Campeonato interno
Nora Sisto
Cuando estimó que ya no le quedaba nada más para decir, Graciana se dio media vuelta y comenzó a caminar decidida. Ella misma se había escuchado sin dar crédito a lo que decía, porque las palabras que habían salido a borbotones de su boca no habían salido sin embargo de su corazón. Habría deseado que él se defendiera respondiendo a alguna de sus demandas. Por eso, a los pocos pasos volteó repentinamente para observar si acaso se había quedado mirándola. Pero ya había emprendido en silencio la retirada.
Había conocido a Bernardino por casualidad, en un partido de fútbol. “Bernino” —como le llamaban eufóricamente sus hinchas— era un destacado delantero que había sido adquirido recientemente por un prestigioso equipo capitalino, previo pago de un pase multimillonario a un club de otro país, y no bien Graciana lo conoció quedó deslumbrada con él. En aquel momento, ella salía con José Luis, un ex compañero de la Facultad de Derecho, que se había graduado el año anterior y se perfilaba como un importante profesional. No obstante, a pesar de ser un chico buenmozo y con una exitosa carrera por delante —lo que lo hacía un prospecto codiciable para cualquier chica—, Bernardino desde el primer momento lo sepultó.
Aunque se sentía atraída por Bernardino, Graciana no creía tener oportunidad de acercarse a él y tampoco iba a forzar un encuentro con la finalidad de conquistarlo. Por lo tanto se dijo que el suyo era un deslumbramiento pasajero que se le pasaría una vez que volviera a la realidad. Pero la realidad fue que a los pocos días se lo encontró en un evento social organizado por uno de los sponsors de aquel club. Apenas hablaron, un poderoso magnetismo los envolvió y desde ahí no se separaron más.
Bernardino tenía muchos compromisos deportivos y viajaba con frecuencia, motivo por el cual decidieron casarse sin más. La boda había sido una ceremonia privada con solo unos pocos invitados, aunque por la notoriedad de él los periodistas le habían dado gran trascendencia. Convinieron en vivir en esa misma ciudad, ya que el club en el que él jugaba tenía allí su complejo deportivo y eso iba a permitirles no separarse por largo tiempo.
Sin embargo, la vida del jugador no era sencilla. Bernardino viajaba con frecuencia y pasaba largos períodos concentrado o fuera del país, cosa que comenzó a socavar la seguridad de Graciana, que había soñado con formar una familia y dicha situación no lo facilitaba. Por eso, a pesar de desearlo con todo su corazón, se había negado a tener un hijo.
Ahora, viéndolo alejarse, a cada paso que daba sentía que su corazón se desgarraba. Se había imaginado que él se alteraría y respondería con enfado o brusquedad, ya que dos años de matrimonio le parecían motivo suficiente para que se opusiera. Sin embargo, Bernardino la había escuchado sin interrumpirla, mirándola fijo pero sin decir una sola palabra. Y cuando ella terminó de hablar se limitó a asentir con la cabeza en señal de acuerdo. Después, dándose media vuelta, con las manos en los bolsillos, se alejó. Por eso se sentía tan mal, porque aquella actitud de él le daba a entender que aprobaba su drástico planteo.
Caminando lentamente hacia su coche, Graciana rememoraba con tristeza el principio de su relación. En su momento a todos les había parecido un acto de arrebato juvenil y nadie habría apostado a que durarían juntos. Especialmente sus padres habían puesto el grito en el cielo, porque eso hacía rodar por el piso sus aspiraciones de casarla con un profesional universitario de alto nivel, tal como consideraban adecuado para su única hija, pero nada habían podido hacer.
Incrédula, volteó una vez más con la esperanza de que él hubiera recapacitado y se hubiera quedado allí esperándola. Pero él ya había desaparecido.
