Casi hermanas

Nora Sisto


       Dania no quería despertar, pero un insistente rayo de sol caía justo sobre sus párpados, por lo que no tuvo más remedio que abrirlos un poco. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan maravillosamente bien, y en ese preciso instante no habría podido decir por qué. Una amplia sonrisa brotó espontáneamente en sus labios, acompañando así a su cuerpo perezoso que no deseaba por el momento moverse de ese lugar.  Sin embargo, al observar las cortinas que la ventana abierta de par en par permitía volar a su antojo, se dio cuenta de que no estaba en su casa. Entonces, abrió los ojos muy grandes, y por precaución no se movió.

      Giró la cabeza para mirar a su alrededor. La cama era enorme, muy suave y mullida. Parecía una habitación de un lujoso departamento porque todo se veía  moderno y de gran calidad. Pero pronto se dio cuenta de que no estaba sola. A su lado se escuchaba la tranquila respiración de un hombre que dormía profundamente y que ella no quiso despertar. Se levantó lo más sigilosamente que pudo, esperando que sus movimientos no llegaran a ser notados por él. No se oían ruidos provenientes de la calle, y entonces recordó que era domingo. Sin embargo, no recordaba nada más. Apresuradamente recolectó su ropa y sus pertenencias, y abandonó de prisa el  lugar.

      Cuando estuvo fuera, suspiró aliviada. Se preguntaba quién sería ese hombre y por un instante se preocupó. Era obvio que no lo conocía, ni recordaba haberse liado con él el día anterior. Pero su apuro por irse no le había impedido observarlo muy bien. Tendido boca abajo y enredado en aquel edredón, parecía una estatua griega. Su espalda desnuda, tersa y fuerte, resaltaba entre aquellas sábanas blancas como cincelada por un maestro a la perfección. Aunque no había podido  ver su rostro por estar hundido casi por completo bajo la almohada, sí había podido  apreciar su larga melena de cabello negro que tapaba casi por completo su  cuello. Y hubo algo que le llamó poderosamente la atención. En su omóplato derecho podía verse el tatuaje de una extraña figura en forma de cruz, en medio de la cual se divisaba claramente la cara de un león.    

      Ya en la calle, rectificó su error. No había estado en un departamento sino en un hotel muy distinguido, en una también distinguida zona de la ciudad, en el que estaba segura de no haber estado nunca antes. Por eso su presencia allí la inquietó. Sin embargo, se sentía en las nubes.

      El frío de la mañana la hizo tiritar porque no llevaba ropa apropiada, pero el solo suponer lo que había vivido durante esa noche le produjo un escalofrío que la hizo temblar hasta los pies. Sabía que había salido con sus colegas del estudio a festejar la instalación de su nueva oficina. Recordaba vagamente  que habían bebido sin control y que después de dada por finalizada la velada se habían dispersado cada uno por su lado, aunque no tenía idea de cómo ella había terminado con ese hombre en aquel lugar. No obstante, por encima de todo eso, de una cosa estaba bien segura porque su cuerpo no la engañaba: quienquiera que fuera ese hombre, había pasado junto a él una noche excepcional.

      Dania tenía veintitrés años y vivía sola en un pequeño departamento del centro de la ciudad, a pocas cuadras de su nueva oficina. Cada mañana disfrutaba de ir caminando sin apuro a trabajar, observando el movimiento cotidiano de tiendas y bares que a esa hora abrían sus puertas y congregaban empleados de los negocios aledaños que desayunaban ahí apuradamente tomando un café. Se sorprendió suspirando profundamente. Ese día en especial un sol otoñal bañaba aquella calle peatonal dándole un romántico y desacostumbrado carisma. O así le pareció a ella.

