La Maga Blanca

Nora Sisto

       Después de dar a su empleada doméstica las instrucciones sobre las compras, el almuerzo y otras tareas a realizar, Ixaty se fue a trabajar. Allá quedaba su hija de catorce años preparándose para ir al colegio, y su pequeño perrito, peludo cual bola de nieve, moviendo la cola esperando que la chica terminara su tarea para sacarlo a pasear.

      Cuando entró a su automóvil suspiró. Esa iba a ser otra atareada jornada. Creía haber dejado organizadas las actividades de su casa, pero todavía la esperaba en su trabajo un caos aún peor. Había recibido últimamente una avalancha de pedidos y, a pesar de que contaba con empleados muy eficientes, ella misma era quien se encargaba de organizarlos y  supervisar las entregas. Pero no se quejaba. Su trabajo era para ella un mundo extraordinario y lo disfrutaba sin excepción.

      Por causa de su precoz e inesperada maternidad, Ixaty no había asistido a la universidad. Pero no lo lamentaba, ya que de alguna manera le había servido para no verse obligada a estudiar una profesión que al fin de cuentas no le iba a interesar. Más tarde, cuando su hija comenzó a asistir a la escuela y pudo al fin sentirse libre para elegir, se propuso iniciar la actividad que desde hacía algún tiempo le interesaba.

      Ixaty era joyera y hacía varios años que había montado un importante taller. No tenía demasiado claro a partir de qué momento había surgido en ella aquella  original   vocación. Sin embargo, ésta se había consolidado al conocer a un viejo orfebre, ya alejado de la actividad, que pacientemente le había enseñado los pormenores de aquel exótico oficio. Había adoptado el nombre «Ada Di Bari» como su marca comercial y su fama había sido catapultada por clientes de alto perfil que, al adquirir sostenidamente sus productos la habían posicionado como una reconocida artista en su rubro.

      La marca «Ada Di Bari» era su escape de la realidad, pero era también muy lucrativa. Su actividad no solo le había permitido llevar una vida sin sobresaltos económicos, sino que podía permitirse un estilo de vida superior al que de niña hubiera podido soñar. Vivía en un hermoso departamento en el centro de la ciudad y su hija asistía a un colegio prestigioso. Había adquirido el antiguo taller de su maestro y era ahí donde funcionaba ahora su propio taller. Se trataba de una antigua casa en un barrio pintoresco cerca de la costa, de calles angostas y empedradas que, por su belleza, así como la de su entorno, servía de inspiración para la confección de aquellas verdaderas obras de arte que elaboraba con pasión.

      Ixaty había tenido a su hija a los diecisiete años. A pesar de haber sido un hito inesperado de su vida, nunca lo había considerado un error. Ella amaba a su hija, aunque existía un detalle que hasta el momento no había podido esclarecer: no sabía quién era el padre. Se había embarazado en una excursión de fin de cursos en la que había tenido contacto con aquel chico tan desconocido como excepcional. Como suele suceder en la adolescencia, ante aquel atractivo prospecto de hombre sus hormonas juveniles habían estallado despertándole los deseos íntimos más insospechados y, a falta de un estado de madurez  responsable, se había rendido a ellas. Pero pasado aquel puntual momento de ebullición  nunca más había sabido de él.

      Sus padres al enterarse habían puesto el grito en el cielo, pero ante la firmeza  de Ixaty de no deshacerse de la criatura,  tuvieron que ceder y a partir de ahí la ayudaron en todo. De ese modo, la niña nació y se crio en un ambiente familiar de acogida plena y afectuosa que la contuvo durante todos esos años. Sin embargo, en su afán por ser una buena madre, a Ixaty no le importó relegar aspectos importantes de su vida. Por eso abandonó sus estudios. En cuanto a su vida personal, salía de vez en cuando con algún chico pero nunca con intenciones de cristalizar una relación. Sin saber por qué, su apego a su hija parecía llevar integrado a su vez un apego hacia su anónimo genitor.

      En realidad, éste no era del todo desconocido. Su rostro lo recordaba muy bien. Solo que, en el fragor de aquella incontinencia emocional había olvidado pedirle su nombre. Y ella tampoco se lo había dado a él. A veces, esperando recuperar una pista reconstruía en su mente y en su cuerpo las intensas sensaciones que había vivido en aquel brevísimo momento. Sin embargo, siempre se desvanecían en el aire. Recordaba que había sido al atardecer, en un rincón apartado de aquella playa. No había sido forzada; es más, ella misma lo había propiciado. Venía a ella como un flash la imagen de aquel chico muy lindo al que había mirado insistentemente desde que llegó, pero todo había sucedido muy rápido.

