Desquite

Nora Sisto

       Albertina sacudió la cabeza varias veces con gesto de negación. Se había equivocado. Rodrigo era realmente especial pero no estaba dispuesta a tener sexo con él. Era rubio, atlético, buenmozo, pero no era para ella. Si había pensado avergonzar a Elina Williams arrebatándoselo, ahora se daba cuenta de lo absurda que había sido su intención. Había utilizado su poder de forma   irresponsable y no estaba dispuesta a pagar un precio tan alto por su triunfo. Por eso, aprovechando que él todavía estaba en el baño, tomó sus cosas evitando hacer ruido y se fue rápidamente por las escaleras, sin esperar al ascensor.

      Albertina creía haber planificado muy bien su maquinación. La chica se enteraría de que su novio había estado con otra chica y eso la haría darse cuenta de lo irrisorio de su poder. Pero ahora, a punto de lograr su propósito, el sabor de su desquite no le parecía  tan dulce  como había supuesto antes de comenzar. No obstante, a sus diecisiete años se preguntaba si aquel repentino golpe de arrepentimiento sería tal vez un indicio de estar alcanzando su madurez porque, después de todo, algo positivo creía haber obtenido de su desatino:  Rodrigo no valía la pena para ella, pero tal vez su injerencia había servido para salvar a Elina de él.

      Había rivalizado con la chica Williams no bien ésta llegó al instituto en el que ella había estudiado durante toda su vida. Había aparecido en el último año del  bachillerato, justo cuando las clases ya estaban por la mitad y eso la hacía una advenediza. Albertina era rubia, muy bonita y siempre había sido popular, pero  Elina era hija de un diplomático extranjero que había venido a radicarse en esa  ciudad, y cuando irrumpió allí, con su exótica belleza esculpida en una piel color aceituna, su abundante cabellera color azabache y su mirada sensual, los chicos más grandes e interesantes del colegio inmediatamente desviaron su atención hacia ella. Por eso Albertina, con escaso criterio, decretó que no tenía ningún derecho a acaparar al chico más buenmozo de la institución y menos aún que anunciara su compromiso con él.

      Albertina nunca iba a ser amiga de Elina. Estaban en clases diferentes y solo se miraban de lejos con perspicacia en los recreos o a la hora del almuerzo en el comedor. Pero habían pasado dos días de aquel insuceso, y su morbosa curiosidad la empujaba a observarla para comprobar si acusaba recibo. Y efectivamente ese día algo ocurrió, aunque no fue lo que esperaba.

      A la hora del almuerzo, Albertina fue a sentarse como siempre al lado de sus compañeros más cercanos. Pero un hecho la descolocó. Ella había supuesto  que Elina no tenía ningún amigo,  por lo que gozaría viéndola rechazada y sufriendo en soledad. Pero contrariamente a lo que pensaba, en una mesa cercana, un grupo de chicos la rodeaba afectuosamente mientras ella,  con la cabeza gacha, lloraba en silencio. En ese instante, la satisfacción que había pensado que sentiría no afloró, pero sí afloró en su lugar un súbito remordimiento. Y cuando vio que algunos de los chicos la señalaban con duda razonable, no pudo soportar el peso de su perversidad y, dejando el almuerzo en su bandeja a medio terminar, se retiró del comedor.

      Se sentó en uno de los escalones de la gran escalinata de acceso al colegio, y se quedó allí sola, esperando a que finalizara la hora del almuerzo para volver a entrar. No pensaba en nada. Solo repasaba en su mente los pasos que la habían llevado a tomar aquella ridícula decisión. Ella nunca había sido una hostigadora. Tenía muchos amigos y nunca había intentado imponer sobre ellos su superioridad. Pero esa vez había actuado llevada por un arrebato repentino  ante un absurdo sentimiento de rivalidad. Ahora, al revés de lo que había pensado que sucedería, todo había resultado un desastre.

      Estaba enfrascada en sus pensamientos cuando de pronto vio estacionar frente a ella una enorme camioneta de color azul oscuro, de la cual salió corriendo un muchacho que, subiendo los escalones de a dos en dos, pasó a su lado sin mirarla y entró rápidamente al edificio. Lo atractivo que era la distrajo de su concentración. Vestía un uniforme militar camuflado que dejaba advertir un  físico privilegiado. Su cabello oscuro, igual que su tez, estaba rapado casi por completo. Traía lentes negros, lo cual le impidió apreciar completamente su rostro, pero por el rictus de su boca se dio cuenta de que tenía una clara expresión de contrariedad. Casi enseguida lo vio salir, pero no venía solo. Llevaba  abrazada a Elina y pasó a su lado otra vez sin registrar su presencia y  después de subir a la chica a la camioneta, se fue rápidamente doblando la esquina.

