Concierto secreto

Nora Sisto

           Eran pasadas las seis de la tarde. Milena había finalizado hacía solo un rato su horario de trabajo, y ahora como todos los días se dirigía a su casa. Había pasado previamente por el mercadito de la otra cuadra a comprar algunas cosas para hacer la cena, por lo que cargaba con una bolsa repleta, entre fruta, leche y una botella de agua mineral, que le pesaba enormemente. Sin embargo, como todos los días no iba a tomar el ascensor.

          Vivía en el cuarto piso de un edificio de departamentos de cinco plantas, de estilo francés cuyos  amplios espacios de paredes decoradas con estuque lustroso  le imprimían un aspecto distinguido. El ascensor era bastante antiguo. Subía y bajaba dentro de una estructura rectangular de paredes entramadas de hierro negro que, como en las películas parecía realmente misterioso. La escalera,  por  la que ahora iba subiendo, iba rodeándolo piso a piso como una formidable serpiente, y solo se aplanaba en los descansos donde se encontraban las puertas de los departamentos. En cada uno de los pisos había únicamente dos, y sus puertas de acceso, de impecable madera color caoba y herrajes de bronce, estaban dispuestas una junto a la otra.

          No es que Milena tuviera miedo de subir al ascensor. No. Ella lo que quería era no subir rápido. Porque cada vez que ponía los pies dentro del edificio, la envolvía la música. Y ella deseaba disfrutarla, aprovechando para eso todo el tiempo que le insumía su trayecto de subida. No le molestaba cargar con bultos pesados, porque el deleite de aquellas melodías le alivianaba el espíritu.

          La música provenía de uno de los departamentos del tercer piso, justo debajo del de ella. Tenía que ser un piano de cola, porque el sonido era verdaderamente espectacular, y bajaba impregnando aquel espacio como una lluvia de notas venida del cielo. Tal vez el resto de la gente que vivía en el edificio no llegara a captarlo, pero a ella se le figuraba un concierto que parecía esperarla cada tarde. Cuando pasaba justo junto a la puerta de aquel departamento la música se hacía más patente, y en ese momento tenía la sensación de estar en el mismísimo clímax de aquel recital improvisado. Era como si, en plena función  cruzara atrevidamente el escenario.

          Introdujo la llave en la cerradura, pero antes de abrir se quedó mirando por unos segundos hacia abajo. Los dibujos art déco de la baranda de hierro le permitían ver a través de ellos el piso inferior. Ella había observado  durante los días anteriores que, justo unos minutos después de las seis y media, la música se detenía. Seguidamente la puerta de aquel departamento se abría, y de ella salía una niña de unos diez años de edad con una graciosa coleta, que con un fajo de partituras bajo el brazo se iba, bajando alegremente por la escalera.

          Ya se habían hecho las siete, y Milena se puso a cocinar. Hacía solo dos  meses que se había mudado a ese lugar, y prácticamente no conocía a nadie.  Vivía sola, y tampoco tenía ninguna mascota porque el reglamento del edificio no se lo había permitido. Pero no le importaba. Sentía que estaba tranquila.

          A sus cincuenta y ocho años de edad, aún trabajaba como dependienta en una tienda. Se había desempeñado allí sin interrupción, prácticamente durante toda su vida. Era muy probable que dentro de poco tiempo se jubilara, aunque sentía que iba a costarle bastante abandonar  aquel entorno en el que era querida y respetada por sus clientes y sus compañeros de trabajo, y que representaba para ella el escape diario que la mantenía conectada al mundo.

          Sentada frente a la ventana, Milena saboreaba despacio su plato de comida. La música aún permanecía resonando en sus oídos, y la transportaba a su infancia. Su padre había sido militar, y su madre costurera. Ella misma podía haber sido concertista de piano. Había practicado intensivamente para eso durante mucho tiempo, hasta que a sus diecisiete años abandonó de golpe sus lecciones, dejando consternados a sus padres, que habían planeado para ella un futuro lleno de gloria. Pero ella no había querido continuar. Sin embargo, no lo lamentaba. Solo de vez en cuando, echaba de menos la tersura de aquellas teclas que habían llegado a significarle, en aquella época lejana tantas esperanzas e ilusiones.