      Por lo impremeditado del suceso y la súbita desaparición de su partenaire, para Ixaty aquella experiencia parecía a veces rondar en lo fantástico o irreal, a no ser por el inesperado desenlace. Sin embargo, otra pista tangible le aseguraba su realidad indiscutible: un brazalete que aquel chico había dejado sin querer, olvidado en el lugar. Probablemente al engancharse en su ropa éste se había desprendido inadvertidamente de su muñeca cayendo en la arena, que fue donde ella lo encontró. Por eso, cuando  él se fue repentinamente, su pulsera y su semilla quedaron con ella, ahí.

      Era un brazalete raro y hermoso, y sin saber por qué, Ixaty lo había conservado. Sin duda era una pieza bastante valiosa, pero no la había guardado  por su valor material, sino por ser el recordatorio de su  compañero de faena en aquella emocionante y contundente “primera vez”. Nunca lo había usado, porque en aquel momento su broche se había roto, y a pesar de su actual trabajo como joyera no se había atrevido a repararlo para no alterar su estructura original. Tampoco se lo había mostrado a nadie y lo guardaba celosamente entre sus pertenencias como una reliquia de incalculable valor.

      Y efectivamente lo era. Su forma era similar a una trenza compuesta de cuatro finas cuerdas de oro entrelazadas en una trama realmente original. En uno de sus extremos se aplanaba convirtiéndose en un chapita rectangular en la que había estampada una delicada flor de lis con un diminuto rubí en cada una de sus hojas y las iniciales «M. L.». Durante un tiempo se dedicó a suponer cuál sería el nombre escondido en esas iniciales, imaginando que él podría llamarse Mario Lara, Manuel Laguna, Milton López o algún nombre así. Pero aunque hubiera querido adivinarlo, nunca habría podido.

      Era media mañana y en el taller sus empleados ya estaban en plena actividad. Tenían en la agenda un evento cercano en el que se iban a exhibir varias nuevas piezas y había prisa por completar la colección, a la vez que dar cumplimiento a ingentes pedidos que recibían, provenientes muchos de ellos del exterior. Frecuentemente se trataba de la confección de un anillo de compromiso nunca antes visto, unos aretes envidiables o un collar fuera de lo convencional.

      Ixaty estaba orgullosa de su trabajo. En él podía expresarse como una artista de inacabable creatividad y por eso sus originales piezas eran apreciadas tanto por hombres como por mujeres que no cesaban de comprarlas. Por lo menos dos veces al año sus joyas  eran exhibidas en desfiles de moda como verdaderas obras de arte, y en dichos eventos era posible ver a actores, empresarios y celebridades de todas partes del país que competían por poseer aquellos preciosos objetos como símbolos de estatus.

     El primer desfile de la temporada era importante porque generalmente marcaba la tendencia de la moda para el resto del año. Para esta oportunidad  había alquilado un local muy moderno en un edificio céntrico de la ciudad, en el cual además funcionaban oficinas, comercios de lujo y una galería de arte contemporáneo, la  cual era visitada por turistas de todas partes del mundo. Las invitaciones al desfile estaban agotadas desde hacía por lo menos un mes y la logística y el marketing estaban aceitados, como siempre. Sin embargo, a pesar de que no era su primera vez, Ixaty estaba nerviosa.

      Cuando la última modelo salió a la pasarela respiró aliviada. Todas las pasadas habían sido ovacionadas por los asistentes que, libreta en mano anotaban los pedidos con gran fruición. Por eso, cuando al final del espectáculo apareció en el escenario para saludar al público lo hizo con una sonrisa de satisfacción y la tranquilidad de haber alcanzado su meta. Además de ser una mujer muy bonita, Ixaty en ese momento lucía radiante y su rostro transmitía una luz que expresaba su orgullo y su emoción. No pudo darse cuenta de que, entre el público que aplaudía de pie, unos ojos azules no podían dejar de mirarla fascinados.

      Se sentó en el sillón de su despacho y comenzó a inspeccionar la bandeja de los mails. Estaba feliz por el éxito que había tenido su muestra, por eso pasaba con entusiasmo uno a uno los mensajes preguntándose cómo iba a hacer para cumplir con todos los pedidos. De pronto, uno de ellos captó su atención por encima de todos los demás. Un potencial cliente le manifestaba haber asistido a su desfile y haber quedado maravillado con su trabajo. Y a pesar de que sabía que su trabajo era de creación personal, le encargaba la confección de una pieza para la cual le enviaba un croquis. Se trataba de un dibujo hecho torpemente a mano, pero al verlo Ixaty palideció.

