Fuego lento

Nora Sisto

       Zelia hacía poco que había finalizado un curso de repostería, y estaba entusiasmada con comenzar a organizar un pequeño emprendimiento gastronómico. Había intentado estudiar alguna otra carrera, pero ninguna disciplina representaba, tan fuertemente como esta, su verdadera vocación. Con la repostería se movía como pez en el agua. A menudo se preguntaba si aquella pasión por la cocina había surgido cuando conoció a Igor.

      Ahora tenía veintiún años, pero lo había conocido nueve años atrás. Igor era amigo de su padre, por lo que era bastante mayor. A Zelia le llevaba unos largos catorce años. En aquella época, Igor  frecuentaba asiduamente su casa, motivo por el cual había llegado a conocerlo muy bien. Igor era chef, y estaba de más decir que le encantaba cocinar. Zelia recordaba con emoción con cuánto entusiasmo él la animaba a incursionar en la cocina encomendándole tareas «importantes» como cascar los huevos, medir la harina o revolver la cacerolita  para que su contenido no se quemase. También recordaba sus ojos muy celestes que, a pesar de ser una niña la enamoraron no bien lo conoció.

      Frente a una Zelia  apenas adolescente, Igor era un hombre hecho y derecho que ni por casualidad podía ser tenido en cuenta por ella como objetivo romántico. Sin embargo, Igor era un hombre atractivo. Era elegante y afectuoso, y tan solo verlo podía hacer suspirar a cualquier mujer. Pero para Zelia representaba tan solo el prototipo masculino del chico al que ella podría aspirar, no bien tuviese la suficiente edad para ello. No obstante, Igor ejercía sobre ella una potente fascinación, que en esos momentos no era capaz de explicar. Se sentía bien cuando él estaba cerca, lo echaba de menos si no lo veía y lo celaba terriblemente cuando él salía con mujeres de su propia edad. Mientras tanto, a su lado crecía el amor por la cocina.

      A partir de los quince años, Zelia comenzó, como era de esperarse,  a salir con chicos de su edad. Como era muy bonita, los muchachos más apuestos la invitaban con frecuencia. Pero por más que se esforzaba, no había ninguno que llegara a despertarle algún interés. Es que, comparados con Igor, ninguno de ellos parecía dar la talla de sus expectativas. Y esto la irritaba, porque se decía que «un viejo como Igor» no podía ser de ninguna forma su pareja ideal. Igor, por su parte disfrutaba secretamente el fracaso de sus pretendientes.

      Cuando Igor cumplió treinta años, los padres de Zelia le hicieron en su casa un pequeño agasajo. Lo que más recordaría él de ese día fue el momento en que Zelia lo saludó. Ella se había aprontado para salir con un chico y estaba muy bonita, pero antes de irse pasó a desearle feliz cumpleaños. Nunca podría olvidar la vibración indescriptible que pudo percibir en su cuerpo cuando se acercó y sus labios cálidos y suaves se incrustaron voluptuosamente en su mejilla. Eran muchos los indicios del lenguaje corporal de Zelia que él sabía decodificar. Pero la amistad con su padre parecía bloquear irremediablemente las posibilidades de acercamiento que pudieran ocurrírsele. Aun así, la certeza en su corazón se hacía cada vez más grande.

      Igor ahora estaba abocado a la instalación de un restorán en Madrid, y toda su energía y su atención estaban enfocadas en eso. Viajaba muy seguido a la capital, y se quedaba allí largas temporadas sin aparecerse por el pueblo. Sabía que Zelia lo echaba de menos, porque cada vez que volvía podía darse cuenta de que, mágicamente su vida se iluminaba. Pero él sabía muy bien que un fuego demasiado intenso, aplicado en el momento inadecuado podía arrebatar su mejor obra haciéndole perder consistencia, o quemarla arruinándola para siempre. Por eso, se permitió apostar por lo que más sabía, y se marchó.

      Cuando inauguró su restorán, se instaló definitivamente en Madrid. A partir de ese momento, Zelia perdió todo contacto con él. Ahora, a sus  veintiún años, hacía memoria. La última vez que lo había visto había sido en el funeral de su padre, tres años atrás. Aquel día en el cementerio, ella estaba rodeada por sus compañeros de clase. Él apareció sin previo aviso, pero no se acercó a saludarla. Sin embargo, aunque él se mantuvo a cierta distancia lo sintió dentro de su cuerpo con una vívida sensación; su mirada penetrante le provocaba un inevitable, incómodo y fabuloso cosquilleo. Deseó en aquel momento, desesperadamente abrazarse a él, pero él no propició la oportunidad. Más tarde, Zelia lo comprendió: Igor no quería ocupar en ella el lugar de su padre.

