La pasión de Otilia

Nora Sisto

       Noelia se tomó la cabeza entre sus manos y suspiró. El horario de la oficina aun no finalizaba y ella ya estaba ansiosa por salir. Hacía poco tiempo había roto con su novio, y el trauma de aquella separación no dejaba de producirle malestar.

      Estaba siempre apática, sin interés en nada y como consecuencia de ello su desempeño en el trabajo había descendido notoriamente. Su jefa Adelina —que la estimaba como a una hija— estaba molesta por su actitud indolente y su falta de iniciativa para superar aquella situación. Entonces le recomendó que hiciera alguna actividad que pudiera apartarla del pensamiento nefasto de su mala experiencia amorosa.

      Adelina era allegada a un grupo de teatro experimental que reunía a personas con estados de depresión, a quienes se les enseñaba la actuación como mecanismo de terapia. La mayoría eran personas adultas, de diversas edades y distintos perfiles ocupacionales y psicológicos, no obstante formaban un grupo unido, enfocado a encaminar positivamente su emocionalidad a través de una terapia de drama. Obviamente ninguna de ellas ambicionaba éxito en las carteleras ni mucho menos, pero su entusiasmo por dicha actividad era contagioso.

      Justo por esos días el grupo estaba por iniciar un nuevo proyecto teatral, así que Adelina aprovechó para inscribirla a pesar de su negativa inicial. Como Noelia sentía cierto compromiso con Adelina por su actitud amigable y generosa, no  pudo negarse a ir. Debía presentarse todos los jueves y viernes desde las siete de la tarde, y como su horario de trabajo finalizaba a las cinco, no tenía excusas para no asistir.

      El lugar donde se desarrollaba la actividad era un teatro improvisado dentro  de un galpón que en su momento había pertenecido a una empresa textil, como aquella en la que ella trabajaba. En el centro del mismo, como una especie de ring, aunque de bastante menor altura, se encontraba el escenario. Alrededor de él se hallaban desperdigadas las sillas, todas de distinta forma y color, que daban la impresión de haber sido recolectadas de donaciones varias. Sobre un costado se podía ver una torre de iluminación, con focos de colores que apuntaban justo sobre el escenario, encandilando continuamente la mirada. Detrás de éste, apenas oculta, se encontraba una mesa desde donde se controlaba el audio, y al mirar hacia allá Noelia creyó distinguir, en la oscuridad una silueta.

      Cuando ella llegó, ya había una veintena de personas en el lugar. Estaban reunidas en varios grupitos separados y conversaban animadamente. Como ella en principio no conocía a nadie, se quedó parada en medio de ellos preguntándose hacia dónde se debería dirigir. Pero no esperó mucho tiempo, porque inmediatamente al verla un chico joven se despegó de uno de esos grupos y la vino a recibir.

—    Hola, tú debes ser Noelia, ¿no es así? Me llamo Gastón y soy el director del grupo —le dijo con simpatía.

—    Sí, así es. Me envía Adelina, un poco  contra mi voluntad. Espero no desentonar con el grupo.

—    No, para nada —respondió Gastón riéndose—. Ya verás. Acá son todos aficionados. Cuando los conozcas, verás que tus compañeros son tan solo personas interesadas en superarse, como tú. Algunos son estudiantes de teatro pero también hay amas de casa, oficinistas, maestros y personas con otras actividades. Hace poco  tuvimos un cirujano y también una azafata, y ambos quedaron satisfechos porque  encontraron en esta actividad una forma inédita de expresión. Creo que vas a sentirte a gusto.

      En efecto, Noelia en seguida se integró. Ella no tenía dificultades para relacionarse. Su depresión solo se debía a su decepción amorosa, por lo que seguramente no iba a costarle adaptarse a la forma de trabajar. En ese momento estaban concretando la presentación de una obra que sería estrenada al día siguiente, en ese mismo lugar. Como era de esperarse, ella como recién llegada no participaba del elenco, pero la invitaron para que asistiera y así viera cómo se llevaba a cabo la función. Noelia quedó encantada. Ese día la sala se llenó de público, que espontáneamente aplaudió y alentó a los improvisados artistas. Eso la entusiasmó aún más para comenzar.