      Tuvo que llevarse las manos a la boca para no dar un grito. Aquel dibujo representaba exactamente el brazalete que tantos años llevaba guardado en secreto en su cajón. Su primera reacción fue responderle que no, explicándole que no realizaba ese tipo de trabajos. Así que, después de rumiar una posible respuesta convincente durante todo el fin de semana, finalmente le envió un mail en el cual le explicaba que, por exceso de trabajo no iba a poder cumplir con su petición.

      Esperaba que el destinatario aceptara sus excusas, pero un sentimiento extraño comenzaba a apoderarse de ella causándole preocupación. Y efectivamente, a los pocos días volvió a recibir otro mail en el cual la misma persona le explicaba el porqué de su pedido excepcional. Decía, entre otras cosas: “Era un recuerdo de mi abuela. Antes de  morir me lo dio, y me dijo que siempre me guiaría hacia un destino de felicidad. Lamentablemente, siendo adolescente en un descuido lo extravié. Sé que el original no lo volveré a recuperar. Sin embargo, en este momento de mi vida necesito reencontrarme conmigo mismo, y una réplica podría ayudarme a volver a entablar el diálogo con aquella mujer que me educó y me acompañó con tanto amor. He tenido oportunidad de admirar su extraordinario trabajo, y si le pido esto es porque creo que usted y solo usted sería capaz de revivir esa pieza para mí. Por eso, le suplico que vuelva a considerarlo.” Firmaba: “Afectuosamente, Francisco”.

      Lo tuvo que meditar muy bien. A pesar de que no firmaba «Mario», «Manuel» o «Milton» como ella había imaginado, no podía tratarse de otra persona. Si  aceptaba, corría el riesgo de poner en peligro la actual estabilidad de su vida personal. Pero la curiosidad la carcomía y se dijo que, después de todo, gracias a las telecomunicaciones no tenía por qué tener contacto presencial con él. Es más, después de confeccionada la pieza podría enviársela por correo.

      Entonces aceptó. Sin embargo, no participó a sus empleados de la confección de la misma. Iba a ser  un desafío con todas las letras y por primera vez en su vida profesional tomaba aquel encargo como una misión intransferible y personal.

      El dibujo era bastante acertado, sin embargo no iba a basarse en él. Fue entonces cuando sacó a la luz aquella pieza que tenía celosamente guardada y la reprodujo con absoluta fidelidad. Sólo que, en vista de que el broche original no había sido confiable, le puso otro más de fiar. Entonces se lo envió.

      No tuvo que esperar mucho tiempo por la reacción del destinatario, porque con el pago del saldo pendiente recibió un mail de agradecimiento. En él, el remitente expresaba su sorpresa por la fidelidad con que había logrado reproducir aquel objeto tan preciado para él. Le decía que, dado la calidad de su trabajo y la forma en que lo había sabido interpretar estaba entusiasmado en conocerla personalmente. Entonces Ixaty no supo qué hacer.

      El día en que él se presentó en el taller, tuvo un inmediato déjà vu. Quedaba una remota posibilidad de que se hubiera equivocado de persona, pero cuando tuvo delante aquellos ojos y su mirada expresiva se dio cuenta de que no podía haber en el mundo otro hombre con una mirada igual. Efectivamente, era él. Había pasado mucho tiempo, pero a aquellos ojos azules los habría reconocido donde fuera: eran los mismos que veía en su hija cada día, desde que nació. Se preguntó si acaso él al verla la reconocería, por eso lo saludó con cierta cortedad. Sin embargo, él la saludó con formalidad, como a una extraña.  

—    Me alegra que al fin nos conozcamos —dijo entusiastamente al estrechar su mano con firmeza—. Mi nombre es Francisco…aunque para los amigos soy Fran.

      Ella, para los clientes era Ada Di Bari, pero no se atrevió a revelar su identidad. Durante la breve charla, Ixaty no se logró distender. Era verdaderamente abrumador tratar con indiferencia a quien había tenido con ella el contacto más íntimo que pudiera imaginar. No obstante, él parecía no conocerla y eso de alguna manera alivianaba la situación. Se sentía ansiosa pero intentaba  ocultarlo, ya que él podría llegar a preguntarse el porqué. Mientras hablaban, lo examinaba disimuladamente con la mirada. Sin lugar a dudas era el mismo de aquella vez. Solo que ahora estaba mucho más guapo. Si antes era tan solo un muchachito exaltado, ahora era un hombre espectacular.

