Juego de niños
Nora Sisto
Hacía un poco menos de una hora que había comenzado a sesionar la Junta Directiva y ella ya estaba aburrida. Hacía cuatro años que era contadora en esa empresa constructora y sus directores confiaban plenamente en su idoneidad. La habían convocado para que informara sobre los números de una posible nueva inversión y ahora, después de haber hecho su presentación y de responder a algunas preguntas, solo tenía que aguardar a que la autorizaran a retirarse.
Mientras escuchaba sin prestar demasiada atención a lo que los ejecutivos discutían acerca de dicho proyecto, Aldana se dedicaba a observarlos. Había comenzado a trabajar allí cuando tenía veintiséis años. Ahora era una bonita mujer, un poco alocada pero de carácter alegre y excelente disposición pero en aquel entonces era solo una novata recién egresada de la Universidad, y —como suele suceder cuando un grupo de hombres se ve sorprendido por una recién llegada—, algunos de ellos habían intentado conquistarla.
Ahí estaba el gerente general, que no bien la conoció se había apurado a invitarla a salir, pero para su desilusión resultó que era casado. Y el secretario, al que había descubierto en repetidas oportunidades mirándola lascivamente. También estaba Antonio, un chico extremadamente buenmozo en el que ella se había enfocado en un primer momento, hasta que se enteró de que era gay y que convivía con Rodolfo, un chico aún más buenmozo que él, que trabajaba en el tercer piso en una empresa de telecomunicaciones. Desde entonces, los dos se habían convertido en sus mejores amigos.
La oficina en la que trabajaba se encontraba en un importante edificio ubicado en la zona céntrica de la ciudad, y todas las mañanas para llegar a él recorría un largo trayecto en el metro atestado de personas. A pesar de que el edificio había sido edificado por su empresa, esta utilizaba únicamente los pisos siete y ocho, y los demás estaban arrendados a diversas compañías. En el pent house funcionaba una coqueta cafetería en la cual se daban cita habitualmente los empleados del lugar a la hora del almuerzo, o al final de la jornada para tomar una copa distendidos. Allí, Aldana aprovechaba para charlar con sus amigos Antonio y Rody y repasar los últimos chismes de la jornada.
En los pisos uno y dos funcionaba una clínica médica que se ocupaba de tratamientos de fertilización artificial, y era frecuente que cada vez que Aldana tomaba el ascensor se encontrara con mujeres embarazadas que venían a tratarse acompañadas por sus parejas. A pesar de ser una chica atractiva, Aldana no estaba por el momento interesada en casarse. Por ese motivo, sus citas no eran frecuentes y si las tenía, éstas por lo general no tenían continuidad y caducaban rápidamente.
Ella estaba enteramente abocada a su trabajo y aspiraba a continuar escalando posiciones, por lo que una pareja podía representar para ella de alguna manera una tara a arrastrar. Además, como su reciente experiencia con hombres no había sido del todo alentadora, se había atrincherado en un feminismo contumaz que rechazaba de plano el acercamiento con el sexo opuesto. Pero ya estaba llegando a los treinta, y como no quería negarse la experiencia de ser madre, buscaba el momento oportuno para serlo. Basada en todo lo anterior, la mejor solución que Aldana barajaba para esto era la de recurrir a una inseminación artificial, aunque para ello debería recibir una donación aleatoria o bien conseguir un donante.
Al finalizar aquella tediosa reunión, suspiró y enfiló rápidamente hacia la salida. Antonio, que venía casi a la par se le arrimó y le dijo en voz baja:
— ¡Al fin zafamos! Para festejarlo te invito a almorzar.
— ¿Hoy no almuerzas con Rody? —acotó ella.
— Rody se nos unirá más tarde. Hoy él también tiene una reunión. Espero que no se demore demasiado.
A todo esto, ya eran más de las dos de la tarde y como a esa hora la cafetería no estaba demasiado concurrida, Aldana y Antonio enseguida encontraron un lugar en la terraza y se ubicaron en una de las mesas al aire libre, esperando a Rody. Al rato lo vieron aparecer en la puerta acompañado por un muchacho que ninguno de los dos conocía, pero ambos se despidieron adentro y solo Rody salió.
— Venías bien acompañado, por lo que veo —le dijo Antonio con tonito recriminador.