          Ya era sábado, y por consecuencia no tenía que ir a trabajar. Sus padres le habían legado un pequeño capital, suficiente para pasar el resto de sus días sin apremios económicos. Pero su trabajo era su distracción. Los sábados y domingos los pasaba aburrida. Porque además, durante los fines de semana tampoco se escuchaba en el edificio aquella música prodigiosa. Ella nunca había  hecho amigos. Cuando en su adolescencia pudo haberlos tenido, las circunstancias de su vida no se lo permitieron. Y de mayor, tampoco había podido hacerlos.

          Ya era lunes, y la rutina diaria iba a repetirse inexorablemente. A las seis y veinte  estaba, como de costumbre comenzando lentamente a subir las escaleras para ir a su departamento, cuando algo la tomó por sorpresa. La música al parecer se había interrumpido antes de lo previsto. A pesar de eso, continuó su marcha, esperando a cada paso que finalizara aquel indeseado intervalo y la función se reanudara. Pero casi al alcanzar el rellano del piso tres, la puerta de aquel departamento repentinamente se abrió. Ahora podía verla de cerca. La chica tendría más o menos unos doce años. Había salido deprisa, y sin mirar atrás se lanzó a correr hacia abajo por las escaleras. Su cabello rubio y suelto volaba por los aires. Esta vez, bajo el brazo no llevaba el habitual lío de libros. Y al pasar por al lado de ella, la había mirado aterrorizada.

          Milena se quedó parada allí, en el penúltimo escalón justo antes del descanso, mirando azorada en dirección al tramo de escalera que acababa de recorrer, y observando cómo la chica desaparecía rápidamente de su vista. Casi simultáneamente oyó el ruido de la puerta de calle, que se cerró de un golpazo. Se mantuvo pensativa, sin avanzar, indecisa durante algunos unos segundos, y luego prosiguió su camino.

          Antes de abrir la puerta de su departamento se asomó a la baranda  como siempre lo hacía, para observar el piso de abajo. Desde donde estaba, le pareció ver que la puerta de aquel departamento no se había cerrado del todo. Pero sin prestarle demasiada atención entró, y se dirigió como siempre lo hacía, a la cocina a depositar las cosas que había comprado. Sin duda, alguien lo notaría más tarde.

          Convenciéndose a sí misma de que la escena que había presenciado un rato antes no revestía gravedad, aprontó los utensilios y se dispuso a cocinar. Mientras pelaba las patatas, se miraba las manos. Sus dedos eran largos y muy finos. Sus ocasionales maestros de música siempre habían admirado su digitación extraordinaria. Ella estaba segura de que sus manos habían heredado de su padre el pulso y la precisión para manipular las armas, y de su madre la suavidad y la destreza para manejar la aguja. Eso la hizo por un instante sonreír.

          Pero inmediatamente su pensamiento se oscureció. Cuando al cumplir la mayoría de edad se fue de su casa, estuvo un tiempo deambulando desorientada, hasta que finalmente encontró trabajo en aquel lugar. Y así pudo comenzar una nueva vida. Siempre había sido retraída. Pensaba que si le hubiera tocado vivir su adolescencia en la época actual, tal vez las cosas podrían haber resultado diferentes. Desde pequeña su sueño había sido convertirse en una eximia  concertista. Aún recordaba de memoria muchas de las partituras de aquellas piezas con las que acostumbraba deleitar a todos en las reuniones familiares. Pero nunca más había vuelto a tocar.

          Ya era de madrugada, pero algo le impedía conciliar el sueño. Haciendo una y otra vez el obsesivo recuento de su jornada, repasaba lo que había vivido  minuto a minuto en ese día. Pero aunque pretendía que pasara desapercibida, aquella escena en la escalera era de todo eso lo que más sobresalía, y en consecuencia lo que la perturbaba. La visión de aquel confuso conjunto de acontecimientos la sacudía insistentemente, a pesar de que tratara forzadamente de reprimirla. Se dio mil vueltas en la cama, hasta que cedió a lo que trataba de evitar. Por lo tanto se puso un abrigo, y salió al corredor.