      Ella no pensaba descubrirse ante él, sin embargo su interior le pasaba factura  de la intensa atracción que había sentido hacia él en aquel momento y la invitaba a revivirla. Su perfume masculino la envolvía y su trato amable la llenaba de turbación. Por eso, buscando una excusa para retenerlo le mostró el álbum de fotos de sus obras y lo llevó a dar una recorrida por las instalaciones del lugar. Cuando se despidieron, él se marchó con la promesa de que iba a volver a contactarla.

      Y así fue. Al mes siguiente le envió otro mail diciéndole que deseaba encargarle un anillo fuera de lo común para obsequiarle a su prometida. Entonces Ixaty tuvo que volver a la realidad: aquel hombre estaba comprometido.

      Trabajó con esmero para ofrecerle un artículo nunca antes visto, y le envió un boceto para su consideración. Entonces él le respondió con entusiasmo anunciándole que en pocos días su prometida la visitaría para concretar la operación. Ixaty se deprimió porque no iba a verlo, pero tenía cierta expectativa de conocer a aquella mujer.

      Tal como él se lo había anunciado, ese día su prometida fue al taller. Era una chica bastante mona pero desde el primer momento Ixaty intuyó que no era para él.

—    ¿Tú eres Ada Di Bari? —le preguntó no bien entró, sin ni siquiera saludar.

—    Buenas tardes —respondió Ixaty, dándole a entender su mala educación—. Sí, soy yo. ¿Le sorprende?

—    No me esperaba alguien tan joven —dijo, con actitud despectiva—. Creí que sería alguien con más experiencia.

      Ixaty podría haberle mostrado los trofeos y los premios que en el correr de esos años había recibido a nivel internacional, pero se dio cuenta de que no valía la pena. Entonces fue directamente a presentarle la muestra del anillo que había elaborado.

      No bien lo vio, la chica lo miró despreciativamente y dijo que no le gustaba. A pesar de que la pieza era de una delicadeza inigualable y que el cliente  estaba dispuesto a pagar una fortuna por él, declaró que  esperaba algo más ostentoso y que diera más claramente la idea de su valor, como por ejemplo una enorme piedra preciosa. Al escuchar sus palabras, Ixaty se apenó. Evidentemente, Fran  iba a quedar decepcionado. 

      Los días pasaron y no tuvo más noticias de él. Había cancelado el encargo  del anillo y dadas las circunstancias era probable que nunca más volviera a contactarla. Pero a Ixaty no solo la había decepcionado su frustrada venta. Sentía que su desilusión provenía de un sentimiento que emergía indómito desde sus entrañas y la hacía soñar con escenarios románticos junto a él. Aunque los hechos le indicaban que debía volver a poner los pies sobre la tierra.

      Un día, cuando ya no lo esperaba recibió un nuevo mail de Fran.  En él le decía que la semana siguiente estaría de visita en esa ciudad y que si estaba de acuerdo le gustaría pasar por el estudio a saludarla. Y ella enseguida le respondió que sí, que lo esperaba con gusto.

      Cuando se vieron nuevamente, un gesto apenas perceptible en el rostro de Ixaty hizo que él se diera cuenta de que para ella, él era alguien especial. Ella asumía que él pudiera no recordarla, pero creía percibir que una fuerza sutil los acercaba. Tal vez aquel impulso exaltado de su fogosidad le hubiera impedido a él retener su rostro. No sabía que, aun sin recordar las señas de su fisonomía, su memoria había retenido la vibrante calidez de su abrazo apasionado y que ese recuerdo lo acompañaba tenazmente, porque además, con nadie había podido reeditarlo.

      Esta vez conversaron largo y tendido. Él se disculpó por la actitud displicente de su novia y le reiteró que él sí apreciaba su idoneidad. Ella le contó que en un  par de semanas tendría lugar otra muestra de sus joyas en una importante galería, precisamente en la ciudad donde él residía, por lo que pasaría unos días allá. Ixaty se sentía muy a gusto con él pero a la vez temía involucrarse emocionalmente ya que sabía de antemano que no iba a tener chance.

      La galería estaba abarrotada de gente. La pasarela estaba flanqueada a cada lado por dos filas de asientos, en los que podían verse figuras del espectáculo y ejecutivos de importantes empresas, los cuales se disputaban como chicos frente a un caramelo, la adquisición de aquellos objetos tan únicos como costosos que simbolizaban un alto estatus de prestigio social.

      Las modelos desfilaban con prendas de estricto color negro, sobre las cuales resaltaban notablemente aquellas piezas de orfebrería, que recibían una tras otra, estentóreos suspiros de aprobación. Cuando una vez  concluido el desfile Ixaty apareció en la pasarela a despedirse del público, una ovación la apabulló. Pero lo que más la conmocionó fue ver a Fran en la primera fila mirándola hipnotizado.

