Campamento de verano

Nora Sisto

 Cuando el instructor terminó de hablar, dio autorización a las chicas para que se retiraran. Lo habían escuchado pacientemente durante aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos en silencio, sentadas en círculo sobre el césped alrededor de él, y ahora por fin podían ir a descansar a sus respectivas carpas. Automáticamente, las chicas se fueron poniendo de  pie y comenzaron a dispersarse. Todas menos ella.

—    Espera —dijo con tono autoritario el instructor señalándola con el dedo—. Tú no. Contigo tengo que hablar.

Ya se esperaba cuál sería la reprimenda del instructor. Durante todo el tiempo en que él había estado instruyéndolas sobre las actividades a realizar, ella no había dejado de sonreírse mirando la pantalla de su móvil. Pero a él ¡qué podía molestarle!; ella tenía derecho a  hacer lo que quisiera. A sus quince años ya se consideraba suficientemente grande como para tener que comportarse dócilmente como una escolar.

Tuvo que quedarse sentada en el césped y esperar un rato hasta que el instructor terminara de dar indicaciones a las gobernantas que se harían cargo de cada grupo de chicas. Recién cuando terminó, se dirigió hacia ella.

—    ¿Qué es eso tan interesante que estabas mirando mientras yo les hablaba? —le dijo, mientras ella se ponía de pie frente a él.

—    Nada —respondió, cuidando no ser atrevida—. Cosa de chicas.

—    ¿Tendrías la amabilidad de darme tu móvil? —respondió él, a su vez con voz burlona—. Ahora es cosa de tu director.

Tamara extendió su mano lentamente. Él tomó el teléfono y dándose media vuelta se fue camino arriba hacia su cabaña dejándola sin más explicación.

—    ¿Qué ha pasado? —le dijo una de las chicas, acercándose a ella al haber presenciado la situación.

—    Nada —respondió furiosa—. Es ese instructor desagradable. No lo soporto.

—    ¿Cristóbal? —exclamó la chica, sorprendida—. ¡Qué raro! Es uno de los mejores instructores que hay. Lo conozco porque es la tercera vez que vengo a este campamento y siempre se ha portado con nosotras excelentemente bien.

Se fue rumiando su furia hacia su carpa. Él no tenía ningún derecho a quitárselo.

A la mañana se propuso pedírselo educadamente, pero la intensidad de las actividades no le dejó tiempo para intentarlo. Ni siquiera pudo acercarse a él. Sin embargo lo observaba de lejos por si él manifestaba alguna señal de haber visto el contenido de su móvil. Era realmente buenmozo. Se moría de vergüenza de solo pensar que él hubiera revisado su álbum de fotos. Es que mientras él hablaba, ella se había ocupado de fotografiarlo varias veces y había compartido sus fotos con sus amigas de la ciudad, y tanto estas como ella misma lo habían recibido con emojis y comentarios entre signos de admiración.

Creyó que iba a poder hablar con él a la hora del almuerzo, pero los instructores y la directora del campamento almorzaban separadamente en otro comedor, por lo cual su intento también se frustró. Y a la tarde estuvieron todo el tiempo haciendo competiciones de natación en la playa, motivo por el cual tampoco pudo acercarse a él.

A la noche ya no pudo esperar más. Averiguó cuál era la cabaña en la que Cristóbal se hospedaba y se dispuso ir a buscarlo allá.

El conjunto de cabañas donde se alojaban los instructores y la directora estaba en lo alto de una suave loma poblada de pinos, y se conectaba a un camino de balasto que iba por un lado hacia la carretera principal y por el otro a la zona de carpas que se encontraba en una gran explanada en la parte baja del terreno, cerca de la playa. Como no quería ser vista deambulando por el camino, para llegar a la cabaña del entrenador tuvo que hacer el recorrido escabulléndose entre los árboles. Planeaba entrar en la cabaña, rescatar su móvil y volver corriendo a su carpa sin ser vista por nadie. Había oído que a esa hora la directora y los instructores iban a estar reunidos en el salón comedor, por eso estaba segura de que no lo iba a encontrarlo.

Entró sigilosamente. Había solo una tenue luz que provenía de los focos del exterior, pero ella igual se las arregló para comenzar a revisar. Como el lugar era pequeño y prácticamente sin mobiliario, enseguida dio por sentado que lo tendría guardado en el cajón de la mesita de luz. Ufana con su hazaña, se dispuso a ir a buscarlo, con tan mala suerte que en ese momento la puerta del baño se abrió y Cristóbal apareció. Se lo veía mojado por haber salido recién de la ducha. Traía una pequeña toalla cubriendo sus partes íntimas, la cual sostenía por un costado con una mano. Al verla se sobresaltó y la toalla casi cae de su mano, por lo cual tuvo que volver a acomodarla para no quedar en evidencia frente a ella.

—    ¿Qué haces aquí? —exclamó enojado, sin salir de su asombro.

