Alta luna

Nora Sisto


      Entró rápidamente al edificio y volteó apenas para hacer adiós con la mano, a través del ventanal de piso a techo del hall de entrada, al chico que la saludaba desde adentro del coche, y antes de dirigirse hacia el ascensor se cercioró de que éste emprendiera la marcha. Al entrar en su departamento se quitó los zapatos y suspirando se tumbó sobre la cama. No quería ser antipática ni desconsiderada, aunque generalmente quedaba como tal. No era arrogancia ni descortesía de su parte. Era solo que, aunque lo pasara bien con un chico no sabía cómo explicarle que no le interesaba iniciar una relación. Tampoco sabía cómo explicar — ni cómo explicarse a sí misma— qué era ese sentimiento que de tanto en tanto la invadía y le dictaba que no podía atarse a nadie. A nadie más.

      Antes de apagar la veladora, volvió a sacar como otras veces del cajón de la mesita de noche aquel papel que guardaba desde hacía tanto tiempo sin justificación. Acomodó la cabeza sobre la almohada y volvió a leer en él su nombre una vez más. Su nombre, que al lado de aquel otro nombre parecía formar parte de una fórmula de hechicería, casi como un rezo que involuntariamente repetía cuando su vida parecía no ir hacia ningún lugar. Sabía que era solo un papel sin importancia, pero sin lugar a dudas había marcado en  su vida un antes y un  después.

      El distinguido colegio al que había asistido desde que era preescolar, con la finalidad de que los chicos conocieran las raíces de la institución  acostumbraba premiar a sus alumnos egresados de secundaria con un viaje al lugar de donde eran oriundos sus ilustres fundadores. Se trataba de una típica ciudad medieval llamada Altaluna, que actualmente era un pequeño pueblo situado en medio de un paisaje rural de encanto sinigual. Dicha experiencia generalmente impregnaba a aquellos muchachos con un recuerdo inolvidable. Y efectivamente, con el correr de los años aquella ocasión había resultado para Augusta imposible de olvidar.

      En aquella oportunidad ella y sus compañeros de clase viajaban acompañados por tres tutores: Lilia, Joaquín y Mariano, también exalumnos de la institución que ya eran avanzados estudiantes universitarios y que para solventar sus estudios trabajaban medio tiempo como tutores. Aun así, eran muy jóvenes y por eso se las veían en figurillas para seguirles el tren a aquel grupo de adolescentes alborotados. Mariano y Joaquín  se llevaban bien con los integrantes del grupo; sin embargo Lilia con ellos no llegaba a congeniar. Sobre todo las chicas la rechazaban por ser una presuntuosa que pretendía ser admirada por la audiencia juvenil. Con Augusta rivalizaba especialmente, porque esta era una chica muy bonita y popular a la que por más que Lilia lo intentara no podía doblegar.  Por ese motivo, para molestarla la llamaba burlonamente “Angustia”.

      Aquel día era el último en Altaluna y por eso los chicos tenían el día libre para ir a donde quisieran. Pero no se ponían de acuerdo. Unos querían ir a dar una última recorrida por el pueblo e ir de compras y otros querían ir a un conocido   parque de diversiones que quedaba en las afueras. Para peor, Lilia había puesto la excusa de estar indispuesta, por lo cual Mariano y Joaquín no tuvieron más remedio que hacerse cargo cada uno de un grupo de chicos. Fue así que, mientras Joaquín se llevó consigo a los que querían ir a las montañas rusas, Mariano marchó con los que querían ir de compras y dar una última recorrida por el lugar.

      El pueblo de Altaluna era verdaderamente una joyita. Se encontraba enclavado en lo  alto de una colina y a cada vuelta de la esquina podía disfrutarse de un panorama impresionante del paisaje a su alrededor. Mariano con su grupo de chicos había caminado sin parar durante largo rato, cuando al pasar por un centro comercial todos quisieron entrar. Mejor dicho, todos menos Augusta, a quien le aburrían las compras e insistió en seguir de largo. Pero a pesar de los esfuerzos de Mariano por unificar los criterios, no pudo evitar que Augusta —que además de rebelde era difícil de convencer— se fuera caminando por su cuenta. Como aquellos chicos estaban bajo su responsabilidad, Mariano no podía permitir que anduviera sola por un lugar desconocido. Así que, después de dejar a los demás  en el centro comercial, salió presuroso tras ella.

      Dio varias vueltas por el casco antiguo, revisando cada lugar por el que pasaba.  Por suerte, el sitio no se extendía por más de pocas cuadras a la redonda pero su preocupación crecía ya que no la lograba localizar. Aun así, su agitación no le impedía disfrutar simultáneamente de aquel entorno que parecía sacado de un cuento y que parecía envolver al visitante con un manto de fantasía. Era la primera vez que estaba allí y se sentía como si estuviera dentro una película. Los  edificios con paredes de piedra se empinaban sobre callecitas muy angostas, y todo el entorno parecía abrazarlo, endulzándolo a la vez con el color de las flores que colgaban de los balcones y los antepechos dando a aquel sitio un misticismo cautivador. 

      Mariano conocía muy bien a Augusta. Después de todo un año de estar en contacto con aquel grupo de estudiantes había aprendido a conocerla como nadie más. Como profesor intentaba mantener distancia aunque se sentía sensiblemente atraído por ella. Y aunque nunca se había permitido insinuársele, fabulaba con ella como la mujer de su vida. Sabía que su belleza no era solo exterior, por lo cual no le molestaban sus caprichos y sus excentricidades, y en cambio la admiraba por su inteligencia y tozudez. Por eso, cuando llegó a las puertas de aquel viejo edificio enseguida supo que era ahí donde la iba a encontrar.

