Faraones
Nora Sisto
Melody había pulsado varias veces el botón del ascensor y, a pesar de su insistencia, este demoraba en llegar a su piso. Estaba nerviosa porque en un rato debía presentarse a una entrevista de trabajo y no se quería demorar. Hacía poco tiempo que se había graduado como analista de mercadeo, y dado que la gran demanda de empleo en esa área reducía los posibles puestos de trabajo, no podía dejar pasar esa muy buena oportunidad. La empresa a la que debía dirigirse era una de las empresas tecnológicas más importantes del país. Había sido creada hacía apenas tres años por gente muy joven y por lo tanto, formar parte de su plantilla constituía un gran atractivo, además de una ocasión inmejorable para ella, para impulsar su profesión.
Estaba ansiosa, por eso miraba fijamente el botón que permanecía en rojo en la placa de la pared, como si con eso pudiera hacer algo por apurarlo. Cuando ya se resignaba pensando que no le iba a quedar más remedio que bajar rápidamente los tres pisos por las escaleras, la señal se apagó y la puerta del ascensor se abrió.
Entró atolondrada, sin medir su compostura y se quedó instintivamente mirando hacia la puerta, de espaldas a la gente que venía dentro. Se dio cuenta de que no había atinado a decir el acostumbrado «buenos días» que pronunciaba invariablemente por inercia, pero en ese instante no lo había podido hacer. Es que al entrar en el ascensor creyó haber visto un fantasma. Deseó con toda su fuerza que ni el hombre, ni las dos mujeres que ahí estaban se dieran cuenta de su turbación, motivo por el cual se mantuvo con la cabeza gacha de frente a la puerta esperando ansiosamente que ésta se abriera de una buena vez para poder salir y desaparecer.
La corta travesía dentro de aquel ascensor le pareció un siglo, y cuando este al fin se detuvo en la planta baja, salió apresuradamente para no dar oportunidad a que nadie le dirigiera la palabra. Aun así, a los pocos pasos se detuvo fingiendo atender su móvil (que dentro de su bolsillo nunca sonó) porque tenía que cerciorarse de que lo que creía haber visto no era un espejismo. Se sintió aliviada cuando él, al pasar cerca de ella no la miró ni se detuvo, y eso le dio cierto margen para observarlo de atrás mientras caminaba hacia la calle.
Apenas lo podía creer. Después de todo aquel tiempo esperando encontrárselo, y ahora milagrosamente lo volvía a ver. Sintió un sofoco porque le pareció que involuntariamente todo su ser se disponía a reaccionar con la misma intensidad que en aquel entonces. Pero su loco pensamiento se interrumpió de golpe al escuchar la conversación de las dos mujeres que habían salido detrás de él y comentaban entre ellas, mientras se dirigían a la puerta:
— Te dije que el que se había mudado al pent-house era un antipático.
— Es cierto. Ni siquiera nos dirigió la palabra.
— ¡Pero qué apuesto es!
Al oír la conversación, Melody no pudo evitar mirarlas, y eso dio lugar a que las mujeres le hablaran.
— ¿Tú eres la vecina del tercero, no es así?
— Sí, en efecto —respondió Melody, intentando continuar caminando hacia la puerta para no darles pie a iniciar una conversación—. Gusto en conocerlas. En otro momento me presentaré como es debido. Ahora me tengo que ir.
El aire frío de la calle sobre su rostro sirvió para aliviarle aquel momento de calor. Había sido un verdadero shock volver a verlo y ¡nada menos que en el mismo edificio en donde ella vivía! Aunque constatar que él ni siquiera la había reconocido había sido un shock mucho peor.
Mientras caminaba hacia la parada del bus recomponía su pensamiento. Aquellas vecinas parecían estar en lo cierto: aquel hombre era un verdadero misterio, tanto por su comportamiento en ese momento, como el que había tenido con ella aquella vez. Por supuesto, jamás iba a confesar a sus vecinas que lo había conocido hacía tres años y que a pesar de haber pasado todo aquel tiempo sin volver a verlo no había logrado aún superar la conmoción que le había producido estar junto a él.
Había sido durante una noche de jolgorio en la que había ido con sus amigos a una discoteca de moda en el centro de la ciudad. El baile estaba en su apogeo cuando lo vio. Sobresalía por su altura entre los demás, y cuando se acercó a ella y comenzaron a bailar sintió que un click se producía entre ambos. La conexión era perfecta. Habían hablado, bailado y bebido en demasía, y cuando convinieron en ir a otro lugar para un encuentro íntimo, Melody creyó que su mundo iba a explotar. Para los dos, la excitación estaba en su punto máximo, por lo cual era fácil pronosticar que aquella iba a ser una noche espectacular. Pero no bien llegaron a la calle a buscar un taxi, él sorpresivamente respondió a una llamada de su móvil y dijo de pronto y sin más explicaciones: «me tengo que ir». Entonces se marchó corriendo calle abajo, como impelido por un rayo. Y ella quedó ahí sola, descolocada, sin saber si volver adentro con sus amigos o irse para su casa.
Lo que más le había dolido no había sido que él huyera sin decirle el motivo, sino no tener idea de cómo volver a conectarse con él. Es que en el fragor del momento no habían intercambiado sus nombres ni sus números telefónicos porque ya lo harían después. Incluso los amigos con los que Melody había ido a la discoteca no lo conocían ni recordaban haberlo visto. Y a pesar de que por varios fines de semana ella volvió al mismo lugar con la esperanza de volver a verlo, él nunca se presentó. Por eso, al pasar el tiempo Melody abandonó la idea de encontrarlo y optó por convencerse de que aquel encuentro había sido un episodio surreal.
