Costa del Alma
Nora Sisto
Conteniendo la respiración, Allegra apagó el televisor y se quedó inmóvil, con la mirada perdida sobre la pantalla ennegrecida. Ahora podía regresar. Afuera la tarde era fría y aunque la lluvia recién había cesado, la calle y los árboles se mantenían mojados. El aire húmedo dentro de la habitación parecía adherirse a los cristales de las ventanas empañándolos, por lo que al acercarse a una de ellas limpió con la palma de la mano apenas un redondel para mirar a través.
El paisaje desde su casa no era el paisaje de su hogar. Había tenido que emigrar hacía ya muchísimos años, más de los que aquella vez hubiera podido imaginar y le había costado mucho llegar a sentirse en ese país como en su propia casa. Sin embargo, la pérdida había sido compensada por la ganancia. Es decir, a esa altura de su vida y a pesar de su alejamiento podría decirse que había conseguido —tal como lo auguraba su propio nombre—alegría, y también paz.
Nunca había sido capaz de casarse. Ahora, a sus sesenta largos años a veces se arrepentía de no haber pasado raya y empezado una vida nueva junto a alguien que pudiera hacerla feliz. Pero no había podido. Los años y la distancia habían sido largos, sin embargo no habían sido suficientes para desplazar a Florentino de su corazón. Incrédula, miró otra vez la pantalla apagada tratando de rehacer en su mente la imagen que acababan de transmitir como última noticia en el canal internacional: él había fallecido.
Florentino Maynot había sido en su juventud el presentador del noticiero más famoso de la TV de su país y había saltado a la fama por sus arriesgadas intervenciones como cronista de guerra en más de un conflicto bélico, así como también por sus controversiales opiniones que nunca se abstenía de manifestar. Dotado de una atractiva apariencia y una fuerte personalidad, se había ganado un puesto relevante en el concierto mediático de la región. Más tarde, después de más de treinta años de carrera, había pasado a desempeñarse como director de noticieros, manteniendo igualmente su fama internacional. No obstante, a partir de hoy la pantalla del televisor para Allegra se había oscurecido para siempre, al igual que su corazón.
En aquel entonces, el noticiero central era toda una institución. Allegra había ingresado al equipo del mismo después de una selección muy estricta entre varios postulantes a los cuales había superado por sus méritos. Además de bonita y fotogénica para aparecer delante de cámaras, contaba con un diploma en la carrera de periodismo, y dado su carácter inquieto se perfeccionaba continuamente. Sin embargo, aunque su currículum explotaba de certificados de estudios que daban cuenta de su ingente preparación, no era una chica vanidosa. Ni siquiera aspiraba a posicionarse en un cargo de poder. Solo pretendía ser la mejor en su trabajo.
Pero otros empleados del canal no pensaban como ella y desde el primer día le comenzaron a rivalizar. Más aun cuando al poco tiempo de haber ingresado fue a Allegra a quien convocaron para formar dupla con Florentino ante cámaras en el panel del informativo, pasando por encima de otros que tenían mayor antigüedad. Entonces la tildaron de escaladora. En particular, una de las empleadas más veteranas cuyo sueño era llegar a formar pareja televisiva con Florentino y que con el inesperado nombramiento de Allegra había perdido su anhelada oportunidad, la comenzó a descalificar. Florentino no parecía darse cuenta de aquel subrepticio juego de patrañas de quien estaba dispuesta a todo por recuperar su posibilidad. Solo Allegra lo intuía, aunque nunca la denunció ni confrontó.
No obstante, por más que aquella mujer lo intentara, no lograba desacreditarla. Es que la profesionalidad de Allegra sumada a la experiencia de Florentino hacían que su presencia en las pantallas se asemejara a un «romance» laboral. Cada cosa que Florentino proponía, Allegra era la primera en interpretar su idea y se ocupaba de llevarla a la práctica, y cada propuesta innovadora de ella era estudiada a fondo por él y puesta en funcionamiento, algunas veces sin esperar la autorización de la directiva del canal. Esto encelaba enormemente a aquella chica. Por eso, en la primera oportunidad que tuvo, aprovechando que todo el mundo se daba cuenta de la química existente entre Allegra y Florentino, se le ocurrió torcer la percepción de todos sugiriendo que había «algo» entre los dos.