      Se trataba de una antigua edificación con un gran portón de entrada y ventanas muy pequeñas con fuertes rejas. Según indicaba el cartel en su fachada, había funcionado en tiempos remotos como una cárcel, y después de haber  sido ésta  trasladada a un sitio alejado de la ciudad, allí había funcionado durante muchos años el Registro Civil. Y últimamente, con el crecimiento del flujo de turistas, la alcaldía lo había reflotado como punto de atracción con una propuesta singular: allí la gente podía contraer matrimonio con  una ceremonia al estilo de aquella época. Y la cantidad de gente allí reunida curioseando daba fe del éxito rotundo de dicha propuesta.

      Por tratarse de una simulación, no se exigía a los “contrayentes” ningún requisito, pero para limitar de alguna forma la demanda solo se solicitaba que fueran personas mayores de edad. De este modo, los turistas tenían la posibilidad de experimentar una celebración típica y sacarse  fotos posando al lado de testigos falsos mostrando a la cámara un “certificado” muy ostentoso que podían guardar como recuerdo de su paso por aquella ciudad.  Al leer todo esto, Mariano sacudió la cabeza con gesto de negación; era obvio que a Augusta iba a ocurrírsele la brillante idea. Casualmente unos días antes había cumplido dieciocho años, y eso la habilitaba.

      Cuando la vio esperando su turno entre otras personas, se desesperó. Al parecer había convencido a un muchacho que esperaba junto a ella, posiblemente otro turista que seguramente oficiaría de consorte y al que se lo veía disfrutar muy divertido de la situación. Entonces se desesperó. Él no solo era profesor de Augusta; también era hombre y era un hombre demasiado interesado en aquella chica aunque nunca le hubiera dicho que la quería para él. Por eso, su instinto lo guio.

      Se acercó  rápidamente hacia donde ella estaba y la tomó del brazo con intención de sacarla de allí. Al verlo desquiciado, Augusta no lo quiso contrariar. Despidió de inmediato al muchacho que la acompañaba, pero mirando desafiante a Mariano no se movió de su lugar. Se había dispuesto a no perderse aquella experiencia excitante, y Mariano sabía que lo que se proponía siempre lo lograba. Por eso, cuando comenzó a rogarle que fuera él quien suplantara a aquel muchacho su mente explotó y no se le ocurrieron argumentos para decirle que no.

      La boda falsa había sido divertida, aunque para Augusta había resultado un tanto decepcionante ya que por lógica no había tenido los ribetes románticos que esperaba encontrar. Dentro de los rituales establecidos, los dos habían tenido que decir “sí, acepto”, y al finalizar la ceremonia ella le dio un espontáneo  beso en la mejilla a él. Los oficiantes habían sido dos viejitos ataviados con túnicas oscuras al estilo medieval, muy simpáticos, y que después de declararlos “oficialmente” unidos en matrimonio les hicieron firmar un certificado, obviamente falso. Como dicho certificado era la prueba de que habían participado de aquel  hecho insólito, Mariano dispuso que fuera Augusta quien lo guardara como souvenir.

      Para no generar suspicacias entre sus compañeros de clase y los colegas de trabajo de Mariano, Augusta estuvo de acuerdo con él en no sacarse la foto de rigor, ya que podría prestarse para malas interpretaciones. Sin embargo, por encima de toda aquella farsa, hubo un detalle al que Augusta por su entusiasmo momentáneo no prestó atención pero que a Mariano, como avanzado estudiante de leyes no se le escapó: los dos tuvieron que colocar su dedo pulgar en un lector de huellas digitales.

      Justo cuando iban saliendo se encontraron con los otros chicos que venían del centro comercial cargando bolsas con sus compras. Al enterarse de la original propuesta que allí se ofrecía enseguida quisieron entrar, pero Mariano y Augusta los pararon en seco convenciéndolos de que era aburrido y carecía de interés. Entonces todos siguieron su marcha.

      A unas pocas cuadras entraron a una pintoresca posada y se sentaron a merendar. La comida era tan exótica como exquisita, y mientras todos disfrutaban de ella, conversaban animadamente contándose sus anécdotas. Sin embargo, Augusta se abstuvo de mencionar su peculiar experiencia. Mientras todos hablaban, en varias oportunidades miró disimuladamente a Mariano, pero este parecía absorto, sin levantar la vista del plato, sin participar de la conversación y en ningún momento la miró. Entonces confirmó que aquel suceso iba a ser un secreto entre ambos.

      Ahora, mirando aquel papel, pensaba en Mariano y se preguntaba si habría sido a partir de aquella vez que su interés por cualquier otro hombre declinó sin remedio. En los últimos cinco años, no lo había vuelto a ver. Pero pensaba en él a menudo. Añoraba aquella época en la que ella era estudiante y él se desempeñaba en el colegio como tutor. Era seis años mayor que ella, por lo cual para sus compañeros era un “viejo”. Era atractivo, pero a pesar de eso no se las daba de seductor. Por el contrario, era amable y respetuoso con todos por igual, aunque a veces demasiado serio, motivo  por el cual parecía estar siempre de mal humor.

      A pesar de eso, las chicas suspiraban por él. A Augusta también le gustaba, aunque no se desvivía por conquistarlo ya que lo consideraba fuera de su alcance. Sin embargo, durante todos aquellos años se había preguntado el porqué de la vehemencia con la que había actuado precipitadamente aquella vez al separarla de aquel chico y su sorpresiva condescendencia a dar el “sí”. Aún se preguntaba por qué lo había visto turbado un rato después, ya que nunca había supuesto que él pudiera tener  interés en ella como mujer. Pero de una cosa estaba segura: Mariano era la causa de que hubiera surgido en ella la atracción por la Abogacía. Incluso el día en que recibió su título de abogada  pensó que habría sido lindo compartirlo con él.

