Aléjate de mí
Nora Sisto
Sobre la fachada de ladrillo se distinguía a nivel de la calle un gran portón de madera que en ese momento estaba cerrado, y hacia la izquierda un portoncito bajo de reja con arabescos que daba paso a la escalera con peldaños de piedra que recorría la fachada hasta cierto punto en el que quebraba hacia adentro con cuatro escalones más. Cuando llegó arriba, suspiró y dejó en el piso su mochila y a un costado su maleta. Estaba realmente cansada, pero eso no obstó para que pudiera admirar aquel increíble lugar. La escalera desembocaba en un patio cuadrado con piso de baldosas rojas. A uno de sus lados lindaba con el muro alto de la construcción lindera, y hacia el frente terminaba en un murete con baranda de caño redondo desde el cual podía admirarse el pintoresco espectáculo de aquella calle.
Miró con atención las dos puertas dispuestas en sendas paredes en ángulo recto, y se preguntó en cuál de ellas debería golpear. Una correspondía a la construcción más baja, de dos pisos, seguramente la que ella iría a ocupar. La otra evidentemente era la de los propietarios, ya que era más grande y estaba en la parte que daba hacia la calle. Se acercó a esta última para anunciarse, pero no fue necesario que golpeara porque la puerta se abrió y salió un muchacho a recibirla.
— ¡Hola! —exclamó ella, con simpatía extendiéndole la mano para saludar—. Soy Leonor, la inquilina del departamento.
— ¡Leo! —respondió él, riendo divertido—. Soy Emir. Bienvenida a nuestra casa.
Antes de que pudieran continuar la conversación, salió intempestivamente de la misma puerta otro muchacho que pasó por al lado de ambos sin decir una palabra y desapareció rápidamente escaleras abajo. Leonor se quedó mirándolo alejarse, porque le pareció raro o falto de educación que ni siquiera se hubiera molestado en dar los «buenos días».
— No hagas caso. Es Zuran, mi hermano y compañero de casa —acotó Emir, dándose cuenta de su falta de educación pero tomándolo como algo normal—. Es que estaba empecinado en no admitir mujeres en la propiedad y al enterarse de que no eras un chico como había supuesto, sino una chica se fastidió. Es que en tu petición firmabas como «Leo», y él nunca sospechó que fueras mujer. Y como ya estaba todo arreglado cuando se enteró, piensa que fue engañado. Pero no te preocupes. Ya se le pasará.
— En realidad no fue mi intención engañar a nadie —respondió Leonor, preocupada—. Es que estoy acostumbrada a que todo el mundo me llame así. Lo lamento si causé algún problema.
— Ningún problema —aseguró Emir, yendo diligentemente a recoger la maleta y la mochila que habían quedado en el piso—. Ven, así te muestro dónde vas a alojarte durante este año.
Leonor se había trasladado a esa ciudad para asistir a un curso anual de perfeccionamiento en la carrera que estaba cursando. Era una licenciatura en técnicas de manipulación audiovisual, creación de contenidos musicales y otras habilidades informáticas. Se había decantado por esa universidad debido a su locación. Le había fascinado el casco viejo de aquella ciudad, con sus callecitas angostas y decoradas con plantas y flores que daban vida a las fachadas de edificaciones tan antiguas como encantadoras. Y esta era la casa por la cual se había decidido después de otear en varias páginas de internet. Ahora, al estará ahí, estaba segura de no haberse equivocado.
Al entrar, quedó maravillada. Parecía una casa de muñecas. En la planta baja estaba la cocina junto a un estar. El fogón era pequeño pero tenía todo lo necesario. No había mesa, pero su falta la suplía con creces un gran sofá de varios cuerpos con una mesita delante de él. Subiendo por una escalera con baranda de madera torneada, adosada a la pared se llegaba a un entrepiso abierto desde el cual podía verse la planta baja a través de una barandilla que continuaba la de la escalera. A un lado de dicho entrepiso estaba dispuesta la zona de dormitorio con una cama bastante grande, y hacia el otro, el baño. Al asomarse notó que la ducha era a ras del piso, lo cual le desilusionó porque soñaba con una tina en la cual relajarse. No obstante, el conjunto le agradó. Sobre la pared donde se recostaba el inodoro había en la parte alta una banderola de ventilación y en la misma pared una puerta de chapa. Esta daba paso a una pequeña azotea a modo de patio, con un tendedero.