      Por más de una semana, a Elina no la vio. Sin embargo, se las ingenió para averiguar por qué no estaba asistiendo a clases. Después de sonsacar información a algunos de sus compañeros, se enteró de que iba a pasar unos días fuera del país. Al parecer, estaba deprimida por haber sido engañada por  su novio, por lo cual sus padres habían decidido llevarla con ellos de viaje a pasar unos días en su país natal. Y quien había venido a buscarla aquel día al colegio era su hermano mayor. Albertina por un lado se alegró, porque al mantenerse Elina lejos por unos cuantos días le dejaba el camino libre. Pero a su vez, algo no pudo pasarle inadvertido: ¡aquel monumento de hombre era el hermano de su rival!

      Llegó fin de año y las clases culminaron con normalidad. Albertina respiraba  tranquila porque a Elina seguramente nunca más la volvería a ver, ya que ella asistiría a la Facultad de Medicina y Elina a la de Psicología. Incluso también era posible que aquella chica volviera a su país, aunque esto último no dejaba de ser una desventaja, porque de ese modo perdía la oportunidad de volver a ver a aquel muchacho guapo que tanto la había impactado. Apostaba a que con el tiempo todo se olvidaría. No podía imaginar que aquella burda experiencia iba a marcar tan hondamente su vida.

      Pasaron más de cuatro años. Albertina estaba próxima a recibirse de médica y a modo de práctica estaba haciendo una pasantía en uno de los mejores  hospitales de la ciudad. A pesar de que no tenía planeado especializarse en ginecología, se desempeñaba mientras tanto como practicante en el ala de maternidad. Y fue ahí, en una de sus habituales recorridas, que tuvo una sorpresa inesperada.

      Al entrar en una de las salas VIP para controlar a una paciente que estaba en pleno trabajo de parto, se encontró con que dicha paciente era Elina. Dado el estado de conmoción de la parturienta, esperaba pasar desapercibida frente a ella, por lo que se limitó a controlarla como a cualquier otro paciente, con amabilidad pero evitando entablar conversación. Pero cuando estaba por retirarse, la puerta de la sala se abrió y dos hombres irrumpieron en la habitación.

—    Amor, ¿estás bien? —dijo exaltado uno de ellos, acercándose rápidamente a la cama y tomándole la mano.

—    Sí —respondió ella, mirándolo con ternura.

—    Perdóname por tardarme tanto. Por suerte Evan me fue a buscar al aeropuerto.

      Al escuchar sus palabras, Albertina miró inmediatamente al otro hombre que había quedado parado a unos pasos de la puerta. En seguida lo recordó. Era el hermano de Elina. Aquel hombre increíblemente apuesto estaba ahí y al verlo sintió que un frío corría por su espalda. Ambos se miraron brevemente y por la expresión de su rostro, Albertina presintió que él la había reconocido, dado que aquellos ojos muy claros, casi transparentes —que ahora sí pudo admirar—  parecieron impactar en ella como un proyectil. Pero la voz de Elina los distrajo.

—    Doctora, este es mi esposo Nahuel —dijo Elina, orgullosa—. Y él es mi hermano Evangelista.

—    Encantado —dijo Evan parcamente, sin acercarse ni extenderle la mano.

—    ¿Usted es la doctora que va a traer al mundo a nuestro hijo? —dijo, en cambio Nahuel, con una sonrisa nerviosa y con el rostro encendido de ansiedad.

—    No —afirmó enseguida Albertina—. Soy practicante. Quien va a atenderla  es su doctora personal.

      Mientras decía esto, notó que Nahuel la miraba extrañado, como tratando de traer algo a la memoria.

—    Disculpa, pero ¿tú no asistías a la misma secundaria que nosotros? —dijo sorpresivamente Nahuel—. Creo que nos conocemos de allá. ¿No crees, Elina?

—    No sé —acotó Elina sin prestar atención, porque en su situación no estaba para pensar en nada.

—    Tal vez no la recuerdes porque tú solo asististe medio año —insistió Nahuel, mirando a su esposa para explicarle—. Yo, en cambio estuve allí desde el preescolar.