      Cuando estaba por irse para su hotel, su secretaria le advirtió que había una persona en la entrada esperándola. Era Fran.

—    ¿Aceptarías cenar conmigo?—le propuso él, sin rodeos.

      Durante la cena, Fran no habló mucho. Ixaty sentía una cierta tensión entre los dos, por lo que también guardaba silencio. Pero no dejaba de observar que, junto a un costoso reloj pulsera Fran llevaba puesto aquel brazalete que ella le había confeccionado.

—    Siempre lo llevo conmigo —acotó él, al ver que ella lo miraba—. No sé si te lo dije, pero significa mucho para mí.

—    No quise ser indiscreta —respondió ella—. Solo constataba lo bien que se te ve.

      Ambos parecían interpelarse mutuamente. A él se lo notaba inquieto y no parecía estar de muy buen humor. Ella por su lado trataba de contenerse, pero su mirada y su cuerpo la contradecían sin poder evitarlo. Ella sabía que él estaba comprometido, por lo cual aquel encuentro no podía derivar en algo personal. Pero él no parecía estar dispuesto a considerarse comprometido con su novia sino interesado en consolidar con ella una incipiente relación.

—    Como ya te dije —prosiguió—, tenía uno idéntico a este, al que apreciaba mucho. No por su valor material, que como sabes es bastante, sino por su valor afectivo. La persona que me lo dio era mi guía. Me afectó mucho cuando lo perdí.

      Ixaty se apuró a desviar la conversación por temor a que él rememorara la situación en la que lo había extraviado. En ese momento no estaba preparada para una revelación. Por eso le dijo:

—    En tu carta me decías que era de tu abuela.

—    Así es —respondió él, acariciando el brazalete en actitud  pensativa—. Era una persona muy importante para mí. Se llamaba Magalí. Magalí Leblanc. En la familia todos la llamaban Maga.

      Se interrumpió y quedó como absorto durante unos segundos, al cabo de los cuales, con  una amplia sonrisa agregó:

—    Yo la llamaba «Maga Blanca».

      Sus palabras contagiaban emoción, por eso ella también sonrió dándole pie a que continuara su relato.

—    Era una mujer excepcional, realmente mágica. De niño me ayudó a sobreponerme a la pérdida de mi madre y después, de adolescente me guio en mis primeros pasos para hacerme mayor. Desgraciadamente falleció cuando cumplí dieciséis años.

      Al oír sus palabras, Ixaty casi no pudo contener la emoción. ¡Había sido por eso que cuando lo conoció tenía aquella mirada triste! Como un destello apareció en su memoria la tarde en que lo vio. Se había armado un baile improvisado en la playa, y ella con sus amigas no dejaban de observar a aquellos muchachos que sentados en la arena no se animaban a invitarlas a bailar. Cuando se aproximaron a ellos con intención de hacer que se movieran, fue que vio la mirada de él. Sus ojos azules la conmovieron a tal extremo que él, al darse cuenta la invitó a salir a caminar. Había caído la noche y el resplandor de una luna muy redonda iluminaba la espuma de la orilla, haciendo de aquel entorno paradisíaco el marco especial para el romance. Ella no había experimentado aún su “primera vez” y  la atracción que sentía por aquel muchacho desconocido era demasiado fuerte. Fue así que, cuando sus cuerpos se fusionaron, para ambos hubo un antes y un después. 

      De pronto Ixaty se sobresaltó, porque temió que Fran estuviera leyendo sus pensamientos. Como ella, él también parecía transportado hacia el pasado, aunque era imposible adivinar qué recordaba. Y lo que él recordaba  perfectamente era aquellos dos acontecimientos simultáneos que habían marcado a fuego su vida: la pérdida de su preciado brazalete y de su vida infantil. Pero ella nunca se iba a atrever a preguntarle.

—    Al poco tiempo —continuó él, volviendo de su abstracción—, un descuido hizo que perdiera dicho brazalete y desde entonces viví ansioso por recuperarlo. Sabía que era imposible, por eso me alegró tanto que accedieras a recrearlo. Creo que te estaré agradecido por el resto de mi vida, porque ahora puedo decir que he vuelto a ser yo.

      Cuando se despidieron, se lo notaba apenado. Era evidente que deseaba estar junto a ella un rato más.

—    Ada —le dijo antes de irse—, estoy muy feliz de conocerte. Ojalá pudiéramos pasar tiempo juntos, para conocernos más.

      Entonces Ixaty no pudo aguantar su propio deseo y sin medir las consecuencias de sus palabras, le reveló:

—    «Ada Di Bari» es mi nombre artístico. Mi verdadero nombre es Ixaty, y ese es el nombre para mis amigos.

