Electric Life

Nora Sisto

 

      A Cinzia le quedaba apenas el proyecto final para graduarse como comunicadora. Pero para ir adelantando, se había postulado como aspirante para trabajar en una agencia de publicidad. Era una agencia de mucho renombre, que atendía a clientes de alto nivel, pero dadas sus aptitudes y su buena presencia, fue admitida de inmediato.

      La agencia funcionaba con un equipo aceitado que articulaba a la perfección la actividad de todos sus departamentos, y a Cinzia no le costó integrarse en él. Aunque no formaba parte del departamento de arte —en el que sin pausa se inventaban y proponían ideas originales— su trabajo también era intenso. Sus jefes, Victor y Joana eran muy exigentes con la calidad de las piezas publicitarias que producían, pero a la vez mantenían una actitud amigable con el personal, lo que daba como resultado un conjunto de un gran profesionalismo. La única nota discordante parecía darla el creativo principal.

      Su nombre era David, y no bien conocerlo, Cinzia se enamoró de él. Era bastante mayor que ella, y a pesar de no ser un Adonis poseía un atractivo singular. Su aspecto era informal y era usual verlo con unos jeans rotos, el cabello despeinado cayendo sobre sus ojos y una camiseta blanca como todo abrigo, aún en los días más fríos. Pero no era su aspecto lo que despertaba admiración, sino su demoledora personalidad.

      Aunque algunos lo creyeran, David no exhibía una pose personal. No le   procupaba la fama; lo único que le preocupaba era mantener activa su genialidad. No parecía tener interés en entablar amistad con otras personas, por lo que en general no participaba en las presentaciones ni en el trato con los clientes, y tampoco en las fiestas que ocasionalmente algunos de ellos organizaban. Su perfeccionismo lo hacía parecer egoísta aunque no lo era, y a pesar de que su carácter no era violento, cuando se frustraba se ponía impaciente y de mal humor. Sus compañeros de trabajo lo estimaban y admiraban, aunque no lo consideraban una persona común. Para ellos era una potente bomba de ideas, siempre a punto de estallar.

      David no tenía un perfil de mujeriego. No obstante, su forma de ser provocaba sobre sus allegados una enorme fascinación. Por eso, desde un primer momento, Cinzia se sintió atraída por él y durante largo tiempo estuvo  admirándolo en silencio. Ella, por su parte era una chica joven, bonita e inteligente, lo que la hizo inmediatamente blanco de atención. Algunas veces, los chicos de la agencia la invitaban a salir, pero ella indefectiblemente rechazaba la invitación. Esperaba con ilusión que fuera David quien la invitara, aunque eso ni remotamente le parecía posible.

      Como su trabajo era free lance, David no cumplía un horario fijo. Aparecía en cualquier momento como un torbellino y desaparecía sin aviso previo, lo cual aumentaba la ansiedad de Cinzia, que cada día se acicalaba al extremo esperando que él la notara. Pero la mayor parte de las veces regresaba decepcionada a su casa, porque ese día él no se había presentado. Solo en  contadas ocasiones le había dirigido la palabra, y aunque eso le confirmaba que él por lo menos había reparado en su presencia, se preguntaba si podría llegar a interesarse en ella, porque ella sí estaba permanentemente pendiente de él.

      Un viernes por la noche, todo el staff de la agencia fue invitado a celebrar la premiación de un spot televisivo, Cinzia inclusive. Para sorpresa de todos, en esa oportunidad David se mostró interesado en asistir, así que por una vez el grupo estaba completo. El bar quedaba en una zona retirada del centro, y la consumición estaba cubierta por los dueños de la agencia. Así que, cuando a una hora prudencial estos se fueron, los que quedaron se dedicaron a beber hasta no poder más. Ella misma, al participar de aquel descontrol, resultó ebria igual que todos. A medida que avanzaba la noche, cada uno se iba retirando sin prestar atención a quienes se quedaban. Cinzia se habría ido para su casa, de no ser porque sola y en su estado, no habría sabido hacia dónde ir. Así que, quiso la circunstancia que terminara la noche en el departamento de David.

      Cuando a la mañana los dos despertaron en la misma cama y tomaron conciencia de lo ocurrido, la torpeza de ambos hizo que aquel encuentro se convirtiera en un motivo de preocupación. David fue el más sobresaltado.

—    ¡Vaya, sí que ha sido una noche inesperada! —acertó a decir, a falta de otro comentario.

