Investigación profunda
Nora Sisto
El Departamento de Investigaciones Policiales era mucho más grande de lo que ella habría podido suponer. Después de preguntar en el mostrador de la entrada hacia dónde se tenían que dirigir, Lía y dos compañeros de clase franquearon una puerta de vidrio y entraron a un gran salón en el que muchos funcionarios en sus respectivos escritorios parecían estar bastante ocupados en sus tareas porque ninguno de ellos les preguntó quiénes eran o adónde querían ir. Después de ahí tomaron el corredor hacia la derecha, tal como les habían indicado y al final del mismo se encontraron con una oficina pequeña en donde los recibieron dos agentes uniformados que estaban conversando de pie al lado de un escritorio.
— Buenas tardes —dijo uno de los agente, mirándolos con curiosidad—. ¿En qué podemos ayudarlos?
— Venimos de parte del Inspector General —se apuró a decir Lía—. Somos estudiantes de la Facultad de Psicología. Estamos haciendo una tesis sobre criminalidad y fuimos autorizados a participar en algunas intervenciones de este Departamento, como observadores.
— ¿Con nosotros? —exclamó el muchacho, mostrándose incrédulo—. ¿Y les indicaron con quién trabajar?
— No —continuó diciendo Lía, con decisión—. En realidad le explicamos quiénes éramos al chico de la recepción y este nos dijo que viniéramos aquí y preguntáramos por “el abuelo”.
— “El abuelo” —repitió uno de los agentes, tratando de contener la risa.
Ambos agentes se miraron intentando mostrarse serios. Los dos habían entendido perfectamente lo que Lía les había dicho. Entonces, uno de ellos se dio vuelta para dirigirle la palabra a quien, sentado frente a aquel escritorio había continuado trabajando sin levantar la cabeza y sin aparentemente prestar atención a lo que ellos comentaban, pero que desapercibidamente había seguido la conversación al pie de la letra.
— ¿Tienes idea de a quién se podrán referir con eso de “el abuelo”? —le dijo haciendo de cuenta de que no se estaba burlando de él.
— ¿No tienen que ir a trabajar? —respondió el hombre, levantando la vista un segundo y volviendo a lo que estaba haciendo—. Acompañen a estos muchachos a la sala de reuniones y vean qué trabajo tienen que hacer.
Lía lo miró un tanto molesta. Al lado de aquellos dos chicos simpáticos, ese funcionario era obviamente bastante desatento, porque no se había tomado el trabajo ni siquiera de atender él mismo lo que ellos habían venido a solicitar.
— No te enfades —le dijo uno de los agentes en voz baja a Lía mientras los conducía hacia la sala de reuniones—. El comisario inspector Vallejo no es demasiado simpático pero es de lo mejorcito que tenemos acá.
— Él es “el abuelo”, ¿verdad? —acotó Lía, que se había dado cuenta del porqué de su apelativo.
— Ja ja —rio el muchacho—. Sí. Él lo sabe y no le molesta que lo llamemos así. Es un amargado, pero es un muy buen policía y nos cuida más que nadie.
El trabajo que Lía y sus amigos tenían que hacer era relativo al comportamiento criminal en ciertos casos puntuales. Era la tesis final de su carrera de psicólogos y para eso se habían planteado un objetivo fuera de lo común: participar en alguna de las intervenciones policiales para obtener de primera mano todos los datos posibles. Contaban con la autorización del Director General de ese Departamento que, por ser allegado al rector de la facultad, no había tenido más remedio que acceder al pedido, no sin antes intentar disuadirlos de todas las formas posibles. Es que Lía, que era la líder de los tres, era muy obstinada y, a pesar de que el objetivo era ambicioso no había cejado hasta obtener dicha autorización.
Después de completados todos los formularios y papeles de admisión, el equipo de Lía fue convocado para participar en un caso. Esta era la primera de las tres intervenciones que habían pactado y se trataba de la investigación de un delito de contrabando. No iba a configurar una situación de extremo peligro, sin embargo habían sido advertidos de que cualquier intervención de ese tipo siempre revestía una potencial peligrosidad.