— Si —exclamó Rody, asombrado— ¿Vieron qué bombón? Lo acabo de conocer en el corredor. Se llama Camilo y trabaja en la empresa de cosméticos del seis. Hoy empezó. Solo lo acompañé hasta acá para que conociera el lugar.
— Ya veo —dijo Antonio con expresión seria—. Lo conversaremos en casa.
— Tranquilo, bebé —acotó, riéndose Rody—. Solo tengo ojos para ti.
Aldana se rio con ellos, aunque ninguno de los dos llegó a percatarse de que ella sí había tenido ojos para el empleado nuevo y en el brevísimo lapso en que lo tuvo a la vista, había podido advertir mucho sobre él. Parecía un artista de Hollywood. Era alto y rubio, tenía buen físico y un lindo rostro, y se lo imaginó amable y simpático. Entonces súbitamente se le ocurrió una idea genial: si pensaba encontrar el mejor donante para concebir a su hijo, Camilo podía ser el candidato ideal.
Durante varios días, Aldana se dedicó a observar a Camilo. Cuando lo veía ponía atención a lo que hacía y con quién hablaba, y tomaba nota de las cosas que le gustaban de él. Y cuando estuvo segura de todo, se decidió a poner en práctica su plan.
Aldana no quería que él supiera que iba a ser ella la destinataria de su donación, por lo que convenció a Rody para que actuara como intermediario y fuera él en su lugar quien se lo propusiera. De ese modo, todo podía quedar en un relativo anonimato.
Cuando Camilo escuchó lo que Rody le proponía, creyó que era una broma de recién llegado. Nunca se le había planteado una situación similar. Para convencerlo, Rody le dijo que era para una pareja de lesbianas que no querían darse a conocer ni tenían interés en contactarlo directamente y Camilo después de pensarlo un poco, finalmente aceptó.
Era una ventaja que la clínica funcionara en el mismo edificio en que Aldana y Camilo trabajaban, ya que su presencia allí podía pasar inadvertida al mimetizarse con sus movimientos diarios. Cuando se hubo concretado el día programado, el trámite se llevó a cabo con aparente normalidad. A ella le había llamado la atención que durante los días previos le hubieran hecho tantas entrevistas, pero como no conocía los pormenores del proceso dedujo que se trataba del procedimiento normal. La clínica gozaba de un gran prestigio, por lo tanto era poco probable que algo saliera mal.
A sus compañeros de oficina Aldana pensaba no comunicarles nada hasta que el hecho hablara por sí solo. Incluso, para evitar chismes y preguntas incómodas había previsto contarles una historia ficticia acerca de un novio con el cual habría roto, aunque ese motivo no impedía que ella deseara conservar la criatura. Solo Antonio y Rody conocían los entretelones del asunto, y Aldana confiaba plenamente en que ninguno de los dos iba a revelarlos.
Pero pasó un mes y Aldana esperaba ansiosa el resultado de su inseminación, pero no tenía ningún síntoma. Estuvo afligida durante varios días suponiendo que todo aquello había sido en vano, hasta que finalmente una mañana se despertó con náuseas y vomitó. De ahí en adelante, comenzó a planear su futuro. Ella estaba feliz. Su plan iba viento en popa. Sin embargo, cuando fue al primer control, la cosa se desbarrancó. ¡Eran mellizos!
Pasaron cuatro meses, y el vientre de Aldana explotó. Ya a nadie le cabía la menor duda: la contadora estaba embarazada. Y no solamente estaba embarazada: estaba desesperada. Por supuesto, no se había esperado ese giro imprevisto y por lo tanto iba a tener que reformular el futuro. Camilo parecía un tipo excepcional con el que, llegado el caso hasta podía llegar a pensar en casarse, pero era orgullosa y se decía que iba a arreglárselas sola.
Aldana veía a Camilo asiduamente y aunque él permanecía totalmente indiferente a su embarazo, ella fantaseaba con que sus dos niños resultaran iguales a él. Pero a medida que el tiempo pasaba, esa idea se fue desmoronando. Cuanto más lo iba conociendo, más se desilusionaba. Porque Camilo, por más que deslumbrara con su aspecto de metrosexual, era un tipo común sin ningún otro atractivo. Y por más que se esforzara en que este le agradara, ahora estaba decepcionada. El padre de sus niños, lejos de ser un hombre excepcional era un tipo desabrido.