—    Sí, también para mí —exclamó Cinzia, fingiéndose mundana—. Nunca creí que esto pudiera pasar.

      David había supuesto que pasar la noche con aquella preciosa chica iba a ser otra de tantas noches de juerga, a las que estaba acostumbrado. Sin embargo, una inesperada afinidad con ella lo había tomado por sorpresa, y por eso comenzaba a ponerse intranquilo. Por eso, se apuró a dejar en claro que no estaba dispuesto a mantener una relación con nadie.

—    Creo que estábamos bastante ebrios, de otra manera esto no habría pasado —exclamó a modo de excusa.

      Pero se dio cuenta de que estaba siendo duro con ella, y se sintió obligado a rectificar.

—    No me malinterpretes, lo pasamos genial, pero supongo que estarás de acuerdo conmigo en que, al ser compañeros de trabajo va a ser mejor que dejemos atrás lo sucedido.

—    Si, por supuesto —dijo rotundamente Cinzia, riéndose ostensiblemente para esconder lo poco convencida que estaba al afirmarlo.

      Pero se mentían, uno al otro. Ella, porque ahora no le quedaban dudas de  que él era el hombre de su vida. Y él, porque —aunque se cuidara de manifestarlo explícitamente— se había dado cuenta de cuánto esa chica le interesaba. Su bohemia, sin embargo iba a ayudarlo a camuflar el sentimiento ingobernable que comenzaba a turbarlo, pero se preguntaba durante cuánto tiempo lo iba a poder ocultar. El argumento del estado de embriaguez era muy convincente y perfectamente válido, porque podía justificarlo todo. Era una buena explicación para que se conformaran mutuamente. Pero en el fondo, ambos sabían que no habían sucumbido bajo los efectos del alcohol, sino que habían actuado con perfecta —y medida— lucidez.

      Cinzia pasó los siguientes días desconcertada porque no sabía bien cómo tratarlo. Había quedado con él, de común acuerdo, en que aquella había sido una situación puntual intrascendente y que, de ahora en más, volverían a ser simples compañeros de trabajo. Pero íntimamente no podía aceptarlo. A pesar de que intentaba cumplir con su palabra, su cuerpo le decía que aquella no había sido una noche frívola de sexo a la ligera: había sido una noche de amor. Así que, en los días sucesivos, se dedicó a observar la reacción de David.

      Pero si David sentía lo mismo que ella no se le notaba, ya que se apuró a adoptar una actitud de frialdad. Ella pensaba que él estaba acostumbrado a dormir con quien quisiera, y ella probablemente había sido solo «una más». Entonces optó también por fingir desinterés. Pero el sentimiento es difícil de esconder. Ella no podía dejar de emocionarse cuando lo tenía cerca, y él parecía mantener con ella una ambigua complicidad; se mostraba distante en presencia de otras personas, y cuando nadie lo notaba, sostenía con ella una mirada de pasión inquietante. Por eso, Cinzia se preguntaba si David era sincero o si acaso estaba jugando con ella.

      Pero lo cierto es que, cada vez más, el espacio entre los dos se estrechaba, y esto a David le causaba preocupación. Nunca se había planteado la posibilidad de compartir su vida con otra persona, en especial con una mujer. Creía que aquel celibato mental en el cual vivía, era lo que le facilitaba su inigualable y prolífica libertad de crear. Y no quería perderla. Pero ahora aquella chica lo enamoraba peligrosamente sin que pudiera frenar el sentimiento cada vez más fuerte que lo inundaba. Por eso, tenía miedo.

      Un día, Víctor apareció con una novedad. La empresa de electrodomésticos  “Electric Life” les había encomendado una campaña publicitaria millonaria. Iban a tener que trabajar duro, porque sus dueños no iban a aceptar una campaña trivial. Querían algo nunca visto. Así que, inmediatamente, el equipo completo se abocó a trabajar en ella. Tendrían un par de meses para concretarla. Aun así, no había tiempo que perder.

      Pero pasaban los días, y en la oficina parecía no aflorar ninguna idea brillante. Cinzia estaba preocupada, porque le parecía que David no estaba pasando por su mejor momento. Además, cada día venía menos a la agencia. Y era porque David se mantenía alejado de ella tratando de recuperar su eficiencia mental, pero no podía. Estaba bloqueado. Su pensamiento estaba acaparado por Cinzia. Ella intuía qué era lo que a él le pasaba y sabía cómo ayudarlo, pero no podía forzarlo a admitir que estaba enamorado. Entonces se limitó a amarlo desde lejos.

