Amor en el agua
Nora Sisto
La canoa era pequeña y para mantenerse parada sobre ella tenía que estar haciendo equilibrio. Pero la vista bien lo valía. Desde en medio del agua, Dafne miraba maravillada aquel entorno e intentaba no pensar. La superficie del mar era un plato; estaba tan serena que la costa se reflejaba en ella formando un ancho cinturón de arbustos y rocas, y la punta de la bahía duplicaba su imagen en aquel espejo viéndose como un gigantesco cocodrilo con sus fauces abiertas para atacar. Por ese motivo, los lugareños habían denominado “Punta Cocodrilo” a ese pequeño balneario que acostumbraba recibir todos los veranos la visita de cientos de turistas. Ahora el verano había finalizado y quedaban en él solo las pocas personas habitantes en ese lugar.
Como cada año en esa misma fecha, Dafne estaba allí para encontrarse con su amor. Suspiró con tristeza. Ese era el lugar exacto en donde dos años atrás el hombre que amaba había desaparecido para siempre. Aquella fatídica mañana de tormenta había intentado infructuosamente socorrer a unos turistas imprudentes que a pesar de las advertencias se habían adentrado en la bahía a nadar. Ante la mirada atónita de ella y de los muchos que se habían congregado a observar desde la orilla, él mismo había desaparecido de la superficie de las aguas. Desde aquel día, su propia vida también desapareció.
Miró nuevamente aquel ramo que sostenía entre sus manos. Como siempre, las flores eran blancas, muy bonitas pero en esta oportunidad sabía que no eran ellas la ofrenda que iba a arrojar al mar. Así que las apoyó con delicadeza sobre uno de los costados en el piso del bote, y volvió a ponerse de pie. Estaba inmóvil. A su alrededor no se veía gente. Eran, en ese momento frente a frente, ella y su gran amor. Entonces, después de mirar una vez más fijamente hacia el agua, se dejó caer.
Al sentir el agua aún tibia le pareció que el mar la recibía con benevolencia estrechándola en su seno, e instintivamente miró hacia arriba. La magnificencia de los rayos del sol que se filtraban desde la superficie era tal, que pensó que de alguna manera estaba siendo bendecida. Mientras seguía cayendo por aquel inmenso y transparente caudal, sus ojos iban apreciando sin dificultad el entorno. Ramitas y hojas sueltas revoloteaban a su alrededor como dándole la bienvenida, y cardúmenes de pequeños peces se apartaban diligentemente dejándole el paso. Sintió que estaba en su hogar. Aún más abajo, en donde ya la turbiedad del agua a duras penas le permitía ver a su alrededor, su atribulado corazón percibía aquel paisaje acuático como el ingreso al Paraíso. Era el momento culminante de su vida.
Supuso que estaba llegando al fondo porque ya no podía más seguir aguantando la respiración, pero estaba decidida a encontrarlo. El silencio la envolvía y sus ojos apenas abiertos se resistían a dejar de buscarlo. Entonces, lo vio. Por un maravilloso instante antes de perder la consciencia tuvo la certeza de que finalmente iba a reunirse con su amor. Venía acercándose rápidamente, con los brazos extendidos como para abrazarla, y alrededor de su cuello flotaba ostensiblemente una hermosa cadena de plata con una cruz. Entonces, Dafne no lo pensó más. Al sentir que la tomaba entre sus brazos cerró los ojos y se dejó llevar.
Cuando se despertó, no supo dónde se encontraba. Su pensamiento fue en ese momento una mezcla indescriptible de alivio y decepción. La tibieza de aquel agua había sido sustituida por la suavidad de unas sábanas blancas, y el recogimiento de las profundidades por la quietud de una habitación de hospital.
— ¿Cómo se siente? —escuchó que alguien le decía.
Entonces giró la cabeza y vio que a su lado una señora mayor la miraba con sonrisa comprensiva.
— ¿Se siente bien? —insistió la mujer—. Ya mismo voy a llamar a la enfermera. No se preocupe que enseguida vuelvo. ¡Qué susto nos dio!
