Hospital De Dios

Nora Sisto

           Sentada sola en un tándem de varios asientos, Ana esperaba en el hall del Hospital Eugenio De Dios a ser convocada por la recepcionista que detrás del mostrador atendía sin cesar las llamadas telefónicas. El corredor era muy amplio, y por los grandes ventanales entraba la claridad de una mañana de invierno, fría pero luminosa. A sus treinta y cinco años de edad era la primera vez que se postulaba para un puesto de tanta importancia. Era aspirante a asistente del Director del ala de Pediatría de ese hospital tan importante de Barcelona, por lo que tenía bastante nerviosismo.  Venía sin embargo con un vasto currículum que había llegado a construir  gracias a la experiencia y el reconocimiento logrados en sus diez años de trabajo. Había vivido casi toda su vida en una provincia, aunque había estudiado en la capital para luego volver a su ciudad natal donde se había desempeñado como pediatra en hospitales de la zona. Pero ahora era el momento de aspirar a un “salto” en su carrera. Trabajar en este centro hospitalario era una muy buena oportunidad para alguien que deseara ascender, ya que era uno de los establecimientos  privados más importantes y de mayor prestigio del país.

          El complejo del hospital estaba dividido en dos edificios en los cuales funcionaban en el más grande de ellos las policlínicas y la internación, y en el otro el sector administrativo donde Ana se encontraba en ese momento, y el ala universitaria donde se dictaban cursos de posgrado. En él trabajaban médicos de mucho renombre, y recibía a su vez estudiantes que venían de todas partes a perfeccionarse  bajo la tutoría de los mejores catedráticos.

          Mientras esperaba pacientemente observaba el ir y venir de la gente. Le pareció que esa mañana había bastante tranquilidad pese a la gran cantidad de personas que estimaba que allí acudían, entre pacientes, estudiantes y funcionarios. El único sonido que se oía en el corredor y que quebraba de alguna manera lo apacible del momento era el timbre incesante del teléfono, y de tanto en tanto el anuncio de un altavoz que con un nivel acústico moderado requería la presencia de distintas personas en diferentes sectores del edificio. Entre esos llamados se repetía insistentemente:

—    Dr. Cantó, se lo requiere en Dirección General.

          Varias veces el mismo llamado, por lo cual dedujo que la persona a quien convocaban no había escuchado o bien se hacía esperar. Finalmente la recepcionista la llamó.

—    Dra. Vogué: pase por favor que ya la recibe el Director.

          Ana se levantó presurosa y pasó al despacho del Director General que la esperaba con una amable sonrisa.

—    Tome asiento. Disculpe la demora, pero había que resolver un asunto urgente. Que dicho sea de paso aún no hemos podido resolver. Pero pasemos a Ud. He estudiado su currículum y  debo decirle que es exactamente lo que estábamos necesitando. Hoy es lunes. ¿Cuándo puede comenzar?

—    Ahora mismo —, respondió Ana con una sonrisa de oreja a oreja.

          Convinieron en que empezara al día siguiente, y con gran entusiasmo se despidió del Director. Cuando iba saliendo de su despacho se cruzó con un hombre de túnica blanca que venía con visible prisa y entró apurado no sin antes saludarla cortésmente al pasar junto a ella.

—    Buen día —, le dijo serio.

—    Buen día —, contestó ella con cierto titubeo.

          Obviamente no lo conocía pero supuso en seguida que sería un médico del hospital. Lo siguió con la mirada hasta que cerró la puerta porque le pareció algo peculiar. Parecía un científico raro de esos de las películas, y se dijo que seguramente lo reconocería si volviera a verlo.

          Durante toda la primera semana Ana trabajó con gran dedicación. Quería dar una buena impresión, aunque esa era siempre su manera de trabajar.  Era cariñosa con los pacientes, atenta con los padres que se acercaban a hacerle preguntas, y cumplía a rajatabla con todas sus demás obligaciones. A sus colegas y colaboradores los iba conociendo según se daba la ocasión y en general congeniaba bien con todos, lo que hacía que el equipo en el que se estaba integrando no tuviera que alterar para nada su funcionamiento. Algunos días compartía tareas con unos colegas y otros días con otros diferentes, lo que le hizo pensar que deberían pasar varios días más para conocerlos a todos. El trabajo era exigente pero se las arreglaba de todas formas.

          Así llegó el fin de la segunda semana. Era viernes. Por fin dispondría de un par de días de descanso que pondrían un paréntesis recuperador luego de su primera incursión de esas dos intensas semanas. Planeó dormir sábado y domingo así podría estar lista el lunes para acometer los días siguientes con igual o mayor energía.  Pero a la tarde cuando se estaba preparando para irse, una compañera de piso que había conocido en tantas idas y venidas la detuvo.

—    Hoy nos reunimos en un lugar cerca de aquí para festejar el cumpleaños de un compañero. ¿Quieres venir?

—    Claro —, respondió Ana.

          Era una oportunidad para entrar en contacto con otra gente del hospital a la cual no había tenido ocasión de conocer o de presentarse.

          La reunión era en el salón de fiestas del último piso de un lujoso edificio a pocas cuadras de allí. Era un precioso lugar ambientado con una zona central que Ana supuso que se utilizaría en otras ocasiones como pista de baile, y a los costados varias zonas de living con luces difusas. Se escuchaba una suave música de fondo que permitía la conversación. Los asistentes estaban casi todos de pie, reunidos espontáneamente en pequeños grupos desperdigados mientras varios mozos y mozas muy jóvenes recorrían el salón sirviendo a los invitados distintas bebidas y bocadillos. Además de la veintena de médicos ahí congregados —a algunos de los cuales ubicaba por haberlos visto anteriormente— había otras personas que parecían no ser del  ámbito del hospital y calculó que podían ser familiares o amistades personales del homenajeado. Todos charlaban entre sí intercambiando de grupo de vez en cuando, dándole la impresión a Ana de que se conocían de siempre.  No tenía idea de quién era el homenajeado, por eso no lo saludó. Como era nueva poco tenía en común aún con esas personas, por lo que se alejó un poco del ellas y se dedicó a observar el lugar.