Era cierto que, fuera de su éxito como indiscutido goleador de su equipo, podía decirse que “Bernino” no era “nadie”. Provenía de una familia humilde que vivía en otro país, y apenas había culminado la educación secundaria. Graciana en cambio era una aventajada estudiante, bonita e inteligente, y con grandes perspectivas de desarrollo personal. Y ella misma había estado convencida de que ese sería su futuro, por lo que su esfuerzo había estado fuertemente enfocado en una meta profesional. Hasta que conoció a Bernardino, y de ahí en adelante su vida se enfocó solo en él como único objetivo.
La fama y popularidad de Bernardino la habían enceguecido. El chico tenía un físico atlético envidiable y una descollante destreza con el balón. Los hinchas lo aclamaban porque había traído a su equipo el éxito que hacía tiempo esperaban ansiosamente, y era nombrado reiteradamente en los medios de comunicación. Al ser un personaje notorio, le hacían reportajes en los programas deportivos y aparecía con frecuencia en las revistas de actualidad. Ella misma, por estar a su lado se había convertido colateralmente en un punto de atención.
Pero a Graciana tanto brillo le había jugado en contra. Es que no le había permitido apreciar verdaderamente quién estaba detrás. Dado el sueldo sideral que Bernardino recibía, se había incluso dado el lujo de abandonar su trabajo y sus estudios y dedicarse solo a él, cosa que poco a poco fue desgastando la convivencia. Por eso, un buen día cuando aquel telón fulgurante cayó, se encontró lisa y llanamente frente a un simple hombre. Entonces no supo qué hacer.
Aunque sabía que era injusto, había resuelto culparlo a él del supuesto fracaso de su matrimonio. Por más que a él su actividad le insumiera una estricta dedicación —que ella interpretaba como falta de atención o de abandono hacia su persona—, sabía que su planteo era absurdo, ya que nunca podría pedirle que eligiera entre ella y su profesión. Pero su juventud y su falta de experiencia la habían guiado en ese camino. A pesar de eso, en lo más profundo de su ser sabía que no iba a poder separarse de él nunca.
Ahora, el mapa de su vida parecía estar otra vez en blanco y, como era previsible, aprovechando la oportunidad de su ocasional soltería sus propios padres comenzaron a alentarla para que se alejara definitivamente de Bernardino. Y como si fuera poco, no dudaron en acercarla otra vez a José Luis, que ahora se encontraba con el camino libre. Este tenía un cargo en el bufete del padre de Graciana, que era en donde también ella trabajaba, y siempre había albergado la idea de ser él quien, una vez retirado su director, liderara aquella importante empresa. Y desde luego, acercarse a Graciana era un factor decisivo.
Mientras buscaba un nuevo lugar donde vivir, Graciana se había instalado provisoriamente en la casa de sus padres y había retomado su trabajo en el bufete. Por el momento no tenía planes concretos. Por supuesto, no consideraba viable hacerle creer a José Luis que pudiera interesarse en él en lo personal, y menos alentarlo en sus pretensiones laborales. Pero éste se esmeraba en ser atencioso con ella e insistentemente la invitaba a salir, aunque ella invariablemente no aceptaba. Es que, además de no estar interesada en él, debía cuidarse de los paparazzi que vivían al acecho de cualquier noticia escandalosa, y ella no deseaba involucrar a “Bernino” en algo que lo pudiera perjudicar. Pero un día fue tal la insistencia que, por no ser descortés, aceptó.
Cuando se dispuso a encontrar en su ropero algo adecuado para usar en una cena en un restorán elegante, se dio cuenta de que en su apuro por irse de aquella casa, poco se había llevado consigo. Pensando en ello, no pudo evitar suspirar; las cosas más importantes habían quedado allá, en aquella mágica habitación matrimonial. Y, aunque no lo sabía, permanecían entre aquellas paredes, esperándola.
Sabía que ese día Bernardino no estaría en la casa, ya que jugaba un partido en otra ciudad, por lo que estaría en la concentración desde el día anterior. Entonces se decidió. Bajó del taxi presurosa para evitar ser vista por vecinos entrometidos. Metió la llave en la cerradura de la puerta principal y una vez dentro, involuntariamente suspiró. Hacía solo tres semanas que faltaba de aquel lugar, y al entrar el perfume conocido de aquel ambiente la conmovió. Creía estar convencida del paso que había dado, no obstante en ese momento se preguntó por qué. Pero por orgullo, no podía arrepentirse.