Estaba exhausta por el viaje, así que una vez que Emir se retiró, lo primero que se le ocurrió fue tirarse en la cama así como estaba.
Cuando se despertó, ya era media tarde. La cama había resultado ser muy cómoda y había descansado bien, así que ahora tocaba probar qué tal era el baño.
Se sorprendió de que el agua saliera con mucha presión, así que se quedó bajo la ducha un largo rato y de paso aprovechó a lavar la ropa interior que se había quitado. Después, sin apuro se envolvió en una toalla anudándola a un costado y como recordó que afuera estaba aquel tendedero, salió a colgar lo que había lavado. La cuerda estaba bastante alta, por lo que tuvo que ponerse en puntas de pie y estirar los brazos todo lo que pudo. Mientras lo hacía, se percató de que su pequeña azotea terminaba en un murete bajo que la separaba de otra azotea, mucho más grande, de la casa contigua. Cuando levantó la vista para mirar hasta dónde llegaba dicha propiedad se encontró con una gran sombrilla protegiendo del sol que aún estaba en lo alto, a alguien con gafas de sol sentado a la mesa debajo de ella, que escribía ávidamente. Al verlo, se sobresaltó de tal manera que involuntariamente soltó una exclamación, ante la cual el hombre que escribía levantó rápidamente la vista y la miró. En ese momento, la toalla que la cubría se soltó y atinando a duras penas a sostenerla con las dos manos delante de su cuerpo se metió raudamente en el baño, caminando hacia atrás. Una vez asegurada la puerta, se quedó unos segundos con la espalda apoyada en esta y cuando estuvo calmada se encaramó sobre el inodoro para observar por la banderola. Él continuaba escribiendo, pero en su boca se advertía una sonrisa.
La vida en aquel lugar se fue haciendo rutinaria con el paso de los días. Asistía a clases por la mañana y volvía a media tarde. Algunas veces se cruzaba con Zuran, pero este pasaba a su lado sin saludarla. Emir, por el contrario era amable y charlatán. Le contó que él y su hermano tenían una banda musical junto a otros tres integrantes, y que acostumbraban ensayar en el galpón del piso inferior. Ella muchas veces al llegar de la facultad escuchaba la música a través de aquel portal de madera, aunque este permanecía siempre cerrado, supuestamente para aminorar el ruido que pudiera molestar a los vecinos. Leonor sabía por Emir que la mayoría de las canciones que tocaban eran composiciones de Zuran, lo cual explicaba por qué se lo veía habitualmente sentado bajo la sombrilla de la azotea escribiendo concentrado. Ella había pensado que con el paso del tiempo él se volvería amigable con ella, sin embargo se mostraba hosco y poco propenso a socializar. No obstante, su música era atrayente.
Una noche, Leonor se disponía a comer algo antes de irse a dormir. Sacó un bocadillo del refrigerador pero cuando encendió el microondas para calentarlo, de pronto la luz en toda la casa se apagó. Era la primera vez que sucedía, por lo cual no tenía idea de qué podría haber pasado. Pensó en revisar el interruptor general en el tablero, pero no tenía idea de dónde podía estar. Entonces fue a tocar la puerta de sus vecinos para pedirles que fueran a auxiliarla. Y curiosamente, quien abrió fue Zuran.
Tenerlo frente a frente la inhibió. Era más alto de lo que había percibido en un principio, y su mirada oculta tras aquellas gafas oscuras imponía un respeto abrumador.
— ¿Está Emir? —fue lo que se le ocurrió decir, para no tener que pedirle nada a él.
— No. No está —respondió con hostilidad—. ¿Para qué lo quieres?
— Es que se ha apagado la luz —dijo, tímidamente—. Disculpa que te moleste, pero no sé cómo lo podría solucionar.
— Es por esto que no quiero mujeres en la casa —masculló él entre dientes—. Nunca saben qué hacer.