El equipo de investigadores destinado a dicho caso estaba compuesto por cinco personas. Entre ellos estaban aquellos dos chicos que habían conocido el primer día en la comisaría y otros tres agentes más. Lía se sorprendió de que entre ellos no estuviera “el abuelo”, quien por su rango se suponía que era quien daba las directivas de la acción. El operativo se llevó a cabo sin mayores contratiempos, y Lía y sus compañeros pudieron sacar nota entusiastamente de cada paso de la operación. Para ellos era una situación original, solo comparable con las de las películas.
La redacción del informe para la facultad fue muy completo. En él los chicos no solo describían cada decisión y cada paso de los tomados por los investigadores sino que además incluían una discusión acerca de los aciertos y los errores que habían podido observar. Pero a Lía —cuya imaginación volaba más velozmente que la de sus compañeros— se le ocurrió plantear por su cuenta una alternativa que le pareció interesante para mejorar la logística de la acción. Para eso se atrevió a ir por su cuenta a la comisaría a hablar con el “abuelo”. Al entrar, en el mostrador una mujer policía la detuvo. Después de explicarle pormenorizadamente el motivo de su visita, fue directamente a la oficina en donde lo había visto por primera vez. Lo encontró igual que entonces, con la cabeza metida en su computadora, por lo cual golpeó con los nudillos en el marco de la puerta para anunciarse, y entró.
Lía era una muchacha preciosa, de rasgos delicados y linda figura. Desde niña estaba acostumbrada a una vida sin sobresaltos. Sus padres le costeaban sus estudios y el departamento en que vivía, y no tenía demasiada idea de qué significaba salir a trabajar. Desde el colegio había sido siempre una alumna destacada, con notas sobresalientes, admirada por su capacidad, y ahora era una universitaria brillante para la cual esta original actividad se le presentaba como un nuevo desafío que iba a rendirle la finalización de su carrera. Por eso, estaba empeñada en demostrar su inteligencia también en este ámbito.
— ¿Qué quieres? —le preguntó de mala manera, levantando la vista.
— Buenos días —enfatizó Lía, con la intención de hacerle notar su falta de cortesía—. Vengo a hablar con usted.
— ¿De qué? —respondió él mostrándole impaciencia.
— Deseo plantearle algunos cambios a la operativa con la que se encaró la intervención de hace unos días, que estimo podrían ser útiles para una próxima oportunidad.
— Mira —le respondió él mirándola a la cara—, podría escucharte solo por compromiso, pero hace tiempo que estoy en esto y no creo que puedas aportar algo que no sepa. Por eso, para que ni tú ni yo perdamos nuestro tiempo, te diría que no me interesa lo que me quieras decir.
Lía lo miró contrariada y se retiró sin responder. No estaba acostumbrada a ser rechazada. Pero a pesar de lo breve y accidentada de la entrevista, esta alcanzó para que la sorprendieran aquellos ojos negros de mirada penetrante que parecieron brillar cuando él le habló. Al salir, en el mostrador de entrada la mujer policía la atajó.
— ¿Cómo te fue? —le preguntó, intuyendo que él la había echado.
— Mal. Supongo que no está dispuesto a escuchar nuevas ideas.
— ¿Tu nombre es Lía, verdad? Yo soy Eva. No te lo quise adelantar, pero ya me imaginaba que el inspector Vallejo no iba a tratarte bien.
— Por lo visto es un maleducado. Ni siquiera se levantó para saludarme.
Eva lo pensó un poco antes de continuar la conversación, como si estuviera midiendo internamente lo que le iba a decir. Pero una inexplicable y repentina intuición la asaltó y se decidió a hablarle.
— ¿Quieres ir a tomar un café? Acá en la esquina hay un bar.
Lía no tenía idea. A medida que Eva le relataba los hechos comenzó a conmoverse respecto a él. Su nombre era Itzar. Sus compañeros lo llamaban cariñosamente “el abuelo”, principalmente porque los respaldaba férreamente y otro poco porque parecía un viejo en su forma de actuar. Hacía dos años, durante una operación había salvado de la muerte a uno de sus subordinados interponiendo su cuerpo entre la bala y él. A raíz de aquel episodio había ganado el respeto y la admiración de todos sus compañeros. No obstante, su arrojo le había valido su discapacidad y ahora dependía de una silla de ruedas. Ella, a primera vista no se había percatado de eso, pero ahora que lo sabía su pensamiento hacia él cambiaba radicalmente.
