Casa grande

Nora Sisto


 

      Era la boda de su madre, por lo que no había tenido excusas para no ir. Desde una de las coquetas mesas en la que estaba instalada, Cecilia observaba con indiferencia el panorama a su alrededor. Toda la familia estaba allí: primos, tíos, parientes a los que hacía años no veía y que ni siquiera se habían acercado cuando ocurrió el accidente. Tomó en su mano la copa de vino e hizo girar apenas su contenido para dar un sorbo sin mucho entusiasmo. Empezaba el baile y la mayoría de los asistentes se había levantado de sus respectivas mesas para ir a sacudirse a la pista en el centro del salón. Pero ella no. Ella se había quedado sentada, como siempre. En realidad, como siempre no. Sólo como había tenido que hacerlo a partir de aquel fatídico día.

      La música estridente la aturdía. Le traía a la memoria aquel momento en el que la moto que conducía se despistó sacándola de una carrera que, de no ser por eso, habría ganado como siempre. Aunque solo tenía veintitrés años, sentía que habían pasado miles de años desde cuando era la competidora estrella de su equipo, ganadora de múltiples títulos y trofeos desde los dieciocho. Aquel ruido ensordecedor la retrotraía tristemente a aquel estado de confusión a su alrededor mientras ella se retorcía de dolor con su pierna atrapada bajo aquella hermosa máquina de potente cilindrada. Era el último recuerdo que tenía de su carrera profesional. Después de ahí, nada más. Por eso se había aislado de todo.

      Al pasar por el amplio palier que llevaba a los exteriores del salón, se detuvo  un instante frente al enorme espejo que pendía sobre la pared, encima de un dorado dressoir. Seguía viéndose igual de bonita, solo que desde hacía un año su vida había cambiado por completo. Sacudió su cabeza como para quitar de ella los malos pensamientos y siguió su camino. A pesar de que su pierna había perdido su pie y parte del tobillo —motivo por el cual para desplazarse estaba obligada a depender de un bastón— mantenía un cuerpo atlético y un rostro bellísimo, el cual era la cara visible de una conocida marca de cosméticos, aunque últimamente eso había quedado en un impasse. En su momento había sido tentada para dedicarse al modelaje, pero ella jamás había abandonado su amor.

      Su pasión  por el motociclismo había nacido al lado de su padre, que también había sido un renombrado corredor. Desde muy niña la subía a aquellas máquinas poderosas contagiándole su afición por la adrenalina, y cuando él falleció, se propuso seguir sus pasos. Su carrera había sido meteórica. En pocos años había conquistado un lugar destacado en el ranking de corredores profesionales, y era  conocida y admirada alrededor del mundo por su belleza y por su coraje de mujer.

      El extenso parque que rodeaba el salón de fiestas estaba tenuemente iluminado. Había focos estratégicamente ubicados resaltando los canteros resplandecientes de plantas y flores, y se veía una pequeña fuente redonda con una escultura en su parte central. Era el mejor lugar para huir de aquel bullicio, por eso se sentó sobre uno de los bancos de plaza junto a la fuente esperando quedarse allí tranquila por un buen rato. En eso estaba cuando una voz la desconcentró.

—    Por lo visto tuviste la misma idea que yo —le dijo alguien que estaba viniendo hacia donde ella estaba.

      Cecilia giró la cabeza, y al no reconocerlo se lo quedó mirando con curiosidad.

—    Me presento —dijo el muchacho acercándose y estirando la mano para saludarla—. Soy Damián, el hijo menor de tu nuevo padrastro.

      En ese momento, Cecilia lo recordó. Su madre le había contado que el hombre con el que iba a casarse tenía dos hijos. Uno era, por lo visto, Damián.   Parecía simpático y bastante conversador. No llegaba a los veinte años y estudiaba en el exterior. Le contó que al igual que ella, no estaba demasiado entusiasmado  con que su padre volviera a casarse porque este era ya su tercer matrimonio, aunque de todos modos creía simpatizar con su nueva esposa. La conversación se interrumpió cuando la puerta de la terraza se abrió y un hombre lo llamó con voz autoritaria.