          Todo el edificio estaba en silencio. Hasta los más ruidosos del departamento contiguo habían apagado finalmente el televisor y seguramente ya dormían. El corredor estaba en penumbra. El ascensor parecía haber quedado detenido en la planta baja, ya que a través de la estructura que lo contenía podía verse el tramo opuesto de la escalera. Por los vidrios esmerilados de la claraboya del último piso se filtraba una luz nocturna que resplandecía sobre los escalones blancos, como guiando sus pasos. Comenzó a bajar sigilosamente, pisándolos despacio uno a uno, sintiendo en sus pies descalzos el frío del mármol cuya lisura sin embargo parecía estar acariciándolos.

          Era extraño que desde las seis y media de la tarde nadie hubiera cerrado aquella puerta. Aguantando la respiración la empujó con suavidad, constatando que cedía fácilmente. Desde ahí miró por unos segundos hacia adentro. No sabía si entrar. Parecía estar todo tranquilo, aunque ella no lo estaba. En ese momento lo vio. Aquel hermoso piano de cola estaba frente a sus ojos, tal como lo recordaba. Su madera lustrosísima, su tapa levantada como el ala desplegada de un ave, inundaron al instante su mente. Se acercó más. Llevaba los brazos estirados hacia adelante, y sus manos tanteaban el aire como un ciego que ansía ver la luz. A pesar de la oscuridad, sus ojos estaban encandilados. Por supuesto ansiaba tocar aquellas teclas brillantes de ébano y marfil, que siempre la habían fascinado.

          Todo estaba igual. Pero de pronto, algo la detuvo en seco. Allí estaba también aquella banqueta rectangular sobre la que se sentaba cada vez que venía a practicar. Inmediatamente sus manos se apretaron sobre su boca, abortando un grito.

          Sintió que debía irse de inmediato. Pero en el preciso instante en que se estaba dando vuelta para retirarse, la luz se encendió. Entonces volteó rápidamente, y frente a frente se encontró con un hombre viejo, que la miraba jactancioso.

—    Hola Milena —la saludó con fingida simpatía —. ¿En verdad eres tú?

—    Estaba seguro de que en algún momento volverías — continuó diciéndole  con ironía.

—    ¿Cómo me encontraste? Siempre tuve la puerta abierta para ti.

          Milena no deseaba mirarlo, pero sus palabras la sublevaban.

—    Cuarenta años, ¿no? Estás tan bonita como siempre. El tiempo no ha desmerecido tu belleza.

          Milena no le respondía. Había quedado inmóvil, y lo miraba incrédula, paralizada como si se hubiese topado de golpe con un fantasma.

—    Ven, siéntate a mi lado —le dijo sentándose en la banqueta y acariciando  con la palma de su mano el espacio que quedaba libre al lado de él.

—    Siempre he deseado volver a encontrarte. Ven, ayúdame a recordar aquellos viejos tiempos.

          Dio instintivamente un paso hacia atrás. Y se puso en guardia por las dudas de que él se pusiese de pie y se le acercara.

—    Sabes, siempre me fascinó tu virtuosismo. Fuiste la mejor alumna que haya tenido en toda mi vida. Conmigo habrías llegado muy lejos. Habrías tenido  una carrera extraordinaria.

—    Ven. Dame tus manos. Quiero volver a sentirlas como tantas veces.

—    Ven. ¿Por qué no te acercas?

          Milena estaba pálida. Su semblante se había desfigurado, y sentía que sus  piernas poco rato más iban a poder sostenerla. En esos escasos dos meses que vivía en aquel lugar, jamás  lo había visto. Escuchaba día tras día aquella música arrebatadora, dejando que ésta reviviera en ella toda la voluptuosidad que siempre le había trasmitido, pero ignoraba su procedencia. Ella había soportado hasta el límite para no decepcionar a sus padres. Creía,  inocentemente que en algún momento todo acabaría. Y cuando ya no pudo más, escapó sin dar explicaciones. Sus padres murieron ignorándolo. Ella les había ahorrado el disgusto.

          Pero ahora ahí estaba, enfrentando una vez más el motivo de su alejamiento. Miraba pasmada, igual que cuarenta años atrás la causa por la que habían ido a la basura su fuerte vocación, sus aptitudes extraordinarias y todos aquellos proyectos fabulosos. Observaba, impotente cómo resurgía,  impune  la génesis del mal que había causado la muerte sin piedad de todas sus ilusiones. Nadie lo había sabido nunca, pero su vida había perecido allí, de un día para otro, en su primera  juventud. Y nunca más había podido recuperarla.