      Su trabajo le encantaba. Era diseñadora profesional y por esos días estaba encargada de elaborar un logo distintivo para un cliente, propietario de un nuevo emprendimiento comercial. Como ella y sus socios estaban abocados a formar una cierta clientela, quería lucirse con su proyecto. Era un trabajo interesante porque abarcaba, además del logo, toda la comunicación visual para un supermercado que estaba próximo a abrir. Para eso se había reunido varias veces con el futuro gerente de la firma, quien le había trasmitido con bastante detalle la idea del cliente, pero aún no había podido concretar una propuesta satisfactoria para poderle presentar.

      Estaba sumida en un momento crítico de dicho trabajo cuando de buenas a primeras su computadora dejó de funcionar. Cuando se dio cuenta de que no había atinado a respaldar todo lo que había elaborado hasta ese momento se desesperó. Era obvio que estaba distraída.

      Esperando a que el servicio de reparación de la computadora se hiciera presente, salió a la terraza a respirar el aire fresco. Estuvo allí durante un buen rato, a pesar del frío, hurgando en su cabeza la raíz de su desacostumbrado estado de humor. Pero llegaba siempre a lo mismo: su inquietud se debía a su inédita experiencia con aquel hombre. No sabía quién era, y su pudor  impedía que preguntara sobre él a sus amigos o a los empleados del bar. Ni siquiera se le había ocurrido retener el número de la habitación en que había estado.

—    ¡Dania, entra! —le gritó uno de sus compañeros de trabajo, sacándola de sus pensamientos—. El técnico de la computadora necesita que le expliques qué fue lo que sucedió.

      Ella se lo temía. Era obvio que iban a llevarse el equipo para revisarlo en el  taller. Y ella nada podía objetar. Así que tomó el recibo que el empleado le extendió y anotó en su agenda que debía llamar a los dos días para que le pasaran  un presupuesto.

      Ya que aparentemente durante ese lapso su tarea iba a estar demorada y que se la notaba un tanto fuera de sí, sus socios convinieron en que iba a ser saludable que ella al igual que su computadora se tomara un tiempo libre para reiniciar luego su funcionamiento normal. Hacía dos años que no iba a su pueblo natal a visitar a su abuela Mabel, la madre de su madre. Ese podía ser el lugar especial para relajarse y olvidarse de todo, así que sin pensarlo dos veces se subió a un bus y se fue para allá. No sabía que no iba a poder olvidarse de nada.

      Como sucede en casi todo pueblo chico, este no había cambiado en absoluto  y eso era bueno porque allí se respiraba paz. Sin embargo, no bien llegó a la casa de su abuela, su móvil sonó. Era del taller, para avisarle que la reparación de su computadora iba a demorarse por lo menos una semana. La noticia la contrarió, pero no tanto porque su trabajo fuera a verse demorado sino porque esos días lejos de la ciudad serían días perdidos si era que quería volver a encontrarse con aquel hombre-león.   

      Lo primero que su abuela le ordenó fue ir al supermercado a buscar provisiones para reforzar el consumo de los próximos días. Mientras aguardaba pacientemente en la cola de la caja a que al fin llegara su momento para pagar, le llamó la atención que el cajero fuera un muchacho en lugar de una chica, cosa poco común. Sonrió para sus adentros, porque iba a atenderla un muchacho muy buenmozo. Pero su novelería súbitamente se esfumó porque cuando estaba llegando su turno, imprevistamente apareció una chica que tomó su lugar.

—    Gracias por cubrirme —escuchó que ésta le decía al muchacho mientras se acomodaba en su sitio.

      Y cuando él se alejaba, la cajera le gritó: 

—    ¿Vas a ir mañana al festival?

—    Tal vez —alcanzó a escuchar que el muchacho le respondía.

      Dania había vivido toda su infancia y adolescencia en ese pueblo, pero ahora hacía tiempo que se había mudado a la capital, por eso las personas con las que se cruzaba le eran totalmente  desconocidas. Se había olvidado incluso de que allí se organizaban con frecuencia festivales de música y gastronomía, a los que ella junto con sus padres y sus amigos solía asistir. Se dijo que ese podía ser un buen lugar para conocer gente nueva, pero enseguida lo descartó. Ella no estaba para esas cosas.