      Ambos se dieron vuelta de inmediato. Damián sonrió y fue corriendo hacia donde él estaba. Cecilia, en cambio se quedó inmóvil. Era un hombre joven aunque evidentemente bastante mayor que Damián. Venía con uniforme de marino, con su gorra de visera bajo el brazo y se había quedado de pie a unos metros de donde ellos estaban, erguido con el típico porte militar. El chico, para no ser descortés, después de saludarlo con un abrazo, lo arrastró hacia Cecilia  para que la saludara ya que se había quedado sentada.

—    Cecilia, te presento a Jerónimo, mi hermano mayor. Su madre es la primera esposa de mi padre.

      Cuando él se acercó, Cecilia notó algo especial en su mirada, como si se conocieran de antes. Pero eso no era raro, porque hasta el año anterior ella era una figura pública que hablaba con mucha gente, la entrevistaban en la televisión y salía en las más importantes revistas de deportes. Por eso, no le dio importancia.

—    Mucho gusto —dijo entonces él estrechando su mano.

      No le brotaron espontáneamente las palabras para responder al saludo. Lo que sí le brotó inesperadamente fue un ligero rubor al sentirlo tan cerca.

—    Jerónimo es marino. Recién llega —explicó Damián, aunque la explicación era innecesaria, porque al presentarse con su uniforme era obvio que hacía poco rato que había desembarcado.

      Damián estaba entusiasmado de reencontrarse con su hermano mayor, y no disimulaba su alegría.

—     ¿Cuánto hace que no nos veíamos? ¿Un año?

—    Seis meses —acotó Jerónimo, con parquedad.

—    ¡Pues a mí me parecieron años! —exclamó el chico, sinceramente. Y agregó—: Vamos adentro a festejar. Ven, Cecilia vayamos a bailar un rato.

—    No…—alcanzó a decir ella.

—    Ven, movamos un rato el esqueleto —insistió.

—    Déjala —lo interrumpió Jerónimo con el rostro serio, y la miró a ella con expresión comprensiva—. Lo hará cuando esté lista. ¿Necesitas ayuda?

—    No gracias. Estoy bien.

      Cecilia se quedó ahí, desconcertada ante aquella aparición inesperada. Evidentemente, Damián no estaba al tanto de su pierna malograda; el elegante palazzo negro la ocultaba convenientemente. Pero Jerónimo sin dudas lo sabía.

      La boda había estado muy animada, no obstante ella se había retirado antes de que finalizara. Los tortolitos se habían marchado de la fiesta directamente a un viaje de luna de miel, así que en la casa ella iba a estar sola por más de un mes. Era una casa muy grande, con dos pisos y muchas habitaciones. La había adquirido en su momento de auge con la ilusión de formar en un futuro una gran familia. Pero las circunstancias de la vida habían truncado sus aspiraciones personales, y por el momento vivía con su madre. Dado que ahora dependía de un bastón, para facilitar su movilidad su habitación había sido trasladada a la planta baja, cerca de la cocina.

      Se había levantado relativamente temprano para lo que podía esperarse después de haber participado de aquella magna celebración, y estaba junto a la mesada de la cocina esperando a que terminara de llenarse la jarra en la máquina de café. Repasando lo vivido el día anterior, vino a su mente la imagen de sus dos nuevos hermanos. Damián era un chico alegre y divertido, y posiblemente fuera a pasarlo muy bien con él. Pero cuando pensó en Jerónimo, intuyó que su vida podía llegar a complicarse: Jerónimo era un hombre demasiado atractivo.

      En eso, escuchó un ruido fuera de la cocina que la sobresaltó. Se suponía que estaba sola porque su madre había dado el día libre a la cocinera y a la mucama, pero supuso que alguna de ellas podía haber vuelto por algún motivo. Así que se quedó sentada tranquilamente. Pero al minuto, la puerta de la cocina se abrió y alguien entró. ¡Era Jerónimo!

—    Buen día —saludó con amabilidad—. Espero no haberte asustado. Anoche te fuiste muy rápido y no hubo tiempo a avisarte que me iba a quedar aquí.

—    Ah —respondió ella, recuperándose de su asombro.

      Eso no impidió que lo observara con más detalle que el día anterior. Ahora, relajado, despeinado y sin su uniforme se veía más apuesto aun. Tenía un físico trabajado y traía puesta una camiseta de color negro que, además de dejar al descubierto sus bíceps, hacía resaltar sus ojos aún más negros que ésta.