      La dinámica era ininterrumpida, así que habiendo finalizado ese proyecto, de inmediato comenzarían a ensayar otra obra, que en este caso había sido escrita por Gastón. Él, además de director y psicólogo era escritor aficionado y muchas de las puestas en escena eran elaboradas por él. No tenía grandes aspiraciones de dramaturgo, y su inventiva tenía solo la finalidad de brindar a sus alumnos argumentos interesantes, como medio para dar cuerpo a su terapia. Con todo, su mayor éxito consistía en que muchos de los asistentes continuaban yendo, aun después de haber superado el motivo que los había llevado inicialmente hasta allí.

      En esta oportunidad,  la obra en la que iban a introducirse de lleno se llamaba “La Pasión de Otilia”. Trataba del encuentro amoroso entre Otilia —un personaje femenino inventado por Gastón— y Apolo, el conocido dios griego. El argumento era simple y bastante trillado: la esclava Otilia se enamoraba perdidamente de Apolo, quien ofendido por el amor de una plebeya la manda matar. Más tarde, arrepentido de su mandato maligno, intenta revivirla con un fingido beso de amor, pero en ese acto se enamora de la chica. Entonces queda en una disyuntiva, porque el precio impuesto por los dioses para conservar a su amada es perder su divinidad. Como parte del ejercicio, el argumento del drama no contemplaba ser dirimido sobre el escenario, sino que quedaba abierto para que fueran el público y los mismos actores quienes sacaran sus propias conclusiones sobre el final.

      Cuando Gastón les leyó el texto, todos se entusiasmaron y en seguida comenzaron a discutir acerca de los posibles desenlaces. A continuación, procedieron a hacer el reparto de los personajes. Como Noelia era la más nueva y además era una chica muy bonita, acordaron que ella haría el personaje de Otilia. El personaje de Apolo, por su lado le fue otorgado a Jordi, un chico rubio muy apuesto, que pegaba muy bien con la idea de belleza de  aquel dios.

      La obra en sí era bastante llevadera, pero había una escena que la tenía un  poco preocupada. Se trataba de la escena final, en la cual Apolo besaba a Otilia en la boca. Ella no era en realidad una actriz, así que la idea de tener que besar a aquel chico desconocido no le hacía demasiada gracia. Gastón se había dado cuenta de su aprensión, y por lo tanto convinieron en que el beso en cuestión fuera solamente simulado. Es decir, cuando el personaje se inclinara para posar sus labios sobre los de Otilia yacente en el suelo, debería pasar su brazo por delante de su cara para que desde la platea se apreciara el efecto pero sin haber  un beso real. Ella, se sintió entonces más aliviada.

      Un jueves por la tarde, Noelia fue como siempre a la clase. Al aproximarse al lugar le llamó la atención no ver a ninguno de sus compañeros, algunos de los cuales acostumbraban esperar afuera aprovechando para fumar. Abrió la puerta del galpón y entró, pensando que tal vez su reloj se hubiera adelantado haciendo que fuera ella la primera en llegar. Al poner un pie adentro del recinto, la música la envolvió. Los focos  potentes que acostumbraban estar encendidos, ahora no lo estaban y eso hacía que el lugar quedara en una suave penumbra. El volumen estaba muy alto, pero no le molestó y aunque la música no era del tipo que acostumbraba escuchar, era verdaderamente emocionante. Estaba sola, pero el sonido la abrazaba por completo y por un momento le dio  la impresión de haber entrado a su propia interioridad.

      Dio una mirada rápida a su móvil preguntándose si se habría equivocado de día, pero no: efectivamente, era jueves. Como esa tarde la tenía destinada por entero a la clase de teatro no tenía otra cosa para hacer, así que se sentó en una de las sillas junto al escenario y se quedó a escuchar. Dentro de aquel inmenso espacio, Noelia era la imagen misma de la desolación, y quienquiera que la viera en ese instante habría sentido el impulso de consolarla. Por momentos bajaba la cabeza, como derrotada. Y en seguida sentía que esa vibrante melodía la envolvía con su fuerza, animándola a reaccionar. Pasaban los minutos pero ella no tenía apuro. Y no le importaba que ninguna de las personas que esperaba se hiciera  presente en el lugar. Es más, esperaba que nadie viniera a interrumpir aquel momento mágico.

      Después de casi una hora, al fin la música se detuvo. Entonces creyó que el silencio indicaba el momento en que debía  retirarse, pero una voz la retuvo.

—    Es el concierto número dos en re menor de Rachmaninof —oyó que alguien le decía.

      Con curiosidad, miró hacia el lugar de donde provenía aquella voz. Claramente, venía  desde donde estaba la mesa del audio. Al instante, desde  la oscuridad, una persona salió para dejarse ver.

