Error informático

Nora Sisto

 

       Lo miró, incrédula una vez más. Hugo era aún más lindo de lo que ella recordaba. Entonces se acercó entusiasmada a saludarlo. Él la ayudó a cargar con el equipaje, y en su coche se dirigieron a su casa. Era un barrio de casas todas muy parecidas, con techos inclinados y amplios jardines al frente que daban a una calle poco concurrida, con árboles que en esa época veraniega lucían sus floraciones de variadas tonalidades. Se veían niños en bicicleta y otros jugando en las veredas y se respiraba en el entorno un aire de tranquilidad. Así que se dijo que ese iba a ser el lugar perfecto para restablecer su autoestima y recobrarse después de aquel traspié.

—    Máxima, hija, ¡tanto tiempo! ¡Qué bonita estás! —exclamó emocionada Nelda, su madrina saliendo a recibirla—. Ven, ya te hemos preparado tu habitación. Vas a estar muy cómoda. Me contó tu madre el disgusto que tuviste allá. Pero no te preocupes; con un cambio de aire, seguramente en pocos días te sentirás más animada y podrás volver en paz.

      Máxima tragó saliva. Era cierto. Se sentía impotente y a la vez furiosa porque nada había podido hacer. Durante todo el vuelo no había hecho otra cosa que rumiar su ira, preguntándose si lograría olvidarse del tema y retomar la normalidad. Se había graduado con honores, y con gran entusiasmo se había postulado para ingresar a trabajar en la filial de una de las mayores empresas multinacionales de venta de ropa. Estaba feliz porque de todos los aspirantes era ella quien había calificado con el mayor puntaje y eso le aseguraba su contratación. Sin embargo, por un capricho del destino, un error informático la eliminó de la lista. Y por más que intentó impugnar aquella  flagrante  injusticia, nadie se había atrevido a contradecir a la computadora y restituirle su lugar.

      A raíz de aquel episodio que significaba no solo una mancha para su incipiente carrera profesional sino un desaliento para su fe en el sentido común de las personas,  su ánimo se desmoronó. Y como estaba tan deprimida, sus padres la alentaron a hacer un viaje para que se despejara. Lo que mejor les pareció fue enviarla a visitar a su madrina, que desde  hacía más de diez años vivía con su hijo en el extranjero. Hacía mucho tiempo que Máxima no la veía, en particular a su hijo Hugo con quien había perdido todo contacto. Por eso fue grande su sorpresa al constatar que éste  se había convertido en un hombre muy buenmozo.

      La última vez que Máxima había tenido contacto con él, había sido a sus doce años. En aquel entonces él era un chico de dieciséis que, como era natural jamás le había  prestado atención.  Sin embargo, ella soñaba con ser su novia. Es que ella y sus pequeñas amigas se derretían por aquel chico rubio de ojos celestes que ni se enteraba de que aquellas chiquillas fantaseaban con él.

      Como Nelda era viuda y quería darle a su hijo una buena preparación académica, cuando éste  estuvo listo para entrar en la Universidad se mudó con él a aquel país que prometía ser la mejor opción para sus grandes expectativas. Fue así que Hugo se graduó como experto en negocios y comenzó exitosamente su carrera como asesor. Tenía muchos clientes, algunos de muy alto nivel, lo que le permitía generar buenas ganancias y así llevar él y su madre una vida cómoda.

      Hugo era muy sociable. Tenía muchos amigos con los cuales pasaba sus ratos de ocio. Por eso, con el afán de levantarle el ánimo, comenzó a invitar a Máxima a salir. No se había casado aún ni tenía novia, lo cual hizo que en un primer momento se reactivara en la mente de Máxima aquella fantasía juvenil. Y aunque Hugo se mantenía totalmente ajeno a sus fantasías, estas sirvieron de algún modo para que ella comenzara a atemperar su ánimo y dejara un poco de lado aquel asunto que tanto la había mortificado.

      Entre tantas salidas, una noche, quedaron en encontrarse en una discoteca. Cuando ella llegó Hugo ya estaba ahí. Estaba acodado en la barra junto a otro chico que supuso sería un amigo suyo y enfiló hacia ellos. Pero Hugo, no bien la divisó dejó a su amigo y fue a su encuentro. La saludó con un efusivo beso en la mejilla y, conduciéndola hasta la pista, se pusieron a bailar.