A pesar de eso, no había podido olvidarlo. Aquel hombre desconocido había revolucionado como nadie su interior; no solo le había gustado todo de él. Es que en aquel momento una emoción muy grande se había apoderado de ella. A partir de ahí su corazón había quedado en standby ansiando volver a palpitar como en esa oportunidad, tan intensamente. Durante todo aquel tiempo había deseado encontrarlo. A veces salía de compras o iba al cine esperando verlo por casualidad, pero siempre se frustraba. Y ahora la casualidad había obrado en forma inesperada. Aun así, de ahí en adelante una nueva aflicción podía apoderarse de ella: él no la recordaba.
La mañana estaba fría, por eso a pesar de haberse vestido elegantemente para la entrevista, su indumentaria permanecía oculta bajo un abrigado tapado y un enorme chal. El cabello lo llevaba suelto porque con el apuro no había encontrado en su bolso una bandita elástica para recogérselo. Así que cuando entró en el hall de la oficina, mientras esperaba a que la convocaran se quitó el tapado y el chal, apoyó su bolso sobre uno de los sofás y pudo buscar mejor. Al encontrar la dichosa bandita, se apuró a colocarla en su lugar levantando los brazos para recogerse el cabello, justo cuando la puerta del despacho en que la esperaban se abrió y un hombre se asomó. Casi se cae de espaldas al verlo. Era el mismo hombre del ascensor.
Ante su sorpresa, las manos le temblaron y la bandita cayó de entre sus dedos dejando que su larga y abundante cabellera se desparramara como una cascada sobre sus hombros. Sobresaltada, instintivamente lo miró. Él se había quedado estático mirándola como hipnotizado. Pero ninguno de los dos tuvo tiempo de decir nada, porque desde adentro del despacho se escuchó una voz convocándola:
— Adelante.
— Con permiso —dijo sin mirarlo, yendo con paso apurado hacia la puerta.
Cuando entró al despacho, notó que el hombre se quedaba afuera. Esto en cierta forma la hizo sentir aliviada porque en aquel contexto iba a ser inoportuno que se diera a conocer, pero a la vez temió que fuera a desaparecer nuevamente.
Para ser una empresa importante, la decoración del lugar no era nada ostentosa. El despacho era elegante, entre clásico y moderno a la vez, lo que le gustó. Por los ventanales entraba abundante sol, lo que confería a aquel ambiente una agradable sensación de calidez. Sentado detrás del escritorio había un hombre joven que la miraba sonriente.
— Toma asiento —le indicó amablemente y con inesperada confianza.
Y, dirigiéndose a quien había quedado en la puerta como petrificado, agregó despreocupadamente:
— Gracias, Ram.
Ella no volteó para mirarlo. Pero escuchó cuando la puerta se cerró, y no bien la puerta se cerró, Ram desapareció.
Volviendo a ella, el hombre continuó:
— Disculpa si no me pongo de pie, pero tengo mis motivos —le dijo extendiendo su mano amigablemente.
Melody se acercó inmediatamente para estrechársela, y al hacerlo pudo ver que su asiento era en realidad una silla de ruedas.
— Soy Kefrén —continuó él, con simpatía—. Mis colaboradores me llaman Fren, y espero que tú lo hagas también.
Ella sonrió nerviosamente. Su encuentro con Ram la había sorprendido, pero más aún le sorprendía la familiaridad con la que este otro hombre la recibía. Por eso se vio espontáneamente tentada a retribuir su sinceridad y entonces le dijo:
— Yo me llamo Melody, pero mis amigos me llaman Mely.
No bien lo dijo, se sonrojó porque se dio cuenta de que no correspondía comportarse de manera tan confianzuda con sus posibles empleadores. Pero Fren sonrió comprensivo y pasando por alto su imprudencia continuó su presentación.
— Mi hermano y yo somos los actuales directores de la empresa —siguió explicándole—. Esta significa mucho para los dos, así como para nuestra familia.
Y agregó, con una ambigüedad que Melody en el momento no supo interpretar:
— Por eso, Mely, espero de todo corazón que te sientas feliz de pasar a formar parte de ella.
Mientras se dirigía de vuelta a su casa iba tan emocionada como sorprendida. Había sido contratada sin más trámite y aparentemente iba a desempeñarse en la misma empresa donde trabajaba el misterioso hombre de su vida. Durante el trayecto no dejó de repetirse su nombre: Ram. Se llamaba Ram. Se daba cuenta de que no le había causado tanta alegría que le confirmaran su ingreso a la empresa para el día siguiente, como el hecho de haber vuelto a encontrarlo a él.
Antes de subir a su departamento dio disimuladamente una ojeada a la plaqueta de reluciente acero inoxidable del directorio ubicado en una de las paredes del hall de entrada. Ahí descubrió que Ram era efectivamente quien vivía en el pent-house. Pero su nombre no era Ram; era Ramsés. De todos modos, si acaso volviera a cruzárselo en el ascensor o en alguna otra parte del edificio tampoco le hablaría si él no le dirigía la palabra.
Al comienzo, Mely supuso que trabajar junto a Ram iba a resultarle difícil. Sin embargo, a medida que los días fueron pasando, la situación se le hizo más llevadera y a la vez inesperada. Es que Ram apenas iba por la oficina, y lo hacía solo cuando iba a reunirse con su hermano. Además, siempre parecía estar apurado por irse. Por eso, aunque ella se mantuviera atenta para saludarlo, él no mostraba hacia ella ningún interés de sociabilizar. Mientras tanto, fue conociendo en qué consistía su trabajo.