      Y volviendo a mirar a Albertina, agregó:

—    ¿Acaso no eres Albertina? En realidad yo soy dos años mayor que tú, pero igual te recuerdo, porque mis compañeros suspiraban por ti. Siempre fuiste muy bonita.

      La conversación se estaba tornando embarazosa para Albertina. Por eso,  sonrió apenas y evitó mirar la reacción de Evan que, aunque sin participar en la conversación, la observaba en silencio.

—    Sí, soy yo —admitió nerviosamente Albertina, como si hubiera sido imprevistamente descubierta en infracción—. ¿Cómo has estado?

—    Ya lo ves —continuó orgulloso Nahuel—. Aquí estoy, casado con esta hermosa mujer y a punto de convertirme en padre.

      A todo esto, a Evan —que a pesar de demostrar desinterés los escuchaba  atentamente— no le pasó desapercibido el hecho de que Albertina se pusiera nerviosa. Pero se guardó sus conclusiones.

      Tratando de poner fin a aquella incómoda charla sobre  el pasado, Albertina se disculpó y salió de la habitación. Se sentía doblemente abochornada. Elina había afirmado no recordarla, pero era improbable que así fuera. Y para colmo de males Rodrigo había sido compañero de clase de Nahuel, por lo cual éste seguramente estaba al tanto de todo. Pero curiosamente, lo que más le preocupó  fue que Evan se hubiera dado cuenta de que era ella quien había hecho a su hermana aquella mala jugada.

      Iba a ser penoso que a Elina, en su estado, se le ocurriese confrontarla. Por eso  se las ingenió para no tener que ser ella quien la volviera a controlar. Pero por fortuna al otro día, se enteró de que ya había nacido su hijo, por lo cual supuso que a lo sumo en dos días más sería dada de alta y ya no tendría que preocuparse de volverla a ver. Sin embargo, a quien volvió a ver ese día en el corredor fue a Evan.

—    Felicitaciones —se le ocurrió decirle, al cruzarse con él—. Ya me enteré de que todo ha salido bien.

—    Sí —afirmó él, deteniéndose para responderle—. Estoy muy contento. Mi hermana se merece toda la felicidad. Siempre lo ha merecido.

      Albertina, consciente de que no era conveniente iniciar con él ningún tipo de  acercamiento, siguió su camino. Pero por desgracia no fue capaz de interpretar el contenido de aquellas palabras de Evan.

      Cuando por fin Elina y su hijo dejaron el hospital, respiró aliviada. Ya no tenía por qué estar pendiente de encontrársela. Pero lo que no se esperaba era volver a ver a Evan.

      Ese día, ella había terminado su turno y se estaba yendo para su casa. Era tarde y allá la esperaban para celebrar un evento familiar. Por eso estaba apurada. Había pedido un taxi pero este se demoraba más de la cuenta, haciéndola impacientar.

      Acababa de mirar por enésima vez su reloj, cuando de pronto vio que Evan también salía del hospital.

—    ¿Terminaste tu turno? —le dijo él, en tono amable.

      Albertina lo miró con turbación. Entre tanto jaleo no se había detenido a observarlo detenidamente. No solo era un monumento de hombre, como había pensado aquella vez; era un hombre excepcional. A su físico atlético, su rostro cetrino y sus ojos de mirada intensa se sumaba ahora su voz afable que le hablaba ronca y sensual. Casi tuvo que pellizcarse  para volver a la realidad.

—    ¿Ya te vas a casa? —reiteró él sonriendo, consciente de que al verlo se había quedado atónita.

—    Sí, sí —respondió aturdida—. Estaba esperando un taxi, pero parece que no quiere llegar.

—    Puedo llevarte, si quieres —le ofreció Evan, amigablemente.

      Habría ido con él a cualquier parte, pero para no parecer obvia demoró en aceptar. Pero Evan era demasiado atractivo.

      Durante el trayecto, Albertina no habló mucho. Tenía miedo de hacer algún comentario que pudiera ponerla en evidencia. Él, en cambio, se mostraba muy conversador. Le contó que vivía en el extranjero y que hacía unos días que había llegado al país para conocer a su sobrino. Había solicitado una licencia en la división del ejército a la cual pertenecía pero pronto iba a tener que regresar. Mientras conducía, de a ratos la miraba de costado y a Albertina aquella mirada parecía desarmarla sin poderse resistir.

—    Es ahí, en la esquina —dijo aliviada, al atisbar al fin su casa—. Gracias por traerme hasta acá.  

—    ¿Mañana a la noche estás libre? —dijo él de pronto.