      Un día, se dio cuenta de que hacía varios días que no lo veía. Entonces comenzó a ponerse intranquila. Le preguntó a Joana si estaba enfermo. Pero no lo estaba. David se había ido. Se había tomado un tiempo para estar alejado de todo. Le había dicho a Víctor que estaba pasando por un momento de gran estrés, por lo que iba a ausentarse durante un tiempo, hasta que pudiera superarlo.

      Cinzia creyó morir. Estar lejos de él iba a ser insoportable. Pero nada podía hacer para remediarlo. Así que trató de enfocarse en su trabajo y esperar con paciencia a que volviera. Pero pasaban los días y agonizaba sin tener noticias suyas. Entonces se arriesgó a telefonearle.

      El tono de llamada del móvil repicó interminables veces pero él no atendió. Entonces Cinzia se deprimió aún más. Era obvio que él sabía que era ella quien llamaba, pero por lo visto, se negaba a atender. Dejó pasar unos días y volvió a insistir. Pero la situación se repetía. Hasta que después de varios intentos, desilusionada, desistió. Él con su actitud le hacía entender que no deseaba hablar con ella.

      Había dejado pendiente su proyecto final en la facultad, así que para ocupar su mente en otra cosa, se decidió a retomarlo. Finalmente se graduó y esto le significó una mejora laboral. Tenía propuestas de trabajo en otras agencias, pero ella no podía arriesgarse a dejar de tener contacto con David. Así que permaneció allí, expectante.

      Pasaron tres largos meses. Era más de lo que pensaba que iba a  soportar, sin embargo su espera continuaba. Había intentado demasiadas veces comunicarse con él, y siempre obtenía el mismo resultado, debido a lo cual  había abandonado el intento. Sin embargo ese día tenía un extraño presentimiento, así que tomó su móvil y marcó. El tono sonó una, dos, tres, cuatro, cinco veces como de costumbre. Como de costumbre también, se aprontó para cortar. Pero justo en ese momento una voz del otro lado, la detuvo.

—    Hola.

—    Hola —apenas pudo decir.

—    Hola Cinzia.

      Su voz tenía un tono íntimo, sereno. Hablaba sin la acostumbrada locura de siempre. Le dio la impresión de que no iba a tener que hablar deprisa para mantenerlo en línea. Eso la animó.

—    Hola David, ¿cómo estás?

—    Bien, ¿y tú?

—    Te llamé muchas veces.

—    Lo sé.

—    Pero en ninguna me atendiste.

—    Perdóname. Estaba con la cabeza un poco entreverada.

—    Está bien. Me alegro de que ahora, al fin me hayas respondido. ¿Estás mejor?

—    Sí, mucho mejor. Tanto es así que estoy trabajando nuevamente.

—    Me agrada escuchar eso. ¿Cómo va tu trabajo?

—    Bien. Ya está listo. Mañana se presenta.

—    Sé que te va a ir bien. Como siempre.

      Ella no le preguntaba cuál era ese trabajo. En realidad no le importaba. Lo que sí le importaba era saber que él estaba feliz y activo otra vez.

—    ¿Sabes?, es la primera vez que un trabajo me hace tanto bien. Creo que más que un trabajo ha sido una especie de terapia. Así que, de todo corazón, espero que queden conformes.

—    ¿Cuándo vas a volver?

—    Pronto.

—    Hace mucho que no nos vemos.

—    Ya lo sé. Pero no ha sido un tiempo perdido. ¿Me creerías si te dijera que todo este tiempo me ha servido para reflexionar?

      Cinzia no se animó a preguntarle sobre qué había reflexionado. Su breve conversación le estaba devolviendo el alma a su cuerpo. Escuchar su voz era como un bálsamo que la revivía al fin.

—    David, si vuelvo a llamarte, ¿me atenderás?

—    Es posible. Pero mañana será otro día. Ahora déjame dormir.

      Al revés de lo que Cinzia en un principio pensó, no pudo pegar un ojo en toda la noche. Aquella conversación que en un primer momento la había tranquilizado, finalmente la había excitado más que nunca. No sabía si pronto volvería a verlo, y eso la mantenía angustiada.

