Homonimia
Nora Sisto
Diana González y Carlos Leal estaban casados desde hacía veinticinco años. Por la coincidencia de nombres con los príncipes de Gales, Charles y Lady Di, eran frecuentemente blanco de bromas de sus amigos, los que les apodaban cariñosamente “la pareja real”. Su matrimonio había sido muy feliz durante un tiempo, pero desde hacía varios años la convivencia entre ellos se había vuelto complicada. Diana había comenzado a padecer un trastorno psiquiátrico que la había llevado, desde la persona amable y amorosa que había sido hasta entonces, a convertirse en un ser retorcido y oscuro. El episodio culminante de su disturbio mental se había desencadenado tras la pérdida de su única hija, cinco años atrás, lo que había sumido a Diana desde entonces, en una tremenda depresión. Sobrellevaba la situación gracias a los controles médicos, y a la compañía su marido que la asistía y vigilaba durante gran parte del día.
En nombre de aquellos mejores días que había tenido su matrimonio, Carlos —aun a riesgo de perder su propia cordura— se había propuesto no abandonar a su esposa a pesar de los serios problemas que la situación le acarreaba. Tenía que atender su empleo, en el que cumplía un extenso horario hasta las seis de la tarde, momento en el que volvía a su casa para no volver a salir. Antes de llegar hacía regularmente las compras, y hasta altas horas de la noche se ocupaba de todas las tareas de la casa, ya que Diana pasaba gran parte de su día durmiendo o en estado contemplativo sin ninguna actividad productiva. A veces, cuando la situación de ella se hacía insostenible, sus jefes le permitían salir un rato para ocuparse del problema puntual, luego de lo cual regresaba rápidamente a su trabajo. A pesar de que el médico de cabecera acudía prontamente cuando se lo necesitaba, muchas veces tenía que recurrir sin dilaciones al servicio de emergencia, que por la experiencia acumulada en cada visita acostumbraba a traer personal de complexión fuerte para contrarrestar sus arranques de furia, y entonces la sedaban, y con eso la mantenían por un rato a ella y a los demás a salvo de su agresividad.
El sacrificio que Carlos hacía por su esposa era verdaderamente titánico. Aun así, él no renegaba de hacerlo a pesar de saber que su vida se había transformado en una rutina miserable. Además de haberse alejado de su círculo de amistades, como ni él ni Diana tenían parientes en esa ciudad, su vida transcurría prácticamente en una soledad angustiosa. Se resignaba a ella sin embargo porque, cautivo de su convicción religiosa pensaba que su actitud generosa podría ser, en un futuro ideal recompensada con creces. Sin embargo Diana no mejoraba. Por el contrario, cada vez eran más frecuentes sus caídas depresivas y sus brotes psicóticos, durante los cuales desde su atribulado cerebro se imaginaba blanco de todo tipo de amenazas y conspiraciones. Incluso en reiteradas ocasiones había atacado violentamente a su marido, dándole golpes y puñetazos. Pero Carlos, que era un hombre corpulento, creía que su fortaleza física iba a protegerlo siempre de los arranques de ira de esa mujer de baja estatura y complexión frágil. Además, como Diana nunca salía sola de su casa, estaba seguro de que no representaba un peligro para otros. Por eso no le daba a esas señales de alerta la importancia que habría cabido darles.
Desde hacía un tiempo, Diana parecía haberse enfocado en vigilar ocultamente a su marido, sumando así una “perla” más a su infortunado repertorio de insania. En su atribulada cabeza se había instalado la hipotética idea de que éste la engañaba con otra mujer. Sus episodios de agresividad producidos por los celos eran cada vez más violentos, y hasta los propios vecinos en alguna oportunidad se habían solidarizado con Carlos aconsejándole que la internara en una clínica psiquiátrica para que él pudiera recuperar de una buena vez la vida que desdichadamente se le había ido de las manos. Sin embargo, a pesar de estar aún a tiempo como para rehacer su vida, Carlos sentía que no debía abandonarla, porque creía así honrar el recuerdo de lo felices que habían sido en épocas mejores, y de lo mucho que entonces se habían amado. Por eso la consentía en todo lo que podía, y la acompañaba pacientemente. Se había aislado de todo aquello capaz de aportar una chispa de luz a su propia vida, pero a pesar del desgaste físico y emocional que esto le insumía, suponía que ella, desde los más recónditos confines de su ser se lo agradecía.