Pero aun así enfiló hacia la otra casa. Leonor había escuchado muy bien sus palabras, pero entendió que no era oportuno rebatirle en ese momento su necio razonamiento. Así que lo siguió en silencio. Una vez dentro, Zuran fue directamente al tablero de la electricidad y levantó la llave. La luz automáticamente volvió al recinto.
— Gracias —alcanzó a decirle ella mientras él salía dejando la puerta abierta, sin hacer ningún comentario.
Mirándolo bien, Zuran era atractivo. Su físico, habitualmente enfundado en atuendos de color negro impresionaba, pero sobre todo, lo que le confería un aire misterioso eran sus gafas de sol. Se imaginó que sería una pose para el espectáculo de su banda, y era fácil imaginar a sus fans gritando desaforadamente por él. No obstante, cuanto más lo observaba intuía que su aspecto poco tenía que ver con su yo interior, y en consecuencia más se interesaba íntimamente por él. Sin embargo, Zuran no daba la más mínima chance de que ella se le acercara.
Para Leonor, la música de aquella banda era genial. Por eso, algunas veces mientras ellos ensayaban a puertas cerradas, ella se sentaba en los primeros escalones de la escalera de la entrada y escuchaba hasta donde podía el sonido que salía a través del portón. Pero para no quedar en evidencia, siempre se retiraba antes de que ellos finalizaran.
Una nochecita estaba en eso, cuando de pronto la música se detuvo en medio de un tema. Esperó unos segundos para ver si se reanudaba, pero lo que ocurrió fue que el portón se abrió y Zuran salió abruptamente por él. Pasó a su lado sin hablarle y subió apresuradamente los escalones de a dos en dos. Entonces Leonor se preocupó de que hubiera sucedido algo. Por eso se asomó por el portón que había quedado abierto.
El lugar no era solo una sala de ensayo. Era también una sofisticada sala de grabación. Al verla, Emir se acercó a saludarla.
— Pasa —le dijo, amablemente—. ¿Qué te trae por aquí?
— Vi a Zuran correr y pensé que les había sucedido algo.
— Bueno, nada grave pero sí, algo sucedió. Uno de los controles de sonido se descompaginó. Casualmente el técnico se fue de vacaciones y lo necesitamos para seguir ensayando. Por eso Zuran fue hasta arriba a ver si conseguía el teléfono de algún otro que esté disponible.
— Tal vez yo los pueda ayudar —dijo Leo, modestamente.
— ¿Tú sabes algo de esto?
— Bueno,…algo puedo saber —respondió ella con aire irónico, dirigiéndose directamente al aparato en cuestión. Después de todo, varios años de estudio la respaldaban.
Al cabo de unos minutos, para sorpresa de los asistentes anunció que el problema estaba solucionado. Ellos probaron y asintieron con satisfacción, aplaudiendo efusivamente a su salvadora.
En ese momento entró Zuran, encontrándose con la novedad.
— Desde hoy, Leo es nuestra nueva sonidista —anunció, jocosamente Emir.
Leonor hizo una graciosa reverencia y enfiló hacia la puerta. Al pasar por al lado de Zuran, dijo en voz baja:
— Las mujeres a veces sí sabemos qué hacer.
A la noche, Leo se le ocurrió salir a la terraza a admirar la espléndida luna llena que en ese momento iluminaba el lugar. Abrió la puerta de chapa del baño y salió a la azotea esperando sentarse en el murito divisorio de ambas casas y pasar un rato ahí para meditar. El tema Zuran la tenía preocupada porque se sentía cada vez más atraída por él y era obvio que él no la tenía en cuenta. Por eso debía dejarse de ilusionar. Pero cual no fue su sorpresa cuando al salir afuera, se encontró con que él ya estaba sentado en el murito mirando hacia el cielo. Dudó en acercarse y casi se mete otra vez para adentro, cuando él de improviso se puso de pie y apenas girando hacia ella le dijo:
— Gracias por lo de hoy.
Ante este gesto, ella supuso que él estaría dispuesto a iniciar una conversación, pero no fue así, porque sin dar lugar a ningún otro comentario, se fue rápidamente hacia su casa.