Al parecer, Ram era un exitoso programador. Se especializaba en software de vigilancia y elaboraba sofisticados mecanismos de control. Entre los empleados de la empresa se rumoreaba que tenía en su poder una tarjeta con la que podía dominar el funcionamiento de todas las cámaras de vigilancia y las instalaciones de seguridad. Y Mely efectivamente lo creyó, ya que algunas veces constataba que el ascensor de su edificio iba directamente desde el pent-house a la planta baja o al revés, sin detenerse en los pisos intermedios.
Un día, creyendo que no había llegado nadie aún, Mely entró sin anunciarse en el despacho de Fren para dejar sobre el escritorio una carpeta con un trabajo que este le había encomendado. Pero al abrir la puerta se encontró de improviso con Fren y Ram que al parecer estaban teniendo una conversación acalorada. Al verla, los dos quedaron cortados, mirándola. Ante eso, dejó con mano temblorosa la carpeta encima de la mesa y se retiró apresuradamente. Sin saber por qué, tuvo la sensación de que el tema de conversación era ella. Alterada por ese incidente (y más aún por haberse topado inesperadamente con Ram), en lugar de ir a su escritorio y continuar trabajando corrió a la terraza a la que habitualmente subían a fumar los empleados, esperando que el aire frío le bajara los colores que le había hecho subir aquella situación.
Estuvo un rato ahí, parada junto al balcón, mirando a lo lejos. Desde lo alto del edificio se divisaba una hermosa vista de la ciudad. Efectivamente, la empresa había elegido un lugar insuperable para asentar su sede. Se tocó varias veces la cara con sus manos heladas, esperando así bajar el calor que había invadido traicioneramente sus mejillas.
No habrían pasado ni diez minutos cuando escuchó a sus espaldas el sonido de la silla eléctrica de Fren y al darse vuelta vio que se acercaba a ella.
— ¡Mil disculpas por haber entrado sin anunciarme! —se apuró a decir Mely, avergonzada—. Creí que no había nadie en el despacho. Lamento haber interrumpido su reunión.
— No. No te apenes por eso —respondió Fren, risueño.
Mely se sorprendía agradablemente de que Fren siempre anduviera de buen humor aún a pesar de su lamentable discapacidad. Creyó que, una vez escuchada su disculpa, él se retiraría de inmediato, pero por el contrario, Fren sacó tranquilamente de su bolsillo un paquete de caramelos y después de abrirlo parsimoniosamente se lo ofreció para que ella se sirviera.
— Mi esposa Théa me regaña si fumo —explicó, a la vez que ella con un gesto de su mano rehusaba aceptar uno—. Pero tiene razón. Debo esforzarme para cuando nazca el bebé. Así que estoy intentando dejarlo.
Con el caramelo ya en la boca, Fren continuó la conversación:
— ¿Sabes?, esta empresa la fundamos mi hermano y yo hace cuatro años. En aquel entonces éramos dos chicos entusiastas y un poco arriesgados que nos «tiramos al agua» sin saber cómo iba a resultar. Y afortunadamente resultó un éxito.
Hizo un alto y suspiró mirando hacia lo lejos.
— El primer año las ventas treparon de manera sideral. Y no fue sencillo asimilarlo.
Después, bajó la cabeza como reflexionando y tras un largo suspiro continuó:
— Las ganancias eran locamente desproporcionadas para dos chicos de familia modesta como nosotros dos. Sin embargo, Ram siempre fue más cauto que yo —dijo, volteando la cabeza por un segundo para mirarla —, tal vez por ser dos años mayor. Pero yo me encandilé. Lo primero que hice fue comprar un coche de alta gama, de esos con los que puedes impresionar a las chicas yendo a gran velocidad. En aquel momento Théa y yo recién habíamos comenzado a salir y creo que quise mostrarle algo que ella nunca me pidió: que era el dueño del mundo. Y me equivoqué.
Suspiró nuevamente y demoró unos segundos en retomar el relato, pero Mely lo escuchaba pacientemente.
— Hoy hace exactamente tres años del accidente —dijo, de pronto—. Aquella noche había bebido unas copas de más y a pesar de que Théa me insistió en que no manejara, no la escuché. Entonces sucedió que en una curva cerrada el coche derrapó y después de dar varias vueltas…
Se detuvo, apretó los labios y miró hacia el horizonte. Después de unos segundos, continuó:
— …bueno, ya sabes cómo terminó. Afortunadamente Théa no sufrió más que una fractura en un brazo. Théa es una mujer maravillosa. Jamás me habría perdonado si la hubiera perdido.
Se rio al decir las próximas palabras, un poco para cortar el drama de su relato.
— No solo es la mujer de mi vida. También es una programadora excepcional.
A medida que Fren hablaba, Mely ataba cabos. Seguramente Fren hablaba de aquella noche en que ella había conocido a Ram. Fren parecía decidido a contarle su historia, y ella comenzaba a poner especial atención. No atinaba a darse cuenta de si era casualidad que Fran trajera a colación aquel relato o en él había una intención oculta que por el momento ella no podía adivinar.
— Desde aquel día y durante todo el tiempo que llevó mi recuperación —prosiguió Fren, poniéndose serio— Ram tuvo que hacerse cargo de la empresa. Estuvo soportando toda la carga del trabajo mientras esperaba que yo estuviera en condiciones de volver. Durante todo este tiempo él y Théa han sido los pilares de esta empresa. Y siguen siéndolo. Yo solo ostento el cargo de director.
Sonrió para sí mismo y, después de girar su silla para enfilar hacia la misma puerta por donde había salido, declaró:
— Por eso tengo que ser muy bueno con ellos.