      De vuelta en el hotel, Ixaty daba vueltas en su cama sin poder dormir. Aquel encuentro con Fran le había generado inconmensurables expectativas. Ella comenzaba a sentir que su corazón volvía a latir enloquecidamente por él, pero tenía miedo de explicitárselo. Al mismo tiempo no acertaba a descifrar el porqué de la insistencia de él y eso le producía una enorme intriga.

      Al otro día, cuando se despertó ya era mediodía. Entre el ajetreo del desfile y la cena con Fran, había tenido bastante sobresalto. Se dio un largo baño en el jacuzzi de la habitación y, como aún tenía un día por delante antes de volver a su casa, optó por dar un paseo a pie por las inmediaciones del hotel. Se había sentado en una banca de una plaza y miraba absorta la gente pasar, cuando su móvil sonó. Era Fran.

—    ¿Ya te fuiste?

—    No, aun no.

—    Ixaty, necesito verte antes de que te vayas.

      Quedaron en encontrarse en donde ella estaba, y no bien él llegó, salieron a caminar. Sin proponérselo, sus pasos los llevaron a la puerta del hotel en el que ella se hospedaba y una vez allí, igual que aquella primera vez ambos supieron lo que deseaban.     

      Para Ixaty era una prueba de fuego. Con todo su ser había deseado aquel reencuentro, pero temía por la reacción de él. Y así fue. Ambos se entregaban por segunda vez, aunque él no lo supiera. Fran deseaba locamente a aquella mujer desde que la vio, y ella ansiaba sentir nuevamente aquel cuerpo, ahora mucho más firme y maduro, y prodigarle la misma ternura con que lo había agasajado aquella vez. Iba todo sobre ruedas hasta que, una vez aplacado el efecto demoledor de la maravillosa sinergia entre ambos, Ixaty se aflojó. Su rostro, teñido de rubor rosa le mostró su inmensa  felicidad, esperando también su sonrisa. En cambio, él volvió a tensarse y, despegando rápidamente su cuerpo del de ella la miró espantado como si se hubiera topado sorpresivamente con un fantasma. Se quedó inmóvil durante algunos segundos sin decir nada y ella no se atrevió a preguntar.

—    Disculpa. Tengo que irme —dijo al fin, confundido.

      Y rápidamente tomó todas sus cosas y se marchó.

      Pasó más de un mes. La marca de Ixaty se estaba expandiendo en distintos países y el trabajo no cesaba de crecer. A Fran no lo había vuelto a ver y eso le preocupaba. Pensaba que tal vez su conciencia lo había hecho recapacitar y había vuelto con su novia. Según lo que él le había mencionado, por esa época contraerían matrimonio. Y aunque ella sintiera que él era su hombre, lo cierto era  que no tenía ningún derecho sobre él. Por eso, ella tampoco lo contactó.

      Pero el silencio de Fran tenía un motivo. Fran dudaba de sí mismo. Apenas conocía a Ixaty, o al menos eso pensaba él. No obstante, se daba cuenta de que no era cualquier mujer. Había algo en ella que lo inquietaba. Aquel día, en el hotel había creído percibir que no era la primera vez que estaba con ella, y eso lo había descolocado. Aunque el sentido común le decía que no podía ser posible que se tratara de la misma persona con la que había vivido, de adolescente un impetuoso momento similar, su intuición le decía que sí y los hechos parecían confirmárselo.

      Su vida se había enredado igual que los hilos de aquel brazalete, y no encontraba la manera de poderlos desenredar. Por un lado se sentía obligado a  cumplir con la palabra empeñada a su novia, pero por otro, a medida que pasaba el tiempo se persuadía más y más de estar predestinado a Ixaty. Al final, dado lo tenaz e indoblegable de sus sentimientos,  en un acto de rebeldía hacia sí mismo  dio marcha atrás y canceló su compromiso. Ese mismo día se armó de coraje y fue a buscar a Ixaty.

      Cuando ella lo vio entrar a su taller como un desaforado, por un momento se asustó.

—    ¿Quién eres? —le preguntó a boca de jarro, mirándola fríamente.

      Ixaty no le pudo contestar. Aquella pregunta, más que una pregunta era la llave de su celoso secreto, y un escalofrío corrió por su espalda. Pero él insistió, desesperado, una vez más:

—    Por favor, dime quién eres, que no puedo huir de ti.

      Pero él mismo, al escuchar sus palabras tuvo miedo de oír la respuesta, y se fue de la misma forma intempestiva en que había llegado. Aun así, necesitaba una respuesta. Por eso no demoró demasiado en volver a irla a  buscar.