—    Vine a buscar mi celular —respondió ella, sin inmutarse.

Por un instante se miraron. Ella era una preciosa muchacha y él no se quedaba atrás.

—    ¿Va a devolvérmelo? —lo enfrentó, desafiante—. No tiene ningún motivo para quitármelo.

—    Te lo devolveré cuando compruebe que te comportas adecuadamente. Y ahora vete de aquí.

—    ¿Ah, sí? —dijo, dando un paso hacia donde él estaba—. ¿Quiere que empiece a gritar? No creo que a sus colegas les haga mucha gracia encontrarle aquí semidesnudo con una alumna. ¿No lo cree?

Cristóbal reflexionó por un segundo. Esa chica no iba a irse hasta que lograra su objetivo. Entonces, resoplando se dio media vuelta y fue hasta la mesita de luz. Al hacer esto, Tamara quedó atontada. Habría deseado tener su celular en la mano para poder fotografiar aquella espalda monumental. Cristóbal abrió el cajón y lo sacó. Inmediatamente volteó hacia ella y se lo arrojó por el aire. Al atajarlo, ella le dio una cálida mirada de aprobación y se retiró sigilosamente como había venido.

A la mañana siguiente pensó que tal vez él iba a reprocharle su comportamiento, pero no lo vio. Con el paso de las horas fue repasando lo que había hecho y se convenció de que iba a ser correcto pedirle disculpas. Pero tampoco lo vio. Ante su sorpresiva ausencia se animó a preguntar por él a otra instructora.

—    ¿Cristóbal? —dijo la chica, un poco sorprendida por la pregunta—. No, no está. Se tuvo que ir.

Arrepentida, pensándose culpable de que lo hubieran despedido, preguntó:

—    ¿Es cierto que lo despidieron porque lo sorprendieron en su cabaña con una alumna?

—    ¿De dónde sacaste esa barbaridad? —respondió la chica, sorprendida—. El instructor Cristóbal tuvo que volver a su casa, porque su madre que estaba enferma empeoró repentinamente y falleció.

Tamara la escuchaba con los ojos muy abiertos, por eso la chica prosiguió.

—    Le habíamos dicho que no viniera, pero es demasiado responsable con su trabajo y vino igual. Lamentamos no poder estar junto a él para acompañarlo.

Pasaron ocho años. A Tamara siempre le habían atraído los deportes y tenía condiciones para practicar cualquiera de ellos. Había incursionado en el vóleibol y en el hándbol pero fue el fútbol lo que atrajo finalmente su atención. Después de destacarse durante un tiempo como jugadora en un equipo de las ligas inferiores, fue contratada por un equipo de primera división.

Su entusiasmo por ese deporte iba en aumento, y el club para el que jugaba no dejaba de cosechar medallas y copas. Ahora estaban en plena zafra de campeonato, y a solo dos partidos de poder coronarse con el primer puesto del campeonato nacional. Sucedió entonces que justo en el momento más comprometido de dicha campaña el entrenador del equipo se lesionó una pierna y por lo tanto debía estar con la pierna enyesada por lo menos dos meses o más, motivo por el cual el presidente del club se vio obligado a salir a buscar de apuro un nuevo entrenador.  

Cuando Tamara se enteró de quién iba a ser el nuevo coach casi se cae para atrás. Como un flash vino a su memoria la bizarra experiencia que había protagonizado frente a él en aquel campamento de verano y temió que él conservara hacia ella algún resquemor. Pero confiaba en que después de tanto tiempo no la reconociera.

Mientras Cristóbal pasaba la lista meticulosamente, apenas lo miró. Es más, ella miraba el piso mientras trataba de disimular sus nervios. Pero de pronto, al pasar frente a ella él se la quedó mirando por unos segundos, entonces ella levantó la vista para ver por qué. En ese momento se dio cuenta de que Cristóbal la recordaba.

Una vez finalizada la primera reunión de presentación, Cristóbal indicó que por ese día todas podían volver a sus casas, teniendo que presentarse en el campo de entrenamiento al día siguiente muy temprano en la mañana. Tamara respiró creyéndose salvada de un trance bochornoso, pero cuando estaba saliendo, repentinamente se topó de frente con él.

—    ¿Eres tú, verdad? —dijo Cristóbal, observándola atentamente con los ojos entrecerrados como para enfocar su cara—. ¿No te alcanzó con que me despidieran aquella vez por tener una alumna en mi habitación, que ahora vienes otra vez con intención de arruinarme la vida?

—    ¡No! —exclamó, rotundamente, temerosa de que la quitara del plantel.

Pero después de pasar el primer momento de estupor, respondió con más calma:

—    No es así. Además no trate de engañarme porque ya sé que no es verdad. Supe todo el mismo día y créame que me arrepiento sinceramente de haberle hecho pasar aquel mal rato cuando usted estaba sufriendo por algo mucho peor. Me arrepiento de veras. Espero que, aunque tarde pueda disculparme.

