El juego del Doctor

Nora Sisto

 Dalla entró tan apurada que olvidó cerrar la puerta. Otra vez había discutido con Joel por una estupidez. Estaba muy ofuscada, hablaba sola y si alguien se hubiera cruzado en su camino le habría dado un puntapié.

En ese momento, en la residencia estudiantil no quedaba más que ella, dado que  los otros chicos que allí se alojaban habían ido al concierto de un conocido grupo de rock que se presentaba esa noche en la ciudad, y a pesar de que en otras circunstancias ella también habría ido, le había costado hacer entender a Joel que debía quedarse a estudiar ya que en pocos días debía rendir un  examen.

Atravesó la enorme sala con dirección a su habitación y en el trayecto recogió de una mesita los vasos que ella y Joel acababan de utilizar, y con ellos en la mano enfiló directamente a la cocina. La había alterado aquella insistencia irresponsable, pero las próximas horas de paz iban a ser aprovechadas al máximo. Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no escuchó que a sus espaldas alguien había entrado sin golpear a la puerta.

—    ¡Hola! —exclamó una voz ronca que la hizo voltear inmediatamente.

Al ver a la persona de la cual provenía aquella voz se sobresaltó. Vestido enteramente de negro y con una capucha cubriendo su cabeza, aquel hombre parecía una aparición. Su rostro también negro apenas se distinguía en aquel conjunto y solo sus pupilas brillantes resaltaban sobre el blanco de sus ojos dándole un único punto de referencia en el cual centrar su atención. Fue así que los dos vasos que llevaba en sus manos cayeron al piso haciéndose añicos.

Habiéndose dado cuenta de la conmoción provocada por él y para evitar generar una mayor, se quitó la capucha dejando a la vista una melena de rastas largas y desordenadas, y un rostro tan amigable que Dalla se sorprendió más aún. 

—    Disculpa —exclamó con pena el muchacho—. Es que vi la puerta abierta y pensé que no había necesidad de golpear.

—    Discúlpame tú a mí —respondió Dalla, olvidándose de los trozos de vidrio desperdigados por el piso—. Es que estaba distraída. ¿En qué puedo ayudarte?

—    Me llamo Fran Kobbé —dijo él extendiéndole su mano para saludar—. Soy estudiante de Medicina y desde hoy voy a hospedarme acá. ¿Tú eres Chela?

—    No, no —dijo Dalla, esbozando por primera vez en la noche una sonrisa—. Chela es nuestra casera. Yo me llamo Dalla y también me hospedo acá. Chela esta noche se quedó en la casa de su hija, porque es su cumpleaños. No vuelve hasta mañana en la mañana. Si me esperas, ya le telefoneo y le aviso que estás acá.

Dalla tomó el móvil de su bolsillo y se puso de espaldas para marcar. Pero la curiosidad la atrapaba, así que mientras hablaba, giró disimuladamente la cabeza por un instante para observarlo. Era muy alto. Su cabello y su atuendo combinaban demasiado bien, pero más que nada su porte daba la impresión de que se trataba de alguien seguro de sí mismo.  

Una vez que Chela le confirmó que efectivamente estaba esperándolo, volteó nuevamente hacia él para comunicarle su aprobación. Pero cuando lo hizo se sorprendió. Fran había dejado su mochila y su maleta a un lado y estaba recogiendo los trozos de vidrio.

—    No, no te molestes —exclamó Dalla enseguida, dejando el móvil sobre la mesa y agachándose al igual que él para recoger los pedazos, advirtiendo de paso sus manos grandes y decididas—. Ya los iba a recoger yo.

—    No es molestia —respondió Fran con una sonrisa, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo—. Después de todo ha sido mi culpa. Si no te hubiera tomado por sorpresa, no los habrías dejado caer.

Después de barrer apropiadamente, Dalla se dispuso a conducirlo hasta su habitación.