Una tarde, Aldana estaba esperando pacientemente el ascensor para irse a casa. Cuando al fin en su piso la puerta se abrió, se encontró frente a frente con Camilo que al parecer venía bajando de la cafetería ya que traía un vaso de café en su mano. Lo vio atildado como siempre, con su traje elegante y sus gafas que le daban un aire de intelectual. Pero ella apenas lo miró. Porque sus ojos se desviaron inmediatamente hacia el hombre que estaba a su lado. Era un cuarentón, un poco más alto y robusto que Camilo, y aunque no era tan apuesto como él, algo inexplicable en su mirada la conmovió. Pensó que Camilo no iba a saludarla porque venía charlando con él, pero se equivocó. No bien la vio, la saludó enseguida, pero el otro hombre no. Se limitó a mirarla sin decir nada.
— Hola, Aldana.
— Hola —respondió ella con parquedad, a la par que intentaba disimular su turbación y se acomodaba de espaldas a ambos.
En aquel estrecho recinto era imposible que con su físico pasara desapercibido. Estaba parado justo detrás de ella y podía percibir claramente su perfume y escuchar su respiración. Unido a la sensación de vacío del descenso, se sintió de improviso presa de una extraña atracción y le pareció que un magnetismo irresistible se apoderaba de ella y atraía su cuerpo hacia el cuerpo de él. El breve trayecto se prestaba para el ensueño y entonces su fantasía se disparó. Cerró por un instante los ojos e imaginó que ese hombre la rodeaba con sus fuertes brazos. Se desconcertó. Podía aceptar que algo así le sucediera con Camilo, pero no con alguien que acababa de conocer.
Al llegar a la planta baja, fue la primera en salir y se alejó apresuradamente. No quiso voltear para despedirse, para evitar que su sofoco se notara. Cuando alcanzó la calle, al fin respiró. Ya era de por sí incómodo encontrarse diariamente con Camilo como para que encima la presencia de aquel otro hombre le sumara más inquietud.
Desde ahí, Aldana no pudo dejar de pensar en él. Se preguntaba en qué piso trabajaría, si era nuevo en el edificio o si acaso era alguien de paso al que posiblemente no viera nunca más. Indudablemente había ejercido sobre ella una rara fascinación, y su sensibilidad, incrementada exponencialmente por su estado de gravidez la aumentaba de manera descontrolada. Necesitaba verlo para calmarse, aunque fuera solo una vez más. Pero no era tan cercana con Camilo como para preguntarle por él y eso la atormentaba porque él era la única referencia que tenía. Se notaba tan intranquila que tuvo temor a enfermarse, por lo que se dijo que por su salud y la de sus niños se debía dominar. Pero pasaba el tiempo y no podía sacárselo de la cabeza.
Ya estaba de cinco meses y había se había resignado a no verlo, cuando una mañana sorpresivamente volvió a encontrárselo en el ascensor. Otra vez venía con Camilo pero en esta ocasión él también la saludó. Su impulso fue de abrazarlo fuertemente, pero en cambio apenas devolvió su saludo y automáticamente bajó la cabeza para que sus ojos no la delatasen.
Cuando se abrieron las puertas en la planta baja, igual que la otra vez se apresuró en salir. Sin embargo, en esta ocasión Camilo la detuvo.
— Aldana, espera —le gritó—. ¿Quieres que te llevemos? Daniel y yo vamos en tu misma dirección. No creo que a esta altura sea conveniente que tomes el metro.
«Daniel», repitió emocionada para sus adentros. Se llamaba Daniel. El nombre le encantó y hasta pensó que bien podría ponérselo a uno de sus niños. Pero Camilo tenía razón; a esa altura realmente se sentía muy pesada, y a pesar de no parecerle buena idea irse con ellos, de todos modos aceptó.
Por lo visto, aquel era el automóvil de Daniel. Para que ella estuviera más cómoda Camilo insistió en que se ubicara en el asiento del acompañante mientras él se iba al asiento posterior. Era un coche de alta gama, posiblemente un modelo de última generación y ella estaba encantada, aunque por un instante temió que aquel olor a nuevo pudiera hacerla vomitar.
