Buen día contigo
Nora Sisto
Eran las ocho de la mañana y estaban por salir al aire. El programa ya hacía más de un año que se emitía, pero esta era la primera vez en que iba a aparecer Luciana en el staff. La dirección del canal había apostado a esta chica para suplantar al conductor titular, el cual tras haberse fracturado una pierna en un accidente de tránsito iba a tener que estar por unos meses fuera de la actividad.
“Buen día contigo” era un programa en el cual se entrevistaban invitados famosos y además se amenizaba la mañana de los telespectadores con juegos, sorteos y otras atracciones. Para Luciana era todo un desafío porque ella, si bien por su actividad de modelo tenía experiencia en los medios, nunca había conducido un programa de televisión. No obstante se tenía fe y estaba dispuesta —tal como les había asegurado a sus contratantes— a dar lo mejor de ella. La teleaudiencia, por su parte estaba ansiosa por ver a aquella chica bonita y simpática desempeñarse en ese nuevo rol.
Como era de esperarse, ese día Luciana había llegado muy temprano al set. La maquilladora y la estilista la esperaban con gran expectativa porque por lo general era un estrés acicalar a una celebridad. Sin embargo, y a pesar de que Luciana efectivamente lo era, ésta las sorprendió por su sencillez y lo campechano de su trato. Es que desde los diecisiete años había trabajado en el atelier del reconocido modista Armand donde había aprendido a trabajar, así como a lidiar con la gente.
— ¿Quieres que te peine de alguna forma especial? —le preguntó, diligentemente Mabel, la estilista al ver aquella melena rubia espectacular.
— No. Me gusta el cabello suelto.
— ¿Y ya conoces a todos tus compañeros de elenco? —continuó interrogándola mientras le daba forma a aquellos bucles naturales.
— A casi todos. Con el otro conductor ya he coincidido en un desfile en que él era el presentador. A la señora del horóscopo y a la chica del clima también las conozco, y a la productora y los libretistas por supuesto. Solo me queda por conocer al chico que hace el segmento de cocina.
— Ah, sí. ¡A Fred! —exclamó Mabel con cierto tonito despectivo— es el menos simpático del grupo. Es un gordito arrogante, ya lo verás. Por suerte solo viene los jueves. Acá son pocos los que simpatizan con él.
La hora del comienzo se acercaba rápidamente, por lo que la conversación se tuvo que suspender. Recién comenzaba la semana, y Luciana se dijo que los días siguientes iba a ser inevitable que Mabel siguiera atosigándola con sus chismes.
La primera emisión del programa resultó exitosa. Los medidores de audiencia se dieron por satisfechos y por lo tanto la producción del programa bajó el estrés, aumentando en consecuencia la confianza para encarar las emisiones siguientes. Luciana había puesto todo de ella para causar una buena impresión, y le parecía que sus compañeros habían quedado satisfechos. Pensó que tal vez era una suerte que ese día no hubiera coincidido con el segmento de cocina, porque si el cocinero era poco amable tal vez le habría causado una preocupación adicional.
Luciana estaba saliendo con Kevin, un chico muy buenmozo integrante de un grupo de música que actualmente gozaba de un pico de popularidad. Si bien habían comenzado como una pareja normal, ahora eran más bien una pareja de amigos y solamente se mostraban como novios por motivos publicitarios. Sus respectivos fans los envidiaban porque tanto ella como él representaban el ideal para cualquier chica o chico.
Era el cuarto día del programa, y Luciana se aprontó para prestar atención. Era jueves y ese día sí estaría el segmento de cocina de Fred. Cuando llegó, él ya estaba en el set. Se vieron de lejos pero él no se molestó en saludarla. Para Luciana eso constituyó el primer indicio que corroboraba los comentarios de Mabel. Ella era sin lugar a dudas la figura de mayor caché, y por consiguiente correspondía que fuera él quien se acercara a ella. Pero eso no pasó.
El programa al aire estaba transcurriendo sin sobresaltos, hasta que llegó el momento en que tanto los conductores como los invitados probaban las preparaciones de Fred. Como correspondía cada jueves, se sentaban todos alrededor de una mesa muy bien arreglada, y entonces el chef les acercaba los platos para degustar. Se estipulaba por contrato que cada uno comiera al menos un bocado mientras la cámara lo enfocaba y expresara con algún gesto lo delicioso del menú. Sin embargo, ese día algo imprevisto ocurrió.