      Sin embargo, nunca más había tenido noticias suyas. Al año siguiente, al comenzar la Universidad había pasado un día por el colegio con intención de  verlo, pero no lo había encontrado. Más tarde supo que se había marchado al extranjero a continuar sus estudios y se comentaba que pensaba quedarse a trabajar allá. A partir de entonces se propuso evitar pensar en él y encaminar su vida. Pero su propósito sólo había prosperado en parte.

      Hacía tiempo que trabajaba en un estudio de abogados y estaba contenta porque su vida profesional comenzaba a tomar un rumbo definido, aunque no se sentía igual de segura con respecto a su vida personal. Ese día, como todas las mañanas se dirigía a su trabajo en su coche cuando escuchó en su móvil el alerta de un mail. Pero no podía detenerse en medio de la autopista, así que cuando llegó a la oficina, después de acomodarse en su escritorio y con una taza de té en la mano se dispuso a revisar su bandeja de entrada.

      Entre todos los mensajes había uno cuyo remitente no conocía. Era de parte de un estudio jurídico y en él le indicaban, sin más detalles que se comunicara con ellos  “lo más rápidamente posible por un asunto de su interés”.  Bastante sorprendida por dicha convocatoria, lo primero que pasó por su cabeza fue que le hubiera quedado pendiente alguna cuenta sin pagar, pero al revisar sus recibos no encontró nada. Entonces supuso que sería un error y llamó por teléfono al número que ahí figuraba. Pero la persona que la atendió le dijo que tenía entendido que era un asunto que no podía ser tratado por teléfono. Así que quedó en presentarse a la mañana siguiente para aclarar la situación.   

      Detuvo su coche en el estacionamiento y miró hacia arriba. El edificio era alto y parecía muy distinguido. En el directorio de la entrada se fijó a qué piso se debía dirigir. Daba la impresión de ser una empresa importante y pensó que afortunadamente se había vestido con formalidad. Iba impecablemente ataviada con un traje gris y tacones muy altos. Su larga melena, que usaba habitualmente suelta, ahora la llevaba recogida en una cola de caballo y solo dos o tres mechones sueltos caían hacia adelante enmarcando su bello rostro. Cuando se anunció con la chica de la recepción, ésta ya sabía de su llegada.

—    ¿Viene por la citación, no es así? —dijo amablemente—. Le ruego que tome asiento. Ya le aviso al doctor que está aquí.

      Augusta miró a su alrededor. Sin lugar a dudas era un lugar muy elegante. Se sentó en uno de los sillones de cuero negro y se dispuso a esperar. Pero no tuvo que esperar mucho, porque casi enseguida en una de las paredes revestidas de madera lustrada,  la puerta de uno de los escritorios se abrió y el doctor apareció.

—    Augusta, ¿cómo estás? —le dijo extendiendo la mano para saludarla—. Me alegro mucho de que hayas venido.

—    Mucho gusto —exclamó ella extendiendo automáticamente su mano para responder al saludo, mientras se levantaba del asiento.

      Pero al ver su rostro, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Era Mariano.

—    Sí —dijo él sonriente, al notar su sorpresa—. Ha pasado un tiempo. Cinco   años, si no me equivoco.

      Y como ella parecía no salir de su asombro, le dijo:

—    Pasa a mi escritorio. Lamento haberte molestado, pero tenemos que hablar.

      No bien se sentaron para comenzar la conversación, se abrió la puerta del escritorio y una mujer muy atildada apareció. Augusta la miró y casi no pudo creer lo que veía. Era Lilia.

—    ¡Hola, Angustia! —dijo, burlándose de ella como siempre—. ¿Te acuerdas de mí?

      Augusta la miró con evidente desagrado. Seguía tan antipática como siempre. ¡Cómo no acordarse de ella! Sus compañeras de clase la detestaban por sus aires de superioridad y porque disfrutaba dándose ínfulas por su posición de docente.

—    ¿Cómo estás? —se limitó a decir dándole la mano sin demasiada efusividad.

      Acto seguido, Augusta bajó la cabeza para disimular una pequeña sonrisa de maldad al recordar que sus compañeras no perdían la oportunidad de burlarse de ella con picardía cada vez que notaban que Lilia se le insinuaba a Mariano sin que este diera muestras de reciprocidad.

—    Mariano y yo trabajamos juntos  —alardeó Lilia— ¿qué te trae por acá?

      Augusta miró a Mariano sorprendida aún más, esperando que él hiciera algún comentario o que mencionara el motivo por el que la había citado. Pero como él se mantuvo callado, ella se apresuró a tomar la palabra:

—    Nada en especial —dijo, por decir algo—, causalmente pasaba y vine a saludar.

      Al decir esto, notó que una sonrisa sutil iluminaba la cara de Mariano, entonces intuyó que había  convertido un gol. Augusta no quería preguntarle a Mariano delante de Lilia cuál era el motivo por el que había sido convocada, y como era obvio que ésta no estaba dispuesta a dejarlos solos, optó por despedirse de ambos.

—    Te acompaño —le dijo Mariano, guiándola al ascensor.

      Mientras esperaban, y asegurándose de que Lilia no los escuchara, Mariano dijo con una familiaridad y una sinceridad que la sorprendió:

—    Disculpa, Augusta. Primero que nada, quiero aclararte que Lilia no trabaja conmigo. Su padre es uno de los dueños de la empresa, y ella solo viene a veces por algún caso en particular.