      Aquella tarde, Ixaty salía de su taller, cuando inesperadamente lo vio. Había estacionado su coche justo junto al de ella, y daba la impresión de haber estado esperándola.

—    ¿Podemos hablar? —le dijo, sin esperar a saludarla.

—    No lo sé —respondió ella, dudando—. La última vez no estuviste muy amigable.

—    Lo sé. Te pido disculpas. Es que estoy pasando por un momento de transición y no sé cómo afrontarlo. Por favor, ven.

      Ixaty no sabía hacia dónde iban, y tampoco le quiso preguntar. Es que habría ido con él a cualquier sitio. Él conducía sin desviar la vista del camino, pero ella sí lo miraba a él y notaba su desasosiego. Cuando al fin, a pocas cuadras detuvo el coche, Fran giró la cabeza hacia ella sin despegar las manos del volante y le dijo, sin preámbulos:

—    Tú sabes quién soy, ¿no es así?

      Ella lo miró indecisa. No sabía si había llegado el momento de la verdad y le inquietaba saber cómo continuaría la conversación a partir de ahí. Pero igual le respondió.

—    Sí.

—    Lo supiste todo el tiempo, ¿no?

—    Desde el día en que me enviaste aquel mail.

      Se hizo un profundo silencio. Desde donde estaban se veía la playa y una súbita melancolía se apoderó de los dos. Había comenzado a llover, y sobre el coche caía ahora una cortina de agua que opacaba las ventanillas haciendo que el recinto se viera íntimo, casi secreto. Ixaty creyó que todo iba a salir bien, pero una vez más él dio un giro inesperado a la conversación.

—    Entonces me mentiste cuando me enviaste aquel brazalete haciéndome creer que habías entendido mi torpe dibujo a la perfección. Porque en realidad habías copiado el verdadero. ¿No es así? Me dejaste creer que habías comprendido mi más profundo sentimiento pero te estabas burlando de mí y yo como un tonto te creí. ¿No es cierto?

      Ixaty lo escuchaba con un nudo en la garganta. Sus palabras pretendían ser agresivas pero sus ojos denotaban la misma tristeza, la misma angustia de niño abandonado que había visto en ellos  aquella vez, cuando lo conoció.

—    ¿Dónde está el brazalete verdadero? —exclamó entonces Fran, con voz ahogada—. Porque es obvio que lo tienes tú.

      Al escuchar esto último, una profunda pena le inundó el corazón. Ahora él sabía quién era ella, pero parecía importarle más recuperar su preciado tesoro que el hecho trascendente de que éste hubiera quedado unido a ella en aquel bendito momento de pasión. Entonces, con los ojos húmedos metió la mano en uno de los bolsillos de su abrigo y lo sacó. Sin mirarlo, desprendió del volante una de sus manos y lo depositó sobre su palma. Después, sin decir nada se bajó del coche y bajo la lluvia torrencial huyó a pie.

      Hacía más de una semana que no se aparecía por el taller. Sus empleados la llamaban insistentemente porque sin sus directivas les era  imposible avanzar y dar abasto a la producción. Pero ella no se sentía motivada. Pasaba el día tirada en la cama y apenas salía de su habitación. Su hija, que durante todo ese tiempo había estado de vacaciones con sus abuelos, ese fin de semana al verla en ese estado se preocupó. Después de interrogar a los empleados del taller para saber si alguno estaba al tanto de qué podría haberle sucedido a su madre en su ausencia, se le ocurrió escudriñar en su móvil para rastrear sus últimas llamadas, y así fue que lo contactó.

      Decidida a investigar el porqué del estado de su madre, la chica citó a Fran en un bar de la ciudad. No tenía idea de quién era aquel individuo pero no le importaba; estaba dispuesta a pedirle explicaciones, aunque ni siquiera supiera  de qué se podía tratar. Sin embargo, cuando ambos se vieron, la sorpresa fue mutua. Fue como si se miraran en un espejo; eran, cada uno un calco del otro. Entonces no hubo nada qué decir.

—    Toma —le dijo la chica entregándole las llaves de su casa—. Habla con ella. Pero no voy a perdonarte si la haces sufrir.

      El despampanante pent-house estaba en penumbra. Fran caminó unos pocos pasos y de pronto contuvo la respiración. A través del ventanal que conectaba la enorme estancia con una hermosa terraza, la divisó. Ixaty estaba ahí, inmóvil, junto a la baranda del balcón contemplando pensativa la bellísima puesta del sol. Su silueta recortada sobre el cielo parecía una visión. Tenía en sus brazos a su pequeño cuzco peludo que, al igual que ella parecía estar disfrutando en silencio del paisaje. Se la quedó mirando extasiado hasta que ella, alertada por la  inquietud repentina de su mascota volteó.