A nadie se la había ocurrido averiguar si alguno de los comensales era alérgico a alguno de sus ingredientes. Y eso fue un grave error. El plato de Fred era realmente muy bueno, pero contenía nueces. ¡Y Luciana era alérgica a la nuez!
El corte publicitario nunca se había hecho con tanta celeridad. La ambulancia llegó muy rápido y allí mismo la pudieron estabilizar. Después, aunque era innecesario la trasladaron al hospital para controlarla, un poco porque los directores del programa querían estar seguros de que se recuperara totalmente y otro poco porque también era posible sacar un rédito publicitario de la situación. Luciana estaba consternada. Con los nervios por sobrellevar bien aquel segmento del programa no se le había ocurrido avisar que podía ser alérgica a algunos de los alimentos. Sus jefes para cubrirse decretaron que al otro día no concurriera al programa y que, aunque no lo necesitaba igual permaneciera esa noche en el hospital.
Estaba en una habitación VIP. Estaba sola y en ese momento miraba por la ventana caer la lluvia, cuando la puerta de la habitación se abrió y él entró. Era Fred.
— ¿Cómo estás? —le dijo con expresión preocupada—. No sabes cuánto lamento lo ocurrido.
— No es nada —respondió ella con cierta parquedad.
Ella iba a hablarle secamente porque había dado crédito a las palabras de Mabel, sin embargo teniéndolo frente a ella nada de eso parecía ser verdad. Entonces se animó a ser espontánea como siempre.
— No te preocupes. No tenías forma de saberlo. La culpa ha sido mía por no haberte avisado con anterioridad.
Lo miró con atención. Fred efectivamente era robusto y no demasiado alto. Con el gorro de cocinero no se le veía el cabello largo, negro y apenas ondulado que ese momento caía sobre su frente, y de lejos no había podido apreciar como ahora sus expresivos ojos verdes. No era un galán de telenovela, no obstante proyectaba un magnetismo especial.
A pesar de su aspecto hosco, Fred era en extremo afectuoso. Pero su natural emocionalidad le había jugado incontables veces una mala pasada, por lo cual acostumbraba a defenderse con una fachada fría. No obstante en ese momento se mostraba al natural, y —olvidándose de que Luciana era una celebridad— había tomado espontáneamente su mano entre las suyas. Su conversación era cálida y amigable, y el rato que estuvo a su lado fue para Luciana como una revelación.
— Te dejo tranquila —le dijo apretando una vez más, suavemente su mano—. Solamente quería disculparme por haberte causado este trastorno. Realmente me preocupé.
Pero al mismo tiempo en que lo decía, sintió que una corriente extraña lo estremecía de forma inesperada. Entonces soltó la mano de ella con brusquedad. Imperdonablemente había bajado la guardia.
— Me alegra que hayas venido —dijo ella, disimulando su asombro por aquella reacción—. Pero ya que nos hemos conocido de una forma un poco inusual, sería bueno que volviéramos a empezar. ¿Te parece?
— Sí. Lo haremos la próxima semana —dijo él mostrándole una sonrisa más distendida.
— Hasta el jueves…—alcanzó a decir ella, observando con desconcierto la rapidez de su retirada.
La visita de Fred había sido tan breve como intensa y la había dejado con una extraña sensación. Pero iba a tener todo un fin de semana para procesarla.
El lunes se reintegró, y los comentarios no se hicieron esperar. La primera en dar su opinión negativa fue la estilista Mabel.
— ¿Has visto lo que te hizo? Ese hombre no piensa más que en él. Ni siquiera te preguntó lo que podías comer. Es como te decía, un desconsiderado.
Luciana pensó que no le había parecido nada desconsiderado el hecho de que se tomara el trabajo de ir a visitarla al hospital. Si bien podía haber sido para mitigar su cargo de conciencia, su intuición creía haber captado un sincero interés.
