Confianza ciega

Nora Sisto


           Alma levantó la vista y, al mirar por la ventana, se dio cuenta de que ya era de noche. Así que rápidamente cerró todos sus archivos, tomó sus cosas y se dispuso a irse para su casa. Su horario de trabajo había acabado hacía ya largo rato pero, como todos los días, se había tomado unos minutos fuera del bullicio habitual de la oficina, para finalizar tranquila su tarea. Ese día se había demorado un poco más de lo habitual, y no se había percatado de qué hora era.

          Cerró con cuidado la puerta de la oficina, cerciorándose de que quedara trancada, y enfiló hacia la salida. El edificio donde estaba era bastante antiguo y tenía un encanto especial. Su construcción era de fines del siglo diecinueve y ocupaba prácticamente toda la manzana. Su planta baja, en forma de claustro, estaba formada por una serie de locales alineados, cuyos frentes daban a un corredor que bordeaba todo el patio central. Grandes arcadas con columnas lo separaban del mismo, y de una a otra se extendía una larga baranda de caño redondo, sobre la cual solían recostarse los empleados que se daban cita, en sus horas libres, para fumar o conversar de temas ocasionales. El mismo esquema se repetía, idéntico en la planta superior. El corredor, en este caso formaba un largo balcón desde el cual podía apreciarse, en toda su extensión, aquel patio rectangular, concebido como corazón del edificio, en el cual aún subsistían canteros con plantas y algunos árboles,.

          En sus inicios, el lugar había funcionado como monasterio, pero con el  paso de los años, al haber desaparecido la congregación religiosa que lo habitaba, el inmueble fue rematado como condominio, y actualmente varias empresas lo compartían. Las dependencias del frente estaban ocupadas por un importante conservatorio de música, y aunque la oficina en la que Alma trabajaba se encontraba en la planta alta, en la parte más alejada de la entrada principal, desde su escritorio era frecuente escuchar a los alumnos haciendo chapucerías con sus instrumentos.

          Para llegar a la calle, Alma transitaba todos los días aquel largo corredor.  Lo hacía sin apuro, como un disfrute. Esa tardecita, el cielo  ya estaba estrellado, y mientras avanzaba podía ver, desde la penumbra del  corredor, una hermosa luna que recién se estaba elevando en el cielo. Al pasar, saludó con  la mano a algunos funcionarios que seguían trabajando en el interior de los locales que aún estaban iluminados.

          Sus pasos eran lentos porque le gustaba disfrutar en soledad aquel trayecto. Meditaba, al mismo tiempo que, entre columna y columna admiraba  el  tramo de cielo que se le iba revelando a su paso.  Había roto hacía poco con su novio, que había demostrado no ser todo lo leal que ella suponía. Aquella situación la había dejado sin ánimo para volver a confiar en alguien. A sus veinticinco años creía que su vida sentimental había concluido por completo. Por eso se concentraba en su trabajo.

          En ese momento, algo la sacó de su concentración. Casi a la mitad del corredor, comenzó a escuchar el sonido de un  violín. Provenía de la planta baja, del lugar donde funcionaba el conservatorio. Ella no tenía por qué pasar por allí, ya que se desviaría de su camino. Pero como no tenía apuro, se dirigió hacia ese lugar,  guiándose por la intensidad creciente de la música. No conocía la melodía, pero la interpretación era sentida y maravillosa.

          Cuando llegó, no pudo contener la curiosidad y decidió asomarse para mirar. Las pesadas puertas de madera estaban cerradas, por lo que tuvo que empujar levemente una de sus hojas. No deseaba disturbar a nadie con su presencia, por lo tanto  no entró.

          No pasó más de un minuto, cuando el intérprete terminó de tocar. Estaba de espaldas a ella, a cierta distancia, pero igual lo veía con claridad. Era un hombre alto y delgado. Llevaba el cabello, rubio y lacio, anudado en la nuca con una coleta, y un mechón que escapaba se agitaba al compás de sus gestos, a un costado del rostro. Sus movimientos eran medidos, elegantes, hasta cuando se inclinó para guardar el violín en el estuche.

          Alma esperó en silencio a que él, al darse vuelta la viera. Entonces lo felicitaría y le pediría disculpas por su intromisión. Sin saber por qué, estaba entusiasmada. Pero para su sorpresa, el hombre comenzó a avanzar tanteando los muebles circundantes hasta que, desplegando un fino bastón blanco, comenzó a caminar hacia donde ella estaba. Al observar aquella escena, Alma, impresionada dio un paso atrás y se fue del lugar, corriendo.

