Estrella Marina

Nora Sisto

 

—    Marc, estás cansado.

—    No, No lo estoy.

—    Lo estás. Tu ritmo cardíaco se ha alterado, tu presión es de…..

—    ¡Ya, cállate, Thera! —la interrumpió Marc fastidiado. —No voy a irme para mi casa. Tengo mucho trabajo que terminar.

—    Marc, estás cansado. No quiero volvértelo a repetir. Debes ir a descansar.

—    Thera, debo decirte que a veces me exasperas —exclamó Marc, dándose por vencido y riéndose resignado.

—    Lo sé, Marc. Pero tengo que cuidarte. Ahora, toma tus cosas y vete.

          Marc miró a Thera con simpatía y orgullo. Era su gran creación. Una súper  computadora que parecía un ser humano. Llevaba a cabo el mando de aquel  laboratorio tecnológico, pero además controlaba todas las funciones de su casa particular. Regulaba la temperatura del aire, encendía y apagaba las luces, y realizaba con inimitable precisión todas las tareas de mantenimiento que se pudieran concebir. A él mismo lo vigilaba continuamente, llevaba su agenda personal y le recordaba todas y cada una de las funciones vitales que debía mantener bajo control.

          Marcus Joo era un científico mitad británico y mitad surcoreano. Su madre era una ingeniera muy reconocida en el Reino Unido. Había emigrado a Corea del Sur hacía muchos años, en principio para cursar una especialización. Pero allí había conocido al amor de su vida y nunca más regresó a su país. Marc había crecido por lo tanto en un ambiente donde la tecnología era su día a día. En un lapso de pocos años había sido capaz de crear la primera computadora holística en el mundo. Era un espécimen de una inteligencia inigualable, con una capacidad pasmosa para resolver hasta los más difíciles problemas que se le pudieran plantear. Era su instrumento imprescindible, no solo por su sapiencia sino por la forma única y original con que era capaz de resolver cualquier cosa.

          A su inteligencia inalcanzable, se le había sumado la capacidad de sentir. Thera era capaz de desarrollar sentimientos “humanos”. A Marcus lo había comenzado a llamar «Marc» por su propia cuenta, y eso había dejado perplejos   en su momento a todos quienes la conocían, pero en particular a él mismo, porque cada día se daba cuenta de que había creado un ser sin precedentes. La empresa tecnológica para la que trabajaba le había pagado una suma escandalosa no solo por haber fabricado esa máquina fabulosa, sino por ponerla a su servicio institucional. Es decir, Thera manejaba literalmente toda la compañía.

          Thera tenía una capacidad operativa y de archivo imposible de imaginar. Albergaba toda la data existente del mundo, y pasmosamente podía manejarla. Pero en su mundo digital, Thera “vivía” como todos aquellos seres humanos de los que estaba rodeada. Como estaba dotada de “sentimientos”, compartía con electrónica “alegría” días de cumpleaños, navidades, años nuevos y más, así como se “entristecía” por situaciones penosas y se “preocupaba” cuando alguien no encontraba una solución a algún problema. Para ello contaba con billones de células sensibles que no solo captaban los sentimientos de los verdaderos humanos, sino que eran capaces de mutar proporcionándole una afectividad propia. Ella y Marc se profesaban un apoyo recíproco. Él cada vez más se envanecía de su trabajo, y ella se envanecía a causa de eso.

          A Thera le gustaba presumir de su inteligencia, y disfrutaba jugando acertijos y desafíos con todos los técnicos que allí trabajaban. Por supuesto siempre era ella la que ganaba, pero muchas veces éstos se sorprendían cuando ella los dejaba ganar. Era como una muestra de amistad que le encantaba dar a aquellos humanos que la atendían con tanto esmero.