Pasaron los días y finalmente el jueves llegó. Sin entender por qué, Luciana había acumulado una enorme expectativa. Había quedado con Fred en comenzar de cero, pero pasaban los minutos y parecía que eso no iba a suceder. Como siempre, él se tomó su tiempo para preparar su plato estrella del día, pero durante todo ese tiempo ni siquiera la miró. Después, al servir le entregó a ella su plato pero sin decirle una sola palabra. En repetidas oportunidades Luciana buscó su mirada pero él la esquivó. Al fin de cuentas, parecía que la estilista tenía razón en sus apreciaciones.
A la salida del canal la esperaba Kevin en su coche. Pero en medio del corredor de salida, se topó de frente con Fred. Ahí él no tenía escapatoria.
— Creí que íbamos a tener un nuevo comienzo —se quejó ella, desinhibida.
Fred la miró indeciso. Esa chica sí tenía carácter. Su forma directa de encararlo le gustó. Pero al mismo tiempo un temor lo asaltó: iba a tener que cuidarse más de la cuenta.
— Mucho gusto —le dijo, fingiendo protocolo estirando la mano para saludarla—. Me llamo Frederick.
Como su actitud ocurrente la tomó desprevenida, ella no pudo evitar sonreír. Estrechó su mano y le respondió del mismo modo.
— El gusto es mío. Por cierto, me llamo Luciana —y agregó, como con sorpresa—: Es usted un chef muy reconocido, ¿no es así?
— Así es, y su nombre me suena a una modelo muy famosa, ¿es usted?
— Tal vez —dijo ella, con una actitud pensativa muy real—. Pero me gusta más ser simplemente una mujer.
— Entonces estamos de acuerdo. Solo somos un hombre y una mujer.
Luciana no quería dejar esperando a Kevin por mucho rato, porque generalmente los fans lo descubrían y después era imposible despegarse de ellos. Así que, aunque le habría gustado continuar aquella charla se despidió de Fred y se fue. Pero se llevó consigo por segunda vez su cálido apretón de manos.
La estilista era un pororó. Alcanzaba que le diera pie para averiguar lo que quisiera y ella le informaba con lujo de detalles. Para saber más de Fred le pareció que lo mejor era solidarizarse con su opinión de que era un maleducado. De ese modo, logró que ella le dijera todo lo que deseaba saber. Fred hacía un año que estaba en el programa, pero no se daba con nadie. Se comentaba que había salido durante un tiempo con una actriz, pero finalmente la dejó. Luciana escuchaba y tomaba nota mentalmente de todo lo que la chica le decía, aunque su impresión era bastante diferente. Fred parecía un hombre en extremo sensible.
Y su impresión era verdadera, aunque no tenía idea de que —en un medio como aquel en el que ambos se movían, donde la belleza física era primordial— su escaso atractivo lo hacía retraerse.
“Buen día contigo” estaba subiendo rápidamente en los ratings, debido en gran parte a la presencia de Luciana. La gente estaba encantada con ella porque a pesar de ser muy bonita no tenía pose de vedette. De a poco comenzó a afianzarse en su papel de conductora y todo el equipo la secundó. Inclusive Fred, mientras cocinaba le lanzaba comentarios ocurrentes que ella atajaba y respondía con fluidez, como si se conocieran de toda la vida. La química entre ellos era evidente.
Un martes al mediodía, después de finalizado el programa, Luciana se disponía a irse a casa cuando Fred apareció. Le llamó la atención verlo porque ese día no era jueves, por lo que no tenía motivos para estar ahí. Pero enseguida se dio cuenta de que el motivo era ella.
— Hola. ¿Ya te ibas? —le preguntó, un tanto cauto—. ¿Quieres ir conmigo a almorzar?
— Está bien —dijo ella sin pensarlo mucho, ya que no tenía otro compromiso—. ¿Adónde vamos?
— Ya lo verás.
Ella no llevaba su coche al trabajo porque lidiar a la entrada y a la salida del canal con los fans que aparecían inoportunamente le causaba mucho estrés. Por eso se fueron en el coche de él. Fred no le había dicho a dónde se dirigían, pero ella estaba intrigada, por eso insistió.
— ¿Adónde me llevas? ¿A tu restorán?
— Algo así —dijo él, manteniendo el misterio.
