al día siguiente, así que pasaron toda esa tarde aprontando los conjuntos que iban a lucir. Era todo como un cuento de hadas. Khara estaba un poco abrumada por la situación, pero a la vez contenta por el entusiasmo de sus adolescentes amigas. La actitud de Mateco superaba con creces la atención que ella había tenido para con él. Sabía que encontrarse con Antoine estaba dentro las posibilidades, aunque se decía que no estaba allí por él.

      La tarde estaba apacible, y mientras Felicia y Analí desempacaban su equipaje, aprovechó para salir a caminar por el jardín y conocer la propiedad. En uno de los senderos se encontró con Mateco, que estaba sentado debajo de un árbol, en un hermoso banco de piedra.

—    Tengo que agradecerte la invitación. Jamás me habría imaginado que a una persona tan famosa como tú, se le ocurriera invitarnos a su propia casa. Es realmente algo inusual.

—    Es un gusto —comenzó a decirle Mateco—, pero te diré que la idea no me ha sido sencilla de procesar.

      Khara se dio cuenta de que la conversación no iba a ser trivial, porque Mateco no daba indicios de moverse de donde estaba, y además miraba al piso en actitud de reflexión.

—    Ven, siéntate y hablemos.

      Su expresión parecía preocupada, pero más que eso: era la expresión de alguien que hubiera meditado bastante sobre algo, y hubiera al fin llegado a una satisfactoria conclusión.

—    Sabes, a Antoine lo conozco desde hace cerca de diez años. Cuando lo conocí él aspiraba a ser un cantante famoso, pero con el tiempo fue cambiando de opinión. Aquel día en el hospital te mentí. Yo sabía muy bien el porqué del nombre de Akhassia, pero ingenuamente quise burlarme de él pretendiendo que te lo contara, ya que sabía que eso lo iba a avergonzar. Pero mi broma rebotó hacia mí. Porque yo no sabía quién eras tú.

—    ¿Él te lo contó?

—    Sí y no. Me contó algunas cosas, aunque otras las pude deducir por mi cuenta.

      Mateco se detuvo por un segundo, como si necesitara un impulso para continuar. Pero prosiguió. Seguía mirando hacia el suelo, y a Khara le dio la impresión de que estaba monologando, meditando en voz alta.

—    Antoine siempre ha sido como un padre para mí. Desde mis inicios me ha apoyado y ha conducido mi carrera con gran dedicación. Como si en mí él hubiese querido representar su propia vida. Y yo lo he admirado siempre.

      Ahora giró la cabeza y la miró de frente.

—    En realidad lo he amado siempre.

      A Khara se le puso la piel de gallina. De todas las teorías que podía haber imaginado sobre cómo habría sido durante todos esos años la vida de Antoine, nunca se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que tuviera una pareja homosexual. Pero Mateco enseguida la tranquilizó.

—    No. No me malentiendas. Antoine jamás me ha correspondido. Él sabe lo mucho que lo amo, pero yo sé bien cuál es mi lugar en su vida y no pretendo transgredirlo.

      Movía la cabeza con actitud de negación y ahora miraba hacia el cielo.

—    ¿Quieres saber por qué mis chances con Antoine siempre han sido nulas?

      Se rio nerviosamente como para suavizar sus afirmaciones, y continuó serio.

—    Porque él siempre ha estado enamorado de una mujer.

      Khara no quería alardear delante de aquella persona que le estaba abriendo su corazón, por eso lo dejó proseguir. Esperaba que estuviera hablando de ella.

—    No tenía idea de quién era esa mujer, porque él siempre ha guardado muy bien su privacidad. Pero desde aquel día en que te vio en el hospital está muy  alterado, así que una simple deducción me ha permitido saber que esa mujer eres tú.

—    Mateco, no sé qué decir.

—    No tienes que esforzarte o mentirme para evitar lastimarme. Te repito: sé muy bien cuál es mi lugar. Además, no deberías afligirte por mí, porque en mi actividad tengo un millón de posibilidades para hallar algún chico más lindo que él, que me corresponda.