          Marc, a sus cuarenta y pocos años vivía solo. No había tenido tiempo ni oportunidad de tener una pareja, o siquiera parejas ocasionales que lo ayudaran a sobrellevar su soltería. Para todos era un solitario empedernido. No comprendían que toda la atención de su parte estuviera destinada a Thera. Parecía ilógico que se ocupara en demasía de un objeto —por más sofisticado y vanguardista que éste fuera— en lugar de hacerlo por una persona. Pero lo aceptaban por costumbre.

          Como parte de su sofisticación, Thera contaba con una fisonomía propia. Su “cuerpo” era similar al de una pequeña maleta de mano. En una de sus caras  más grandes se destacaba un display de alta definición que dominaba toda la extensión del mismo. Allí podía verse una imagen femenina que de alguna manera la corporizaba. O sea, Thera tenía rostro humano. Y Marcus al crearla, había elegido las partes de ese rostro de acuerdo a su gusto. Era joven y bonita, de tez blanca con cabello castaño, nariz fina, labios no demasiado carnosos, y ojos de color avellana. Había construido en ella su propio ideal.

          Sucedió que cierto día, uno de los funcionarios de la empresa solicitó ser trasladado por motivos personales, a otra dependencia. Por lo tanto, quedaba una plaza vacante. Se convocó entonces a los interesados, y se realizó luego un proceso de selección entre los postulantes al cargo. Thera obviamente estaba “invitada” a tal evento, ya que los directivos confiaban antes que nada en su “buen criterio” para realizar la selección.

          Fue así que desfilaron frente a sus “ojos” varios candidatos. Thera los analizaba minuciosamente, y comunicaba luego su veredicto final. Todos creían en ella. Entre todos los candidatos había una muchacha bastante joven, que había venido de otra filial que había disminuido la nómina de sus empleados. Parecía tener gran experiencia y se manejaba muy bien con todos aquellos artefactos. Sin embargo, aunque nadie excepto Thera pudiera saberlo, no cumplía el estándar de excelencia que el puesto requería. Pero, curiosamente fue la que Thera eligió.

          Su nombre era Natalia. Era muy simpática, y Thera siguiendo su línea de comportamiento omnipotente, comenzó a llamarla confianzudamente «Nat». Quien observara a Nat atentamente podía darse cuenta de que era casi su viva imagen. Nat era joven y bonita, de tez blanca con una graciosa melena de cabello castaño, nariz fina, labios no demasiado carnosos, y unos ojos grandes y dulces de color avellana.  Y en seguida se adaptó a su labor. En poco tiempo demostró que el empeño y el interés que ponía la hacían eficiente en su trabajo. Pero el detalle que a nadie podía pasar desapercibido era que Natalia era humana.

          Al finalizar el período de prueba, Nat quedó contratada definitivamente. A Marc, curiosamente le molestaba que trabajara tan bien. Algo en él le rechinaba. No se daba cuenta de que inconscientemente suponía a Natalia una réplica de aquella “mujer” electrónica que tenía que ser —porque él así lo había decidido—el único centro de su vida. Sin embargo, Thera no competía con Natalia. Por el contrario, la  monitoreaba igual que a una hija.

          Pasó el tiempo, y el equipo se consolidó. Habían recibido un encargo de trabajo bastante importante, que debían entregar en poco tiempo. Y todo el personal se había abocado a resolver los detalles del mismo. Trabajaban día y noche, y durante varios días no tuvieron otra alternativa que convivir como una familia atareada, dentro de la empresa.  Natalia admiraba enormemente el desempeño de Marc. Cuando se postuló para el puesto ya sabía de su genio creativo y del prestigio que había acumulado por la construcción de Thera. Y luego, al conocerlo personalmente pudo comenzar a familiarizarse con él.

          A pesar de que no se esmeraba demasiado en  cuidar su aspecto, Marc tenía cierto encanto personal. Y más que nada era porque Thera se había venido encargando de él. Le indicaba qué ropa usar y cómo combinarla, y hasta lo obligaba a asearse cuando él no lo hacía. Desde su estático lugar en el laboratorio podía calentar el agua de su bañera, encender o apagar las luces de su apartamento, o indicarle si había alguien con quien no debía hablar.  Pero Thera “sabía” bien que ella no era humana. Todo lo que ella hacía por él no era únicamente porque su poder inconmensurable se lo permitía. Le tenía un gran afecto. Sin embargo, creía que Marc debía aprender a valerse por su cuenta. Y tal vez podría hacerlo una vez que lo motivara una mujer verdadera.  