Igual que una ladrona subió sigilosamente las escaleras y se dirigió a la habitación. Su primera reacción fue descorrer las cortinas de los enormes ventanales, pero no lo hizo. Le llamó la atención que la cama estuviera revuelta y hubiera tanto desorden en el lugar. Entonces bajó hasta las dependencias de servicio buscando a la mucama, pero se encontró con que no había nadie allí, ni siquiera rastro de que ese sector estuviera siendo ocupado por alguna persona. Entonces pensó en recoger la ropa que estaba desperdigada por el suelo, pero al tenerla entre sus manos todo dentro de ella se removió, y antes de que pudiera tomar conciencia de sus sentimientos se encontró tumbada sobre la cama, estrujando contra su rostro la almohada de él.
Pero no podía flaquear. Con decisión abrió las puertas del inmenso clóset y examinó los percheros. Todo estaba ahí. Una extraña sensación la invadió y haciendo apresuradamente un atadillo con varias prendas, huyó del lugar. No se dio cuenta de que uno de sus aretes se había enganchado en la funda bordada de aquella almohada y ahí se quedó.
Como estaban las cosas no le importaba que la vieran cenando con otro hombre. Y José Luis estaba encantado porque por primera vez podía lucirse en público con aquella preciosa mujer. Sin embargo, para Graciana no era más que una salida por compromiso. Lo malo fue que las fotos de ambos brindando cordialmente se viralizaron rápidamente en las redes sociales, alimentando a los medios de chismes de la ciudad. Y como era lógico, Bernardino fue uno de los sorprendidos al verlas.
Era tarde en la noche cuando su móvil sonó. Atendió agitada porque era él.
— ¡Hola! —exclamó con indisimulada ansiedad.
Bernardino no respondió enseguida. Dejó pasar un par de segundos y entonces disparó a quemarropa:
— ¿Te acostaste con él?
— No —respondió Graciana, rotundamente.
— ¿Te interesa ese hombre?
— ¡No! —exclamó, con desagrado.
— Me alegro.
— Bernard… —apenas alcanzó a balbucear, pero él cortó en seco.
Pasaron dos largos meses. Bernardino no había vuelto a telefonearle y ella no se animaba a hacerlo. Es más, temía que aquella tonta salida con José Luis pudiera haber provocado la ruptura definitiva de su relación con él. Por eso, cada día esperaba angustiada que él le enviara los documentos del divorcio. Pero estos nunca llegaron y tampoco tenía intenciones de averiguar por qué.
José Luis creía que sus posibilidades con Graciana iban viento en popa, pero ella nunca lo iba a poder alentar. Se veían solo en el trabajo y ella se cuidó muy bien de no volver a aceptar una invitación de él. Por supuesto José Luis era mucho más culto y refinado que Bernardino, y ni qué hablar de que sus padres estaban entusiasmados con que volviera con él. Pero se equivocaban. Es que ellos no sabían que sus sentimientos hacia cualquier otra persona estaban bloqueados por un impedimento infranqueable: ella estaba enamorada de Bernardino y jamás iba a dejarlo de estar.
La temporada de campeonatos se acercaba y Graciana sabía de memoria lo que eso significaba. Él se iría por largo tiempo de gira y no sólo no lo tendría cerca sino que únicamente podría saber de él a través de los noticieros y los programas deportivos de la TV. Se quería convencer de que no se arrepentía de haberlo dejado, pero cada vez que pensaba en él su corazón latía con incontenible intensidad. Él era el hombre de su vida, pero la insensibilidad que había mostrado aquel día la había dejado inmersa en un mar de angustia e inseguridad.