      El ambiente era eufórico. La música estridente invitaba a sacudir el esqueleto y todos los chicos lo disfrutaban sin excepción. Por ese motivo, a Máxima algo comenzó a llamarle la atención. El amigo de Hugo continuaba recostado en la barra. Tenía un vaso sobre ésta, pero no se lo veía beber. No hablaba con nadie y observaba concentrado la gente a su alrededor.  

—    ¿Tu amigo no baila? —le preguntó a Hugo con curiosidad—. No parece estar disfrutando demasiado.

—    ¿Jacobo? No —dijo Hugo, riéndose—. Jabo es un cazador.

—    ¿Un cazador? —repitió Máxima, creyendo no haber oído claramente.

—    Sí. Le gusta observar el panorama. Y solo si localiza algo que le interese, va tras él.

      A Máxima le despertó curiosidad y se propuso comprobar las palabras de Hugo. Por eso, entre vuelta y vuelta mientras bailaban empezó a observarlo con atención. Físicamente era muy diferente a Hugo. A pesar de estar sentado en aquella butaca alta parecía más alto que él. Su cabello era lacio y oscuro y le caía casi sobre sus ojos aunque no parecía molestarle.  Efectivamente, miraba a las chicas y eso le causó un inexplicable malhumor. Pero cuando menos lo esperaba, sus miradas se encontraron por azar. En ese momento sus ojos negros penetrantes la miraron tan directamente que la sangre se le heló. Rápidamente desvió la mirada tratando de disimular su turbación, pero dentro de ella ya se había producido un “click” inevitable.

      El resto de la noche estuvo indefectiblemente enrarecido por la presencia de Jacobo. Mientras se estaban yendo, Máxima no pudo evitar la tentación de comentarle a Hugo, como al pasar:

—    Tu amigo parecía aburrido. En toda la noche no se movió de su lugar.

—    No te lo creas —respondió Hugo, haciendo alarde de conocerlo muy bien—. Seguramente no encontró lo que buscaba.

      Y al instante rectificó, con suspicacia:

—    …o la chica que le gustó estaba acompañada.

      Los días siguientes fueron contradictorios para Máxima. A ella siempre le había gustado Hugo, y aunque él no lo supiera había fantaseado muchas veces con casarse con él. Sin embargo, presintió que sus sentimientos estaban por cambiar de pista.

      Jacobo se había afincado en ese país más o menos por la misma época que Nelda y su hijo. Sus padres esperaban que, una vez graduado en la Universidad, se incorporara a la dirección de la empresa familiar. Pero él, sin embargo, por orgullo había querido probar suerte independizándose de su familia y lograr el éxito por sus propios medios. Tanto es así que, después de haber trabajado en varios sitios, y dada su innata capacidad para los negocios había conseguido hacerse de un pequeño capital y en pocos años abrió su propio local.

      Jacobo no tenía pareja, aunque no le faltaban chicas. Alegaba disfrutar divirtiéndose  sin contraer compromisos, pero a Hugo se le hacía que era demasiado exigente como para comprometerse con cualquier mujer. Nelda lo admiraba por haberse abierto camino en tan poco tiempo y lo consideraba parte de su familia, como un hijo más. Por eso velaba por su futuro. Para Máxima, en cambio, Jacobo comenzaba a dejar de ser solo un amigo de su amigo. La atracción era cada vez más fuerte y por eso temía estar enamorándose de él.  

      Máxima no sabía si Nelda albergaba alguna expectativa con respecto a que ella y Hugo iniciaran una relación y por eso tenía que ser cuidadosa. Pero de todos modos, quería ser atenta con ella por haberla recibido en su casa. Y como se aproximaba su cumpleaños, planeó agasajarla con una pequeña reunión.