Y en efecto, había algo especial entre Allegra y Florentino. Con la convivencia diaria y la cercanía a la que estaban obligados por su trabajo que a veces les insumía quedarse en la oficina hasta altas horas de la noche preparando informes, había surgido un fuerte sentimiento compartido, aunque a ninguno de ambos se le pasara por la cabeza admitirlo. Florentino porque tenía esposa y un hijo, y Allegra porque su ética jamás le habría permitido interferir en el matrimonio de él.
Allegra tenía un trato cordial y a veces maternal con el hijo de Florentino, porque este muchas veces lo llevaba al canal y era Allegra quien se ocupaba de atenderlo. En aquel entonces, Ramón era un niño de once años, tímido y apocado, tal vez opacado por la brillantez de su padre pero también por la situación de su madre, una mujer de poco carácter y con serios problemas de salud. Para Ramón, entrar en aquel sitio era igual a entrar a un mundo mágico. Al poner un pie en el estudio parecía revivir, no solo porque aquel ambiente surreal de luces y movimiento constante lo llevaban a un mundo de fantasía en el cual podía evadirse de sus preocupaciones, sino porque recibía invariablemente el cariño y el apoyo de Allegra, quien le enseñaba con agrado algunos rudimentos de la profesión.
Pero por más que Allegra y Florentino intentaran frenar aquel sentimiento que emergía indomable, lo cierto es que este crecía y se afianzaba con el correr del tiempo, y ni uno ni otro parecían poderlo aplacar. Florentino era bastante mayor que Allegra y además era su jefe. Eso hacía que ella se obligara a contenerse para no poner en evidencia su amor. Florentino, por su parte no disimulaba su preferencia hacia ella en lo profesional. Como hombre, captaba claramente la atracción que ella sentía hacia él, pero elegía entenderlo como algo natural, propio de lo que sabía que despertaba en las mujeres a su alrededor su carisma de personaje popular. Por eso no le daba importancia y no medía consecuencias al ponerla en situaciones difíciles para ella de manejar. Es que Florentino creía que, como invariablemente había sucedido siempre, tarde o temprano su enamoramiento por él se le pasaría. Nunca se ocupó de prevenir lo que él mismo comenzaba a sentir por ella.
Cuando la junta directiva del canal se enfocó en observar la denuncia del supuesto romance se molestó, porque no era afín a que entre el personal hubiera enredos románticos. Y teniendo en cuenta que Florentino era intocable e imprescindible desde el punto de vista comercial, toda la atención se enfocó en Allegra. Entonces intentaron quitarla de en medio. Primero la quitaron del panel de informativistas y más tarde comenzaron a recortarle el horario de trabajo y a reducir su intervención en la mesa de redacción. Y por más que ella pidiera explicaciones estas nunca fueron dadas, causándole de ese modo una herida importante en su autoestima personal y profesional.
Las cosas se fueron enrareciendo hasta que llegó a un punto en el que, presionada por su orgullo herido y la falta de respeto de sus empleadores, un día renunció. Sin embargo, sabía que su renuncia solo se debía en parte a aquella mala intención. Es que su corazón había llegado a un límite imposible de sostener. Era evidente la constatación de una triste realidad: aunque entre ella y Florentino existiera un tormentoso, ingobernable e indestructible sentimiento, nunca iba a haber nada más que una simple relación profesional.
A los dos días de haber presentado la renuncia, alguien la vino a buscar a su casa. Cuando abrió la puerta, palideció. Florentino estaba allí, y la miraba desesperado. Instintivamente dio una breve y disimulada mirada a su alrededor preguntándose si el apartamento estaba ordenado como para recibirlo, pero inmediatamente se dijo que no era momento para pensar en eso. La presencia de Florentino se imponía sobre cualquier otra consideración.