Ella no sabía que Camilo vivía tan cerca de la oficina, porque a las pocas cuadras este se bajó. En ese momento, Aldana insistió en bajarse ella también, ya que podía quedar fuera de lugar hacerse conducir hasta su casa por un desconocido, aunque en el fondo ansiaba que él no se lo permitiera. Y efectivamente, él no se lo permitió.
Durante el trayecto no hablaron mucho. Aldana no podía evitar observarlo de reojo cada vez que él decía algo. Sentía con él una conexión especial, como si se conocieran de toda la vida. El tono de su voz era bajo y su sonoridad penetraba profundamente por sus oídos con una envolvente seducción. Era corpulento, y si bien no era ni la mitad de lindo que Camilo, se le hacía infinitamente más cautivador. Observaba sus manos fuertes sostener con firmeza el volante, y la prudencia con que se movía por la ciudad le transmitía una agradable sensación de confianza, e involuntariamente pensó que sus hijos y ella podrían estar seguros junto a él.
Cuando Daniel la dejó en la puerta de su casa, se despidió de ella con formalidad, aunque ella habría deseado besarlo tiernamente. Pero ella no estaba buscando una pareja. Es más, para embarazarse había evitado justamente relacionarse con un hombre, no porque los hombres no le interesaran, sino porque se consideraba una mujer independiente que podía hacerse cargo de su vida sin necesitar a nadie más. A pesar de eso, en ese momento ella misma se desdecía y culpaba a su desequilibrio hormonal la necesidad que sentía de estar con él. Sin embargo, no se trataba de que ella necesitara un hombre para vivir: se trataba de que ella deseaba que Daniel, y nadie más que él, formara parte de su vida.
Los días y las semanas siguientes fueron para Aldana de mucha confusión. Después de aquel día, a Daniel parecía habérselo tragado la tierra ya que no lo volvió a encontrar y eso le producía un malestar agobiante. Por otra parte, sentía que su sentimiento hacia Daniel traicionaba de alguna manera a sus niños, que habían sido concebidos con otro hombre. Pero no se animaba a pedir consejo a sus amigos Antonio y Rody porque seguramente se reirían ostentosamente de su alocada situación. Tampoco podía hablarlo con Camilo. Y para colmo pensaba en cuál sería la reacción de Daniel si se enterase de que Camilo era el padre de sus hijos. Era realmente un lío. Pero su panorama se fue, sin embargo aclarando.
Un día en la cafetería vio que Camilo estaba acompañado por una chica muy linda, que ella no conocía. Al pasar cerca de ellos, Camilo —que inocentemente, después de haber hablado con Aldana unas pocas veces, ya se consideraba amigo de ella— la llamó y se la presentó.
— Ven Aldana, siéntate con nosotros —le suplicó, poniéndose de pie y arrimando una silla a la mesa para que se acomodara—. Quiero presentarte a mi novia.
Aldana no supo dónde meterse. Ese chico la presentaba como una «amiga» sin tener la más remota idea de que el contrabando que llevaba en su vientre era de él. Tuvo vergüenza de mirar a su novia a la cara, así que luego de saludar nerviosamente a la chica se excusó y siguió su camino.
Durante un par de días estuvo meditando. Le molestaban los secretos, por lo que de alguna forma tenía que blanquear la situación. Al momento de tomar aquella peregrina decisión le había parecido que hacía lo correcto. Sin embargo ahora no estaba tan segura. Sus niños crecían y ella comenzaba a darse cuenta de lo egoísta que podía haber sido. Frente a su inminente maternidad se decía que sus hijos merecían tener un padre y se preguntaba si Camilo aceptaría asumir su rol, o debería conseguirles otro. Camilo había dejado de interesarle como hombre y tampoco tenía ningún deseo en entrometerse en su relación, pero no sabía si a él podrían interesarle sus hijos. Por eso, después de pensarlo concienzudamente, se decidió a sincerarse con él.
Al principio, Camilo pareció no comprender la historia que ella le estaba contando acerca de su embarazo, y recién después de un rato dio la impresión de por fin comenzar a entender. Pero había malinterpretado todo.
— Lamento enterarme de que no tienes una pareja, como todos habíamos supuesto —le dijo, realmente consternado—. Es una lástima que tu novio no haya querido hacerse cargo. Pero no te preocupes, ya te las arreglarás. Tienes amigos que seguramente no te dejarán sola.