      Pero al tercer día de estar allí, ya se sentía aburrida. Así que tomó la bicicleta de su abuela y salió a pasear. Las personas eran otras, aunque el paisaje era el mismo. Avanzó sin rumbo fijo, respirando aquel aire cuyo olor volvía a hacérsele familiar, hasta que al llegar a una esquina atrajo su atención una casa. Con el paso del tiempo se había olvidado de ella, pero ahora al verla sentía la misma atracción que cuando en su infancia, al salir del colegio pasaba por ahí.

      Era una casa fabulosa. Sobre esa calle se veía de una sola planta, pero como la calle lateral tenía un pronunciado desnivel, había por el fondo dos niveles más, cuyas habitaciones con enormes ventanales enfrentaban un enorme patio cercado por un alto muro, más allá del cual podía adivinarse fácilmente una piscina. Lo que siempre le había fascinado era la gran explanada frente a la entrada principal, en la cual su mente infantil acostumbraba imaginar hombres de esmoquin y mujeres con largos y vaporosos trajes de noche bajando de sus limusinas. No sabía quiénes habían sido sus dueños o quiénes lo eran en la actualidad, pero se alegró de verla tan bien conservada.

—    Hoy pasé por aquella casa que tanto me gustaba —le comentó a su abuela, no bien regresó—. ¿Te acuerdas?

—    Por supuesto que me acuerdo —respondió su abuela, curiosamente emocionada—. Era la casa de Selva, mi mejor amiga. Tú por supuesto no la conociste porque mucho antes de que nacieras se marchó del pueblo y no volvió nunca más. Éramos como hermanas. Para cada una, la otra era la hermana que siempre habría deseado tener. Pero las circunstancias de la vida nos separaron.

—    ¿Se marchó con su familia?

—    No. Es una historia muy triste. Era la única hija de una familia adinerada y aparentemente feliz, pero una desgracia acabó con ella. A los diecisiete años mi amiga quedó embarazada y el padre de la criatura no se hizo cargo de su responsabilidad. Entonces su padre la echó de la casa porque en aquella época eso era una afrenta muy grande para la familia. ¡Figúrate qué desatino!

—    ¿Y sus padres nunca la volvieron a ver?

—    Lamentablemente nunca regresó. Su padre era muy severo. Falleció poco tiempo después y su madre, que continuó viviendo sola en esa casa hasta hace unos diez  años, también falleció sin volver a verla. La casa estuvo abandonada durante todo ese tiempo, pero ahora por suerte alguien la ha comenzado a refaccionar.

—    ¿Sabes quién es el nuevo dueño?

—    Me dijeron que es alguien nuevo en el pueblo, que por el momento vive solo. Yo estoy muy feliz, porque la casa está quedando tan bonita como lo era en su momento de esplendor.

       A Dania no le interesaba demasiado ir al festival, pero como no tenía otro entretenimiento, igual fue. Se trataba de una matiné, y como es común en eventos pueblerinos, había gente de todas las edades. Al llegar, en seguida la hicieron sentir como en su casa. Varias chicas la rodearon, interrogándola sobre su procedencia y sobre el porqué de su presencia allá. Igual que si fueran   adolescentes, al momento intercambiaron números de móvil suponiendo el comienzo de una nueva amistad. Dania se sentía cómoda y no vaciló en decirles todo lo que ellas deseaban saber. Las chicas buscaban chicos con quienes divertirse, y como es lógico comentaban vida y obra de cada uno de los que aparecían en el lugar.

      Todo parecía divertido, hasta que en determinado momento su diversión se nubló. Ahí estaba aquel mismo muchacho que había visto el día anterior en el supermercado y sin quererlo su vista se posó en él. En ese nuevo contexto era más fácil advertir lo apuesto que era. Ella no tenía novio. No era que no le interesara, sino que no había encontrado hasta entonces ningún hombre que colmara por completo sus expectativas. Mejor dicho, sí lo había encontrado aquella noche alocada, aunque no sabía cómo volverlo a encontrar.

