Desafíos

Nora Sisto

 

       Faustina apagó su celular y se quedó por un rato abstraída mirando por la ventana. La había llamado su amiga Elena para comentarle una importante novedad: su hermano Augusto volvía al país después de cinco años de ausencia.

      Faustina y Elena habían sido amigas desde la escuela primaria. Su amistad había comenzado cuando la familia de Faustina se mudó a solo una cuadra de la casa de Elena. A partir de ahí jugaban continuamente, estudiaban juntas y eran frecuentes las piyamadas en la casa de una u otra. Para cada una de ellas, la otra era como la hermana que le habría gustado tener. Faustina no tenía hermanos y vivía con sus padres. Elena, en cambio vivía con su madre y su medio-hermano mayor. En aquella época las chicas tenían nueve años, y Augusto era un joven de dieciocho. El padre de Augusto vivía en otro país, y de vez en cuando el chico iba a visitarlo y se quedaba con él largas temporadas.

      Cuando Augusto estaba en casa, las chicas se divertían a lo grande con él, porque como buen hermano mayor, las secundaba en todas sus andanzas. Les encantaba competir con él en cualquier cosa, desde un videojuego hasta una carrera en bicicleta o trepar a un árbol, y aunque la mayoría de las veces era Augusto quien por lógica ganaba, en otras él se dejaba ganar sin que ellas se dieran cuenta. A Faustina, Augusto le gustaba mucho y le fascinaban los   desafíos con él, porque le daba la impresión de que al intentar superarlo, ella a su vez maduraba.

       Una noche, Faustina y Elena habían ido a un baile de disfraces. Elena se  había disfrazado de «Wonder Woman» y Faustina de princesa. Por supuesto, se trataba de una matinée en la casa de otra niña, y a las doce de la noche se daba por finalizada. Como vivían tan cerca, los  padres de las chicas acostumbraban a turnarse para ir a buscarlas. Pero en esa oportunidad, aprovechando que  Augusto había vuelto esa misma tarde, el encargado de traerlas en el coche fue él. Hacía mucho tiempo  que Faustina no lo veía, por eso cuando se encontró frente a frente con él, su corazón se aceleró. Tanto, que por ir rápidamente hacia donde él estaba, pisó sin querer el ruedo de su vestido, cayendo de bruces por los escalones de la entrada. Augusto al verla no pudo menos que levantarla en brazos y llevarla en el coche a la emergencia. Desde esa vez, Faustina supo con certeza que él era su príncipe salvador.

      Ya en la secundaria, la vida de Elena y Faustina transcurría de manera normal. Sin embargo, Faustina guardaba tenazmente su secreto: estaba enamorada de Augusto. Por supuesto, sabía que él era demasiado grande e inalcanzable para ella, por eso solo se dedicaba a soñar en silencio y a dibujar corazones en su diario y escribir frases de amor hacia él. Augusto, por su parte ni se enteraba. Su principal preocupación era terminar la universidad e irse a trabajar al extranjero.

      Cuando cumplió los dieciséis, Faustina se dijo que ya estaba lo suficientemente crecida como para que Augusto se fijara en ella. Pero él no estaba. Se había radicado en el mismo país que su padre y venía a su casa solo esporádicamente para alguna ocasión especial. Sin embargo, Faustina no dejaba de estar pendiente de su venida.

      Uno de los principales temas de conversación entre las chicas del colegio era el relato de sus respectivas experiencias sobre su “primera vez”, y Faustina las escuchaba con atención y expectativa. Por supuesto, para ella nadie más que Augusto podía ser el elegido para tamaña experiencia, y por eso se propuso a sí misma un reto descomunal.

      A esa altura, Augusto tenía veinticinco años y era un hombre hecho y derecho. Por supuesto ya no jugaba con ellas, por eso en las pocas ocasiones en que venía, Faustina trataba de no perder la oportunidad de concitar de alguna otra forma su atención. Para ella, conquistarlo se le figuraba como cualquier otro de sus juegos. Pero ahora no se trataba de aquellas competiciones infantiles, y cada una de sus actitudes provocadoras comenzó a ser percibida inconscientemente por Augusto de una manera muy distinta a la habitual. Si ella se vestía con ropa sexy y se mostraba seductora delante de él, intentaba no inmutarse. Pero aunque él insistiera en continuar viéndola como la amiguita de su hermana, poco a poco su percepción comenzó radicalmente a cambiar.