Todo aquello se le hacía por momentos agobiante. Por ese motivo se dispuso a alejarse por unos días. Eligió para eso un complejo vacacional en un conocido balneario, famoso por sus hermosas playas y convenientemente alejado de la ciudad. Como estaban fuera de temporada, no iba a estar atestado de turistas como solía suceder en el verano, y entre la poca gente que hubiera, seguramente nadie la reconocería como la esposa del conocido futbolista. Allí esperaba poder poner en claro sus ideas y encontrar de una buena vez una solución para el lío en que se había metido.
Su habitación estaba en el segundo piso del edificio principal del hotel y a través de la ventana abierta de par en par tenía una vista panorámica de aquella costa magnífica. Justo debajo de donde estaba podía ver el agua del mar que al mecerse chocaba contra las rocas levantando olas de espuma, y sobre el horizonte el sol que caía lentamente tiñendo de rosa las nubes a su alrededor. Todo eso la emocionaba al extremo. Respiró profundamente pensando en Bernardino. A pesar de lo mucho que lo echaba de menos, aquel paisaje parecía transmitirle una maravillosa sensación de paz y al mismo tiempo parecía alentarla a recuperar las ganas de encaminar otra vez su vida. Pero no con otro hombre; solo con él.
Era su segundo día de estadía y se sentía como si siempre hubiera vivido ahí. A la tarde, a pesar del frío invernal fue hasta la playa y, aprovechando lo que quedaba de sol y la falta de gente en los alrededores estuvo caminando sobre la arena por largo rato. Suspiró varias veces admirando aquel hermoso paisaje, y su ensoñación la transportó a aquellos momentos increíbles vividos junto a él. Se imaginó tenerlo allí con ella, pero obviamente era solo una ilusión; sin embargo su corazón le decía que él estaba muy cerca. Cuando estimó que era la hora de la cena se dirigió al comedor.
En el restorán del hotel, el ambiente era muy acogedor. Una inmensa estufa a leña presidía el salón, dándole al conjunto un agradable carácter hogareño. La música de fondo era suave, la luz era tenue y sobre cada mesa había una veladora que proporcionaba una encantadora sensación de intimidad. Se sintió aliviada porque los pocos comensales que había estaban concentrados en ellos mismos y al entrar no le prestaron atención. Es que junto a “Bernino” vivía constantemente abrumada por el público. Se ubicó en una mesa pequeña junto a la ventana y se quedó allí, mirando concentrada a través de ella las últimas luces de la tarde que iluminaban apenas el mar, esperando mientras tanto que se acercara el camarero a tomarle el pedido. Aquel espectáculo le producía una gran melancolía. Pero no podía dejarse abrumar.
De pronto comenzó a sentirse incómoda, porque al mirar hacia el costado vio que desde una mesa cercana un grupo de chicas la observaba con insistencia. Dedujo que la habían reconocido, y por la manera en cómo cuchicheaban entre ellas supuso que estaban a la expectativa para ver si se encontraba con alguien que no fuera él. Entonces se dijo que no estaba de humor para ser el blanco de aquellas miradas indiscretas y por eso se dispuso a prescindir de la cena y retirarse a su habitación. Pero cuando estaba por ponerse de pie, miró sin querer hacia la entrada y su corazón dio un vuelco.
Allí estaba Bernardino, que acababa de entrar y estaba siendo saludado por algunos de los parroquianos. Al parecer, él ya la había visto, porque cuando ella respondió a su mirada los dejó con la palabra en la boca y fue directamente hacia donde ella estaba. Con semblante sereno, pero sin sonreír, se sentó frente a ella.
— ¿Qué haces aquí? —exclamó Graciana intentando hacerse la dura.
— Hola Graciana —dijo él, antes de responderle—. Creo que lo mismo que tú: alejarme del bullicio. Aunque parece un poco difícil de conseguir. Llegué apenas hace un rato.
Ella lo miraba incrédula, como si estuviera teniendo una alucinación. Por eso, el continuó:
— ¿Y tú, cómo estás?
Y como ella no respondía porque parecía no salir de su estupor, agregó:
— ¿Esperas a alguien? ¿Prefieres que te deje sola?
Sus palabras la hicieron reaccionar de inmediato.