          Afuera había una espléndida terraza que se vislumbraba a través de los enormes ventanales de piso a techo. Lógicamente estaba vacía de gente porque el frío de la noche no invitaba a salir. Pensó que todos allí la conocerían de memoria, porque concentrados en sus risas y conversaciones nadie reparaba en ella. Seguramente no era la primera vez que venían a ese sitio para alguna celebración. Pero para ella todo a su alrededor era novedad. Por eso, y aprovechando que su ausencia pasaría probablemente inadvertida para el resto de los concurrentes abrió una de las ventanas corredizas y salió al exterior cerrándola tras de sí.

          Ana era una chica muy bonita aunque no de manera provocativa. Para esa ocasión vestía discretamente un vestido y un cárdigan de lana a los que el viento en ese lugar movía levemente así como a su corta melena de cabello castaño. Acercándose a la baranda se quedó observando el espectáculo de la ciudad iluminada que desde esa altura era realmente espectacular. Con los brazos cruzados sobre su pecho sostenía el cárdigan que tendía a abrírsele. Concentrada en ello no se dio cuenta de que alguien se aproximaba, y cuando lo vio a su lado se sobresaltó.

—    Ana, ¿verdad? —le preguntó.

          Giró la cabeza rápidamente y lo reconoció en seguida. Era el mismo hombre con el que se había cruzado en la puerta del despacho del Director General el día que ingresó. Ahora podía ver de cerca su cabello blanco y lacio que caía como al descuido sobre su frente dejando en algunas partes al descubierto unas cejas negras tupidas. Tenía unos ojitos escrutadores que de lejos y a través de las gafas de grueso armazón negro podían parecer oscuros pero que vistos de tan cerca eran de un color miel muy claro, y a pesar de su gesto amable, la  intensidad de su mirada le pareció a Ana en ese momento difícil de sostener. No era un hombre especialmente atractivo, pero sintió sin embargo en él una fuerza que la turbó al acercársele.

—    Soy el Dr. Cantó. Alex Cantó.

          Ana sonrió y estiró la mano para saludarlo, pero él ya se había acercado a su mejilla para saludarla con un beso. Su voz era ronca con una oquedad casi íntima, y hablaba con una cordialidad muy contradictoria con el carácter hosco que podría suponérsele al verlo por primera vez. No bien se presentó había comenzado a conversarle. Observó con agrado que no tenía pose de conquistador. Por el contrario, en lugar de presumir acerca de su actividad profesional o su éxito, en ese momento se veía solo como alguien que más bien estaba disfrutando enormemente al evadirse de ellos. Ella por su lado era la perfecta interlocutora porque lo escuchaba con real interés y seguía con conocimiento e inteligencia el hilo de cada una de las cosas de las que le hablaba. El contenido de la conversación podía parecer intrascendente, pero Ana entendía perfectamente el mensaje intertextual de la misma. Captaba en él a un hombre que simplemente deseaba estar tranquilo, y su compañía sumada a la soledad y el bello paisaje nocturno que ofrecía el lugar aportaban el marco perfecto. Le contó que hoy cumplía cincuenta años y que con tal motivo el personal del hospital había querido agasajarlo. Habían organizado esa recepción e invitado a personajes importantes del ámbito médico y del país, pero no se encontraba demasiado cómodo. Para su gusto, una ocasión como ésta debía tener menos relación con su trabajo y mucha más con su vida. Estuvieron afuera un buen rato, hasta que él dijo:

—    La vista es muy linda. Pero seguramente no tan linda será la neumonía que probablemente nos agarremos con este frío.

          Cuando se disponían a entrar nuevamente, por la ventana que había quedado entreabierta se asomó una mujer, que con voz de pito le conminó a entrar.

—    Alex, están buscándote.

          Alex miró a Ana con una mueca de “qué más remedio” y se metió presuroso adentro del salón. Ana entró detrás de él y pudo ver cómo la mujer lo tomaba del brazo y lo llevaba junto a un grupo de hombres y mujeres que lo saludaban con risas y aplausos. Mientras miraba de lejos la escena, una de las doctoras con las que había compartido estos últimos días en Pediatría se le acercó.

—    Es Cristina, la asistente del Director General. No lo suelta a Alex ni a sol ni a sombra. Aunque él no le da ni medio de atención. Ya quisiera ella ocupar el puesto de él. Pero no le llega ni a los talones.

          Cuando la fiesta estaba por acabar y quedaban solo unos pocos invitados, Ana se dirigió al ascensor para irse. Estaba esperando pacientemente frente a la puerta del mismo cuando vio que Alex se acercaba presurosamente, como si estuviera huyendo del tumulto.

—    ¿Nos vamos? —, exclamó con alivio.

          Al salir notó que Alex al igual que ella no había venido en coche, y como habían descubierto que vivían a pocas cuadras uno del otro accedió a ir caminando con él. El edificio donde había sido la fiesta estaba sobre una importante avenida con bastante tránsito, pero a poca distancia al dar vuelta a la esquina se convertía en un barrio tranquilo. Caminaron varias cuadras hasta que tomaron por una calle adoquinada, iluminada por faroles espaciados cuya luz difusa daba al ambiente una agradable sensación de paz.  Los comercios estaban casi todos cerrados, excepto algún que otro kiosco donde las pocas personas que aún estaban volviendo a sus casas hacían apuradamente compras de última hora. El frío parecía haber amainado o tal vez  lo cálido de la compañía los hacía olvidarse de él. Mientras marchaban sin prisa conversaban animadamente. A él le gustaba mucho la pintura y la decoración, por lo que su departamento estaba ubicado en una moderna zona de diseño sobre una calle peatonal, y había sido especialmente decorado a su gusto por artistas emergentes. En su misma cuadra había una profusión de pequeños boliches que en otras épocas más calurosas del año sacaban a la vereda mesas con grandes sombrillas y se atiborraban de turistas y gente joven, pero de los cuales ahora al pasar solo se llegaba a oír de manera muy tenue la música rítmica que sonaba adentro. Ana por su parte había alquilado un piso más modesto, no muy lejos de allí pero en una zona más tradicional y menos costosa. Cuando llegaron a la puerta de su casa, Alex se despidió cortésmente. Pero cuando ella atinó a seguir su camino la detuvo y la invitó a entrar. Ana dudó por un momento pero aceptó. 

