El príncipe de Perú

Nora Sisto

       Antonia salió de aquella oficina bastante preocupada. La habían llamado para comunicarle  que su visa de estudiante se vencía en dos meses y no había posibilidades de que se la fueran a renovar. Hacía tres años que estudiaba en aquella universidad norteamericana y ahora se veía en una encrucijada porque se le iba a hacer imposible proseguir.

      La dependencia quedaba en uno de los edificios más antiguos del complejo universitario, a mitad de camino entre el edificio de los dormitorios en que ella estaba alojada y el área deportiva. Había quedado sumamente deprimida y por eso no quería volver a su habitación. Así que siguió caminando por aquel predio enorme, dejando que sus pasos tomaran cualquiera de aquellos senderos interminables, muchos de los cuales nunca había transitado. Sin darse cuenta, se encontró en una de las cafeterías del lugar.

      Al entrar sintió una placentera sensación. Esa cafetería era más linda que la  otra que ella acostumbraba frecuentar. Esta quedaba bastante más alejada del edificio donde ella se alojaba, y como siempre andaba a las corridas, nunca se le había ocurrido llegar hasta allá. Era  un agradable descubrimiento.

      Se sentó en una de las mesitas, de frente al enorme ventanal y se quedó allí inmóvil, mirando hacia afuera. Por suerte en ese sector era improbable que se topara con alguno de sus compañeros. Estaba demasiado alterada con la noticia     que acababa de recibir, y lo que menos quería era conversar. Ni siquiera pensaba contárselo a su novio. Aun así, pensó que debía justificar su presencia allí, por lo que fue hasta el mostrador y pidió un café. Pero cuando estaba por llegar a su mesa, su mano temblorosa la traicionó y la taza, el platillo y el café rodaron por el piso. Automáticamente se llevó las manos a la cara y rompió a llorar.

—    Tranquila. No es para tanto —escuchó que alguien decía a sus espaldas.

      Volteó enseguida para ver. Era  un empleado del lugar, que en ese momento estaba levantando las cosas de una mesa cercana y se había acercado a ella al ver la situación.

—    Peores cosas se han perdido —le dijo con una sonrisa, mientras iba presuroso a dejar sobre el mostrador todo lo que tenía en sus manos y volvía con los utensilios de limpieza.

—    Perdón. No sé qué me pasó. Estoy muy apenada. Déjame que te ayude.

      Le sorprendió que le hablara en español, y mientras él amablemente rechazaba su ofrecimiento para ayudarlo, Antonia miró discretamente la tarjeta de identificación que estaba pegada en su uniforme. Decía: «Mike Torres». De ahí dedujo su origen hispano.

      Su actitud cálida y comprensiva hizo que enseguida dejara de llorar. Pero no podía ponerse a contarle el motivo de su estado de nerviosismo. No obstante, por cortesía, mientras Mike pacientemente se hacía cargo del estropicio, continuó conversando con él. 

—    ¿Hace tiempo que trabajas aquí? —le preguntó mientras lo observaba.

—    Unos seis meses —respondió con naturalidad.

—    ¿Eres norteamericano? —le preguntó, porque su fisonomía no coincidía con la típica de ese país.

      Mike era alto y atlético. Su cabello lacio de un color negro azabache caía sobre su frente y cada tanto se lo apartaba con un movimiento de su cabeza, dejando a la vista unos ojos negros, brillantes y expresivos.

—    Sí, soy nacido acá —respondió sin pausar su tarea—, pero mis padres son peruanos. Desde antes de que yo naciera se instalaron en este país, y yo he vivido aquí toda mi vida. Así que sí, soy norteamericano aunque mis raíces sean de otra parte.

      Al día siguiente, después de clases, Antonia volvió a la cafetería. Se había sentido responsable del desastre causado el día anterior, y con su presencia quería de alguna manera compensarlo. En lugar de Mike ese día había otro chico atendiendo el mostrador, pero igualmente pidió un café y se sentó en la misma mesa que antes había ocupado. No había pasado un cuarto de  hora cuando vio que Mike entraba cargando varias cajas. Al pasar por al lado de ella la saludó con una amplia sonrisa, y sin detenerse siguió hacia el fondo del local. Antonia se sintió un poco cohibida porque supuso que él podría malinterpretar su presencia, y entonces apuró su café y salió.