La charla con Eva había sido tan amena como esclarecedora, y ambas la tomaron como el inicio de una buena amistad. Cuando se estaban despidiendo en la entrada de la comisaría, Itzar apareció. Al verlas, las saludó desde lejos con un parco movimiento de su cabeza y se aprontó junto al cordón de la vereda esperando a que pasaran por él. Lía lo siguió con la mirada hasta que el coche dio vuelta a la esquina. Después, se marchó pensativa.
A las dos semanas, fueron convocados nuevamente para participar en un operativo. Era el segundo en su lista. Esta vez se trataba del rescate de un niño que había sido tomado por su padre como rehén. Este caso les resultó muy fructífero porque pudieron aprender cómo se manejaban los negociadores y qué técnicas utilizaban para proteger al menor. Igual que en la vez anterior, el informe realizado por los chicos para la facultad fue muy completo y les sirvió para obtener una excelente calificación. También del mismo modo que en la vez anterior, a Lía se le ocurrieron ideas innovadoras para proponer, pero en este caso se abstuvo de proponerlas. No era porque considerara que no fueran suficientemente valiosas, sino porque no quería enfrentar otra vez a Itzar. No obstante, en el fondo lo lamentó porque al fin de cuentas perdía una buena excusa para hablarle.
Pasaban los días, y Lía comenzó a impacientarse porque ella y sus compañeros demoraban en ser convocados. Esas experiencias eran muy valiosas y esperaba vehementemente repetirlas, aunque sabía que esta iba a ser la tercera y en consecuencia, la última. Habían tenido suerte de poder contar con esa oportunidad, única para su carrera, y la apenaba que esta llegara a su fin. Sin embargo, su interior le decía que lo que más lamentaba era que se le acabaran las ocasiones de ver a Itzar.
Un día, su teléfono sonó. Era de la comisaría. La invitaban a ella y a sus compañeros de equipo, a asistir a una reunión de evaluación que iba a realizarse al día siguiente. Por supuesto, Lía enseguida aceptó. Sin saber por qué, se vistió con su mejor ropa y se miró varias veces al espejo antes de salir. Estaba muy excitada. Al llegar al lugar, se acomodó en un asiento que Eva le había reservado junto a ella, y desde ahí dio una rápida recorrida con la vista a su alrededor. Frente al público, formado en su mayoría por funcionarios del lugar, se había dispuesto una mesa en donde tres superiores de la comisaría harían un resumen de lo actuado hasta ese momento.
Cuando estos entraron y se ubicaron en sus respectivos lugares, Lía solo pudo mirar a Itzar. Él también se había vestido elegantemente con una polera oscura bajo un blazer gris. La sombra de su barba incipiente le daba un toque distinguido y su cabello negro muy corto resaltaba la fisonomía perfecta de su rostro. Se preguntó si acaso tendría mujer. Durante el breve lapso en que él habló, Lía no se animó a mirarlo, pero lo escuchó muy bien. Dentro de su alocución, Itzar instaba a los funcionarios policiales a no darse por vencidos ante ningún caso, por más difícil que este fuera, sin hacer antes una exhaustiva y profunda investigación. A continuación todos se concentraron en atender a los otros panelistas. Mientras tanto, él y ella no pudieron dejar de intercambiar significativas e intensas miradas.
Al finalizar la reunión, Lía a propósito demoró en irse para darle oportunidad a Itzar de que se acercara a ella. Sin embargo, para su desazón él dejó que se retirara sin detenerla. Eva, que había observado con curioso interés el comportamiento de ambos, notó la desilusión de Lía, por lo que una vez en la calle, la invitó a ir al bar a conversar.
— ¿Cómo te trae el trabajo de la facultad? —preguntó Eva, dando pie para iniciar la conversación.
— Bien —respondió Lía, como desganada—, pero…
— …pero hay algo que te tiene intranquila —acotó Eva, interrumpiéndola—. ¿No es eso? ¿Es por Itzar?
— Sí —admitió Lía, sin decir más nada.
— Amiga, ¿acaso te has enamorado de él?
Lía la miró con ojos muy abiertos. No supo si admitirlo, o no.
— Mira —prosiguió Eva sin esperar su respuesta—, es muy fácil enamorarse de Itzar. Además de buen mozo es un hombre excepcional. Lo conozco desde hace años. Siempre fue una excelente persona y un buen compañero, pero su accidente cambió mucho su forma de ser.
— ¿Tiene mujer?