      Al día siguiente fue a trabajar recién por la tarde. No le importaba, porque sabía que en la mañana no iba a haber nada para hacer. No había podido dormir, y como si fuera poco, su cuerpo todavía  palpitaba con las palabras que había oído de él la noche anterior. Se sentía cansada, y al llegar a su escritorio se desplomó sobre su silla. Sabía que en la mañana, Víctor y Joana habían hecho la presentación de la campaña de “Electric Life”, y se suponía que ese mismo día la empresa lo aprobaría. Las ganancias iban a ser fabulosas. Le apenaba que David no hubiese trabajado en el proyecto, porque sabía cuánto a él le importaban esos desafíos. No obstante, desde el comienzo de los trabajos le había llamado la atención reconocer su mano en muchos de sus detalles.

      Notó que en el salón de conferencias había un movimiento inusual, y dedujo que estaban celebrando el éxito de la campaña. Entonces se armó de coraje para levantarse de su asiento y acercarse a felicitar a sus colegas, pero en un segundo, su impulso se frenó como por arte de magia. Quedó petrificada. David estaba allí. Estaba rodeado por los empleados de la agencia. Todos reían y festejaban el rotundo éxito de “Electric Life”. Al verla, él no se movió, pero ella pudo notar que la miraba con una expresión extraña.

      No se animó a acercarse. Tenía miedo de su reacción. Era posible que con solo una palabra, él destruyera la emoción que había alimentado durante todo el  tiempo de su ausencia. Además se sentía avergonzada. En cierta forma, David  le había mentido. Al hablar con ella la noche anterior le había ocultado su regreso y seguramente había disfrutado con su pena.

      Joana, que en ese momento salía, la notó pálida y desorientada. Entonces  se acercó a ella para informarle.

—    Quédate tranquila—le comentó con una sonrisa—. Por suerte todo salió bien. “Electric Life” ha sido todo un éxito. Claro que se lo debemos a David, que a pesar de su estado de salud en ningún momento dejó de trabajar en el tema. Se ha ganado una recompensa importante.

—    Creí que estaba de vacaciones —acotó Cinzia, haciéndose la desinformada.

—    No, no. Estuvo trabajando al firme, a la par de todos nosotros. Solo que alejado de todo, para no distraerse. Pidió que se mantuviera en reserva, para que no lo molestaran, pero estuvo en contacto con Víctor y yo, mandándonos sus ideas para que aquí las concretáramos. Probablemente ya te habías dado cuenta de que la mayor parte del trabajo era obra de él, porque su marca es inconfundible. Ahora hace tres días que volvió. Pidió estar presente cuando se hiciera la presentación del trabajo.

—    ¿Él mismo entregó hoy el trabajo?

—    Si. Fue algo inusual, porque en general David no se involucra en el trato con los clientes. Pero en este caso sí, quiso llegar hasta el final. Dice que este trabajo le cambió la vida. Y es cierto, porque volvió mucho más maduro. Incluso la compañía se sorprendió por lo penetrador y emotivo del mensaje logrado. David sigue siendo un genio, pero parece otra persona. A todos nos sorprendió. Ya lo notarás cuando te acerques a saludarlo.

      Pero Cinzia no quería saludarlo. Así que volvió a su escritorio y bajó la cabeza, simulando que se ponía a trabajar. Al cabo de un rato, vio que él se le acercaba. Pero al pasar a su lado se detuvo apenas lo suficiente para apretarle con suavidad el hombro, en señal de aprobación. Y sin decir una palabra, siguió su camino.

      A la salida del trabajo, Cinzia no supo qué hacer. Él estaba de regreso. Estaba cerca de ella, y otra vez no podía pensar con lucidez. Lo único que sabía era que necesitaba verlo. Así que tomó el móvil y lo llamó. Él atendió casi en seguida, como si hubiera estado esperándola.

—    Hola, Cinzia —le dijo con voz calma.

—    ¿Por qué no me dijiste que habías regresado? —le disparó con hostilidad, al borde del llanto.

—    No lo sé. Tal vez porque me gustaba que siguieras extrañándome.

—    ¿Te burlas de mí?

—    No, no podría burlarme, aunque quisiera. ¿Por qué no te acercaste a saludarme, como todos los demás?

—    Porque estaba dolida.

—    No tienes por qué estarlo. Te lo aseguro.

—    ¿Puedo ir a tu casa?

—    ¿Ahora mismo?

—    Si. Ahora. Tenemos que hablar.

—    No lo creo posible. En este momento no. Voy a estar ocupado. Podemos hablar mañana, si quieres.