          Al departamento se entraba directamente desde la calle. Una puerta de madera añejada daba paso a un dúplex súper moderno en el que un espectacular living de estilo minimalista dominaba completamente la escena. Compartía el espacio con una fabulosa  cocina de concepto abierto  separada de éste por una barra. Sobre la pared del fondo, de frente a la puerta de entrada un importante sofá de cuero blanco de varios cuerpos se recostaba sobre una pared revestida de metal oxidado perforado con pequeños círculos la cual se continuaba hacia un costado con una escalera de hierro y madera de dos tramos. Delante del sofá una enorme mesa ratona cuadrada de cristal dejaba entrever debajo una alfombra de lana color azabache.

          Aunque Ana no lo sabía, Alex no llevaba una intensa vida social. A pesar de lo lujoso del lugar, su casa era su lugar privado, el recinto exclusivo donde solo él habitaba lejos de una profesión que tendía a dominarlo. Muy poco le interesaba compartir su intimidad con quienes generalmente tenían el común denominador de ver en él solo al médico renombrado o al catedrático exitoso. Hacía ya varios años que había declinado el trabajo clínico para dedicarse de lleno a la investigación. La Genética, si bien se había vuelto la especialidad en la cual descollaba, era a la vez una ocupación que lo tiranizaba por completo. Indudablemente el placer de apabullar al mundo de la Medicina con sus logros era una satisfacción profesional, pero tenía muy en claro que sus aspiraciones personales eran mucho más ambiciosas y a la vez más simples. En ese espacio no había disfraces: era sencillamente él.  Abrió una botella de vino y tomaron una copa. Luego otra y otra, al mismo tiempo que avanzaba la noche y no paraban de conversar.  Y una cosa fue llevando a la otra. Cuando al despuntar la claridad del día Ana se dio cuenta de que había terminado en la cama con él se sobresaltó. Se vistió rápidamente y se fue mientras él aún dormía.

          Llegó agitada a su departamento. Eran aproximadamente las cinco de la mañana, pero por suerte era sábado así que se acostó en su propia cama con intención de cumplir su propósito de dormir hasta el domingo. Se zambulló entre las sábanas y se tapó con el edredón hasta la nariz. Cerró los ojos pensando en dormirse rápidamente, pero no habían pasado ni dos minutos cuando de improviso los volvió a abrir. Llevaba pocas horas conociéndolo, pero tenía aún en la piel la sensación de ese hombre que la había hechizado con su personalidad avasallante desarmándola por completo. No sabía muy bien quién era ni se explicaba cómo todo había desembocado tan naturalmente en algo de esa contundencia, pero sintió que aquél no había sido un encuentro erótico intrascendente. Más allá de la imprudencia que estaba segurísima de haber cometido, aquella había sido una completa, inquietante y maravillosa experiencia de vida.

          Era pasado el mediodía del lunes cuando Ana lo vio llegar. Entró al hospital con el apuro y el gesto adusto de siempre pero cuando se cruzó con ella éste se transformó en una discreta  sonrisa.

—    ¿Estás bien? — le preguntó de cerca aunque sin detenerse.

—    Bien. Si. ¿Y tú…? —alcanzó a decirle torpemente aunque él posiblemente ya no había llegado a escuchar las últimas palabras.

          Desapareció de su vista y una sensación de desazón la invadió. En ese instante se dio cuenta de que se había enamorado de él.

          Al terminar el turno cerró todas sus carpetas, apagó la computadora y se dispuso a irse. La había invadido el desánimo. No tenía ganas de quedarse a trabajar fuera del horario, y a Alex seguramente no iría a verlo otra vez ese día. Se preguntó si para él la experiencia pasada habría sido una más de una serie tal vez habitual e interminable. No era difícil suponer que sí, porque realmente no sabía quién era. Tomó sus cosas y salió. Al llegar a la calle vio que Alex estaba allí con su túnica blanca conversando con alguien, pero al verla se despidió expeditivamente acercándose a saludarla.

—    Hola. Perdón por lo de hoy. Pero estaba muy apurado.

—     No es nada  —dijo ella esbozando una respuesta de cortesía.

—    Hasta mañana entonces  —le dijo dándole un beso en la mejilla.

          Y Ana continuó su camino viendo cómo él entraba nuevamente en el hospital.

          Para Ana los días siguientes fueron insufribles. Pasaron semanas sin que volviera a verlo por ahí, y tampoco le parecía prudente preguntar por él ya que nadie tenía por qué saber el motivo de su interés. Su pesadilla se acrecentó cuando  escuchó al pasar una conversación entre Cristina y otro colega por la cual se enteró de que había volado hacía unos días a Suiza de donde volvería en unas dos o tres semanas. La vida de Alex era así. En el hospital lo consentían con  un contrato impresionante con tal de contar con su prestigio como científico de renombre, y lo apadrinaban financiando sus proyectos y asegurando su participación en todas las conferencias y eventos médicos. Nada de ataduras ni compromisos familiares. Solo su actividad laboral parecía ocupar toda la extensión de su persona. Mientras tanto Ana sentía crecer dentro de ella una ansiedad inusitada que la deprimía sin poder controlarse. Lo extrañaba enormemente.

