El viaje maravilloso

Nora Sisto


El brillo penetrante le hizo doler los ojos y tuvo que cerrarlos inmediatamente. Le costó volver a abrirlos. Solo después de un rato logró acostumbrarse a la luz. El vehículo se había detenido, por lo que entonces  se dio cuenta de que la travesía había finalizado.

La ventanilla era muy estrecha y la luneta demasiado gruesa para apreciar nítidamente lo que había afuera.  Así que abandonó el primer intento de orientarse por su vista y se incorporó. De a poco fue desmantelando las cinchas que lo sujetaban. Se quitó el grueso equipo que lo había protegido del frío y del calor durante todo el trayecto. Reconoció sus pertenencias, en el mismo lugar donde las había colocado antes de partir. Tomó lo que le pareció imprescindible y se miró al espejo. Apenas se reconoció.

Dio una última mirada de recorrida al interior en penumbra del receptáculo que lo había llevado hasta ese lugar, y se aprestó a salir. Estaba demasiado ansioso para esperar a aclimatarse, así que abrió la escotilla y de un salto salió.

No sabía bien adónde había llegado, aunque tenía la intuición de estar en un mundo no del todo diferente al que había dejado al partir.

Sus primeros pasos, cautos le hicieron notar que el terreno era firme. Al pisar, la hierba se aplastaba blanda bajo sus pies, soltando un aroma de humedad que creyó por un momento reconocer de mundos anteriores.

Arriba había un manto azul cálido, interrumpido de a ratos por grandes copas de árboles que atenuaban la luz blanca y enceguecedora.

Se sentó por un momento. No sabía a dónde ir.

El silencio era igual a aquel que lo había acompañado durante todo el viaje. Probó a hablar. Buscó algo a lo que decirle alguna cosa, pero no se decidió por nada. Dijo al aire dos o tres palabras de las que se acordaba, pero tan suavemente que ni él mismo se escuchó. No se animó a gritar, por las dudas.

Comenzó a caminar. Caminó y caminó sin medida de longitud ni de tiempo. Caminó hasta que sorpresivamente encontró el primer eslabón. 

Era una pieza redonda. Estaba abierta, y daba la impresión de ser de un material muy antiguo, hierro tal vez, oro o acero. La examinó con curiosidad. Pasó sus dedos suavemente por su superficie, sintiendo su suavidad. Ésta se había  conservado a pesar del posible paso de los años. Al pulirla  con la manga de su traje pudo sacarle un brillo espejado que devolvió su rostro deformado por la curvatura. Había sido cortada con alguna herramienta muy afilada, ya que los bordes separados conservaban la forma que los hacía corresponder.

Abandonó al momento tan curiosa pieza, y se dispuso a seguir. Pero a los pocos metros miró hacia atrás. Supo que su camino había sido marcado.

Continuó un trayecto improvisado, sin llegar a ningún lugar conocido. Entonces pensó que finalmente no había nada para hacer en ese lugar. Su autonomía podía mantenerlo con vida por lo menos por cinco o seis años más. Después de ahí debería decidir si volvía a actualizar sus implantes alimentarios o si no, tenía la opción (siempre posible) de intentar la alimentación primitiva de la que tanto le habían hablado sus tutores, pero que hasta entonces desconocía. No necesitaba realmente nada más.

Vagó durante un tiempo sin rumbo fijo. Comprobó que el planeta se oscurecía de a ratos, formándose una noche con destellos fulgurantes, igual que en el lugar de donde venía. Y también había nubes y tormenta, y una lluvia de gotas muy finitas que le acariciaba el rostro de cuando en cuando. Se preguntó si encontraría algún otro eslabón.

Efectivamente, separados varios metros encontró dos más. No eran iguales al primero. Su forma era diferente, pero habían sido cortados de la misma forma que el anterior. Parecía que habían tenido que hacer una fuerza extraordinaria para cortarlos, ya que el material de todos era tan resistente que podría haber sido casi imposible destruirlos.

Pero allí los dejó.

Cargaba con un morral en el que llevaba un equipo de lectura ambiental tan sofisticado como diminuto, con el cual podía teóricamente descifrar todo lo que se le apareciese. Sin embargo no sentía curiosidad por nada en especial. Avanzó más.  Ahora estaba en una pradera cuyos pastos entre verdes y amarronados se mecían hacia un lado y hacia otro al compás de una suave brisa que los acariciaba.

No añoraba nada, ni tampoco esperaba ver a nadie en este lugar. Se repitió que no  necesitaba nada. Es más: le gustaba estar solo.

Cada vez que se detenía, pensaba en aquellas raras piezas que lo habían sorprendido  interrumpiendo su paso. En lugar de buscar respuestas en su dispositivo, aguzaba su imaginación suponiendo que tal vez se debían a alguna señal. Esperaba alguna revelación que le indicara el porqué de su presencia. 

Y fue una sorpresa cuando se encontró frente a frente con un semejante.

Estaba quieto y no parecía hostil ni con intenciones de ataque. Igual por si acaso  no se le acercó. Se quedó mirándolo, hipnotizado por el sinuoso movimiento de sus amplias ropas negras sacudidas por el viento, y sus largos cabellos flotando en el aire.