— No. Desde que quedó en silla de ruedas no ha dejado que se le acerque nadie. Tampoco nosotros, sus amigos.
Eva notó que Lía vacilaba. Sin duda había algo que la intranquilizaba y que no se animaba a preguntar. Así que se le adelantó.
— Creo que te gustaría saber si acaso el accidente lo ha dejado impotente. ¿No es eso?
Lía la miró angustiada, pero no se animó a decirle que sí. De todos modos, Eva igual le iba a responder.
— Yo no podría afirmártelo porque no lo sé. Y él, como comprenderás, jamás lo diría. Lo que sí sé es que sufre porque antes de eso las mujeres hacían fila para estar con él. Sin embargo, ahora se ha aislado por completo.
Las palabras de Eva la conmovieron hondamente. Si antes estaba preocupada porque comenzaba a sentir cosas por él, ahora lo estaba mucho más. Itzar la atraía fuertemente. Sin poder evitarlo, sentía cada día crecer dentro de ella su amor por él, pero a la vez la consumía el miedo de no poder consumarlo.
A los pocos días, otro operativo los convocó. En este caso era la investigación de una posible boca de venta de drogas en un edificio abandonado. Los oficiales a cargo habían advertido a Lía y sus compañeros de que no iba a ser un caso sencillo, pero ellos igual aceptaron participar. Ese iba a ser su último caso.
El lugar era bastante lúgubre. Se trataba de un enorme galpón con muchos recovecos, y para no despertar sospechas el operativo se realizaba en horas de la noche. Cada uno portaba una linterna para abrirse camino, y en la oscuridad los rayos de luz se entrecruzaban dando al lugar un efecto siniestro. El tenso silencio se entrecortaba de vez en cuando por la voz de los agentes que se comunicaban entre ellos avisando si había alguna novedad. Lía nunca había estado inmersa en una situación de esa naturaleza y esta le imprimía verdadero temor. Lamentó que Itzar no pudiera estar a su lado, porque junto a él se habría sentido segura. Lo cierto era que en esas circunstancias ni ella ni sus compañeros estaban demasiado convencidos de querer continuar. De pronto, uno de los oficiales llegó corriendo hasta donde ellos estaban y tomándolos del brazo los sacó en vilo subiéndolos a un patrullero que los alejó rápidamente del lugar y, sin escalas los dejó en la puerta de la comisaría.
A la mañana siguiente, Lía se levantó tarde. Apenas había podido sobreponerse al sobresalto. Había dormido mal, nerviosa por todo lo sucedido. Estaba precisamente por llamar a alguno de sus compañeros para comentar sus impresiones, cuando su celular sonó. Era justamente uno de ellos. Con voz agitada, el chico le contó que en la operación en la que habían estado a punto de participar en la noche anterior se había suscitado un importante tiroteo. Afortunadamente, ellos se habían salvado de milagro gracias a quien los había sacado de ahí, pero tres policías habían sido heridos, uno de ellos de entidad.
Lía se asustó. Lo primero que pensó fue en Itzar. Obviamente él no había estado presente, pero la estremeció el solo imaginar los momentos dramáticos que él podía haber experimentado aquella vez. No obstante, algo la intranquilizó todavía más. Ella sabía que esa experiencia truncada había sido la tercera y última de las intervenciones que ella y sus compañeros estaban autorizados a realizar. Pero sobre todo era la última oportunidad para ella de estar cerca de Itzar. ¡Y había quedado desperdiciada!
Era la hora del almuerzo y en la comisaría había poco personal. Tampoco estaba Eva en la puerta como de costumbre. Así que, sin preguntar nada se dirigió directamente a la oficina de Itzar.
— ¿Estás bien? —dijo él en cuanto la vio.
— Sí.
Se lo notaba preocupado. Se miraron por un segundo sin hablar, y a Lía le dio la impresión de que él habría querido abrazarla.
— Dime, Itzar — dijo, arriesgándose de una vez a tutearlo—: ¿fuiste tú quien dio la orden de que nos sacaran de aquel lugar?
— No importa quién fue —respondió él, sintiéndose confortado con la repentina familiaridad de su trato—. Lo importante es que los tres estén bien. Ahora, si me disculpas, debo continuar con mi trabajo.