          Pasaban las semanas una tras otra sin tener noticias de Alex y sin tener la certeza de cuándo volvería. Pero un día, mientras estaba atendiendo a uno de sus pacientes lo vio aparecer por la puerta de su sala. Había vuelto ese día.

—    ¿Tienes un rato? —le dijo como si no hubiera pasado un largo mes sin verse—. Te espero cuando salgas.

          Al salir, él efectivamente la estaba esperando en la puerta.

—    Hoy te acompaño yo hasta tu casa  —dijo él.

          Caminaron casi en silencio varias cuadras, durante las cuales le contó poco y  nada del trabajo que había ido a hacer pero sí de su viaje, de cómo se había sentido y de que a pesar de lo lindo que era el lugar en donde había estado no veía la hora de volver. Ana casi no habló. No podía decirle lo mucho que había extrañado su presencia y lo angustiada que había pasado todo ese mes sin tener noticias suyas. Estaba demasiado lábil pero quería disimularlo para no darle ventaja, y por otro lado tampoco quería  arriesgarse a interrumpir con una palabra la magia de ese momento. Cuando llegaron a su edificio, simplemente dijo:

—    Es aquí.

          Él levantó la mirada que parecía no haberse despegado del piso durante todo el trayecto, y mirando hacia la altura del edificio exclamó:

—    Hoy no te molesto. Te dejo descansar. —Y besándole la mejilla le susurró—: Hasta mañana.

          Con una inmensa decepción Ana subió a su departamento. No sabía por qué al estar finalmente con él después de tantos días su ansiedad en lugar de aplacarse, por el contrario se había disparado exponencialmente. Íntimamente había deseado que compartiera su cama una vez más. Pero él por algún motivo no lo había querido. Cuando estaba por dormirse sonó su teléfono.

—    Hola. Soy yo. Perdón por no haber subido. Estoy realmente cansado por el viaje. Nos vemos mañana.

          ¿Se verían realmente mañana? pensó, porque a priori le parecía bastante improbable dado lo poco sistemático de sus encuentros. Pero igual confió.

          Sin embargo ese día no lo vio. Ni los días siguientes. Los días fueron pasando, y Ana se entregaba de lleno a su tarea. El trabajo del hospital le consumía prácticamente todo su tiempo, lo que la ayudaba para no pensar demasiado en Alex. Cada día iba y venía por los corredores entrando y saliendo de las salas de niños, atendiendo con esmero y buen humor a sus pequeños pacientes. Cristina, por su parte parecía espiarla y cada vez que se la encontraba le hacía referencia a su compromiso con el trabajo, la puntualidad o sus responsabilidades, cosas que Ana no necesitaba que le fueran señaladas ya que cumplía perfectamente con cualquiera de ellas. A su vez, en cada oportunidad que tenía le hablaba de lo importante del trabajo del Dr. Cantó, sugiriendo siempre que era mejor que no se lo distrajera con asuntos de menor importancia. Le contó sobre la cantidad de proyectos y trabajos que éste  realizaba para el hospital por lo que era imprescindible dejarle el camino libre, y de algún modo la persuadió de que esa actividad tan exhaustiva y abrumadora para él improbablemente pudiera ser  compatible con tener una pareja y menos aún con la formación de una familia. La convenció de que era  mejor dejarlo solo. Y Ana le creyó.

          Por otra parte, su presunción del poco interés de Alex hacia ella parecía confirmársele cada vez que pasaba días sin verlo, o cuando le parecía que él la trataba como a un colega más, y también cuando se enteraba de que se había ido de viaje sin despedirse. Entonces creyó firmemente que era el momento de poner punto final a unas expectativas que parecían absolutamente sin fundamento. Era absurdo seguir soñando con una posible relación que parecía no tener el más mínimo asidero. Pero no habían pasado ni dos meses de aquel memorable encuentro cuando Ana se dio cuenta de que estaba embarazada. Entonces no supo qué  hacer. Sin embargo  la dominó todo aquello dicho por Cristina y tomó una decisión.

          Ese mismo día cuando estaba por irse vio que Alex pasaba por el corredor. Seguramente se había quedado fuera del horario igual que ella, aunque creía que él no cumplía ninguno ya que parecía estar ocupado todo el tiempo. Al verla se detuvo y se le acercó.

—    Todavía por acá —le dijo risueño como si no se hubiera dado cuenta de que él también lo estaba.

—    Si. Pero ya por suerte este era el último. Ya me voy.

—    Te acompaño —dijo él mientras apagaba su teléfono.

—    No, gracias. Voy para otro sitio —respondió ella forzadamente, observando con sorpresa en él un sutil gesto de decepción.

          Otro día, cuando estaba terminando sus informes Alex se le acercó. Su expresión era extraña.

—    ¿Te espero a la salida? —le preguntó con un atisbo de seriedad.

          A lo que Ana respondió evasivamente:

—    No. Me voy a tardar todavía un rato más.

          Pero esta vez él la miró sin decir ni una palabra. Y como ella bajó la vista, se marchó. Desde ese día no volvió a insistir.

          Es así que durante los días siguientes Ana comenzó a alejarse de Alex. Trataba de evitarlo para no tener que hablar con él y además por las dudas de que él con su sagacidad se diera cuenta de lo que le estaba pasando. A veces después de que lo veía irse se quedaba largo rato esperando a que se alejara lo suficiente como para evitar cruzárselo de camino a su casa. Sentía que la angustia la consumía, pero se había metido en la cabeza que eso era lo mejor, aunque en el fondo sentía también el temor  de que él al saber de su embarazo la rechazara. Hasta pensó en renunciar a su trabajo e irse del hospital. Pero había conseguido un puesto importante y no quería desperdiciarlo. Sin embargo, más allá de todas sus elucubraciones había algo misterioso que la inquietaba. Alex había dejado de acercarse a ella pero parecía estar más cerca que nunca. Sentía que él respetaba su alejamiento pero actuaba como si no lo considerara posible. Parecía más bien que la esperaba.