Como en Punta Cocodrilo, por ser un pueblo pequeño se carecía de medios e instalaciones apropiadas para que fuera atendida, había sido trasladada a un hospital en una ciudad cercana. Allí había permanecido en coma durante dos días. En el hospital no habían podido contactar a amigos ni parientes, ya que desconocían quién era. De todas maneras, una vez recuperada y dadas las características del accidente, antes de recibir el alta definitiva iba a tener que comparecer ante la justicia para aclarar las circunstancias de su caída.
Se sentía avergonzada, un poco por la situación y otro poco porque su apariencia no era la habitual. La organización de damas solidarias que la había cuidado durante todo ese tiempo le había conseguido vestimenta para irse, aunque esta no era precisamente la que usaba. Ella trabajaba en una empresa naviera y como tal, acostumbraba a presentarse siempre muy acicalada, con riguroso traje y tacones, pero ahora parecía una paisana.
La entrevista con los investigadores fue más larga de lo que suponía. Le habían hecho mil preguntas, la mayoría apuntando a su estado emocional, por eso junto al oficial que le tomaba la declaración estaba presente una psicóloga. Mientras les relataba los hechos, Dafne para sus adentros recomponía lo sucedido. No estaba segura de haberse querido suicidar. Ella solo había ido a buscarlo. Y lo había encontrado. Por supuesto que estaba segura de que no iba a repetir aquella imprudencia; ahora estaba en paz. Pero era lógico que los entrevistadores no pudieran comprenderlo, por lo que le aconsejaron hacer un tratamiento psicológico por lo menos durante un tiempo.
Estaba saliendo de la jefatura. Había ido a pie, un poco porque quería apreciar aquella ciudad que no conocía y otro poco para aprovechar el trayecto para meditar. Le habían preguntado insistentemente por qué se había lanzado al agua y ella, por supuesto, solo les había dicho parte de la verdad. Iba repasando sus propias palabras y preguntándose si se habrían convencido con su argumento, cuando se encontró de pronto frente a frente con un hombre con gafas de sol que venía en sentido contrario. Por un instante le pareció conocido, pero seguramente estaría confundida porque el hombre pasó a su lado sin mirarla —o al menos, a ella eso le pareció—. Sin embargo, algo hizo que instintivamente volteara para observarlo mejor. Vestía un uniforme militar. Era alto, de cabello negro muy corto, su porte era elegante y su espalda ancha resaltaba notoriamente bajo aquella camisa blanca de manga corta. Al continuar su camino se preguntó por qué se había sentido tan agitada al pasar junto a él.
Pasaron varios meses. De vuelta en sus cosas, Dafne se planteó un cambio radical. A sus veintitrés años se sentía con renovados bríos para iniciar una nueva etapa. Aquella experiencia había sido, sin dudas, extrema. Pero le había servido para poner un fin a su padecimiento y ahora deseaba enfocarse en volver a empezar. La terapia también la había ayudado, pese a su aprensión inicial, y ahora estaba segura de tener fuerza suficiente para dar vuelta la página. En un arranque inesperado y sin analizar demasiado el origen de su súbita inclinación, Dafne se propuso ingresar a la Armada.
Desde el primer momento se sintió apegada a aquella institución que parecía colmarla por completo. La escuela naval era bastante estricta, pero a ella le gustaba. Le parecía que el mar era su aliado y ese era uno de los principales motivos de su insólita vocación. Entre todo lo novedoso le encantaba su uniforme blanco que hacía lucir su cuerpo elegante y atlético. Incluso el gorrito que debía usar sobre su corta melena castaña recogida obligatoriamente sobre la nuca en un gracioso moñito, enmarcaba los rasgos de su bello rostro a la perfección.
Las clases teóricas le parecían interesantes y se abocaba a ellas estudiando con tesón. Para los ejercicios prácticos formaba parte de un equipo de principiantes iguales que ella, a cargo de un instructor. Cuando este se presentó el primer día, Dafne creyó estar viviendo un “déjà vu”. Su figura resaltaba por su porte distinguido, y su voz de tono bajo la sedujo no bien habló. Su nombre era Atlán, comandante Atlán Garcé.