—    ¿No te apetece tocar un poco? —Sus palabras se volvían más seguras a medida que ella no se manifestaba—. Ven acá. Recordemos juntos.

          Un bolo amargo subió rápidamente por su garganta, y vomitó. Pero se recobró en seguida y se enderezó, mirándolo desafiante. Se dio cuenta de que el viaje que había emprendido era sin retorno.

          Cuando él se levantó de la banqueta, su cuerpo se crispó. Esperaba que no se le acercara, pero estaba preparada. Una de sus manos apretaba nerviosamente algo dentro del bolsillo derecho de su chaqueta. Y él parecía dispuesto a no dejarla ir. Entonces sucedió lo inevitable.

          En pocos minutos, el sitio se llenó de gente. Muchos de los vecinos habían salido asustados de sus departamentos al oír el estruendo. Algunos salían en  deshabillé, y otros apenas se asomaban por la rendija de sus puertas. La calle había sido cortada a cada lado por sendos patrulleros que trataban de impedir que decenas de curiosos se acercaran al lugar. Un móvil de la televisión había aparecido como por arte de magia con varios periodistas, los cuales se habían apostado frente a la entrada principal del edificio y estaban comenzando vorazmente a entrevistar a los inquilinos.

          Todos coincidían en lo buena persona que era el señor del tercer piso. Era un anciano muy amable y tranquilo, y nunca pasaba sin saludar. Al parecer había sido un excelente pianista, un maestro reconocido que a pesar de ser  bastante mayor, aún seguía dando clases de música en su casa. Los vecinos más antiguos  afirmaban que, por lo menos desde hacía más de treinta años era frecuente ver entrar y salir chicas y chicos que venían a tomar lecciones.

          De Milena, en cambio todos sin excepción la señalaron como alguien de carácter sombrío. Les parecía una mujer reservada y enigmática, porque desde que se había mudado allí, poco había hablado con ellos. ¡Y tampoco utilizaba el ascensor…! Por lo que, sumado a lo acontecido habían sacado la conclusión de  que se trataba evidentemente de una enferma psiquiátrica.

          El juicio oral se llevó a cabo sin mayores trámites, de acuerdo a lo previsto. Los hechos eran contundentes. Tres disparos a quemarropa, sin motivo aparente o explicable. Algunos testigos que la conocían desde hacía más tiempo declararon, con ánimo de ayudarla que todo podía haber sido consecuencia de un trauma sufrido en su adolescencia, que la habría llevado a comportarse de ahí en adelante de manera extraña. Al parecer, sus padres la exigían de manera inhumana, obligándola contra su voluntad a tomar aquellas lecciones porque ambicionaban sacar de ella una gran pianista.  

          Por lo tanto, Milena fue condenada a pasar un largo tiempo en prisión. Creían que, de acuerdo a  la edad que tenía en ese momento, difícilmente llegara a lograr su libertad. Pero se equivocaban. Porque con su acto macabro, ella recién la había alcanzado. Durante el proceso, ella no se había defendido. Ni había dado explicaciones acerca del porqué de su fechoría. Su abogado, en un intento por ablandar su pena la había instado a declararse mentalmente incompetente, pero ella se había negado rotundamente. Aunque nadie pudiera entenderlo, en lo profundo de su ser estaba finalmente en paz consigo misma.

          A la salida del juzgado, una multitud la esperaba con la avidez de una horda salvaje. Muchos le gritaban «asesina», y otros le tiraban objetos tratando de alcanzarla. La llevaban del brazo dos agentes, que pretendían ponerla al resguardo y sacarla lo más rápidamente posible de aquel tumulto. Pero ella, sin embargo levantaba la cabeza. No quería dejar de oír aquellos gritos. Sumergida en aquel caos, imaginaba que su espectáculo desquiciado estaba siendo ovacionado por el griterío ensordecedor de una enfervorizada muchedumbre.  

          Aquel acorde de tres notas había representado para ella el apabullante finale del desesperado concierto de su vida. Y estaba  satisfecha. Pero no esperaba aplausos. Tampoco le importaba la aprobación de las dos o tres organizaciones sociales que se habían sumado a la arenga colectiva blandiendo sus pancartas para reivindicarla. Solo le bastaba haber visto, de pasada en su martirizada caminata por aquel auditorio enardecido, los ojos de la niña de pie en la platea, que la miraban con agradecimiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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