      Desde aquel día, no lo había vuelto a ver. El tiempo pasaba y Zelia no dejaba de pensar en él. Solo de vez en cuando su madre, sin tener conciencia de la magnitud, le daba noticias suyas o se lo recordaba en algún comentario, pero lo cierto era que él, por lo visto no deseaba volver a visitarlas. Intentó varias veces llamarlo a su móvil, pero el número ya no servía. Zelia se preguntaba si ahora tendría una pareja o si tal vez se habría casado, pero prefería no averiguarlo porque de esa manera podía conservarlo en su recuerdo, solo para ella, en exclusividad.

      El emprendimiento de Zelia parecía ir bien encaminado. Pero en el pueblo las posibilidades de crecimiento eran limitadas. Así que, aprovechando que en pocos días tendría lugar la convención anual de gastronomía, se le ocurrió que sería una buena oportunidad para relacionarse con gente del sector. Dicha convención se realizaba cada año en una locación diferente, y esta vez iba a celebrarse en Madrid. Ella nunca antes había participado, pero en este caso se había entusiasmado con asistir. Además de una buena ocasión  para enterarse de las últimas novedades, iba a ser un importante acontecimiento social. Pero también tenía un oculto interés personal.

      Hasta poder independizarse con su propio negocio, Zelia trabajaba mientras tanto en una pastelería. Tenía muy buenos compañeros de trabajo, pero estaba interesada románticamente en uno de ellos que se llamaba Marcel. Como sabía que Marcel asistiría a la convención, se había propuesto impresionarlo. Con ese motivo  se había arreglado con el mayor esmero. A pesar de que no era un evento de gala, se había comprado un vestido nuevo bastante sexy y unos zapatos de taco muy alto que estilizaban su figura. Había peinado su cabello largo con unos bucles muy suaves que enmarcaban su bello rostro a la perfección. Podía decirse que parecía una modelo.

      Cuando llegó a la recepción, ya había mucha gente. Los mozos pasaban entre los asistentes sirviendo copas de champán con sus grandes bandejas, y grupos de conocidos se encontraban en distintas partes del salón charlando animadamente. Zelia en seguida encontró colegas con quienes ponerse a conversar, y mientras lo hacía,  de cuando en cuando miraba con ansiedad a su alrededor para ver si Marcel aparecía.

      De pronto, en un claro entre la multitud lo vio. Aquel hombre, de pie la miraba embelesado. El hombre que tanto esperaba estaba ahí, y solo verlo hizo que se detuviera por un instante su respiración. Vestía un elegante traje oscuro y su cabello castaño, caído apenas sobre el rostro hacía resaltar la brillantez de sus ojos. Palideció. Había fantaseado locamente con la idea por muchísimo tiempo y en ese momento él se presentaba frente ante ella como un hombre real, por primera vez autorizado a entrar en su vida. No era Marcel. Era Igor. Tan azorada quedó, que no se dio cuenta de que Marcel se había acercado a ella y, ajeno a todo, le ofrecía una copa.

—    Estás bellísima —le dijo Marcel mientras ella, sin mirarlo tomaba como un  autómata la copa de su mano.

      Zelia trataba de mirar a Marcel y sonreírle, aunque sus ojos no podían despegarse de Igor.

      Ella había deseado que Marcel la notara. Había esperado con ansiedad ese apoteósico momento, sin embargo en menos de un segundo toda aquella expectativa se había diluido como por arte de magia. El interés que  había supuesto tener en Marcel, ahora parecía ya no tener ningún sentido. Por amabilidad, trató de enfocarse en él, pero ya le era imposible. Igor estaba allí, a solo unos pasos de ella, y su magnetismo la atraía tan fuertemente que la apremiaba a acercársele. Él la había mirado, o sea que sabía que ella estaba ahí. Sin embargo charlaba con otras personas fingiendo no haberla visto. Pero aquella breve mirada, otra vez había puesto a galopar desbocadamente su corazón. Y ahora sí, no había vuelta atrás. Por mucho tiempo había tratado de convencerse de que Igor era solo una figura paterna, aunque íntimamente había sabido siempre que no: Igor era el hombre de su vida.

      La música era rítmica y ruidosa, y el baile se había animado. Pero ella no quería bailar. Contrariamente a lo que había deseado al llegar, ahora su sentimiento era deshacerse de Marcel. Quería estar sola. Al menos, no con él. Pero Marcel parecía estar embobado con ella y no se le despegaba. Aunque trataba de fingir estar a gusto, la expresión de Zelia posiblemente traslucía su desagrado. Por eso, Igor se le acercó.

—    Hola Zelia —le dijo, ignorando a su acompañante.

—    Hola —solo atinó a decir.