—    Mi padre me convenció de que no fuera a un hotel, ya que la casa es bastante grande y de paso podía hacerte compañía —le aclaró él, mientras se servía un café—. Pero si te incomoda puedo irme.

—    No, no. Está bien —se apuró a precisarle, para no parecer antipática—. Fue solo la primera impresión. Por mí no hay problema. Como tú dices, la casa es bastante grande. ¿Damián también se quedó acá?

—    No —respondió él, terminando de beber apresuradamente su taza—. Damián después de la fiesta volvió a casa porque está en período de exámenes. Posiblemente no lo veas por una larga temporada, aunque para las vacaciones seguramente se venga a instalar aquí. Yo estoy ubicado en una de las habitaciones del piso de arriba. Creo que era la que antes usabas tú.

      De pronto se interrumpió, suponiendo que había dicho algo que podía  entristecerla.

—    Disculpa, no quisiera que te apenaras. Ahora voy a aprontarme para salir. ¿Necesitas que te ayude con algo?

—    No, gracias. Puedo sola.

—    Muy bien. Entonces más tarde nos vemos —le dijo justo antes de salir trotando hacia la calle.

      Él no había mirado con insistencia su pierna como acostumbraban hacer quienes recién la conocían, ni le  había preguntado cómo se la había lesionado. Tampoco había insistido cargosamente en ayudarla como hacía en general la gente sin darse cuenta de que marcaban de ese modo su inferioridad. Eso también le gustó de él.

      En efecto, antes del accidente aquella era su habitación. La había elegido  porque tenía un balcón, y cuando tenía sus puertas abiertas le gustaba contemplar las cortinas blancas de voile que volaban con la brisa. Ahora, sin embargo, estaba confinada a esa habitación de la planta baja que no tenía aquel encanto, aunque que en su lugar disponía de unas hermosas puertas francesas por las cuales en sus momentos de angustia salía  directamente al jardín.

      Al mediodía supuso que Jerónimo iba a regresar para almorzar, sin embargo no vino. Pensó que habría sido buena idea intercambiar sus números de móvil para que en lo sucesivo pudieran comunicarse, pero se lo propondría  luego. A la tarde se inquietó. Se preguntó si él volvería.

      Era entrada la noche y ella ya estaba acostada cuando lo escuchó entrar. Oyó con atención que él subía las escaleras y a continuación cerraba despacio la puerta de su habitación.

      A la mañana siguiente, cuando Cecilia fue a desayunar se encontró con la cocinera que había vuelto de su día libre y estaba preparando la comida.

—    Buen día, Cecilia —le dijo atenta como siempre—. ¿Va a desayunar?

—    Si, gracias. Tal vez seamos dos —anunció, esperanzada.

      La mujer no preguntó nada y se limitó a dejar sobre la mesada todo dispuesto.

      Cecilia ya  había terminado de tomar su café cuando Jerónimo apareció. Se notaba claramente que había estado de juerga.

—    ¿Anoche me escuchaste llegar? —le preguntó con naturalidad.

—    No, para nada —mintió ella, pensando que debería corregirlo ya que no había vuelto de noche sino de madrugada.

—    Es que salí con unos amigos que hacía tiempo no veía, y el tiempo voló.

      A ella no le interesaba dónde o con quién había estado, por eso no le quiso seguir la conversación. Simplemente terminó su desayuno y se retiró. Pero cuando se estaba yendo, el móvil de él sonó. Entonces disimuladamente aminoró la marcha para poner atención.

—    No, hoy no creo que nos veamos —escuchó que él mencionaba bajando la voz—. Claro que la pasamos muy bien. Otro día te llamo.

      Al oír esto, Cecilia apuró el paso. Sin quererlo, se sentía disgustada. Era obvio que él había estado con una mujer, sin embargo a ella eso no tenía por qué importarle. Jerónimo era ya bastante mayorcito como para hacer con su vida lo que se le antojara. Lo que sí le importó fue darse cuenta de que lo que él hiciera con su vida, a ella podría estar comenzando a afectarla.