— No, no —se apuró a decir.
Y esperando que sus ojos no delataran su sentir, le suplicó:
— Quédate.
Bebieron más de lo que comieron. Y hablaron menos de lo que habrían tenido que hablar. Estaban solos, alejados de todo y el ambiente era propicio, por lo que no demoraron en sucumbir a él. Bernardino estaba alojado en una cabaña separada del complejo principal, donde nadie podía molestarlo, y hacia allá se dirigieron tratando de pasar desapercibidos en la oscuridad.
Al entrar, Graciana vio que en un costado de la habitación se encontraba la maleta de Bernardino pronta para partir.
— ¿Ya te tienes que ir? —exclamó, sin disimular su aflicción.
— Ya debería haberme ido —dijo él apartando la maleta hacia un costado—. Me esperaban esta noche en la concentración.
— ¿Y por qué no te fuiste? —preguntó, con cierta suspicacia.
— Puedo irme mañana —respondió, evasivamente—. Antes tenía algo que hacer.
Habían pasado demasiado tiempo separados, y en ese momento se olvidaron del motivo de su separación. Como encerrados en una burbuja sin tiempo y sin espacio revivieron durante toda la noche aquella pasión que los había unido un par de años atrás. Pero en el fragor del momento, ocurrió algo inesperado. Cada uno se dio cuenta de que ese encuentro no estaba siendo como todos los anteriores. No era ni más ni menos apasionante o satisfactorio: era diferente. Su relación había mutado inadvertidamente a una mayoría de edad.
Graciana recién abrió los ojos pasado el mediodía. Él se había marchado, como de costumbre dejándola con aquella conocida sensación de soledad. No obstante, todo era distinto. Podía sentir aún en su interior aquel fuego que la había inundado vigorosamente como tantas otras veces y que retenía vehementemente como un recordatorio de él. Pero ahora ese fuego estaba siendo superado por otro más fuerte, impensado, tierno y poderoso que la inundaba aún más. Era un sentimiento maravilloso; no se habían encontrado casualmente: él la había ido a buscar.
Bernardino tenía reservada aquella cabaña por dos días más. Sin embargo, ese mismo día Graciana canceló ambos alojamientos y volvió a su casa. Al llegar no mencionó a nadie la experiencia vivida en aquel lugar de ensueño, pero su cuerpo gritaba a todas voces su inmensa felicidad. No había conseguido pasaje para llegar a tiempo para ver el partido que él jugaba aquella tarde, pero a la noche se enteró de la novedad: “Bernino” había sido sancionado por no haberse presentado a la concentración y por ese motivo había sido obligado a permanecer en el banco de suplentes. La hinchada estaba furiosa y lo culpaban por haber perdido el partido y por haber desperdiciado la oportunidad de conseguir puntos decisivos para la clasificación. Graciana se apenó; él había elegido estar con ella.
Los periodistas de los medios eran verdaderamente buitres en busca de carroña para informar. Y Bernardino se había convertido en el personaje del momento. No solo corrían los rumores de la posibilidad de que fuera despedido del plantel, sino también del alejamiento de su esposa. Graciana no se imaginaba cómo ni cuándo se habían enterado de que estaban distanciados, y le molestó sobremanera que estuvieran buscando sacar un rédito morboso de la situación. Ella no estaba dispuesta a que su matrimonio se transformara en un circo. Por eso, cuando supo que Bernardino iba a ser entrevistado en un programa de TV por Fabiana, una periodista famosa por su falta de escrúpulos, se decidió a tomar cartas en el asunto.
Se escabulló en el set y esperó oculta en la oscuridad detrás de las cámaras aprovechando que todos lo miraban a él. Vestido elegantemente con un traje gris y un buzo negro de escote a la base, Bernardino esperaba recostado en un aparatoso sofá de color rojo, a que la periodista sentada frente a él en una poltrona blanca, con las piernas cruzadas en actitud sexy, le hiciera las preguntas de rigor, y especialmente le preguntara qué estaba pasando con su matrimonio. La entrevistadora no solo pretendía ser incisiva periodísticamente hablando, sino que también abiertamente le coqueteaba. Entonces, cuando estimó que era el momento justo, y sin que nadie atinara a impedirlo, Graciana se atravesó delante de las cámaras y fue a sentarse muy ufana al lado de él.
