La fortaleza
Nora Sisto
Desde un balcón exclusivo en unas graderías atiborradas de espectadores y acompañada por su doncella personal, Dael observaba exaltada la importante parada militar. El ejército volvía a la ciudad después de una campaña exitosa en defensa de una de las fronteras y era ovacionado por los pobladores. Pero no era que a Dael dicho desfile le interesara demasiado; solo estaba allí por curiosidad. Se había engalanado con su mejor vestido, un traje de seda celeste pálido con una enorme falda que resaltaba sobre las enaguas almidonadas, y un corsé ajustado adornado con perlas que su padre había encargado a un modista del exterior. Su cabello castaño claro apenas recogido de costado caía en dos grandes bucles hasta su pecho, y una amplia pamela resguardaba del sol a su bello rostro apenas maquillado con un poco de rubor. Esa era su primera aparición en público fuera de los eventos propios de su círculo social. Estaba muy bonita, pero se había engalanado intencionalmente para llamar la atención. Es que las jóvenes de su entorno habían mencionado que el capitán del ejército era un hombre extraordinario, y tenía que verlo con sus propios ojos.
Dael había perdido prematuramente a su madre a la edad de ocho años. A partir de ese entonces, y ante la imposibilidad de hacerse cargo de ella por sus obligaciones profesionales, su padre la había enviado a un internado de señoritas para completar su educación. En aquella costosa institución le habían enseñado labores femeninas, buenos modales y todo aquello que se suponía por aquel entonces que definía a una dama, es decir, a una «buena» mujer. Pero ella necesitaba aprender más, así que había optado por expandir sus conocimientos leyendo con avidez todo lo que llegaba a sus manos. Ahora, con diecisiete años había vuelto a la casa de su padre, pronta para encarar su adultez. Estaba plena de ideas e iniciativas, las cuales sabía que por su condición de mujer era improbable que las pudiera poner en práctica. No obstante esperaba que, al estar en edad casadera pudiera encontrar una pareja con la cual compartir sus inquietudes y hacer sus sueños realidad.
Efectivamente, cuando el capitán del ejército pasó frente a donde ella estaba, pudo admirarlo en su real magnitud. Desde la altura de su caballo de un porte cuya elegancia resaltaba sobre los otros, se le veía como un dios. Su uniforme resplandecía por los rayos del sol que se reflejaban sobre las partes metálicas, dándole un brillo sobrenatural. No llevaba casco, por lo que su cabellera negra caía llegando casi sobre sus hombros balanceándose al ritmo de las crines de su caballo, confiriéndole a su rostro un marco perfecto. Todo él proyectaba una imagen poderosa, y debió captar el interés de Dael, cuando por un segundo sus ojos se cruzaron con los de ella y ella no pudo apartar la vista de él.
A la noche, ya con su atuendo de dormir, Dael daba vueltas en su alcoba; había conocido al hombre de su vida. Sin embargo era improbable que él se acercara a ella. Había hombres importantes, condes, hijos de marqueses y allegados el rey interesados en desposarla, y también aquel odioso barón de Hargán que la miraba con ojos libidinosos cada vez que iba a su casa. Pero ella iba a casarse por amor, y mientras no llegara ese momento no le preocupaba alargar su soltería y tampoco le inquietaba la posibilidad de «quedarse para vestir santos», como temían muchas mujeres de su edad. Estaba sumida en sus pensamientos, cuando su doncella irrumpió en la habitación.
— Señorita Dael —le dijo la chica, agitada por la corrida—. Manda decir su señor padre que debe bajar de inmediato al salón.
— ¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?
— No lo sé, señorita —respondió la doncella al mismo tiempo que la ayudaba a desvestirse y vestirse nuevamente con la ropa de calle—. Creo que se trata de una visita.
Bajó pausadamente por la gran escalera de piedra que llevaba de la planta de las habitaciones al piso principal, preguntándose cuál sería el apuro que había manifestado su padre para requerir su presencia. Pero cuando llegó a donde este estaba, el misterio se develó: el capitán del ejército estaba allí junto a él, de pie, esperándola. Vestía aún su uniforme, tal como ella lo había visto horas atrás, lo que evidenciaba que no había querido perder ni un minuto en ir a buscarla. A ella, en cambio la premura de la convocatoria no le había dado tiempo de rehacer su peinado ni de retocarse el maquillaje, por lo cual se presentaba ante él con el cabello suelto y la cara lavada, cosa que a él le encantó porque de esa forma la conocía «al natural».