Théa era una chica tan bonita como inteligente. Había sido una destacada estudiante de ingeniería, hasta que a raíz de aquel fatídico día abandonó sus estudios para acompañar a Fren en su recuperación. Sin embargo, no necesitaba un título para desempeñarse brillantemente como experta en sistemas de vídeo-vigilancia, en particular de vigilancia callejera de la ciudad. A pesar de estar cursando ahora un avanzado embarazo iba y venía constantemente sirviendo como nexo entre los empleados y la dirección. Se llevaba bien con todo el mundo y con Mely en particular enseguida pareció congeniar.
Un día la invitó a tomar el té en una confitería y ella aceptó de inmediato, suponiendo que podría ser una costumbre de la empresa hacia los nuevos empleados. Lo que Mely no sabía era que Théa no daba puntada sin nudo.
Contrariamente a lo que Mely podría haber supuesto, la confitería en la que se citaron no era de las más distinguidas de la ciudad. Tal vez por eso se sintió a gusto. Sin embargo, mientras tomaban el té, Théa comenzó una conversación aparentemente intrascendente dentro de la cual fue intercalando, sin que Mely se apercibiera de ello, un interrogatorio sutil.
— A veces te noto un poco tensa en tu trabajo —dijo Théa, como al pasar—. ¿No te encuentras a gusto con nosotros?
— No, todo lo contrario —se apuró a responder Mely, temerosa de poner en riesgo su empleo—. Es que hay veces en las que, por más que trato de evitarlo, no me puedo concentrar.
— Ah —exclamó Théa, apuntando a arrancarle confesiones—. ¿Es por algo en especial? ¿Te encuentras sobrecargada de trabajo?
Mely meneó la cabeza negando que se tratara del trabajo, pero no fue capaz de soltar una palabra y Théa la miró íntimamente complacida. Al no responder con palabras le confirmaba que se trataba de algo personal. Entonces era el momento preciso para introducir su próximo tema en la conversación.
— Me haces recordar a Ram —dijo Théa, con fingida inocencia.
— ¿Por qué? —exclamó Melody de inmediato, sorprendida por la alusión.
— Es que hace un par de años Ram también estuvo sobrecargado de trabajo y se veía exactamente igual que tú.
Mely hizo silencio pero la miró con expresión interrogante. Es que anhelaba saber todo acerca de Ram.
— Verás —continuó Théa, ya segura de que su conversación estaba tomando la dirección que esperaba—. Cuando ocurrió el accidente, Fren y yo quedamos tan maltrechos que por un tiempo no pudimos trabajar. Por eso fue que Ram tuvo que cargar durante mucho tiempo con nuestro trabajo para sacar adelante la empresa.
Era lo mismo que Fren le había contado, por eso no halló nada nuevo en su relato. Sin embargo, no se esperaba lo que vino después.
— Pero eso no fue todo. La noche en que ocurrió el accidente, Ram estaba con una chica y como tuvo que salir corriendo a ayudarnos su cita se frustró. Y a la chica nunca más la volvió a ver. Fren y yo estamos seguros de que todo el trabajo que le cayó encima en aquella oportunidad no lo abatió tanto como la desilusión de no haber podido seguir viéndola.
Mely la miraba con los ojos muy abiertos, aunque de a ratos desviaba la mirada para disimular su interés. No había forma de que Théa supiera que se trataba de ella, excepto que él se lo hubiera dicho, cosa que no creía dado su aparente indiferencia. ¿O tal vez Fren y él hablaban de eso aquel día en que ella irrumpió en su despacho?
En los días siguientes, a Mely se le volvió difícil estar cerca de Ram. Fuera del horario de oficina se lo imaginaba encerrado en aquel pent-house y de alguna manera, al estar en el mismo edificio lo sentía cerca de ella. Se devanaba los sesos pensando y pensando cuál podría ser su reacción si un día golpeaba a su puerta y se daba a conocer. Pero invariablemente desistía. Esperaba encontrárselo al entrar o al salir del edificio o volver a coincidir con él en el ascensor, pero nunca se daba la oportunidad. Por eso llegó a pensar que aquello de la tarjeta inhibidora era cierto.
La entrevista con Théa la había dejado intrigada, pero pasaban los días y todo continuaba igual. Ram parecía no tener interés en hablar con ella y ella por su parte se armaba de valor para devolverle la indiferencia.
Un día, escuchó sin proponérselo una conversación entre Fren y uno de sus empleados. Hablaban de Ram.
— Así que el hombre se nos casa —decía alegremente el empleado.
— Así parece —respondió Fren—. Aunque este muchacho es tan indeciso que parece que tendremos que esperar un poco más.
— Hablamos de la chica de siempre, ¿no? —dijo alborozado el empleado, como si la conociese.
— Sí, por supuesto.
— Es muy bonita —agregó el empleado—. Y además muy inteligente y buena persona. Hacen muy buena pareja.
— Así es. Son tal para cual. Pero al parecer, a este hermano mío le cuesta concretar —respondió poco entusiasmado Fren—. En fin, ya le avisaré.
Para Mely fue un amargo desencanto. Por lo visto, Ram tenía una novia que ella desconocía. Por los comentarios, la chica era un portento pero no se hacía ver en la empresa, lo cual despertaba aún más su curiosidad. Si los empleados la conocían debía hacer tiempo que estaba con ella, y por lo tanto era un hecho que pronto se casarían y allí se acabarían sus ilusiones. Pensaba que podía ser mejor si lo veía de una buena vez junto a su novia, porque así su corazón dejaría de alimentar ideas locas respecto a él.
Aunque la impaciencia la consumía, pasaron varios días sin que pudiera echar luz sobre el asunto. No había vuelto a escuchar comentarios, por lo cual cada vez estaba más intrigada y más ansiosa por saber todo acerca de aquella mujer que se casaría con Ram. Pero claro, ella no podía interrogar a sus compañeros de trabajo acerca de la vida privada de su jefe. Por eso, se dijo que lo mejor era dejar de hacerse la película y volver a la realidad.