          Con el paso del tiempo, Natalia se fue acercando a Marc. Le gustaban su personalidad extravagante y sus costumbres fuera de lo común, y comenzaba a sentir por él cierto apego. Una tarde, cuando ya todos se habían retirado, quedaban en la oficina solo Marc y Nat. Y por supuesto, también Thera.

—    ¿Estás cansado? —le dijo Natalia a Marc, viendo que se quitaba las gafas y se refregaba los ojos.

          Él primero la miró confundido, porque esa pregunta siempre correspondía a otra “persona”, y luego le respondió.

—    No. Es solo una irritación de la vista. Puedes retirarte si quieres, porque yo me voy a quedar un rato más.

          Thera, desde su lugar observaba sin decir una palabra. Era raro que no se inmiscuyera en la conversación, porque usualmente lo hacía. Sin embargo, esta vez  curiosamente se quedaba callada. Pero observaba atentamente, sin perder ningún detalle. Y cuando Natalia se fue, entonces sí se dirigió a Marc y comenzó a atosigarlo, como siempre.

—    Marc, te acaban de preguntar si estás cansado. ¿Por qué no le respondiste la verdad? Estás cansado. Te puedo dar los síntomas si quieres.

—    Thera, ¿tú también vas a molestarme?

—    ¿Cómo que también? Creía que yo era la única que podía molestarte —le dijo en tono irónico. La gran capacidad de Thera le permitía esos matices.

—    Pues ya ves que no. Ahora por lo visto tienes una socia tanto o más molesta que tú.

—    Te pones defensivo. ¿Te preguntas por qué será? ¿O necesitas que yo te lo diga?

—    Thera, ya cállate. No tengo interés en que te metas en mi vida personal.

—    ¿Perdón? Es lo que he venido haciendo durante todos estos años. ¿Ahora reniegas de mí? —Y con un tono maternal—: creo que en verdad necesitas que te explique qué es lo que te pasa.        

          Thera era casi humana. Pero no lo era del todo. Era extremadamente inteligente, pero en su cerebro digital no era capaz sin embargo de concebir la totalidad de las emociones. Y había algo que desde hacía mucho tiempo la tenía muy interesada: quería nadar en el océano. Deseaba sentir en su “cuerpo” la sensación de zambullirse en el agua del mar. Si bien le habían colocado “sensaciones” extremas y exquisitas, su catálogo era por lógica, finito. Y ella quería más.          

          Un día les comunicó a todos que de ahí en adelante iba a cambiar su nombre.

—    Marc —le dijo un día con gran entusiasmo: —Mi nombre está pasado de moda. Desde hoy voy a llamarme «Estrella Marina».

—    Thera, ¿estás loca? —le había contestado él—. No tienes potestad para llamarte como quieras. Todos los mandos tienen impreso tu nombre. ¿Me vas a hacer cambiar todo solo por tu capricho?

—    Si el  nombre te parece demasiado extenso, puedes llamarme «EM». No me enojaré.

—    ¿Me dices que no te enojarás?— exclamó Marc con asombro.

—     Thera, eres un ser increíble— le continuó diciendo, dando por sentado  que entendería su ironía.

—    Gracias. Ya lo sé.

          En realidad, ella tenía la potestad de autoproclamarse como ella quisiera. Su alcance intelectual y cultural era de tal magnitud que nadie podía superar nada de lo que ella afirmase. Tenía la facultad de analizar cualquier suceso y extrapolar con exactitud pasmosa sus posibles consecuencias. Su sabiduría   mecánica y sus conclusiones contundentes eran mucho más sensatas que muchas de las que manejaban los dirigentes mundiales.