          Pasaron dos meses en esa situación hasta que un mediodía inevitablemente se encontraron. Ana estaba en la puerta de entrada del hospital justo en lo alto de la escalera tomando un respiro cuando Alex apareció. Venía subiendo, pisando los escalones con determinación, en tanto que cuatro o cinco personas que al parecer venían con él trataban de seguirle el paso a poca distancia. A diferencia de la forma en que estaba habituada a verlo, siempre enfundado en su túnica blanca o vestido de manera casual, esta vez vestía un impecable traje oscuro,  camisa blanca y una corbata a rayas azul claro. El cabello blanco peinado descuidadamente contrastaba nítidamente con su atuendo dándole una sensualidad nunca vista por ella. Con gesto duro la venía mirando desde que la vio, y sus ojos parecían destellar detrás de los cristales de sus gafas con una fuerza inusitada. Al pasar a su lado fue solo un instante en que quedaron frente a frente en el que Ana pudo ver en lo profundo de su mirada una mezcla de resentimiento y dolor que la traspasó. ¿A él le importaba? Un escalofrío la atravesó y por más que intentó devolverle una mirada comprensiva se dio cuenta de que él no podía entenderla. Porque él no sabía.

          Cuando sintió que el piso dejaba de temblar debajo de sus pies entró, suponiendo que el golpe aunque duro ya había pasado. Pero se equivocaba. Porque de paso por el corredor escuchó a un grupo de estudiantes que habían presenciado la escena y se habían quedado cuchicheando entre ellos. El profesor Cantó se iba mañana para Estados Unidos. Por un año. Fingiendo un casual interés se acercó a ellos y les preguntó para confirmar lo que habría deseado no haber escuchado. Efectivamente, Alex se iba mañana a Estados Unidos, a una universidad muy importante a realizar un trabajo. Durante un año entero. Aparentemente él mismo lo había solicitado. Cuando los chicos siguieron su camino atinó a sentarse en uno de los asientos del tándem para no caer desmayada. Se quedó inmóvil hasta que su jefe que justo pasaba por el lugar notó su palidez y la acompañó hasta la enfermería, donde luego de controlarla le aconsejó que se retirara a su casa y descansara todo el fin de semana.

          Pero no podía irse. Tenía que verlo antes de que se fuera. Por eso se quedó en el hospital hasta la salida del turno, sintiendo cómo la pesadumbre la invadía. Esperaba verlo pasar en cualquier momento por el corredor pero se equivocó. Alex no estaba. Entonces preguntó por él con la excusa de saludarlo por su viaje pero le comunicaron que hacía ya largo rato que se había retirado a su casa. Entonces salió desesperada a la calle sin saber hacia dónde ir. Su corazón latía a mil por hora aunque su paso era pesado e indeciso. Se iba mañana mismo, y un año era demasiado tiempo. No era lo que ella había supuesto que pasaría. No así. Caminó sin rumbo sin saber qué hacer hasta que de pronto se encontró frente a la puerta de la casa de Alex. Tocó timbre. Aunque no sabía qué podía pasar.

          Cuando Alex abrió la puerta se quedó mirándola fijamente sin decir nada. Le dio la espalda  bruscamente y dejando la puerta abierta de par en par caminó hasta el sofá. Ana entró vacilante y cerró la puerta despacio, como ganando tiempo. El amplio abrigo disimulaba lo abultado de su vientre que sin éste ya era notoriamente visible. Alex se había quedado de pie entre el sofá y la mesa del living, marcando una separación entre ambos, y la miraba  desafiante. Todavía vestía la camisa blanca y el pantalón oscuro tal como lo había visto más temprano, pero el saco y la corbata estaban tirados junto a sus gafas sobre el sillón. Sobre la mesa había una botella de whisky y un vaso servido a medio terminar. Él fue el primero en hablar.

—    Perdona que no te invite a que tomes asiento pero estoy realmente muy ocupado —dijo con tono hostil y visiblemente alterado.

—    No importa. No voy a quedarme mucho rato —dijo ella tratando de darle un tono sereno a la conversación—. Solamente vine porque tengo algo que decirte. Es algo que tienes que saber antes de que te vayas.

          Y como él se quedó mirándola expectante, luego de unos segundos de vacilación le dijo simplemente:

—    Estoy embarazada.

—    ¡Qué bien! —exclamó Alex estrellando con fuerza sobre la mesa las llaves que aún tenía en su mano—. ¡Era justo lo que me hacía falta para irme bien tranquilo!

          Y agregó con ironía:

—    Te felicito. A ti y al padre.

          Ana lo miró con tristeza tratando de no perder la calma, y al cabo de unos segundos le reiteró, esta vez tratando de explicarse mejor:

—    No entendiste —le dijo suavemente.

           Entonces le repitió con un extraño énfasis y mirándolo a los ojos:

—    Estoy embarazada.

          Se hizo un raro silencio, y entonces continuó:

—     No iba a decírtelo ahora. Pero no porque no quisiera que lo sepas. Pensé que con el paso del tiempo, cuando te dieras cuenta tal vez íbamos a tener la oportunidad de conversarlo más tranquilamente. Pero te vas, y un año es demasiado tiempo. Al menos para mí. Yo te amo. Comencé a amarte el mismo día en que te conocí, y voy a tener este niño porque lo deseo más que nada. Vine ahora a decírtelo porque tú eres el padre y por lo tanto tienes derecho a saber de él, a estar presente cuando nazca, y a verlo si quieres desde el primer día.  Si te lo oculté fue solo porque no quise que esto comprometiera de algún modo tu trabajo en el hospital. No te estoy pidiendo nada. Solo no quería que te fueras sin saberlo.

          Y como él se había quedado callado, se despidió.

—    Ahora me voy. Que tengas buen viaje.