Cuando se cruzaban, ella apenas lo saludaba e inmediatamente se retiraba a otra parte del edificio donde no lo tuviese que ver. Él por su lado parecía confundido por su actitud, pero aun así no la obligaba a hablarle.
Un día Fren la convocó a su despacho.
— Mely, pasa. Toma asiento. Tengo que pedirte un favor especial.
Se sentó en una butaca frente a él, preguntándose de qué favor se trataría.
— Mira —comenzó hablando despacio para no abrumarla—, acabo de recibir una invitación para asistir hoy a un evento de gala. Resulta que a mi secretaria se le traspapeló y recién acaba de dármela.
Después de decir esto, extrajo de adentro de uno de los cajones un sobre y lo puso sobre su escritorio.
— Se trata del aniversario de la empresa de uno de nuestros principales proveedores, por lo cual no es posible que nosotros como institución no nos hagamos presentes en la celebración. Pero existe un problema. Resulta que yo ya había hecho planes para salir con Théa. Es que se le ha antojado ir al cine justo hoy, y como está próxima a dar a luz no deseo frustrar ninguno de sus pequeños caprichos.
Sonrió con orgullo, esperando ver en Mely un gesto aprobatorio que no demoró en aparecer.
— Sin embargo —continuó— sería un desaire para los anfitriones que no enviara a alguien como representante nuestro. Por eso se me ocurrió que tú, si es que no tienes inconveniente, asistas en nuestro lugar.
La miró con ojillos pícaros, y exclamó:
— ¿Lo harías por mí?
— Por supuesto —respondió Mely más rápido de lo que él hubiera esperado—. Con mucho gusto asistiré.
— ¡No sabes cuánto te lo agradezco! —exclamó con un entusiasmo que a Mely le pareció casi infantil—. Me quitas un peso de encima. Mira, se trata de una función de teatro seguida de una cena en un lujoso restorán. Te digo esto para que elijas tu mejor atuendo. No olvides que en este caso serás la imagen de nuestra compañía.
Mely en ese momento no estaba del mejor humor para asistir a ningún espectáculo, pero en cierta forma se sentía obligada hacia Fren y no lo quería defraudar. Había puesto atención a lo que él le había dicho, y por eso, después de hurgar en su guardarropas eligió lo más sexy y elegante que encontró. Estaba preciosa, enfundada en un vestido de color berenjena, muy ajustado, sobre el cual resaltaba su larga cabellera castaña, y sus piernas torneadas se lucían sobre sus altos stilletos de color manteca.
Como era esperable, al entrar a la sala un acomodador la condujo a su asiento. Le dio las gracias con amabilidad y cuando fue a sentarse en su butaca se dio cuenta de que Ram estaba sentado en la butaca contigua a la suya. Él la miró, aunque no con el asombro que ella habría esperado constatar. Hasta ese momento nunca había cruzado con él una sola palabra, pero la sorpresa era tamaña, y no se pudo callar.
— ¿Qué haces acá? —exclamó en voz baja, justo cuando se apagaban las luces.
— Supongo que lo mismo que tú —respondió él susurrando—. Cumpliendo con mi deber institucional.
El primer impulso que sintió Mely fue irse. ¿Acaso Fren le había tendido una encerrona? Pero la función estaba comenzando y habría sido una verdadera descortesía ponerse de pie. Así que se quedó en silencio mirando hacia el escenario.
La obra era una comedia musical. Era entretenida, pero en algunos pasajes la música se volvía tan emotiva que encogía su corazón. Además, tener a Ram tan cerca la hacía estremecer. Sentía el calor de su cuerpo a su lado y el sonido de su respiración, y en algunos momentos, al descuido, su antebrazo desnudo en el posa-brazos de la butaca rozaba la manga del traje de él, provocándole un cosquilleo difícil de disimular.
Cuando la obra finalizó, se levantó rápidamente de su asiento y sin dirigirle la palabra a Ram se fue directamente a la salida. Tenía que perderlo de vista a como diera lugar.
Una vez afuera, divisó el restaurante que Fren le había señalado. Estaba justo cruzando la calle, tal como este le indicara. Notó que no toda la gente que había asistido a la función se encaminaba hacia el restorán, por eso dejó que la muchedumbre se dispersara, antes de ir para allá. Esperaba que el aire frío de la noche apagara el sofocón que había encendido sus mejillas y que evidenciaba la emoción que la invadía al estar junto a Ram.
Al entrar se imaginó que tendría un lugar designado en una gran mesa en la cual habría directivos y altos jerarcas de la empresa homenajeada. Pero el valet que la recibió la condujo a una mesa pequeña en un rincón, junto a una ventana. Se preguntó cómo los organizadores del evento se enterarían de que ella era la representante de la empresa de Fren, pero sus dudas se disiparon cuando alguien se sentó frente a ella. ¡Otra vez era Ram! Esta vez no fue capaz de preguntarle qué hacía en ese lugar, porque era obvio. Entonces se dispuso a tener la velada en paz.
— ¿Continúas enfadada? —dijo él, mientras el mozo les servía sendas copas de champán.
— No —respondió Mely, poco convencida—. No estoy enfadada. Solo estoy un tanto confundida, porque me parece que esta velada no es tal como me la describió Fren. No parece que acá vaya a haber una recepción empresarial. No veo a los demás invitados. ¿Estoy equivocada?
— No, no lo estás —declaró Ram, hallado en falta—. La función de gala no era un festejo de la empresa. En realidad ha sido una idea de Théa para que nos encontráramos y pudiéramos hablar. Aunque no has estado lo que se dice muy dicharachera. Pero esta cena sí lo es. ¿Ves aquellas personas que están en la mesa grande? Son los dueños. Y todos los que están en las mesas de alrededor somos sus amigos y familiares. Pero no te preocupes, porque yo ya los saludé.