— Hija —exclamó lord Edmond al verla entrar en el salón—. Quiero que conozcas al capitán Fabrus. Acaba de llegar del frente de batalla y ha venido a hacerme una petición.
Dael había quedado estupefacta, y no pudo articular ni una palabra, ni siquiera extenderle la mano para saludarlo.
— Acércate, Dael —dijo su padre sonriendo—. Fabrus impone presencia pero no le debes temer. Es más, ha venido por un asunto que me ha tomado por sorpresa y francamente no esperaba aunque me llena de satisfacción: vino a pedir permiso para cortejarte. Y como hace tiempo que lo conozco, si tú no tienes inconveniente, se lo acabo de conceder.
Era muy alto y verlo tan de cerca era turbador. Percibía el ritmo de su respiración, las feromonas expelidas por su cuerpo y su mirada que quemaba como brasa ardiente de carbón. Y de una cosa estuvo segura: ese era el hombre que quería para ella. Por eso le dijo a su padre que no tenía objeción.
Para las expectativas de Dael, el cortejo no comenzó como suponía. Las oportunidades de estar con él eran esporádicas. Sus visitas eran sorpresivas y no estaban sujetas a una agenda previa, lo que no le daba margen para acicalarse para él debidamente. Además, Fabrus parecía estar todo el tiempo pendiente de cumplir con sus obligaciones en la milicia, por lo que se hacía difícil para Dael verlo en forma regular. Tal vez por ese motivo su deseo por él se acrecentaba cada día. Ansiaba vivir momentos de pasión entre sus brazos en lugar de tener que quedarse de brazos cruzados extrañándolo. Y como a ella no le preocupaban las convenciones sociales, un día no pudo más y lo fue a buscar.
Había convencido a su padre de que esa tarde iría a pasear por la ciudad, supuestamente para familiarizarse con lugares que hacía muchos años que no veía, por lo que obtuvo su inmediata aprobación. Pero en realidad su intención era ir a la casa de Fabrus.
Después de averiguar discretamente aquí y allá, dio con la casa. En la entrada la recibió Plinia, el ama de llaves. Fabrus le había contado que ella y su marido oficiaban de caseros y que como hacía muchos años que los conocía los consideraba como de la familia. Plinia por su parte también sabía quién era Dael por referencias de su amo, por eso no tuvo reparos en invitarla a pasar.
— El señor Fabrus no ha llegado aún —le dijo amablemente, mostrándole un mullido sillón cerca de la estufa a leña, donde sentarse a esperar—. Tenía maniobras de campo con su ejército, pero vendrá de un momento a otro.
Además de ser inquieta en demasía, otra de las cualidades de Dael era su audacia sin limitación. A diferencia de otras chicas de su edad, no se conformaba con vivir pasivamente, y cuando se proponía algo no paraba hasta lograrlo. Su padre estaba orgulloso de esa cualidad y la alentaba a actuar sin las inhibiciones propias de la sociedad de la época. Pero claro, dentro de ciertos límites.
— Gracias —respondió Dael, también amablemente—. Aquí lo esperaré. Puede continuar con sus tareas.
La mujer se retiró pero ella sabía que no iba a quedarse sentada en aquel sillón. No bien Plinia desapareció de su vista, comenzó a dar vueltas por el salón observando todo a su alrededor. La casa no era tan grande como el palacio en el que ella vivía, pero tenía un halo de misterio que la cautivó. El techo muy alto, sostenido por bóvedas de crucería semejaba una construcción religiosa, y las paredes y el piso de piedra hacían que el lugar pareciera una antigua fortaleza. La luz provenía de un vitral en uno de los extremos del salón, y en el otro extremo, un arco de medio punto flanqueado por pesados cortinados daba paso a otro salón más pequeño que oficiaba como hall de distribución. Al fondo del mismo se divisaba un largo corredor que seguramente llevaba a las cocinas y las dependencias de servicio, pero no se animó a entrar en él. De frente a este había una escalera con peldaños de granito gris que subía describiendo una curva muy pronunciada que desde donde ella estaba no le permitía atisbar qué había en la otra punta, en el piso superior. Entonces, subió.