Ella lo miró desolada. No sabía cómo decirle que no quería alejarse de él, que quería quedarse a su lado para siempre. Pero no tenía argumentos, así que, resignada se dirigió hacia la puerta. Pero él había leído sus ojos. Entonces, cuando se estaba yendo le dijo lo que ella deseaba escuchar.
— Como en esta ocasión no pudieron cumplir con su objetivo, es probable que los convoque próximamente para una nueva intervención.
Lía volteó instantáneamente y quiso responderle, pero apenas pudo asentir con su cabeza y, tratando de disimular la emoción que sus palabras le habían producido, rápidamente se marchó.
Pasó ansiosa dos semanas, hasta que finalmente le llegó la invitación. En esta ocasión iba a tratarse de un interrogatorio a llevarse a cabo en la misma comisaría. Itzar y una mujer policía eran en esta ocasión los encargados de conducirlo. Detrás del falso espejo, Lía, los chicos y otros dos policías observaban de pie atentamente el desarrollo de la situación. Los compañeros de Lía observaban todo con gran concentración y sacaban apuntes con entusiasmo, pero ella solo lo observaba a Itzar. Estaba de espaldas, sentado en su silla de ruedas y se lo veía dueño de la situación. Su camiseta negra de manga corta permitía apreciar su espalda ancha y la musculatura espectacular de sus brazos, resultante tal vez de girar las ruedas de su silla.
En determinado momento, Itzar se retiró, dejando que su compañera continuara sola con el interrogatorio. Lía se decepcionó. Pero su decepción no duró cuando vio que él entraba a la habitación en donde ellos estaban y, sin decir nada, como de manera casual acomodó su silla frente a la falsa ventana, al lado de ella. Entonces para Lía todo se nubló. Podía sentir muy cerca el perfume de su cuerpo, y se le ponía la piel de gallina cada vez que él suspiraba o murmuraba algo asintiendo o quejándose. Lo miraba de costado aguardando compartir sus comentarios, pero él en ningún momento quiso darle muestras de haber advertido que ella estaba allí.
Cuando el interrogatorio finalizó, Itzar entendió que, por haber culminado lo pactado con respecto a sus intervenciones, debía despedirse de Lía y los otros dos chicos, dando por concluida su participación. Fue así que, después de desearles éxito en la presentación de su trabajo saludó a cada uno con un apretón de manos. Pero cuando le tocó el turno a Lía, ella lo tomó por sorpresa dándole un tierno beso en la mejilla. Fue solo un segundo, pero el contacto de aquellos labios cálidos sobre su piel los hizo estremecer a ambos.
Eran las cinco de la mañana y Lía desde la ventana de su habitación continuaba mirando absorta hacia la oscuridad de la calle. No había podido pegar un ojo. Bajo la ducha caliente cavilaba una y otra vez sobre sus dudas. Sentía que un vértigo fatal la oprimía. La presunción de que Itzar no fuera capaz de amarla la atormentaba. Así que, después de discutirlo consigo misma una y mil veces se dijo que lo debía investigar. Dejó pasar un largo rato hasta que se hiciera una hora razonable, y se fue derecho a la comisaría.
— ¡Buenos días! —exclamó Eva, sorprendida y a la vez divertida cuando la vio entrar—. Parece que alguien se cayó de su cama. Chica, tienes mala cara. ¿No dormiste?
— No, no he podido dormir.
— ¿Es por Itzar, verdad?
— ¿Cómo sabes….?
— ¡Hija —la interrumpió, riéndose—, si te vieras la cara cada vez que hablamos de él, te darías cuenta! ¿Qué es lo que pasa ahora?
— Es que… tengo que sacarme las dudas. Yo estoy loca por él, pero necesito saber si él…bueno, tú sabes.
Lía se veía demacrada y Eva comenzaba a compadecerse de ella. Pero Itzar era su mejor amigo y no podía permitirse incurrir en un error que lo perjudicara todavía más.
— Lía, para ayudarte tengo que saber si se trata solo de un capricho de tu parte, o vas por algo importante con él. Si él sufriera por tu culpa, no podría perdonarte.
— Eva, no puedo estar sin él.
Eva se quedó callada por unos segundos. Itzar le había confiado las llaves de su departamento, previendo un posible caso de urgencia. Y este podía ser uno de ellos. Aun así, tenía que decidirse si intervenir o no. A pesar del poco tiempo que llevaban como amigas, Eva, como buena investigadora había sacado en conclusión que, si bien Lía podía ser una chica consentida, con solo observarla junto a Itzar era fácil darse cuenta de cuánto lo amaba. Entonces, decidió ayudarla.