          Al día siguiente, mientras trabajaba, la acuciaba la curiosidad. Nunca había prestado atención a la música que habitualmente venía desde el conservatorio. Se escuchaba casi siempre un piano, a veces una flauta, el retumbar de una batería y otros instrumentos, pero nada que despertara su interés. Sin embargo, el sonido de aquel violín  la sorprendió por su belleza.  Evidentemente, quien lo tocaba no era un principiante. Se lamentó de no haberle hablado a aquel hombre. Pero la situación la había tomado de sorpresa y no había sabido qué decir.

          Cuando llegó la hora de retirarse, se fue rápidamente. Caminó entusiasmada por aquel corredor, ansiosa por llegar al conservatorio. Esta vez las puertas estaban abiertas de par en par. Podía escuchar la música mucho más vibrante, y sintió que se estremecía hasta los huesos. Entonces se acercó despacio, cuidando de que aquella maravillosa melodía no se interrumpiese con su llegada. Se quedó ahí, en la puerta, hasta que la música cesó. Esta vez se animaría a hablarle. Entonces se dio cuenta de que allí había alguien más, que aplaudía al mismo tiempo que lo animaba con palabras de aliento.

—    ¡Bravo, Milo! Me gustó mucho esta versión.

          Entonces apareció a su vista la persona de quien provenían esas palabras. Era una mujer un tanto mayor, con toda la apariencia de una profesora. Cuando vio a Alma, enseguida se dirigió a ella, con una sonrisa.

—    Pase. Ya estamos casi finalizando. Soy Carmen, la profesora de música. ¿Conoce al artista?

—    Perdón, profesora. No quería molestar —dijo Alma nerviosamente—.Ya me voy. Los dejo proseguir con la lección.

—    ¿Lección? —dijo, riéndose, la profesora—. Es Milo quien nos podría  enseñar a nosotros. Le presento al maestro Milo Janusz, el famoso  concertista, reconocido en todo el mundo. ¿Ya lo conocía?

—    No, lo siento —respondió Alma con cierta turbación, porque no estaba al tanto  del universo de la música clásica.        

           A todo esto, Milo había permanecido de espaldas. Pero al oír la conversación dejó a un costado su instrumento y volteó, dirigiéndose  hacia donde estaban las dos mujeres. Entonces Alma pudo verlo de frente. Era más apuesto de lo que había podido notar el día anterior. Tal vez unos  pocos años mayor que ella. Su cabello, en ese momento suelto, caía un poco despeinado sobre su frente, tapando en parte sus ojos muy azules, que por causa de su ceguera mantenían una taciturna rigidez.

—    Es un gusto conocerlo. Mi nombre es Alma y trabajo en las oficinas del fondo—, dijo con cortedad, al darse cuenta de que el gesto que hizo para señalarle el lugar no tenía objeto.  

          No le ofreció la mano para saludarlo, porque supuso que tampoco iba a notarlo. Pero él, en cambio extendió la suya con gesto amable.  Alma, más aliviada,  respondió a la misma con un suave apretón.

—    El gusto es mío —fue lo único que respondió. Hablaba perfectamente el  idioma, aunque con un leve acento extranjero. Acto seguido se fue hacia el fondo de la habitación, seguido por Carmen, que despidió a Alma haciéndole  adiós desde lejos, con la mano.

          Milo había quedado ciego hacía dos años, a raíz de un accidente automovilístico. Durante un tiempo estuvo hospitalizado, mientras los médicos lo estudiaban intentando hacerle recuperar la visión. Pero todo había sido en vano. Eso no lo había privado de su mayor pasión, que era tocar el violín, pero le había reducido a cero sus posibilidades como compositor. Entonces se había sumido en una profunda depresión y un rencor hacia su destino, que lo llevaron a alejarse de todo, inclusive de su propia familia y amigos. Comenzó a rechazar todas las invitaciones a participar como solista en los conciertos, a pesar de que nunca cesaron de reclamarlo las más importantes orquestas del mundo.