Dafne quería destacarse dentro de su equipo, por lo cual se esmeraba en realizar los ejercicios de rutina y no le costaba trabajo sobresalir. Pero a medida que pasaban los días, más que en su instrucción comenzó a interesarse en su instructor. Él era amable con ella pero del mismo modo que con todos los otros cadetes bajo su mando, es decir sin prodigarle una atención especial. No obstante, ella percibía una extraña conexión con él, difícil de explicar. Atlán, por su parte era un oficial demasiado serio que no daba la impresión de estar dispuesto a congeniar con sus cadetes y se mantenía siempre alejado de ellos, guardando una distancia prudencial. Pero contrariamente a su intención, esa actitud para Dafne se traducía en una mayor atracción hacia él.
Atlán tenía cuarenta años y era un hombre hecho y derecho por lo que, según el criterio de la mayoría de sus compañeros cadetes, era un viejo. A pesar de eso, era innegable su atractivo y para Dafne representaba en cambio la figura masculina ideal. De ese modo, con el correr del tiempo se fue afianzando su fascinación por aquel hombre, hasta que un día se dio cuenta de que estaba locamente enamorada. Sin habérselo propuesto, había cambiado aquel antiguo amor fatalmente truncado, por este amor naciente que masivamente lo desplazaba volviendo a excitar sus sentidos y abriéndole el corazón hacia reconvertidos sueños. Y por primera vez desde aquel entonces, era feliz.
Pero Atlán tenía demasiada experiencia como para dejarse seducir fácilmente por una subordinada y por eso esquivaba exitosamente las actitudes sugerentes que recibía de ella. No era que Atlán no estuviera interesado en Dafne; lo que sucedía era que desconfiaba de que esa chica demasiado joven estuviera realmente enamorada de él. Sin embargo, a pesar de que intentaba mostrarse recio e insensible, algunas veces su interior lo traicionaba y ella lo descubría mirándola embelesado o se daba cuenta de que hacía lo posible para retenerla cerca de él.
Todo esto no hacía sino confundir a Dafne, que por momentos se emocionaba creyendo que su sentimiento era correspondido y otras veces se deprimía constatando su manifiesto rechazo o su indiferencia. Pero ella tenía que insistir a toda costa; algo en su interior se lo exigía. De esa manera, los primeros meses de su instrucción se sucedieron en una tensión continua, hasta que un día su panorama se comenzó a esclarecer.
En cada salida de maniobras, Dafne compartía alojamiento con las únicas chicas que había en su grupo. Y tratándose de chicas, los chismes no se hacían esperar.
— El comandante Garcé es bastante antipático, ¿no? —dijo Dafne un día a sus compañeras, como para iniciar su pesquisa.
— ¡No, qué va! —dijo inmediatamente una de las chicas—. Se hace el malo porque es su rol. Lo que sucede es que vive para su profesión, pero en realidad es un hombre muy solidario y valiente.
— Es cierto —afirmó otra, en forma contundente—. Sin ir más lejos, me contaron que hace unos meses salvó a una chica que se estaba ahogando. Si no hubiera sido por él, la chica seguramente habría muerto. Y parece que ella ni siquiera se lo agradeció.
Dafne las escuchaba, atónita. Era obvio que las chicas, sin saberlo se referían a ella. Sin embargo, tuvo miedo de seguir preguntándoles. En su declaración a las autoridades había mencionado haberse encontrado con su novio en las profundidades, quien hipotéticamente la había salvado de morir, aunque ella era consciente de que su relato no era sino una tonta fantasía. Ahora, ante la revelación de sus compañeras, necesitaba aclarar los hechos con Atlán.
Pero eran contadas las oportunidades en que podía abordarlo. Por eso, en la primera ocasión en que se cruzó con él, lo detuvo.
— ¿Podemos hablar un minuto? —le dijo, buenamente.
— Ahora no puedo. Estoy ocupado —respondió él, con hostilidad mostrándose impaciente por irse—. ¿Es algo urgente?
— No, no es urgente pero es algo importante para mí. Necesito saber si hace unos meses estuviste en Punta Cocodrilo y si tuviste algo que ver con el rescate de una chica.
