El bolsillo de Magdalena
Nora Sisto
Con un gesto apurado apartó el flequillo que le tapaba los ojos y lo aseguró bien detrás de una oreja. El borde del vestido caía vertical desde sus rodillas, sobre las que apoyaba el mentón, tapándole apenas la punta de las botas, justo lo que quería ver. Por eso lo arrebujó entre sus tobillos, arrugando sin importarle los festones que sobresalían de un blanco interrumpido a pedazos por manchas de barro. Entonces se quedó quieta y miró.
El insecto caminaba con desenvoltura por el piso resquebrajado, sorteando obstáculos aquí y allá. Subía y bajaba por los bordes ya gastados de las baldosas rotas, atravesaba los surcos de tierra entre ellas, se detenía en algún pasto que sobresalía de las hendiduras y continuaba, rodeándolo, su marcha.
Ahora, parecía haber equivocado su camino al haber subido desde la suela de una de sus botas, y caminaba sobre ella.
No se movió. Esperó a que el infeliz animal se valiera por sí mismo y bajara, retomando su camino. Lo miró, satisfecha, alejarse y se puso de pie.
Parada en el centro de la gran plataforma rectangular y desde su escasa estatura, miró alrededor comprobando que aún se encontraba sola, y suspiró con satisfacción. Le gustaba ir a ese lugar, donde su mente volaba con las fantasías más maravillosas que pudieran crearse. Era a veces reina de un mundo diminuto, cuyas comarcas, identificadas por los paños ruinosos de aquel piso de diferentes dibujos, lindaban unas con otras a través de gruesas líneas de cal y restos de escombros. Otras, era capitana de una balsa gigantesca, cuyos bordes apenas rectilíneos por el desgaste de los años, quedaban justo a unos centímetros por encima del resto del terreno, formando un escalón conveniente para evitar que las olas de yuyos amarillentos y las tormentas de basurales y matas de árboles secos de alrededor pudiesen hundirla.
Pero su fantasía más hermosa era cuando, en medio del inmenso salón era invitada a bailar por los más apuestos príncipes. Con reverencias cada día más elaboradas, aceptaba las piezas de baile más ceremoniosas, y recorría toda la plataforma de baile en artísticos giros que elevaban al viento sus largos vestidos de ruedos anchos y sus enaguas de miles de volados, con la aparatosidad propia de las emperatrices.
Pero la historia de hoy había sido una innovación. Pensó en lo admirable de la trama que había inventado, regocijándose en una vanidad muy privada, casi secreta. Sonrió. El sol estaba bien alto, y aunque el gracioso e improvisado sombrerito le atenuaba en algo el calor, le transpiraba la frente mojando el cabello apenas ondulado que caía, enmarañado, a los costados de su cara.
Miró una vez más el piso, tratando de divisar el insecto que ya se había ido, pero no lo vio. Seguramente había regresado a su mundo de insectos, donde era seguramente el mensajero que, luego de atravesar los más grandes peligros, regresaba con buenas nuevas a su hogar, donde lo esperaba feliz toda una tribu de insectos.
¿Y a ella? ¿Quién la esperaba? Una nube borró al instante todos sus pensamientos, y mirando el suelo comenzó a caminar.
Ideó una ruta imaginaria para lo que fue pisando despacio una por una, eligiendo las pocas baldosas que quedaban aún sanas, teniendo que dar en unos casos zancadas y en otros pasos chiquititos. Su nombre era Magdalena. No porque se lo hubiesen puesto al nacer. Ella se había nombrado a sí misma porque se había emocionado cuando lo escuchó por primera vez, en uno de los relatos de los contadores de historias. Había oído que era alguien que lloraba mucho, igual que ella antes. Por eso quiso llamarse así.
Los contadores de historias se acordaban de cosas que habían pasado alguna vez, incluso algunos las habían vivido, y las contaban para que la gente las supiese.
Divisó la última pista del improvisado laberinto, y llegó al borde del lugar. Apoyó un pie sobre la tierra, luego el otro, y emprendió su camino.
Adelantaba un pie, y luego pesadamente el otro, y entre ellos su imaginación se sacudía y corría delante de ella, yendo y volviendo agitada; mundos de colores la invadían y la abandonaban, tan rápidamente que era casi imposible retenerlos. Fogonazos asaltaban la memoria de sus ojos, al tiempo que sus oídos revivían una vez más el ruido estremecedor de las detonaciones, luego aquel silencio, solo quebrado por su propia voz, sus gritos y su llanto. Y finalmente, la desolación...
Sus brazos, colgando a sus costados, se balanceaban inertes al ritmo de sus pisadas, y las gotas de sudor que caían sobre sus mejillas se confundían de a ratos con otras, que bajaban cálidas y lentamente, desde sus ojos.
Por momentos, sus manos buscaban refugio en el interior de sus bolsillos, donde un universo de requeches alimentaba su mente incipiente, fatigada y confusa, ávida de significados.
La historia de hoy había sido sin dudas la más formidable que alguna vez se le hubiera podido ocurrir. En esas ruinas estaba oculto el país de una encantada civilización. En cada uno de sus mosaicos descoloridos habitaban pisadas invisibles, que lo marcaban una y otra vez, silenciosamente. Era un lugar maravilloso, que tenía el don de aparecer mágicamente, mostrándose con todo su brillo, su hermosura y su riqueza, aunque lo único que ahora pudiese verse fuese nada más que aquella traza deslucida y miserable.
El renacer de aquel desolado rincón surgiría del toque de un ser privilegiado, capaz de otorgarle nuevamente el don precioso de la vida, de levantar con fuerza sus paredes, abrir con esplendor sus ventanas, encender sus luminarias, acariciar su aire con las músicas más exquisitas y perfumarla con los jardines más exuberantes, restaurando así toda su felicidad y su dicha. Y la clave de toda esta maestría era la posesión de la piedra fantástica, a la que solo un elegido le sería dado acceder.
El sol había empezado a descender. Las gotas de sudor ya no le atravesaban la cara como hacía un rato, y una mueca de seguridad le enderezó súbitamente el rostro. No se detuvo. En uno de sus bolsillos, abriendo brecha entre todos los desperdicios, sus dedos tantearon el objeto que buscaba.
Caía la noche, y las estrellas relucían otra vez. Mirando el horizonte lejano, se durmió. Pero hoy era diferente. Su mano aferraba, secretamente, la piedra fantástica.