      Por eso se propuso empezar a evitarlo. Cuando lo tenía cerca, se alejaba rápidamente. Si él le telefoneaba, demoraba más de lo necesario en responder. Se daba cuenta de que su actitud era demasiado obvia y él podía interpretar que ella estaba a disgusto con él, y eso le molestaba porque no quería que su padrastro fuera a sentirse apenado. ¡Pero qué otra cosa podía hacer! Jerónimo, por su parte iba y venía a cualquier hora, y a pesar de que Cecilia era una chica llamativa, él aparentemente no parecía reparar en que ella viviera allí. Para él, parecía que no existiera.

      Jerónimo era oficial en la tripulación en un barco. Pasaba embarcado durante varios meses y luego descansaba en tierra por uno o dos. Es decir, su vida transcurría desembarazada de lazos afectivos que, obviamente con esa rutina de trabajo, le eran complicados de mantener. Por eso, el tiempo que pasaba en tierra lo ocupaba en ir de juerga y pasarla bien.

      Cecilia notaba que en la casa él se comportaba amablemente con ella pero siempre manteniendo distancia. Su pose indiferente parecía estudiada, porque  en alguna ocasión lo había descubierto mirándola como fascinado, y él había cambiado súbitamente de actitud. Si lo que él pretendía era que ella no se apegara a él, el efecto estaba siendo diametralmente opuesto. Cuanto más se alejaba, más fuertemente la atraía. A Cecilia le atraía como hombre, pero había algo más que despertaba en ella una ternura especial hacia él; a veces lo percibía triste, como si se empeñara en huir de algo que lo hacía sufrir.

      Al pasar los días, la convivencia entre Cecilia y Jerónimo se agravaba cada vez más. Era incomprensible que él no hiciera nada por facilitar su comunicación. No propiciaba el acercamiento, ni siquiera en virtud de la reciente fusión familiar. En lo sucesivo, seguramente iban a tener que frecuentarse, pero siendo desaprensivo y mujeriego ella nunca iba a aceptarlo. Viendo que no iba a ser posible que se entendieran, Cecilia se preguntaba cuándo ese hombre por fin se iría y ella recobraría su paz. Aunque en realidad, lo que se preguntaba era hasta cuándo iba a ser posible seguir  teniéndolo cerca.

      Una mañana, Cecilia estaba desayunando cuando él bajó. Como siempre, venía demacrado evidenciando haber pasado una noche fatal. Al verla la saludó afectuosamente como acostumbraba —porque su forma de ser le impedía  hacerlo de otro modo—, pero esta vez ella, después de mirarlo fríamente y sin decirle una palabra, se dio media vuelta y se fue, dejando su desayuno sin terminar. Él permaneció en silencio, observándola irse. A pesar de llevar una vida superficial en apariencia, Jerónimo era un hombre responsable y de gran sensibilidad. Y la actitud de Cecilia no le era para nada indiferente. Así que, suponiendo que era el momento justo para aclarar ciertas cosas, fue de inmediato tras ella y la detuvo en mitad del corredor.

—    ¿Qué te pasa?—le dijo con genuina preocupación—. ¿Estás molesta conmigo? Por favor, dime en qué te he molestado.

—    ¿Por qué habría de estarlo? —respondió ella, haciéndole frente.

—    Me disculpo si con algo te he hecho sentir incómoda —continuó diciendo él mientras se daba tiempo a tantear la situación. Habría preferido no decirlo, pero le salió—: No te preocupes, porque en pocos días me iré y ya no tendrás que soportarme.

      Ella lo miró duramente a los ojos como para arrojarle un sermón, pero se encontró con la cálida mirada de él, que la desarmó. Se hizo un largo silencio.

—    Tengo que irme —dijo ella, para salir de la situación.

      Se afirmó en su bastón y se dispuso a huir de aquel lugar. Pero Jerónimo, que se había quedado por un momento dubitativo, la tomó por el brazo y la inmovilizó.

—    Dime qué te pasa —le dijo casi al oído.

      Cecilia comenzó a temblar. Había deseado mil veces que él la tocara, pero ahora su proximidad la agobiaba. Su voz y el contacto con su cuerpo eran abrumadores y tuvo que armarse de fuerza para resistir. No quería  mirarlo porque si lo hacía él iba a darse cuenta de todo.