          Ahora estaba en este país, desconocido para él, tratando de reencontrarse con él mismo. Su música era una parte fundamental de su vida, pero no su totalidad. Sin embargo, el amor por la música era tirano, y por eso necesitaba  encontrar un camino personal que le permitiera tener una vida separada de ella. Allí había dado con ese modesto conservatorio que, a pesar de que durante el día tenía una gran actividad, por las tardecitas, después de que se retiraban los alumnos, podía hacer uso del mismo y practicar sin que nadie lo molestase. La profesora Carmen estaba tan emocionada de contar con su presencia, que lo alentaba todo lo que podía, así como trataba de no perderse ninguna de sus improvisadas actuaciones.

          Pasaban los días, y cada vez que llegaba la hora de irse, Alma no podía evitar desviarse de su trayecto e ir hasta el conservatorio para escucharle. En general se quedaba afuera del salón, porque había comenzado a sentir cierta  atracción hacia ese hombre, y por momentos la conjunción de su magnética presencia y aquella música maravillosa le hacía insostenible aproximarse. Se quedaba ahí durante un largo rato, permitiendo que él y su música la enamoraran  cada día  más. Sin hacer notar su presencia, se iba a su casa, ansiando volver al día siguiente. Aunque no conocía las piezas que él ejecutaba, se sorprendía a veces tarareando alguno de sus pasajes.  Aquella insólita energía musical parecía renovar su ánimo.

          Un viernes, después del horario de trabajo, la empresa donde trabajaba organizó una pequeña recepción para agasajar a dos de sus funcionarios que se jubilaban. La fiesta era en la casa de uno de los empleados más jóvenes, que la había puesto, entusiastamente, a disposición. Era un departamento de típico estilo francés, con varias habitaciones conectadas por un estrecho pasillo. Cuando Alma llegó, la fiesta ya estaba en su apogeo. Había mucha gente, y como el lugar era pequeño se constataba cierta incomodidad para circular de un lado a otro. Alma conocía a todos los asistentes, por lo cual no pudo ocultar su sorpresa cuando, entre todos ellos, lo vio a él.

          Era obvio que Milo no podía verla, así que iba a ser inútil que le hablara. Pero para ir adonde estaban reunidos sus compañeros más cercanos tuvo que pasar, obligadamente, por el corredor en donde él estaba conversando con otros invitados. Así que se fue abriendo paso entre todos los allí estacionados. Al pasar junto a él, sus cuerpos se rozaron, pero ella intentó  seguir de largo. De improviso, él la tomó del brazo y la retuvo con fuerza. Venciendo su leve resistencia, la acercó a su cuerpo. Alma, sobresaltada, levantó la vista y lo miró a la cara, pero se encontró con sus gafas negras ocultando sus ojos. Se estremeció porque, por un instante, tuvo la sensación de que él la miraba fijamente. No le dijo nada, esperando que fuera él quien hablara. Pero él no le habló. Se limitó a mantener apretado su brazo mientras ella lo sentía cada vez más cerca. Alma podía sentir la respiración de él sobre su rostro, y por un segundo se alarmó, creyendo que iba a besarla.

—    Perdón. Me confundí de persona —le dijo suavemente, al mismo tiempo que soltaba su brazo y volteaba la cabeza hacia un costado.

          Alma no le contestó, porque pensó que si hablaba podría quedar en evidencia. Instintivamente se apartó y siguió su camino. Quiso fingir que nada había pasado. Pero se sorprendió al darse cuenta de que se había decepcionado. En aquel momento habría deseado fervientemente que él no la soltara. Ella misma lo habría besado.

          Aquella situación incomprensible la dejó aturdida. Se tocó las mejillas con las manos frías porque sintió que se había ruborizado. La proximidad de aquel hombre literalmente la había dejado sin habla. Cuando llegó al lugar en donde estaban sus amigos, uno de ellos, que había observado lo sucedido, le preguntó:

—    ¿El ciego se propasó contigo? ¿Qué te dijo?

—    Nada —dijo ella, restándole importancia —.Creyó que era otra persona.

          No habría podido explicarlo, pero su instinto le decía que él no se había confundido. Él sabía que era ella. Estaba segura de que la había retenido a propósito. Ese pensamiento la mantuvo nerviosa durante el resto de la velada. Lo miraba de lejos y seguía con curiosidad cada uno de sus movimientos, tratando de comprobar si acaso no estaba ciego totalmente, o si no era así, de adivinar de qué manera podía haberla reconocido. No sabía por qué motivo estaba allí, o quién lo había invitado. Pero no quiso preguntar. El lunes, con los obligados chismes de oficina  se enteraría de todo.