      Habían venido algunos amigos y vecinos, y todo estaba transcurriendo a la perfección. Pero faltaba Jacobo y eso le provocaba una impaciencia terrible. Cuando escuchó que éste al fin llamaba a la puerta, fue corriendo a recibirlo. Esperaba no  mostrarse ansiosa ante él, pero al tenerlo frente a frente se quedó paralizada. Estaba muy atractivo y traía un precioso ramo de flores que ella instintivamente tomó  entre sus manos. Teniéndolo cara a cara podía ver con total claridad aquellos ojos negros que tanto la turbaban y sintió un escalofrío al percibir que su cuerpo la atraía como un imán.

      Nelda, que en ese momento pasaba por ahí con una bandeja de bocadillos, se los quedó mirando azorada.

—    ¡Vágame Dios! —exclamó, para sus adentros.

      La escena era premonitoria. Ahí estaban los dos, mirándose a los ojos sin decir nada y diciéndose todo. Máxima, con su vaporoso vestido blanco y aquel hermoso ramo de flores contra su pecho parecía una novia en el altar, y Jacobo, tieso, elegantemente vestido y mirándola embelesado, el novio que aguarda extasiado el beso de consagración.

      Máxima estaba confundida. Sentía que había bajado la guardia con respecto a Jacobo y por eso lo comenzó a evitar. Notaba que Jacobo también la evitaba y eso era síntoma de que no tenía en ella ningún interés. Estaba abrumada y sentía que su cabeza iba a explotar. Por un lado no lograba quitarse de encima aquella espina que llevaba clavada y que lastimaba su autoestima profesional. Y ahora, a eso se sumaba también el tener que dominar sus sentimientos respecto a Jacobo.

      Pero por más que lo intentara, no podía huir de él. Para Nelda y Hugo, Jacobo era uno más de su familia y por eso era inevitable su continua presencia en la casa o como tema de conversación. Lo admiraban por haber conseguido crear su propia empresa y a veces bromeaban con conseguirle una esposa, aunque ambos coincidían en que esa era una empresa bastante más difícil de lograr.

      Una mañana, tentada por su curiosidad, Máxima se levantó temprano y sin decir adónde iba se dirigió al negocio de Jacobo. Quería constatar con sus propios ojos el concepto que Hugo y su madre tenían de él. A pocos pasos de llegar ya se podían   apreciar lo bonitas que eran las instalaciones. Era una tienda de artículos deportivos,  muy moderna. En las vidrieras se veían tablas de surf, carpas, aparatos de gimnasia y muchas cosas más. Y también estaba él.

      Jacobo estaba en la puerta, sentado en un banquito desenredando un manojo de  cuerdas y parecía estar ausente de lo que ocurría a su alrededor y dentro del negocio, donde podían verse a varios empleados atendiendo diligentemente a los clientes. Tenía un cigarrillo encendido en la boca y se lo veía muy concentrado, como si estuviera empeñado en vencer el desafío de un reto  imaginario.

      Cuando escuchó que alguien se le acercaba, levantó repentinamente la cabeza y al ver a Máxima se la quedó mirando con curiosidad. Sus ojos parecieron atravesarla, pero sin decirle nada volvió a bajar la cabeza y continuó con lo que estaba haciendo, como si su presencia no significara nada para él.

—    No sabía que fumabas —dijo Máxima por decir algo, con cierto tonito de reprobación.

—    No fumo —respondió él, cortante, volviendo a mirarla, con los ojos fruncidos por el humo.

      No supo qué decir. ¿La estaba tomando por tonta? Pero mientras hurgaba en su mente intentando encontrar una respuesta ruda acorde a la suya, de adentro del local salió una chica muy bonita con un paquete en una de sus manos. Sin prestar atención a Máxima, se acercó a Jacobo y con un ademán sexy tomó entre sus dedos el cigarrillo de su boca y se lo llevó a los labios.

—    Gracias, Jabo —le dijo sonriente, sin siquiera mirarla a ella, y se marchó.

      Jacobo se quedó callado pero observando atentamente la reacción de Máxima. Y ésta, sin poder articular una sola palabra, se dio media vuelta para evitar que él notara su sonrojo, y se alejó rápidamente.

      Hacía apenas un rato que había llegado a la casa cuando su teléfono sonó. No conocía el número pero por las dudas atendió.

—    Máxima, soy Jacobo.

—    Ah —balbuceó.