      No había caminado ni dos pasos afuera del local, cuando escuchó que él la llamaba.

—    Espera. ¿Ya te ibas?

—    Sí —dijo ella volteando al oír su voz—, estoy un poco apurada.

      Sin embargo, se había detenido para contestarle. Él se había acercado y le hablaba sin apuro, y Antonia imprevistamente se sintió muy bien ante la idea de volver a conversar con él.

—    ¿Te sientes mejor que ayer? Ayer parecías un espectro.

      No había terminado de decirlo, cuando se escuchó la voz de alguien que venía corriendo al encuentro de Antonia. Era su novio Hernán.

—    Toni, te estaba buscando —dijo agitado e ignorando a su acompañante vestido de camarero—. ¿Qué estás haciendo por estos lados? Vamos, que tengo una noticia para darte que te va a encantar.

      Antonia miró a Mike con expresión de disculpa y se marchó con su novio que no disimulaba su euforia. Mike se los quedó mirando mientras se alejaban. Le habría gustado que el novio de Antonia primero le hubiese preguntado a ella  cómo estaba.

      Antonia y Hernán vivían en España, en la misma ciudad. Se habían puesto de novios en la secundaria y sus padres respectivos, para no separarlos gratuitamente, los habían enviado simultáneamente a EEUU, a la misma universidad. Antonia hacía una carrera de informática y Hernán estudiaba arquitectura. Hernán provenía de una familia adinerada que tenía empresas a lo largo y ancho de su país, y su familia esperaba ansiosa que se graduara para hacerse cargo de los proyectos de las mismas. La familia de Antonia, en cambio, había hecho un esfuerzo bastante grande para enviarla a ese centro de estudios, pero no les pesaba porque sabían de su gran potencial. Ahora, cada uno sumido en sus tareas respectivas, poco tiempo destinaban a su relación.

—    ¿A qué no sabes qué noticias tengo? —comenzó a decirle entusiasmado Hernán—. Me acaban de otorgar una beca para estudiar en Japón. Es una oportunidad única. Son solo tres plazas en todo el mundo y he tenido la suerte de ser favorecido con una de ellas.

      Antonia lo miraba azorada. Sin dudas era una gran oportunidad para Hernán. Le habría gustado contarle lo que a ella le pasaba, pero no quiso empañar su alegría, y se lo guardó.

      La beca de Hernán era por seis meses, y en caso de que deseara renovarla podría extenderse por seis meses más. Antonia pensó que ese tiempo iba a ser un colchón demasiado duro para que su relación se mantuviese, pero como él le aseguró que volvería junto a ella, no puso objeción. Así que al mes Hernán se marchó y ella quedó sumida en sus problemas.

      A la cafetería de Mike no había vuelto más. Se sentía incómoda al suponer que él pudiera interpretar algún interés de parte de ella. Sin embargo, los días en que se sentía deprimida la invadían las ganas de ir a refugiarse en aquel trato afectuoso que él le había prodigado.

      Los días pasaban y se acercaba el plazo establecido para regresar  obligada a su país. Y cada vez se sentía más desesperada. Su carrera era brillante y tenía un proyecto iniciado que no deseaba interrumpir. Por otro lado, no podía malograr el esfuerzo económico que habían hecho sus padres. Entonces se le ocurrió una idea bizarra y rebuscada: le pediría a Mike que la ayudara a obtener su «green card».

      Cuando Mike escuchó su propuesta no pudo menos que sonreír. Esa chica le estaba proponiendo matrimonio. Ella estaba tratando de exponer al detalle sus motivos, pero él poco la iba a escuchar. A él le gustaba demasiado. Así que, sin pensarlo le dio el sí.

      La ceremonia se realizó con hermetismo y en la mayor discreción. Como acordaron en que se trataría de un mero trámite administrativo, nadie excepto ellos, se enteró. Cuando tuvieron que dar sus nombres respectivos, Antonia se sorprendió gratamente: «Mike» era solo un tonto sobrenombre yanqui. Su verdadero nombre era Miguel Augusto José Torres de Viana Montero, el nombre de un príncipe.