Para Leo, Zuran era una causa perdida. No tenía objeto que siguiera esperando alguna atención de parte de él. En consecuencia comenzó a relacionarse más con sus compañeros de la facultad. Salía a divertirse y algunas veces regresaba a su casa ya entrada la madrugada. A veces miraba hacia arriba para ver si Zuran estaba en su ventana, pero esta estaba siempre oscura. Entonces bajaba la cabeza y se iba resignada a dormir.
Cierto día, un compañero la invitó a tomar una copa en un pub. El lugar estaba muy bien ambientado y había bastante gente. Se acomodaron en un lugar que había quedado libre en la barra, y de ahí se podía divisar el local en su totalidad. En ese momento, un grupo de rock actuaba en vivo amenizando la velada y los asistentes escuchaban desde sus respectivas mesitas con relativa atención. Pero cuando finalizó su actuación, la cosa cambió. Un animador, micrófono en mano anunció que a continuación iba a actuar el grupo más popular del momento. Entonces la ovación fue general.
Cuando salieron a escena y comenzaron a tocar, Leonor palideció. Era el grupo de Emir y Zuran. Para su sorpresa, los asistentes conocían de memoria sus canciones y cuando comenzaron a tocar coreaban con entusiasmo. Al mismo tiempo, ella trataba de pasar desapercibida y para eso se ponía de espaldas o se escondía disimuladamente detrás de su acompañante, para no ser vista. Pero estaba muy bonita con un atuendo que no permitía que la dejaran de admirar. Cuando el primer tema finalizó, Emir tomó el micrófono y anunció que la próxima canción era un adelanto de su próximo disco. Se titulaba «Aléjate de mí». Sorprendida, Leo comenzó a poner atención. La letra comenzaba haciendo alusión al título. Decía: «aléjate de mí», «me lastima verte», «has complicado mi vida», y continuaba con otras expresiones al estilo, que ella interpretó enseguida que eran en su alusión personal. Ante esto, salió de su escondite y se puso de frente mirando de manera desafiante a Zuran. Entonces ocurrió algo que no esperaba: se encontró con que él ya la había localizado y la miraba fijamente. Su mirada parecía atravesar sus gafas negras e incrustarse en ella como una flecha. Entonces, al no poder sostenerla, se rindió y le dijo a su acompañante que deseaba salir de allí e ir a otro lugar menos ruidoso.
Cuando volvió a la casa, subió despacio la escalera de la entrada. Iba pensativa, pero al tomar el recodo se encontró de frente con Zuran que estaba sentado en el último escalón. Al verlo se frenó sorprendida y por un segundo pensó si detenerse o pasar de largo al costado de él. Optó por esto último pero al subir el último escalón le dijo «Buenas noches», a lo que él no respondió. Antes de cerrar la puerta se fijó si él aún estaba ahí, pero él ya se había metido en su casa.
Pasó varios días intentando procesar mentalmente aquella canción de Zuran. Era insólito que, sin dar muestras de estar interesado en ella, se tomara el trabajo de rechazarla a viva voz. Y finalmente llegó a una conclusión: era posible que él sintiera por ella la misma atracción que ella sentía por él, pero se negara a aceptarla por miedo. Pero él le importaba y tenía que hacérselo saber. Necesitaba atraer su atención de alguna manera en que no pudiera negarse a escucharla. Entonces maquinó una idea disparatada.
Consiguió una grabación de aquella dichosa canción y se dispuso a cambiarla. Ella tenía los conocimientos y los instrumentos necesarios para manipularla. Primero aisló la música. Después fue cambiando cada frase de la letra por el concepto contrario. Con un distorsionador de voz logró cambiar su propia voz haciéndola pasar por la de Zuran. Y cuando después de varios días de trabajo escuchó el resultado final, se sintió satisfecha de su logro y subió la canción a un popular sitio de música en internet.
Se sorprendió de la cantidad de seguidores que obtuvo. Los «likes» y los comentarios positivos comenzaron a abundar. Sobre todo las chicas, felicitaban a Zuran por haber tenido la buena idea de cambiar aquella letra pesimista a otra romántica como «acércate a mí», «necesito verte», o «quédate en mi vida». Pero no solamente los seguidores de la banda escucharon aquella insólita versión. También Zuran. Y su reacción no se hizo esperar.