      Faustina proseguía al firme con su plan de conquista. Le telefoneaba por cualquier motivo y le pedía ayuda con su tarea aunque no la necesitara. Así transcurrió un tiempo, hasta que una tarde todo cuadró. Elena y su madre la habían invitado a ir al cine, pero ella les dijo que estaba cansada de estudiar. Y era cierto; esa tarde con Elena habían estado estudiando para un examen importante, razón por la cual la madre de ésta había querido sacarlas para que se distrajeran. Pero Faustina tenía otro plan.

      Para no acarrear sus libros, Elena había dejado su mochila en la casa de Faustina. Eso significaba que las llaves de su casa también estaban ahí. El plan de Faustina iba a salir a la perfección; a sus padres les había dicho que iba al cine con su amiga, y a su amiga, que iba a quedarse en casa a descansar. Y era un plan perfecto porque nadie iba a verificarlo. Cuando calculó que Elena y su madre ya se habían ido, salió de su casa rumbo a la casa de él. La conocía al dedillo y sabía que Augusto estaba ahí, así que cuando entró supo enseguida dónde encontrarlo.

      Augusto tenía bastante claro que, aunque insistiera en mostrarse como una mujer, Faustina era poco más que una niña. Pero al verla entrar tan decidida a su  habitación, su pensamiento se nubló. Entonces no pudo contenerse. Aquella chica era demasiado bonita y estaba demasiado enamorada de él como para poder resistirse: iba a ser la más fácil de sus conquistas.  Para ella, por su parte concretar aquel encuentro significaba su mayor logro hasta el momento, y se sentía orgullosa de sí misma porque al fin se realizaba su sueño: en lo sucesivo iba a poder presumir con las otras chicas ella también. En suma, esa experiencia iba a hacerlos ganadores a ambos. Sin embargo en el fragor del momento descubrieron algo que ninguno de los dos había podido predecir: se amaban mutuamente. Por eso, resultó tan perturbador.      

      Pero tampoco ninguno de los dos sabía que ese momento iba a ser más perturbador aún. Porque cuando estaban recién reaccionando maravillados, el celular de Augusto sonó. Era la mamá de Faustina, que le pedía desesperadamente que en cuanto volvieran del cine le suplicara a su hija que fuera directamente al hospital: su padre había sufrido un ataque cardíaco y había muerto camino al mismo.

      Mientras miraba caer la lluvia, Faustina recordaba aquella tarde y un nudo se le volvía a hacer en la garganta. Se veía a sí misma corriendo como una desquiciada bajo la lluvia hacia el hospital, llorando desesperada y llevando todo el amor de Augusto oculto en lo más profundo de su cuerpo. Había sido una ironía del destino: al mismo tiempo en que se convertía en mujer, su padre la abandonaba para siempre. Después de aquel día, Augusto no la había vuelto a llamar y ella tampoco lo había llamado. Un injusto sentimiento de culpa parecía haberlos invadido haciendo que se separaran drásticamente.

      Ahora habían pasado cinco años. Su madre y ella se habían mudado a la casa de sus abuelos en la otra punta de la ciudad, y nunca más había vuelto a su antigua casa. Con Elena seguía en contacto, pero se prohibía preguntarle por Augusto. Recordaba con tristeza que él no se había presentado en el funeral. Y en el fondo, ella se lo había agradecido; habría sido un golpe demasiado duro para los dos. Más tarde supo que al día siguiente él se había marchado a la casa de su padre. Después, en un par de oportunidades se enteró de que había vuelto al país, pero ella no lo había vuelto a ver.