Él apenas la miró de soslayo pero ella pudo sentir de él un hondo suspiro de satisfacción. Fingiendo que venía apurada a la cita, exclamó mirando a la periodista con desparpajo y una fingida sonrisa de oreja a oreja:
— ¡Hola Fabiana! Lamento llegar así.
La periodista tuvo que disimular su contrarío al ver distorsionado su libreto, aunque la falsa expresión de simpatía de su cara no se borró. Aun así, Graciana percibió que había convertido un gol de arco a arco.
La entrevista finalizó sin pena ni gloria, ya que la intención de poner al descubierto una infidelidad o alguna situación digna de la crónica roja que le era habitual, se frustró. En su lugar, la audiencia había contemplado con envidia a dos personas que se miraban entre sí acarameladas y se apoyaban mutuamente coincidiendo en cada respuesta que daban. Cuando casi al final de la entrevista Graciana tomó la mano de Bernardino y la estrechó entre las suyas, él tuvo que disimular su estremecimiento al sentir su calor.
Con la sensación de haber ganado la partida, caminaron juntos en silencio hasta el estacionamiento subterráneo y se detuvieron al llegar al lugar donde Bernardino había estacionado. De pronto, él la miró a los ojos esperando que ella respondiera al llamado de su cuerpo que, henchido pugnaba por salirse de su pantalón. Pero ella no le respondió. Entonces, sin esperar más subió apresuradamente a su camioneta. Graciana sintió entonces una dulce humedad entre sus piernas que la obligó a apretar las rodillas, y como un flash pasó por su cabeza la idea de treparse a la camioneta detrás de él y, parapetados detrás de los vidrios negros amarlo hasta el desmayo. Pero debía ser coherente con sus demandas y por eso siguió su camino. Eso no impidió que al llegar a su casa se sumergiera bajo la ducha de agua tibia y abrazara desesperadamente su propio cuerpo.
A raíz de aquella explosiva aparición pública, tanto los padres de Graciana como José Luis dejaron de insistir. La conexión entre ella y Bernardino era tan indisoluble como obvia. Sin embargo, nadie podía adivinar que las cosas entre ellos habían dado un vuelco radical. Graciana había vivido todo aquel tiempo junto a él cegada por la brillantez de su fama, enamorada no del hombre sino de la celebridad. Ahora, habiéndose descorrido por completo aquella cortina de humo, se daba cuenta de que su amor por él no era una fantasía: era una absoluta y maravillosa realidad.
Sus padres habían despreciado a Bernardino y habían querido convencerla de que solo valía por su fama y que toda su inteligencia estaba en pegarle en forma magistral a un balón. Pero no era así. Su inteligencia no solo estaba impresa en cada parte de su cuerpo; estaba en su seguridad en sí mismo y en su convicción al defender férreamente su amor. Al separarse de ella sin reproches le había demostrado una actitud respetuosa hacia sus tiempos y sus decisiones, además de una infinita paciencia para esperar a que se diera cuenta de que lo que tenían era en efecto amor; ¡su hombre era verdaderamente un brillante jugador! Entonces lo fue a buscar.
Entró a la casa con naturalidad, como si nunca se hubiera ido. Era casi el mediodía, por lo cual supuso que iba a encontrarlo en la sala o en la cocina. Pero no estaba ahí. Entonces pensó que aún estaría durmiendo, por lo cual dejó su bolso y su abrigo sobre una butaca y subió corriendo a la habitación. Pero al entrar en el amplio dormitorio se encontró con la mucama que estaba pasando la aspiradora. Era una chica que no conocía, por lo que dudó en hablar de más. Pero la chica sí la conocía a ella.