— Pasa —le dijo, casi sin voz.
Florentino entró y se detuvo a unos pocos pasos de ella. Allegra cerró lentamente la puerta y volteó hacia él.
— ¿Por qué renunciaste? —exclamó Florentino a bocajarro con voz agitada.
Esperó en vano a que ella le respondiera porque de la impresión se lo había quedado mirando sin poder hablar. Entonces, ante el silencio de Allegra, continuó:
— ¿No podías haber hablado primero conmigo? Sabes que tu presencia es imprescindible para el informativo y también para mí. Tendrías que haberme avisado que ibas a irte. Era lo menos que podías hacer. Ahora no sé cómo voy a organizar el trabajo. Voy a tener que salir de apuro a contratar a alguien y no sé si será tan capaz como tú…
Hablaba sin ton ni son, soltando una catarata de palabras hasta que de pronto se frenó porque se dio cuenta de que nada de lo que estaba diciendo era lo que verdaderamente deseaba decir. Ella lo había escuchado perpleja, sin atinar a cómo reaccionar. Nunca habían tenido una conversación que no fuera estrictamente sobre temas de trabajo. Por eso dudó en qué decir.
— Tenía que irme —dijo al fin, acongojada.
Él se había quedado mirándola, esperando sus palabras. Entonces ella prosiguió, no sin antes calibrar si debía introducirse en un terreno en el cual no debiera entrar.
— No espero que me entiendas —prosiguió—. Solo te ruego que respetes y aceptes mi decisión.
Por un instante se miraron a los ojos y se dieron cuenta de que no eran necesarias las palabras porque cada uno sabía lo que sentía por el otro. Ella habría preferido que él no dijera nada, que se separaran sin decir nada. Pero él no podía resignarse a que ella se fuera. Así que habló. Mejor dicho, no habló. Se acercó a ella y la abrazó con toda su fuerza, como si ese gesto fuera suficiente para retenerla. Allegra se había planteado durante todo aquel tiempo mantenerse firme y, si se presentaba el caso, rechazar de plano cualquier avance de aquel hombre, mintiendo si fuera necesario. Pero sentía el calor del cuerpo de Florentino rodeándola y entonces la emoción fue más fuerte que ella y rompió a llorar.
— Estoy seguro de que no necesitas que te diga lo mucho que te amo —le confesó él al oído, sin soltarla—. Llegaste a mi vida cuando no tenía nada para ofrecerte, y quiero que sepas que lo lamento infinitamente, mucho más que tú.
Florentino sentía que Allegra temblaba. Sus lágrimas caían en silencio y al tener sus rostros tan pegados, estas mojaban la mejilla de él. Por eso, cuanto más débil la sentía a su lado, más fuerte la apretaba.
— Sabes que tenerte junto a mí ha sido un regalo del destino que ha vuelto a dar luz a la oscuridad de mi vida —continuó diciéndole al oído—. Y no tienes idea de cuánto lo agradezco. He tratado por todos los medios de mantenerme apartado de ti, pero ha sido muy difícil porque sé que eres la mujer de mi vida. Te pido perdón porque no puedo retenerte, porque no puedo rogarte que no te vayas, porque no puedo ofrecerte una vida juntos, porque no voy a poder hacerte feliz.
Al decir esto se separó apenas de ella y la miró a los ojos. Era lógico; tenía que asegurarse de que ella entendiera muy bien lo que a continuación iba a decirle. Y ella lo miró, esperando a que lo dijera.
— Te amo —dijo, simplemente.