Aldana lo miraba atónita, calculando de qué otra forma iba a tener que volvérselo a explicar. Él no había entendido para nada lo que ella, con bastantes rodeos había tratado de hacerle entender. Era penoso para ella tener que ir directo al grano, pero lo tenía que intentar. Entonces sucedió algo inesperado.
— Dime, Camilo —le dijo, con decisión—: ¿alguna vez fuiste donante de esperma?
— ¡No! —dijo él enseguida, poniéndose a la defensiva.
Pero midió por un segundo sus palabras y al instante se retractó.
— Bueno, en realidad, sí y no. Hace unos meses una persona conocida me pidió que le hiciera un favor a una pareja de amigos. Debo decirte que en aquel momento no me pareció mal y acepté. Por supuesto no ganaba nada en hacerlo —aclaró, por las dudas—. Pero llegado el momento de concretarlo, no pude.
Cuando Aldana escuchó esto casi se cae de la silla. Lo que Camilo le estaba confesando desviaba totalmente de su curso la conversación que ella había pretendido iniciar. Estaba horrorizada, pero no podía mostrarle su perturbación. Entonces trató de serenarse y seguir hablando para poder aclarar lo que Camilo le estaba diciendo.
— No entendí —dijo, para que le repitiera lo mismo que en realidad sí había entendido perfectamente, aunque no podía asimilarlo.
— Es simple —respondió él—. En aquel momento estaba distanciado de mi novia porque habíamos tenido una discusión y creí que no volveríamos. Por eso no me importó aceptar aquella insólita proposición. Pero después las cosas entre nosotros se arreglaron y no me pareció justo prestarme a tener un hijo por mi cuenta con una desconocida. Porque al fin de cuentas sería mi hijo.
Aldana lo miraba con los ojos muy abiertos, pero él ni se imaginaba por qué.
— Ahora con mi novia estamos bien —prosiguió—. En poco tiempo seguramente nos casaremos. Y entonces pensaré en tener hijos con ella.
Aldana sintió que un sudor frío corría por su espalda. Camilo no era el padre de sus niños y ahora la incertidumbre la invadía.
Dejó pasar un día porque no le pareció sensato insistir. Con Camilo definitivamente ya no existía compromiso. No obstante, la novedad la había dejado preocupada y tenía que sacarse sus dudas. Así que fue nuevamente a hablar con él.
— Camilo: —comenzó a decirle mientras apoyaba los codos en la mesa— supón que yo conociera a la persona para la que tú ibas a donar. ¿Podrías asegurarle que quien lo hizo en tu lugar es alguien confiable?
Por suerte para ella, Camilo parecía no tener la más mínima idea de que estaba hablando de sí misma, y eso le daba un importante margen de maniobra para profundizar en su averiguación.
— ¡Por supuesto! —aseguró rotundamente—. Es una persona que merece mi absoluta confianza y sé además que va a actuar con discreción. Como comprenderás, no puedo revelar su identidad, pero puedes estar segura de que ha sido una mejor opción que yo. Y no es por excusarme, pero puedo asegurarte que ese niño va a gozar de muy buena salud, además de ser bastante buenmozo.
Camilo se detuvo por un instante y dio la impresión de estar recalculando. Era simple e ingenuo, pero eso no quitaba que fuera sincero y humano a la vez, por lo que, a pesar de haberse comprometido a mantener aquel secreto, los ojos de Aldana eran tan ávidos que finalmente cedió.
— No debería decirte su nombre, pero confío en tu discreción. Es Daniel.
Aldana contuvo por un instante la respiración.
— No puede ser —exclamó, echándose hacia atrás en la silla—. ¿Estás seguro?
— Sí, absolutamente. Pero te ruego que seas discreta ya que él ha depositado en mí su confianza. Esa conocida tuya puede estar tranquila —continuó diciéndole— porque él no va a reclamarle nada. Y hay un detalle importante que debería considerar, y es que Daniel vive en el exterior. Vino por asuntos de trabajo pero se va mañana mismo y por un tiempo no creo que vaya a volver.
La expresión de Aldana era una mezcla de miedo y alegría, y recién al verla tan alterada Camilo cayó en la cuenta de cuál era su verdadero interés. Entonces se compadeció de ella.
— Si quisieras hablar con él debería ser hoy mismo, ya que mañana retorna a su país y aunque dentro de un tiempo es probable que vuelva, no sé bien cuándo será.