Atlán la miró frunciendo apenas el ceño, suspiró hondo y se tomó su tiempo para responder. Por supuesto, se esperaba que en algún momento ella fuera a hacerle esa pregunta. Por eso se había preparado para la eventualidad. Cuando ella lo hiciera, él le restaría importancia. Ella no podía saber que para él aquel suceso había sido extraordinariamente revelador. Ella no podía sospechar que él había pasado la mayor parte de su vida solo, anhelando la oportunidad de ser feliz al lado de una mujer especial. Él no tenía por qué decirle que el mar —su acérrimo aliado— le había entregado aquella vez en sus propias manos a la mujer de su vida. Él lo sabía, pero ella no. Y era peligroso para él alimentar sus esperanzas, por eso tenía que ser cauto.
— ¿Quién te dijo eso?
— Nadie. Lo escuché por ahí.
— Ahora mismo no lo recuerdo —mintió—. Discúlpame, pero me esperan en una reunión.
Pero para Dafne, saberlo era una cuestión de vida o muerte. Por eso, de ahí en adelante, no tuvo más remedio que enfocarse en intentar sonsacárselo. Pero él no le daba oportunidad. Cuando ella amagaba a acercársele, él se retiraba de inmediato sin permitirle alcanzarlo. Él temía apegarse a ella y por eso trataba de alejarla, y ella no se resignaba y pugnaba aún más para que él la atendiera. De este modo, sus actitudes porfiadamente contrapuestas lo único que lograban era alimentar con más pasión la atracción entre ambos.
Con motivo de la celebración de una festividad nacional, los integrantes de la escuela habían sido convocados a una ceremonia que se llevaría a cabo en las mismas instalaciones de la institución. Después de los actos y discursos de rutina habría un gran festejo al cual estaban todos invitados, desde los cadetes hasta los altos oficiales.
A pesar de que para la fiesta no existía ningún protocolo, Atlán —como correspondía a su rango— estaba ubicado junto a la plana mayor en una mesa estratégicamente alejada de los cadetes, los cuales se divertían por su cuenta con gran bullicio. Cuando la música comenzó, los chicos fueron los primeros en salir a bailar. Dafne y sus compañeros se divertían sacudiéndose alocadamente, aunque ella de a ratos observaba desde lejos a Atlán que parecía estar entretenido por su lado conversando con sus colegas. En determinado punto de la fiesta, la melodía se hizo lenta y menguó la iluminación. Entonces, el ocasional compañero de baile de Dafne la atrajo con naturalidad hacia él pasando su brazo alrededor de su cintura, y ella por seguirle la corriente no se apartó.
A medida que bailaban, Dafne podía visualizar todo el salón por encima del hombro de su compañero. De pronto, al dar un giro se encontró de improviso con los ojos de Atlán que parecían estar observándola con expresión reprobatoria. Automáticamente bajó la cabeza para evitar sostenerle la mirada, pero al instante recapacitó. Se dio cuenta de que no se trataba de una mirada de reprobación: era una mirada de pasión. Entonces volvió a mirarlo y se encontró otra vez con sus ojos, que ahora parecían relumbrar en la oscuridad con un brillo inquietante. Al darse cuenta de ello, Dafne se excusó con su compañero de baile, con intención de ir hacia él. Pero fue demasiado tarde, porque Atlán ya se había levantado de su silla y se retiraba del salón apresuradamente.
Dafne estaba al tanto de que —al igual que otros oficiales— Atlán se alojaba en una dependencia en ese mismo edificio, y sabía cuál era su habitación. Así que, sin pensarlo fue tras él.
Entró sigilosamente. Sobre la cama se veía parte de su uniforme tirado descuidadamente y sobre el piso todo lo demás, dando la impresión de habérselo quitado con prisa. A través de la puerta del baño se escuchaba el ruido del agua al caer, lo que confirmaba que él estaba ahí. El corazón le latía apresuradamente pero no podía dar marcha atrás.
Abrió de golpe la puerta y se encontró con él. La cortina de la ducha estaba descorrida, dejando displicentemente que el agua salpicara el piso formando un enorme charco, pero a él parecía no importarle. Atlán estaba allí desnudo, tieso, con la cabeza gacha dejando que el agua al caer se apoderara a su antojo de su cuerpo. Tenía sus manos apoyadas sobre la pared, a la que parecía empujar con fuerza porque los músculos de sus brazos estallaban. Con sus palabras él se había empeñado en convencerla de que ella no le interesaba, pero el tenso enervamiento de su piel era el que ahora hablaba por él. Al verla, no se movió y solo giró apenas la cabeza para mirarla. Entonces ella enmudeció. Aquella gruesa cadena colgaba de su cuello encorvado hacia adelante dejando que la hermosa cruz suspendida en ella se balanceara con ímpetu bajo los chorros de agua. Se acercó apenas, para asegurarse.