Pero ella no le respondió. No había palabras para describir lo que sentía en ese momento. En cambio rodeó su cuello con sus brazos y lo besó con pasión. Él respondió con mayor pasión a aquel beso, y no hubo vuelta atrás. Ambos sabían que aquella iba a ser su primera vez y su despedida. Que después de aquel día sus vidas tomarían caminos tan distantes que jamás se volverían a cruzar. Sin embargo, su amor iba a ser el manto protector que los acompañaría siempre. Ella lo recibía en su cuerpo, en la calidez de sus entrañas sabiendo que a partir de ahí lo llevaría siempre consigo. Él no podía entregarle su vida, pero le entregaba su amor para toda la eternidad. Y la eternidad comenzó ese mismo día.
Hizo mentalmente un breve cálculo: cuando se separaron ella tenía veintiséis años y él cuarenta y dos. Y ya habían pasado cuarenta años. Cada año, en el día de su cumpleaños le enviaba a través del cielo, la luna y las estrellas todo su amor. Este año iba a ser diferente. Su amor se quedaría en el cielo, junto a él.
Se quedó junto a la ventana, inmóvil mirando inexpresivamente hacia afuera. Ese día significaba un quiebre definitivo en su vida. Durante todo aquel tiempo su corazón había albergado una mínima, insignificante esperanza de reencuentro, sin embargo ya no había ninguna chance de volverlo a ver. Ese era el inexorable punto final.
El viaje en avión se le hizo particularmente cansador. Sabía que iba a ser penoso poner los pies otra vez en aquella añorada tierra, pero su vida ahora le exigía un cierre que pudiera devolverle la paz.
La fachada del estudio de televisión estaba muy cambiada. Mantenía aquella escalinata en la entrada donde muchas veces se había topado con él, sin embargo no reconocía ni las puertas, ahora modernizadas, ni existía el cartel luminoso sobre el frontón donde en su momento supo estar el logo del canal. Todo era muy distinto. Solo el olor del aire parecía conservarse igual. Su primer impulso fue atravesar aquel portal y entrar saludando como lo hacía habitualmente, pero ahora era una desconocida. Por lo tanto, aunque sus piernas la sostenían con dificultad, se quedó durante largo rato en la acera respirando aquel aire en el cual una mezcla de aromas parecía transportarla a un mundo anterior, a la vez que reflexionaba con melancolía si habría sido o no buena idea regresar a aquel lugar que había marcado a fuego su vida.
En eso estaba cuando vio que alguien salía del edificio y al verlo creyó estar teniendo una alucinación. Era un hombre de unos cincuenta años, muy bien arreglado y que al verla quedó por un momento cortado pero al instante pareció reconocerla y se dirigió hacia ella con decisión. Allegra no había podido moverse de donde estaba, porque quien veía venir hacia ella era la viva imagen de Florentino cuarenta años atrás.
— ¿Allegra Rossi? —dijo el hombre, con cierta duda al quedar a unos pocos pasos de ella —. ¿En verdad eres tú?
Sin salir de su estupor dudó en responder.
— ¡Allegra! —repitió emocionado el hombre, ahora bien seguro—. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Estaba seguro de que algún día iba a volver a verte por acá.
Y como ella parecía indecisa en responderle, continuó:
— Soy Ramón Maynot, el hijo de Florentino. No sé si me recuerdas.
¡Cómo no recordarlo! Pensaba en él cada día, porque junto a su madre había sido el motivo de que se hubiera alejado de su gran amor. Suspiró y no tuvo más remedio que mostrarle una modesta sonrisa.
— ¡No sabes cuánta alegría me da verte! —reiteró, emocionado Ramón—. Pero tal vez te estoy deteniendo. ¿Venías entrando a la estación?
— No, no —aclaró Allegra—. Solo estaba de paso.
— Entonces ven —dijo Ramón, entusiasmado—. Te invito a tomar un chocolate caliente. El día está muy frío. Hay un bar aquí a la vuelta. Tal vez lo recuerdes porque mi padre solía ir allá.