La residencia estudiantil era una antigua casona rodeada por un parque que en sus comienzos había sido de enorme extensión pero que con el correr de los años y el avance de las edificaciones linderas se había ido reduciendo hasta formar un estrecho cinturón verde alrededor de la propiedad. En la planta baja se encontraba la cocina y la amplia sala de estar dividida en varios sectores, en cada uno de los cuales los residentes pasaban sus ratos de ocio, ya fuera jugando a las cartas en las mesas del comedor, sentados en los sofás del living con sus computadoras, calentándose junto a la enorme estufa a leña, o mirando televisión.

En la planta alta había tres dormitorios en los que se alojaban actualmente ocho chicos, y un enorme cuarto de baño general. La habitación de Dalla era la única que estaba ubicada en la planta baja junto a la cocina, en lo que antiguamente había sido una dependencia de servicio con su baño privado adosado. Hasta hacía poco la había compartido con otra chica, pero como es lógico, al ésta finalizar sus estudios había regresado a su casa en alguna provincia del interior del país.

La importante escalera de madera oscura desembocaba en la planta alta, donde continuaba otra más pequeña que llevaba a su vez a un ático que no se utilizaba como habitación, dado que carecía de calefacción, lo que la hacía particularmente fría en invierno.  Pero en esta ocasión, dado que era verano y tenía las demás habitaciones ocupadas, Chela había accedido a alojar durante corto tiempo allí a Fran.

Cuando abrió la puerta, Dalla quedó fascinada con aquel lugar, al punto de preguntarse por qué no lo habría visto ella antes. Como era de esperarse, el recinto era muy grande y una parte de éste se usaba como depósito. Había cuatro camas, que estaban  allí a modo de reserva, así como otros muebles y algunas cajas con utensilios de cocina y otros enseres para reposición. El techo inclinado a dos aguas y las pequeñas ventanas incrustadas en él daban al lugar un aire mágico. Además, como si fuera poco tenía un importante punto a favor: hasta allá arriba los ruidos de las plantas inferiores no llegaban, por lo que se podía disfrutar de una absoluta  privacidad. Y eso era ideal para lo que Fran venía a hacer.

—    Bueno, espero que pases cómodamente tu estadía —le dijo, al dejarlo instalado.

Y él solo asintió con la cabeza mientras recorría satisfecho con la vista el lugar.

Fran provenía del interior del país, al igual que Dalla y los demás chicos que residían allí. Se había decidido a mudarse a la ciudad en forma temporaria porque necesitaba un lugar lejos de donde vivía, donde poder concentrarse para finalizar su tesis de una buena vez. Planeaba quedarse no más de dos meses, que era el tiempo que suponía que iba a insumirle su trabajo y le urgía finalizarlo ya que le esperaba un interesante puesto de trabajo en un importante hospital de esa ciudad.

Con el correr de los días, a Fran no le costó nada adaptarse a su nuevo alojamiento. Sobre todo porque no socializaba con nadie. Pero no porque fuera antipático ni mucho menos, sino porque se había propuesto estar allí exclusivamente para estudiar. Pasaba casi todo el día encerrado en aquella enorme buhardilla leyendo y escribiendo en su computadora y se lo veía solo cuando bajaba a buscar algo de comer en la cocina o cuando salía para ir a la facultad. De todas maneras, no pasaba desapercibido. Sobre todo para Dalla.

Su aire misterioso enseguida despertó en ella su atención. Solo lo encontraba de vez en cuando y en forma imprevisible, y en cada una de esas oportunidades trataba de entablar con él alguna conversación. Sin embargo, aunque él se comportaba amablemente con ella, no parecía dispuesto a hacerse amigo. Esto a Dalla le chocaba porque quienes la conocían la apreciaban y valoraban su amistad, pero algo le chocaba aún más: él no se mostraba atraído por ella como mujer.