      Albertina no esperaba escuchar aquella súbita pregunta y, sin tener idea del alcance que tendría en adelante su respuesta, le dijo sin dudarlo:

—    Sí.

—    Muy bien —respondió Evan, satisfecho—. Entonces te paso a buscar para ir a cenar.

      Durante los días siguientes, Albertina se olvidó de todo y creyó haber llegado al Paraíso. Evan era todo lo que siempre había soñado. Era un hombre fuerte, tierno y seductor. Pasaba con él largo rato al teléfono o se encontraban para salir a pasear. Con cada encuentro, la atracción entre ambos aumentaba exponencialmente, tanto que los últimos días en que Evan permaneció en la ciudad los pasaron amándose apasionadamente.

      El día en que Evan se fue, lo pasó muy angustiada. Habían llegado a su fin sus quince días de licencia y por lo tanto él debía volver a su casa y su trabajo en otro país. Y Albertina comenzaba a desesperarse porque sentía que en lo sucesivo le iba a ser muy difícil estar sin él. Sin embargo, habían sellado definitivamente su amor y creía que a partir de ahí, aunque a la distancia, su relación iría consolidándose. Pero inesperadamente, algo comenzó a inquietarla.

      Esperó que Evan le telefoneara ese mismo día para avisarle que había llegado bien, pero él no la llamó. Pasó varios días pendiente de su móvil esperando su llamado pero este nunca llegó, así que fue ella quien se decidió a telefonearle. Lo intentó en repetidas oportunidades pero una grabación le decía porfiadamente que ese  teléfono estaba fuera del área de cobertura. Sin descanso volvió a intentarlo hasta que al fin la grabación le informó que ese número telefónico había sido cambiado. Entonces creyó morir. Evan se había ido y ella había quedado ahí sola, con un amor desnudo y desamparado,  deseándolo con todas sus ansias. Hasta que al fin entendió: Evan había vengado a su hermana.

      Los días y los meses pasaron. Albertina trataba de concentrarse en su trabajo, pero su vida ya estaba puesta al revés. Evan había llevado a cabo una jugada maestra. La había enamorado como nunca nadie había podido hacerlo.  Con una táctica perfecta había inundado de pasión su corazón y su cuerpo, pero no había sido por amor. Había sido con el único propósito de hacerle pagar con cuatro años de intereses el daño hecho a Elina.

      El año finalizaba y con él su pasantía en el hospital, y eso acrecentaba su melancolía. Pero a cambio, obtenía su título de doctora. Ahora era médica y se preparaba entusiastamente para concursar. Al salir seleccionada logró que la contrataran en el mismo hospital, por lo que ahora se sentía segura de sí misma. Pero su triunfo profesional no compensaba su rotundo fracaso amoroso. Era obvio que nunca iba a recuperar a Evan y por eso sufría. Sin embargo, sentía que aquel sufrimiento era tremendamente desigual. Ella había actuado en aquel entonces con la inconsciencia de su inmadurez, pero él había sido más cruel. Elina había perdido su orgullo juvenil, sin embargo ella había perdido al amor de su vida.

      A pesar de todo, por más que lo intentara, no podía odiarlo. Por el contrario, con la distancia su amor por él crecía y crecía cada día descontroladamente, y parecía no poder ponerle fin. Albertina estaba segura de que Evan regresaba cada tanto a la ciudad a visitar a sus padres y a su hermana, lo que significaba una remota chance de poder verlo otra vez. Pero su desilusión había sido tan grande que, al fin de cuentas no sabía si verlo sería, en definitiva, mejor o peor que intentar olvidarlo de una vez por todas.

      Para procurar pasar la página, un día aceptó la invitación de uno de sus compañeros de trabajo para asistir a una función de teatro. Era una función de beneficencia a la que asistirían integrantes de diversas instituciones, así como otros integrantes del personal del hospital.

      Albertina, junto con su acompañante aguardaba en el foyer para entrar a la sala, cuando intempestivamente vio pasar a Evan por delante de ella, sin darle tiempo a reaccionar. Él había fingido  ignorarla, pero ella estaba segura de que mostrarse delante de ella había sido intencional. Si estar lejos de él había sido insoportable, su  actitud en ese momento le produjo una angustia aún peor. Es que Evan no buscaba acercarse a ella: solo potenciaba su castigo.