— Disculpe, señora —dijo al verla, apagando enseguida el aparato—. No la escuché entrar. Si quiere, sigo por otra parte de la casa.
— No hay problema. Por mí puede continuar.
La chica de todos modos desenchufó la aspiradora y comenzó a recoger los utensilios de limpieza con intención de retirarse. Pero Graciana tenía que saber dónde estaba Bernardino, por lo cual le siguió la conversación.
— ¿Cómo estuvieron sus vacaciones? —preguntó ingenuamente la muchacha mientras intentaba terminar velozmente su tarea.
— ¿Mis vacaciones? —respondió Graciana, confundida.
— Sí. Tengo entendido que estaba de viaje. ¿Trajo con usted alguna maleta? ¿Quiere que se la suba a la habitación?
— No, no. Está bien —le respondió tratando de detener aquella comedida verborragia—. ¿Dijo mi esposo a qué hora va a volver?
— No —dijo la chica, vacilando porque no entendía que ella no estuviera al tanto de dónde estaba su marido—. Es que el señor se fue de viaje. Se fue temprano esta mañana y no dijo cuándo va a regresar. Pero no se preocupe. Me avisó que usted vendría, por lo cual me encargó que dejara la casa en condiciones.
Como creyó que entraba en confianza, la chica se animó a hacerle una pregunta indiscreta.
— ¿Es cierto que lo despidieron del club?
Graciana sintió un escalofrío correr por su espalda y súbitamente palideció. No tenía esas noticias. Entonces la chica, asustada se acercó a ayudarla.
— ¿Se siente usted bien? ¿Quiere que le alcance un vaso de agua? Puede acostarse si lo desea. Solo estaba dando un último retoque pero ya me voy.
— No, está bien —respondió Graciana, con voz entrecortada.
— Como guste, señora. La dejo descansar. Si me necesita estaré en la cocina preparándole algo para almorzar.
Se dejó caer sobre la cama. ¡No era posible que por ella las cosas se hubieran complicado para él! Primero su falta disciplinaria, luego el descontento de los hinchas y ahora la posibilidad de rescisión del contrato con el club. Su torpeza había llegado demasiado lejos. La sola idea de haber perjudicado la carrera del hombre de su vida la abatió. Ya no le importaba su tonto orgullo ni su absurda amenaza de separación. Necesitaba verlo, hablar con él y ayudarlo. Por eso le telefoneó.
El teléfono sonó varias veces y él no respondía. Esperó un tiempo prudencial y volvió a intentarlo pero ahora una grabación le decía que el teléfono estaba apagado. Entonces se desesperó.
Ya era de noche y ella seguía de pie en la habitación yendo de aquí para allá sin encontrar sosiego. Cuando menos lo esperaba, su móvil sonó. Atendió enseguida.
— Graciana, soy yo.
— ¡Bernardino! ¿Dónde estás? Te llamé muchas veces. ¿Estás bien?
— Estoy bien. No te preocupes. Tenía que tomar un poco de distancia para poder despejarme.
— ¿Dónde estás? —repitió. Su voz se oía angustiada.
— En casa de mis padres. Acabo de llegar. Estaba en el avión, por eso no atendí.
Se hizo un silencio.
— Grace, ¿estás bien?
— Si.
— ¿Dónde estás?
— En nuestra casa.
— Me alegro. Estaba seguro de que irías.
— ¿Cómo sabías que iba a venir?
— ¿Dónde más ibas a querer estar?
Graciana sintió que sus ojos se humedecían y su cuerpo se aflojaba.
— Bernardino, no sabes cuánto lo siento. Necesito verte. Perdóname. No puedo vivir lejos de ti.
— Está bien, cálmate. No tengo nada que perdonarte. Necesitabas tu tiempo para estar segura —dijo con firmeza, aunque después vaciló— ¿….crees que ya lo estás?
— Sí —afirmó, rotundamente—. ¿Cuándo vuelves?
— Espérame solo un par de días.
Y agregando una nota de humor, para distender la situación, agregó:
— Sé que estás entrenada para eso. Me has tenido que esperar muchas veces.