La visión lo invadió. Pero lo que más atrajo su mirada fue la larga cadena que colgaba a su costado, con una punta bien asegurada a la altura del cuello y la otra perdida en el piso polvoriento. Inmediatamente pensó que ese ser estaba amarrado al piso, pero no. Lo vio moverse con soltura y alejarse Inmediatamente.  Al verlo correr pudo observar que la punta de la cadena lo seguía zigzagueante arrastrándose por el suelo seco, levantando un polvo fino que volaba y que llegó  hasta sus narices haciéndole sentir malestar y obligándolo a toser.  Hasta pensó que lo había olido.

No hizo ademán de llamar su atención o detenerlo. No tenía por qué.

Caminó durante un largo tiempo más hasta llegar a un acantilado.

Ahí lo pudo ver nuevamente, a la distancia como una silueta sombría, adentrarse en las hendiduras de una ladera y desaparecer.

Sintió que su cuerpo era atraído como un imán por aquella figura que se alejaba ocultándose en las entrañas de la tierra, y tuvo deseos de correr. No conocía la violencia ni el peligro. Se preguntó si sería esa su gran oportunidad. Así que emprendió una carrera alocada hacia lo que hubiere de venir.

Irrumpió en la caverna dándose casi de bruces contra cuatro semejantes que, de pie parecían estar esperándolo. Alcanzó a reconocer a uno de ellos como el que acababa de seguir. Quedaron frente a frente mirándose, asumida una incógnita común que sin embargo para él no tenía aún significado. Todos tenían  los cuellos rodeados por iguales cadenas, unas más cortas o más largas que las otras, y de distintos materiales. Le pareció que estaban formadas por argollas semejantes a las que había encontrado atrás, pero se quedó callado. Entonces uno de ellos le habló.

—    Gele belexegeg ut. 

Su voz sonó un tanto imperceptible y desentonada, pero igualmente reconoció el idioma, aunque no sabía qué era lo que le quería decir.

—    Gele belexegeg ut —repitió.

Ahora el tono que al comienzo le pareció un tanto lastimero se había vuelto enfático, y sintió que su cuerpo se estremecía. Un frío le atravesó la espina dorsal. Se preguntó si era miedo.

Sin embargo, esos seres delante de él no tenían aspecto de salvajes.

Apenas se movían pero sin embargo no dejaban de mirarlo fijamente, y había algo en su presencia que lo intimidaba. El sonido de las palabras que pronunciaban rebotaba en su mente desplegando sensaciones que no creía tener archivadas. Su certificado genético  no incluía —que él supiese— «ansiedades turbadoras» ni «tendencias fóbicas».  Dudó. Tal vez era momento de abandonar.

Amagó a darse vuelta y regresar, pero en ese instante su mirada se detuvo en los alterados movimientos que con todo el cuerpo esos seres emprendían, aparentemente en un intento de lograr lo que no habían podido convencer con sus palabras. No eran cuerpos convulsionados como los que él ya conocía, sin mente ni propósito. Éstos emitían un lenguaje extraño, una cadencia  desconocida que lo penetraba y lo tomaba desde adentro. Era como una suave vibración que le significaba inquietud pero a la vez lo confortaba inexplicablemente. No pudo irse.

Sentado en el piso observaba con extrema curiosidad a esas siluetas oscuras que parecían tener un propósito común, algo que él desconocía. Se repetía «gele belexegeg ut» una y mil veces, pero no le encontraba un significado.  Su convertidor de léxico sólo le daba sinónimos, traducciones literales, pero él quería saber.  La única versión que parecía convencerlo hasta ese momento era  «les han quitado el  ut».  Pero que le hubiesen quitado algo no podía ser motivo de desesperanza porque hasta donde él sabía, cualquier artículo era fácilmente  remplazable. Todo era fácilmente adquirible. Es más, no conocía nada que no se pudiera comprar.

El aburrimiento a veces lo agotaba, pero sin embargo no se iba. Y esto le llamaba poderosamente la atención, porque el propósito de su viaje había sido realizar «peligrosas e increíbles aventuras». Así lo estipulaba el contrato del paquete que había adquirido.

Ahora miraba largamente a esos seres desde la distancia. Los veía mover, y en cada movimiento las cadenas de sus cuellos se balanceaban a nivel del piso o  bien volaban como latigazos en el aire. Y seguía allí.

A veces cansado, bajaba la cabeza con desazón y se miraba a sí mismo. Entretejía los dedos o dibujaba con ellos signos en el polvo del piso.  Hasta que se dio cuenta. Ellos no tenían manos iguales a las suyas. Él tenía cuatro dedos, y uno especialmente desarrollado con el que podía pulsar cualquier botón de sus instrumentos. Pero ellos no. Ellos además de los mismos cuatro dedos en cada mano tenían otro al costado, separado de ellos como una especie de apéndice lateral. Volvió a mirar sus propias manos y vio que ese lugar estaba ocupado por una especie de pequeño muñón que siempre se había preguntado para qué habría servido en épocas remotas. Por mucho tiempo había supuesto que era tal vez un vestigio de la antigüedad, algo que por el no uso habría ido mutando en su especie a lo largo de los milenios. Porque él no había sentido jamás una carencia. Sin embargo, estos seres parecían querer indicarle que sí. Y esto era lo curioso, porque parecían visiblemente obsesionados por trasmitirle alguna reivindicación.