      Faustina recién había terminado la universidad. En ese momento estaba desarrollando un proyecto que podía convertirse en un negocio exitoso y redituarle buenas ganancias. Elena, por su parte también se había graduado y además se había casado hacía pocos meses con un chico excepcional. Como ambas tenían múltiples ocupaciones, por lógica no se reunían con tanta frecuencia como solían hacerlo tiempo atrás, aun así siempre encontraban un momento para juntarse en algún bar del centro o para salir de compras. No obstante, a pesar de su familiaridad, Faustina nunca le había confiado aquellas circunstancias tristes de su pasado.

      A raíz de su boda, Elena se había mudado a un departamento cerca de la casa de su madre. Para Faustina, aquel barrio estaba cargado de nostalgia, y debido a eso trataba de no ir. El paisaje estaba incambiado, a excepción de la casa en la que Faustina había vivido con sus padres, porque al año de enviudar, su madre se había decidido a venderla y sus compradores la habían remodelado totalmente sin que quedara ningún vestigio de la construcción original. Por eso, ella ya no tenía un motivo para pasar por ahí. Pero ahora su amiga  le anunciaba que en pocos días su hermano regresaba, y el recuerdo de aquel entorno  volvía a estremecerla otra vez.

       Faustina volvió a telefonearle a Elena. Aunque creía que era mejor no encontrarse con Augusto, por las dudas necesitaba saber todo sobre él. No podía preguntarle directamente, sin embargo se las ingeniaba para sonsacarle lo que deseaba saber. Elena nunca había dicho que estuviera casado o que tuviera una novia. No obstante, se olvidaba de que ella misma estaba saliendo con Javier, un chico que había conocido unos meses atrás. Javier trabajaba en el mismo rubro que ella, y ambos tenían intereses y negocios en común. Aunque estaba segura de que nunca iba a ser igual que como con Augusto, mantenía su relación como una vía de escape para evitar estar pendiente de él.

        Y el día temido llegó. Era el cumpleaños de la mamá de Elena, por lo tanto no podía excusarse de ir. Sabía que Elena había organizado con mucha ilusión el festejo en casa de su madre, pero para ella había un problema: Augusto se estaba quedando en ese lugar. Faustina intentaba convencerse de que estaba preparada para verlo, pero sabía que cualquier preparación iba a ser insuficiente. Porque allí estaba él —e indefectiblemente como sucede cuando se carece de la necesaria convivencia de desgaste, que lo suaviza todo— cuando se vieron fue como si todos esos años no hubieran transcurrido y retomaran en ese instante, con el mismo apasionamiento el hilo del día anterior.

      Aun así, se saludaron con protocolo, como si fueran desconocidos. Él había venido solo, lo que la tranquilizó. Pero ella, torpemente había llevado a Javier. Había supuesto que llevarlo podía ser una especie de escudo protector que la hiciera sentir segura. Pero se equivocaba. Augusto estaba más apuesto que nunca. Estaba más corpulento, tal vez hasta más alto de lo que ella recordaba:   estaba más hombre. Y cuando sus ojos la miraron, ella creyó desfallecer.       

      Como era previsible, la madre de Elena, sorprendida por su noviazgo con Javier no  podía parar de interrogarla. Le hacía preguntas incómodas sobre ellos y bromeaba con la fecha de una próxima boda. Faustina no quería responderle de mala manera porque le tenía mucho cariño, pero buscaba la manera de hacer que se detuviera. Por eso, cuando pudo se levantó de la silla y se fue sola al jardín.

      La noche estaba estrellada, y a falta de focos encendidos una luna llena iluminaba sutilmente todo el lugar. Desde donde se encontraba podía divisar en el piso superior la ventana abierta de la antigua habitación de Augusto. Abstraída, se quedó mirando hacia allá un buen rato, imaginando que él desde la oscuridad también estuviera mirándola. Pero él no estaba allí. Estaba a su lado.

—    La casa está igual —le dijo, sorprendiéndola porque no lo había oído aproximarse—. En cambio, la tuya ya no parece la misma.

—    Sí —dijo ella, simplemente—. Ha cambiado.

—    Es una lástima —dijo él, tras un suspiro profundo—. Aquella me gustaba mucho.

      Ella se sobresaltó. Él no le estaba hablando de la casa, sino de ellos mismos. Asustada, no quiso continuar aquella conversación y huyó hacia donde estaban los demás.