Mely dio una mirada discreta a su alrededor y pudo darse cuenta de que todos se conocían. Sin embargo, no podía dejar de sentirse fuera de lugar.
— ¿Estás enojada? —reiteró Ram, al notarla tensa.
— No, no lo estoy.
Pero Mely continuaba con el semblante serio y parecía tener pocas ganas de hablar.
— ¿Entonces puedo saber qué te pasa? —insistió él.
— Nada. No es nada que te pueda interesar.
— ¿Y cómo sabes qué cosas pueden interesarme?
— Me las imagino.
— ¿Por ejemplo?
— La empresa, tu trabajo… —y agregó, apesadumbrada—: tu próxima boda.
— Es cierto —afirmó él, con gesto pensativo, siguiéndole la corriente— son todas cosas que me están ocupando más de lo habitual. Sin embargo, tengo controladas a casi todas.
— ¿Casi todas? —exclamó ella con ironía.
— Sí, casi todas —reafirmó él—. Es que hay cosas que yo solo, por mi cuenta no puedo resolver.
La conversación se interrumpió cuando el mozo se acercó con las vituallas. Entonces ambos se dedicaron a comer en silencio. Pero Mely no podía quedarse con la espina. Así que le preguntó:
— ¿Por qué no viniste con tu novia? Habría sido más adecuado que venir conmigo, ¿no es así?
Ram la miró sorprendido, tragó sin prisa lo que estaba masticando y se tomó unos segundos antes de responder.
— ¿Quién te dijo que tengo novia?
— ¿Quién me lo dijo? —exclamó ella con fastidio—. Todos en la empresa están enterados de que te vas a casar. Aunque no saben con quién.
— ¡Ah, es cierto! —afirmó él, con cierto sarcasmo.
Y masculló, como hacia sus adentros:
— No saben con quién.
La conversación se volvió a interrumpir con el anuncio de unas palabras de agradecimiento por parte de los homenajeados que anunciaban la finalización de la velada. Después de eso, los invitados fueron despidiéndose uno a uno y entonces ellos se retiraron del lugar.
— Me imagino que te vas a casa —dijo él, al llegar a la calle—. Te llevo. Después de todo vamos al mismo lugar.
No se animó a contradecirlo. Estar junto a él era maravilloso. Ya llegaría el momento en que se tuviera que alejar.
Ya dentro del coche y durante todo el trayecto ninguno de los dos habló. Sin embargo, era notoria la tensión que existía entre ambos.
Dado la avanzada hora de la noche, en el hall del edificio no había nadie entrando, saliendo, o esperando el ascensor y Mely sentía que la invadía una impaciencia única. Él había admitido que iba a casarse, pero por la forma en que había coqueteado con ella no parecía importarle demasiado, o al menos eso creía haber percibido. Por eso, en su cabeza comenzó a rondar una idea bizarra: tal vez si dentro del ascensor ella se lanzara sobre él, pudiera acaso ocurrir el milagro de pasar la noche con él.
Pero no tuvo oportunidad de comprobarlo, porque cuando ambos se acercaron a la puerta del ascensor, de improviso el móvil de él sonó y él atendió prontamente. Tan prontamente como el «me tengo que ir» que le dijo mirándola apenas, al mismo tiempo que corría hacia la calle sin alcanzar a guardar el móvil en su bolsillo.
Mely quedó tiesa. ¿Era acaso una burla del destino que encontraba diversión acercándola a aquel hombre y quitándoselo en el momento en que más lo deseaba, dejándola deseándolo aún más? Pero al mismo tiempo, aquel episodio tan similar al ya vivido hacía unos años, le hacía temer que pudiera haber pasado una nueva desgracia. Por eso, más que sentirse decepcionada, esta vez se sintió intranquila.
Para peor, a la mañana siguiente le avisaron que ese día no fuera a trabajar porque la empresa permanecería cerrada. ¿La historia volvía a repetirse? No sabía qué hacer. Moría por enterarse del porqué de aquel cierre repentino, y a la vez no se animaba a averiguar. Al mediodía se armó de coraje y llamó por teléfono a Théa.
Pero ¡cuál no fue su sorpresa cuando quien la atendió fue Ram! Entonces no supo qué decir.
— Mely, ¿eres tú?
Dudó si colgar o no, pero era obvio que su nombre aparecía en la pantalla del teléfono. Así que respondió.
— Sí, soy yo. Quería hablar con Théa.
— Me lo imagino, Pero por el momento no te va a poder atender.
Como ella no dijo nada, él se dio cuenta de que no se animaba a preguntar. Por eso continuó:
— No, no te asustes. No ha pasado nada malo. Es que en la madrugada le practicaron una cesárea, la cual, de paso, te informo que salió bien, así que por el momento ni ella ni Fren están en disposición de conversar. Por eso me estoy ocupando yo de atender sus llamadas. Por cierto, ha nacido mi sobrino. Es un niño y está todo bien.
— Ah, bueno —exclamó Mely con un hilo de voz—. Me alegro muchísimo.
— Ahora disculpa —la interrumpió Ram—, pero tengo que ocuparme urgencia de algunas cosas.
Y aprovechando la oportunidad se le presentaba, improvisó:
— Lo siento, Melody. Es que entre la llegada de mi sobrino y los preparativos de la boda me están volviendo loco. Mañana nos vemos en la empresa y ya te contaré.