Todavía no eran las siete de la mañana y Lía corría como loca llevando en su mano apretadas las llaves del departamento de Itzar. Estaba segura de que iba a cometer un desatino, pero no lo podía evitar. Solo rogaba que él no la rechazara. Metió temblorosamente la llave en la cerradura y abrió. Adentro, parecía no haber nadie y se dijo que era la señal para irse de allí, pero antes quiso dar una rápida mirada. El departamento era pequeño, pero todo estaba dispuesto en él para su accesibilidad, y aunque eso la hizo suspirar con cierta pena, simultáneamente pensó en mil y una formas para facilitarle el uso del lugar. De pronto, escuchó un ruido proveniente del dormitorio. Ahora sí, las cartas estaban echadas.
Entró sigilosamente y vio que la puerta del baño estaba abierta de par en par. Era obvio que él debía dejarla abierta para poder pasar con su silla. Al verlo dentro de él, se estremeció. Itzar estaba sentado en una silla bajo la ducha. Estaba envuelto en varias toallas blancas y en ese momento con una de ellas se estaba secando el cabello. A poca distancia estaba la silla de ruedas y sobre ella su ropa prolijamente doblada. Al ver sorpresivamente a Lía en el umbral de la puerta se sobresaltó e instintivamente atinó a tomar la pistola de reglamento que tenía cerca.
— ¿Qué haces aquí? —le dijo agitado, dejando la pistola sobre la silla mientras se aseguraba de estar apropiadamente tapado—. ¿Quieres matarme de un susto?
Ella no respondió enseguida. Lo miraba conmocionada al mismo tiempo que tomaba coraje para decirle lo que le había venido a decir. Entonces, exclamó con firmeza:
— Te amo.
Itzar la miró fijo. No se esperaba esa contundente confesión. Al principio pareció quedar consternado, pero enseguida ella notó que la expresión de su rostro se iluminaba. Aun así, demoró en reaccionar.
— Entonces tenemos un problema —dijo él finalmente, respirando hondo a la vez que movía su cabeza en gesto de negación.
— ¿Cuál problema? —exclamó ella, intentando tomar las riendas de la conversación—. Hasta ahora no veo ninguno.
— Lo estás viendo frente a ti.
Por supuesto Lía sabía de qué hablaba, pero no quiso darse por enterada.
— ¿Tú eres el problema?
Itzar la miraba preocupado pero no le quería responder.
— ¿Tú eres el problema?—repitió entonces ella enfáticamente, con el ceño fruncido—. ¿Es porque no me amas?
Él seguía sin responderle, así que cambiando el tono agregó con voz tierna:
— Itzar: ¿es porque no me amas, o porque dudas si me podrás amar?
— Prefiero no responder —dijo él, bajando la cabeza.
Pero sus ojos ya habían hablado por él y Lía sintió un escalofrío. Sin dejar de mirarlo, comenzó a aproximársele. Se detuvo justo delante de él, sin decir nada, y desafiando sus ojos húmedos de pasión comenzó lentamente a quitarse la ropa. Él no sabía qué hacer. Su inmovilidad le impedía huir de ella, pero en ese momento ésta se convertía en cómplice de su voluntad, porque sabía muy bien lo que deseaba.
— ¿Qué haces? —dijo él, con un hilo de voz.
— Comisario inspector Vallejo, pretendo hacer lo que tú mismo me has enseñado. Aunque no soy policía, ante este caso no puedo rendirme sin hacer una exhaustiva y profunda investigación.
Entonces Itzar le tomó una mano y la atrajo hacia sí. Al sentir el calor de su piel, ella no lo dudó más. Se sentó sobre él, rodeándolo con sus brazos y sus piernas, y dejó que la Naturaleza hiciera su parte.
— Lía, no tengo protección —le dijo él, casi sin fuerzas.
— Yo tampoco —respondió ella—. No he podido protegerme de ti.
Con sus labios fundidos en un beso interminable, Lía se sintió desfallecer. Sintió el calor de Itzar entrar dentro de ella, primero tímidamente y enseguida con una fuerza imparable que hizo que tuviera que apretarlo fuertemente contra su pecho y contener la respiración. Ella solo había querido saber si él iba a ser capaz de responder a su amor, pero los hechos la sobrepasaban. Cuando ya no pudo sostener aquel dolor sublime, se aflojó y rompió a llorar con desesperación. Entonces él la apartó un poco para mirarla a los ojos.