A pesar de la situación, él le inspiraba confianza y le encantaba dejarse llevar, por lo que recostó su cabeza en el respaldo del asiento y se quedó callada. Él la miró de reojo y tampoco dijo nada hasta que llegaron a un lugar. Sin bajar del coche, él le dijo esperando su asentimiento:
— Aquí es donde vivo. Pensaba cocinar para ti. Pero si te incomoda puedo llevarte de vuelta al set.
Luciana miró hacia la casa. Era una moderna edificación de dos pisos situada en una esquina. Por una calle estaba la entrada principal y dando la vuelta se veían el garaje y la entrada de servicio.
— ¿Piensas envenenarme como la otra vez? —preguntó, con el ceño fruncido.
— ¡No! —exclamó él asustado, hasta que se dio cuenta de que ella bromeaba.
— Entonces vamos.
Su cocina era enorme. Tenía artefactos de última generación y mesadas de granito brillante con más de un lavabo. Había una importante isla con bancos altos, y no bien él se concentró en la elaboración del menú ella se sentó en uno de ellos. En medio de la preparación él abrió una botella de vino y sirvió dos copas. Brindó con ella sin descuidar en ningún momento la cocción. Sin dudas era una receta muy elaborada pero Luciana no tenía ningún apuro en que terminara. Es más, tenía la impresión de que para ambos el interés en la comida podía estar pasando imperceptiblemente a un segundo plano.
— ¿Pongo la mesa? —le preguntó él cuando estaba terminando, porque no sabía cuáles serían las pretensiones de ella y por las dudas tenía todos los elementos preparados.
— Si no te molesta, prefiero que comamos acá —le respondió ella, sin moverse de su lugar.
Luciana lo había observado encantada. Él estaba en lo suyo; se movía con fluidez y seguridad, y se notaba que sabía muy bien lo que estaba haciendo. El aroma de la comida invadía el lugar como el perfume de un potente hechizo, pero lo que verdaderamente la cautivaba era la sensación de calidez de la situación y del lugar. Él no era el prototipo de hombre con el que generalmente la asociaban, y decididamente no era uno de aquellos chicos que hacían suspirar a las fans. Era un hombre que estaba dando lo mejor de sí para ella, y la excitaba percibir que lo hacía con energía y suavidad a la vez. Observaba sus manos manipular los utensilios de cocina con destreza y por momentos la asaltaba el deseo de ser ella quien estuviera en su lugar. Él la miraba de a ratos con aquellos ojos verdes increíbles, y si la estaba seduciendo, a ella le fascinaba. Todavía vibraba en su cuerpo aquella inexplicable sensación cuando él tomó su mano en el hospital, y deseaba intensamente repetirla. Por eso, cuando el almuerzo —que entre una cosa y otra ya se había convertido prácticamente en cena— finalizó, no dudó en quedarse con él.
A las seis de la mañana la alertó su celular. Así que se vistió rápidamente, y se fue rumbo al canal. Fred seguramente lo entendería al despertarse. En el taxi pasaba recuento de las horas pasadas. Habían estado juntos por más de doce horas, y a no ser por su trabajo, con gusto se habría quedado allí muchas horas más. La conversación, el sexo y la comida habían sido tan inesperados como extraordinarios y estaba dispuesta a repetirlos.
Tenía puesta la misma ropa del día anterior, por lo que desde el taxi telefoneó a su asistente para que le enviara simultáneamente un nuevo atuendo al canal. Llegó al set agitada. Por suerte o no, sus compañeros no hacían preguntas. Asumían que alguien como ella estaba acostumbrada a una vida frívola y por eso no se escandalizaban. Lo que no sabían era que no era así, y que solo por publicidad ella dejaba que la gente supusiera lo contrario.
— Hoy te ves cansada —le dijo la maquilladora con perspicacia—. Pero al mismo tiempo, se te ve feliz.
— Con el bombón que tiene por novio no es para menos —acotó la estilista que en ese momento comenzaba a peinarla—. Si yo tuviera un hombre como ese, estaría así de cansada y contenta todos los días.
Luciana no quiso contradecirla. Que la gente se creyese aquella historia era parte de la pantomima publicitaria. Pero sin embargo era cierto: ella estaba feliz. Aquella inédita velada con Fred la había dejado en un estado de efervescencia que hacía tiempo no sentía. ¿Se volvería a repetir? Ese día seguramente no iba a verlo, pero el jueves lo sabría.