—    Ya lo sé —dijo, en tono comprensivo—, aunque no puedo negar que en aquel momento te habría abofeteado. Pero es cosa pasada.

Y riéndose, agregó:

—    Es que al verte no pude dejar pasar el comentario. Si de ahora en más vas a ser una de mis jugadoras, espero que no haya más situaciones como la de aquella vez. 

—    No, señor —respondió expresando respeto a su autoridad—, por supuesto que no las habrá.

Pero ella tampoco podía dejar pasar el comentario, así que después de unos segundos agregó sonriendo:

—    …siempre y cuando no vuelva a quitarme mi celular.

El entrenamiento con Cristóbal era intenso pero más interesante que con el entrenador  anterior, y enseguida se adaptó. Continuaba tratándolo de usted, al igual que lo hacían las demás jugadoras, aunque, dado que se conocían de antes, a veces le daban ganas de tratarlo con familiaridad.

El presidente del club se llamaba Charly y era más o menos de la edad de Cristóbal, es decir unos doce años mayor que Tamara. Se rumoreaba que habían sido compañeros de colegio y más tarde habían coincidido en el mismo equipo de fútbol por lo cual, dado la amistad que existía desde entonces entre ambos, este lo había convocado para hacerse cargo de la suplencia. A Charly Tamara lo había visto solo un par de veces con anterioridad, en ocasión de algún partido, pero a partir de que Cristóbal había comenzado a trabajar con ella y sus compañeras era común verlo con frecuencia en el campus del club.

Tamara no era la jugadora estrella del equipo aunque igualmente se lucía, un poco por su desempeño, pero más que nada por ser muy bonita y tener una fuerte personalidad. Debido a eso Charly comenzó a interesarse personalmente en ella. Con la excusa de monitorear el avance deportivo de las jugadoras, era frecuente que se hiciera presente en las prácticas, y cuando no lo hacía intercambiaba con ella mensajes y anécdotas divertidas por las redes sociales comunes a ambos.

Cristóbal no solo era bastante mayor que Tamara sino que además había sido su profesor, por eso ella se obligaba a mantener hacia él un trato formal y lo respetaba a rajatabla. Pero cierto día comenzó a darse cuenta de que a él le molestaba su acercamiento con Charly. Cuando los veía juntos llamaba a alguno de los dos con la excusa de plantear alguna consulta o dar alguna indicación. Si acaso él iba a esperarla al finalizar el entrenamiento, la retenía fuera del horario indicándole más ejercicios para realizar y si él le telefoneaba, de mala gana la hacía colgar el teléfono y concentrarse en hacer los ejercicios.

Para Tamara, la actitud de Cristóbal era verdaderamente incomprensible y pronto la retrotrajo al trato autoritario que había tenido con ella en el campamento aquella vez. Sin embargo, un día se dio cuenta de cuál podía ser el motivo de su hostilidad: otro equipo de fútbol estaba interesado en comprarla como jugadora. Por eso un día, después de cumplir con sus obligaciones fue a hablar con él.

—    Cris: ¿hay algo que esté haciendo mal? —le preguntó, desconcertada—. He notado que últimamente pareces no estar conforme con mi desempeño porque me exiges más que a las demás. Sin embargo me confirmas en cada partido como titular. Y eso no llego a comprenderlo. ¿Debo entender que tienes dudas acerca mi posible fichaje en otro club? ¿Tú quieres que me quede o que me vaya?

Mientras decía esto, se dio cuenta de que había comenzado espontáneamente a tratarlo con familiaridad, y estaba segura de que él también lo había notado.

—    No —respondió Cristóbal, escuetamente—. No quiero que te vayas.

Se hizo un silencio y al observar la expresión de su rostro, Tamara no se animó a preguntarle nada más. Pero sí tuvo que contener unas ganas súbitas de abrazarlo.

Por varios días, Charly no se hizo presente en la cancha, y Tamara se preguntaba si él le habría impedido que fuera a verla. Cristóbal parecía haber cambiado desde aquel día, pero ella no se animaba a preguntar. No obstante, sentía que su relación con él estaba volviéndose distinta de lo que había sido hasta ese entonces. Vencida por la intriga, un día plantó cara ante él.

—    Cris: necesito hacerte una pregunta.

Él se encontraba sentado frente a la computadora viendo unos archivos, pero al verla levantó la vista y se quedó esperando a que ella preguntase. En ese momento, Tamara sintió un estremecimiento que no había sentido con anterioridad; sus ojos la atravesaban de punta a punta. Pero tenía que aclarar la situación, así que suspiró hondo y comenzó:

—    He observado, sin temor a equivocarme que últimamente de forma sutil has estado impidiendo que salga con Charly.

—    Yo no….. —comenzó a decir él, pero Tamara lo interrumpió.