      Augusta asintió con la cabeza e intentó sonreír, pero estaba un poco confundida como para interiorizarse más sobre eso. Qué hacía Lilia allí era hasta cierto punto irrelevante; lo que realmente le intrigaba era saber por qué él la había mandado llamar.  

—     Tengo que hablar contigo sobre un asunto —prosiguió Mariano—, pero preferiría que no fuera acá. Si te parece, podemos encontramos esta tarde en otro sitio.

      Al salir a la calle se detuvo por un segundo y suspiró.  Miró hacia el cielo con expresión de desconcierto, justo cuando una chica que venía en sentido contrario casi se choca con ella.

—    ¡Augusta! —exclamó esta con sorpresa, al verla—. No puedo creerlo. ¿Eres tú?

      Augusta la miró extrañada. Le costó reaccionar. Tuvo que apartar  rápidamente los pensamientos que habían comenzado a turbarla.

—    Soy Dana —dijo la chica—. ¿Te acuerdas de mí?

—    ¡Dana! —exclamó feliz Augusta al reconocerla—. ¿Qué estás haciendo acá?

—    Trabajo en la compañía de teléfonos del quinto piso. Pero dime tú qué haces acá.

      Augusta vaciló. Aquella chica era una ex compañera de colegio y había viajado con ella en aquella oportunidad. Por eso no quiso ahondar en detalles.

—    Nada especial —respondió—. Quedé de encontrarme con un amigo.

—    ¿A qué no sabes quién trabaja en el penúltimo piso?

      Augusta hizo un gesto de no tener idea, a lo que Dana soltó:

—    ¡El divino de Mariano! ¿Lo recuerdas?

—    Sí, por supuesto —afirmó, porque Dana no iba a creer que fuera posible que no se acordara de él—. Mira, no lo sabía.

—    ¿Y a qué no sabes a quién veo también dos por tres?  A la estúpida de Lilia. Viene seguido al estudio de abogados de su padre, aunque es sabido que nunca se llegó a recibir. Cuando me la encuentro en el ascensor me cuesta saludarla. Sigue tan desagradable como antes.

      Y agregó, a modo de confidencia:

—    Debe estar tras de Mariano, como siempre lo estuvo. Aunque él nunca le dio ni la hora. En el colegio se decía que estaba enamorado de una de las alumnas, aunque nunca se supo de quién.

      Augusta asintió con una sonrisita, aunque no tenía intención de continuar esa incómoda conversación y se despidió cortésmente de Dana diciéndole que tenía que entrar a trabajar. Mientras se alejaba se alegró de que Dana no le hubiera hecho ningún comentario acerca de ella y Mariano. Por lo visto, durante aquel viaje nadie se había percatado de nada.

      Mariano la había citado en un coqueto bar lejos de la oficina, por lo tanto supuso que lo que iba a decirle debía quedar fuera del conocimiento de su personal. Y estaba cada vez más intrigada. Pero curiosamente, cuando Mariano comenzó a hablar apenas se inmutó. Es que ella siempre lo había intuido. Su corazón siempre se lo había dicho y ahora Mariano, sentado frente a ella en aquel bar se lo estaba confirmando: aquella boda no había sido de ficción.

—    No quisiera que pensaras que en aquel momento me aproveché de ti —dijo Mariano, preocupado—. Tal vez como estudiante de leyes debería haberme dado cuenta de que no era una ceremonia falsa, pero no fui capaz. Créeme que lo lamento.

      Desde que había comenzado a hablar, Augusta lo escuchaba con aparente serenidad e incluso cuando él finalizó sólo atinó a levantar el vaso que tenía frente a ella y beber un trago despacio. Por supuesto, aquella noticia la tomaba por sorpresa. No obstante percibía que en su interior se empezaban a acomodar sensaciones que no había logrado anteriormente ordenar. Sintió que una súbita emoción comenzaba a embargarla: las palabras de Mariano explicaban muchas de sus dudas. Se había preguntado muchas veces por qué ningún hombre era capaz de conquistarla, y en algún momento hasta había dudado de su feminidad. Pero ahora, a medida que Mariano avanzaba en su explicación, evocaba aquella época de estudiante en la que al verlo su corazón latía sin control sin que él se enterara. Al hacerlo participar de aquella ridícula boda, enmascaradamente le había revelado su amor, y a pesar del paso de los años, una lealtad silenciosa hacia él parecía haberla mantenido apartada de cualquier otro hombre.

      Mirando el piso sacudió la cabeza como para llamarse a la realidad.

—    Sabes —continuó Mariano,  ajeno a sus pensamientos—, yo en aquel momento estaba estudiando Abogacía, pero igualmente me despisté. Debería haberme alertado el hecho de que hubiéramos tenido que registrar nuestras huellas digitales, pero no reaccioné. Ahora te pido sinceras disculpas.

      Lo que Mariano no decía era que él en aquel momento había sospechado que la pantomima de su boda no era tal y que, por algún motivo desconocido para él el trámite estaba siendo legalmente oficializado, pero no le  importó. Había cerrado los ojos porque en el fondo deseaba casarse con ella en la realidad. Por eso, cuando reaccionó a tal desvarío de su parte, se alarmó y optó por irse al extranjero, aunque sabía que eso no iba a evitar que la bomba de tiempo explotara en algún momento. Y al fin había explotado.

—    ¿Eso quiere decir que…?—exclamó Augusta con desconcierto.

      Pero él no la dejó terminar.

—    Sí, Augusta —dijo, suspirando, con una enigmática sonrisa—. Hace cinco años que estamos casados. Y recién hace una semana que me acabo de enterar.

      Augusta estaba tan sorprendida que no fue capaz de articular una sola palabra. Entonces Mariano supuso que tal vez para ella era demasiada información para ser procesada de una sola vez. Por eso le propuso volver a encontrarse a los pocos días.