Una vez arriba se encontró con otra sala, esta alfombrada con un enorme tapete rojo con arabescos de colores brillantes. Sobre una de las paredes había un magnífico dressoir dorado y sobre él un escudo de armas, y sobre las otras había retratos de personas que no alcanzó a reconocer. A dicho salón daban tres puertas. Dos de ellas estaban cerradas y supuso que alguna de ellas correspondería la alcoba de Fabrus y otra a su despacho personal. La tercera no estaba cerrada del todo, y fue a esa a la que se asomó. Pero al hacerlo, quedó sin habla. En medio de la enorme habitación había una tina de metal dentro de la cual podía verse a Fabrus tomando un baño. Se encontraba de espaldas a la puerta, por lo que podía observarlo sin ser vista por él. Pero no contaba con la entrenada intuición de Fabrus que, al presentir que estaba siendo observado, repentinamente se incorporó, y volteó inmediatamente hacia la puerta. Al ver su magnífico cuerpo desnudo, Dael quiso retroceder, pero con tanta mala suerte que tropezó con el ruedo de su vestido y cayó sentada sobre la alfombra. Horrorizada al ver que Fabrus tomaba una gran tela blanca para cubrirse y se dirigía hacia la puerta, se incorporó como pudo y, sosteniendo con ambas manos su voluminosa falda para no volver a enredarla en sus zapatos, corrió agitada escaleras abajo y se fue.
A la noche, encerrada en su alcoba repasaba su intrépida intervención. Había ido demasiado lejos. Pero gracias a eso había podido admirar a su hombre en todo su esplendor. Solo esperaba que él no se hubiera dado cuenta. Aunque Plinia seguramente le había informado de su presencia. Cuando creía que por ese día había tenido suficientes emociones, su doncella la vino a buscar. Su padre la requería en la sala.
Con la exaltación de lo sucedido horas antes, no había tenido tiempo de cambiarse de ropa, así que bajó tal cual estaba. Pero cuando llegó a la sala, se encontró con que allí estaba Fabrus, conversando animadamente con su padre. Lo saludó apenas con una reverencia, tratando de ocultar el sonrojo que delataba su imprudencia de horas atrás.
Su padre y Fabrus departieron durante largo rato hablando de generalidades y por suerte para ella no la implicaban en su conversación. De todos modos, estaba nerviosa e intentaba no mirar a Fabrus para no delatarse. Entonces fue cuando su padre, ajeno por completo a lo sucedido esa tarde, hizo de pronto un comentario que la descolocó.
— Hoy Dael estuvo recorriendo la ciudad —le manifestó orgulloso a Fabrus—. Es que hace poco que llegó y por más que le he contado de los grandes cambios que ha habido quiso comprobarlo por ella misma.
— ¿Ah, sí? —dijo Fabrus, y mirándola a ella comentó son suspicacia—: ¿Y le ha gustado lo que vio?
Al instante la invadió un repentino y oportuno acceso de tos y bajó la mirada con vergüenza.
— Hija —dijo su padre, entendiendo su incomodidad, aunque sin saber el motivo—: Fabrus ha venido para invitarnos a ir a su casa mañana a almorzar. ¿Estás de acuerdo?
Tuvo miedo de responder. Era obvio que él la había descubierto, y temía que fuera a delatarla. Por eso se limitó a asentir con un gesto de su cabeza y acto seguido pidió permiso a su padre para retirarse a descansar. Pero no contaba con lo que este iba a decir.
— Fabrus, ¿te importaría escoltar a mi hija hasta la escalera?
Fabrus asintió encantado, así que inmediatamente se puso de pie y ofreció su brazo para que ella se apoyara en él. Dael, por no contradecir a su padre lo tomó del brazo y caminó con él hacia la escalera. Pero no solo le incomodaba que Fabrus la supusiera una tonta; también le incomodaba no haber tenido la chance de higienizarse debidamente y cambiarse de vestimenta. Por eso, al llegar al pie de esta, se soltó rápidamente de él y subió el primer escalón. Pero Fabrus la detuvo.