—    Nada. No me pasa nada —afirmó con énfasis, sacudiendo su brazo para desprenderse de él y enfiló hacia su habitación encerrándose en esta  lo más rápido que sus piernas le permitieron.

      Ya era de madrugada y no podía dormir. Acostada en su cama miraba el techo viendo  pasar las horas mientras la casa permanecía en el más absoluto silencio. Seguramente Jerónimo, como hombre experimentado ya había adivinado sus sentimientos, y eso la avergonzaba.  

      No lo había escuchado ni irse ni llegar, por lo que suponía que aún estaba en la casa. De improviso, la puerta de su habitación se abrió. Era él. Entró sin pedir permiso, cerrando la puerta tras de sí. Se miraron, pero ninguno de los dos habló. Ella lo miraba anhelante y él se acercaba con resolución. Entonces, de pronto Cecilia sintió miedo.

—    ¿Qué haces acá? —exclamó.

—    Hace un rato te pregunté algo y no me respondiste—dijo él con voz calma y segura—. Necesito que me lo digas.

—    No es cierto —dijo ella, sabiendo bien que si se lo decía quedaría patéticamente expuesta ante él.

—    Necesito saber si te pasa algo conmigo —insistió Jerónimo.

      A Cecilia le impresionó su insistencia. Él se mostraba demasiado interesado en que ella le respondiera. Pero ella no podía confesar. Ella no podía competir con las mujeres que él tenía.

—    Te dije que no me pasa nada —recalcó, tratando de mantenerse firme.

      Pero él no le creyó. Se sentó al borde de su cama y Cecilia se estremeció. Pensó en correr hacia la puerta, pero no podía. No quería. Como con ningún hombre antes, deseaba vehementemente estar con él. Pero la sola idea de que él sintiera lástima por ella la apenaba.

—    Vete —dijo, sin fuerzas—. Vete, por favor. Te lo ruego.

—    No voy a irme —dijo él, con una entonación que ella desconocía—. No quiero irme. Y tú tampoco quieres que me vaya.

—    ¡Por favor! —clamó—. No me mires.

       Sin que ella opusiera resistencia, corrió la sábana bruscamente destapándola por completo. Cecilia se desmoronó. El motivo de su aflicción estaba ahí, a la vista de él sin que pudiera ocultarlo. Era injusto.

—    Jerónimo, si lo que querías saber es si me gustas, la respuesta es sí. Me he enamorado de ti. Ahora lo sabes. Pero por favor, no sigas avergonzándome.

      Pero él no la escuchó y comenzó a acariciar su pierna malograda. Su mano  resbalaba suavemente sobre ésta masajeándola y calmándola, y ella se dejó llevar. Sentía su calor penetrando a través de su piel,  desarmando todo su cuerpo. Cecilia cerró los ojos y por un instante le pareció que percibía  su pierna en su totalidad. Su tobillo y su pie mágicamente estaban ahí; él los estaba reviviendo. Una imponente bandada de mariposas invadió su vientre y deseó con todo su ser que él la hiciera suya.

      Sin embargo, él no lo hizo. Se puso de pie y la miró, demostrándole que se contenía.

—    ¿Mejor? —le dijo con apenas una sonrisa.

      Ella no pudo responderle. Solo asintió con un leve movimiento de su cabeza y él pareció haberse conformado porque se fue sin decirle nada más.  

      Le costó dormirse, y recién pudo cerrar los ojos cuando ya estaba por salir el sol. En sueños se daba vueltas en la cama, sin sosiego. La pesadilla de su accidente aparecía esta vez más patente que nunca, mostrándole los detalles de aquel escenario doloroso con pasmosa  nitidez. Se vio a sí misma aquel día pilotando aquella potente máquina, con la seguridad de siempre. Iba a ganar. Pero al final de la recta, cuando iba a tomar la curva pronunciada un destello al costado de la pista la hizo distraer, y recién ahora acudía a su memoria: fue la mirada de alguien que la observaba. En menos de una fracción de segundo, aquel brillo la encandiló y a continuación perdió fatalmente el dominio de sí misma.