Mely se sobresaltó. Era la primera vez que Ram la llamaba por su nombre completo. Eso podía indicar varias cosas, entre ellas que fuera a comunicarle que como pronto contraería matrimonio, abandonaría por lo tanto aquellos sutiles galanteos que ella seguramente confundía con algo más. Pero al otro día no lo vio, ni tampoco al día siguiente ni en las dos semanas que le sucedieron.
Con el pasar de los días, Mely sentía aumentar su ansiedad. Vigilaba sin descanso la puerta de entrada a la oficina, por si por ésta pudiera aparecer la novia secreta de Ram. Pero nadie con características apropiadas aparecía.
Un día, sin embargo, una chica muy atractiva entró sin anunciarse y fue directo al despacho de Fren. Entonces, Mely se alertó. Seguramente se trataba de esa chica. Después de un rato, observó que esta se marchaba, despidiéndose risueñamente de Théa y de Fren, que la saludaban a su vez risueños y complacidos.
— Hasta luego, Bibi —escuchó que decía Fren tomándole cariñosamente la mano.
— Gracias, Bibi —declaró a su vez Théa—. Con todos estos preparativos la ceremonia va a ser excepcional.
En ese momento no dudó más; Bibi era la chica que tanto temía.
Los días siguientes fueron oscuros para Mely. Ya no iba a la empresa con tanto entusiasmo y su desgano era evidente. A Ram casi no lo veía y si lo divisaba trataba de esquivarlo para no tener que hablar con él.
Un día, para su sorpresa, Ram le pidió que lo acompañara a hacer un trámite. Cuando Mely se enteró para qué era, se quiso morir: él pretendía que le ayudara a elegir el anillo de compromiso para sorprender a su futura esposa. Su reacción fue un rotundo no, pero cuando Théa la llamó y le rogó que lo hiciera, no se pudo negar.
El anillo elegido era hermosísimo. Él no había opinado; solo había esperado a que ella, después de observar una colección inigualable, se decidiera por el mejor. No obstante, cuando la vendedora le sugirió que se lo probara, ella se negó. No quiso aclararle que no era ella la destinataria, ni de la joya, ni de aquel hombre.
De vuelta a su casa, mientras él manejaba Mely observó de reojo que quitaba el envoltorio a la cajita del anillo, después lo sacaba de su cajita y lo guardaba en el bolsillo de su pantalón. Le pareció un poco raro que desdeñara de ese modo aquel objeto con el que se suponía iba a agasajar a su prometida. Además, esa actitud displicente hacia aquel precioso anillo no parecía condecir con lo educado que ella sabía que era, ni con el precio exorbitante que había pagado por él. Pero se abstuvo de hacer ningún comentario. Aun así, se preguntó si sería posible que se casara por conveniencia, o tal vez por un compromiso empresarial. Ella nunca iría a saberlo.
Ya frente al ascensor del edificio, Mely se dijo que esa sería su última oportunidad. Oprimió el botón preguntándose qué podría suceder al subir juntos. Ella no se lanzaría sobre él tal como había fantaseado ridículamente otras veces en las mismas circunstancias. Aunque quisiera hacerlo, sabía que nada de eso podía suceder, ya que las cámaras de video-vigilancia dentro de la cabina filmaban cada segundo de lo que acontecía en su interior. Aun así, esperó que Ram hiciera algún comentario, ya fuera acerca de la compra realizada, acerca del trabajo en la oficina, acerca del clima, de o de algo, pero no lo hizo. En su lugar, cuando las puertas del ascensor se abrieron dijo, repentinamente:
— Sube tú. Olvidé algo en el coche.
Mely obedeció bajando la cabeza, resignada porque era obvio que siempre iba a quedarse con las ganas. No alcanzó a ver que, cuando las puertas se cerraron, él se quedó ahí vacilando, observando la luz hasta que esta se detuvo en el tercer piso. Él sí había pensado lanzarse en ese momento. Pero su falta de decisión lo congeló. Un poco malhumorado por su falta de arrojo, sintió que le faltaba el aire y salió por un momento a la calle. Después de un rato de cavilación regresó envalentonado al hall de entrada y oprimió el botón del ascensor. Ahora estaba decidido a golpear a su puerta. Esperó impaciente, mientras en el tablero la luz iba indicando el descenso. Pero cuando las puertas se abrieron, su corazón se detuvo. Mely aún estaba allí. Mantenía pulsado el botón del ascensor para que no se cerraran las puertas y parecía dispuesta a aclarar un asunto.
— ¿Es cierto que vas a casarte? —dijo, mirándolo severamente a la cara.
Ram titubeó. No se esperaba esa pregunta. En realidad, sí se la esperaba pero nunca había pensado qué respuesta iba a dar. Sin embargo, se mantuvo aplomado y respondió con seguridad.
— Sí. Así es.
Mely no dijo nada, pero su rostro se ensombreció y bajó la cabeza, vencida. Pero cuando pareció que iba a quitar su dedo del botón, Ram prosiguió:
— Espero casarme lo antes posible.
Entonces puso un pie adentro, y acercándose a ella, agregó:
— Mely: ya no puedo esperar más a que seas mi esposa.
Bastó con que ella levantara rápidamente la vista y se miraran, para que cada uno entendiera. Entonces Ram sin perder ni un segundo extrajo del bolsillo interior de su chaqueta una tarjeta negra y, tras acercarla al tablero de mando bloqueó instantáneamente las cámaras de vídeo y todas las paradas hasta el pent-house. Las puertas rápidamente se cerraron, y de ahí en más el trayecto hasta el piso veinticinco fue como el despegue de un cohete espacial. Ram la aprisionó entre sus brazos y mientras se fundían en un beso apasionado, piso a piso le fue quitando aquel hermoso vestido y todo lo demás. Cuando el ascensor se detuvo en la puerta de su departamento y esta se abrió automáticamente, la levantó en sus brazos y accionando una vez más aquella tarjeta, la puerta del departamento se abrió de par en par.