—    Estás pálida —le dijo Javier al verla entrar nuevamente en la sala.

—    Es que hacía frío allá afuera —respondió ella, forzando una sonrisa—. Es hora de que nos vayamos.

      Javier era un chico encantador. La acompañaba a todas partes y se ocupaba de hacerla feliz. Sin duda se merecía que ella lo amase. Pero ella no podía tener  amor para él, porque todo su amor le pertenecía a Augusto. Por ese motivo, Faustina se sentía de alguna manera obligada hacia Javier, e ingenuamente se había propuesto agasajarlo con un primer encuentro íntimo. Tal vez de esa forma  podría comenzar a poner coto a su dilatado sufrimiento. Entonces, para irse preparando, fue con Elena a una conocida tienda de ropa interior, con intención de elegir un conjunto sofisticado para usar en dicho encuentro.

      Dentro del estrecho probador —similar a una pequeña cabina de ascensor—  Faustina se miraba en aquel espejo de piso a techo, pensativa. Su cuerpo no había sido tocado por otro hombre más que por Augusto, y se preguntaba si éste alguna vez lo volvería a hacer. Se miraba ataviada con aquel sugerente brasier de encaje negro con pequeños lunares de un rojo brillante y con la minúscula, casi imperceptible tanga en composé, que cubrían entre los dos una ínfima parte de  sus hermosos atributos femeninos, y no acertaba a discernir a quién ese atrevido conjunto estaba verdaderamente destinado. No le convencía lo que iba a hacer, pero tenía que orientar de una buena vez su vida. Javier era bueno y condescendiente con ella, pero sobre todo era una vía de escape para alejarse definitivamente de Augusto.

      Elena la esperaba afuera del probador y mientras, aprovechaba para curiosear  las prendas que se exhibían en aquellos desfachatados maniquíes. De pronto, vio que alguien irrumpía en el local. Era Augusto. Venía vestido formalmente con un traje oscuro pero sin corbata y llevaba la camisa blanca abierta casi hasta la mitad. Parecía desaforado. Alarmada, Elena trató de frenarlo pero él no la dejó.

—    No te interpongas, por favor —le dijo a su hermana, con voz enérgica—. Esto es algo solo entre Faustina y yo.

      Entonces, Elena se apartó. Presenció a continuación cómo él abría intempestivamente la puerta del probador y se introducía en él, volviendo a cerrar desde adentro.

—    ¿Qué…?—alcanzó a decir Faustina, volteando rápidamente al verlo.

      Tenía una expresión desencajada, pero ella no temió; él era su hombre, el mismo con el que había tenido intimidad. Quedaron frente a frente, mirándose a los ojos y ninguno de los dos habló. La privacidad de aquel recinto los resguardaba.  De pronto, tras ver el conjunto que ella traía puesto, él perdió la compostura y comenzó a quitárselo con mano firme y suave a la vez. Ella no se movió. No podía. Sentía el calor de las manos de él rozando apenas su cuerpo, y al hacer cierto movimiento, su respiración tan cercana hizo que se le erizara la piel.

—    No es para ti —fue todo lo que le dijo, al mismo tiempo que dejaba caer despectivamente ambas prendas sobre el piso.

      Ella comenzó a temblar. Lo primero que esperó fue que sus manos acariciaran enloquecidamente su cuerpo y la aprisionaran con fuerza. Pero eso no pasó. Sin decir nada más, él salió del probador cerrando la puerta tras de sí cuidadosamente. Su hermana, que esperaba a un par de metros de allí lo miró interrogante, sin entender.

—    No entres —le ordenó él, mostrando una calma forzada —. Dale unos minutos. Ella sola saldrá.

      Dicho esto, se fue rápidamente del lugar.

      Nadie podía imaginar lo ocurrido allí adentro. Faustina, completamente  desnuda se miraba azorada en el espejo tratando de descifrar lo ocurrido unos segundos atrás. Ella ya sabía que nada de eso era para ella: ni esa ropa ni Javier. Pero ¡qué podía hacer! Ese había sido su torpe intento de escapar de aquel sentimiento que la abrumada, y una vez más volvía a darse cuenta de lo imposible que era.