          Y así fue. El comentario general, aparte de las anécdotas de los agasajados, fue la inesperada presencia en el evento del músico Milo Janusz.  Resultó que uno de los empresarios lo había oído tocar en un concierto, y al enterarse de que estaba en el país y que frecuentaba el edificio donde se encontraba la oficina, no dudó en invitarlo. Su presencia sin duda le había dado un plus a la categoría de la ocasión, cosa que a Alma le pareció un tanto abusivo e irrespetuoso. Tal vez ella no tenía la suficiente cultura musical como para valorarlo como artista, pero lo respetaba como persona.

          Al lunes siguiente, cuando se estaba yendo de la oficina y casi por llegar a la puerta de salida, lo vio. Le llamó la atención que se encontrase fuera de la sala de música y en esa zona del corredor que estaba bastante alejada del sector del conservatorio. Pero pensó que, al fin y al cabo, él tenía libertad para estar donde quisiese.

          Estaba solo, con los antebrazos recostados sobre la baranda, y parecía absorto. Daba la impresión de que estuviera mirando al vacío, aunque Alma sabía que no era posible. Un súbito sentimiento de compasión se apoderó de ella, y tuvo un fuerte impulso de ir hacia él y abrazarlo. Entonces le confesaría cuánto le importaba. Pero se abstuvo y siguió caminando. Él estaba de espaldas, y al pasar ella, no se movió. Sin embargo, tuvo la sensación de que él escuchaba en silencio sus pasos. Y por primera vez se dio cuenta de que una fuerza extraña los unía.

          Pero ella acababa de salir de una relación que la había dejado descreída. La sola idea de iniciar un nuevo vínculo amoroso le preocupaba más que la perspectiva de alcanzar una nueva felicidad en su vida. Por eso se contenía. Temía aproximarse a esa figura solitaria que, sin palabras, parecía llamarla con pasión y agitaba sus más profundos deseos de responderle.

          Los días siguientes fueron contradictorios. Se propuso no pasar por aquel sector del edificio donde era probable que se lo encontrara. Pero una tarde se dio cuenta de que ya no se escuchaba el sonido del violín. Entonces, solo por curiosidad, fue hasta aquella sala de música. Las puertas estaban abiertas, solo que en su interior reinaba el silencio. Cuando estaba dando la vuelta desolada, la profesora de música la llamó.

—    ¡Hola! —le gritó de lejos — ¿Buscaba a Milo?

—    No…—titubeó la respuesta—. En realidad me llamó la atención no escucharlo.

—    Milo volvió a su país. Es  una verdadera lástima, porque tanto usted como yo, y en fin, todos los que lo hemos conocido vamos a extrañar su música. Y también a él, porque es una persona maravillosa—. Sacudía la cabeza con el gesto habitual de negación, y prosiguió:

—    Pero para él es mejor. Lo llamaron de una orquesta para que participara en un concierto. No recuerdo cuál. Él no estaba muy contento con irse, pero le insistieron tanto que al final aceptó. La música es su vida. El accidente lo había deprimido mucho. Por suerte al retomar su carrera va a sentirse bien otra vez, aunque lo lamento por nosotros, porque no creo que vuelva.

          Alma la escuchó sin preguntar nada, porque se daba cuenta de que si hablaba, aunque fuera poco, se echaría a llorar. Así que simplemente sonrió por cortesía, y se fue rápidamente.

          La calle estaba iluminada y a pesar de que era verano sentía que un frío le helaba el cuerpo. Sentía que sus mejillas apenas se entibiaban por el calor de las lágrimas que corrían por ellas. Con Milo apenas había intercambiado unas palabras, pero lo amaba y siempre lo amaría.

          Pasaron dos meses y Alma continuó con su rutina diaria. Su trabajo le ocupaba prácticamente todo su tiempo, y en cierto modo le servía como distracción para no pensar en Milo. Sin embargo, su recuerdo la atormentaba  cada vez que escuchaba música. Cuando nadie la veía, se tomaba el brazo con fuerza, tratando de revivir la intensidad de aquella experiencia que la había sacudido al límite. Milo no la veía, pero sin embargo la había alborotado igual que si la hubiese mirado fijamente a los ojos.

          Ella no sabía a dónde se había ido. Sabía que había vuelto a su país, pero si su carrera se había encaminado nuevamente, podía estar trabajando en cualquier otra parte del planeta. No conocía su dirección, ni su número telefónico, ni su casilla de correos, ni nada, así que como último recurso se le ocurrió rastrearlo a través de Internet. Allí sí encontró lo que buscaba. Y tomó una arriesgada decisión.