Cuando el programa finalizó, fue al vestuario a cambiarse. Mientras la chica le quitaba el maquillaje, no pudo evitar escuchar una conversación. Era entre la estilista y otra chica que ella no conocía.
— No, hoy Fred no viene. No le toca venir.
— Entonces dame la dirección de su casa o el número de su celular. Sé que lo cambia con frecuencia para que no lo llamen. Y ahora también se mudó.
— Lo lamento, pero no puedo darte información personal. Si quieres, el jueves cuando venga le aviso que estuviste.
Era obvio. No iba a pretender ser ella la única mujer en la vida de Fred. Pero igualmente le asaltó la intriga. Cuando tuviera oportunidad averiguaría quién era esa mujer.
El jueves fue un día raro. Ella esperaba de Fred alguna señal que confirmara lo especial que había sido el día anterior junto a él. Pero no fue así. En su lugar, él se mantuvo distante, concentrado en su tarea. Eso sí, el plato que preparó en esa oportunidad fue excepcionalmente aclamado por todos. Durante el tiempo en que estuvieron al aire, Luciana intentó captar alguna señal de parte de él, pero él se mantuvo inexpresivo. También estuvo a la expectativa por si aparecía la mujer que había visto días atrás, pero no la vio. Así que al final del programa se fue para su casa, llena de interrogantes y sin ninguna respuesta.
No entendía la actitud de Fred. En un comienzo le había parecido que efectivamente era antipático, pero más tarde había constatado definitivamente que era tierno y respetuoso. Con ningún hombre había tenido una intimidad tan increíble como con él. Sin embargo, por su actitud indolente Luciana comenzó a sospechar que había caído como una tonta; lo que ella había supuesto un maravilloso descubrimiento, al final no era más que una patética fantasía. Por eso, se dijo que lo mejor iba a ser comenzar a tratar a Fred solamente en forma profesional.
Pero pasaba el tiempo y se daba cuenta de que no podía: estaba enamorada de él. Públicamente ya no podía mostrarse feliz o cariñosa junto a Kevin, porque realmente no lo sentía; ni siquiera le interesaba continuar aquella relación virtual para satisfacer al público. Lo conversaron y a ninguno de los dos le pesó finalizarla, aunque acordaron seguir fingiendo por algún tiempo más en virtud de los contratos de ambos.
Fred seguía manifestando indiferencia hacia Luciana, aunque nadie sabía cuál era la procesión por su interior. Él había quedado mortalmente enamorado, pero creía tener altas probabilidades de que más tarde o más temprano ella lo abandonara. Por eso no debía ilusionarse y prefería suponer que la respuesta apasionada de aquella chica solo se había debido al impulso de una única vez.
Con el paso del tiempo, para Luciana la semana se fue reduciendo cada vez más a un único día de interés; cada jueves iba al set con la esperanza de que Fred volviera a acercarse a ella. Pero no era así. Su constante desilusión le hacía pensar que aquel hombre se había tomado el trabajo de conquistarla por diversión o por orgullo, solo para sumar una marca más en una quién sabe cuán larga lista de conquistas.
Un jueves, a la producción del programa se le ocurrió incluir a Kevin y su grupo entre los invitados a la mesa de Fred. Cuando Luciana se enteró, se contrarió. A pesar de su falta de comunicación con Fred y del desinterés que éste manifestaba, no quería que él malinterpretara la imagen que Kevin y ella podían mostrar en esa ocasión. Pero sus temores se volvieron realidad.
No bien los vio juntos, el semblante de Fred se oscureció. Luciana enseguida se dio cuenta y eso la alentó, pero nada podía hacer. Como parte del libreto, los demás invitados les hacían preguntas picantes para mostrarlos al público como una pareja sexy envidiable. Luciana se reía afectadamente cuando festejaban los comentarios con doble sentido, y de vez en cuando observaba de reojo la reacción de Fred. Gracias a que tenía fama de antipático, solo ella notaba su verdadero malestar y en parte se alegraba, porque de ese modo constataba que su indiferencia era solo fingimiento. Cuando llegó el momento se servir el menú, él se ocupó especialmente de entregar el plato de ella. Al depositarlo sobre la mesa rozó intencionalmente su brazo, haciéndola ruborizar.