— ¿Por qué me mientes? —fue todo lo que le dijo, angustiada.
Él no le respondió. Ella se mantenía allí firme, erguida como le habían enseñado a pararse en la instrucción militar. Su rostro era compasivo, pero el orgullo la colmaba y por un instante pudo sentir aquella súbita calma que suele invadir indefectiblemente al vencedor de una contienda. Él había sido sorprendido en su flagrante mentira. Pero ella no podía irse sin que él lo admitiera con sus propias palabras, por eso insistió.
— ¿Por qué me mientes? —reiteró, ahora con voz apagada.
— ¡Porque no estás enamorada de mí! —exclamó él finalmente, como si tuviera que explicarle sus propios sentimientos. Y agregó, angustiado bajando la voz—: Porque sigues aferrada a una ilusión absurda.
Dicho esto, Atlán agobiado bajó nuevamente la cabeza para permitir que el agua helada continuara estrellándose furiosamente sobre su espalda.
Ella no quiso insistir. Sabía que eso no era así, pero se lo aclararía al día siguiente, cuando él estuviera más tranquilo. Aquel día funesto en Punta Cocodrilo, mientras ella maquinaba su inmersión no pudo percatarse de que a sus espaldas una lancha se acercaba a toda velocidad. Era Atlán, que venía con un par de oficiales reconociendo la bahía. Cuando se dejó caer, él en seguida adivinó su intención y sin pensarlo dos veces se arrojó al agua tras ella. Ahora se lo explicaba. Era por eso que aquel primer día de su entrenamiento había tenido la rara percepción de la sorpresa de él y su contenida emoción al verla. Aquel no era un hombre del que se hubiera enamorado porque sí: era el hombre de su vida.
Durante toda la noche Dafne no pudo pegar un ojo. Él creía que ella seguía enamorada de aquel novio trágicamente desaparecido, y era cierto que aquel día en las profundidades del mar había imaginado verlo. Sin embargo, su vieja historia de amor había quedado allí sepultada para siempre. Y aunque Atlán no lo supiera, era él quien le había puesto el cierre definitivo.
Al día siguiente Dafne no quiso buscarlo. No deseaba atosigarlo. La había afligido aquella triste declaración de Atlán, pero al mismo tiempo mantenía viva la íntima sensación de felicidad que había cosechado con la irrefutable constatación de su amor. Iba a darle tiempo, pero estaba tranquila porque descontaba que al volver a encontrarse con él podrían conversar largo y tendido.
Pero a los dos días su precaria felicidad se convirtió en desazón: el día anterior Atlán se había embarcado nuevamente. Desesperada, corrió a averiguar los detalles de su decisión repentina. Solo que no había sido repentina; había sido tomada desde mucho antes. Es que Atlán formaba parte de una misión de paz destinada a países en conflicto y por lo visto durante su recorrida iba a estar ausente durante todo el resto de ese año. Entonces se desmoronó. Ella había triunfado desenmascarándolo, pero él la había derrotado huyendo. Por eso, inmediatamente se abocó a averiguar dónde estaba.
En aquellos momentos, el sitio en el que Atlán se encontraba no era precisamente de los más turísticos del mundo. No podía ir en barco, así que en su lugar se subió a un avión, después a un autobús local y a continuación a un coche de alquiler que la dejó cerca del puerto. El paisaje del lugar era deprimente y su periplo había sido complicado, pero lo único a lo que ella temía realmente era a no poder encontrar a Atlán.
Parada en el muelle, observaba el barco atentamente. Había compartido tareas con algunos de los integrantes de la tripulación, por lo cual corría el riesgo de que la reconocieran, pero estaba decidida a todo. Conocía los movimientos de rutina, así que se las ingenió para ingresar a la nave, y una vez allí supo en seguida dónde encontrarlo a él.