Al entrar, miró hacia todos lados. Ahí se reunía frecuentemente con Florentino con la excusa de hablar de trabajo, aunque ella sabía que lo secundaba para estar todo lo posible junto a él. El bar estaba muy distinto a como lo recordaba. La entrada había sido remodelada y el interior apenas era reconocible. Solo algunas sillas y mesas subsistían a pesar del paso del tiempo, las cuales podían verse como detalle vintage junto al nuevo mobiliario. Las ventanas ahora aparecían completamente desnudas, sin aquellas graciosas cortinitas blancas con puntillas que impedían recatadamente la visión desde el exterior. Solo persistía el olor al café de máquina.
Ramón la condujo a una mesa junto a una de aquellas ventanas y después de despojarse de su abrigo se sentó frente a ella. Allegra había supuesto que sería una conversación corta, ya que después de tanto tiempo no iban a tener nada en común de qué hablar. Pero se equivocaba: tenían en común toda su vida.
— ¿Estás bien? —comenzó diciendo Ramón, mirándola con ternura—. Es lindo volver a verte.
Ramón le hablaba con el trato afectuoso de un hijo y ella, ahora menos tensa, estaba dispuesta a escucharlo.
— Sabes —continuó él—, me dio mucha tristeza cuando te marchaste. Fue una conmoción, tanto para mí como para todos, que tú, en la cima de tu carrera te alejaras tan tajantemente del lugar en el que habías comenzado a florecer. En aquel momento yo tenía solo once años y no habría sido capaz de pedir una explicación. Pero más tarde, con el paso de los años pude entenderlo todo.
Allegra lo miró alarmada, porque no quería que su vida pasada volviera a surgir, y menos en boca de aquel niño al que ella había intentado proteger por encima de todo.
— No, no te alarmes —se apuró a aclararle Ramón al ver la expresión de su rostro—. No sería capaz de pedirte explicaciones. Es solo que, ahora que el destino me da la chance de volver a verte, me gustaría que tú y yo habláramos de lo que pasó en aquella oportunidad.
Ella, al fin y al cabo había vuelto para intentar poner un fin a aquella historia que tanto había sacudido su vida. Por eso, asintió con una mueca de sonrisa. Y él entendió.
— Allegra, yo necesito agradecerte —dijo Ramón, con ojos que de pronto se empañaron—. Necesito agradecerte porque estoy seguro de que mi felicidad fue a costa de tu infelicidad.
— Ramón, no creo que debas agradecerme nada. Por el contrario, tal vez sería yo quien debiera pedirte perdón.
— Te equivocas, Allegra. Te pido que me escuches, porque tal vez sea la única ocasión que tengamos para sincerarnos.
Ramón suspiró por un momento y trató de encontrar en su mente las palabras adecuadas.
— Verás. Mi padre era una persona muy especial. Por su trabajo se había convertido en lo que podíamos llamar una celebridad. Se sabía atractivo y las mujeres lo perseguían, sin embargo eso se había tornado un hábito para él. Es decir, no le daba importancia porque era leal a su familia.
Al decir esto, se rio apenas, y haciendo un simpático gesto de negación con la cabeza, continuó.
— Pero contigo fue diferente. Porque se enamoró de ti. Y eso produjo un dilema terrible en su vida. Creo que todos en el fondo sabíamos que tú te fuiste por eso.
Allegra bajó la cabeza. Era cierto. Ella se había ido para que él no sufriera más. De haberse quedado, él la habría elegido a ella. Y ella no lo podía permitir.
— Yo viví lo que él pasó después —retomó Ramón, después de unos segundos de silencio—. Cuando te fuiste quedó sumido en una profunda depresión. Todos sabíamos por qué era, pero él nunca lo admitió. Sin embargo trabajaba con desgano, todo le molestaba y llegó a un punto en el que pensé que iba finalmente a abandonarnos a mi madre y a mí para ir a buscarte.
— No, Ramón —exclamó Allegra, con tristeza—. Yo nunca lo habría aceptado y tu padre no se lo habría permitido jamás.