          La noche estaba fría. Había arribado al aeropuerto hacía pocas horas. No tenía mucho tiempo para acicalarse, así que depositó su equipaje en el hotel, y se fue directamente al teatro donde Milo se presentaría esa misma noche con una renombrada orquesta filarmónica.

          El taxi la dejó en la puerta del teatro. Mientras subía la imponente escalinata, se preguntaba si hacía bien o mal en ir a buscarlo. Ella estaba segura de sus propios sentimientos. No podía quedarse en su país ni un día más, sin verlo. Pero no tenía idea de cuál sería la reacción  de él.

          Al entrar al majestuoso foyer, su corazón se aceleró. El gran cartel de bienvenida mostraba, en una foto muy favorecedora, a la estrella del espectáculo. Al fin lo tenía delante, después de tanto tiempo. Se ubicó en su butaca en la platea, y esperó a que el concierto comenzara. Cuando el telón se corrió, creyó desfallecer. La orquesta era enorme. Cuando el director le dio la entrada, Milo hizo su aparición, a la vez que el público lo aplaudía con entusiasmo. Lo guiaba un acompañante que, luego de dejarlo en su sitio, se retiró de inmediato.

          El sonido rápidamente la envolvió. Era la primera vez que Alma presenciaba un concierto de esa magnitud, pero en realidad no le importaba porque no prestaba atención a la melodía. Solo lo miraba a él. Miraba sus manos, sus movimientos y todo su cuerpo, al mismo tiempo que deseaba con todo su corazón que su actuación fuera un éxito.

           Y así fue. Al finalizar la función, fue ovacionado largamente. La gente estaba muy emocionada por haber recuperado a aquel artista nacional tan aclamado, y había demostrado su apoyo llenando de bote a bote aquella sala.

          La salida fue un tanto caótica, más para ella que no conocía la ciudad. Mientras trataba de abrirse camino a los empellones, escuchaba los comentarios. No entendía mucho el idioma, pero poniendo atención a las conversaciones de los periodistas que allí estaban, pudo deducir dónde Milo se hospedaba. Y sin pensarlo fue para allá.

          Era uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. No esperaba menos, dado  la categoría del artista. Se sentó en uno de los importantes sofás del lobby,  donde esperó largo rato. Demoraba en venir, pero ella de todos modos iba a esperarlo. Seguramente lo habían acaparado los periodistas, o tal vez había sido invitado a una fiesta. Por si acaso, preguntó repetidas veces en el front desk, donde le aseguraron que, sin lugar a dudas, ese era el lugar al cual él volvería.

          Ya eran casi las dos de la madrugada cuando por fin lo vio llegar. Entró por su propia cuenta. Luego de hablar unas palabras con el conserje,  se dirigió al ascensor. Varios turistas entraban en ese momento y se pararon junto a él, a esperar el ascensor. Por lo visto no conocían a Milo, ya que hablaban entre ellos, sin mirarlo. Cuando la puerta se abrió, contemplando su discapacidad le dejaron entrar en primer lugar, y él se recostó contra la pared del fondo. Alma entró después de todos ellos, quedando junto a la puerta. Como eran unos cuantos, debieron apretarse un poco para dejarle lugar.

          Los turistas descendieron en el segundo piso. Milo continuaba  hasta el piso diez. Cuando ambos quedaron solos, él de pronto extendió su mano hacia donde ella estaba.

—    Alma, ¿eres tú?

          Jamás habría podido aventurar esa reacción. Por un instante no supo qué hacer. Pero había venido a buscarlo, así que no podía dudar.  Se acercó y tomó, temblando, su mano. Entonces, sin mediar palabra él la atrajo hacia sí y la abrazó. Alma no podía hablar. Su cuerpo hablaba por ella. Le respondía con un estremecimiento incontrolable. Para calmarla, él con delicadeza tomó su cara y la besó.  

—    Confiaba en que vendrías —dijo Milo con una sonrisa de satisfacción, mientras abría la puerta de su habitación. Su rostro era distendido, y a pesar de que sus ojos no podían expresarlo, se le veía feliz.

—    Solo esperaba que no te tardaras demasiado —agregó, una vez que estuvieron adentro—. ¿Te quedas conmigo?