Una mañana, Fran regresaba de la facultad cuando al entrar a la casa se encontró con una escena que lo preocupó. Dalla estaba tratando de reanimar a Chela que por lo visto había sufrido un vahído. De inmediato se acercó para ayudarlas y después de tomarle la presión y auscultarla las tranquilizó diciéndoles que no había sido más que una baja de presión debido al  intenso calor.

Cuando estaba dispuesto a seguir su camino hacia la buhardilla, Dalla lo retuvo.

—    Gracias —le dijo, simplemente.

Y como él quedó cortado, agregó:

—    Me alegra mucho constatar que no te somos indiferentes y sería lindo que te  integraras  a nuestra “familia”  como uno más.

Él no respondió con palabras. Sólo le apretó un hombro con aquella mano cálida, y subió. Nunca pensó que después de eso iba a desear tan vehementemente volver a tocarla.

Dalla era la única chica en aquella residencia, por lo que rodeada de muchachos a veces se imaginaba como el personaje de Blancanieves en el cuento popular. Éstos a su vez eran muy amistosos y bullangueros. Estudiaban en distintas facultades, tenían horarios dispares pero aun así acostumbraban a reunirse los fines de semana en animadas  veladas donde tocaban la guitarra o jugaban a las cartas hasta altas horas de la noche, en las que Dalla participaba como uno más.

Quien también participaba de dichas tertulias era Joel, quien a pesar de no residir en esa casa se había hecho amigo de todos ellos e iba de visita con frecuencia, sobre todo para ver a Dalla. Joel jugaba al fútbol en un prestigioso equipo de la ciudad, gracias a lo cual gozaba de gran popularidad. Se había comprado un coche de alta gama con el que presumía, y creía que su afán de triunfalismo le sumaba puntos para conquistar a aquella mujer. Sin embargo, Dalla no estaba interesada.

Fran se había propuesto no mezclarse en ninguna de sus actividades, y menos aún involucrarse en ningún lío, pero cuando poco a poco se fue dando cuenta de  las intenciones de Joel hacia Dalla, la cosa cambió. Por supuesto, Dalla no le interesaba, pero como quien no quiere la cosa, comenzó inconscientemente a poner atención en el jueguito sistemático de Joel. 

Y éste era muy competitivo. En los partidos de fútbol en los que participaba luchaba hasta las últimas consecuencias por ganar, por eso era líder de su equipo. Pero también en otros órdenes de su vida triunfar era el objetivo más importante para él. Por eso, Dalla era uno de sus objetivos. Y aunque observaba que Fran no mostraba interés explícito en ella, su fuerte personalidad y su exótica y atractiva figura hicieron que comenzara a considerarlo como un poderoso rival.

Cada domingo, se armaba en la residencia una timba general. No apostaban dinero, sino que se trataba de una catarsis divertida que les ayudaba a distenderse después de toda una semana de actividad. Y Joel no se perdía una partida.

Ese día se estaban aprontando alrededor de las mesas para comenzar a jugar y Joel parecía motivado para ser, como siempre, el ganador. En eso estaban cuando vieron que Fran bajaba por las escaleras. Al verlo, a los chicos, aburridos de que siempre ganara Joel, se les ocurrió que Fran podría ser tal vez un contendiente capaz de derrotarlo.

Entonces lo convocaron a participar. Dalla esperaba que se uniera al grupo, porque así tendría oportunidad de conocerlo mejor. Pero Fran, que era más grande que ellos, no estaba interesado en participar de sus jueguitos y, menos que menos, en enfrentarse directamente  a Joel.

—    ¿No  juegas? —dijo Joel, en tono burlón al ver que seguía su camino.

—    No. No estoy interesado —respondió Fran mirándolo de frente, con una ambigüedad que solo Joel podría interpretar. Y en lugar de detenerse junto a la mesa fue directamente a la cocina a prepararse un café.

No obstante, en ese momento su mirada se cruzó con la mirada desilusionada de Dalla, que había escuchado atentamente sus palabras y también las había interpretado  a su modo.