—    Tú lo conoces desde hace tiempo, en cambio yo lo acabo de conocer. Y para mi es importante lo que tú pienses de él. ¿Es acaso una mala persona o alguien con quien no me conviene estar?

Atrapado en su falta, Cris se dio cuenta de que con su actitud había estado dejando mal parado a su amigo. Entonces se puso de pie para continuar la conversación.

—    No, en absoluto —dijo, sinceramente—. Charly es una buena persona, además de mi amigo personal. Lamento si pude haber dado la impresión de estar oponiéndome. Trataré en lo sucesivo de no interferir. ¿Contenta?

Miró a Tamara con una sonrisa que a ella le pareció fingida, como para zanjar definitivamente la situación. Pero como ella no parecía demasiado convencida, para zafar de su mirada inquisidora sacó su móvil de su bolsillo y se puso a hacer como que leía algún mensaje que nunca existió. Como aun así ella demoraba en retirarse, levantó la vista y entonces sus miradas se encontraron. Ella parecía pensativa y él no pudo hablar.

—    Cristóbal —dijo, como si estuviera sopesando cada una de sus palabras—, perdona que insista, pero si hubiera algún motivo por el que no debiera pasar tiempo con Charly tú me lo harías saber ¿no?

Cris tuvo miedo de que su mirada le respondiera antes que sus palabras, por eso bajó rápidamente la vista, la cual se posó nuevamente en la pantalla de su celular. Entonces, tragó saliva y volviendo a mirarla le respondió:

—    No creo que me corresponda decirte con quién debes estar.

Ella se quedó mirándolo por unos segundos sin decir nada, y asintiendo con un leve movimiento de su cabeza se dio media vuelta y salió del recinto dejando la puerta abierta tras de sí.

Era un viernes, la práctica había finalizado y ya se estaba yendo para su casa cuando sorpresivamente Cris la mandó buscar. Por un momento se desmoralizó porque creyó que iba a imponerle más ejercicios, pero no fue así.

—    ¿Tienes planes para después? —le dijo, sonriente—. Tengo entradas para una función de teatro, si quieres ir. No vas a tener tiempo de pasar antes por tu casa porque comienza apenas en una hora. ¿Aceptas?

A ella no se le habría ocurrido jamás que él, de buenas a primeras la invitara a salir. Y aunque lo miró con cierta desconfianza, le dijo que sí.

Corrió al vestuario y se aprontó lo mejor que pudo. No iba a tener más remedio que asistir con su equipo de gimnasia pero le sentaba fenomenal. En su bolso encontró algo de maquillaje y se soltó la coleta que siempre usaba, dejando caer su larga melena sobre sus hombros. Así, fue a la entrada del campus a buscar a Cristóbal porque supuso que él la estaría esperando allí.

Cuando llegó al hall de entrada lo vio frente al ventanal mirando hacia afuera. Desde aquel lugar apartado, la vista de la ciudad iluminada a lo lejos era espectacular. Pero más espectacular le pareció su figura de espaldas con sus hombros anchos enfundados en su chaqueta deportiva y sus manos en los bolsillos del pantalón ajustado que cubría sus largas piernas. Por un momento recordó su espalda desnuda cuando irrumpió en su cabaña, aquella vez. No había salido de su estupor cuando detrás de ella apareció de improviso Charly. Venía agitado, y al verla ahí, exclamó:

—    ¡Llegué! ¿Vamos?

Al oírlo, Cris volteó y se quedó mirando a ambos. Tamara lo miró a Charly y después miró a Cris desconcertada, pero este no dijo una sola palabra. Entonces entendió;  le había preparado una cita con Charly.

Todos en el club creían que a Charly le atraía Tamara porque era frecuente verlos juntos. Y Cris suponía igual. Pero aunque su voluntad fuera no interponerse en el camino de su amigo, le era imposible controlar la incontenible atracción que él mismo sentía por esa mujer.

Cuando supuso que ya estarían sentados en la sala del teatro, se dispuso a irse del lugar. Pero al salir a la calle se encontró con que Tamara estaba sola, sentada en uno de los escalones de la entrada. Parecía distante, mirando el cielo. Al verse expuesto sintió el impulso repentino de volver a entrar, pero ella ya lo había visto.

—    ¿No crees que ya estoy lo suficientemente mayorcita como para decidir con quién quiero salir? —dijo, mirándolo desde donde estaba, no bien él se acercó.

Cris no respondió. Era consciente de que había sido hallado en falta. Ella no estaba furiosa, lo que le impidió atacarla para intentar defenderse. Ella estaba triste, y fue su tremenda desazón lo que lo desarmó. Deseó fervientemente sentarse a su lado, pero se abstuvo y se mantuvo de pie.

—    ¿Y Charly? —preguntó para salir del paso, porque era obvio que se había ido.

—    Se fue —respondió ella, sin mirarlo.