      Tal como él lo había dicho, al cabo de unos minutos se abrió la puerta del probador y Faustina salió. Tenía el rostro demacrado, como si hubiera visto un fantasma, y Elena no se animó a preguntar. Veía su expresión de resignación,  por eso estimó que debía darle tiempo para que se recompusiera. Tampoco le objetó cuando vio que volvía a poner en su lugar el conjunto que se había probado y que había vuelto a acomodar prolijamente en su perchita. Cuando estuvo pronta para salir, Faustina dirigiéndose a su amiga dijo simplemente:

—    Vámonos.

      Habían ido en el coche de Elena, y ésta mientras conducía la miraba de reojo con preocupación. Faustina estaba visiblemente angustiada. Permanecía callada, pensativa y notaba que se mordía los labios para contenerse y no llorar. Entonces, en lugar de llevarla a su casa, Elena decidió detenerse a mitad del trayecto.

—    Vamos a tomar un café —le dijo con una sonrisa de aliento—. Te hará bien.

      Elena toda su vida lo había deseado, pero nunca se había imaginado que pudiera llegar a ser verdad. Suponer a su hermano con su mejor amiga era un sueño que había perseguido desde que eran niñas, aunque no sabía que ellos por su parte lo habían hecho realidad. Mientras Faustina entre lágrimas se lo contaba todo, Elena ataba cabos. Aquel sublime suceso había quedado sepultado bajo la terrible conmoción de ese día, por eso nunca nadie había llegado a percatarse de él. Solo ella había tenido un indicio: muchas veces se había preguntado cómo sus llaves habían aparecido aquel día en su casa cuando ella las había dejado en otro lugar. Pero eso era insignificante. Lo que en este momento la enternecía era saber que aquellas dos personas tan queridas para ella habían padecido en silencio durante todo ese tiempo. Ahora entendía el exabrupto de su hermano. Ante la inminencia de un posible compromiso de Faustina, él había tomado la iniciativa arriesgándose a sacar su amor a la luz.

      Al dejar a Faustina en su casa, Elena le dijo sin pensar:

—    Creo que deberías hablar con él antes de que se vaya.

—    ¿Va a irse otra vez? —exclamó Faustina alarmada.

—    Si. Se va mañana por la tarde.

      Faustina no podía creer que la historia se repitiese. Él volvía a escapar de ella y posiblemente no tuviera otra oportunidad. Su amiga le estaba alertando, y ella no podía perderlo otra vez. Así que se dio una ducha fría y se fue a la casa de él.

      Augusto pareció estar esperándola, porque al verla no se sorprendió.

—    Pasa —le dijo con calma—. Me alegro que estés aquí porque me gustaría  disculparme por lo de hace un rato. Sé que no estuvo bien.

—    ¿Es cierto que te vas? —le dijo ella, cortándolo en seco.

—    ¿Quién te lo dijo? —le preguntó él, disimulando su confusión.

—    Elena.

      Augusto sonrió para sus adentros: Elena había hecho su jugada. Por eso pensó un instante antes de responder.

—    Es cierto —afirmó—. Me voy mañana por la noche. ¿Es por eso que viniste?

—    Sí —respondió con voz apagada—. Es por eso y también por lo que pasó hoy.

—    ¿Viniste a pedirme explicaciones? —le dijo él, y mirándola fijamente a los ojos agregó—: ¿En serio las necesitas?

—    Si, Augusto. Las necesito porque ya no puedo más con esta confusión. Sabes bien que te he amado durante toda mi vida. Desde aquella vez en que me llevaste en tus brazos con mi vestido de princesa, supe que eras el hombre para mí. En aquel momento era demasiado pequeña para aspirar a tu amor, por eso sufrí durante mucho tiempo. Y cuando por fin tuve edad para estar contigo, sucedió lo que ya sabes.

      Se detuvo un segundo para respirar hondo.