Dalla se preguntaba por qué Fran no estaba interesado en ella. Era bonita, simpática e inteligente y estaba estudiando mucho para construirse un porvenir. No sabía que Fran había estado atrapado en una relación tóxica que había bloqueado por dos años el avance en sus estudios, y que ahora, después de haberse librado de ella, estaba decidido a finalizarla a como diera lugar. Por eso no estaba dispuesto, por lo menos por ahora, a involucrarse con nadie. Pero aunque ese fuera su propósito, la presencia de Dalla lo turbaba.

Es que Dalla era atractiva y si bien los chicos de la casa la trataban como a una compañera y amiga, él se inquietaba por ella cuando veía venir a Joel. A pesar de conocerla poco, había podido darse cuenta de que Dalla era fuerte y decidida y no iba a sucumbir tan fácilmente a los embates de Joel.  Sin embargo, su persistencia lo exasperaba y al verlo no podía dejar de ponerse de mal humor, al punto de desear fervientemente que desapareciera. Para justificar lo que sentía, se repetía que ella no merecía estar al lado de un patán, pero en el fondo sabía que sus motivos eran otros: la quería para él. Y a pesar de que se hubiera planteado no involucrarse con ella, un sentimiento maligno comenzaba a corroerlo: sabía que podía perderla.

Desencantada porque Fran no se interesaba en ella, Dalla decidió por una vez salir con Joel. Fran, ajeno a sus planes había bajado a buscar algo de comer a la cocina cuando se enteró. Entonces se descolocó. Joel estaba en la sala, de punta en blanco esperando a que ella apareciera, por eso disimuladamente se sentó frente al televisor con su plato de comida,  para observar.

No demoró mucho en aparecer Dalla. Cuando salió por la puerta de su dormitorio y atravesó la cocina, Fran tuvo que contener la respiración. Estaba más bonita que de  costumbre. Se había recogido el cabello en una coleta, lo que permitía que su bello rostro apenas maquillado se destacara más aún, y con su vestido escotado y altos tacones en lugar de su atuendo simple de todos los días parecía una modelo.

Sintió una incontrolable agitación en su corazón, porque supuso que al fin Joel estaba logrando sus objetivos. Sin embargo, no se imaginaba que ella no se había vestido así para Joel, sino para que él la viera.

No bien finalizó la película, Dalla le había pedido a Joel que la llevara de vuelta a la casa. Había sido suficiente. Estaba desganada, desilusionada y no tenía voluntad ni de tirarse a dormir. Por eso encendió su computadora con intención de ponerse a estudiar. Sin embargo, durante horas, frente a sus ojos desfilaron por la pantalla uno tras otro, apuntes del curso, redes sociales, noticias y películas sin que a ninguno de éstos pudiera ponerles atención.

Serían las cinco de la mañana cuando escuchó un ruido en la cocina. Entonces salió de su habitación. Era Fran, que frente a la heladera abierta se estaba sirviendo un vaso de leche. La luz del interior del refrigerador lo iluminaba, permitiéndole verlo demasiado bien. Tenía el cabello mojado, lo que indicaba que recién había salido de la ducha. Estaba descalzo, traía el torso desnudo y solo vestía un holgado pantalón de pijama. Al verlo no pudo evitar sentir una revolución en su vientre, sobre todo al extrapolar inconscientemente aquella magnificencia hacia lo que, sin demasiados obstáculos se ocultaba debajo de su pantalón.

Ella continuaba vestida de la misma manera que horas antes, solo que ahora su larga cabellera caía suelta sobre sus hombros. Él parecía calmado, o por lo menos daba esa impresión. Sin embargo, al verse obligado a hablarle, respiró hondo y le dijo bruscamente:

—    ¿Recién llegas, o como yo, también pasaste toda la noche sin dormir?