          Fue apenas un instante, apenas un segundo en el cual pudo ver antes de irse cómo los ojos de aquel hombre perdían aquel brillo de odio y dolor con que la habían mirado hasta hacía un rato y pasaban a tener otro brillo, el de una humedad que los anegaba por completo. Salió a la calle conteniendo las lágrimas. Llegó a su casa agobiada y explotó en llanto. Él no había dicho nada. No se había dignado a responderle. Se iba y seguramente no  volvería a verlo. Ahora sí era el verdadero punto final.

          Sus labios seguían apretados con amargura mientras las lágrimas caían por sus mejillas aún heladas por el frío de la calle cuando escuchó el sonido del timbre. Abrió. Allí estaba él. A pesar de la tarde helada había venido en mangas de camisa, tal como estaba solo unos minutos atrás. Entró con brusquedad sin darle tiempo a decir nada, mientras ella cerraba la puerta. A menos de dos pasos se detuvo y la enfrentó. Era evidente su estado de agitación, pero comenzó a hablarle tratando de calmarse. Su voz más ronca  aún que lo habitual se escuchaba quebrada y sus palabras aunque por momentos fuertes parecían buscar desesperadamente una sensatez que las aplacara.

—    ¡De modo que mi profesión es más importante que mi vida!  No sé de dónde pudiste sacar esa barbaridad. La única persona que podría pensar esa idiotez sería  alguien como la estúpida de Cristina. Soy un hombre famoso. Es verdad. Toda la comunidad médica  conoce al Dr. Alexander Cantó, el médico que ha hecho descubrimientos importantes, que publica artículos en las más prestigiosas revistas de Medicina, que aparece en reportajes de TV y recibe premios de todo tipo. Me llaman para todos los eventos científicos. Me aplauden en todas mis  conferencias. Es cierto. No tengo por qué negarlo: amo mi profesión y me enorgullezco de mí mismo y de mi trabajo porque en él pongo toda mi pasión y mi energía. Pero mi profesión es mi trabajo. No es mi vida. Mi vida soy yo, es mi cuerpo, son mis sentimientos, es el conjunto de mis gustos, mis errores, mis alegrías, mis tristezas, mis miedos y temores. No tienes idea del infierno que pasé durante estos últimos meses pensando que te habías alejado de mí por algún motivo que desconocía. Y cuando me dijiste que estabas embarazada todo se me derrumbó porque creí que estabas con alguien más.

          Hizo un alto porque la emoción lo envolvía. Se acercó más y la tomó por los brazos.

—    Estoy demasiado acostumbrado a vivir solo, a no rendir cuentas de mi vida a nadie. Toda mi vida he sido demasiado independiente, es decir aprendí a no depender de los demás. Aprendí a no tener que decirle a nadie qué hago o adónde voy. No sé qué significa compartir mi vida con otra persona, decirle a qué hora salgo, por qué me voy o dónde voy a estar. Pero contigo jamás fue desinterés. Confié demasiado en la certeza que tenía. Porque Dios sabe que lo que menos siento por ti es desinterés.

          Ella lo había atendido en silencio sin poder responderle con palabras porque no había palabras para eso. Entonces lo abrazó con toda su fuerza. Estuvieron así un instante hasta que de pronto él se apartó al sentir el volumen del vientre de Ana que de tan cerca ya se percibía inequívocamente. Lo miró bien y entonces al fin se animó a sonreír.

          Pero faltaba otra explicación:

—    ¿Sabes lo que más me molestaba? Mi cerebro está programado para percibir  certezas, y mi intuición jamás me ha fallado. Desde que te conocí supe que eras la persona que quería en mi vida, y por tu respuesta estaba seguro. Era tan  innegable tu vibración al estar cerca de mí como la emoción en tus pupilas que se dilataban sin que pudieras controlarlas. Y cuando estuvimos juntos pude comprobarlo rotundamente porque la biología no se equivoca. Por eso jamás dudé. Pero sin embargo me despisté cuando comenzaste a engañarme y a confundirme haciéndome  suponer lo contrario. Esa contradicción me tenía absolutamente preocupado porque no encontraba argumentos para  refutar ninguna de las dos cosas.

          Ana lo había escuchado atentamente. Pero cuando terminó tuvo que explicarle su punto de vista.

—    Alex, tú no ayudabas en nada, por lo que supuse que no te interesaba tener una relación. Y tampoco quería forzarte haciéndote saber que esperaba un hijo tuyo.

          Hizo una pausa, y recordando lo mal que lo había pasado prosiguió:

—    Cada vez que te marchabas sin despedirte me moría. Lo único que me consolaba era saber que te llevaba dentro de mí.

          Podrían haber seguido hablando y hablando, explicándose mutuamente toda la noche  pero era necesario poner un punto y aparte a la conversación, así que Alex decretó:

—    Calla, mujer, que no tengo mucho tiempo.

          Pasaron juntos otra noche memorable, y ya entrada la madrugada cuando  estuvieron más tranquilos pudieron reanudar su conversación. Alex había recuperado su buen humor y era otra vez el hombre confiable y afectuoso que ella quería.

—    Soy un hombre muy inteligente con un cerebro privilegiado, un científico renombrado y lleno de títulos, ¿cómo es posible que una mujer me haya  complicado tanto la vida?

          Y como al descuido agregó:

—    …..mejor dicho, dos mujeres.

          Ana le respondió sin pensarlo mucho:

—    Esos son los riesgos del trabajo en equipo.

          Pero en seguida levantó la cabeza de la almohada y poniéndose de costado lo miró con desconfianza.

—    Yo no te he dicho que es una niña. ¿Cómo lo sabes? —dijo esperando con curiosidad su respuesta.

          Pero igual le confirmó:

—    Si. Es Emma.