—    Si, toda mi vida. No quiero separarme de ti en lo sucesivo, nunca más.

—    No sé si será posible —dijo él riéndose sonoramente—. Mañana tengo otra función. Tendría que buscarte un lugar en el escenario.

—    A propósito, no me respondiste lo que te pregunté en el ascensor. ¿Eres realmente Alma o eres otra mujer con su mismo perfume?

—    Tonto, ¿fue así que me reconociste?

—    Cuando me fui a tu país, lo hice buscando una señal para volver a creer en mí mismo. La música fue siempre mi vida, y cuando sucedió el accidente pensé que al perder la vista lo perdía todo. Después, con el tiempo me di cuenta de que mi música seguía conmigo. Pero necesitaba comprobar si  también me acompañaba mi vida. Por eso me aparté de todo. Necesitaba encontrar algo que me dijera que podía seguir confiando en mí y en mi potencial como hombre.

—    Y ahí fue donde aparecí yo… —dijo con entonación sarcástica.

—    Así es. ¿Recuerdas aquel primer día en que te acercaste al salón de música? Te quedaste un buen rato escuchando pero, aunque no entraste, alcancé a percibir tu perfume. Lo reconocí porque es el mismo que usa mi madre. Por un momento creí que era ella que había venido a buscarme.

—    Pero era yo…

—    Si. Y me alegro de eso. Despertaste mi inquietud porque me pregunté si, después de haber notado que era ciego, volverías. Me emocionó que volvieras al día siguiente, pero no podía saber si era por mí o por mi música. Cuando tomaste mi mano pude captar que estabas nerviosa. Eso fue un indicio de que yo no te era indiferente.

—    Creo que me enamoré de ti en el momento en que escuché tu música. Y después aún más cuando te vi, aunque estabas de espaldas. ¿Por qué me tomaste del brazo en aquella fiesta? ¿Sabías que era yo?

—    Si. Por supuesto que sabía que eras tú. Nadie más temblaría de ese modo al yo tocarlo. Pero no puedo mirarte a los ojos, por eso tuve que valerme de otro mecanismo para averiguar qué sentías. No quise asustarte. Solo necesitaba sentir tu  vibración.

—    Milo, me alegré mucho cuando te encontré en esa fiesta. Pero me afligí de que te hubieran invitado por interés.  

—    No te lo creas. Fui yo quien hizo que me invitaran. Me acerqué a propósito a tus jefes porque sabía que en esa fiesta tendría ocasión de encontrarte.

—    Pero no sabías si era fea, o vieja…

—    Ja, ja, ja —rio a carcajadas—. Es porque no conoces a Carmen. Ella me hizo un retrato detallado de tu persona. Me dijo hasta el color de la ropa que llevabas.

—    ¿Y entonces, por qué te fuiste? ¿Por qué no me hablaste ni me dijiste nada?

—    No habría sabido por dónde comenzar. Y como ya tenía claro todo lo que necesitaba saber, me fui tranquilo.

—    Pero podías haberme dicho algo, para no dejarme triste. ¿No te importó pensar que podríamos no volver a encontrarnos?

—    Sabía que ibas a venir a buscarme.

—    ¿Cómo podías estar tan seguro?

—    Lo comprobé aquella noche en el corredor, cuando pasaste cerca de mí, sin detenerte…

—    ¡Sabía que te habías dado cuenta de que era yo! —lo interrumpió con gesto de victoria—. Lo presentí. Pero me dejaste suponer que no. Habría querido hablarte, abrazarte, decirte cuánto te amo. Pero no lo hice porque no me diste oportunidad. No te diste vuelta, no me llamaste. No hiciste nada. Te comportaste como si no te importara que me estuviera muriendo por estar contigo.

—    Ya lo sé, y espero que me perdones. Pero era un gusto que necesitaba darme. Fue grandioso percibir tu emoción. Aunque no me tocaste, pude sentir que tu energía me abrazaba. Aminoraste la marcha cuando me viste,  y cuando te diste cuenta de que no iba a detenerte, tus pasos se hicieron pesados. Me importas mucho, por eso necesitaba estar seguro de tu reacción. Me fui feliz. Y por eso es que ahora estoy retomando mi carrera.

—    Yo también estoy feliz, pero igual no pienso perdonártelo. Como venganza, voy a cambiar de perfume.

—    Me parece bien, porque después de hoy, ya no va a ser importante.