No pudo preguntar por qué. Era obvio que ella se había rehusado.

—    ¿Y tú? ¿Vas a quedarte sentada ahí toda la noche?

—    ¿Acaso tienes para mí un plan mejor? —dijo ella, ahora mirándolo con amargura—. Porque te aviso que el de recién  no funcionó.

No le pudo responder. Por eso, su reacción fue huir cobardemente dejándola sin una explicación. Sin embargo, en lugar de irse, volvió a entrar en el edificio.

Tamara necesitaba exigirle una explicación. Por eso esperó unos minutos a que saliera. Estaba furiosa e iba a increparle por semejante insensatez. Pero como él no aparecía, lo fue a buscar. En el edificio quedaba muy poca gente, pero a nadie le iba a preguntar por él. De pronto vio su mochila tirada al lado de una de las puertas que daban hacia el campo de juego, y al asomarse lo vio. Corría desaforado dando vueltas a lo largo de la cancha. Se quedó un rato observándolo en silencio, sin que él lo notara y ahí entendió: para él también estaba siendo difícil. Entonces optó por dejarlo solo y se fue.

Al día siguiente no fue a entrenar. Y al siguiente tampoco. Aquel comportamiento incomprensible de Cris la confundía y no acertaba a descifrar cómo debía ella comportarse respecto a él. A pesar de eso, cada día que pasaba se afianzaba más su convicción: lo amaba con locura. Sabía que su actitud de desacato podía ser sancionada, pero asumiría las consecuencias. Recién al tercer día se presentó.

Al entrar al vestuario, el comentario era general. El entrenador se había marchado y debían hacer los ejercicios de rutina por su cuenta, sin su supervisión. Desolada se dirigió a la cancha a ver con quién podía hablar para esclarecer la situación. Ahí se encontró con Charly que, sentado en el lugar reservado a los suplentes observaba tranquilo cómo entrenaban las chicas. Entonces, en lugar de sumarse a ellas fue directo a sentarse junto a él.

—    ¿Cristóbal se fue de viaje? —preguntó, seria. No deseaba mostrar demasiado interés, pero en sus palabras se notaba su angustia.

—    Sí —respondió Charly, tranquilamente—. ¿No lo sabías?

—    No. Nadie me lo informó.

—    Estás equivocada. Yo mismo escuché cuando lo dijo hace unos días. Y tú estabas allí. Tal vez estabas distraída pensando en quién sabe qué otra cosa y no prestaste atención.

Al enfatizar «quién sabe en qué otra cosa» se dio cuenta de que él aludía directamente a su relación con Cris, pero no quiso darse por enterada.

—    ¿Cuántos días va a estar fuera? —preguntó, pretendiendo que su interés era solo a nivel profesional—. Y mientras él no esté, ¿con quién vamos a entrenar?

—    No lo sé —dijo Charly, hablándole sin quitar la vista de las chicas que continuaban corriendo y haciendo sus ejercicios.

Y mirándola de costado brevemente, agregó:          

—    Si quieres, puedes llamarlo y preguntárselo directamente a él.

Tamara se temía que fuera a estar lejos muchos días, porque Charly no se lo había querido decir. Pero para su regocijo, al día siguiente Cris regresó. Fue tal la sorpresa al verlo que, aunque trató de evitarlo, su rostro se iluminó con una espontánea sonrisa y los colores subieron a sus mejillas.

—    ¿Ha sido para tanto? —exclamó él, al ver que ella se ruborizaba—. ¿Acaso me extrañabas?

Y agregó, haciendo clara alusión a los dos días en que ella había estado ausente:

—    Eso es  lo que pasa cuando una persona desaparece varios días sin avisar.

Faltaba apenas una semana para el penúltimo partido. Se trataba de la semifinal del campeonato y por eso el ritmo de entrenamiento era más exigente de lo habitual. Tamara continuaba dolida por la actitud de Cristóbal y por eso practicaba a desgano. No obstante, su comportamiento nunca fue objeto de sanción. Es que sin ser la capitana del equipo, era sí una líder natural y sus compañeras la apreciaban, por lo cual, aunque desconocieran el porqué de su rebeldía, igual la cubrían porque empatizaban con ella.  Además, Cris nunca la reprendió.

Eso sí, a Cris todas lo notaban distante. Estaba distraído y evitaba darles instrucciones para no tener que hablar con nadie, y con Tamara en particular. Aun así, cada cual desde su puesto ponía todo su empeño para asegurarse un lugar en la final.