      Cuando Albertina y su acompañante se ubicaron en la platea, casual o intencionalmente Evan se sentó en la fila de adelante, justo delante de ella. Como estaba acompañada, Albertina creyó que era inapropiado recriminarle allí su actitud provocadora, pero lo cierto es que durante el espectáculo no tuvo más remedio que mirar su nuca en lugar de mirar al escenario. Percibía el perfume de su cuello que en otras circunstancias la había subyugado hasta el delirio, y en los momentos en que se hacía silencio hasta podía sentir el ritmo de su respiración. Y cada vez que lo veía acomodarse en su butaca, su cuerpo no podía dejar de reeditar el empuje de aquella bandada de mariposas que él en lo más profundo le había sabido introducir. Por eso, cuando no pudo más, se levantó de su asiento y, saliendo apresuradamente de la sala fue a refugiarse en el toilet.

        Por suerte los asistentes seguían atentamente la función y no había allí nadie más que ella, gracias a lo cual pudo quedarse tranquila durante un rato  mirándose al espejo y preguntándose qué hacer. Al final, se dijo que no podía dejarse atontar por la actitud de Evan y menos aún por lo irreprimible de sus propios sentimientos, y entonces se dispuso a volver a su lugar. Pero al salir del toilet se encontró frente a frente con Evan. Estaba irresistible. En esa ocasión no vestía su habitual uniforme militar, sino un elegante traje gris oscuro. Pero ella no podía mostrarse débil frente a él. Por lo tanto, le señaló enojada:

—    ¿Qué haces acá? El toilet de hombres está del otro lado.

      Evan no le respondió. La miraba fijo, sin hablar. Y tampoco se movía de donde estaba. Así que Albertina se animó a continuar.

—    ¿Viniste a comprobar si pudiste destruirme?

      Pero Evan seguía mirándola fijo sin decirle nada, lo que acrecentaba su enojo. Entonces agregó:

—    ¿O acaso viniste a comprobar si sigo enamorada de ti?

      La camisa blanca hacía resaltar su rostro muy bronceado, y sus ojos claros brillaban como dos brasas candentes que la atraían como un imán. Pero a la vez encarnaban todo el dolor que él le había causado y entonces ella quiso ser más agresiva que él, hiriéndolo donde estaba segura de no fallar. Así que, con dureza le espetó:

—    Sí. Todavía lo estoy. El amor que siento es tan grande que me mata, pero igual cada día me levanto y vuelvo a respirar.  

      Y pasando por delante de él con gesto de soberbia, agregó:

—    Si es que eso te deja satisfecho, disfrútalo.

      Estuvo temblando por el resto del espectáculo. Había sido angustiante hablar con él. Pero más intranquila la había dejado el hecho de que él no había vuelto a sentarse en su lugar.

      Cuando la función finalizó, Albertina se levantó junto con su acompañante y mientras caminaban entre los asientos con dirección a la salida, se fueron juntando con el resto de los colegas del hospital, que iban organizando animadamente ir a tomar unas copas a un bar. Pero ella no iba a ir, aunque a decir verdad le habrían venido bien un par de tragos fuertes.  Cuando llegaron a la calle, se lo volvió a encontrar y le dio la impresión de que Evan la había estado esperando. Entonces, con cualquier excusa se despidió de sus compañeros y enfiló de prisa hacia el lado opuesto en que estaba él. Pero él fue a alcanzarla, y esta vez fue él quien habló.

—    ¿Te vas? —le dijo, con voz agitada—. ¿No tienes curiosidad por saber qué siento yo?

      Albertina lo miró con ojos tristes. Por lo visto no le alcanzaba con escarmentarla, sino que ahora además intentaba burlarse de ella.

—    Evan, no me siento bien. Por favor, ya no sigas con tus juegos. Entendí tu mensaje y me he dado por vencida. Pero no me hagas sufrir más.

—    ¿En serio no tienes curiosidad por saberlo? —insistió. 

—    No, ya no —dijo ella con voz apagada, y dejándolo ahí mismo siguió su camino.

      Iba a ser muy difícil olvidar a Evan y tal vez nunca lo pudiera hacer. Todo aquel capítulo de su vida la había marcado de tal forma que excedía el alcance que, en aquel momento de estupidez juvenil, hubiera podido ingenuamente suponer. Y ahora no encontraba la salida. Sin embargo, las cosas se fueron acomodando solas.

      Un día, Albertina estaba en la recepción del hospital poniéndose de acuerdo con la nurse de turno, cuando una visita la tomó desprevenida. Era Elina.

—    Hola Albertina —la saludó, con una simpatía inesperada.