— Creo que esto es suyo —dijo, sacando de su bolsillo un pañuelo con sus iniciales.
Dael, espantada lo tomó bruscamente y subió corriendo a su habitación. Era cierto. Él la había descubierto. Y para peor, la prueba de que había estado allí y de su estupor al verlo, era el pañuelo aquel.
Fabrus era extranjero. Por provenir de otra etnia, sus rasgos fisonómicos eran diferentes a los del resto, lo que agregaba exotismo a su personalidad. Había llegado a la milicia por casualidad, y su bravura y sus condiciones de estratega le habían permitido rápidamente escalar posiciones hasta su cargo actual. Lord Edmond, que era a su vez militar retirado, tenía gran afinidad con él, y tal vez inconscientemente lo consideraba como el hijo varón que le habría gustado tener. Ahora, a través del compromiso con su hija parecía al fin llegar a consolidar aquel sueño. No contaba con la maldad y la maledicencia de quienes envidiaban aquella pareja perfecta.
Desde que Dael había regresado, varios hombres habían comenzado a pretenderla, solo que ninguno de ellos había despertado su interés. No obstante uno de ellos, el barón de Hargán, parecía no cejar en su propósito de desposarla. Tengamos en cuenta que Dael, además de sus virtudes personales contaba con una dote extraordinaria y su padre era dueño de un nada despreciable patrimonio. Aunque Dael y Fabrus no habían anunciado públicamente su compromiso y guardaban al respecto una prudente discreción, dicho barón insistía en haber sido injustamente despreciado, ya que por poseer un título nobiliario se consideraba superior a un «simple» militar. Envenenado por la envidia que sentía hacia los éxitos y condecoraciones de Fabrus, se le ocurrió comenzar una campaña de chismes acerca de la pareja en cuestión. Esperaba que alejándolos, Dael podría llegar a aceptar su propuesta matrimonial. No contaba con la fuerza que los unía.
Como el barón pertenecía a una rama familiar de Lord Edmond, no tenía reparos en visitar asiduamente su casa, y a pesar de que en cada visita Dael no se hacía visible para evitar saludarlo, decía a sus allegados que se mostraba con él especialmente cariñosa y que no demoraría en hacerla caer a sus pies. La infamia comenzó a circular, hasta que llegó a oídos de Fabrus. Este, sumido en una actividad profesional intensa y agobiante no tenía tiempo para ocuparse de desmentir las insinuaciones del barón, de quien sabía que era un zángano con todo el tiempo del mundo para inventar cualquier cosa.
Dael creía estar segura de que Fabrus confiaba en ella, pero se preguntaba si su orgullo masculino podría llegar a sucumbir bajo aquellos rumores, incluso llevándolo a sospechar que pudiera haber en ellos algún viso de verdad. El punto culminante ocurrió cuando el barón de Hargán difundió entre sus allegados la novedad de que al fin se había acostado con ella. Entonces, ante la impotencia de no poder enfrentarlo, Dael enloqueció temiendo que Fabrus se alejara de ella para siempre.
Cuando la noticia llegó a oídos de Lord Edmond, este sí se ocupó de desmentir rotundamente tal acusación, y a pesar del lazo familiar que lo unía con el barón, rompió definitivamente relaciones con él. Pero ya había causado bastante daño. Al ver a Dael sumida en una profunda depresión, se decidió a tomar cartas en el asunto. Lo primero que hizo fue hablar largo y tendido con ella para hacerla reaccionar.
— ¿Crees que Fabrus ha dejado de amarte?
— No, padre. Sé que me ama del mismo modo que yo a él.
— Entonces no decaigas. No olvides que si bien es relativamente fácil matar a un hombre, es muy difícil matar un amor.
Al paso de los días y siguiendo el consejo de su padre, Dael comenzó a darse cuenta de que una actitud de autocompasión era absolutamente improductiva e inconducente, por lo que lo lógico era que se armara de coraje y se dispusiera a luchar por su amor. Lo primero que hizo fue salir de la casa y retomar su actuación en sociedad. Ahí pudo ir comprobando que, a pesar de sus infames habladurías, al barón de Hargán pocas personas le creían, y eso la envalentonó. No estaba en sus planes rebajarse a enfrentarlo. Solo tenía que esperar a que sus embustes cayeran por su propio peso. Pero había que esperar.