Estaba pálida, aturdida y al saber que él se marchaba se desesperó. Ella se había enamorado de él sin conocer los artilugios de aquella trama, y ahora no podía dejarlo ir. Al fin descubría cuál era el vínculo indisoluble que impedía tenazmente que se alejara de él: era el padre de sus hijos.
Cuando quiso ponerse de pie, repentinamente se desvaneció. Entonces Camilo, asustado no dudó en auxiliarla y con ayuda la llevó hasta la clínica del primer piso para que la atendieran. Aldana insistía en que estaba bien porque tenía que apurarse si quería encontrar a Daniel antes de que se fuera. Pero allí sensatamente la detuvieron.
Sola, acostada en una camilla esperaba impaciente a que terminaran de revisarla. Minutos antes, una enfermera le había tomado la temperatura y le había controlado la presión, pero le había dicho que debía esperar a que le hicieran una ecografía. Estaba abatida. Sentía un nudo en la garganta pero se aguantaba para no ponerse a llorar.
En eso, la puerta del consultorio se abrió y dos hombres vestidos con túnicas blancas entraron a la habitación. Su corazón dio un salto. Uno de ellos era Daniel.
— ¿Cómo está, señora? —le dijo el otro, comenzando sin prisa a preparar el ecógrafo—. Me dicen que tuvo un episodio de estrés. Veamos cómo están estos chicos.
Daniel la miraba pero se mantenía callado y Aldana, que un rato antes deseaba decirle todo, ahora no sabía qué decir. En cambio, el ecografista hablaba por ambos.
— Así que es amiga del Dr. Giménez —le dijo sonriente, mientras hacía resbalar el terminal por su henchido vientre—. Lo traje conmigo para que se quedara tranquilo.
¿Acaso el «doctor Giménez» que mencionaba era Daniel? Aldana no se animó a mirarlo para que él se lo confirmara. Se mantenía con los ojos fijos en el techo y rogaba internamente que no se fuera. Pero él no se iba a ir.
El médico seguía parsimoniosamente con el procedimiento y comentaba brevemente cada cosa que iba observando en el monitor. Cuando supo que estaba todo en orden, Aldana bajó la vista emocionada, pero se dio cuenta de que los ojos de Daniel no la estaban mirando a ella sino que estaban enfocados en otra dirección. Estaba concentrado mirando a sus bebés y parecía embobado.
— Bueno, parece que estos niños se encuentran muy bien —dijo satisfecho el ecografista, sacándola de su ensimismamiento—. ¿Qué opina, colega?
— Me parece muy bien —respondió Daniel, sin mostrarse demasiado explícito.
En ese momento, se miraron fijamente. Ya no había dudas para ambos de cuál era la conexión que los unía: eran una familia. Ajeno a todo, el ecografista seguía concentrado en los aparatos, pero a sus espaldas la tensión crecía de manera descomunal. Ella notaba que él reprimía a duras penas su emoción, y él que ella moría por abrazarlo.
— Ahora le recomiendo que vaya a su casa y descanse por unos días —continuó diciendo el médico, dirigiéndose a ella—. Estos niños son muy robustos, por lo que tal vez sería bueno ir pensando en adelantar la licencia maternal.
Cuando Daniel y él se retiraron de la sala, volvió la enfermera para ayudarla a limpiarse el gel e incorporarse. Entonces, Aldana aprovechó para sonsacarle información.
— No conocía al Dr. Giménez. ¿Es nuevo? —inventó, esperando a ver qué le respondía.
— ¡No! —exclamó, espontáneamente la chica, riéndose—. Es el dueño de la clínica. Yo tampoco lo conocía. Hasta el otro día en que me lo presentaron. Vive en el extranjero donde tiene otra clínica, por eso se lo ve poco por acá, aunque viene varias veces al año. Es muy buena persona.
— ¿Tiene hijos? —preguntó Aldana capciosamente.
— No. Y según dicen las malas lenguas —dijo, bajando la voz— se divorció de su mujer que es una conocida modelo porque se rehusó a tenerlos para no arruinar su silueta y su carrera. ¿Contradictorio, no?