      La segunda vez se citaron en un restorán. Sin preguntarse demasiado por qué, Augusta se acicaló lo mejor que pudo. En este caso iba de sport, con pantalones muy ceñidos y un sweater holgado muy sexy con escote en V. Su larga cabellera castaña la llevaba suelta, lo que completaba aquel atuendo de una forma espectacular. Mariano, por su lado llevaba ropa casual aunque muy elegante, la cual dado su altura y esbeltez lo hacía ver como un modelo de revista.

      Conversaron largamente, aunque no exclusivamente de aquel asunto que les atañía. Recordaron sus épocas en el instituto, y se rieron con anécdotas de otros estudiantes y de algún que otro profesor. Mientras lo escuchaba, Augusta pensaba que tal vez si en aquel momento se hubieran encontrado habrían podido decirse mutuamente qué había significado para cada uno de los dos aquella boda falsa o cómo se habían sentido en esa oportunidad. Aun así, no le comentó que hacía tiempo había ido a buscarlo para aclarar sus dudas. Pero ahora esa conversación parecía estar recobrando vigencia.

—    Sabes, pasé cinco años en otro país, terminando mi carrera y después haciendo experiencia en un importante bufete. Pero llegó el momento de volver a mi país para estar cerca de mi familia. Fue al querer comprar una casa para instalarme definitivamente, cuando me enteré.

      En realidad lo había sospechado siempre, pero hacía poco que lo acababa de confirmar.  

—    Quedé sin palabras cuando el escribano dijo que mi esposa también tenía que firmar. Podrás imaginarte mi sorpresa…

      Se detuvo un momento y ambos sonrieron como compartiendo un mal chiste. Entonces Augusta notó que su semblante cambiaba sutilmente cuando continuó.

—    …y mi desilusión al no poder hacerla mía. Desde que la vi me enamoré de ella. Se convirtió en mi sueño y cuando tuve la oportunidad de conseguirla me entusiasmé. Sin embargo, las cosas se complicaron y ahora no sé si van o no a poder prosperar.

      Mariano le relataba su sentir con respecto a la casa, pero Augusta creía entender entre líneas que hablaba de ella.

—    Sé que así, tan de golpe esto no es fácil de asimilar—siguió diciendo Mariano—. Es por eso que creo que deberíamos pensar en cómo resolverlo.

      Como Augusta continuaba callada, Mariano podía interpretar su silencio como desagrado o impotencia ante la situación. Por eso, se vio obligado a hacer caso omiso de sus propios sentimientos y cambiar su discurso por uno más contundente para tranquilizarla.

—    Por mi parte estoy dispuesto a solicitar la anulación. Y supongo que tú estarás de acuerdo conmigo.

      Había pasado mucho tiempo y Augusta había olvidado cómo se sentía cuando aquellos ojos tiernos la miraban, por lo que en ese momento, al tenerlo frente a ella, su mirada penetrante la estremeció. Tuvo que disimular el cosquilleo que alborotó inadvertidamente  su vientre, como cuando lo veía pasar cerca de ella en los pasillos del colegio, y que nunca más había sentido con nadie con tanta intensidad. Ahora caía en la cuenta de que estaba enamorada de aquel hombre y que nunca había dejado de estarlo. Pero por supuesto le dijo que estaba de acuerdo.

      Había quedado con él en que cada uno por su cuenta investigaría cómo comunicarse con el ayuntamiento de aquel pueblo remoto. Pero durante los días siguientes no pudo pensar en nada más. Se arrepentía de haber respondido con una celeridad y una convicción absurdas que estaba de acuerdo con él en pedir la anulación, porque en verdad no estaba tan convencida. Cuando él la volvió a contactar, ella le dijo que aún no había podido encontrar cómo comunicarse. En realidad, no había investigado demasiado. Aun así, lo cierto es que ni en Internet ni en los archivos  internacionales había rastro de los responsables de aquel insólito registro civil.

      No obstante, Mariano había sido más diligente. De su investigación había concluido que, como aparentemente se había tratado de un error en el tratamiento de una promoción turística sin importancia, el trámite iba a ser más sencillo que un divorcio. El único contratiempo era que para solicitar la anulación era necesario ir hasta la oficina en donde habían firmado la documentación.

      Sin meditarlo demasiado, Augusta aceptó y a los pocos días ambos emprendieron el viaje. Iba decidida a ayudarlo porque para él parecía importante comprar aquella casa, pero se cuestionaba si eso significaba no solo desvincularse de él para siempre sino también acercarlo a otra mujer. Había constatado con sus propios ojos que Lilia continuaba asediándolo y se preguntaba si acaso habría logrado su propósito. Si así fuera, la intención de comprar aquella casa podría deberse a que estaba planeando casarse con aquella horrible mujer. Pero no podía preguntárselo.

      Durante las casi cinco horas de vuelo conversaron largo y tendido, como si se tratara de un viaje de amigos en vacaciones. Mariano le contó que hacía unos meses que había regresado del extranjero. Durante el tiempo que había estado ausente, Lilia había seguido en contacto con él. Lo contactaba cada dos por tres, y cuando se enteró de que volvía le insistió para que comenzara a trabajar en el estudio de su padre. Él no estaba demasiado convencido de aceptar, pero lo había hecho un poco por compromiso y otro poco porque mientras tanto eso le serviría para aclimatarse a un nuevo escenario laboral. Pero tenía la intención de independizarse cuanto antes. Estaba entusiasmado con encaminar no solo su vida laboral sino también su vida personal. Y por eso deseaba comprar aquella casa.