— Lo sé. Después de mucho pensarlo durante todos estos años me di cuenta de la triste verdad. Mi padre y tú se habían encontrado a destiempo el uno al otro, pero cualquiera podía darse cuenta de que el de ustedes era un amor de verdad y la lógica habría sido que estuvieran juntos. Solo que las circunstancias de la vida no fueron justas para ustedes dos. Mi padre nos tenía a nosotros, y era demasiado escrupuloso. Para él estaba primero que nada su obligación.
Sonrió apenas, para decir lo que seguía.
— Hoy diría que estaba chapado a la antigua. Y prefirió sacrificar su verdadera felicidad para estar junto a mi madre y a mí.
Se hizo un silencio revelador. Allegra suspiró profundamente apretando los ojos para intentar detener las lágrimas que amenazaban con aparecer y agradeció íntimamente que aquel chico le diera la oportunidad de sincerarse. Ella nunca había hablado de eso con nadie. Ni siquiera con sus seres más cercanos.
— Esa es, Allegra, la primera cosa que debo agradecerte —continuó diciendo Ramón—. Ahí comprendí que tú te habías alejado para evitarnos sufrir a mi madre y a mí.
— Ramón: no sabes cuánto lo siento —reaccionó Allegra con sinceridad, porque por lo visto era el momento de revelar la verdad oculta—. Jamás me propuse enamorarme de él. Pero sucedió y a los tropezones los dos tuvimos que hacernos cargo. Aunque fue en definitiva tu padre el que decidió por ambos. Antes de que yo decidiera irme, tu padre ya los había elegido a ustedes dos.
Ante tal revelación, Ramón sintió que la emoción lo invadía. Por eso se tomó unos segundos para continuar.
— Sabes, nos fue muy difícil enfrentar tu alejamiento. Después de que te fuiste, mi padre lo pasó muy mal. A tal punto que todos temimos que fuera a sufrir un colapso de salud. Yo mismo hasta temí que decidiera suicidarse. Pero después de casi un año de zozobra, un buen día milagrosamente recobró las ganas de vivir. Comenzó a tomar nuevamente las riendas del noticiero. Incluso después de haberse negado durante todo ese tiempo a poner a alguien para remplazarte accedió a que María, la chica que era tu asistente, ocupara tu lugar. ¿Te acuerdas de ella?
— ¡María! —exclamó Allegra haciendo memoria, ahora más animada—. Me había olvidado por completo de ella. Era muy buena chica y muy responsable en su trabajo.
— Aún continúa con nosotros. Pero ahora trabaja conmigo en la redacción.
— Ramón —dijo Allegra, cambiando de tema— perdona la pregunta, pero ¿cuál sería la segunda cosa que, según tú, me deberías agradecer?
— Ah, sí —dijo él, con el rostro iluminado—. Unos años después, cuando mi madre falleció, un día me armé de valor y le pregunté a mi padre por qué, ahora que podía considerarse libre, no iba a buscarte. Y él me respondió que estaba en paz. Que el solo hecho de que tú le amaras había sido su recompensa. Y me dijo algo que hasta el día de hoy recuerdo: que él ya estaba contigo y que tú siempre estarías junto a él.
Allegra sintió que un escalofrío la recorría de arriba a abajo, pero no reaccionó.
— Por eso —continuó Ramón, ajeno a todo— tengo que agradecerte que tu actitud generosa me haya convertido en la persona que soy. Tengo una hermosa familia a la que adoro y de la que no me separaría jamás. Allegra: tú me enseñaste el verdadero sentido del amor y el valor de la renuncia.
Al despedirse en la esquina, Ramón observó que Allegra miraba con tristeza hacia la emisora. El frío de la calle era atenazador y parecía amenazar con helar sus corazones. Entonces, sin pensarlo dos veces, la abrazó.
Al sentir aquel abrazo, Allegra se estremeció. Un rayo corrió de punta a punta por todo su cuerpo. No era Ramón quien la abrazaba; era la sangre de Florentino que se despedía de ella para siempre. Ese era el cierre que tanto había esperado. Ahora sí podía regresar.