          Entonces él se explicó:

—    ¿Viste esas personas con las cuales fui hoy al hospital? Son los que financian el proyecto norteamericano. Dos de ellos son los dueños de la clínica en la cual te hiciste las ecografías. Esta mañana mientras los esperaba vi por casualidad en una de las computadoras un archivo  con tu nombre. Y no hay muchas personas que se llamen Ana Vogué, así que no tuve más remedio que abrirlo y  mirar…

—    Por eso estabas tan desencajado.

—    ¿Cómo habrías reaccionado tú, primero al desconcierto y luego al miedo  por no saber quién era el padre?

          Entonces cambió de tono y continuó como si estuviera dando una clase magistral a sus alumnos:

—    Aunque por el número de semanas había una altísima probabilidad de que fuera yo. Pero como no me habías dicho nada, y además parecía que evitabas que lo supiera...

          Lo interrumpió asombrada:

—    ¿Contaste las semanas? ¡No lo puedo creer!

—    Ese es mi trabajo —dijo con fingida soberbia.

          Y continuó risueño:

—    …y si no hubiera sido porque hoy mismo me voy, me las habría ingeniado para obtener un examen de ADN.

—    ¿Realmente lo habrías hecho?

—    No lo dudes. Me mataba imaginar que pudieras haber estado con otro hombre. Aunque sabía que no podía ser nadie del hospital.

—    ¿Acaso me vigilabas?

—    No, no. Digamos que estaba al tanto. La gente del hospital conversa mucho. Y uno sabe con quién hablar. Pero cuando te ibas a tu casa no podía saber si te veías con alguien.

—    ¡Eres realmente increíble!

          Ya era de mañana, y Alex se marchaba por la tarde.

—    Matilde me va a matar —dijo de pronto mirando el reloj—. Le dije que me preparara la maleta y se debe estar preguntando por qué no estoy en casa.

—    ¿Matilde? —preguntó Ana con picardía.

—    Es mi casera. Es como mi madre. Me cocina, hace todas las cosas de la casa y me cuida como si fuera su hijo. Ahora mismo se debe estar preguntando dónde estoy. Tengo que irme.

—    Si, ya sé… —dijo Ana con tristeza recordando que se iba por largo tiempo.

—    Te pido lo siguiente —dijo él recobrando la seriedad—. Realmente tengo que irme porque asumí un importante compromiso y debo cumplir. Es un trabajo de investigación muy importante y no puedo dejarlos colgados. Te pido que me esperes solo un mes. Voy a tratar de organizar el trabajo y después me tomo un semana para venir y poder conversar tranquilos sobre nosotros. Lamentablemente la decisión de irme lejos la tomé cuando creí que no querías estar conmigo. Tenía que alejarme, porque eso me estaba matando.

          Y a modo de rezongo:

—    Si me hubieras contado todo como correspondía esto no tendría que haber pasado. Pero ahora ya está.

          Era hora de despedirse, pero esta vez la distancia prometía no ser tan angustiosa como las anteriores. Porque en ese punto comenzaba su relación.

—    Ahora lo que tenemos que hacer es descansar lo más que podamos para eliminar todo el estrés que pasamos. Aunque posiblemente los dos vamos a necesitar varios días para recuperarnos totalmente. Prométeme que vas a descansar muy bien todo el domingo. Yo por mi parte tengo diez horas de vuelo en las que pienso dormir como un rey.

          Tanteó con suavidad su panza mientras le decía:

—    Y cuando vuelvas al trabajo quiero que la luzcas, porque yo estoy contigo. Solo te pido una cosa. Hasta que yo regrese prefiero que no sepan que el padre soy yo, y menos que menos Cristina. No quisiera que la Junta Directiva  del hospital entre en pánico sin estar yo presente para tranquilizarla. Sé que cuando hable con el Director General y le asegure que el trabajo va a continuar normalmente él va a tomarlo con calma, pero prefiero encargarme yo mismo de eso cuando regrese.

—    ¿Tiene hijos?

—    Si. Cuatro.

          Y agregó con una sonrisa socarrona:

—    …y ve sabiendo que yo no pienso quedarme atrás.

          Durante ese mes interminable para ellos, el ambiente del hospital De Dios estuvo sin embargo muy animado. En los corrillos se comentaba acerca del embarazo de Ana, y como ésta no soltaba prenda se hacían las conjeturas más insólitas acerca de la desconocida paternidad. Se presumía que quizá era de aquel practicante rubio y guapo del que todas las estudiantes estaban enamoradas, o tal vez del anestesista mujeriego que siempre estaba a la pesca, y hasta se llegó a sospechar de un paciente muy buen mozo que había hecho suspirar a más de una enfermera. En los grupos más jocosos se hicieron incluso apuestas, y todos esperaban ansiosamente como chicos la pronta revelación del misterio. Solo Cristina tenía una fuerte corazonada, pero no la daba a conocer porque íntimamente deseaba que ésta no se confirmara.

          Y al fin Alex regresó. Ana lo esperaba en el dúplex  acompañada por Matilde que quería abrazarlo por la noticia y por eso esperó a que él llegara para marcharse. Después de un reencuentro emotivo como ya se había vuelto costumbre por las veces anteriores, volvieron ambos a la realidad cotidiana. Cada uno conservaba por el momento su propio departamento, pero se veían en uno u otro todos los días. Después del anuncio que dejó atónitos a casi todos e hizo perder las apuestas a la mayoría, y luego de las múltiples  felicitaciones, comenzaron a llevarse a cabo las conversaciones con las autoridades del hospital tal como Alex había previsto.  

—    Estuve pensando lo siguiente —dijo Alex mientras desayunaban—. Sé bien que este proyecto tengo que llevarlo hasta el final, porque tienen mi compromiso con él y hay mucha gente involucrada. Sobre todo investigadores jóvenes que me toman como guía. Por lo cual es importante que esté con ellos. En un primer momento pensé que tú podrías venir conmigo, pero surgieron dos inconvenientes importantes. Uno es que no creo que debieras renunciar a un trabajo que recién has comenzado y que además haces muy bien y te agrada. Y el segundo que es el más importante es que a esta altura no parecen conveniente para ti las idas y venidas en avión.