—    Hola —le dijo el muchacho mientras se acercaba a ella—. Veo que te chasqueaste, igual que yo. No vi el mensaje en mi móvil anunciando que la sesión de hoy se suspendía. Parece que Gastón está enfermo.

—    Ah —dijo Noelia, fijándose en el suyo—. Tienes razón. Yo tampoco lo vi.

—    Bueno, por lo menos hemos aprovechado el tiempo. ¿Te gustó el concierto?

—    Sí. Mucho. Nunca lo había escuchado.

—    ¿Tu nombre es Noelia, verdad?

—    Si —respondió ella, un tanto sorprendida—. Mucho gusto. No te conocía.

      Noelia pensó por un segundo que si él sabía su nombre era probablemente porque la había observado durante los ensayos. Además, era lógico que se hubiera fijado en ella,  porque era una chica por demás atractiva. Tampoco él se quedaba atrás. A pesar de su vestimenta bohemia, tenía un aspecto agradable, y su rostro era de una intensidad expresiva fuera de lo común.

      Él se había quedado de pie a su lado, y entonces Noelia interpretó que estaba esperando que se fuera para poder cerrar el local.

—    Ya me voy —dijo, tomando su bolso y su abrigo de la silla al lado de la suya —. Gracias por la música.

      Él se fue rápidamente para el fondo, pero cuando estaba llegando a la zona oscura del salón, se dio vuelta y le gritó:

—    Ahora ya sabes quién soy. Por cierto, mi nombre es Simón. Mañana te veo.

      «Mañana te veo», había dicho él. Y Noelia pensó que sería buena idea. Poco lo había podido mirar en detalle, pero le había gustado su actitud afectuosa rodeada de un halo de misterio, y su voz había quedado resonando en sus oídos, entremezclada con aquella música espectacular. Se preguntaba si todo el tiempo en que ella había permanecido allí sentada, él desde su rincón la observaba. Aparentemente, él siempre estaba ahí, aunque pasaba desapercibido porque los mismos focos que encandilaban el escenario impedían que pudiera divisarse. Al día siguiente se fijaría mejor.

      Noelia asistía con entusiasmo a todos los ensayos, y notaba que la actividad y el conjunto de gente con la que compartía esos espacios le hacían mucho bien. En poco tiempo, el centro de su pensamiento cotidiano comenzó a dejar de ser su decepción  sentimental, y más rápido de lo que pensaba se fue diluyendo aquella sensación de fracaso que la agobiaba. Se había tomado muy en serio su papel, tanto que se sorprendía de lo poco que le costaba memorizar su parlamento. Adelina, por su parte constataba que su rendimiento en la oficina había repuntado y estaba contenta de que gracias a su sugerencia la chica hubiera retomado la misma energía y el entusiasmo que antes acostumbraba tener. Pero las cosas no iban a durar.

      Un fin de semana el ensayo otra vez se suspendió. Esta vez sí, vio que le habían enviado  el aviso a  su móvil. Lamentó que por varios días no se pudiera avanzar con la obra, pero no le importaba porque todavía faltaban bastantes días  para el debut. Sin embargo, eso no era lo que ahora más la incentivaba. Aquellas reuniones en el teatro habían comenzado a tener para ella un nuevo motivo de interés: allí era donde podía encontrarse con Simón. Noelia esperaba ansiosa cada jueves para volver a ver a aquel hombre, sin saber que sus ilusiones pronto se acabarían.

      Una tarde estaba en la oficina, concentrada en la pantalla de su computadora, cuando algo de improviso la descolocó. Una voz conocida hizo que levantara de inmediato la cabeza. Era Simón. ¿Qué estaba haciendo Simón allí? Nunca se le habría ocurrido que pudiera encontrarlo en su oficina. Pero ahí estaba. Pensó que él iba a acercarse y hablarle, pero no fue así. Se lo veía apurado y apenas la saludó desde lejos con la mano, sin darle tiempo a reaccionar. Sin detenerse, fue directamente al despacho de Adelina. Atónita, Noelia lo siguió con la mirada hasta que entró en el despacho y la puerta se cerró. La intriga se apoderó rápidamente de ella.