Pero no solo el barón de Hargán albergaba intereses ocultos. También Fabia, una de sus amigas más cercanas que había estado siempre interesada en Fabrus, vio la oportunidad de aprovechar la misma senda de calumnias para desacreditar a Dael. Pero en este caso fue más allá: le tendió una trampa. Desde que Dael había llegado a la ciudad irrumpiendo en el círculo social con su frescura y su desenvoltura, pero sobre todo con su extraordinaria belleza había opacado a Fabia dejándola en segundo plano. Debido a eso, esta no tuvo mejor idea que organizar un baile como escenario de lo que estimaba iba a ser su venganza mortal.
El evento estaba siendo entretenido. Dael bailaba y se divertía a la par de los demás. Le habría gustado que Fabrus también hubiera participado, pero sabía que esos días estaba muy ocupado con la actividad militar. En determinado momento de la fiesta, Fabia dijo como al pasar, pero a viva voz para que llegara a los oídos de Dael, que le parecía haber visto al capitán Fabrus en la glorieta del rosedal, y que seguramente estaba esperando a alguien. Dael no era boba, pero en aquel momento la ilusión de ver por fin a Fabrus nubló su razón y fue ávida de deseo a encontrarse con él.
Al adentrarse en el rosedal vio una sombra y creyendo que era su amado se apuró a ir hacia él. Pero cuando este salió de la oscuridad haciéndose visible, lo miró lívida: no era Fabrus sino el barón de Hargán. Al instante su cerebro cayó en la cuenta de que había sido presa de un engaño, y furiosa consigo misma por haber caído en la trampa quiso retroceder. Pero ya era tarde, porque al voltear vio con desilusión que detrás de ella había un séquito de jóvenes leales a Fabia que la había seguido para disfrutar de su chasco.
Era tarde en la noche y ella hacía rato que estaba en su alcoba yendo de aquí para allá. Su doncella se había marchado dejándola lista para meterse en su cama pero no iba a hacerlo porque no podría dormir. Fabia y el barón de Hargán eran sin duda personas despreciables, pero eso difícilmente iba a poderse cambiar. Por el contrario, se culpaba a sí misma y a su impetuosidad, de haber caído ingenuamente en su trampa. No había podido concertar un encuentro con Fabrus para explicarle que a pesar de los embustes perpetrados en su contra, ella jamás se había sentido atraída por el barón de Hargán, y mucho menos hubiera accedido a intimar con él. Necesitaba que él la escuchara pero él se mantenía lejos de ella. Eso le hacía creer que le estaba haciendo el vacío, ofendido por su supuesta actitud. Pero se equivocaba. No tenía idea de que Fabrus ni por asomo tenía intención de ocuparse de esas tonterías, porque se estaba preparando para hacer frente a algo mucho peor.
Sentada al borde de su cama miraba como hipnotizada a través de la ventana abierta de par en par las estrellas que brillaban en lo oscuro de la noche. Sin Fabrus, sentía su alma oscura como el cielo, pero el brillo de las estrellas se le figuraba como el brillo de su amor. De pronto, vio la sombra de un hombre que se asomaba por la ventana y sigilosamente se introducía en la habitación. Asustada, creyendo que volviera a tratarse de aquel individuo indeseable, saltó de su cama y se plantó desafiante, de pie frente a él. Pero no era quien había supuesto: era Fabrus. Al verlo sintió que el corazón le explotaba pero dudó si acercarse o no a él. Se lo veía desencajado, muy alterado, y ella, ignorante de los hechos, interpretó que venía dispuesto a descargar en ella su decepción.
— ¿Qué haces aquí? —le preguntó entonces, temerosa.
Pero él no le respondió. Sus manos parecían temblar debatiéndose entre lo que su impulso viril le obligaba a hacer y lo que su conciencia le impedía. Fue acercándose a ella lentamente y Dael sintió que el cuerpo se le helaba y temió por su integridad. Por eso abrió rápidamente uno de los cajones de su cómoda y sacó una daga afilada con la que le apuntó.
— ¿A qué has venido? —insistió, temblando, aunque sosteniendo la daga con fuerza.