— No tanto como me has esperado tú a mí.
Para Graciana nunca la espera había sido tan angustiosa. La primera noche la pasó relativamente tranquila, pero esta era la segunda noche y no se contenía dentro de sí. Necesitaba sentirlo junto a ella, por eso se desnudó y se sumergió dentro de aquella cama tibia y mullida, tapándose hasta la nariz. Pero no podía dormirse. El hombre de su vida llegaría en cualquier momento y no quería perderse ni un segundo de estar con él.
Serían cerca de las cinco de la mañana cuando finalmente pudo conciliar el sueño. Por eso no escuchó cuando Bernardino entró en la habitación. Después de observarla en silencio, se sentó a su lado y suavemente le tapó el hombro que había quedado fuera de la manta. Ella saltó de inmediato sintiendo que su interior comenzaba a bullir desmesuradamente, pero aun así no se movió. Ese sin duda iba a ser el momento más memorable de su vida y deseaba prolongarlo lo más que pudiera.
— Es muy temprano —dijo, fingiendo descontento—. ¿No vas a dejarme dormir?
— No te quejes —respondió él con una voz más dulce que la que ella conocía—. Grace, fuiste tú quién me llamó.
Entonces ella giró manteniendo su cuerpo oculto en aquel espumoso edredón blanco y se puso boca arriba simulando refunfuñar. Aunque ambos sabían cuán potente era la excitación que en ese instante los invadía, él para seguirle el juego sacó parsimoniosamente de su bolsillo el arete que ella había dejado olvidado sobre su cama aquella vez, y apartándole con delicadeza el cabello se inclinó para colocárselo. Pero el contacto de la piel con la piel pudo más que aquella simulación, y ardiendo como yesca cayeron rendidos.
Recién a la tarde encontraron la serenidad como para ponerse a hablar.
— Berna —dijo ella, intrigada— ¿cómo es que tienes mi pendiente? Creí que lo había perdido.
— No, no lo perdiste. Lo dejaste olvidado en este mismo lugar el día en que viniste a buscar algo que no pudiste encontrar. Por eso lo guardé para ti. Desde entonces lo llevo conmigo como amuleto.
— Había venido a buscarte.
— Ya lo sé.
Y agregó, como revelando una picardía:
— Por eso hice que me encontraras en aquel otro sitio.
— ¡Lo sabía! —exclamó complacida—. Sabía que habías ido por mí.
Incorporándose en la cama lo miró con seriedad para comunicarle algo:
— Berna: quiero que sepas que voy a retomar mis estudios. ¿Tienes algún problema con eso?
— No, para nada. Al contrario, creo que eres una excelente abogada.
Y riéndose mucho, agregó:
— Nadie da discursos tan elocuentes como tú. Eres realmente convincente.
— ¿Lo dices por todo lo que dije la otra vez? No quiero acordarme. ¿En serio no te enojaste?
— No. Incluso creo que hasta disfruté escuchándote. No niego que después me preocupé, pero estaba seguro de que eran solo palabras. Eres la única persona con la que quiero jugar el partido de mi vida.
Graciana sonrió, pero acordándose de pronto del incidente con su equipo, le preguntó preocupada:
— Berna: ¿qué pasará contigo en el club?
— Nada —respondió, tranquilizándola—. No va a pasar nada. Los hinchas me adoran y ya firmé la renovación del contrato.
Y mirándola enigmáticamente a los ojos, continuó:
— Bueno, ahora que mi continuidad en el club está asegurada, deberíamos tú y yo continuar con nuestro campeonato. ¿No te parece? Nos han quedado unos cuantos partidos sin jugar.
— Sí, lo sé. Fue mi culpa que las fechas se atrasaran tanto, aunque te aseguro que voy a hacer lo posible para poder recuperarlas. ¿Crees que tenemos chance de salir campeones?
— Por supuesto que sí.
— Entonces voy a enfocarme en obtener nuestro primer trofeo. Aunque voy adelantándote que vas a tener que esperar nueve meses para poderlo alzar.