—    Durante mucho tiempo me sentí culpable por haber estado contigo y no al lado de mi padre cuando éste murió, pero más tarde me di cuenta de mi error. Él te quería mucho y se habría alegrado si hubiéramos sido novios. Quería  decírtelo, pero te fuiste sin que pudiera hablarte.

      Se detuvo, bajó la cabeza y suspiró.

—    Y ahora, otra vez te vas —exclamó, como para ella.

      Él se conmovió. Lo que ella le decía era todo lo que necesitaba oír.

—    Es que tengo que irme —repitió, como excusándose.

—    Augusto, necesito que antes me digas por qué te comportaste así en la tienda. ¿Acaso significo algo para ti?

—    Espera —la interrumpió ahora él—. ¿En verdad aquella tarde, hace cinco años, no te diste cuenta de lo que significabas para mí? ¿Tan mal estuve?

      Ella no pudo responderle, por eso él prosiguió:

—    Y dime, ¿no era que te habías propuesto conquistarme? Lo único que hice hoy en la tienda fue evitar que por una torpeza fueras a arruinar lo que habías conseguido.

      Sacudió la cabeza en actitud de negación, y agregó en tono serio:

—    Lamento si en el momento fui un poco rudo y te hice sentir mal, pero el solo pensar que te vistieras así para otro me enloqueció.

      Faustina lo miró incrédula. Al oír sus palabras volvía a sentirse como la chica de cinco años atrás, aquella que lo desafiaba en todo. Y él no había dejado de ser aquel cuya superioridad tantas veces la había abochornado, el mismo que se había rendido, vencido por su amor: era el hombre de su vida.

—    Nunca te había visto celoso.

—    Y tú, ¿acaso no me extrañaste todo este tiempo?

—    ¿Te burlas de mí? Han sido los años más tristes de mi vida.

—    Lo sé. Y lo lamento —dijo retomando la seriedad, aunque no podía ocultar lo feliz que estaba—. También lo fueron para mí. Pero podrás imaginarte que otra cosa no podía hacer. Un hombre grande como yo no tenía el derecho de abusar de una chica tonta de dieciséis años que solo pensaba en ganar una apuesta a sus amigas.

      Y suspirando profundamente, rectificó:

—    Aunque reconozco que esa vez no me importó.

—    ¿Sabías que esta “chica tonta” iba a esperarte?

—    Por supuesto. Del mismo modo en que yo te he esperado a ti.

      Y agregó a modo de reproche:

—    Te das cuenta de que si hoy no iba a esa tienda a detenerte ¡quién sabe qué desastre habrías llegado a hacer!

—    ¿Crees que todavía tengo dieciséis años? Después de todo, si iba a hacer un desastre sería solo por tu culpa, por no haber hablado  conmigo en aquella oportunidad.

—    ¿Y qué habrías hecho? ¿Acaso en aquel entonces me habrías escuchado? Posiblemente habrías querido abandonar todo por seguirme, y eso no era lo que ni yo ni nadie deseaba para ti. Mírate ahora: eres una mujer exitosa. Y ya ves: sigues enamorada de mí.

      Augusto estaba en lo cierto. A sus dieciséis años solo habría tomado decisiones alocadas que habrían puesto seguramente en riesgo su vida y su futuro profesional. De alguna forma, él había hecho lo correcto: le había asegurado su amor pero a la vez la había cuidado.

—    Entonces… ¿no te vas? —le preguntó tímidamente, suponiendo que de ahora en adelante no se separarían.

—    Sí, me voy. Tengo que irme —afirmó con seguridad.

—    Pero creí que…

—    Me voy, pero en siete días vuelvo —acotó, son una sonrisa—. ¿Acaso Elena no te lo dijo? Me voy porque tengo que firmar unos papeles. He vendido mi casa, porque voy a comprar una casa acá. La empresa en la que trabajo me ha transferido, así que desde ahora en adelante voy a vivir otra vez en esta ciudad. Cuando vuelva, si quieres podemos ir juntos a elegirla.

—    Voy a extrañarte.

—    Ya lo sé. Por eso, ahora quédate conmigo así puedo dejarte algo en qué pensar.

—    ¿Y tu madre?

—    No está. Elena la llamó hace un rato para invitarla a ir al cine.