Se miraron intensamente y ambos sabían que no iba a haber vuelta atrás. A la luz de las velas, el cuerpo desnudo de ella se traslucía dentro de la larga túnica de lino blanco, y el rostro de él fulguraba ardientemente al igual que la cruz que colgaba de la pesada cadena de oro sobre su pecho descubierto, visible por la abertura de su chaqueta.
— ¿A qué has venido? —repitió, lastimosamente—. ¿A comprobar por ti mismo si ya no conservo mi virginidad?
Fabrus tragó saliva. Ella no sabía por qué estaba ahí, y le disparaba sin piedad, directo al corazón. Lo único en el mundo que podía matarlo era justamente que se hubiera cumplido lo que acababa de decir, pero aun así se mantuvo callado.
— Si es eso lo que viniste a hacer —continuó diciendo ella—, puedes ahorrarte el esfuerzo porque no la he perdido. En tus entrañas sabes bien que no me entregaría jamás a otro hombre, y esperaba que lo comprobaras en nuestra noche de bodas.
Fabrus continuaba inmóvil pero sus ojos la atravesaban como una espada ardiente. Sabía que ella estaba en lo cierto. Lo sabía sin que ella tuviera necesidad de hacérselo saber.
Viendo que él hacía un esfuerzo sobrehumano para contenerse, Dael bajó apenas la daga aunque sin dejar de apuntarle, y continuó hablándole, tratando de hacerlo calmadamente. Era la oportunidad que había estado esperando y no la podía desperdiciar.
— Fabrus, yo te amo. Jamás te he dejado de amar. En mis pensamientos y en mi corazón he sido tuya desde el día en que nos conocimos y durante todo ese tiempo he deseado con toda mi alma que me hicieras tuya de verdad. En este momento, si quisieras tomarme por la fuerza no lo podría evitar. Ambos sabemos que esta daga no te podría detener porque tu fuerza me superaría y sin remedio debería rendirme a ella. Pero me temo que tú no hayas venido a consumar nuestro amor, sino a comprobar si es verdad o no una maledicencia. Si es así, lo único que lograrías sería acabar con mi honra y que te aborreciera por el resto de mi vida por convertirme en una mujer indigna.
Dael sentía que se ahogaba. Lo que más deseaba en aquel momento era que Fabrus la tomara entre sus brazos y la hiciera su mujer, pero no podía admitirlo en esas condiciones. Por eso se detuvo por un instante para tomar aliento y continuar. Fabrus la escuchaba atónito, sin atinar a contradecirla.
— Si viniste decidido a hacerlo, entonces hazlo —exclamó entonces, en un exabrupto—. Hazlo de una vez. Pero no bien te marches, con esta misma daga me mataré.
Al oír estas palabras, Fabrus avanzó decidido hacia ella. Temió que por ser tan obstinada cumpliera su palabra, así que rápidamente con una mano le aprisionó fuertemente la muñeca y con la otra le quitó la daga, arrojándola al piso lejos de ella. Dael lo miró anhelante y él, sin soltarle el brazo sintió la vibración acompasada de sus cuerpos. Sabía que en ella podía confiar. Entonces, conteniendo a duras penas su impulso la soltó, y bajando la cabeza le dijo casi al oído y con voz ronca:
— No te atrevas a hacerlo.
Y sin mirar atrás, por la misma ventana por la que había entrado, se marchó. Dael, conmocionada, apenas atinó a agarrarse de uno de los postes torneados del hermoso dosel de su cama antes de caer de rodillas sobre el piso frío, llorando desconsolada. Pero no era de pena; era de pasión.
A la mañana, cuando bajó a desayunar, su padre la estaba esperando sentado a la cabecera de la larga mesa.
— Hija, se te ve demacrada —le dijo, observándola al tomar asiento al lado de él—. ¿Te sientes mal?
— Es que apenas he dormido.
— A mí me ha pasado lo mismo —dijo su padre, afligido—. Es que Fabrus se ha marchado con sus hombres en la madrugada. Se encaminan ahora a defender la frontera sur, pero me preocupa que no está en su mejor momento. Sabes, Fabrus no ha estado muy bien estos últimos tiempos. Ha estado irascible, impaciente y peligrosamente temerario. Por eso temo que su estado de ánimo le impida planear estrategias convenientes o tomar decisiones acertadas, y solo le pido a Dios que lo proteja y le permita regresar sano y salvo.