      Al llegar a la ciudad tomaron un taxi que los llevó a su alojamiento. Por supuesto no  era el hostal en el que se habían alojado cuando eran estudiantes. Mariano sin duda se había  esmerado en reservar un hotel de categoría superior. Habían llegado el sábado por la tarde debido a que habían conseguido el único vuelo disponible y eso significaba llegar casi dos días antes de que el ayuntamiento de Altaluna abriera sus puertas.

      Después de acomodar sus cosas en su habitación, Augusta bajó a cenar y se encontró con que Mariano ya estaba en el comedor. Había pocas mesas ocupadas, lo cual era señal de que había pocos huéspedes, seguramente por estar fuera de temporada. Mientras caminaba hacia él lo observó disimuladamente y no pudo evitar sentir una íntima emoción. Siempre había sido muy guapo, pero ahora, después de cinco años lo era aún más. Su aire profesional le había dado un toque distinguido y por un instante, aunque solo  fuera de manera ficticia se sintió orgullosa de estar casada con él.

      Mientras cenaban volvieron a hablar de cosas intrascendentes, pero a medida que la conversación avanzaba Augusta creyó percibir en Mariano cierta incomodidad, ya que evitaba mirarla a los ojos. Entonces recordó que allá en el colegio, algunas veces tenía la impresión de que él evitaba devolverle la mirada. En aquel entonces no tenía ninguna experiencia con los hombres y siempre terminaba convenciéndose de que todo era fruto de su imaginación. Sin embargo ahora también los ojos de él parecían esquivos, lo que podía interpretar fácilmente como que tratara de evitar revelar su sentir interior.

      Después de la cena, salieron a caminar por los alrededores del hotel. Iban sin prisa, distendidos, disfrutando del espectáculo nocturno de aquel hermoso lugar. De pronto, cada uno por su lado se percató de que estaban haciendo el recorrido que aquella vez los llevara hasta el registro civil. Pero ninguno de los dos  lo mencionó y se sintió como si cada uno acariciara dentro de sí, ahora en vivo y en directo, aquel recuerdo secreto guardado durante tantos años.

      Al pasar justo delante de aquella oficina, Augusta tuvo que disimular su emoción y para evitar un suspiro comprometedor contuvo por un segundo la respiración. Recién en ese momento tomaba conciencia de la magnitud de su capricho adolescente. Había arrastrado a Mariano a una situación bizarra que ahora le costaba a ambos tiempo y dinero rectificar. Pero eso no era todo. Su corazón le decía que iba a costarle aún mucho más desatar aquel lazo que la había mantenido todo aquel tiempo inconsciente, silenciosa y tenazmente  unida a él.

      Al día siguiente, la agenda fue casi similar. Durante el día cada uno hizo sus diligencias por su lado, y al igual que el día anterior se reunieron para cenar. Solo que la cena fue un poco más animada. Hablaron mucho, bebieron bastante y después, como por inercia salieron otra vez a caminar. Las calles estaban apacibles y el encanto de una enorme luna llena presidiendo el cielo oscuro, absolutamente despejado, parecía guiar sus pasos. Dado lo avanzado de la hora, los comercios y los quioscos de chucherías ya estaban cerrados; por eso, cuando divisaron un pub abierto, entraron. Allí continuaron bebiendo sin medida, como si cada uno por su lado esperara ahogar en aquellas copas una creciente, insólita e incontrolable inquietud.

      Cuando volvieron al hotel, Mariano la acompaño hasta su habitación. Ella se sentía tan mareada como desconcertada por aquella situación en la que no acertaba a entender si eran amigos, ex compañeros de colegio o socios eventuales en un emprendimiento difícil de describir, y más aún por la proximidad de Mariano que no mostraba apuro por despedirse de ella. Por eso  se apuró en meter la tarjeta en la cerradura y abrió. Pero la hoja de la puerta se cerraba automáticamente, así que la sostuvo con su cuerpo esperando despedirse apropiadamente de él. No se daba cuenta si era a causa de la bebida o de su nerviosismo que se sentía desinhibida, eufórica, irresponsablemente feliz y desde hacía largo rato dominaba su rostro una sonrisa de oreja a oreja. Su estado de inconciencia la transportó a aquella época en la que era una adolescente impetuosa que acostumbraba actuar sin reflexión, y por eso, cuando él le dio las buenas noches se acercó a él y le dio un pícaro beso en la boca.

      Pero ya no lo era y esta vez vio que el rostro de aquel hombre se congelaba. La expresión de Mariano dejó de ser festiva. Su mirada se tornó de pronto  profunda e intimidante y entonces sintió que se le erizaba la piel. Cuando Mariano la tomó por los hombros, instintivamente dio un paso hacia atrás, pero no lo suficientemente grande como para que él la soltara. Entonces él la empujó   suavemente hacia adentro de la habitación y cuando la puerta se cerró pesadamente oyéndose el “click” del cerrojo, ese fue el punto de no retorno.

      Cuando Augusta abrió los ojos, ya había salido el sol. Había caído exhausta. Se incorporó despacio y miró con ansiedad a su alrededor buscando a Mariano, pero él ya se había ido. Por un segundo se preguntó si acaso solo había tenido un sueño erótico maravilloso, pero era innegable que había pasado la noche con él. Las sábanas blancas revueltas eran testigo de su presencia apasionada y su cuerpo desnudo recordaba  demasiado bien que no había quedado un solo lugar sobre  aquella enorme cama en el que juntos no hubieran rubricado su amor. No supo si sonreír o preocuparse.