      Se preguntó cómo habría conseguido su número, pero no se lo quiso preguntar.

—    Te fuiste apresurada. ¿Qué habías venido a buscar?

      Su voz se escuchaba profunda y tranquila, como la de alguien dueño de la situación.

—    No,…nada —dijo, aturdida.

—    ¿Nada? O tal vez era algo que me quisieras decir.

—    No. No —afirmó rotundamente, aunque su afirmación no la convenció ni a ella misma, y le cortó.

      Pasó un rato y no dejaba de sentirse avergonzada. Y como el número de Jacobo había quedado guardado en su móvil, se armó de coraje y lo marcó. Él atendió inmediatamente.

—    Jacobo, soy Máxima.

—    Sí. Lo sé. ¿Ya te acordaste de qué era lo que habías venido a buscar?

—    No. No es eso. Solo quería disculparme por haberme comportado como una tonta hace un rato. No quise ser descortés.

      Como él no le respondía, continuó:

—    Jabo, no creo que desconozcas el motivo por el que estoy aquí, y por eso espero que me entiendas. Es que todavía no logro reponerme de esa situación y mi ofuscación hace que a veces descargue mi rabia sobre quienes no quiero. Por eso, te pido que me perdones.

      Pero Jacobo no sabía cuál era la situación que ella mencionaba. Así que se dispuso a averiguarlo.

      Hugo la había llevado a pasar la tarde en un centro comercial y después al cine. A  la nochecita cuando llegaron a la casa se encontraron sorpresivamente con una motocicleta de gran cilindrada atravesada en la entrada,  entorpeciendo el pasaje del coche hacia el garaje. Era como si alguien hubiera llegado apurado. Máxima se inquietó. Pero Hugo ya la conocía.

—    Es la moto de Jabo —dijo Hugo, un poco extrañado de verla ahí—. Seguramente no sabía que salíamos y me vino a buscar.

      Efectivamente, cuando entraron a la casa allí estaba Jacobo sentado en la sala  conversando con Nelda. Pero no había venido a buscar a Hugo. Es más; al verlos entrar, Nelda y él los miraron sorprendidos como si hubieran sido pillados en medio de una conversación privada. En especial fue Jacobo quien miró a Máxima con una expresión extraña, como si en ese momento la ficha le hubiera terminado de caer. Y  disculpándose, se despidió apresuradamente y se fue.

      Por supuesto, a Máxima le intrigó el contenido de aquella conversación, pero como para Jacobo, Nelda era como su madre, eso le otorgaba el derecho a tener confidencias con ella. Sin embargo, le habría gustado ser ella la única confidente de él.

      Serían las dos de la madrugada, cuando los gritos desesperados de Hugo las despertaron.

—    ¡Mamá. Máxima, vamos rápido que se está incendiando el local de Jacobo!

      Cuando llegaron al lugar el humo era insoportable. Dos dotaciones de bomberos, que todavía permanecían estacionadas frente al negocio ya habían sofocado el fuego y una ambulancia había partido hacía unos minutos llevando a Jacobo al hospital. Al parecer, se había intoxicado con el humo al intentar entrar. Así que, mientras Hugo se quedaba   atendiendo el accionar de los bomberos, Máxima y Nelda fueron de prisa al hospital para averiguar sobre su salud.

      Máxima iba con el corazón en la boca, pronta para escuchar lo peor. Sin embargo, Jacobo ya estaba recuperado. Estaba instalado en una cómoda sala VIP,  recostado en un sillón y aunque se mantenía conectado a algunos aparatos para control de sus signos vitales, era visible que no había sufrido ningún daño. Aun así, cuando Máxima lo vio no pudo contenerse. Corrió desesperada hacia él y lo abrazó.

—    Tranquila —le susurró él muy cerca de su oído—. Estoy bien.

      Y mirando a Nelda que se había quedado de pie junto a la puerta, dijo  ambiguamente, sonriendo, con los ojos brillantes y levantando las cejas:

—    Me gustaría saber qué fue lo que encendió este fuego. Yo no fumo.