— ¿Qué te pasa? —le dijo, repentinamente consternado—. ¿Te hice daño?
— No, Itzar —le susurró—. Todo lo contrario.
Se quedaron un rato así juntos, sin despegarse y sin hablar, hasta que Itzar tuvo que llamarse a la realidad.
— Lía, no te enojes, pero tengo que ir a trabajar. Ya me demoré más de la cuenta.
— Claro —asintió ella, asumiendo que de ahora en adelante eran una pareja—. De noche hablamos.
Pasó el resto del día esperando a que él la llamara, por lo que cuando su celular sonó, inmediatamente atendió.
— Hola.
— Soy yo —aclaró él.
— Ya lo sé. Te estaba esperando.
— ¿De qué quieres que hablemos?
— De nosotros.
Se hizo un silencio, al cabo del cual Itzar tragó saliva y continuó.
— Lía: no quiero ilusionarte. Lo de hoy fue maravilloso. Para ti y también para mí. Sé que sabías bien cuánto deseaba estar contigo, y estoy feliz de que hayas tomado la iniciativa. Sabes, para mí ha sido muy duro vivir todo este tiempo con un montón de dudas acerca de mí mismo, y es como un milagro que tú me lo hayas ayudado a esclarecer. Supongo que no hace falta que te diga que yo también te amo. Pero creo que esto no debe continuar…
— ¿Por qué? —lo interrumpió ella, casi sollozando.
— Sabes por qué. Ya te dije que teníamos un problema.
— Sabes que no me importa.
— Lía: no puedo arrastrarte conmigo a una vida de limitaciones. Por eso es mejor cortar esto antes de que sea tarde. Créeme, va a ser mejor que lo terminemos acá. Sigue tu camino. Ya no tienes porqué ir por la comisaría, por lo tanto no estamos obligados a volvernos a ver. Así va a ser más fácil que te olvides de mí.
Y rectificó, con voz ronca:
— Que nos olvidemos el uno del otro. Adiós Lía.
Nunca un año había pasado tan lentamente como ese. Lía, ya graduada como psicóloga había instalado, en sociedad con uno de sus compañeros de estudio, un consultorio para atender a víctimas de la delincuencia. Su vida profesional venía bien encaminada, pero lo que no acababa de encaminarse era su vida personal. No había olvidado a Itzar, y aunque durante todo ese tiempo se había prohibido ir a buscarlo porque quería respetar su decisión, cada día se lo replanteaba. E invariablemente arribaba a la misma conclusión: él había decidido que se alejaran, pero esa medida únicamente postergaba algo que indefectiblemente ambos sabían que tarde o temprano debía suceder. Por eso, un buen día se decidió a ir por él.
— ¡Lía, cuánto tiempo! —exclamó Eva al verla entrar—. ¿Qué te trae por estos lados? Sí, ya sé, no me digas. Vienes a ver a Itzar.
— Sí —respondió Lía, indecisa—. Y espero que me reciba. ¿Está?
— Está. Pero sería mejor si no estuviera. Sabes, hace ya un tiempo que no se lo soporta. Está como loco. Nos trata mal. Se enoja con cualquier cosa y no deja que nos acerquemos a él. Espero que tu presencia sirva para calmarlo.
Ese día, a Lía aquel corredor se le hizo más largo que nunca y pensó que jamás llegaría al final. Su corazón latía apresurado por encontrarlo y cuando por fin lo vio, creyó por un instante que se le iba a detener. Tal como Eva se lo había adelantado, Itzar estaba solo, aislado de todos y no como ella lo había conocido, con gente a su lado conversando alegremente y compartiendo novedades con una taza de café. Ahora todo a su alrededor se veía oscuro. Inclusive había mudado su escritorio a otra habitación, apartada de los demás. En ese momento estaba igual que otras veces, concentrado en su computadora. Al escuchar que golpeaban el vidrio de la puerta levantó la cabeza de inmediato, con actitud de hostilidad. Pero al verla, su rostro se transformó completamente.
— Hola Itzar —dijo Lía, sonriéndole amigablemente.
— ¿Qué estás haciendo acá? No me avisaron que vendrías. ¿En qué te puedo ayudar?