Un sol primaveral iluminaba tenuemente los árboles que bordeaban la calle, y bandas de niños pequeños en bicicleta se animaban finalmente a salir a las veredas y a pulular por los jardines delanteros de las casas del lugar. Se sorprendió de que de sus ojos no hubiera caído ninguna lágrima; posiblemente las había derramado todas durante aquellos penosos años de exilio. Miró hacia el cielo y creyó ver, como en tantas otras veces, los ojos de él confundiéndose en aquel celeste, ahora maravillosamente brillante.
Su concentración se cortó abruptamente cuando su móvil sonó.
— ¡Hola! —exclamó, tratando de que su voz no delatara su congoja.
— Mamá, soy yo.
— Sí, dime mi amor.
— Estoy en la puerta. He tocado timbre dos veces pero tal vez no me escuchaste.
— Ah —mintió con lo más simple que se lo ocurrió—. Estaba distraída.
Al abrir la puerta, una niña pequeña se le abalanzó, corriendo a sus brazos.
— Abuela —exclamó espontáneamente, abrazándola entusiastamente—. ¿Vas a leerme muchas historias?
— Por supuesto, mi amor.
Después de presenciar con satisfacción aquella amorosa escena, el muchacho se agachó y miró serio a su hija para hacerle una recomendación:
— Paz: pórtate bien con tu abuela. Tu mamá y yo vendremos en un rato a buscarte.
— Sí papá —respondió la niña, afirmándolo enfáticamente con un gesto de su cabeza.
Mientras Paz enfilaba decidida hacia la sala y se aprontaba para la acción sacando los libros, lápices y juguetes que traía en su mochila, Allegra se detuvo por un momento junto a la puerta observando a su hijo que se alejaba hacia su coche. Entonces le gritó:
— ¡Tino!
— ¿Qué? —respondió el muchacho, volteando hacia ella.
— Te amo.
— Ya lo sé, mamá. Y yo a ti.
Y después de cerrar la puerta de la casa, con una sonrisa tibia en sus labios, fue a sentarse al lado de su nieta.
— Ven, Paz. Comencemos una nueva historia.
………………………………………………………….
Presa de una profunda depresión que no le permitía rendir en su trabajo ni convivir civilizadamente con su familia ni con sus compañeros de trabajo, Florentino a instancias de sus superiores había accedido finalmente a tomarse dos semanas de licencia para intentar aplacar su ansiedad. Hacía un año que Allegra se había marchado y aunque hasta ese momento no había sido capaz de superar su ausencia, a la fuerza había llegado a la conclusión de que, de no hacerlo, no solo corría peligro su trabajo sino también su vida. No iba a salir del país; solo se tomaba unos días libres en un balneario cercano.
Costa del Alma era un balneario que había estado de moda durante mucho tiempo, pero por aquellos años había perdido su popularidad. Por eso era poco visitado y solo era elegido por quienes buscaban pasar unos días tranquilos, lejos del bullicio de la ciudad. Por tal motivo fue el lugar ideal que los directivos del canal eligieron para enviar a Florentino.
En esa época del año aquella playa era lo más parecido a un paraíso terrenal. La soledad de aquel paisaje de arena blanca bordeada por un lado por un agua cristalina y por el otro por una exuberante vegetación de arbustos y palmeras constituía el marco ideal para meditar. Florentino se negaba a dejar ir a Allegra, y de ahí su atormentada realidad. En consecuencia, también se negaba a disfrutar de aquel paisaje. Con el corazón oprimido había esperado durante todo aquel tiempo una señal para despedirse definitivamente de ella y no había podido encontrarla. Sin embargo, la atracción que ejercía aquel lugar parecía animarlo a salir a buscarla. Por eso, después de haber pasado la primera semana de sus supuestas vacaciones encerrado en su habitación del hotel rumiando su pena y mirando la playa a través de la ventana, un bendito día se decidió a salir de su encierro e ir a caminar.