      Ya habían pasado más de dos semanas desde el incendio y Jacobo debía esperar hasta que la aseguradora se expidiera y pudiera cobrar. Después de eso, iba a llevarle un buen tiempo reconstruir la tienda. Por eso, a Máxima le llamó la atención que en todo ese tiempo Jacobo hubiera dejado de ir por la casa. A veces se le antojaba  telefonearle, pero se abstenía porque no estaba segura de cómo él lo pudiera interpretar.

      Estaba triste y apesadumbrada, hasta que al recibir un inesperado mail su pesadumbre abruptamente se disipó. El mail provenía de la empresa en que la habían rechazado. En él se disculpaban por el error cometido y la convocaban a presentarse en sus oficinas cuanto antes ya que el Directorio deseaba informarle acerca de un asunto de su interés.  

      Obviamente, al recibir esa noticia se emocionó. Era lo que tanto había estado esperando; no obstante, su corazón le decía que ahora eso había pasado a segundo plano. Hacía más de veinte  días que no sabía nada de Jacobo y suponía que, dado su mutismo era inútil alimentar esperanzas respecto a él. Por eso, después de meditarlo mucho y de sincerarse con Nelda y Hugo, optó por fechar su pasaje de vuelta y regresó a su país.

      El edificio donde la empresa tenía sus oficinas era impresionante. Era una moderna torre de varios pisos que sobresalía en medio de una manzana, rodeada por un amplio jardín. Estaba en un barrio distinguido, cerca de un conocido parque urbano muy concurrido por los habitantes de la ciudad. Las oficinas ocupaban los dos pisos superiores y el resto estaba ocupado por suntuosos apartamentos.

      Al atravesar el elegante hall de entrada,  el primer pensamiento que tuvo fue no poder compartir su alegría con Jacobo. Esperaba que la empresa reconociera su error y le propusiera contratarla, porque ese podría ser el comienzo de una nueva vida para ella, así como el inicio de una auspiciosa carrera profesional. No obstante, le entristecía saber que en lo sucesivo a Jacobo ya no lo vería. Iba acongojada, y hasta pasó por su cabeza rechazar el posible contrato y volver a la casa de Nelda para quedarse a vivir  allá.

      Se anunció en el mostrador donde una chica muy atildada la recibió y sin demora  tomó el teléfono para anunciar su llegada. Al pasar frente a un espejo de piso a techo se miró complacida. Se veía bellísima y se sentía segura de sí misma para enfrentar la situación. Hasta había ensayado un pequeño discurso por si se daba la oportunidad de echarles en cara lo mal que habían manejado su caso.

      Pero no bien puso un pie en la alfombra color bordó de aquella imponente sala de juntas, un temblor la sacudió  de pies a cabeza y palideció. Ahí, de pie junto a los directivos de la empresa estaba Jacobo, elegantemente vestido con traje y corbata, esperándola. Repentinamente sintió miedo pero, como otras veces la seguridad con que él la miró la tranquilizó. Tomó asiento donde le indicaron y comenzó la reunión.

      La convocatoria era para comunicarle que, después de haber revisado exhaustivamente el error cometido por su sistema informático se disculpaban por no haberla incluido oportunamente en la nómina de sus empleados y esperaban que tuviera a bien aceptar el ofrecimiento de un cargo aún mejor: el de jefa de una repartición.

      Máxima vaciló. Entre la conmoción por haber encontrado inesperadamente allí a Jacobo, la emoción de volver a verlo, la rabia acumulada y el desconcierto ante su repentina promoción, su mente quedó en blanco. Y lo único que atinó a responder fue: “No lo sé.  Me lo tengo que pensar”.

      Cuando salió por fin a la calle respirando agitada, esperó por un momento que Jacobo saliera tras de ella para explicarle el porqué de su presencia allá. Pero él no salió. Entonces tomó su móvil y lo llamó.

—    Jacobo, ¿qué estás haciendo acá? ¿Qué está pasando? ¿Qué tienes tú que ver con mi contratación? Necesito que me lo aclares, porque me estoy volviendo loca —exclamó alterada.

—    Máxima —respondió, tratando de calmarla—, obtuviste lo que merecías. ¿No es así? Acepta. Lo demás no debe importarte.