Haciéndole ver que no tenía apuro por irse, Lía tomó asiento en una silla a su lado. Por un momento, él tendió a retroceder defensivamente, pero todo en él lo empujaba a aprisionarla entre sus brazos. Así que se contuvo y la escuchó.
— Itzar, tenemos un problema —comenzó diciendo ella, en alusión a las palabras que él le había dicho aquella vez.
— ¿Ah sí?
Y agregó, mirándola con una mezcla de seriedad y tristeza:
— Pero eso ya lo sabíamos.
— Es cierto —dijo ella—, pero en realidad tenemos dos.
Itzar trataba de mantenerse fuerte, pero sus ojos revelaban la emoción que sentía al estar junto a ella otra vez. Por eso, Lía se envalentonó.
— Como tú bien dijiste, vivir contigo podría ser un problema, porque piensas que yo tendría que ayudarte alguna vez.
Y acotó, porque lo había comprobado:
— Aunque me consta que para vivir solo te las arreglas muy bien. ¿Me equivoco?
Él no podía negarlo, así que solo asintió con su cabeza y un sonido gutural.
— Ese, según tú sería nuestro gran problema. Pero yo ahora tengo que plantearte un problema mucho mayor.
Itzar la escuchaba embobado. Al tenerla nuevamente frente a él, aquellas palabras que antes había pronunciado irreflexivamente se desvanecían como por arte de magia. Si ella se lo pedía, él no podría volver a negarse. Pero tenía que escucharla hasta el final.
— Dijiste que hay otro problema —le dijo, apurándola a seguir hablando.
— Sí, Itzar. Un problema mayor, pero afortunadamente solucionable.
— ¿Y cuál es?
— Lo tienes frente a tus ojos —dijo, parafraseándolo.
— Solo te veo a ti. ¿Tú eres ese problema?
— Así es. Por eso vine. El gran problema es que no puedo vivir sin ti.
Entonces lo miró a los ojos y le repitió textualmente lo mismo que le dijera cuando habló con él por primera vez.
— Por eso deseo proponerte algunos cambios que estimo podrían ser útiles para una próxima oportunidad.
Itzar recordó enseguida aquellas palabras. Había sido en aquel momento, al escucharla, que se había enamorado de ella. Lo habían cautivado su firmeza y su determinación, y desde entonces sabía que era la mujer de su vida. Así que comenzó a responderle también como aquella vez, con cierta parsimonia.
— Mira, podría escucharte solo por compromiso, pero hace tiempo, —y recalcó— ¡demasiado tiempo! que estoy en esto y no creo que puedas aportar algo que no sepa. Por eso, para que no perdamos ¡más aun! nuestro tiempo, te diría…
Tragó saliva y prosiguió, disfrutando de la mirada confiada de Lía, que lo escuchaba ávidamente.
— …que tienes razón, que tu presencia me hace el hombre más feliz del mundo y que no puedo esperar ni un minuto más a que comencemos a vivir juntos, tú y yo.
……………………….
— Amor —exclamó Lía—: ¿en serio debes irte?
— Sí. Me acaba de llamar Eva. Dice que me necesitan en la comisaría para los ayude con una investigación.
— ¡Pero amor, estás de vacaciones!
— Ya lo sé. Pero por lo visto tú no eres la única que no puede vivir sin mí —comentó con fingido aire de superioridad.
— Eso no lo discuto —dijo Lía, con honda satisfacción—. Pero antes de irte ¿puedes colgar la ropa en el tendedero, mientras termino de pasar la aspiradora?
— ¡No puede ser! —refunfuñó Itzar, haciéndose el enojado—. ¡No alcanzó con que me pusieras patas arriba el departamento sino que ahora también me pones a trabajar! De haberlo sabido, lo habría pensado dos veces antes de casarme contigo. ¿Qué es esto, señora psicóloga? ¿Una especie de terapia ocupacional?
— No, mi amor. Es un entrenamiento. Cuando nazca nuestro hijo vas a tener que hacer muchas cosas más.
— ¿Más aún?
— No te quejes. Dijiste que no querías ser un problema.
— ¿Y lo soy?
— Mmm, no lo sé —dijo Lía, con pícara actitud pensativa, dejando a un costado el caño de la aspiradora—. ¿Tienes un momento para que lo investiguemos?