      Se levantó pasado el mediodía. Estaba sudada y nerviosa, por lo que se quedó durante un  largo rato sentada bajo la ducha, dejando que el agua tibia cayera sobre su cuerpo, aplacándolo. Esperaba encontrarse con él en el comedor. Pero él no estaba. Le preguntó a la mucama y esta le respondió que se había ido y le había dicho que no sabía si ese día iba a volver. Entonces Cecilia se desesperó.

      Pero a la noche, él finalmente vino. Ella estaba en la sala, sentada en el enorme sofá delante del televisor encendido, aunque sin prestar atención.

—    ¿Me estabas esperando? —preguntó él cuando la vio.

—    Sí, así es —dijo ella, mostrándose calmada, aunque su interior bullía de ansiedad—. Ahora soy yo quien necesita preguntarte algo.

      Jerónimo se acomodó a su lado en el sofá, presintiendo que la conversación podía ser larga y penosa.

—    Jerónimo: ¿cuánto hace que me conoces?

      En ese momento no se esperaba esa pregunta. En realidad sí, se la esperaba pero no creía que ella fuera a hacérsela. Porque ella no sabía.

—    ¿Por qué quieres saberlo?—le dijo, con cautela.

—    Por nada. Solo dímelo.

—    Desde el otro día —mintió—. Nos presentó Damián. ¿Acaso no lo recuerdas?

      Cecilia escuchó su respuesta, pero no se convenció. Se hablaban mirando los dos hacia la pantalla del televisor, como si fingieran interés en la tonta película para no tener que mirarse.

—    Por supuesto que lo recuerdo. Pero, ¿no nos vimos tiempo atrás?

      Entonces Jerónimo se animó a decirlo.

—    ¿Quieres decir… —y vaciló— como un año atrás?

      Instintivamente, ambos se miraron como si supieran la respuesta. Pero ella tuvo miedo de escucharla y no se animó a continuar.

—    No me hagas caso —dijo, dando por finalizada aquella bizarra conversación—. Es tarde. Me voy a dormir.

      Una hora después, Cecilia estaba en su habitación de pie frente a la ventana mirando pensativa hacia el jardín cuando oyó que la puerta se abría. Sabía que era él, pero igual no volteó.

—    Lo único que tienes que saber es que te amo —le dijo él, desde el umbral de la puerta—. Te amo desde hace mucho más que unos días. Antes,  tenía la ilusión de que llegaras a conocerme. Pero ahora no espero que me correspondas. Sé que no tengo derecho.

      Cecilia aguantó hasta que él se marchara, para romper a llorar. Era cierto. De todas las personas en el mundo, había sido Jerónimo el que aquel día había aparecido ante ella como una visión. A la distancia, sus profundos ojos negros la habían fascinado atrayendo fatalmente los suyos. Por él, estaba como estaba.

      El frescor de la mañana la despejó. Había dormido profundamente y se sentía con ánimos de volver a hablar con él. Pero otra vez, él se escapaba. Hasta la tarde lo esperó pero él no apareció. Aún faltaban unos días para que él volviera a embarcarse. Pero, ¿dónde se había metido?

      Ella había dejado de salir sola por la ciudad. Un poco porque su accidente la había acobardado y otro poco porque así evitaba las miradas indiscretas de la gente. No obstante, se decidió. Contra su voluntad había tenido que abandonar su pasión por el motociclismo, pero de ninguna manera iba a abandonar a su  auténtico amor. Él era su hombre. Tomó un taxi y le indicó que la llevara a un bar que conocía y que en su “otra vida” solía frecuentar.

      Caminaba con dificultad, pero esta vez entró sin importarle que la miraran y se acomodó en una mesa. Pidió un té y se dispuso a esperar. Pero no esperó mucho, porque enseguida vio que Jerónimo estaba en una mesa alejada. Se conmovió al verlo. Era la imagen de la desolación. Estaba solo y bebía sin mirar a su alrededor. Entonces se le acercó.

—    ¿Qué estás haciendo? —le dijo, preocupada.

—    Ya lo ves —le respondió él levantando el vaso como para brindar—. Me olvido de lo que pasó.

      La miraba con ojos vidriosos, y después de responderle bajó la cabeza porque las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas. Ella sintió deseos de abrazarlo, pero en cambio se quedó allí parada junto a él. Era su turno de tomar las riendas.

—    Jerónimo: estuve pensando mucho y necesito decirte lo que siento.