Ya repuesta por completo, mientras aguardaba junto a la puerta del ascensor, Aldana se miraba en la pared de espejos. No se veía precisamente como una modelo. Pero eso ciertamente no le importaba. Ahora tenía la certeza de que Daniel era su hombre y crecía dentro de ella.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, no entró. No quería irse a su casa sino regresar allá adentro y hablar con él. En eso estaba, cuando Daniel le habló.
— ¿Qué te pasó que te hizo sentir tan mal? —le dijo, con entonación seria.
— No sé. Cosas que debería resolver y no sé cómo.
— ¿Te llevo a tu casa? Tal vez entre los dos podamos resolverlas.
Durante las primeras cuadras del trayecto, los dos permanecieron mudos. Ahora ambos lo sabían y el paso siguiente era que lo hablaran. Pero ninguno de los dos sabía por dónde empezar.
— ¿Hace tiempo que conoces a Camilo? —dijo de pronto ella, como para romper el hielo.
— No —respondió él, con sinceridad—. A decir verdad, lo conocí hace exactamente cinco meses, de casualidad. Había ido a mi clínica por un procedimiento especial. Pero no estaba del todo seguro de querer hacerlo y decidió cancelarlo. Fue entonces cuando uno de mis empleados me pidió que intercediera, porque ya habíamos asumido un compromiso con la paciente receptora.
A pesar de que él de a ratos giraba la cabeza para mirarla, Aldana mantenía los ojos fijos en la calle. Necesitaba saber todo y a la vez sentía miedo de lo que él le fuera a decir.
— Al parecer, Camilo había quedado comprometido con cierta persona —y enfatizó «cierta persona» mirándola de reojo— y se sentía mal porque no iba a poder cumplir con lo que le había prometido. ¿Sabes algo de eso?
— Tal vez, algo… sí —titubeó, sin saber si darse o no por aludida en ese momento.
— Después de que me contara su historia, lo convencí para que se desentendiera del asunto y le aseguré que yo lo podía resolver. Pero le puse una condición. Era necesario que me dijera con exactitud quién iba a ser la destinataria. Así que Camilo me conectó con Rody y él me dijo lo que necesitaba saber.
Aldana frunció el ceño. Él no solo estaba por decirle lo que ella tanto deseaba escuchar, sino que le estaba revelando que sus amigos estaban al tanto de todo.
— No te enojes con ellos —se apresuró a decir, sin darle oportunidad de protestar—. Realmente te quieren mucho. Ellos me ayudaron a que pudiera observarte durante unos días sin que te dieras cuenta, hasta que finalmente les dije que sí. Sabes, desde hace mucho tiempo deseaba ser padre, pero las circunstancias de mi vida no me lo habían hecho posible, y al verte tan entusiasmada no quise desaprovechar la oportunidad. Para mí era importante saber quién iba a ser la madre de mi hijo. ¡Y ahora resulta que en lugar de uno son dos!
No bien dijo eso sonrió y estacionó para que pudieran continuar hablando mirándose a la cara.
— Desde que te vi me gustaste —le dijo, de frente—. En las entrevistas te veías tan entusiasta y decidida que no me pude resistir.
— ¿Viste mis entrevistas? ¡Sabía que no era normal que me entrevistaran tantas veces!
— Todas y cada una de las grabaciones —confesó sonriendo—. Pero era un poco bizarro que tú y yo nos pusiéramos de acuerdo ya que no nos conocíamos y además cabía la posibilidad de que tú no quisieras aceptar. Por eso me atreví a tomar la iniciativa y ocupar el lugar de Camilo aunque fuera sin tu autorización. Reconozco que abusé de mi poder.
— ¿Tu poder también te dijo que yo me enamoraría?
— No, pero lo deseaba. Espero que puedas perdonarme, porque no me arrepiento. ¿Qué dices? ¿Te parece que hice mal?
Para esperar su respuesta la miró con esa expresión de niño desvalido que la había seducido desde el momento en que lo conoció. Y ¡qué más podía decir! El padre de sus niños había resultado ser el hombre del cual se había enamorado perdidamente. Sin embargo, ahora había que solucionar sin demora un pequeño detalle. Por azar, esos niños no habían sido engendrados con su amor. No obstante, estaban a tiempo de hacerles saber cuánto eran deseados. Por eso, ambos estuvieron de acuerdo en demostrárselos.
— ¿Vamos a tu casa o quieres venir a mi hotel?
— Adonde tú decidas.