      Convinieron en que el documento que certificaba la unión matrimonial lo conservara Antonia, que era quien debía justificar de ahí en más su permanencia en el país. Iban a dejar que pasara el tiempo reglamentario y luego pedirían la anulación. Al final, nadie iba a enterarse. Y ninguno de los dos saldría perjudicado.

      A pesar de haber intercambiado sus números de móvil, quedaron en que se llamarían únicamente por algún tema de interés especial. Antonia no quería que Miguel creyera tener algún derecho sobre ella, por lo cual desde un principio puso distancia. De esta manera, se obligaba a no pasar por la cafetería, para no verse tentada de entablar con Miguel ningún tipo de familiaridad. Sin embargo, a veces tomaba el móvil y luego de presionar los primeros números, los borraba.

      Una tarde, unas compañeras la invitaron a ver un partido de básquetbol. Era en el enorme gimnasio del campus, entre dos cuadros rivales de la misma universidad. Cuál no fue su sorpresa cuando vio que uno de los jugadores era Miguel. Ella había creído que él era únicamente un empleado de la cafetería, sin embargo allí todos parecían conocerlo como el jugador estrella. Los chicos lo alentaban cada vez que anotaba, y las chicas cuchicheaban acerca de él. Entonces se acercó a una de ellas para saciar su curiosidad.

—    ¿No conoces a Mike? —exclamó asombrada la chica. Y agregó—: Es el mejor jugador del equipo. Además de ser un bombón.

—    ¿Es estudiante de aquí?

—     Sí, es estudiante avanzado de la Escuela de Negocios. Creo que está por graduarse. Trabaja en la cafetería del ala oeste como parte de su tesis porque está llevando a cabo su proyecto final —. Y exclamó con un largo suspiro—: es una pena que el próximo año ya no lo veamos por acá.

      Cuando el partido finalizó, los fans invadieron la cancha. Allí pudo ver cómo rodeaban a Miguel festejando el triunfo, y varias chicas intentaban coquetearle para atraer su atención. Él reía satisfecho, y parecía disfrutar su momento de gloria. Pero de vez en cuando miraba con expectación hacia donde ella estaba.

      Antonia quedó impresionada. Evidentemente, no lo conocía. No obstante creía que para ella había sido suficiente conocer de él su afectuosa forma de ser y su desinteresada generosidad. Sin embargo, en algo se equivocaba. Porque Miguel había ocultado su real interés: él en realidad estaba muy interesado en ella.

      Cuando llegó a su habitación, tomó el móvil y marcó.

—    Hola Antonia —escuchó que le decía él del otro lado.

—    Sabías que era yo… —dijo sin terminar la frase.

—    Te vi en la tribuna hace un rato. Pero cuando salí no te encontré.

—    Volví a mi dormitorio. Tenía que estudiar —mintió.

—    Lo sé. ¿Quieres ir a tomar un café?

      Cuando bajó, él ya estaba esperándola en la entrada. Salieron a caminar por los senderos interminables del campus. Ninguno de los dos parecía tener apuro por volver. Conversaban y se reían de cosas comunes, pero evitaban expresamente hablar sobre ellos mismos. Se habían olvidado por completo del café, y cuando volvieron al punto de partida Miguel la detuvo por un instante.

—    Espera. Quiero darte algo.

      Sacó de su bolsillo una cajita y se la entregó. Antonia por un segundo se alarmó porque pensó que podía tratarse de un anillo de compromiso y ella no deseaba ningún compromiso con él. Pero al abrirla se encontró con una cadena de plata de la cual pendía un dije hermosamente labrado con la letra “A”.

—    Es precioso —dijo espontáneamente, mirándolo a los ojos—. No sé si aceptarlo. No tenías que comprarme nada.

—    Me da vergüenza decirlo, pero no te lo compré. Es que mi familia en Perú hace tiempo que se dedica al negocio de la joyería. Y pedí que me hicieran este conjunto especialmente para ti.

—    ¿Acaso les contaste? —preguntó alarmada.

—    Tranquila. Les dije que era un regalo para una profesora de la universidad.

      El conjunto era precioso, por lo que Antonia no se pudo negar a aceptarlo.