El día del partido el éxito fue total. Cuando el juez pitó el final del encuentro decretando el triunfo de su equipo, la algarabía fue general. Técnicos y dirigentes, así como el plantel suplente irrumpieron en la cancha para festejar  y comenzaron a abrazarse saltando y riendo eufóricos. Las jugadoras se abrazaban entre ellas y con los preparadores físicos y los dirigentes, en una fiesta total. De pronto, en medio del tumulto Tamara quedó frente a frente con Cris. Le pareció que él dudaba  en acercársele, pero antes de que pudiera esquivarla, avanzó decidida hacia él  y lo abrazó con pasión. Por un instante su cara quedó hundida en el cuello de él, y alucinada con el perfume de su piel creyó escuchar el latir agitado de su corazón. Cuando sintió que sus brazos la rodeaban, el mundo desapareció a su alrededor. Pero al intentar incorporarse para volver a la realidad, su mejilla resbaló suavemente sobre la mejilla prolijamente rasurada de él, y ante la inminencia de que sus labios se unieran en un beso apasionado él la apartó rápidamente para continuar saludando a las demás jugadoras. Después, ella buscó desesperadamente sus ojos pero él evitó mirarla. 

Como premio por el éxito obtenido en la reñida contienda, la directiva del club otorgó al plantel cuatro días de descanso. Entonces Tamara se dijo que era buena ocasión para «bajar la pelota» y meditar sobre el estado de cosas con Cris. Creía que su comportamiento respecto a ella había cambiado. Sin embargo, se mantenía seco y distante. Por eso decidió utilizar parte de su tiempo libre para hablar con Charly acerca de él.

Se citaron en una coqueta confitería y se ubicaron en una de las mesitas dispuestas sobre la acera, cubierta por un enorme sombrillón blanco que parecía crear debajo un cálido clima de privacidad. Por supuesto, fuera del campo de juego y sin el atuendo deportivo, Tamara era una chica atractiva, y acicalada como lo estaba en ese momento era el blanco de las miradas a su alrededor. Y como Charly era muy bromista, no se le ocurrió mejor idea que sacarse con ella una selfie y, sin que ella se diera cuenta se la envió a Cris. Sabía que despertaría en él reacciones inmediatas.

—    Charly —comenzó diciendo Tamara, tímidamente—: ¿existe en el reglamento del club algún impedimento para que dos integrantes del mismo tengan una relación sentimental?

Charly rio simpáticamente. Ya sabía qué era lo que ella deseaba saber.

—    Sabes que soy el presidente desde hace poco, y tal vez haya cosas que me faltan aprender, pero hasta donde yo sé en el reglamento no figura ningún impedimento. ¿Lo dices por Cris?

Tamara estaba jugada y no tenía objeto disimular. Por eso fue sincera y le confesó sus dudas. Mientras ella hablaba, Charly miró de reojo varias veces su celular para constatar si Cris había acusado recibo. Pero era demasiado orgulloso para responder. Sin embargo en su pantalla figuraba que había leído el mensaje. Entonces respiró sonoramente y se acomodó mejor en su asiento porque se le hacía que iba a ser largo lo que le iba a relatar.

—    El problema con Cris es que ha tenido malas experiencias con mujeres. Se casó siendo demasiado joven y su matrimonio no llegó a durar ni un año porque la chica no aguantó la vida que él llevaba por su profesión. Entonces se divorció. Después, una fanática del club donde trabajaba se acercó a él y él pensó que le interesaba como hombre. Sin embargo resultó que se había obsesionado con él  y comenzó a acosarlo día y noche. Si el equipo ganaba, le enviaba regalos de todo tipo, pero si perdía no tenía problema en amenazarlo. Incluso lo amenazó de muerte en una oportunidad y ahí la directiva tuvo que intervenir y denunciarla a la policía. Afortunadamente, la mujer a la larga lo dejó de molestar. Pero Cris optó por mudarse a otra ciudad y dejar por un tiempo la actividad de director técnico y comenzó a trabajar para otra institución, creo que como instructor de un campamento estudiantil. Al tiempo se cansó de esa actividad. Parece que algunos  chicos eran demasiado atrevidos, por lo cual volvió a trabajar como entrenador. Después, para colmo, se puso de novio con una modelo, pero esta de un día para otro lo cambió por un jugador de primera división que le pareció  más prometedor para sus intereses. Como ves, su trabajo le ha costado más de un disgusto, por lo cual supongo que es lógico que quiera estabilizar sus sentimientos antes de compartirlos con alguien.

Tamara lo escuchaba estupefacta. Por eso, Charly se vio obligado a tranquilizarla.

—    Es cierto que ha quedado escaldado, aunque contigo creo que es otra la cuestión. Contigo lo que tiene es miedo.

—    ¿Miedo? —exclamó alarmada Tamara—. ¿Miedo de mí? ¿Y por qué habría de tenerlo?

—    No —aclaró Charly—. No te tiene miedo a ti. Tiene miedo de fracasar. Puede ser muy seguro de sí mismo pero duda cuando se trata de los demás. Lo sé porque hace muchos años que lo conozco y jamás se había comportado de una forma tan infantil. ¡Fíjate que hasta intentó que salieras conmigo!

Ambos rieron, pero Charly se sintió obligado a aclararle sus palabras.