Irrumpió como una tromba en su casa, sin tocar a la puerta. Leo estaba tumbada sobre el sofá trabajando en su laptop que apoyaba sobre las rodillas, y al verlo avanzar hacia ella la dejó instintivamente a un lado y se incorporó.
— Es plagio —vociferó él—. Puedo demandarte por eso. Lo sabes. ¿no?
— Lo sé —respondió ella, intentando mantenerse calmada.
— ¿Entonces por qué lo hiciste? ¿Te burlas de mi trabajo y de mí?
— No tuve otra opción.
Leonor se puso de pie y dio un paso hacia él, enfrentándolo. Estaba muy cerca y podía sentir su respiración agitada. Él la miraba encolerizado, conteniéndose de no explotar. Y para ella era ahora o nunca.
— Lo hice por esto —afirmó, al mismo tiempo que le arrebataba las gafas de un tirón, dejando así sus ojos al descubierto.
Zuran estupefacto hizo un movimiento brusco para quitárselas de la mano, pero en el forcejeo las gafas volaron por los aires yendo a caer en el piso, lejos de los dos. Pero ya era tarde. A la vista de Leonor habían quedado desnudos sus ojos, con sus pupilas de un azul profundo y uno de ellos con un leve estrabismo hacia su nariz. Ella se avergonzó, porque enseguida comprendió los motivos que podía tener él para ocultarlos. Pero al mismo tiempo la asaltó un escalofrío porque al tenerlo tan cerca sintió que su cuerpo la atraía sin que lo pudiera evitar. Estremecida, dio instintivamente un paso hacia atrás. Pero al retroceder cayó sentada sobre el sofá, y quedó ahí, mirándolo azorada. Ante su reacción, Zuran dudó qué hacer, pero optó por darse por vencido, por lo que volteó bruscamente hacia la puerta y se fue con la misma vehemencia con la que había entrado.
No bien desapareció por la puerta, Leo corrió a cerrarla con llave. Y acto seguido voló escaleras arriba y trancó la puerta de chapa que daba a la terraza, por si él optara por entrar nuevamente por ahí. Después se dejó caer en el frío piso de baldosas y estalló en llanto.
A la mañana siguiente se levantó temprano. No había podido dormir pensando y pensando sobre lo ocurrido, sin llegar a ninguna conclusión. Después de estar largo rato bajo el agua tibia de la ducha, bajó a la cocina y se preparó un café. Mientras sentada en el sofá revolvía parsimoniosamente su taza con la cucharita, miraba hacia el piso sin pensar. De pronto vio las gafas de Zuran que habían quedado allí tiradas. Entonces las recogió y después de comprobar que no se hubieran roto con el golpe, las colocó sobre la mesita, como si él la estuviera mirando. No había duda: estaba enamorada de él. Por eso se decidió a ir a buscarlo.
Entró sin llamar a la puerta y se encontró con Emir que estaba preparando algo en la cocina.
— Vengo a ver a Zuran —le dijo, sin preámbulos.
— Te deseo suerte —exclamó él, suspirando, sin dejar de revolver la cacerola en la que estaba cocinando—. Hoy tiene un humor de perros.
Subió las escaleras de prisa y fue directo a su habitación. La puerta estaba cerrada, pero ella se aventuró a entrar sin golpear. Y por las dudas, dejó la puerta abierta. Él estaba parado de espaldas a la puerta, mirando hacia afuera por el gran ventanal que separaba la habitación de la terraza. A través de los cristales podían verse la gran sombrilla, la mesa blanca y la silla donde él se refugiaba habitualmente para escribir. Al escuchar que alguien se acercaba, él volteó. Traía puesto otro par de gafas. Al ver de quién se trataba se volvió a poner de espaldas.
— Vengo a devolverte tus gafas —dijo ella, en tono amigable como para comenzar la conversación.
— No las necesito —respondió él con hostilidad—. Como ves, tengo otras. Es más: tengo un montón. Así que puedes llevártelas.
Se hizo un silencio. Leonor no quería que su encuentro terminara en discusión. Por eso, se tomó unos segundos mientras pensaba qué decir, al mismo tiempo que colocaba suavemente las gafas sobre la cama.