—    ¿Lo conoces? —le dijo una de las chicas al notar su interés.

—    No, no —se apresuró a responder Dania—. Es que creí haberlo visto ayer en el supermercado.

—    Sí, es posible —dijo otra de las chicas—. Es amigo del dueño.

—    Es nuevo en el pueblo. Se llama Cruz —intervino una tercera—. ¿No es divino?

      A Dania efectivamente le pareció que era divino, pero no iba a admitirlo delante de ellas. Era alto, buenmozo y parecía simpático, porque no bien entró no le costó entablar  conversación. Lamentó que no tuviera chance de ser su hombre-león, ya que a simple vista no se le parecía en nada. Lo más notorio para descartarlo fue que no tenía aquella larga cabellera enmarañada de la que ella se había aferrado aquella noche con tanta pasión. Éste llevaba su cabello demasiado corto.

      Llegó a su casa poco antes de la hora de la cena, con la impresión de haber huido cobardemente de aquel lugar. Es que la presencia de aquel hombre la había hecho sentir incómoda, a pesar de que ni siquiera se había acercado a hablar con ella. Pero de lejos la había mirado con insistencia.

      Había quedado intrigada, así que a la mañana, con la mente más despejada resolvió dar rienda suelta a su curiosidad. Aunque no era necesario, fue otra vez a aquel supermercado. Recorrió las góndolas varias veces, siempre mirando a su alrededor esperando que él apareciera. Pero aparentemente no estaba. Frustrada, para no salir con las manos vacías tomó un paquete de galletas y se dirigió a la caja para pagar. Justo cuando la chica le estaba dando el vuelto, de la nada él apareció y después de poner el paquete de galletas en una bolsita se lo entregó en sus manos. Ella lo tomó, nerviosa evitando mirarlo. Pero cuando pasó a su lado, él le susurró casi en secreto:

—    ¿Por qué te fuiste tan temprano?

      Salió lo más rápido que pudo,  sintiéndose como una tonta. Él se había dado cuenta de que ella se había interesado en él, pero ¿quién le había dado confianza para hacerle un comentario tan personal? Obviamente el comentario no era ofensivo, pero había sido perturbador. Porque más allá de sus palabras, la había desconcertado su voz. Sin saber por qué, aquella voz grave había vibrado dentro de ella como un diapasón, haciendo estremecer al unísono todas y cada una de las fibras de su cuerpo.

      Al día siguiente, Dania estaba de mal humor. Se sentía ansiosa, agobiada, contrariada por lo sucedido el día anterior. Era evidente que comenzaba a sentir cosas por Cruz y eso la preocupaba. Así que para despejarse volvió a salir en su bicicleta.

      Inconscientemente, su pedaleo la llevó nuevamente hasta aquella casa. No era una casa lujosa, sin embargo irradiaba aquella magia que la había seducido desde que era niña. Esta vez, al llegar vio que la puerta de entrada estaba abierta y al costado de ésta había un hombre agachado plantando unas flores. Entonces se detuvo al borde de la acera y le habló.  

—    ¡Buenos días! —saludó sin bajarse—. ¿Puedo hacerle una pregunta?

      Cuando el hombre se incorporó y se dio vuelta para responderle, Dania casi se cae de la bicicleta. Era Cruz.

—    ¿Cómo estás? —le dijo con extraña familiaridad al verla, acercándose mientras se quitaba tranquilamente los guantes de trabajo.

      Como ella se había quedado callada, él prosiguió:

—    Me gustó  verte el otro día en el supermercado y también en el festival, y ayer me sorprendió encontrarte nuevamente en el supermercado. Pero más me sorprende verte hoy aquí. ¿Qué te trae por acá?

      Él le hablaba con un tono íntimo, seguro de sí mismo, pero ella no tenía idea de qué decirle. Por eso desvarió.