      Se miraron como si en ese instante se descubriesen. Hacía exactamente tres  años que no se veían, pero en ese momento para ambos pareció que el tiempo no hubiera pasado y se hubieran despedido recién ayer. Pero mucho había cambiado. Igor ahora se había liberado de sus ataduras. Y ella ya no era aquella niña que podía confundir sus sentimientos. Ahora era una mujer. Era una mujer segura de haber amado a Igor durante toda su vida.

      En ese momento bajaron los decibeles y la música se hizo más lenta. E Igor parecía decidido.

—    Lo siento. Tengo que llevármela. —le dijo a Marcel sin darle tiempo a reaccionar, y la condujo del brazo hacia donde todos bailaban.

      La melodía parecía hacerse cómplice de su encuentro. Su suavidad hacía que la siguiesen abrazados, casi sin moverse. Él con una  mano aprisionaba firmemente la espalda de Zelia, manteniendo su pecho pegado al suyo, y con la otra sostenía  tiernamente su mano. Zelia no veía nada más. La gente a su alrededor desapareció; solo sentía la presencia de Igor enamorándola, como siempre había deseado.

—    ¿Quién es ese tipo? ¿Es tu novio? —le preguntó en un susurro, rozándole el oído con sus labios.

—    No es nadie — respondió ella, convencida como nunca lo había estado—. Es solo un compañero de trabajo.

—    ¿Prefieres estar con él?

      Ella podía sentir su propia respiración sobre el cuello de él, y el exquisito perfume de su cuerpo la envolvía.

—    No —respondió con seguridad—. Es aquí donde quiero estar—. Y agregó, de repente—: Igor, me alegra mucho verte.

      Igor suspiró hondamente, y le respondió con satisfacción:

—    ¡A mí también!

      De pronto la música se detuvo y un joven, micrófono en mano, anunció que alguien iba a decir unas palabras. Entonces Zelia e Igor se quedaron inmóviles, de frente a donde iba a ser la alocución. Estaban pegados, uno al otro, discretamente tomados de la mano con los dedos entrelazados. Y Zelia temblaba de amor, sintiendo el calor que el contacto con su piel le trasmitía. Así permanecieron hasta que las personas finalizaron de discursear.

      La fiesta estaba casi culminando y, cuando ambos ya intuían cuál iba a ser el épico final de aquella insólita y maravillosa velada, un muchacho de improviso los interrumpió. Era un empleado del lugar, y se lo veía agitado.

—    Disculpen, ¿usted es el señor Igor, verdad?

—    Así es —respondió él amablemente, aunque un poco molesto.

—    Lamento interrumpirlo, señor pero lo necesitan urgente en su restorán. Acaba de telefonear el gerente rogándole que vaya para allá enseguida.

      Igor pensó que el destino le jugaba una broma pesada, pero no tenía más remedio que acudir. Así que, sin mirar atrás se fue rápidamente cual Cenicienta a la medianoche, dejando a Zelia confundida y defraudada. Tanta fue la prisa, que ninguno de los dos cayó en la cuenta de que deberían haber intercambiado antes sus números de celular. Después de tantos años, obviamente ya no eran los mismos.    

      Al entrar en la habitación del hotel, Zelia se dejó caer boca arriba sobre la cama. Aquella catarata de acontecimientos la había abrumado. Era una ironía que se hubiera acicalado para Marcel y finalmente se hubiera encontrado con Igor. Pero eso le encantaba. Porque al fin en su vida se sentía plenamente como siempre había deseado sentirse: como la mujer de Igor.

      No iba a poder pegar un ojo, así que se puso a mirar por la ventana. La madrugada se fue convirtiendo lentamente en mañana y ésta en mediodía, y su cabeza no paraba de pasarle en technicolor aquella película extraordinaria. Necesitaba hablar con él. Ya lo extrañaba. Antes lo había extrañado demasiado, y en ese momento no quería revivir aquella agobiante sensación. Él había esperado con infinita paciencia que el tiempo pasara, porque era el único remedio capaz de curar aquella situación. Y ella, sin saberlo lo había acompañado durante todo ese tiempo, esperando lo mismo. Ahora había llegado el momento en que podía dar el gran paso, e ir por él.

      Sabía que Igor estaría en su restorán, seguramente subsanando algún problema. Pero no tenía idea de cuál era el nombre del mismo. Entonces se puso a buscar en Internet los nombres de los restoranes más conocidos de Madrid. Buscaba con avidez alguna pista que le revelara cuál de todos ellos era el de Igor. Después de escudriñar en la pantalla  durante un buen rato, su vista se detuvo en un nombre que la lógica podía haberle hecho deducir desde un principio: “Zelia”. Su restorán se llamaba “Zelia”.

      El restorán se encontraba en una concurrida zona turística de la ciudad. No bien entró, la recibió una atildada recepcionista.

—    ¿Mesa para cuántas personas?—le preguntó inmediatamente, sonriendo.