—    Hola —respondió Albertina a su vez, con cierta prevención—. ¿Tu hijo está bien?

—    Sí, afortunadamente está muy bien —respondió Elina con una amplia sonrisa—. En unos días cumple su primer año. Gracias a los cuidados que recibió aquí, ha crecido magníficamente.

—    Me alegra oír eso. ¿Qué te trae por acá?

—    Vine a verte a ti. ¿Tendrás un momento para que hablemos?

      Lo primero que pasó por la mente de Albertina fue que Elina venía al fin a pedirle explicaciones sobre lo acaecido en el pasado. Pero había pasado mucho tiempo y parecía improbable. Por eso no se negó y la invitó a ir a la cafetería del hospital. Aprovechando que a esa  hora no había más que dos o tres mesas ocupadas, se ubicaron en un rincón tranquilo para hablar. Comenzó Elina  exponiendo los motivos de su visita.

—    Sabes, Albertina, es un poco incómodo para mí hablar de esto. Pero estoy segura de que hablarlo nos va a hacer bien a las dos.

—    Espera —la interrumpió Albertina, que no quería escuchar de su boca aquello que tanto la avergonzaba—. Por favor, no sigas. Si es por lo que pasó hace casi cinco años, ya asumí lo mal que me porté. Pero créeme, aquel  mismo día me arrepentí.

      Mientras Elina dejaba que se expresara, Albertina notó que no parecía tener   actitud de hostilidad. Todo lo contrario, parecía comprensiva.

—    Pero tal vez no es de eso que me viniste a hablar —acotó entonces, por las dudas.

—    Exacto, no es así.

—    Si viniste a decirme que me perdonas, tampoco es necesario —se apuró a decir—. Es más, si te fastidia mi presencia no tienes por qué volverme a ver.

—    ¿Terminaste? —dijo entonces Elina.

      Albertina vaciló. Elina no la había interrumpido y aquel «¿terminaste?» no denotaba para nada impaciencia ni falta de educación. Por el contrario, la había escuchado atentamente y la expresión de su rostro no era de antipatía. Por eso se animó a responderle sin miedo.

—    Sí, terminé. Es decir, quiero que sepas que lamento todo lo ocurrido.

—    Mira, Albertina —comenzó a decirle entonces Elina, tranquilamente—, en aquel momento las dos éramos unas chicas inmaduras que competíamos entre nosotras por sobresalir. Tal vez tú planeaste hacerme daño, pero yo había planeado mucho antes hacértelo a ti. Me había empeñado en conquistar a aquel chico al que sabía que tú le gustabas. Tú eras muy popular entre tus compañeros y yo como una tonta quise ganarte de mano. Quería refregarte por las narices mi conquista, aunque te diré que nunca estuve interesada en llegar a casarme con él. Tampoco contaba con que, como era lógico, tú me superarías. Y perdí.

—    ¿Qué estás diciendo? —exclamó Albertina, sorprendida con sus palabras—. No puedo creer que lo que me dices sea verdad.

—    Lo es. Aún más. Cuando supe que él me había engañado contigo quise destruirte. Por eso dejé que todo el mundo pensara que te habías acostado con él.

—    Pero yo nunca me acosté con Rodrigo.

—    Lo sé porque me lo juró mil veces al tratar de recuperarme. Pero déjame terminar. Te odié mucho durante mucho tiempo, pero al final me di cuenta de que no era porque él me importara, sino porque tú me habías vencido. Por supuesto, pasé un tiempo deprimida pero cuando me recuperé te lo agradecí, porque al final, en lugar de perjudicarme me habías hecho un favor. Rodrigo era en verdad el chico más lindo del colegio. Pero era un vanidoso incorregible; solo estaba interesado en conquistar a la chica nueva y nunca le interesé de verdad.

      Albertina se había quedado muda ante sus palabras. Y Elina prosiguió:

—    Si hoy te estoy diciendo esto es para que todo quede claro entre nosotras  y sobre todo para que no sigas culpándote.

      Y extendiéndole la mano en señal de acuerdo, exclamó:

—    ¿Amigas?

—    Amigas —exclamó Albertina estrechando su mano—. Nunca pensé que llegaría este momento. Gracias. Ahora, si me disculpas tengo que volver a trabajar.

      Albertina se levantó de su silla, suponiendo que la conversación había terminado y podía irse tranquila. Pero Elina la detuvo en seco.

—    Espera —le dijo—. Eso no era lo importante. Lo verdaderamente importante es lo otro que te tengo que decir. Siéntate, por favor.