—    Solo estaba paseando por el barrio —le dijo, tratando de guardar la compostura—. Me llamó la atención la casa, por eso me detuve. Pero ya me voy. No te sorprendas si volvemos a vernos, ya que voy a estar aquí unos días más.

      Cuando terminó de decir esto último se arrepintió, porque sonó como que le  daba a entender que estaba disponible. Sin embargo, él hizo caso omiso de la implicación y retomó la conversación inicial.

—    ¿Qué era lo que querías preguntarme?

—    Ah….sí —reaccionó, saliendo de su atontamiento—. Quería saber  a quién pertenece actualmente la casa. ¿Es tuya? Te pregunto porque desde que era niña me despierta curiosidad. Sé que tiene detrás una historia triste, pero me alegra que esté siendo reciclada.

—    Esta era la casa de mi abuela —dijo Cruz, con orgullo—. Ahora yo la estoy arreglando para mí.

      Y como ella se quedó pensativa, agregó:

—    Hace muchos años mi abuela vivía aquí con sus padres, y cuando tuvo a mi madre se fue a vivir a otro país. La casa es muy bonita y a ella siempre le gustó, pero le traía malos recuerdos. Por eso nunca quiso volver.

      Entonces se detuvo y la miró fijo.

—    Pero tú tal vez ya conoces la historia.

      A Dania no le costó trabajo deducir que Cruz era nieto de Selva, la amiga querida de su abuela. Pero no se lo quiso decir. Él se mostraba afectuoso y sincero, y ella de pronto se alarmó al notar cuánto le atraía. En ese momento sintió que su sensibilidad se apoderaba de ella y tuvo el impulso de besarlo con pasión. Pero se abstuvo y se limitó a mirarlo largamente, sin decir nada.  

—    Ha estado cerrada desde hace mucho tiempo —continuó diciéndole él, un poco para cortar el momento de tensión entre ambos—, por lo cual deduzco que nunca  has entrado. ¿Quieres pasar a conocerla?

—    No, gracias —le respondió, nerviosa—. Tal vez en otra oportunidad. Ahora me esperan para almorzar.

      A la noche, encerrada en su habitación seguía pensando en aquella insólita situación y no sabía qué hacer. Cruz comenzaba a gustarle mucho. Al estar junto a él se avivaban intensamente sus sentidos y hasta pensó que conocerlo podía ser un designio del destino. Pero ceder ante el deseo de estar con él significaba poner fin a la búsqueda de aquel hombre-león misterioso con el que tanto soñaba.

      El timbre de su móvil la sacó de su ensimismamiento.

—    Hola —atendió, con voz agitada.

—    Soy yo.

      Con apenas dos palabras, la profundidad de aquella voz nuevamente la estremeció y no pudo decir una palabra.

—    Ven.

      Él la convocaba y ella deseaba fervientemente ir hacia él, pero algo la detenía.

—    No sé dónde estás.

—    Sal. Vas a saberlo inmediatamente.

      Cuando Dania salió a la puerta, lo vio. Estaba en su coche, estacionado de punta frente a la entrada. La miraba a través del parabrisas y sus ojos parecían relumbrar en la oscuridad. Pero ella no pudo moverse y se quedó parada ahí, conteniendo a duras penas el impulso de correr hacia él. Ella no deseaba un hombre para una noche fugaz. Ella deseaba al hombre con el que iba a compartir todas las noches y todos los días de su vida. Entonces tuvo miedo.

      En ese cabildeo estaba cuando escuchó que de adentro de la casa su abuela la llamaba a viva voz.

—    Dania: ¿qué estás haciendo ahí afuera con este frío? Entra, que la cena está servida.

      Entonces él encendió el coche y dio marcha atrás, yéndose rápidamente.

      Ella había ido a ese pueblo con la intención de aclarar sus ideas, pero éstas se le habían entreverado muchísimo más. Si se quedaba ahí corría peligro de tomar una decisión equivocada, así que al día siguiente decidió volver de inmediato a su casa en la ciudad. Allá retomaría su búsqueda.