Al escuchar sus palabras, Dalla se desconcertó. No se esperaba una reacción así de él. Es decir, sí la esperaba porque el hecho de salir con Joel había sido, de parte de ella una provocación. Pero no estaba segura de si él reaccionaría. Sin embargo, ahora Fran le estaba haciendo una escena, lo que le revelaba que no solo estaba celoso de Joel sino que suponía que entre ellos pudiera haber ocurrido lo peor.

Al percibirlo tan dolido, Dalla se enterneció. Habría querido apaciguarlo acariciando suavemente su tersa piel oscura, diciéndole al mismo tiempo que ni Joel, ni ningún otro hombre podría llegar a interesarle tanto como le interesaba él, pero no se atrevió. De todos modos, creyó que era buen momento para aclararle algunas cosas.

Pero se equivocaba, porque Fran estaba demasiado angustiado y por partida doble: primero, porque no se perdonaba haber reprimido fuertemente su deseo de acercarse a ella, y también porque se imaginaba que esa noche la había perdido para siempre. A pesar de eso, su instinto lo impulsaba a levantarla en brazos y llevarla escaleras arriba a su habitación, pero un sentimiento de impotencia lo frenaba.

—    Fran, respecto a lo de esta noche —comenzó a decir Dalla, torpemente—, yo no…

En ese momento él la interrumpió bruscamente, porque no quería escuchar de su boca lo que temía que fuera a decir.

—    Dalla, no creo ser para ti alguien a quien tengas que dar explicaciones… —comenzó a decir, con una mesura fingida intentando hacerse el duro.

Pero no lo era, por lo que se sentó a la mesa con el vaso en la mano para disimular un enervamiento involuntario, y tras beber lentamente un sorbo de leche, la miró con aquellos ojos penetrantes y agregó:

—    …¿o sí?

Ella mantuvo estoicamente su mirada, pero no dijo nada, esperando que él lo descubriera por sí mismo. Pero no fue así. Lo habría abrazado y le habría dicho que si no la hubiera interrumpido se habría enterado de que ella no tenía la menor intención de estar con ningún hombre más que con él, pero se lo veía tan exaltado que no se animó. Ante su silencio, Fran golpeó el vaso de leche contra la mesa salpicándolo todo a su alrededor, y se fue a su habitación. No llegó a escuchar cuando ella dijo, finalmente: «sí».

A pesar de que Fran se obligaba a cumplir a rajatabla con sus objetivos profesionales, también era hombre y su emocionalidad por momentos lo traicionaba. Fue así que, cuando al día siguiente  los chicos lo invitaron a la consabida partida de póker, aceptó. Nadie sabía que era un jugador experto desde que allá en el bachillerato se armaban rondas en las horas libres para jugar. Y como es lógico en estos casos, él tampoco se los mencionó.

Se habían formado dos mesas. En una lideraba Joel, y quienes competían con él sabían que, como de costumbre era él quien iba a ganar. En la otra se había ubicado Fran. Y los que jugaban contra él esperaban ganar para tener la chance de desafiar a Joel. Pero para sorpresa de todos, en ambas mesas, los chicos uno a uno fueron siendo eliminados por ellos dos.

Joel creía que Dalla se había sentado a su lado como su amuleto de la suerte, y disfrutaba cada vez que eliminaba a un rival. Pero ella no se había ubicado ahí para estar de su lado sino para ver de frente a Fran.

Después de largo rato de partido, Fran y Joel quedaron para competir entre sí. Fran miraba disimuladamente a Dalla, y redoblaba la apuesta cada vez más. Joel a su vez lo miraba  desafiante y se daba por granador porque tenía en sus manos un póker de ases. No se imaginaba que Fran tenía una escalera real y que era él quien se aprontaba para liquidar el partido. Pero cuando Joel, con actitud triunfalista exhibió sobre la mesa su póker de ases y acto seguido pasó su brazo por detrás de Dalla y la besó intempestivamente, Fran se desmoronó. Agobiado ante tal escena, bajó la vista dándose por vencido y devolvió al mazo sus cartas sin mostrarlas.