Recorrió un largo trayecto por la orilla, sintiendo bajo sus pies la arena blanda y las olas que llegaban bañándolos apenas. Miraba hacia el horizonte haciendo caso omiso de los pocos bañistas que tumbados sobre la arena disfrutaban del sol. Por eso no advirtió que al pasar frente a un hombre con lentes negros y sombrero de paja que estaba sentado en una reposera, este lo miró con curiosidad.
— ¡Florentino! —escuchó entonces que alguien gritaba a viva voz.
Dudó que fuera a él a quien llamaban. Pero su nombre no era demasiado frecuente. Por eso se detuvo y miró hacia el lugar de donde provenían las voces.
— ¡Florentino Maynot! —exclamó el hombre más sosegadamente, poniéndose de pie y acercándose rápidamente al notar que este se había detenido—. ¿De verdad eres tú?
— Félix —exclamó Florentino sin demasiado entusiasmo al darse cuenta de que era un antiguo compañero de trabajo, bastante más joven que él, el cual había renunciado al canal hacía ya unos años para irse a probar suerte en el extranjero.
— ¿Viniste también para cubrir la nota del congreso de médicos anestesistas? —dijo Félix, ya con más confianza—. Debo decirte que estaba muy tranquilo en mi país, pero como el equipo de reporteros que usualmente cubre estos eventos prefirió entrevistar a una cantante famosa, me vi obligado a venir yo en su lugar. ¿Te pasó igual?
— No —afirmó Florentino rotundamente, dándose cuenta de que por primera vez en mucho tiempo alguien le arrancaba una sonrisa—. Ya no estoy para esos sobresaltos. Solo estoy tomándome unas vacaciones.
Florentino habría preferido pasar desapercibido, sin embargo no le disgustó encontrarse con aquel hombre. Es más, íntimamente agradeció que alguien le distrajera por un rato con sus cuentos y anécdotas jocosas.
La charla estaba siendo intrascendente, hasta que de improviso Félix dijo:
— ¿Te acuerdas de aquella chica tan linda que trabajaba con nosotros? Alegría, creo que se llamaba.
Al escuchar su nombre por primera vez después de tanto tiempo, Florentino sintió que el cuerpo se le aflojaba y se le aceleraba el corazón.
— «Allegra» —lo corrigió, tratando de que la voz no le temblara. Era la primera vez en todo aquel tiempo que podía pronunciar libremente su nombre.
— Es cierto —reconoció el muchacho—. Allegra. Supe que se fue hace tiempo del país, igual que yo. Era una preciosa muchacha, y muy capaz. Me acuerdo bien de ella. ¿Has sabido qué fue de su vida?
— No —respondió escuetamente Florentino, tratando de ocultar su pesar—. No hemos sabido más de ella.
— Ah —exclamó Félix, saliéndole de adentro su vocación periodística—. En ese caso creo tener una primicia.
— ¿Le ha pasado algo? —exclamó Florentino evidenciando sin quererlo una repentina preocupación.
— No, no —rio Félix—. Creo que todo lo contrario. Fue hace un mes o dos. Es que la vi por casualidad y me sorprendí porque no sabía que estuviera viviendo en el mismo país que yo, ni que se hubiera casado. La vi cuando fui a hacer una nota en la maternidad de un hospital. Ella seguramente no me recordaría, por eso no la saludé. Pero verla como paciente despertó mi curiosidad, así que averiguando pude enterarme de que el día anterior había dado a luz un varón.
Fue a partir de aquel día que Florentino cambió. Sus familiares y sus compañeros de trabajo nunca llegaron a comprender cómo había cambiado súbitamente su maligna tristeza por una euforia excepcional. Ni por qué había regresado a su casa y al trabajo mucho antes de lo esperado. Todos supusieron que había sido cierta magia de Costa del Alma lo que había producido el milagro que nadie antes había podido lograr. Aquella suposición rápidamente se viralizó, haciendo que muchos terminaran atribuyendo a aquel balneario un místico poder espiritual. Y Florentino nunca fue capaz de desmentirlo.Empiece a escribir aquí...