      Afortunadamente, su computadora había vuelto a su  oficina y eso le permitió  de alguna manera recuperar su ritmo normal. Al concentrarse en aquel logo, por lo menos ocupaba su mente en algo que no la mortificaba. Pero advertía que, curiosamente ya no estaba inquieta ni preocupada; por el contrario, su breve contacto con Cruz parecía haberla vitalizado y ahora se sentía segura y con fuerza renovada para trabajar. Sin embargo, su materia pendiente la seguía acuciando.

      Cuando el logo estuvo terminado, el equipo del estudio concertó una reunión con el cliente para hacer su presentación. Estaba todo dispuesto en la sala de reuniones: la mesa, los sillones, las botellitas de agua, los snacks y la pantalla de proyección. Ella y sus socios estaban además allí apostados, esperando a que llegaran los interesados. Dania estaba expectante porque era su primer trabajo importante y esperaba que todo saliera a la perfección.

      El primero en aparecer fue el futuro gerente del supermercado —al cual ella ya conocía— y detrás de él entraron los propietarios: dos hombres y una mujer. Cuando Dania los vio, quedó estupefacta. ¡Uno de esos hombres era Cruz!

      Dania había quedado encargada de hacer la disertación porque se trataba de su obra, pero en todo momento evitó mirar a Cruz. No obstante, la presentación fue un éxito y los clientes manifestaron su aprobación. Sin embargo, Dania recién se sintió aliviada cuando todos se retiraron.

      Cuando calculó que ya se habían ido, salió de la oficina y fue directamente hacia el ascensor. Pero para su desgracia, allí estaba Cruz que se había quedado frente a la puerta del mismo hablando por su móvil. Parecía concentrado en la conversación, y ella al acercarse no pudo evitar escuchar lo que decía.

—    Sí. Te prometo que en cuanto pueda voy a verte.

—    ……….

—    Sí, ahora mismo estoy en la oficina del diseñador. Me gustó. Me gustó mucho.

—    ……….

—    Mi amor, ahora estoy ocupado. Más tarde te llamo y te cuento. ¿Ok?

—    ……….

—    Yo también te quiero.

      Al ver que Dania estaba ahí parada, guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta y apretó el botón del ascensor.

      Como el estudio quedaba en el último piso y era la hora de salida de los empleados, en cada parada el ascensor se fue atiborrando de gente hasta que ellos dos quedaron recostados, hombro con hombro sobre la parte posterior. Dania sentía a Cruz muy cerca de ella, pero no se animaba a mirarlo ni a hablar con él. De improviso, él tomó su mano y la mantuvo apretada firmemente durante el trayecto restante. Por unos segundos, Dania alucinó con aquella mano cálida, pero no se podía ilusionar. Acababa de ser testigo de una conversación amorosa de él con otra persona, lo que ahora sí le daba argumentos sólidos para alejarse de él. Entonces reaccionó  de su letargo y al abrirse la puerta retiró bruscamente su mano y se alejó lo más rápido que sus altos tacones se lo permitieron, sin mirar atrás.

      Sabía que conocer a Cruz iba a traerle problemas, por eso los días siguientes pensó que lo mejor sería desligarse profesionalmente de él. Afortunadamente cualquiera de sus socios podía continuar haciéndose cargo de aquel trabajo, por lo que no iba a estar obligada a tratar con él. Sin embargo, sentía que no podía mantenerse alejada. Por más que le pesara, su hombre-león estaba pasando a un segundo plano transformándose poco a poco en una utopía, mientras que Cruz avanzaba firmemente convirtiéndose en su realidad. Entonces decidió volver al pueblo a buscarlo.

      Cuando su abuela la vio llegar sin previo aviso, se sorprendió. Pero más se sorprendió Dania al ver que ésta la recibía radiante de alegría. No quiso perder tiempo explicándole el porqué de su súbita visita, y subiéndose a su bicicleta se fue inmediatamente a la casa de Cruz.