— No tiene nueces — le dijo casi al oído.
Pero ella estaba demasiado confundida y alterada como para hacerse eco de su broma si es que lo era, y tampoco deseaba rememorar en público la anécdota de aquella vez. Así que no le respondió. Eso puso a Fred de peor humor, ya que según su interpretación, eso le daba a entender que definitivamente él no le interesaba.
Pero a ella, él le importaba y mucho. Pese a estar descoordinados, como compensación por aquel malentendido Luciana comenzó a demostrar más interés en el segmento de cocina. Aplaudía entusiasta sus recetas y estimulaba al resto del elenco para que la secundara. De este modo, el éxito televisivo de Fred se incrementó. Pero en la misma medida, Luciana comenzó a descuidar su propia imagen. La reiterada reticencia de Fred la deprimía, haciéndole a su vez perder entusiasmo en el programa. Por otra parte, el conductor al que suplía ya estaba en condiciones de volver. Por eso, el directorio del canal resolvió removerla de su puesto.
Sin pena ni gloria, Luciana retornó a su trabajo de siempre, con Armand. Después de todo, ella era modelo, no conductora de televisión.
Por suerte, en esa época la actividad en el sector de la moda estaba a full debido al cambio de temporada, y eso hacía que no le quedara mucho tiempo para pensar. Llegaba a su casa cansada y se echaba a dormir. Tampoco salía, porque no tenía deseos de estar con nadie. Solo pensaba en Fred. Cuando podía, algún jueves en la mañana encendía el televisor y miraba el programa solo para verlo a él. Cuando la cámara enfocaba sus manos, la piel se le erizaba recordando su ternura al acariciarla, y si por casualidad el primer plano captaba sus ojos, un escalofrío corría por su espalda sacudiéndola de arriba a abajo. No era posible que lo vivido aquella noche solo hubiera sido un mero capricho de él.
Habían pasado seis meses y seguía sintiéndose igual. Entonces un jueves se dijo que no podía seguir así, y se animó a ir a buscarlo. Ese día, justamente se había suspendido el programa porque en su lugar se emitía una cadena nacional, así que fue directamente a su casa.
Estacionó el coche a la vuelta de la esquina para pasar desapercibida, aunque a esa altura ya nada le importaba. Estaba nerviosa, pero igual tocó timbre en la entrada principal. Al instante, una mucama con uniforme la atendió. La mujer en seguida la reconoció, por eso se cuidó de no ser descortés con ella.
— Buen día. Vengo a ver al señor Frederick. ¿Se encuentra?
— En este momento no está en casa. Salió a hacer unas compras y no sabría decirle cuánto demorará. Si desea esperarlo, puede pasar —le dijo, abriendo de par en par la puerta y haciendo ademán para que entrara.
Luciana vaciló un instante. Podía ser incómodo para él volver a su casa y encontrársela sin previo aviso.
— No. No hay problema. En otro momento lo veré.
Sin que Luciana lo supiera, el público se había hecho mil historias viéndolos trabajar juntos a ella y Fred, por lo cual la mujer alimentaba una gran suspicacia al respecto. Por ese motivo, no podía dejar que se fuera.
— Pase —insistió—. Yo le puedo avisar que usted está esperándolo.
— No, no se preocupe —repitió, para convencerla—. Después me comunico con él.
La mujer se quedó en la puerta observando resignada cómo se iba. Pero tenía sin duda un chisme importantísimo para divulgar, aunque previamente iba a observar muy bien la reacción de Fred cuando le contara que ella había estado buscándolo.
Luciana había dejado su coche estacionado a la vuelta de la esquina. Pero no se había percatado de que lo había dejado a la entrada del garaje de él, y en el preciso instante en que estaba por subir a su coche, vio que Fred llegaba con el suyo y lo estacionaba justo detrás. Entonces se quedó ahí parada aguardando a que él se bajara. Pero él no se bajó. Para su sorpresa, quien sí bajó del lado del acompañante fue una mujer, la misma mujer que en aquella oportunidad había estado en el canal preguntando por él. Cuando vio que ésta, muy suelta de cuerpo entraba a la casa miró a Fred con desilusión, esperando al menos una palabra suya. Pero él, en cambio no se movió. Se quedó allí inmóvil, aferrado al volante mirándola desesperado a través del vidrio del parabrisas. Entonces, desolada Luciana subió rápidamente a su coche y se marchó. Su agonía había terminado. Ahora sí, definitivamente Fred había matado su amor.