Esta vez no se introdujo atrevidamente en su camarote, sino que golpeó a la puerta antes de entrar.
— ¿Qué estás haciendo acá? —exclamó Atlán alarmado, al verla.
— Tenía que verte —le respondió, con la respiración agitada.
— Entra —dijo él empujándola hacia adentro y mirando nerviosamente hacia ambos lados de la cubierta—. ¿Estás demente o qué? Sabes que estás cometiendo una falta muy grave ¿no?
— Lo sé. Pero necesitaba verte.
— ¿No podías esperar?
No entendió bien el sentido de esa última frase, por eso lo miró esperando a que él se lo aclarara.
— ¿Tenías miedo de que no te llamara, o de que no volviera?
— Sí —le confesó, avergonzada—. Tuve miedo de no poder hablar contigo de todo lo sucedido. Tenía que decirte que te amo.
Atlán la miró pensativo.
— ¿Estás segura? —le dijo, finalmente. Y agregó—: Necesito saber si estás segura. No podría competir con un muerto.
— ¿Todavía dudas de mis sentimientos? ¿Crees que habría venido hasta aquí si no lo estuviera?
Apabullada, Dafne se dejó caer sobre una banqueta y lo miró consternada. Entonces prosiguió:
— Nunca te agradecí que me hubieras salvado aquel día. Sé muy bien que en aquel momento hice algo desatinado y casi pierdo la vida por ello. Pero cuando en medio de aquel frío intenso sentí de pronto el calor de tu cuerpo, volví súbitamente a la realidad. Cuando me tomaste con fuerza entre tus brazos supe que eras el hombre que el destino tenía reservado para mí. Más tarde, te busqué por instinto hasta encontrarte. Lo único que necesito ahora es saber si tú también me amas.
— Me extraña en ti —acotó Atlán, con fingida soberbia—. Todo el tiempo te veías tan segura de saberlo, y cuando irrumpiste la otra noche en mi habitación supuse que ya no había necesidad de decir nada más. No deberías preguntármelo. Tú ya lo sabes. Te encargaste muy bien de deducirlo por tu cuenta.
— ¿Aceptas entonces que me estuviste mintiendo todo este tiempo? ¿Y dices que debería haber estado segura de que volverías.......a mí?
Él no le respondió directamente. La miró con admiración, asintiendo con la cabeza. Esa chica había arriesgado mucho al venir por él. Y él estaba feliz de que lo hubiera hecho.
— ¿Qué vamos a hacer ahora? —exclamó, sentándose al borde de la cama—. Es imposible que puedas quedarte aquí.
— Ya lo sé. He cometido una imprudencia pero no te quiero perjudicar. Ayúdame a bajar del barco y me voy tal como vine.
— Ni lo pienses. No puedo dejar que te vayas sola. Este lugar es muy peligroso. ¿Te das cuenta del lío en que nos has metido?
Se quedó callado por un instante mientras parecía estar maquinando una solución. De pronto, se puso de pie.
— Espera aquí. Ya vuelvo. No salgas por ningún motivo. ¿Podrás hacerme caso al menos una vez?
Pasaron los minutos. Dafne, nerviosa daba vueltas y vueltas dentro del estrecho camarote pero le tenía que obedecer. ¡Al fin y al cabo, él era su comandante!
Al rato, él volvió.
— Bueno. Vamos a hablar de una posible salida. Tienes que decirme si estás de acuerdo o no. Es la única manera de que puedas quedarte aquí y desembarcar con toda la tripulación cuando retornemos a nuestro país.
Ella lo escuchaba ansiosa, esperando que le explicara en qué iba a consistir dicha solución.
— ¿Estarías dispuesta a casarte conmigo?
Era lo último que Dafne habría esperado escuchar.
— Atlán: ¿lo que me propones es solo una solución transitoria? Quiero decir, ¿una vez que regresemos todo volverá a ser como antes?
— Ahora todo depende de ti.
La misión duraba todavía ocho meses más. Cuando al cabo de ese tiempo la nave finalmente puso proa hacia su país, un acontecimiento revolucionó a toda la tripulación. Era el primer nacimiento que ocurría a bordo.