      Aquel iba a ser el día clave. Mientras el agua tibia de la ducha caía sobre su cabeza, el frío parecía inundar su corazón. Durante cinco años aquel sentimiento había permanecido reprimido, escondido en lo más profundo de su ser, como un intruso al que es peligroso dejar al descubierto, pero esa noche había sido una revelación: Mariano era demasiado importante en su vida y estaba a punto de perderlo. Así que se aprontó para bajar a desayunar y hablarlo con él.

      Cuando las puertas del ascensor se abrieron, se encontró frente a frente con Mariano. Estaba serio, y por eso no se animó a mostrarse demasiado efusiva. Él no había desayunado, y cuando le preguntó a ella si iba a hacerlo, al notar su parquedad le respondió que no. La oficina a la que debían dirigirse abría a las ocho de la mañana y cuanto antes se presentaran en ella, más rápido resolverían la situación. 

      Mientras caminaban rumbo a aquella dichosa oficina, Augusta esperó que él mencionara —aunque fuera al pasar—  lo sucedido la noche anterior, al mismo tiempo que temía a cada paso que él fuera a excusarse o le manifestara que había sido un error y le pidiera olvidarlo. Pero él solo mostró su mejor “cara de póker”. Sin embargo, ella notó que caminaba despacio y que sus pasos parecían pesados, sin apuro, como si quisiera retrasar la llegada al punto final. El cielo sobre ellos se veía gris, encapotado, y amenazaba con ponerse a llover, pero más sombríos parecían sus corazones.

      Ya en la oficina, tuvieron que esperar un rato hasta que los dos funcionarios  que estaban allí los atendieran. Cuando les llegó el turno, fue Mariano quien comenzó a exponer la situación. Sus interlocutores lo miraban poniendo atención a lo que decía y de vez en cuando se miraban entre ellos. Era una pareja de ancianos  simpáticos que, a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, Augusta reconoció enseguida como los mismos que los habían atendido en aquella oportunidad.

      Después de escuchar atentamente su planteo, los dos viejos se miraron de una forma que a Augusta le pareció de complicidad, aunque no dijeron nada. Eso sí, se mostraron sorprendidos, como si no dieran crédito a lo que venían a solicitar. En determinado momento, la mujer les hizo con la mano señal de que esperaran. Acto seguido fue a una sala contigua y volvió al poco rato trayendo un voluminoso cuaderno en el cual Mariano y Augusta supusieron que estaría documentada su inscripción. Después de apoyarlo sobre el mostrador, con expresión adusta y con la lentitud propia de alguien de su edad, comenzó a pasar  las páginas con una mano, recorriendo en cada una de ellas uno a uno los renglones con un dedo mientras que con la otra mano sostenía sus gafas para que no se le resbalaran de la nariz. Pasaron varios minutos, durante los cuales la tensión en Mariano y Augusta fue en aumento, hasta que en determinado punto aquel dedo se detuvo y el semblante de la mujer se iluminó. Entonces exclamó a viva voz:

—    ¡Aquí están!  

      A continuación su compañero tomó un formulario y con parsimonia se puso a completarlo. Después de repasarlo meticulosamente tres o cuatro veces le estampó un sello y se los dio para firmar. Augusta fue la primera. Tomó el papel entre sus manos e intentó leerlo, pero una nube que humedeció repentinamente sus ojos  se lo impidió. Intentando no evidenciar su desilusión, tomó la lapicera y se dispuso a firmar. Dudaba, pero sus dudas no eran relevantes; había sido Mariano y no ella quien había propuesto solicitar la anulación. ¡Era obvio que tenía sus propios planes! Así que, con mano temblorosa estampó su firma en aquel papel.

      Pero al concluirla, un impulso hizo que dejara caer con amargura la lapicera sobre el mostrador y salió corriendo del lugar.  Afuera se había desatado una tormenta. La calle estaba desolada y caía una lluvia torrencial. Pero ella no lo notaba: los truenos se confundían con los latidos que retumbaban en su corazón, y las gotas de lluvia se mezclaban con sus lágrimas.

      Una vez resguardada en su habitación, cerró la puerta y desolada se dejó caer sobre la alfombra.  Estaba empapada y temblaba sin parar. Todo había terminado. Su incipiente ilusión se había desvanecido por completo. Arrodillada en el piso, lloraba amargamente cuando escuchó que golpeaban a su puerta. A pesar de la insistencia, no respondió. Cuando supuso que finalmente él había desistido, armó rápidamente su maleta y se fue en un taxi al aeropuerto.

      Pasaron dos meses sin que tuviera noticias de Mariano. Por supuesto, ella no lo iba a llamar y por lo visto a él tampoco le interesaba tener noticias suyas. Al fin se había llevado a cabo la anulación, por lo cual él estaría feliz y por eso no necesitaban volver a verse. Al pasar los días uno tras otro intentaba procesar lo ocurrido entre los dos. En su momento no había sabido interpretar el significado de aquella noche que habían pasado juntos, pero ahora se daba cuenta de que había sido una despedida. Él seguramente había querido darle un cierre definitivo a su ilusión de adolescente, ilusión que él posiblemente también había compartido años atrás, pero que ahora necesitaba sepultarla. Quizás Mariano ya se había casado, seguramente con Lilia y era muy probable que estuvieran viviendo en aquella hermosa propiedad.

      Augusta siempre había sido tan inquieta como tenaz, y con los años no había perdido aquella condición que la caracterizaba. Y en este caso la curiosidad la carcomía. Si Mariano se había casado con Lilia, aquella preciosa casa sería un desperdicio colosal, pero aun así debía deshacerse de sus dudas. Por eso, un día pasó por ahí.

      Por supuesto no pensaba tocar a la  puerta, pero una vez frente a ella algo llamó poderosamente  su  atención: en el jardín había un hombre acomodando el cartel de venta. Entonces estacionó el coche y bajó.