Para alejarse de aquel entorno que la angustiaba, se mudó provisoriamente a otra ciudad. Allá, mientras durara la temporada de desfiles, por lo menos no habría cosas que le recordaran constantemente a Fred. Pero su vida no era privada, así que en las revistas, redes sociales y en el programa “Buen día contigo” su mudanza y su nueva actividad eran tema recurrente. Fred no podía evitar enterarse, pero no hablaba de nada que tuviera que ver con Luciana.
El día del mayor evento de moda de la temporada se acercaba y Luciana estaba nerviosa. No sabía por qué, porque en ese trabajo siempre se había sentido segura. Sin embargo, en los ensayos notaba que las piernas le temblaban y la sola idea de salir a la pasarela le asustaba. Armand, el modista estaba pendiente de ella y esperaba que no le arruinara la colección, así que la convocó para que hablaran un buen rato. Espontáneamente, Luciana le contó con lujo de detalles lo que le estaba sucediendo, sin sospechar que Armand fuese a tomar cartas en el asunto.
Pero Armand, además de ser un excelente profesional de la moda era un hombre muy experimentado y con conexiones personales por todo el mundo. Por eso no le fue nada difícil llegar a Fred. Lo primero que hizo fue telefonearle. No lo conocía personalmente, pero como él mismo era una celebridad descontaba que el otro iba a escuchar atentamente lo que le dijera. Y así fue.
Cuando Fred lo escuchó, él también se sinceró. Luciana era la mujer de su vida, pero había tenido que reprimir su entusiasmo porque no podía convencerse de que ella pudiese enamorarse de él. Para olvidarse del tema había pensado incluso en renovar una antigua relación, pero agobiado había desistido.
El día del desfile Luciana tenía una gran ansiedad. Por supuesto, Armand no le había contado de su conversación con Fred, pero le había asegurado que ese día podían acabarse sus penas. Ella no lo tomó al pie de la letra, pero le agradeció que tratara de alentarla. Cuando el desfile finalizó, Armand anunció a todo el equipo que había preparado un agasajo para festejar el éxito de la colección. Y le dijo a Luciana que ella no podía dejar de asistir.
Había mucha gente y el lugar era precioso. Luciana estaba ahí solo porque Armand se lo había pedido, pero estaba esperando el momento más propicio para irse. En determinado momento, una moza se le acercó y le puso delante una bandeja en la que había varios bocadillos. Su primera reacción fue un ademán de rechazo, pero notó que uno de los canapés era un tanto peculiar. Era más grande que los otros y sobre su cubierta primorosamente decorada sobresalía algo que la descolocó. Miró interrogante a la chica y esta le insistió en que se sirviera. Miró de nuevo la bandeja como si no creyera lo que había visto, y de ahí otra vez a la chica, que ahora sonreía al igual que todos a su alrededor. Entonces vio que detrás de ella estaba Fred.
— Tenemos que hablar —le dijo él mientras quitaba con cuidado el pequeño estuche de encima del canapé.
— La respuesta es “Sí” —se apresuró a responder Luciana.
— No te he hecho ninguna pregunta —exclamó Fred, burlándose cariñosamente mientras sacaba del estuche el hermoso anillo para colocárselo en el dedo.
— No tienes que preguntármelo. Hace tiempo que deberías saber que deseo estar contigo por el resto de mi vida.
Ya era sábado. La fiesta se había prolongado hasta altas horas de la madrugada pero ellos, tras el aplauso de los asistentes y los flashes de los desquiciados fotógrafos, se habían retirado.
— ¿Vas a cocinarme todos los días?
— No lo sé. ¿No te preocupa aumentar de peso?
— Por cierto, Armand está preparando una línea de ropa para futuras mamás y me ha dicho que quiere que yo lidere la campaña. ¿Qué te parece?
— Me parece una excelente idea. Pongámonos en campaña cuanto antes.