      Él continuó con la cabeza gacha, aunque la escuchaba con atención.

—    Jerónimo —volvió a repetir su nombre con amor—: tú no tienes la culpa de lo que pasó. Nadie la tiene. Solo fue culpa de la fatalidad. Durante mucho tiempo estuve angustiada preguntándome por cuál infortunado designio del destino me había pasado a mí, y le eché al mundo la culpa de mi desgracia. Pero estaba equivocada. Me di cuenta de que sigo siendo la misma persona que era y que debo seguir luchando por los mismos sueños.  Sin duda has sido tú quien ha cambiado mi vida. Pero no como te lo imaginas. Saber que tú estabas ahí me emociona, porque visto a la distancia parece un milagro. Pero no eres el causante de mi dolor sino de mi esperanza.

      Él levantó la vista y se la quedó mirando, abrumado.

—    ¿Tú me amas? —le preguntó ella, de pronto.

—    Desde la primera vez que te vi —dijo él con voz ronca—. Fue en  una carrera, dos años atrás. Te vi tan bonita y valiente en tu moto que supe que eras la mujer de mi vida. Después te seguí de lejos igual que un fan desahuciado, porque no había forma de que pudiera llegar a ti. Eras para mí solo una loca fantasía. Y aquel día cuando te vi rodar en la pista creí morir.

      Tragó saliva, tomando coraje para continuar.

—    Fue la vez que estuve más cerca. Te miraba desde detrás de las vallas, absolutamente extasiado, y por un instante creí que tú me mirabas y me ilusioné. Pero ahora quisiera que ese instante nunca hubiera sucedido. Después tuve que regresar inmediatamente al barco porque me había escapado para verte. Al tiempo, al bajar en otro puerto supe de tu operación y más tarde que te habías retirado de las competencias. Pasé los meses siguientes desesperado sin saber nada más de ti. Hasta que mi padre apareció un día como por arte de magia con aquel anuncio inesperado.

      Cecilia no pudo más. Le dijo simplemente:

—    Llévame a casa, por favor. No puedo sola.

      La casa estaba en silencio. Por las ventanas se filtraba la luz de una luna brillante que iluminaba toda la estancia. Él vacilaba, pero ella estaba segura.

—    Llévame a mi habitación —le pidió, decidida.

     Entonces él la levantó en sus brazos y comenzó a subir las escaleras.

—    ¿A dónde me llevas? —dijo ella de pronto, porque su habitación quedaba al lado de la cocina.

—    A tu habitación. Es decir, a la mía, de la que nunca deberás volver a salir.     

      A la mañana, Cecilia se despertó temprano. Mientras se vestía, observaba embelesada la espalda desnuda de Jerónimo que aún dormía boca abajo en su cama. Había sido por fin la noche esperada por ambos, y no habían sido necesarias las palabras para comunicarse su amor.

      Bajó despacio, asiéndose con firmeza de ambos pasamanos y cuando estaba llegando al último escalón, la puerta de entrada de la casa inesperadamente se abrió. Eran su madre y su padrastro que llegaban de su luna de miel, con gran algarabía. Levantó rápidamente el bastón que había quedado tirado al pie de la escalera y se quedó allí parada, esperando que los viajeros, que parecían dos chicos  alborotados, no se percatasen de dónde venía. Al verla, la abrazaron efusivamente, riendo ruidosamente. A todo esto, Cecilia vio alarmada que Jerónimo —que con tanto bochinche se había despertado— venía bajando con cara de absoluta felicidad. Ambos se miraron con complicidad, y siguieron la corriente a sus respectivos padres.

      Cuando más tarde la novel pareja se retiró a sus aposentos, Cecilia y Jerónimo se quedaron solos. Ella había visto que antes de retirarse, el padre de Jerónimo le hacía una guiñada. Entonces, no pudo sino preguntarle:

—    ¿Acaso hiciste que tu padre se casara con mi madre para poder estar cerca de mí?

—    ¡No! —exclamó él, riéndose—. ¿Cómo podría? Ellos solitos se enamoraron, para mi felicidad.

      Cecilia no pudo menos que sonreír. Era comprensible que su madre se hubiera enamorado de aquel hombre, del cual había surgido este hombre magnífico del que ella se había enamorado perdidamente, a su vez.