Cuando Mely abrió los ojos y vio a Ram durmiendo a su lado sonrió. Miró con orgullo su mano en la que lucía aquel anillo maravilloso. No había sido un sueño. Es decir, había sido un sueño hecho realidad. Entonces fue de puntillas hasta la puerta del ascensor, pensando que su ropa había quedado desperdigada dentro del él, pero al pasar por el hall de entrada vio que había sido prolijamente dispuesta sobre un sofá. Entonces escuchó que Ram la llamaba desde la habitación.
— ¿Ya quieres irte?
— No. Me quedaría aquí toda la vida. Pero Ram —dijo, al recordar el modo en que habían llegado hasta ese piso—: ¿Te acordaste de desbloquear el ascensor?
— ¡Por supuesto! —exclamó él, divertido—. Lo hice inmediatamente. Si no lo hubiera hecho, mi hermano me mataría.
— No lo creo —respondió Mely, poco convencida—. Me parece que existe una complicidad muy grande entre tu hermano y tú. ¿Lo de hoy fue acaso idea de ambos?
— ¡Ja ja! —volvió a reír Ram, sonoramente—. No, en este caso fue idea solo mía. Pero con el apoyo de Théa, que me indicó a qué joyería te tenía que llevar.
— ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Tienes idea de lo que me has hecho sufrir?
— Bueno, al principio fue porque no estaba seguro de si aún continuabas interesada en mí. Y después, cuando todos me aseguraron que sí lo estabas, les seguí la corriente porque me pareció que la nuestra iba a ser una historia digna de ser contada a nuestros hijos y nietos. ¿No te parece?
— Ram —exclamó de pronto, mirando la hora—, en un rato debo presentarme a trabajar. Debo bajar a mi apartamento a por mis cosas.
— Hoy no —aseguró él, divertido—. Te doy el día libre.
— Pero debería avisarle a Fren.
— No te preocupes. Él sabe bien dónde estás.
— ¿Acaso hay alguna cámara oculta? —exclamó Mely, mirando hacia todos lados y tapándose por completo con las sábanas.
— ¡No! Este es mi lugar seguro. Ahora solo tú vas a poder estar aquí.
Entonces agregó, como al pasar:
— Por cierto, ¿mañana a la tarde tienes algún compromiso?
— ¿Por qué me lo preguntas? Tú eres mi jefe. Tú sabes si vas a encargarme alguna tarea.
— Exacto —dijo él, complacido—. Entonces te invito a una boda.
— ¿Una boda? ¿De quién?
— La nuestra. Bibi, la wedding planner ya tiene todo preparado para nosotros. Hasta los invitados ya confirmaron que van a asistir.
— Pero Ram, ¿y el vestido de bodas?
— Théa lo eligió por ti. Está segura de que es de tu gusto… aunque te diré que a mí me gustas más sin él.
……………………………………
El sol de la tarde entraba a raudales por el ventanal del despacho de Fren, cuando su teléfono sonó.
— Señor Kefrén —anunció la recepcionista por el teléfono del escritorio— lo llama el jefe de seguridad de la empresa. ¿Le paso?
— Si, pásemelo.
Tratando de contener la risa, atendió.
— Muy buenos días, señor Seti. ¿Cómo está usted?
— Buenos días señor Kefrén —dijo una voz del otro lado de la línea—. Lo llamo porque deseo saber si damos por finalizado nuestro trabajo, ya que las cosas han tomado el curso esperado.
— ¡Exacto! —respondió con beneplácito Kefrén—. Afortunadamente todo salió a la perfección.
— Me alegro mucho de haber colaborado —exclamó su interlocutor, aliviado—. Aunque debo decir que el mérito principal no ha sido nuestro, sino de la señora Théa. ¡No cualquiera se anima a entrar en los sistemas de video-vigilancia de la ciudad durante tanto tiempo! Pero entiendo que dar con el paradero de esa chica era primordial.
— Así es —asintió complacido Kefrén—. Aunque nosotros también tuvimos nuestros momentos de tensión. ¡Hay que ver los nervios que pasamos cuando Ram en un principio no quiso mudarse a ese departamento! Sé que desconfió, pero por suerte lo pudimos convencer. Debo decir que su informe sobre la seguridad del edificio en el que vivía antes no solo fue muy original, sino determinante para que se decidiera.
— Y perdón por decirlo —agregó el señor Seti—, pero hacer creer a la señorita Mely que la señorita Bibi era la novia de su hermano fue muy osado. Hasta yo mismo pude comprobar su semblante de decepción cuando vio a la hermana de la señora Théa entrar en su despacho. Sin duda, fue un golpe magistral.
— Así es —exclamó entre risas—.Pero gracias a esa confirmación fue que todos nos decidimos a dar el Ok para que se procesara la boda. Mi mujer y mi cuñada parecen ser expertas en eso de formar parejas.
Y agregó con orgullo:
— Amigo Seti, hacemos sin duda un gran equipo. Bueno, gracias otra vez por su colaboración.
— Por cierto, señor Fren, ¿cómo está el pequeño Micerino?
— ¡Excelente! Ya está por cumplir el primer mes.
Y cuando estaba por colgar, Kefrén de pronto se acordó de algo:
— Ah, se me olvidaba; hay un chico del sector Archivo que puede estar necesitando de nuestros servicios. Parece que siempre estuvo enamorado de una chica del colegio y con el tiempo la dejó de ver. Pero lo hablamos mañana, aunque puedo ir adelantándote el nombre. Se llama Antonio, aunque por algún motivo sus compañeros le llaman «Tut».