Sin embargo la realidad era otra. En su mundo de delirio, Diana alimentaba un profundo odio, ya que estaba convencida de que Carlos fuera de su casa se veía con una amante. Cada vez que él volvía de su trabajo revisaba, sin que él lo notara, todas sus pertenencias buscando un indicio que corroborara sus sospechas. Olía su ropa y revisaba sus papeles y sus bolsillos al milímetro, imaginando que el día menos pensado encontraría allí lo que buscaba. Sin embargo nunca hallaba algo que pudiera comprometerlo. Esta situación parecía enfurecerla aún más, porque la inducía a creer que él le ocultaba demasiado bien sus andanzas. Carlos, poco consciente de la magnitud de su pensamiento retorcido, resguardaba acérrimamente el único ámbito personal dentro del cual podía sentirse él mismo, aquel pequeño espacio en el que podía mantenerse separado de ella: su teléfono celular. En la profundidad de su pantalla creía reencontrarse con su verdadero yo, con su verdadera vida, aquella que había perdido desde hacía mucho tiempo, y que soñaba que podía recuperar cada vez que se sumergía en aquel reducido y mágico espacio. Nunca se separaba de él y generalmente lo mantenía escondido para que Diana no pudiera tomarlo.
Una tarde, después del trabajo Carlos llegó un poco más tarde a su casa. Había terminado fuera de hora, y se lo veía agitado. Le dijo a Diana que iba a tener que salir por un rato, pero que no tardaría. A pesar de tratar de aparentar naturalidad, su expresión era de inocultable júbilo, por eso Diana receló. Para que se quedara tranquila había cumplido con sus exigencias trayéndole la compra total de la lista del supermercado. Además de eso, había comprado una botella de vino que había puesto disimuladamente dentro del refrigerador, y le había dejado sobre la mesada de la cocina una pieza de carne para que la asara para la cena. Presa de un estado de ansiedad imposible de ocultar, le había dicho que metiera la carne al horno ella misma, y le había asegurado que él volvería en un par de horas cuando ésta estuviera lista. Luego ambos se sentarían a la mesa a cenar juntos, como cada día. Así que se metió rápidamente en el baño para darse una ducha, sin reparar para nada en la expresión de Diana, que había transformado sombríamente su cara.
Mientras se oía el ruido del agua que caía en el duchero, Diana vio de pronto que del bolsillo del saco que Carlos había dejado descuidadamente sobre la cama se asomaba tímidamente su teléfono celular. Al fin había quedado descuidado. Lo tomó rápidamente y fue directo a leer sus mensajes. El primero que leyó decía: “Te espero en la estación en un rato. Yo también tengo muchas ganas de verte.” Por un momento quedó paralizada. Entonces miró con malicia hacia la puerta del baño cerciorándose de que él aún no saliera, y continuó leyendo hacia atrás. En los mensajes anteriores podía leerse: “Yo también te quiero”, “Tengo muchas ganas de verte. Te quiero mucho.”, “Bueno, en un rato nos veremos y lo hablamos”, “Esa no es vida para ti”, “Tienes razón. Nunca antes quise hacerlo pero creo que va a ser lo mejor”. Y en otros: “Esto no da para más. Debes internarla cuando antes”, “No veo la hora en que podamos finalmente vivir juntos”. Y así seguían todos de manera parecida. Sin embargo su rostro adquirió el rictus extremo de la desfiguración cuando sus ojos leyeron: “Tengo una noticia para darte”.