—    Ven que te lo pongo —le dijo él entusiasmado, tomando la cadenita y parándose detrás de ella.

      Cuando Antonia se levantó el cabello para que él se la colocara, se estremeció. El calor de sus manos rozando apenas su cuello le hizo poner la piel de gallina. Él estaba muy cerca y su respiración le acariciaba la nuca, por lo que de improviso sintió un cosquilleo que la desconcertó. Por eso, cuando él terminó de colocársela se despidió rápidamente y entró al edificio sin voltear para saludarlo. Él se quedó allí parado por unos minutos, también conmovido por aquella reacción.

      No había podido concentrarse en sus estudios, y eso la preocupaba. Se repetía una y otra vez que la situación con Miguel al fin y al cabo era solo una transacción. Pero no lograba convencerse. Entonces, cuando ya habían pasado varios días de aquel encuentro, lo fue a buscar.

      En la cafetería había muchas personas. Y se veía que Miguel estaba muy atareado. No pensaba acercársele porque no quería molestarlo, pero algo súbitamente la hizo cambiar de parecer. Una chica muy mona se había sentado en una de las butacas de la barra y le coqueteaba desfachatadamente. Entonces fue rápidamente hasta donde ellos estaban. Miguel la venía observando desde que entró, y esperaba a ver qué hacía.

—    Mike, ¿puedes servirme un café? —dijo, interrumpiendo a propósito.

—    Mike está ocupado en este momento —acotó la chica, con fastidio— ¿por qué no se lo pides al otro chico?

—    Mike —repitió, desafiándola— voy a sentarme en aquella mesa. ¿Me lo puedes traer?

—    Sí, señorita —exclamó Miguel, mirándola incrédulo.

      Pero en lugar de volver a su mesa, se fue del lugar.

      A la noche, después de cerrar la cafetería Miguel la llamó. No estaba seguro de haber entendido bien el mensaje de aquella bravuconada.

—    ¿Para qué me llamas? —dijo ella sin siquiera decir «hola».

—    ¿Estás de mal humor?

—    Quizás.

—    ¿Por qué te fuiste de la cafetería? Iba a servirte el café.

—    Me fui porque tal vez querías estar tranquilo con tu amiga.

—    Te olvidas de que soy un hombre casado —le dijo, sorprendiéndola—. No tengo “amigas”, como tú dices. La única “amiga” que de verdad me interesa es mi mujer. Voy a buscarte ahora mismo.

—    No —exclamó Antonia, asustada.

      Sabía que si él venía a buscarla no habría vuelta atrás.

—    Miguel, te ruego que no vengas. Tengo un lío en mi cabeza y debo desentrañarlo para poder darte lo que quiero. Espérame, por favor.

      Pero él no podía esperar. Así que fue a buscarla a su habitación. En ese momento, ambos se olvidaron por completo del mundo que los rodeaba. Eran, al fin y al cabo, marido y mujer. Y después de aquella noche, a ninguno de los dos le quedaron dudas al respecto. Sin embargo, Antonia tenía asuntos pendientes y Miguel lo entendía. Así que optó por dejarle el camino libre para que los pudiera resolver.

      Pasó un mes sin que volvieran a verse. Cada uno parecía haberse sumergido  en su respectivo proyecto estudiantil para no pensar en el otro. Antonia se había librado de una preocupación, debido a que al fin podía quedarse indefinidamente en ese país. Pero era otra cosa la que ahora la intranquilizaba. A pesar de que se había propuesto contenerse y no llamar a Miguel, el deseo de estar con él se volvía  cada vez más acuciante. Sobre todo cuando se descubría a sí misma con aquel hermoso dije de plata apretado entre sus manos.

      Al finalizar su beca, Hernán volvió de Japón. Antonia no sabía cómo recibirlo, pero por supuesto, nunca iba a revelarle su enredada historia con Miguel. Hernán iba a quedarse apenas por dos semanas, y después volvería a aquel país, por lo que parecía querer aprovechar cualquier ocasión para reanudar su relación. Así que, cuando se enteró de que ese día iba a realizarse un concierto en el campus, la invitó.