      Pero sí que le importaba. Y Jacobo parecía no querer darle ninguna explicación. Entonces lo único que se le ocurrió fue telefonearle a Nelda para averiguar  si ella podía arrojar luz sobre el tema.

      Mientras Nelda le contaba todo, Máxima tuvo que sentarse para no caer desmayada. Jacobo era hijo del principal accionista de aquella cadena internacional, pero por orgullo y rebeldía, en aquel entonces  se había negado a trabajar en ella. Por eso se había marchado esperando levantar cabeza por sí solo. Y lo había logrado. Pero ahora, tras el siniestro en su local sentía que era el momento para hacer un paréntesis, meditar sobre su situación y replantear su vida.

      Nelda le había contado a Jacobo la injusticia que su empresa había cometido con ella, a  raíz de lo cual había ido a ver a sus padres para intentar convencerlos de que era necesaria una retractación. Pero éstos —habiendo entendido más allá de lo que él les planteaba— aprovecharon la ocasión para hacerle prometer que a cambio comenzaría a trabajar junto a ellos. Satisfecho con la solución, había volado rápidamente hacia donde Máxima vivía, para verificar su efectiva incorporación. En realidad, su doble incorporación: a la empresa y a su vida.

      Cuando Jacobo escuchó que su teléfono sonaba, atendió rápidamente.

—    Jacobo, soy yo.

—    Lo sé. ¿Cómo estás?

—    ¿Cómo estás tú? —le respondió Máxima, devolviéndole la pregunta.

—    Tal vez igual que tú…

      Se hizo un silencio, al cabo del cual continuó:

—    …Necesitando verte…

—    Te amo —lo interrumpió ella.

—    Ya lo sé. Y yo a ti.

—    ¿Dónde estás? —lo volvió a interrumpir.

—    En el parque. Salí a correr porque necesitaba despejar mis ideas. En un rato regreso a mi departamento en la torre de la empresa.

—    ¿Quieres que vaya para ahí? —lo interrumpió nuevamente, decidida.

—    Sí.

      El trayecto de su casa a la empresa nunca le había parecido tan largo. Cuando al fin subió al cuarto piso y estaba por llamar a la puerta vio que Jacobo llegaba corriendo por las escaleras.

—    Espera unos minutos —dijo, agitado al entrar—. Me doy una ducha y después hablamos. ¿Está bien?

      Pero Máxima no estaba dispuesta a esperar. En cuanto escuchó que dentro del baño comenzaba a correr el agua, se desnudó y fue a meterse a la ducha junto a él.

      No hicieron falta palabras, porque sus cuerpos se encargaron de decirse todo lo que había para decir. Y después continuaron su conversación en la enorme cama de la lujosa habitación.

—    ¿Querías hablarme de algo? —dijo Máxima, rebosante de felicidad—. O tal vez se te olvidó.

—    Sí —respondió él, siguiéndole el juego—. Que no fumo.

—    Ah, pero eso ya lo sabía. ¿Tienes algo más para decir?

—    Sí —afirmó—. Que eres la mujer de mi vida.

—    También lo sé.

—    Pero me aflige pensar que Hugo crea que lo traicioné.

—    No debes afligirte por eso. Con Hugo solo somos buenos amigos. Si en algún momento creí lo contrario, después me di cuenta de que era solo una fantasía de cuando éramos niños. Siempre nos hemos querido como hermanos.

—    Sí. Lo sé. Hugo me dijo lo mismo cuando le conté que venía a buscarte.

      Y agregó, riéndose:

—    Dijo que estaba feliz.… Aunque la apuesta la hubiera ganado su madre.  Ahora mismo se está ocupando de la recuperación de la tienda. En realidad, es probable que la deje a cargo de él.

—    ¿No piensas regresar?

—    No lo sé. Depende de algunas cosas. Tenemos que planear nuestro futuro, comenzar a hacerte cargo de tu trabajo y yo del mío, decidir dónde vamos a vivir…

—    ¿Y qué propones?

—    Casarnos, primero que nada. Si estás de acuerdo, podemos sacar online ya mismo turno en el registro civil. Aquí tengo mi computadora.

—    No lo sé, Jabo. No confío en las computadoras. Mejor hagámoslo dentro de unos días, en forma presencial.