      Si eso no era todo lo que Elina tenía para decirle, entonces tenía algo que decirle con respecto a Evan. Por eso volvió a sentarse despacio, mirándola con ojos muy abiertos.

—    Se trata de mi hermano Evan.

—    ¿Le pasó algo? —exclamó Albertina, alarmada.

—    No, no. Es que tengo que preguntarte algo que es de suma importancia para mí.

      Albertina asintió con la cabeza sin decir nada y quedó expectante a lo que Elina iba a preguntarle. Y Elina fue muy directa.

—    ¿Tú lo amas?

      No sabía qué giro tomaría la conversación, por eso le respondió con cautela.

—    ¿Por qué me lo preguntas?  Debes saber que Evan se fue sin darme explicaciones y nunca más supe de él.

—    Lo sé. Por eso necesito saber la verdad.

      Al mencionar su nombre, los ojos de Albertina se habían enturbiado, pero aun así le relató a Elina los días maravillosos que había vivido con él, le contó cómo, sin explicación alguna había desaparecido dejándola desesperada y le confesó que había comprendido que él hubiera querido darle una lección, pero que aun así no lo odiaba sino que seguía amándolo con locura.

      Mientras escuchaba aquel triste relato, Elina la contemplaba acongojada. Y al final le respondió.

—    Evan por su profesión siempre ha pasado poco tiempo en casa. En aquella oportunidad justo dio la casualidad de que estaba de permiso y por eso vivió todo lo que yo pasé. Sé que eso le afectó, porque conmigo siempre ha sido muy protector. Después, estoy segura de que te reconoció en el hospital y por su cuenta se propuso hacerte pagar por lo que habías hecho. No me lo dijo, pero podría apostar que fue así. Lo conozco muy bien y sé que es obstinado.

      Se detuvo, suspiró como resignada levantando las cejas, y prosiguió:

—    Albertina, quiero que sepas que yo no lo alenté a que se comportara de ese modo. Ni siquiera sabía que las cosas habían ido tan lejos entre los dos. Sin embargo, presiento que se fue deprisa porque surgió un problema que no había  previsto y que no pudo manejar: creo que no esperaba enamorarse de ti.

—    ¿Él te lo dijo?

—    No hace falta. Se fue muy angustiado y en estos meses ya me ha preguntado varias veces, mediante rodeos, si he vuelto al hospital. De ahí deduje que su problema eras tú.

      Por el inefable corporativismo femenino, y después de aclararlo todo, Elina dijo estar dispuesta a ayudarla. Y no pasó mucho tiempo para que fuera así.

      Cierto día, Elina le telefoneó a Albertina para hacerle saber una importante novedad: en una semana Evan venía a su casa porque se tomaba unas vacaciones. Suponía que, por lo sucedido en el teatro, a su hermano iba a costarle dar el brazo a torcer. No obstante, ella estaba dispuesta a intervenir si algo se torcía solo.

      Y efectivamente fue así. Durante un encuentro deportivo, un mal movimiento hizo que Evan se torciera un tobillo. Estaba dolorido y con una gran hinchazón y aunque la magnitud de lo sucedido no lo ameritara en absoluto, Elina aprovechó la oportunidad y lo llevó de inmediato al hospital. Por supuesto, sabía que la lesión de su hermano no revestía gravedad, pero lo que en realidad le importaba era curar sus sentimientos. El mal de su corazón necesitaba sanarse con el amor de su vida.

—    No necesito un doctor —protestó Evan varias veces, durante el trayecto.

—    Ya lo sé —respondió su hermana con picardía—. Lo que necesitas es una doctora.

—    ¿Qué dices? ¡No puedo creer que te hayas hecho amiga de ella, después de lo que te hizo pasar!

—    ¡Evangelista Williams —exclamó Elina, suspirando—, qué tonto eres! Eres especialista en tácticas militares pero no tienes la menor idea de cómo tratar a una mujer. No me he hecho amiga de ella por lo que me haya hecho hace mil años, sino por lo que está dispuesta a hacerte a ti. Que, dicho sea de paso, es lo que necesitas.

      Elina podía haberlo llevado a la emergencia, pero no lo hizo. Lo llevó directamente al cuarto médico, donde descansaba Albertina. Y él se dejó llevar.

—    Aquí lo tienes —le dijo, empujándolo hacia el interior de la habitación y sentándolo a la fuerza en una silla.