      Llegaron muy sobre la hora, por lo que quedaban pocos asientos libres, y todos ellos desperdigados. Por eso, cuando Hernán vio que había un chico sentado sobre el pasillo y a su lado estaba libre el lugar, se apuró a pedirle que se los cediera. Cuando este se dio vuelta para responder, Antonia palideció. Era Miguel. No se veían desde aquella noche, y en ese momento sintió temor de que él  se diera a conocer. Pero Miguel era demasiado cortés como para dejarla en evidencia. No obstante, por orgullo tenía que marcar su territorio, así que después de apenas mirarla se puso de pie y se dirigió a ellos con fingido protocolo.

—    Con todo gusto. Pase, señorita —dijo, haciendo ademán de cederle el paso. Y agregó con una ironía que solo Antonia podía interpretar—: ¿O debería decir «señora»?

      Dicho esto, se fue a buscar un asiento más adelante. Antonia percibió su expresión de desagrado, pero en ese momento nada podía decir. Solamente podía sentir su corazón gritándole que lo amaba. Lo siguió disimuladamente con la mirada, hasta que vio que cinco filas más adelante unas chicas le hacían señas muy efusivamente mostrándole que allí tenían un lugar reservado para él. Constató que Miguel de buen grado aceptaba la invitación y se acomodaba entre ellas.

—    ¡Sudaca pretencioso! —comentó entre dientes Hernán, refiriéndose a la actitud de Miguel—. Faltó que te hiciera una reverencia. Se pensará que es un príncipe.

      Antonia no respondió. Por una vez estaba de acuerdo con sus palabras. Ella misma al conocerlo lo había imaginado como un príncipe. Pero  ahora tenía la certeza de que era su rey. Durante toda la función, Antonia no miraba el escenario. Lo miraba a él. La pasión de Miguel era suya, y le aterraba suponer que pudiera entregársela a alguien más. Pero Miguel se mantuvo indiferente y en ningún momento volteó la cabeza para mirarla.

      Hernán había quedado muy entusiasmado con la experiencia que había vivido en Japón, y estaba decidido a retomarla por otros seis meses. Allá, Antonia podría tener un campo amplísimo para desarrollar su profesión, y por eso quería convencerla para que se fuera con él. Pero a pesar de sus intenciones de renovar su relación, aquel amor adolescente ya hacía tiempo que había caducado. Así que volvió a marcharse, definitivamente solo.

      Miguel no había vuelto a llamarla. Indudablemente se había tomado al pie de la letra su petición de darle un tiempo. Pero el tiempo pasaba, y ella ya no podía esperar más.  Por eso, se decidió a ir a buscarlo a la cafetería. Entró y sin ordenar nada se sentó en la mesa habitual. Esperó largo rato a que él apareciera, pero nunca llegó. Entonces se acercó al mostrador y le preguntó al camarero que estaba atendiendo en ese momento.

—    No. Mike no trabaja más aquí. Su proyecto finalizó y se graduó hace una semana. Estos días está en Perú por motivos de trabajo, y no creo que vuelva. Si quieres, cuando hable con él le puedo trasmitir algún mensaje.

      Antonia se marchó con una sensación que no había previsto. Mejor dicho,  que sí había previsto pero que se había negado a aceptar: había  perdido su oportunidad. Miguel había cumplido a rajatabla con su parte del trato. Había incluso respetado  su exigencia de no iniciar una relación. Pero ahora se daba cuenta de que nada de eso era lo que ella verdaderamente deseaba, y un miedo repentino la invadió. Ella no quería que él se mantuviera  alejado. Ella estaba enamorada de él. 

      Antonia tenía todavía para todo el resto de ese año en la universidad. Sin embargo, el lugar ya no le hacía ilusión. Sentía el vacío en cada sitio al que iba, y la idea de finalizar su carrera, por sí sola ya no la motivaba. Al graduarse  volvería sin dudas a su país y para después no tenía nada planeado. Suponía que en algún momento iba a tener que contactar a Miguel para anular su matrimonio. Desde aquella noche en el concierto nunca más lo había vuelto a ver y eso la afligía sobremanera. Le había telefoneado varias veces para explicarle, pero él nunca atendió. Seguramente la última imagen que conservaba de ella era aquella ridícula situación junto a Hernán. Su libreta matrimonial parecía ser lo único que la mantenía unida a él.