—    Buenos días —la saludó con cortesía el hombre cuando la vio acercarse—. ¿Viene a ver la casa?

—    No, no —dijo Augusta, dudando—. Es que pensé que ya se había  vendido y me dio curiosidad. ¿Acaso la persona que la compró la vuelve a vender?

—    ¡Ah, no! —exclamó el hombre, un poco contrariado—. Es que no se llegó a vender. Estuvo reservada durante un tiempo pero el interesado al final no la adquirió. Parece  que tuvo un problema con la firma de su esposa. Algo así me contó. Y es una lástima, porque se lo veía muy ilusionado. Yo mismo me apené porque parecía muy decidido. En fin, los papeles de todos modos siguen ahí, a medio firmar.

      Se quedó pensativo y al cabo de algunos segundos agregó:

—    Si desea, se la puedo mostrar.

      Augusta quedó desconcertada. ¿Cómo que había tenido un problema con  la firma de su esposa? Él ya no tenía esposa. Es decir, ella ya no era su esposa pero seguramente ahora tenía otra que sí estaría bastante feliz de firmar. Ahora sí, su curiosidad iba en aumento. ¿Por qué aquel amable señor había dicho que su esposa no había firmado? Batalló durante varios días con sus pensamientos, tratando de convencerse de que no era de su incumbencia lo que Mariano hiciera con su vida. Pero era demasiado obstinada. Por eso, después de cavilarlo, lo fue a buscar.

      En la oficina, como era esperable la recibió Lilia.

—    ¡Angustia! —exclamó burlona como siempre, con una mueca de desagrado—. ¿Otra vez por acá? Creí que ya habías solucionado tus asuntos.

—    Vengo a hablar con Mariano —le respondió, secamente—.  ¿Está?

—    No —mintió, desafiante—. Si quieres decirle algo, puedes decírmelo a mí.

      Por primera vez en su vida tuvo ganas de asestarle un cachetazo. A diferencia de cuando estaban en el colegio, ahora nada la subordinaba a ella; en ese momento se enfrentaban de igual a igual. No obstante, se contuvo civilizadamente. Estaba por retirarse contrariada cuando en ese momento la  puerta del despacho de Mariano se abrió de golpe y él apareció.

—    ¿Qué es este alboroto? —dijo, mirándola a ella con expresión de agradable sorpresa.

      Y enseguida, dirigiéndose a Lilia le increpó duramente:

—    ¿Qué es lo que pretendes que Augusta te diga a ti?

—    Nada —dijo Lilia, sorprendida en su falta—. Solo creí que no estabas.

—    Pero sí estoy —agregó Mariano con contundencia—. Ahora, haz el favor de retirarte.

      Y después de respirar profundamente y disfrutando de antemano lo que iba a decir, agregó:

—    Necesito hablar a solas con mi esposa.

      Augusta había bajado la cabeza pensando que se entrometía en una reyerta conyugal, pero al oír sus palabras la levantó rápidamente y miró azorada a Mariano, quien en ese instante no le devolvió la mirada  porque  continuaba mirando duramente a Lilia.

—    ¿Tu esposa? —exclamó Lilia con una risa nerviosa, tomándoselo a  broma—. ¡Cómo no! ¿Y desde cuándo?

      Mariano no respondió enseguida. Se tomó unos segundos para disfrutar al máximo lo que le iba a responder. Y entonces dijo serenamente:

—    Desde hace cinco años.

      Y dirigiéndose a Augusta, añadió:

—    …y va a continuar siéndolo.

      Entonces, acercándose a Augusta la rodeó con su brazo y dirigiéndose a la salida, dijo con orgullo dirigiéndose a Lilia:

—    Y ahora, si nos disculpas, tenemos que ir a comprar una casa.

……………………………………………

 

      En el ayuntamiento de Altaluna reinaba un clima especial. Sentados apaciblemente al frente del vetusto edificio mientras esperaban a que se retiraran todos los turistas, los dos ancianos charlaban animadamente.

—    ¡Uf! ¡Menos mal que esta nos salió bien! —exclamó el  hombre suspirando con satisfacción.

—    Ya lo creo —afirmó la mujer, respirando aliviada—. Pero habrás aprendido  por fin que hakear los registros civiles de otros países no está bien, ¿no?

—    Sí, mujer —respondió el hombre como si hubiera sido reprendido por su maestra—. Ya lo sé.

—    Sí, pero hiciste que durante cinco años viviéramos en ascuas.

—    Lo sé, pero afortunadamente todo se arregló.

—    Sí. Pero él fue muy claro con lo que dijo: “no vamos a levantar cargos contra ustedes porque al final y al cabo nos hicieron un favor, pero en lo sucesivo deben cuidarse muy bien de lo que hacen”.

—    ¿Ves? Él no dijo que no lo volvamos a hacer; solo dijo que tuviéramos cuidado.

—    ¡No has entendido nada! No pienso ayudarte si pretendes hacerlo otra vez.

—    No seas así. Ya te pedí disculpas. ¡Es que se los veía tan enamorados! Tú misma dijiste que eran la pareja ideal. Se notaba que a ella él le gustaba mucho, y era fácil darse cuenta de que él estaba loco por ella. Por eso los casé de verdad.

—    ¡Ay, amigo! Tú y tu romanticismo. Prométeme que ya no lo volverás a hacer. A nuestra edad no podemos permitirnos esperar otros cinco años para ver qué pasa.

—    ¡Quién sabe! —dijo, pensativo el hombre mirando embelesado la luna que comenzaba a trepar por el horizonte—. Si se presenta otra pareja como esa, tal vez no me pueda contener.