—    Tú ganas —sentenció, con voz ronca—. No tengo nada.

Y arrastrando la silla hacia atrás, se puso de pie y sin despedirse de nadie se retiró a su habitación. No alcanzó a ver la expresión de desagrado en el rostro de Dalla después de aquel beso, ni la angustia con que lo siguió con la vista hasta que desapareció escaleras arriba.

Tampoco se imaginó que Dalla fuera a hurgar en las barajas que él había descartado.

Era entrada la madrugada. La partida de póker hacía muchas horas que había finalizado y todos se habían retirado a sus respectivas habitaciones a dormir. Solo Dalla daba vueltas y más vueltas en su habitación. Hasta que se decidió.

Subió las escaleras hasta la habitación de Fran y abrió intempestivamente la puerta. Él estaba ahí de pie, inmóvil, completamente vestido igual que horas atrás, y parecía  mirar al vacío a través de una de las ventanas. Al escuchar que alguien entraba  volteó rápidamente, pero al verla no se movió de su lugar. Ella tampoco se le acercó. Solo se limitó a decir desde la puerta, con respiración agitada:

—    ¿Por qué lo hiciste?

Él la miró sorprendido, aunque entendió enseguida de qué hablaba. No obstante, no le respondió. Entonces ella reiteró, casi como una súplica:

—    Fran, ¿por qué lo hiciste?

—    Es asunto mío.

—    ¿No crees que puede ser asunto mío también?

Escuchó el suspiro hondo de Fran, pero por lo visto estaba empecinado en no hablarle.

—    Fran, no sé si te importa o no lo que voy a decirte, pero quiero que lo escuches con atención: Yo no soy el trofeo de nadie. Vine a decírtelo para que lo sepas.

Él pareció complacido ante sus palabras, sin embargo no le respondió. Por eso, antes de retirarse, se lo recalcó enfáticamente:

—    Yo no soy el trofeo de nadie…

Los ojos de Fran brillaron, y eso la estremeció porque sintió que él ardía por dentro. Fue entonces que, antes de irse decidió agregar:

—    …pero yo decido quién es el ganador.

Y se fue, dejando detrás de sí la puerta abierta. Bajó las escaleras temiendo oír un portazo, pero cuando estaba llegando a la planta baja escuchó que la puerta del desván se cerraba suavemente.

Durante los días siguientes Fran dejó abruptamente de socializar. A raíz de eso, todos en la casa comenzaron a extrañarse frente a su actitud.  Le preguntaban a Dalla por él  e incluso llegaron a preocuparse por su salud, y ella se sentía incómoda por no saber qué responderles. No se imaginaban que aislándose estaba haciendo un último intento de recuperar la concentración en su tesis.

Ese domingo pareció que tampoco iba a presentarse a la habitual timba, por lo cual varios chicos subieron en delegación a buscarlo. Pero él no bajó.

Hacía horas que había finalizado la contienda y en la planta baja reinaba el silencio; solo Dalla, dentro de su habitación caminaba nerviosamente de un lado a otro. Hacía una semana que no lo veía y dado su silencio no sabía cómo interpretar su reacción. Así que al cabo de un rato, subió decidida hasta su habitación. Esta vez no abrió la puerta de improviso, sino que antes golpeó.

Él sin duda estaba esperándola, porque cuando abrió no se sorprendió. La miró en silencio y esperó a que fuera Dalla quien iniciara la conversación.

—    Fran, vengo a decirte que el juego terminó —dijo ella, esperando que él comprendiera.

—    ¡Por fin! —exclamó Fran, suspirando sonoramente—. ¡No sabes cuánto me alegro! Esto ya estaba acabando conmigo.

—    No creí que te importara tanto.

—    Me importa más que nada en el mundo. Y dime, ¿ya decidiste quién es el ganador?