      Llegaban a su fin la mayoría de los cursos y la universidad estaba a full. Los estudiantes estaban atareados finalizando sus tesis respectivas, y además llegaba la fecha de cierre de la temporada deportiva estudiantil. A Antonia ya no le hacía gracia nada de eso, y se mantenía apartada de todo, inmersa en sus cosas. Sin embargo, ese sábado iba a jugarse la final del campeonato de básquetbol, y sus amigas —que la veían muy deprimida— le insistieron tanto, que aceptó ir.     

      Habían llegado temprano para asegurarse un buen lugar en la tribuna, por lo que tuvieron bastante rato para esperar. Mientras tanto, se escuchaban comentarios de uno y otro bando pronosticando cuál sería el equipo ganador. Antonia no tenía un favorito y le daba igual. Sin embargo, el equipo local era el equipo de Miguel.

      Cuando los jugadores del cuadro visitante comenzaron a salir a la cancha, el público irrumpió en algarabía. Agitaban sus banderas y tiraban papelitos con los colores de su camiseta. Todo prometía que iba a ser una gran fiesta. Pero pasaban los minutos y el otro equipo demoraba en aparecer. Antonia suponía que sería una estrategia deportiva, pero igual puso atención a los comentarios que se oían a su alrededor. Al parecer iba a haber un cambio en la formación de los jugadores. Algunos comentaban que a último momento había venido un jugador que en principio no figuraba en el plantel, pero el reglamento permitía que lo incluyeran para la final. Cuando finalmente aparecieron en escena, todo el sector de la tribuna en el que ella estaba comenzó a gritar enardecidamente  “¡Mike, Mike, Mike!”, y Antonia enmudeció.

      El partido finalizó con la victoria del equipo de Miguel, y Antonia comenzó a desesperarse. No sabía si él la había visto, pero para ella era imperioso ir a hablar con él. Obviamente no podía colarse en el vestuario, y tampoco podía explicar a sus amigas por qué necesitaba quedarse allí. Así que cuando estaban a medio camino, con la excusa de haber dejado algo olvidado en las gradas, volvió.

      Llegó corriendo a la puerta del gimnasio, justo cuando los jugadores comenzaban a retirarse. Entonces se quedó parada en un costado y esperó.

      Miguel fue uno de los últimos en salir. Venía charlando eufóricamente con otros muchachos, pero al verla a ella se apartó. Traía el cabello mojado y el bolso en uno de sus hombros.

—    Hola —le dijo con tono hostil—. ¿Qué pasa? ¿Te sorprendiste al verme jugar?

—    Si —dijo ella con voz apagada—, no te esperaba.

—    No podía fallarles a mis compañeros, por eso vine. ¿Cómo has estado?

      Su expresión era dura, pero la miraba a los ojos y en ellos Antonia podía ver un rastro de su dolor.

—    Te fuiste mucho tiempo —continuó diciéndole ella, mientras la emoción le empañaba los ojos—. Nunca contestaste mis llamadas. No sabía cuándo te volvería a ver.

—    Si, ya sé. Quieres que comencemos la anulación. ¿Es eso?

—    No, Miguel. Necesitaba verte.

—    Bueno, aquí me tienes. Aunque no sé si eso es bueno o malo para ti. Pero aquí estoy. ¿Dónde está tu novio?

—    Volvió a Japón —respondió ella, comprobando que estaba celoso.

—    ¿Y tú, no te fuiste con él?

—    No. No pude.

—    ¿Por qué?

—    Porque soy una mujer casada. Soy la señora Torres de Viana Montero. Y mi marido es el único hombre que amo y con el que quiero estar.

      Miguel vaciló por un instante, y luego pareció que sus ojos se iluminaban. Entonces dejó el bolso en el suelo y luego de hurgar en uno de los bolsillos de su pantalón, sacó una cajita y se la entregó. Era un anillo.

—    Sí —exclamó ella, temblando de amor—. Mil veces sí.

—    ¿Estás segura?

—    Completamente.

—    Bueno —dijo él con el rostro ya distendido—. Entonces vamos a casa, que nos están esperando para festejar.