      Miró con curiosidad hacia adentro del salón. Era sumamente agradable. Podían verse ya algunas mesas ocupadas por parroquianos que habían llegado bastante temprano a almorzar.

—    No, no —exclamó, retomando la conversación al darse cuenta de que se había evadido por completo—. No vengo a almorzar. Necesito hablar con el señor Igor Densky. ¿Es el propietario, no?

—    Sí. Es él. Pero desafortunadamente el señor Igor se encuentra en este momento en Barcelona.

      Su entusiasmo se desmoronó. Igor otra vez se había ido.

—    ¿Cuándo vuelve?—preguntó con voz desencantada.

—    No le sabría decir.

      Zelia quedó muda. No supo qué más preguntar. Evidentemente era poco profesional pedir a la recepcionista el número de móvil de su jefe. Así que, mientras pensaba qué hacer, se apartó hacia un costado permitiendo que la chica atendiera a una pareja que había entrado detrás de ella.

      Se notaba su desilusión, por eso al ver la expresión de amargura de su rostro, ésta se compadeció de ella.

—    Si desea esperar un minuto puedo consultarle al gerente.

      Zelia vio que la chica tomaba el teléfono y hablaba unas pocas palabras. Al instante el gerente salió de su despacho y se acercó a donde ella estaba.

—    Buenos días —le dijo con amabilidad, estrechando su mano—. ¿Me podría decir su nombre?

—    Si, cómo no. Soy Zelia Campos.

      El gerente instintivamente miró a la recepcionista que, como estaba disimuladamente atenta a la conversación, sonrió con picardía.

—    El señor Igor se encuentra en estos momentos en el restorán de Barcelona. Lo llamaron anoche por una emergencia, que afortunadamente ya se solucionó. No sabemos si de allí tiene pensado trasladarse al restorán de Valencia. Si es así, posiblemente  regrese en un par de días. Si desea puede dejar su número de móvil y él se pondrá en contacto con usted.

      Desilusionada, Zelia regresó al hotel. No sabía si volver a su pueblo o esperar a que él retornara. Temía que si se iba, fuera más difícil volver a contactarlo. En ese cabildeo estaba, cuando escuchó que timbraba su móvil. En el display figuraba «número desconocido», pero sin titubear atendió.

—    Hola —dijo, sin mucho entusiasmo.

—    Hola —escuchó que le respondían—. Soy yo. Los chicos del restorán me dieron tu número.

—    Se ve que tus empleados son muy eficientes en su trabajo, porque no hace ni una hora que me fui de allí. ¿Estás todavía en Barcelona?

—    Si. Lamento haberme ido de improviso. Resulta que este gerente se ahoga en un vaso de agua. Pero por suerte el problema ya se pudo solucionar. Espero que no te hayas ido al pueblo aún.

—    No. Estaba esperándote. ¿Cuándo vuelves?

—    Cuando hago esta vuelta, habitualmente vuelvo en dos días, pero ahora tengo miedo de que no me puedas esperar. ¿En qué hotel estás?

—    En el Monet.

—    Entonces espérame allí.

—    ¿Y Valencia?

—    Valencia puede esperar. Yo no.

      Eran las tres de la tarde cuando escuchó que golpeaban suavemente a la puerta de su habitación. Fue a abrir, suponiendo que se trataba de la mucama ya que él no podía haber llegado tan rápido. Pero efectivamente, era Igor.

—    Viniste —exclamó, con un hilo de voz.

—    Si. No podía esperar a tomar un vuelo de línea, así que contraté un vuelo particular—. Y con voz enronquecida, agregó—: ya he esperado demasiado.

      Por la ventana del hotel podían verse ya las primeras estrellas de la noche, cuando Igor le dijo:

—    Me muero de hambre. ¿Quieres ir a cenar? Te invito a mi restorán.

—    ¿A «Zelia»?

—    Si, ¿Te gusta el nombre?

—    ¿Le pusiste ese nombre por mí?

—    ¿Y por quién si no? Era una forma de tenerte conmigo cada día.

—    ¿Y cómo se llaman los otros dos?

—    El de Barcelona se llama «Igor». No es altanería; me lo merecía.

—    ¿Y el de Valencia?

—    Ese se llama «Damiana».

—    ¿Damiana?— exclamó con sobresalto—. ¿Quién es Damiana?

—    Todavía no la conocemos. Va a ser nuestra hija, que probablemente nazca dentro de  nueve meses.

—    ¿Tanta fe te tenías?

—    Así es. ¿Lo dudas, acaso?

—    No, en lo absoluto. Pero, ¿y si es un niño? ¿Acaso le cambiarías el nombre al restorán?

—    No. En ese caso tendremos que abrir otro. Y esperar a Damiana para la  próxima oportunidad. Pero más adelante lo hablaremos. Ahora vamos a cenar, y después a casa.