      Al llegar, él estaba afuera lavando su coche. Con su torso desnudo y mojado era más notoria su musculatura espectacular. Parecía estar calmo y absorto en lo que estaba haciendo, pero al verla, su rostro de golpe se endureció.

—    ¿Qué haces aquí? —le dijo, en tono hostil.

—    Vine a disculparme por lo del otro día —respondió ella, manteniendo distancia.

—    ¿Por lo del ascensor, por haberme dejado plantado la otra noche en la puerta de tu casa o por no darme la chance de hablar?

—    Por todo —respondió ella, al mismo tiempo que iba acercándose hacia él.

—    Me gustaría saber a qué se debió todo eso —dijo él sin soltar la manguera—, aunque por supuesto eres libre para hacer lo que quieras. La culpa es mía por asumir que entre nosotros podía estaba pasando algo serio.

—    Lo siento —dijo con visible pesar—. Es que estaba confundida. Me había aferrado a un capricho que no tenía razón de ser.

—    ¿Y ahora estás segura?

—    Sí —afirmó—, absolutamente.

      Cruz la miró por unos segundos con una expresión ambigua que ella no pudo descifrar si era de desconfianza o de felicidad. Mientras hablaban, él notó que de la manguera continuaba saliendo un chorro de agua, así que se dio vuelta y fue a cerrar el grifo. Entonces Dania palideció. En su espalda podía verse claramente la figura de aquel león por el que tanto se había desvelado.

—    ¿Qué pasa? —le dijo, extrañado al ver su desconcierto—. ¿Acaso viste un fantasma?

—    Sí. Es decir,….no —respondió ella, sin salir de su asombro—. Acabo de ver un león. Cruz: nunca me habría imaginado…. que eras tú…. Quiero decir….que tú…. Bueno, yo me entiendo.

—    ¿Me estás diciendo que no sabías quién era?

—    Debo ser tonta, porque no me había dado cuenta.

      Dania se sonrojó. Era excitante que ambos aludieran a aquella noche que habían pasado juntos pero temió que él fuera a entrever cuánto ella moría por repetirla.      

—    ¿Y ahora qué piensas? ¿Te sientes más tranquila?

—    Sí —exclamó, aflojándose—. Pero ¿por qué no me lo dijiste antes? Estuve todo este tiempo como loca. Por un lado necesitaba imperiosamente encontrarte y no quería enamorarme de ti porque no eras tú a quien yo quería encontrar. ¿Entiendes mi confusión?

—    Me daba cuenta de que algo te pasaba, pero no sabía qué. Tal vez si hubieras venido conmigo la otra noche cuando te llamé se te habrían acabado tus dudas y te habrías ahorrado estos días de malestar. Sin embargo ahora eres tú quien me deja a mí más tranquilo; al principio creí que jugabas conmigo pero después comencé a pensar que me rechazabas por algo que hubiera hecho mal.

      Y riéndose, agregó:

—    De todos modos, en el fondo me halaga y a la vez me hace mucha gracia que tus dudas fueran entre mantenerte fiel a mí o  traicionarme conmigo mismo. ¿En serio no me habías reconocido?

      Ahora sí lo recordaba claramente. Recordaba su voz susurrándole al oído, su cuerpo ardiente y sus brazos de una ternura infinita unida a aquella fuerza descomunal.

—    ¿Por qué te cortaste el cabello? Me gustaba mucho tu melena.

—    Es por mi nuevo trabajo. Soy el dueño del supermercado y tengo que mostrarme como alguien más formal. Pero dime: ¿acaso lo único que recordabas de mí era mi cabello?

—    No —dijo ella, acompañando su rotunda afirmación con un repetido gesto de su cabeza.

—    ¿Tampoco recuerdas cómo nos conocimos? —insistió Cruz—. Aquella noche, mientras tú y tus amigos bebían desaforadamente yo los observaba desde la barra del bar. Sabía quiénes eran porque había hablado con alguno de ellos en el estudio. Por eso me dio curiosidad. Pero a ti no te conocía. Me gustaste en cuanto te vi. Y fue una sorpresa cuando aceptaste venir conmigo al hotel.