      Colgó el teléfono disgustada. Se decía que tenía que verlo para aclarar la situación, pero en realidad tenía que verlo porque deseaba locamente estar con él. Ya encontraría argumentos para exigirle que no jugara con sus sentimientos. Pero lo que le urgía era tenerlo junto a ella. Así que se decidió y enfiló hacia su casa.

      Era el mismo departamento en el que había pasado con él aquella noche maravillosa. En aquella ocasión, ninguno de los dos se había dado cuenta de la trascendencia que su encuentro podía tener. Ella se había enamorado de él aún más. Pero no sabía que él, en ese mismo acto, había quedado herido de muerte. La vida de David era una suma de experiencias alocadas porque suponía que estas daban a su imaginación ideas extraordinarias. Pero se equivocaba. A sus cuarenta y cuatro años, finalmente estaba listo para aceptar que su genialidad no dependía de aquel desorden, y que aquel vacío que lo perseguía inexorablemente en su vida, clamaba por ser ocupado por una persona.

      Había tenido mujeres ocasionales, sin complicaciones ni compromisos. Pero con Cinzia no podía dejar de comprometerse. Desde aquella vez, quería estar con ella. Y como si fuera poco, la casualidad le había regalado otra experiencia reveladora. Para zambullirse en la campaña publicitaria de “Electric Life”, había querido familiarizarse con todos sus productos, y aquellos banales artefactos hogareños habían operado en él un imprevisto milagro. Le habían inyectado un sentimiento que jamás había soñado experimentar: el sentimiento de domesticidad. Ahora deseaba tener un pacífico hogar, en lugar de aquella vida atolondrada. Y estaba dispuesto a comenzar a construirlo.

      Cuando David abrió la puerta de su departamento, se la quedó mirando sin decir nada. Solo suspiró. Y reaccionó recién al cabo de algunos segundos.

—    ¿Para qué viniste?

—    Para hablar contigo.

—    ¿No podías esperar hasta mañana?

—    No, ya he esperado demasiado.

     David no se movía de donde estaba. Tenía las manos apoyadas sobre el marco de la puerta, y de alguna manera impedía que ella pasara. Pero no impedía su visual. Detrás de él, Cinzia pudo ver que sobre el piso había varias cajas apiladas.

—    ¿Te mudas? —le preguntó, intentando ser dura.

—    Me mudo. Sí. Y como ves, tengo mucho por hacer. Cuando hablamos hace un rato te dije que iba a estar ocupado.

—    Ya lo sé, pero ¿puedo pasar?

—    ¿Para qué?

—    Para que hablemos.

—    No lo creo. No tengo ganas de hablar.

      Él la miraba a los ojos, y le hablaba con seguridad. Pero ella se mantenía firme. Su alejamiento en verdad parecía haberlo cambiado, porque no tenía aquella impaciencia que lo caracterizaba y la exasperaba. Ahora parecía estar en paz, aunque a través de lo profundo de sus ojos negros, más brillantes que nunca, igual podía atisbarse aquel interior apasionado que irremediablemente la cautivaba.

—    ¿Te mudas lejos?

—    No. Me mudo a una casa más grande, cerca de aquí.

—    ¿Es por algún motivo especial?

—    Cinzia, te dije que en este momento no quiero perder tiempo hablando.

      Cinzia lo miró decepcionada. Tal vez tenía una pareja y ella lo desconocía. Pero supuso que él no iba a decírselo. Había sufrido demasiado durante su ausencia, pero en ese momento la asaltaba un pensamiento aún peor: había sido una ilusa al suponer que por haber dormido con él una bendita noche, él iba a enamorarse de ella. Por un instante, sintió que su corazón se congelaba y dejaba  de latir. Era el vértigo del final.

      Agobiada y sin palabras, se dio vuelta para irse. Entonces, sorpresivamente, él la tomó de la mano y la detuvo.

—    Te dije que iba a estar ocupado y que no quería hablar.

      Ella se dio vuelta para mirarlo, aunque sin entender. Pero no tenía fuerzas para pedirle que le explicara. Así que, con amargura, bajó la cabeza. Entonces él le apretó la mano para hacerla reaccionar.

—    Cinzia: no te dije que te fueras. Lo que quise decir es que lo que menos deseo hacer en este momento es hablar…

—    Ya te entendí —lo interrumpió, mirándolo a los ojos.

—    Déjame terminar: …lo que menos deseo en este momento es hablar, porque, si no me equivoco voy a estar ocupado toda la noche...contigo.

      Entonces, de una vez la atrajo hacia él, y cerró la puerta.