— También vengo a pedirte disculpas.
— ¿Ahora quieres disculparte? ¿Por cuál de todas las cosas? —exclamó, irónicamente.
— Tienes razón. Hay varias cosas que te necesito explicar.
Caminó unos pasos hacia él, pero guardó distancia. Él volteó para verla y se quedó esperando a ver qué decía.
— Primero quiero hablarte de la canción.
— No voy a denunciarte, si eso es lo que te preocupa —la interrumpió tajantemente.
— Te lo agradezco. Pero no es eso lo que más me importa. Sé que te molestó mucho mi insolencia, pero lo hice por una razón.
Se hizo un silencio. Ella esperó que él la continuara reprendiendo, pero no fue así. Entonces, prosiguió.
— Lo que sí me importa es hablar sobre lo que pasó ayer entre los dos.
— Lo que pasó ayer está muy claro —acotó él, amargamente—. No hay nada que aclarar. Estabas encaprichada en ver mis ojos y cuando los viste retrocediste espantada.
— ¡No, Zuran! —exclamó apenada—. No fue así. No te niego que me intrigaba esa insistencia tuya de andar siempre con las gafas oscuras, pero era fácil suponer el porqué.
Buscó las palabras adecuadas para continuar, porque era obvio que su bizquera había sido toda su vida un complejo para él.
— Es cierto que retrocedí cuando me miraste. Pero no fue por lo que piensas. Nunca había podido mirarte directamente a los ojos, y cuando al fin lo hice la expresión de tu mirada me estremeció. Dirás que estoy loca, pero tuve la impresión de que ibas a tomarme entre tus brazos y hacerme tuya. Por eso me acobardé. Fue un temor momentáneo, pero de ninguna forma fue rechazo hacia ti.
— ¡Ja! —exclamó él con un sonoro suspiro—. ¿Ahora también me consideras un violador? ¡Es lo que me faltaba!
Leo se llevó las manos a la cara, negando con la cabeza y sin saber qué contestar. Pero no podía irse sin antes aclarar las cosas. Así que respiró hondo e intentó hablarle con calma.
— ¿Podrías quitarte las gafas por un momento? —le suplicó—. No puedo hablarle a un par de gafas. Necesito hablarle al hombre que se esconde detrás.
Y agregó:
— Por otra parte, ya te he visto sin ellas.
Zuran dudó un instante, y vencido por las circunstancias deslizó lentamente con una mano sus gafas hacia arriba colocándolas sobre su cabeza. En ese momento, en su mirada no había hostilidad, sino una inmensa ternura. Entonces ella le dijo, sin dudar:
— Estoy enamorada de ti. Te amo con toda mi alma.
Zuran respiró hondo sonoramente pero no dijo nada. Entonces, ella continuó.
— Si hice todo lo que hice fue porque no tenía forma de acercarme a ti y hacértelo saber. No me dejaste otra alternativa.
— Ya veo —dijo él, ahora más distendido y hasta de buen humor.
Entonces se quitó las gafas, tirándolas sobre la cama junto a las otras.
— ¿No vas a decir nada? —dijo ella, anhelante.
— ¿En serio quieres mi respuesta?
Ella asintió con la cabeza.
— Entonces
ve a cerrar esa puerta y vuelve acá.
........................................................
— Zuran, estarás de acuerdo conmigo en que mi versión de «Aléjate de mí» ha tenido más éxito que la original tuya, ¿no es así?
— ¿Qué quieres decir? ¿Acaso sugieres que en lo sucesivo mis canciones las vas a escribir tú?
— ¡No! —exclamó Leo, muy convencida—. No me atrevería. Me encantan tus canciones.
— Pero…—agregó con picardía— si alguna parte de tus letras no me gusta, te la cambiaré.
— En su momento veremos si te dejo —dijo Zuran, fingiendo complacerla—. Ahora ven, acércate a mí.
— Sí. Pero antes ponte tus gafas oscuras.
— ¿Por qué? —exclamó alarmado—. ¿Ahora mirar mis ojos te desmotiva?
— Para nada, mi amor. Es que me excita quitártelas.