—    No me malentiendas. Para mi eres una mujer estupenda. Contigo me lo paso genial porque tenemos muchos intereses en común, pero solo me interesas como amiga. Ahora, puedo asegurarte que para él tú eres algo más que una jugadora a la cual entrenar. Creo que se ha enamorado de ti como un adolescente y no sabe cómo manejar las cosas para que salgan bien.

Se acercaba la última fecha del campeonato y los ánimos comenzaban a crisparse. Reuniones, idas y venidas ocupaban la agenda tanto de la directiva del club como de  las jugadoras. Estas apostaban a salir campeonas y se encontraban presionadas a tope para lograrlo. Pero para Tamara existía una preocupación mayor: el plazo del contrato de Cris se terminaba ya que pronto se reintegraría el entrenador titular. Además, habían llegado a sus oídos que era probable que Cris firmara con un club en el extranjero, y se rumoreaba que su reciente ausencia había sido para llevar a cabo conversaciones a tal fin. Eso significaba que de ser así perdería el contacto asiduo con él y posiblemente hasta dejara de verlo. Él podía sentirse inseguro respecto a ella, pero a ella la consumía la inseguridad respecto a él.

Aunque los partidos anteriores habían terminado con cómodas  goleadas a los equipos rivales, ahora se encaminaban a la gran final y los ánimos se exasperaban. A Cris se lo notaba especialmente nervioso, y todos lo atribuían a que caía sobre él el compromiso de ganar el partido final. Sin embargo, Tamara ahora sabía que gran parte de su inquietud era por ella.

El partido final se jugaría en un estado recién construido, en una ciudad a varios kilómetros de allí. Por ese motivo habían contratado un par de buses que los llevarían al lugar de la concentración. Cuando Tamara se enteró a dónde se dirigían, la sorpresa fue mayúscula: era a aquel mismo campamento de verano en donde había conocido a  Cris.

Llegaron ya entrada la tarde. Tamara iba emocionada y a la vez temerosa de revivir aquellos insólitos momentos de su adolescencia protagonizados con él. Habían pasado varios años, por lo cual el lugar estaba diferente a como lo recordaba. Mientras el bus avanzaba camino abajo hacia la playa, pudo ver desde su ventanilla que las cabañas que en aquel entonces ocupaban los directores del campamento se mantenían igual. Al llegar a la zona en la que antaño estaba la hilera de las carpas, en su lugar había ahora un edificio de una única planta a lo largo de la costa, que oficiaba de hotel en el cual ella y las demás jugadoras se irían a alojar. Pegado al mismo subsistía el galpón del antiguo restorán, ahora reciclado, que se abría a su vez hacia un costado a una cancha de césped artificial de dimensiones casi profesionales, en la cual se reunirían al día siguiente para comenzar a entrenar.

Cris no había venido en el mismo bus que ella, y al bajar apenas lo había visto de lejos.  Retenía aún en su cuerpo el calor de aquel emotivo abrazo y se preguntaba cómo reaccionaría Cris cuando se acercase a él.

La habitación que le había tocado era pequeña pero tenía un gran ventanal desde el cual se podía ver el mar. No sabía si era porque no tenía hambre o porque temía encontrarse con Cris, pero decidió no ir al comedor a cenar. En lugar de eso se mantuvo durante casi una hora de pie, pensativa frente a la ventana contemplando el hipnótico atardecer, siguiendo con inercia el recorrido del sol que fue bajando lentamente hasta desaparecer en el horizonte. Deseaba ansiosamente ir a buscar a Cris, pero al mismo tiempo temía hacerlo.

Después de todo, no tuvo que pensarlo demasiado. Afuera ya estaba oscuro. Solo la luz tenue de los focos estratégicamente ubicados en los alrededores permitía apreciar lo hermoso del lugar. Al pasar cerca del comedor dio una rápida mirada desde la puerta para comprobar si Cris estaba, o no, ahí. Entonces sus pasos, al igual que aquella vez, tomaron el camino hacia las cabañas.

Entró sigilosamente. Supo enseguida que era la cabaña de Cris al comprobar que sobre una silla se encontraba la mochila que traía un rato antes. La puerta del baño estaba cerrada y a través de la misma se escuchaba el ruido del agua de la ducha al caer. Sobre la cama se veían algunas prendas de ropa que seguramente usaría después para ir a cenar. Cuando el ruido del agua cesó, al minuto la puerta del baño se abrió y Cris apareció. Igual que en aquella oportunidad, traía el cabello y el torso mojados y cubría sus partes íntimas con una toalla anudada a un costado. 

Al verla, no se sorprendió.

—    Te equivocaste —dijo suspirando sonoramente, sin mirarla—. Esta no es la habitación de Charly.

—    ¿Ah, no lo es? —respondió ella, en tono burlón.