          Y continuó:

—    Pero hay otra opción que puede funcionar, aunque significa cambiar un poco el funcionamiento del mismo. Es decir, que el trabajo se realice en parte a distancia pero con un apoyo permanente allá, y eventualmente yo viajaría solo una semana cada tanto para supervisar los avances. Esto creo firmemente que es viable, y estoy seguro de que me van a dar el OK. Aunque sea más complejo y cansador solucionaría en gran parte lo nuestro.

          Y para terminar de redondear el plan:

—    La semana próxima tengo que irme nuevamente pero por pocos días. Mientras tanto me gustaría que fueses buscando una casa grande para mudarnos, con jardín y con amplitud suficiente para una familia.

—    ¿También vas a querer un perro? —dijo ella en son de broma.

—    Yo no, pero los niños seguramente nos lo pidan.

          Tanto en Estados Unidos como en Barcelona Alex había por fin arreglado toda la organización de su trabajo y la había puesto en pleno funcionamiento. Seguía siendo el principal investigador y director del proyecto pero había armado un equipo con jóvenes entusiastas que demostraban una gran capacidad y ambición por sacarlo adelante, por lo que podía estar tranquilo al delegar gran parte de éste en sus manos. Era la primera vez que confiaba por completo a otros sus propias ideas. Pero estaba aprendiendo.

          Ana estaba trabajando aún en el hospital cuando comenzaron los primeros síntomas del trabajo de parto. Todavía no se habían cumplido las semanas reglamentarias, pero Emma estaba apurada por salir. Mientras Ana quedó en observación, Alex que se encontraba fuera del país tomó el primer vuelo al enterarse y pudo llegar a tiempo para  presenciar al parto.

          Pasó un año, y al invierno siguiente tras la —una vez más— finalización exitosa de su trabajo, Alex y su equipo recibieron un importante reconocimiento. Durante la ceremonia de premiación, éste dio un emotivo discurso que conmovió a todos los asistentes.

—    …La Naturaleza nos regala permanentemente indicios para que podamos descifrar sus más profundos misterios. Para un científico es común que un hecho aleatorio lo inspire a formular las más  locas teorías y las más osadas predicciones  acerca de él.  Su impacto puede sacudirlo tan fuerte que incluso le lleva a seguir tras él todo el camino necesario con tal de dominarlo. Pero corre el riesgo de creerse amo y señor de su hallazgo, y de manipularlo sin permitir que éste modifique su vida.

          Mientras hablaba no dejaba de mirar a Ana que había empezado a escucharlo con especial interés.

—    …Cualquier intervención científica sobre la Vida es valiosa solo si se traduce  en vida real. Es decir, si en lugar de ser atesorada como un trofeo  convierte a cada  uno de nosotros en mejores individuos. Los caminos de la Ciencia no son los mismos que los caminos de Dios, aunque muchas veces se entrecruzan. Y cuando esto sucede es cuando se conciben las obras más trascendentales. La Ciencia nos permite comprobar empíricamente nuestras suposiciones, planear lo que deseamos que suceda y de algún modo nos facilita artimañas para trepar hasta nuestros sueños. Pero solamente Dios con su gran  sabiduría nos da las chances verdaderas para que éstos se cumplan. Como científico pero fundamentalmente como hombre lo he comprobado. Muchas gracias.

          Cuando después de recibir los aplausos regresó a la mesa, Ana lo miró incrédula.

—    ¿Eso significa que cuando apareciste aquella noche en esa terraza ya habías  planeado toda nuestra vida?

—    Ese es mi trabajo —contestó él con una sonrisa de satisfacción mientras acomodaba la servilleta sobre su regazo.

          Y agregó, entregándole una de las dos copas de agua que había levantado:

—    ¿Realmente no supiste lo que iba a pasar entre nosotros cuando nos cruzamos aquel día en la puerta del Director General?

          Ana casi se ruborizó porque sabía que era cierto.

—    ¿Y cuando me invitaste a entrar en tu casa…?

—    Bueno...no podía esperar. Eso fue lo que se dice un recurso de contingencia. Perdón pero no habría podido concentrarme en mi trabajo un mes en Suiza si me iba sin comprobar lo que suponía.

          Sonreía como un chico que hubiese hecho una colosal travesura.

—    ¿Y si no me enamoraba de ti?

—    Esa era mi hipótesis principal… pero por algo soy tan bueno en lo que hago.

          Ana sonrió y ahí se dio cuenta de que efectivamente todos los premios que había cosechado su marido a lo largo de toda su vida eran por demás infinitamente merecidos. De vuelta en su casa, Ana pudo darle otro premio más: su nuevo embarazo era ahora de mellizos.

          Pasaron los años y la vida siguió su curso. Emma  se convirtió en una afamada diseñadora y artista plástica que expone su obra por todo el mundo. Los mellizos estudiaron Medicina y dirigen junto a su madre una prestigiosa clínica de fertilización. Y de los otros tres, uno estudia para ser piloto aeronáutico, otra es bailarina clásica y el menor de ellos, Alexander sueña con dedicarse a la Política. Alex ya retirado de la actividad médica se dedica en su hermosa casa de campo a disfrutar de su vida junto a su mujer,  sus hijos, los amigos de sus hijos, sus propios amigos y sus perros. Y Ana, en el punto más alto de su carrera profesional sabe sin embargo que su mayor logro ha sido concebir junto a Alex una vida extraordinaria.

          A veces se pregunta si algún día le confesará que aquella fría noche en su fiesta de cumpleaños ella no había oprimido aún el botón del ascensor: estaba haciendo tiempo frente a la puerta del mismo con la ilusión de que él apareciera.

 

 

 

 

 

 

 

 

NGSC /2018