—    Fran, no creo que no lo sepas: el ganador eres tú. Desde el principio has sido tú.

—    Lo sé.

—    ¿Y si lo sabes, por qué no has reclamado tu premio?

Suspiró antes de responderle.

—    Porque tú no eres el trofeo de nadie.

—    Es verdad —dijo ella, satisfecha con su respuesta—. Pero Fran, yo no quiero ser tu trofeo. Yo quiero ser tu mujer.

Estaban muy cerca uno del otro, así que no hubo necesidad de más explicación. En medio de una catarata de besos, y fundidos en un abrazo trepidante, cayeron sobre la primera cama que encontraron y, sin tiempo para quitarse el resto de la ropa, él  la penetró con todas sus fuerzas al tiempo que ella temblaba de amor.

Cuando se despidieron en la puerta de la habitación, Fran la tomó de las manos con gesto serio.

—    Eres consciente de lo que acaba de suceder, ¿verdad?

Ella lo miró sin entender; había sido el momento más memorable de su vida.

—    Acabo de embarazarte —repitió Fran, con otras palabras—. Te lo digo por si…

—    Fran, yo te amo —lo interrumpió.

—    ¿Podrás con eso?

—    Te amo —reiteró.

—    Y yo a ti.

A la mañana siguiente, Dalla se sentía con pereza para salir de su cama. Conservaba aún en su piel el perfume de la piel de él, y en su interior todavía bullía aquel calor intenso que certificaba que era su mujer. Pero deseaba desayunar junto a él, así que se echó encima un chándal y salió a la cocina esperando verlo. Pero lo que vio no fue lo que esperaba.

Allí estaba Fran, al pie de la escalera con su mochila en la espalda y en una mano su maleta. Estaba rodeado por varios de los chicos residentes, que sorprendidos le preguntaban el porqué de su inesperada partida. Se lo veía serio pero a la vez en su semblante ella pudo percibir serenidad. Por su actitud al verla, Dalla se dio cuenta de que él la estaba esperando, porque no bien la vio se despidió en general.

—    Me voy —dijo, dirigiéndose a todos aunque mirándola a ella—, pero regresaré lo antes que pueda.

Dalla no atinó a nada. Se quedó allí congelada, como si su vida hubiera sido puesta súbitamente en pausa y lo único que pudo hacer fue seguirlo con la vista hasta que él desapareció por la puerta.

Ella ya sabía que eso podía pasar. Sabía que Fran tenía urgencia por terminar su  carrera y le constaba que estando ahí no había podido concentrarse en otra cosa que no fuera ella. Sabía  que debería haberse ido antes, pero que no había podido hacerlo hasta asegurarse de que ella correspondía a su amor. No obstante, ahora la asaltaba la incertidumbre.

El primer mes pasó muy lento. Fran había dicho que volvería lo antes posible, por lo que cada día se repetía que pronto lo volvería a ver. Sin embargo, el tiempo transcurría sin que él se comunicara de alguna forma. Tenía el móvil desconectado o apagado, y ella no tenía idea de dónde estaba para poderlo localizar.

No solo se sentía mal porque lo echaba de menos. También se sentía rara y su cuerpo parecía estar escapando a su control. Sus pechos habían crecido en forma desmesurada y sentía en sus pezones una inusual sensibilidad. Tenía días de euforia en los que imaginaba que él volvía, y otros de depresión, durante los cuales lloraba amargamente. Al principio había dudado de que lo que Fran había afirmado aquella noche tan rotundamente, pero en lo profundo de su ser estaba segura de que así era  porque deseaba locamente tener un hijo de él.

Al segundo mes, los síntomas se volvieron demasiado evidentes como para dudar. Por eso decidió hacerse un test de embarazo y este se lo confirmó. Evidentemente, el futuro doctor sabía bien lo que decía.

Al comenzar el tercer mes se dijo que pronto iba a tener que comunicar su estado a sus familiares y amigos, antes de que por sí solos se dieran cuenta. Pero primero se haría la ecografía de rigor.