—    Digamos que te aprovechaste de mi borrachera.

—    Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero así fue. Me gustabas mucho y no quise desperdiciar la oportunidad. ¿Hice mal?

      Dania no quiso responderle. Él ya sabía la respuesta.

—    Vamos adentro —le dijo pasando el brazo por encima de sus hombros—. Creo que tenemos mucho de qué hablar.

 

……………………………

 

      A cientos de kilómetros de distancia, dos computadoras se encendieron simultáneamente.

—    ¡Hola!

—    Hola, Selva, soy yo.

—    Sí, Mabel, ya me di cuenta. Te estoy viendo.

—    Es que no me acostumbro. Este invento de la videollamada es realmente fenomenal. ¿Te acuerdas cuando nos enviábamos cartas que llegaban a los diez o quince días?

—    Es cierto —respondió Selva, riéndose—. Pero dime, ¿qué novedades tienes de los chicos? ¿Hubo algún avance al fin?

—    Tengo la primicia absoluta: Dania acaba de pasar la noche con tu nieto.

—    ¿Otra vez se emborrachó?

—    ¡No, Selva! Ahora fue con total conciencia.

—    ¿Entonces podemos estar seguras de que todo va a funcionar?

—    Eso espero —exclamó Mabel, suspirando—. No creo que pudiéramos   esperar a la tercera generación.

—    Tienes razón. Pero dime: ¿podemos estar seguras de que va a salir todo bien? Ya me están comenzando a dar palpitaciones.

—    ¡Por Dios, Selva, no vayas a enfermarte justo ahora! Quédate tranquila.  Es la primera vez que se entienden tan bien.

—    No, Mabel; es la segunda.

—    Sí. Pero la primera no cuenta. No se conocían.

—    No se conocían de antes. Porque después de haber estado con mi nieto —que es una preciosura de hombre— tu nieta debe haberlo conocido muy bien y debe haberse dado cuenta de que ella era para él.

—    Ah, ¿sí? No todo es mérito de tu nieto. Dania también tiene lo suyo. Es bonita y muy inteligente. Cruz debe haberse enamorado de ella no bien la vio.

—    Ay, amiga. ¡Cuánto hemos tenido que esperar para que esto sucediera! ¡Vamos a ser familia al fin!

—    Es cierto. Pero la culpa es tuya —exclamó Mabel, riéndose—. Tú deberías haber tenido un hijo varón para que se casara con mi hija.

—    Bueno, admito que de primera no nos salió bien. Pero ahora sí que lo hicimos genial. ¿Vamos a revelarles alguna vez todo el trabajo que nos tomamos para juntarlos?

—    Quién sabe. El tiempo dirá. De todos modos, no creo que ahora les importe. Están perdidamente enamorados.

—    Cambiando de tema, Mabel: ¿Todavía tienes aquel abrigo de pieles que tanto me gustaba?

—    Sí, lo tengo. ¿Por qué?

—    Estaba pensando en pedírtelo prestado para la boda.

—    Pero Selva, ¡ya no se lleva!

—    ¿Entonces para qué lo conservas?

—    Tienes razón. Creo que es momento de hacer  una limpieza de placar. Por cierto, en esa tienda online que me recomendaste vi un vestido muy lindo  que me pienso comprar. Pero no vayas a copiármelo como la otra vez.

—    Mabel, ¡qué importa! ¡Te olvidas de que vivimos en distinto país!

—    Es cierto, querida amiga. Por cierto, estaba pensando: ¿te parece seguir  fingiendo que hace sesenta años que no sabemos nada una de la otra?

—    No lo sé. Tendríamos que esperar a ver si podemos seguir o no sacándole provecho.

—    Bueno, corto porque creo que mi nieta acaba de llegar. ¿Quedamos como siempre, mañana a la misma hora?

—    Sí, así es. Y prepárate para contármelo todo.