Al oír sus palabras, Dael palideció. Aquella noche, su enorme dolor la había llevado a malentender la verdadera intención de Fabrus. Él no había venido buscando revancha ni a satisfacer su ego herid. A él no le importaba lo que otros hubieran dicho de los dos. Él sabía lo difícil que iba a ser la batalla a la cual se dirigía, y adelantándose a un posible corolario infausto, había venido a despedirse. Había venido a dejarle su fortaleza y su amor. Y ahora ya era tarde.
Pasaron muchos días sin que en la ciudad se tuvieran noticias del frente de batalla. Esporádicamente llegaba algún mensajero relatando lo difícil que estaba siendo la situación. Al parecer las fuerzas invasoras eran indoblegables y se temía lo peor. Dael, recluida voluntariamente en su alcoba en aquella alejada ala del palacio, se negaba a escuchar las noticias funestas y rezaba cada día para que Fabrus regresara con vida.
Y fue al cabo de tres meses que Fabrus volvió. Fue su padre el que le comunicó la noticia: había logrado triunfar en la contienda, pero estaba gravemente malherido. Al parecer, como forma de premiar su victoria, el rey le había condecorado, y lo había licenciado para que no tuviera que continuar formando parte de la fuerza militar. Todo eso, si lograba salir con vida.
Cuando Dael entró en la alcoba de Fabrus y lo vio en aquel estado, sintió que las piernas le flaqueaban y su padre tuvo que sostenerla para que no caer. Fabrus estaba allí, tendido sobre la cama, inmóvil e inconsciente. A su lado un doctor examinaba sus pulsaciones y al verlos les hizo señas de esperar y guardar silencio. Cuando terminó, saludó con media sonrisa, y tomando sus cosas se aprontó para irse.
—Tiene una gran fortaleza. Seguramente sanará —informó simplemente, antes de salir de la alcoba.
Durante todo el tiempo en que estuvo inconsciente, Dael estuvo allí cuidándolo. Ayudaba a Plinia con las curaciones y después se quedaba a solas con él. Le hablaba con ternura y lo besaba intentando hacerlo reaccionar. Le pidió perdón mil veces por haberse equivocado, por haber supuesto que era él quien había obrado negativamente llevado por aquella patraña, cuando en realidad había sido ella quien, llevada por la impotencia, había descargado su desesperación injustamente sobre él. Fabrus siempre había creído en ella. Ahora solo esperaba poder recompensarlo durante el resto de su vida.
Cuando él abrió los ojos, fue a ella a quien vio.
— Veo que no te has matado —dijo, con esfuerzo.
— No —dijo ella, sorprendida y con lágrimas de alegría en los ojos—. Es que a mi futuro marido le debo obedecer.
— ¿Ah, sí? —dijo él, intentando que al reírse no le doliera la herida, y mirando alrededor suyo—. Entonces debería ordenarte que te retires de inmediato. Te recuerdo que estás sola en la habitación de un hombre. ¿O ya no te importan las habladurías?
E intentando incorporarse le ordenó:
— Ayúdame a levantarme.
— ¡Estás loco! —exclamó Dael—. El doctor dijo que si bien la herida ha sanado debes quedarte en cama unos días más.
— Es que tengo cosas que hacer.
— ¿Tan deseoso estás de reincorporarte a la milicia?
— No. No es eso. Es que al verte recordé que había una cosa que debía comprobar. Y me urge hacerlo.
— Pero no puedes levantarte —afirmó Dael, terminantemente—. Lo ha prohibido el doctor.
Pero después de decirlo, mirándolo con picardía, continuó:
— ….aunque si tanto te urge hacer esa tal comprobación, no es preciso que te levantes.
………………………..
— Dael, ¿en el internado te enseñaron estas cosas?
— No específicamente… es que en la biblioteca había muchos libros para leer.
Y agregó:
— Ahora me voy a mi casa a darme un baño y descansar.
— Dael, espera. Primero dime si vas a casarte conmigo.
— ¡Y qué remedio me queda! —exclamó, riendo—. Me acabas de deshonrar.