      Hablaba con atrevida ironía, no obstante se notaba que era sincero. Y riéndose otra vez con afectación, agregó en voz baja:

—    Pero no les cuentes a mis fans, porque gran parte de mi éxito depende de que  conserven su ilusión.

      Ambos se rieron bastante. Pero la conversación era realmente seria y respetuosa. Mateco se sinceraba con ella y esa era su forma de demostrar el amor que sentía por Antoine. Y ella recibía esa confesión respondiéndole con un amor de amistad, con el respeto hacia el amor que ese ser sentía por quien ella había amado toda su vida.

—    Mateco, ¿eso significa que me invitaste con segundas intenciones?

—    Sí. Y espero que no lo tomes a mal. Creo que le debo a Antoine la felicidad que nunca tuvo. Pero llámame José Luis, como toda mi familia. “Mateco” es solo un nombre artístico.

      Khara lo miró con cierta desconfianza. ¿Qué se traía entre manos ese singular personaje?

—    Khara, debes saber que el ambiente en el que nos movemos Antoine y yo es proclive para las malas influencias. Supongo que Antoine no te dijo que hay una chica que desde hace un tiempo le anda atrás. Es una trepadora que solo busca su dinero y su posición. A mí no me traga, porque sabe que yo lo quiero y deseo lo mejor para él. Pero se burla de mí enrostrándome que él no me da ni la hora.

—    ¿No deberíamos dejar que Antoine resuelva sus cosas por sí mismo?

—    Ya no. Bastó con que me enterara de que mientras estuve en el hospital, la desfachatada tuvo el coraje de ir a buscarlo una noche a su casa. Ya va siendo hora de que lo deje en paz. Me duele que por haber sido separado de la mujer de su vida se haya dado por vencido en su vida sentimental, pero puedo asegurarte que me he encaprichado en que la recupere. Antoine teme no merecerte, pero tú y yo sabemos que merece ser feliz.

      La conversación era cada vez más surrealista. Khara no dejaba de sorprenderse con las palabras de Mateco, no obstante en el fondo le parecía disparatada toda aquella situación. Ahora se daba cuenta de por qué aquella noche Antoine se había mostrado inseguro. Tenía cosas por resolver.

—    Así que ya entenderás por qué te hice venir. Perdóname otra vez. No es que quiera usarte para vengarme de esa bruja. Pero me voy a morir de la risa cuando descubra quién eres.

—    ¿Y Antoine que opina de todo eso?

—    Nada. Él no sabe que tú estás aquí. No le dije nada para que no pusiera objeciones. Me vas a retar, pero a veces me siento como una vieja casamentera. No puedo evitarlo. ¿Me perdonas?

—    José Luis: no sé si hay mucha gente te conozca por tu verdadera personalidad, pero déjame decirte que eres una persona maravillosa. Ahora, soy yo quien quiere darte una primicia que estoy segura va a reforzar tu plan.

      Los ojos de Mateco estaban muy abiertos, y su rostro se iluminó cuando supo  cuál era esa novedad.

      El comedor de la mansión había sido puesto a todo trapo, aunque estaban invitadas unas pocas personas. Era en su mayoría gente relacionada con el ambiente del espectáculo, pero como Khara no conocía a nadie se mantuvo junto a sus sobrinas en un rincón. Cuando vio que entraba aquella chica que había visto en la casa de Antoine, se le hizo un vacío en el estómago. Instintivamente miró con ojos inquisidores a Mateco, quien le devolvió una estudiada mirada de malicia, y comprendió que el plan comenzaba a rodar. Mateco, efectivamente ya había preparado toda la escena.

      Cuando Antoine llegó, el momento se puso tenso. Al ver a Khara quedó descolocado y no se acercó a ella. Al mismo tiempo, aquella desagradable chica se le vino al humo y se le colgó del brazo. Mateco, que estaba esperando el momento de hacer su jugada, convocó a los asistentes a pasar al comedor.

—    Ven aquí, Antoine. Siéntate al lado de la doctora Khara. ¿La recuerdas, no es así? —dijo con desfachatez, disfrutando como un niño travieso.