La había agendado en una clínica privada y estaba ansiosa por ver a su bebé. Por eso se presentó temprano y se acomodó en un mullido sillón para esperar su turno. Suspiró con melancolía y pensó que habría sido lindo asistir a esa instancia tan trascendente acompañada por Fran. Pero las cosas se habían dado así y tenía que conformarse.

Recostó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Sintió que éstos se le humedecían pero no quería llorar. Si a Fran nunca más iba a verlo lo seguiría amando igual, a través de su hijo. Éste iba a ser de ahí en adelante lo más importante de su vida. 

Los abrió de golpe cuando sintió que alguien tomaba sus manos. ¡Era Fran!

Vestido impecablemente de traje y con el cabello muy corto, la miraba con la típica expresión del médico que antes que nada desea asegurarse que su paciente está bien. Pero era solo una formalidad, porque él ya lo sabía. Así que en seguida su expresión cambió y el rostro se le iluminó. 

No alcanzaron a decirse ni una palabra, porque justo en ese momento se abrió la puerta del consultorio y una enfermera los llamó.

—    Doctor Kobbé: ya está todo listo. Pueden pasar.

La magia de aquel momento los envolvió, y al finalizar la consulta, salieron a la calle de la mano, emocionados con la foto de su bebé.

—    ¿«Doctor Kobbé»? —fue lo primero que dijo ella.

—    Así es. Al fin me gradué. ¿No te alegra?

—    Claro que sí. Pero, Fran ¿por qué te cortaste el cabello?

—    ¿No te gusta? Me pareció que iba mejor con la idea de ser un médico y papá.

—    Me gustaba más tu otro peinado. Pero me acostumbraré. ¿Vas a volver a la casa?

—    No. Ya no tiene sentido.

—    Ah —suspiro Dalla, decepcionada.

—    Es que ahora tengo un apartamento—aclaró, satisfecho—. Hoy mismo puedes mudarte conmigo. Te adelanto que en una de las habitaciones instalé un escritorio para que te sea fácil estudiar. ¿Quieres que te lleve a la casa a buscar tus cosas?

—    Fran, ¿eres tonto, o qué? Hace tres meses que no estamos juntos ¿y tú quieres llevarme a la casa? Llévame a tu apartamento. Después veremos qué cosas ir a buscar.

 

…………………………….

 

—    ¡Hola! —alguien respondió del otro lado.

—    Chela, soy yo —dijo Fran.

—    ¡Fran, qué gusto escucharte! ¿Qué puedo hacer por ti?

—    Nada, Chela. Ya has hecho bastante. Solo quería agradecerte por mantenerme al tanto durante todo este tiempo. No habría podido mantenerme lejos de Dalla sin saber todos los días que estaba bien.

—    No hay de qué, doctor. Me alegra que todo haya salido bien y que finalmente Dalla y tú estén viviendo juntos.

—    Un día de estos voy a ir de visita a lo de tu hija para agradecerle a ella y a su esposo por haberme acogido en su casa. Te agradezco infinitamente que se te haya ocurrido esa solución; era la única manera que tenía para lograr trabajar tranquilo en mi tesis.

—    No tienes nada que agradecer. Es que no podía ver cómo sufrías todos los días por Dalla. Digamos que no solo yo hice mi parte. Tú también hiciste tu jugada de manera magistral.

—    Chela, me vas a hacer ruborizar —dijo Fran, entre risas—. Bueno, sabes que tanto tú como tu familia pueden contar conmigo cuando lo necesiten.

—    Ya lo sé, Fran. Ha sido un placer conocerte. Eres una gran persona. ¿Sabes que desde que Dalla se mudó contigo tengo una chica nueva en la residencia? Y Joel ya puso sus ojos en ella. Ahora voy a rezar para que pronto aparezca otro residente que sea tan buen jugador como tú.