      Y despidiéndose de los dos, agregó:

—    Espero que lo cures, porque ya no se lo soporta. Y tú —enfatizó,  apuntando a su hermano con el dedo— compórtate y dile lo que sientes.

      Evan se quedó inmóvil sentado en la silla y Albertina se acercó a él con decisión. De por sí, su proximidad era turbadora y no deseaba que él se aprovechara de su nerviosidad. Entonces, evitando mirarlo a la cara se inclinó a su lado, le quitó con cuidado el zapato y la media, y comenzó suavemente a masajearle el tobillo.

—    ¿Diste un paso en falso? —le preguntó, ansiosa por escuchar su respuesta.

—    Así es —respondió él rápidamente—. Y no tienes idea de cuánto lo lamento.

—    ¿Por qué? ¿Estás muy dolorido?

—    Sí —admitió, en voz baja.

—    ¿Desde cuándo sientes dolor?

—    Desde el día en que me fui.

      Ella continuaba sin mirarlo, pero podía sentir la calidez de la mirada de él sobre sus hombros y eso le aceleraba el corazón. Pero no quería ilusionarse. Por eso siguió lo más tranquilamente que pudo aquella conversación ambigua.

—    ¿El dolor es muy fuerte?

—    Sí. Tan fuerte que no me deja vivir.

      Albertina no había dejado de masajear su tobillo. Pero en ese momento, por un segundo dejó de hacerlo y  levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.

—    No deberías haberte ido si sabías que iba a dolerte así.

—    Lo sé. Intentaba que sufrieras tú por lo que le habías hecho a mi hermana. Pero mi estupidez hizo que sufriéramos los dos.

—    Evan, por cómo te comportaste en el teatro pareciera que sigues intentando castigarme —le recriminó.

—    No me lo recuerdes. Ya sé que me comporté como un tonto. Es que al verte con otro enloquecí.

—    Evan, estás atrasado de noticias. De lo de Elina me arrepentí hace mucho tiempo. Y no estaba con  “otro”, como tú dices. Es solo un compañero del hospital.

      El rostro de Evan, que al principio había estado tenso, a medida que conversaban se comenzó a distender. Y ambos fueron recuperando la confianza entre ellos.

—    Dicho sea de paso, yo también tengo algo que confesarte —dijo entonces él, mirándola de frente—. Por supuesto que en aquel momento me sentí mal por Elina. Pero lo que más me alteró fue pensar que te hubieras acostado con el estúpido aquel.

—    Nunca me acosté con Rodrigo —afirmó Albertina, rotundamente.

—    Ya lo sé —respondió él—. Pero el muy idiota fanfarroneaba con que lo habías hecho. Lo habría golpeado si hubiera tenido oportunidad.

—    ¿Pero por qué? Si no me conocías.

—    Es cierto, no te conocía. Te conocí aquel día en que te vi sola, sentada en la escalera del colegio. Tu congoja me llegó al corazón y creo que fue en ese instante cuando me enamoré de ti. Más tarde, cuando supe lo que habías hecho quise odiarte. Pero ya ves, no pude.

      Albertina, que se había quedado callada escuchándolo, suspiró hondo y  reanudó su masaje. 

—    ¿Se alivia tu dolor?

—    Un poco. Pero no del todo. Debería contratarte a domicilio.

      Y antes de que ella inventara una respuesta, agregó con voz sentida:

—     Albertina, necesito llevarte a mi casa.

—    Está bien —dijo ella, adueñándose de la situación—. Pero posiblemente te salga caro y no sé si estarías dispuesto a pagar.

—    Puedo pagarte con mi amor, que es mucho más grande de lo que supones.

—    No. Eso ya lo tengo.

—    Entonces con mi cuerpo, que sin ti no puede vivir.

—    Tampoco. Es una oferta tentadora, pero eso ya es mío también.

—    ¿Y entonces con qué te conformarías?

—    Con la oportunidad de que volvamos a empezar.

…………………………………………….

—    ¡Hola!

—    Albertina, soy yo.

—    Ya lo sé. ¿Llegaste bien?

—    Sí. Pero ya quiero volver a casa.

—    Evan, quédate tranquilo. Acá todo va a estar bien.

—    ¿Pero si el bebé se adelanta?

—    No te preocupes. Elina y Nahuel pueden llevarme al hospital.

—    Quiero estar presente cuando nazca.

—    ¿Estás seguro? ¿No vas a volver a desaparecer?

—    No. Nunca más. De ahora en adelante ya no nos separaremos. Me transfieren definitivamente a esa ciudad.