Al salir del baño, Carlos no notó nada raro. Su ropa limpia estaba como siempre, doblada sobre la cama, pronta para que se la pusiese. Cuando se dio cuenta de que había descuidado involuntariamente su teléfono celular quedando desprotegido y al alcance de ella, se alarmó. Pero en seguida se tranquilizó al constatar que no había ninguna evidencia de que ella lo hubiese tocado. Por eso respiró tranquilo. Diana estaba en la cocina. Al parecer estaba ocupada preparando la cena. Cuando estuvo listo para salir se despidió de ella casi sin detenerse, no sin antes asegurarle que cuando la comida estuviese pronta él ya estaría en casa, y salió presuroso a la calle. Por un momento pensó que Diana se había comportado con demasiada calma y tranquilidad, al contrario de la mayoría de las veces en que siempre tenía algo para decir o discutir. Pero pensó que alguna vez podía ocurrir un milagro y ese día tal vez fuese diferente de los demás, y por eso no le dio importancia.
Sin embargo se equivocaba una vez más. Los pacientes psiquiátricos pueden a veces ocultar sus inclinaciones violentas. Y Carlos tal vez se confió demasiado en su actitud aparentemente pacífica, sin sospechar que podía ser una puesta en escena fatal. Se había ilusionado tontamente con que su amor fuese suficiente medicina para sostenerla y cuidarla, y para que él pudiera, de cierta manera manejarla. Pero era así. Diana estaba demasiado enferma, y extremadamente trastornada con aquella idea fija que se le había metido en la cabeza, y que picaneaba y aturdía desde dentro su enajenado cerebro.
La estación de autobuses estaba bastante concurrida. Agazapada, escondida entre la multitud, Diana esperaba, pendiente de lo que pasaría. Había recorrido escrutando sigilosamente todos los rincones de la estación hasta que finalmente lo había localizado. Y ahí se había quedado, oculta en un rincón a la espera. Sin perderlo de vista lo observaba atentamente. Carlos estaba sentado junto a muchas otras personas, viendo unos tras otros la llegada de los autobuses. Había mucho movimiento, y se notaba que estaba demasiado expectante como para que le fuera posible percibir su presencia.
De pronto se aproximó un autobús, que se estacionó en uno de los andenes, ante lo cual Carlos se puso inmediatamente de pie. Uno a uno, comenzaron a descender los pasajeros. Algunos de ellos se colocaban al costado del bus esperando a que abrieran la bodega para hacerse de sus respectivos equipajes. Entre todos ellos, Diana vio de pronto que una mujer joven salía presurosa de éste y corría a hacia su marido, abrazándolo con fuerza. Fue solo un segundo cuando Carlos, que abrazaba y besaba cariñosamente a la muchacha pudo atisbar por sobre el hombro de ésta que Diana se aproximaba rápidamente hacia ellos con los ojos desorbitados al mismo tiempo que extraía de entre sus ropas un cuchillo de cocina. Pero nada pudo hacer.
En los noticieros la crónica fue espeluznante: “Una mujer, bajo los efectos de un ataque psicótico asesina de varias puñaladas a su propia hija en la estación de autobuses, ante de los ojos aterrorizados del padre de ésta que no la pudo salvar, y de su novio que observó impotente la escena a escasos diez metros del lugar mientras se aproximaba con sus maletas. La chica había abandonado su hogar desde hacía varios años a instancias de su padre que la había convencido de alejarse, dado el peligro que corría junto a su madre que, poseída por una enfermedad mental irreversible la había atacado en varias oportunidades creyéndola una desconocida. Vivía desde entonces con unos familiares en otro país, y cada tanto se encontraba con su padre sin que su madre pudiera enterarse. Últimamente, estaba a punto de casarse, y ella y su pareja habían decidido ir a vivir a esa ciudad junto a su padre, a quien finalmente habían convencido de que internara a la mujer en un hospital psiquiátrico. La víctima de esta tragedia tenía solo veintidós años, y se llamaba Camila”.
NGSC Dic. 2018