      La acompañante de Antoine se mostró un poco molesta, pero estaba acostumbrada a los desplantes de Mateco. Así que quiso retrucarle la osadía. Miró a Khara con altanería mientras descaradamente se sentaba al otro lado de Antoine.

—    Me presento —le dijo, estirando la mano por delante de él para saludarla—. Soy una amiga de Antoine, aunque José Luis quiera que no lo sea.

—    Linda: “José Luis” es solo para la familia —la corrigió—. Para todos los demás soy Mateco.

      El almuerzo transcurrió dentro de una aceptable paz. Khara y Antoine, a pesar de estar codo a codo apenas se miraban y no se dirigieron la palabra.  De vez en cuando, ella constataba de reojo que Antoine se mantenía serio y a la chica la ignoraba. Cuando llegó el momento de hacer un brindis, Antoine amagó a ponerse de pie suponiendo que era su obligación hacer los honores al homenajeado. Sin embargo, Mateco se le adelantó.

—    Amigos —dijo, levantando su copa—. Los he reunido en esta ocasión para festejar mi recuperación, y les agradezco a todos ustedes el haber venido. En primer lugar, brindo por mis simpáticas fans que han venido a saludarme, cosa que me hace muy feliz. Pero también quiero aprovechar la ocasión para hacerme un regalo. No es específicamente un regalo para mí, pero es algo que me hará sumamente dichoso. Les voy a contar una historia.

      Automáticamente, los comensales dejaron sus cubiertos y se dispusieron a escuchar. Khara, que ya se imaginaba de qué venía el discurso contuvo la respiración, pero Antoine que no tenía idea de qué se trataba, giró la cabeza y la miró a los ojos como para adivinarlo.

—    Hace unos diez años, a raíz de un accidente una pareja de enamorados se tuvo que separar. Eran muy jóvenes, y por circunstancias ajenas a su voluntad estuvieron alejados durante mucho tiempo. Pero su amor no se extinguió. Todo lo contrario: siguió creciendo. Él, aunque no volvió a acercarse a ella, la siguió amando con una fidelidad asquerosa.

      Se reía de su irreverente  forma de hablar, y sus interlocutores le festejaban sus extravagancias. A todo esto, la supuesta amiga de Antoine comenzaba a sospechar quiénes eran las personas a las que Mateco aludía. En sus rostros era fácil observar una espontánea emoción, aunque por discreción intentaban mantenerse  inexpresivos.

—    Quienes los separaron pensaron que hacían lo mejor para ellos, y con eso lograron que su relación se pausara durante un largo tiempo. Pero yo hoy quiero ponerla a andar otra vez.

      Mateco, al decir esto miró a la amiga de Antoine con una sonrisa triunfal, a lo que ésta, furiosa se levantó de su silla y se marchó sin despedirse.

      Uno de los comensales se animó a interrumpir.

—    José Luis: ¿me vas a ceder los derechos para hacer la película?

—    Bueno, no depende de mí. Pero déjenme continuar.

      Mateco ya vislumbraba el final feliz de su historia, y tomó fuerza para acometer el tramo culminante de su alocución.

—    Todo ese tiempo no fue tiempo perdido, porque mientras, cada uno de ellos se dedicó a cuidar el símbolo de su amor: Akhassia. Él, por su lado creció profesionalmente y creó su empresa discográfica, la exitosa Akhassia que todos conocemos. Pero ella, antes de convertirse en la brillante doctora que es, y que tan bien me cuidó durante todo este tiempo —acotó, mirándola con una sonrisa— sin que él supiera dio a luz a una Akhassia de carne y hueso que en pocos días cumplirá diez años y pronto podremos conocer.

      Mientras todos alrededor de la mesa aplaudían entusiasmados, Mateco se acercó por detrás a Khara y Antoine que habían quedado inmóviles en sus sillas y los abrazó por la espalda. Entonces se inclinó y les dijo en voz baja:

—    Queridos amigos: esta noche, Felicia y Analí se quedan en el ala de huéspedes de la casa  principal. Ah, y no quisiera ser inmodesto, pero creo merecer que a su próximo hijo le llamen José Luis.