—    ¡Fran! —exclamó sobresaltada—. ¿Qué estás haciendo acá?

      Fran no le respondió. Se fue acercando a ella lentamente, hasta quedar a su lado. Apoyó sus manos sobre la baranda y se quedó junto a ella mirando aquel panorama espectacular.

—    ¿Quién te dejó entrar a mi casa? —reiteró Ixaty, intentando contener su enfado—. Si vienes a reclamarme algo más, vete por donde hayas venido.

—    No vengo a reclamarte nada —dijo Fran—. Vengo a pedirte perdón.

      Sus palabras eran amables, así que Ixaty depositó suavemente a su perro  en el piso y se quedó esperando a escuchar lo que él le pudiera decir. Entonces él prosiguió:

—    ¿Sabes?, nunca en mi vida imaginé que fuera a vivir algo como esto. Es por eso que no supe cómo comportarme ante ti. Antes que nada, necesito que perdones mi ofuscación del otro día. Lamento haberte hablado de esa forma. Es que me impacienté. No tienes idea de lo vacía que se volvió mi vida desde que perdí mi brazalete… y a ti.

      Ixaty lo escuchaba con emoción, pero no sabía qué responderle. Lo miró con ternura recién cuando él suspiró profunda y sonoramente.

—    Sin embargo, creo que tienes algo más que me pertenece —continuó él, poniéndose de lado para mirarla mejor—. Creo que hay algo muy mío que en todos estos años no supe que existía y tú no te dignaste hacerme conocer.

—    ¿Acaso te habría importado? —alegó ella, defensivamente.

—    Me importa más de lo que puedas suponer. Es más; ya he hablado con ella y nos hemos prometido comenzar a conocernos.

      Hasta ese momento, Ixaty se había mantenido calma, pero esto último la  alteró.

—    ¿Y qué dirá tu esposa? No creo que se sienta muy contenta.

—    No tengo esposa.

—    Ah, ¿no?

—    No. Aquella chica no era para mí. Tú hiciste que me diera cuenta. Y después de hoy, estoy más seguro que nunca de que si hubiera continuado a su lado habría cometido una estupidez.

      Ixaty ahora también suspiró hondo y su semblante se animó.

—    ¿Necesitas una prueba de paternidad? —agregó, sarcástica.

—    No es necesario. Me bastó con verla.

      Ambos se sorprendieron, porque no tuvieron más remedio que reír.

—    Supongo que ya sabes que estoy enamorado de ti —le confesó Fran—. Creo que siempre lo estuve.

—    Y yo de ti.

—    Aquella vez no pude despedirme, ni pedirte tu teléfono. Ni siquiera te pregunté tu nombre. Es que escuchaba a mis compañeros llamarme con insistencia y no quise que nos vieran en aquella situación. Por eso me fui tan repentinamente. Pero más tarde me arrepentí, porque no supe cómo encontrarte. Y cuando para colmo vi que había perdido aquel querido  recuerdo de mi abuela, mi mundo se desmoronó.

—    Fran, yo cuidé de él porque era como tenerte conmigo.

—    Sí, ahora lo sé. Por eso te lo he traído de vuelta —dijo, tomando su mano y colocándoselo en la muñeca—. Como verás, el broche está reparado.

      Ella miró el brazalete haciendo como que lo inspeccionaba y dijo en son de broma:

—    Yo lo habría hecho mejor. Pero igualmente lo acepto.

—    Ixaty —dijo entonces Fran, poniéndose serio—: tengo que regresar a mi casa y quiero pedirte un favor.  Me gustaría llevar conmigo a nuestra hija para que conozca a su familia. Tiene tíos y primos que le va a encantar conocer. Serán solo dos semanas. Durante esos días tú vas a poder  hacerte cargo del taller y ponerte al día con el trabajo. Y a la vuelta podremos organizar tranquilos dónde vamos a vivir.

—    ¿Pretendes que vivamos juntos?

—    Por supuesto. No pienso separarme de ti.

—    No parece mala idea —asintió Ixaty con cierto aire de misterio—, teniendo en cuenta que estoy esperando un hijo tuyo…..por segunda vez.

………………

      La noche estaba estrellada como nunca. Una leve brisa movía apenas el follaje de los árboles y se escuchaba a lo lejos la melodía de un vals. Desde algún lugar, en la vastedad del espacio, Magalí sonrió beatíficamente. Su misión había concluido tan exitosamente como siempre lo deseó. Así que suspiró  satisfecha, cerró con emoción las etéreas cortinas de su ventana y se aprontó para emprender su siguiente mágico quehacer.