          A veces, Thera se afligía porque luego de analizar por su cuenta los sucesos que acaecían en el mundo, las conclusiones que sacaba eran nefastas. Pero también muchas veces se guardaba para sí aquellas conclusiones, porque no deseaba alarmar a la gente con pronósticos que tal vez pudieran estar equivocados, aunque esto último por supuesto lo dudara. Es decir, ella nunca se equivocaba pero aun así “confiaba” en la condición humana y en el buen sentido de aquellos de quienes dependía el rumbo de los acontecimientos y que podían cambiarlo. Ella anticipaba el fin de esa civilización, pero prefería no anunciarlo.

          En ese momento, ella deseaba ser como aquella criatura acuática. Ese, al parecer era su actual capricho. Y nadie se atrevió a contradecirla. Sabían en el fondo que sin ayuda jamás podría lograr su propósito. Por eso la dejaron que “pensara” lo que quisiera. Pero Thera sabía pensar demasiado bien. Y desde su intelecto insuperable, estaba segura de que Natalia, como mujer iba a ser su aliada.

          Marcus y Natalia al fin se casaron. Todos en el laboratorio aplaudieron su decisión y les desearon la mayor de las felicidades. Pero el mundo estaba cambiando de manera muy acelerada. Una sombra oscura avanzaba inexorablemente sobre él. Las guerras por el poder tecnológico amenazaban con desatarse de manera inminente, llevando el planeta a su destrucción total. Marc decidió que su maravillosa invención no debía caer en manos equivocadas. Y además, EM se merecía el cumplimiento de sus sueños. Así que con Natalia, una noche la llevaron al mar.

          Pasaron más de cien años. Durante la primera mitad de ese tiempo, el mundo había involucionado a un inframundo, y la Humanidad se había conformado con ser Inhumanidad. Recién en los años siguientes, luego de haber cesado las guerras y los procesos económico-sociales degradantes, los pobladores sobrevivientes habían comenzado a tomar conciencia de la necesidad de recuperar su hábitat y su dignidad humana, por lo que se habían abocado a su reconstitución.

          A duras penas subsistían rasgos humanos con los cuales identificarse. El mundo no solo se había vaciado de aquellas vanas riquezas materiales por las cuales pudieran pujar brutalmente los grandes capitales, como lo habían hecho en la antigüedad. Parecía haberse vaciado además, de toda riqueza de espíritu. Ya nada de valor existía. La Tierra había sido diezmada. Y como en una prehistoria ultramoderna, renacía tímidamente el anhelo de salir adelante.

          Un día, mientras unos niños buceaban buscando alimento en un atolón de lo que otrora se conociera como “Polinesia”, la encontraron. La gente en seguida conoció la noticia, que se difundió como reguero de pólvora. ¡Había aparecido la legendaria computadora Thera! Se había esfumado misteriosamente a finales del siglo anterior, y con el paso del tiempo se había comenzado a pensar que en realidad jamás había existido.  Pero al final, no era un mito.

          Se decía que conservaba importante data oculta en su interior, así como el secreto de su energía que no se había agotado en el transcurso de todo ese tiempo, sumergida en las profundidades del mar. Ahora, a partir de ella probablemente iba a ser posible reconstruir gran parte del acervo material y cultural del planeta. Era realmente un hallazgo trascendente, y el mundo entero lo aplaudió.

          Sin embargo, un detalle no se había filtrado al público, porque a los comunicadores de noticias no les había parecido  veraz. Los niños muchas veces inventan cosas. Éstos habían contado que al encontrarla estaba totalmente oscura, como sin vida. Y unos segundos después al tocarla, la pantalla se había encendido como por arte de magia, y en ella habían podido ver la imagen de una mujer joven y bonita de tez blanca, con cabello castaño, nariz fina, labios no demasiado carnosos, y ojos color avellana. En su cabello lucía como adorno una brillante estrella de mar, y al verlos les había sonreído, guiñándoles un ojo.