Y como él continuaba hurgando en su mochila sin prestarle atención, continuó:

—    Pero como tú eres tan amable —y enfatizó irónicamente «tan amable»—, me vas a decir cuál es.

—    ¿Yo? Ni lo sueñes. Encuéntrala tú solita, que para eso te das bastante maña. Y ya que estás, puedes volver a programar otro encuentro en una confitería con él.

Tamara no se movió. Se lo quedó observando cuando él, inmutable, sacó  tranquilamente de su mochila un tubo de spray desodorante y se envolvió en una nube de perfume. Entonces creyó desmayar.

—    ¿Estás celoso de Charly? —le dijo, de repente.

—    No sabes lo que dices —respondió él sin mirarla, con una mueca de sonrisa y haciéndole un gesto con la mano para que se fuera—. ¡Hala, vete de una buena vez!

—    Estás celoso de Charly —insistió ella, ahora afirmándolo.

Cris empezaba a fastidiarse con aquel interrogatorio, así que la miró a los ojos y fue contundente con su respuesta:

—    No. No lo estoy.

—    Sí, lo estás —quiso discutírselo—. De otro modo no te estarías comportando tan hostilmente conmigo.

—    Te lo repito, Tamara: no lo estoy.

Y como ella había quedado visiblemente desconforme con su respuesta, se plantó delante de ella y le aclaró:

—    A ver, dime: ¿por qué iba a estar celoso de Charly si de quién tú estás enamorada es de mí? ¿O acaso me equivoco?

Tamara lo miró con los ojos muy abiertos. ¡Tanto tiempo haciéndola sufrir, siendo consciente de lo que ella sentía! Entonces, con el ceño fruncido avanzó decidida hacia él y cuando lo tuvo al alcance de su mano y le quitó de un tirón la toalla que lo cubría, dejando a la vista su magnífica masculinidad. Cris se mantuvo inmóvil, sorprendido a la vez que divertido por su audacia.

—    ¿Qué haces? —exclamó, intentando no reírse—. Te estás comportando como una niña. Por si no lo sabes, ya no estamos en un campamento liceal.

Ella suspiró hondo antes de responderle.

—    Cris: ¿esta locación la elegiste tú? Tienes que haber sido tú —hablaba sola—. Ahora estoy segura. Sabías que llevaba años queriendo hacer esto. Desde aquella vez. Y estoy segura de que tú también te quedaste con las ganas de que lo hiciera.

—    ¿Acaso te habrías atrevido? —dijo, tomándola por los hombros.

—    Solo en tus sueños. Yo era una adolescente y tú mi profesor. Jamás habría osado a tanto. Aunque debo admitir que ganas no me faltaron.

Con una sonrisa, Cris hizo un gesto de negar varias veces con la cabeza, y prosiguió:

—    Y ahora que ya lo has hecho, ¿qué piensas hacer? —dijo, contemplándola  expectante.

—    ¿Yo? Nada —respondió con tranquilidad, como si lo hubiera estado planeando por mucho tiempo—. La próxima  jugada te toca hacerla a ti. «Ante un ataque del rival hay que desplegar una fuerte defensa o un agresivo contraataque». Es lo que tú me has enseñado.

Cris volvió a sonreír, ahora de oreja a oreja.

—    Estás loca —exclamó con ternura mientras comenzaba lentamente a quitarle la ropa—. Alocada y despistada, pero es evidente que aun así has atendido a mi lección.

—    Es que cuando te conocí no pude dejar de mirarte. Esa es la razón por la cual  no dejaba de sacarte fotos con mi móvil. Después, cuando volví a verte supe que me había enamorado perdidamente de ti. Por eso no me he perdido ninguna de tus clases.

—    Pero en este momento te estoy atacando y sin embargo te veo poco inquieta. ¿Piensas defenderte o contraatacar?

—    Es que estoy guardando mi energía para un contraataque, que te aseguro, nunca  olvidarás.

—    Tamara, en serio, deberías ir a descansar. Pasado mañana tienes un partido importante.

—    ¡Qué va! —exclamó ella al mismo tiempo que enredaba sus dedos en sus  cabellos y acercaba su boca a la de él—. Es más importante el que está ahora mismo por comenzar.

—    Vale, pero ¿crees que resistirás los próximos noventa minutos de juego? Pienso exigirte más que nunca.

—    Bueno, ahí veremos si me has entrenado bien. Pero desde ya vete sabiendo que jamás permitiré que pongas una suplente en mi lugar.

—    Es posible que vayamos a un alargue.

—    Lo sé, y espero que sea para toda la vida.

                                             

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—    ¿Estás decepcionado porque el equipo no pudo ganar el último partido y quedó  en el segundo lugar?

—    Un poco sí. Pero me gustó mucho más haber ganado el otro por goleada.

—    Para el próximo año te prometo que no voy a distraerme y voy a esforzarme mucho  más.

—    Ni lo sueñes. Jamás pongo una embarazada como jugadora titular.