Leyó en su traductor acerca de «ut», y encontró muchos significados. Tuvo que asumir un basamento  hipotético: esos seres parecían querer hacerle saber que había perdido algo que podía conceptuarse como «la facultad de unir». Le pareció un poco raro que lo instaran a lamentarse por haber perdido algo que no conocía.

Recordó que le habían contado alguna vez acerca de un instrumento musical, una reliquia histórica muy extravagante cuyo cuerpo de madera albergaba líneas metálicas que terminaban en finas piezas blancas y negras de un material tan raro que no se figuraba cuál podía ser. Tampoco tenía idea de cómo funcionaba, aunque se suponía que apretando con sus dedos lo que podría dar en llamarse «teclado»  surgían sonidos musicales tan variados y casi tan nítidos como los que eran capaces de producir sus sofisticados procesadores musicales. Al parecer una de aquellas piezas se llamaba «ut». En el pasado habían existido sin duda cosas extrañas. Se puso a pensar en los objetos que él había encontrado en ese sitio. Aquellas curiosas piezas de metal que habían quedado tiradas a lo largo de su trayecto. Entonces fue por ellas y volvió.

A medida que las iba depositando con cuidado en el piso polvoriento, los seres extraños presenciaban la escena, serenos pero ansiosos, con ojos esperanzados, y por primera vez se acercaron a él. Tomando ellos mismos las piezas armaron en el piso una rara figura ensamblándolas unas con otras, se acomodaron junto a ellas y fueron encastrando las puntas de sus cadenas como si hubieran urdido una premeditada coreografía.

Luego se hincaron, agachando las cabezas en el regazo. En medio de un silencio sublime los eslabones se fusionaron y quedaron unidos. Las cuatro figuras, como pétalos de una extraña florescencia y él mismo junto a ellos, componían una imagen casi mitológica. Como si hubiera sabido de antemano qué era lo que seguía hacer, tocó con suavidad la mano del que tenía más cerca de él, y éste apretó la suya con fuerza. Entonces, algo que nunca le había sucedido sucedió. Uno por uno los seres extraños se incorporaron y lo abrazaron. Después se abrazaron entre ellos. Igual que en un éxtasis místico pudo sentir cómo en ese abrazo su cuerpo parecía desprendérsele pasando a ser parte de los otros, y viceversa. Sentía el calor de su cuerpo que al calentar el cuerpo de los otros lo dinamizaba con una fuerza única. La vastedad del infinito parecía haberse  introducido súbitamente dentro de él sembrando en su interior, como preciados dones la angustia del pasado y el vértigo del futuro otorgándole el continuum de la vida. Él era un eslabón irremplazable de una cadena única y poderosa que atravesaba el tiempo y el espacio, impulsando sus deseos de vivir al tiempo que extinguía su sentimiento de soledad y caducaba su búsqueda. Era la  unión con sus semejantes, una extraña sensación que nunca antes había conocido, pero que de ahora en adelante deseaba intensamente repetir. De pronto, sintió espantado que sus sentidos se adormecían. Trató entonces desesperadamente de desactivar su moderador de ansiedad para no caer en el conocido letargo, pero no pudo. Era imposible traspasar el pesado equipo que traía puesto.

Entonces repentinamente todo se oscureció. Se esfumó la caverna y con ella las figuras exóticas, dejó de olerse el aroma a humedad, cesó el polvo y el silencio. Un griterío bullanguero, ruidos de todo tipo, detonaciones y una música estrepitosa nublaron su razón al tiempo que una voz aflautada repetía como un disco rayado en sus oídos que esa máquina quedaba desde ese momento fuera de servicio  por sospecha de programación subversiva. Se quitó la máscara y miró con desilusión a su alrededor. Decenas de viajeros virtuales se agitaban y se revolvían en extrañas contorsiones sin moverse de su lugar, cada uno en su sitio principesco.

Se quedó estático mientras un mecanismo robótico iba retirando de su cuerpo pieza por pieza  cada uno de los componentes del sofisticado equipo que lo había revestido durante un rato. Cuando sus manos quedaron liberadas se las quedó mirando con tristeza. Su viaje le había llevado no a escenarios exclusivos e inimaginables sino a lugares de su mente en los que nunca había entrado. Había entendido que su vida no tenía la riqueza de aquella de tiempos pasados. No solo la evolución biológica había atrofiado la parte de su cuerpo que aseguraba la trabazón de las cosas. Con su pérdida, también la cadena de la vida había involucionado ella misma al perder el poder de la vinculación, y con él su capacidad de construir historia. Su mundo nunca le había hecho sentir el valor de la vida compartida. Suspiró pensativo pero a la vez sonrió. Iba a ser un enorme desafío volver a recuperarla.