      La chica nueva, en el escritorio pegado al suyo también se lo había quedado mirando. Y no era para menos. Noelia lo había visto en el teatro y tenía de él una imagen un tanto diferente a como se veía ahí. Allá era un chico desaliñado, con el cabello largo y jeans con agujeros, pero en este momento era un hombre vestido de punta en blanco, de traje y corbata, y su  cabello negro, y despeinado, en lugar de darle un aspecto descuidado contrastaba con su formalidad, acentuando los rasgos varoniles de su rostro.

     La chica miró a Noelia con ojos muy abiertos, y exclamó:

—    Qué va. Parece que la jefa tiene un novio muy buenmozo.

      No había terminado de asimilar lo que había presenciado, cuando la puerta del despacho se volvió a abrir y salieron Adelina y Simón, del brazo. Al pasar por al lado de Noelia, Adelina se separó de él un momento y le dijo con discreción:

—    Me voy a un concierto. Por favor, ocúpate de cerrar la oficina. Gracias y hasta mañana.

      Yendo para su casa pensaba y pensaba. ¿Era posible que Adelina saliera con Simón? Ahora entendía cuál era su conexión con el grupo de teatro. Por supuesto Adelina podía salir con quien quisiera, incluso con alguien más joven que ella, pero de todos los hombres en el mundo ¿tenía que ser justo con Simón? Entonces comenzó a preocuparse de la atracción que sentía por él. Esperaba no  haber caído en la tontería de enamorarse, pero de ser así, iba a tener que solucionarlo.  

      El jueves siguiente pensó en no ir a ensayar, sin embargo no tenía un motivo real para no hacerlo, así que igual fue. Había supuesto que conocerlo podía ser la señal que estaba esperando para cambiar definitivamente el rumbo de su vida amorosa, pero la contundencia de los hechos la contradecían rotundamente. No tenía derecho a sentirse frustrada porque, aunque le doliera, Simón no era su hombre. Eso significaba que al verlo lo trataría del mismo modo que a los demás. Y se mantendría alejada de él.

      Pero en cuanto tuvo la certeza de que él estaba ahí, toda su teoría se desbarató. Mientras ensayaba junto a sus compañeros, miraba disimuladamente hacia el rincón del audio esperando que Simón apareciera. A pesar de que no lo veía directamente, podía distinguir su silueta, y cada vez que notaba que se movía, cambiaba la intensidad del sonido o ponía una canción, sentía que su corazón se descontrolaba. Se preguntaba si él la estaría mirando. Pero él no se hacía visible. Era obvio: él era quien la evitaba.

      El mismo día del debut, a la mañana los sorprendió una noticia inesperada. Como resultado de un accidente doméstico, al caer tontamente de una escalera  Jordi se había fracturado un brazo y como consecuencia el personaje de Apolo no iba a poder ser interpretado por él. Al conocer la noticia, Noelia se desesperó, porque pensó que tanto esfuerzo previo iba a ser tirado por la borda. Era una única función y en principio podía suspenderse porque no se trataba de una actividad lucrativa. Pero aun así, ninguno en el equipo quería que se cancelara. Gastón —que tenía experiencia previa sobre el tema— siempre contaba con un as dentro de la manga. Así que, no bien el «Apolo» quedó vacante, enseguida lo cubrió. Quien iba a hacerse cargo del personaje era alguien que después de haber presenciado todos y cada uno de los ensayos se sabía el guion de memoria. Cuando Noelia se enteró, casi se cae de espaldas: no era otro que Simón. 

      Para Noelia la novedad era doblemente inquietante. Por un lado se alegraba,  porque se resolvía el tema del estreno sin necesidad de cancelar la función, pero por otro estaba segura de que iba a sentirse insegura al compartir aquella «pasión de Otilia» con el  hombre que precisamente la apasionaba a ella. Para peor, su jefa Adelina iba a estar ahí.

      Durante toda la función se cuidó muy bien de no mirarlo a los ojos. Pero le  parecía estar en un sueño. Las palabras de amor entre Otilia y Apolo eran para ella tan reales que por momentos sentía que sobrepasaban la ficción. Por eso tenía miedo de quedar súbitamente en blanco y avergonzar al elenco. Tampoco podía exteriorizar los nervios que sentía porque no quería  arruinar la presentación. Simón actuaba con total seguridad en cada secuencia concerniente a  su personaje y en ningún momento lo notó vacilar. Noelia pensó que ahora sí, quien interpretaba a Apolo lo hacía parecer verdaderamente un dios. Pero el contacto con él la abrumaba, por eso en los momentos más comprometidos evitaba acercársele demasiado.

      Al llegar al tramo final, Noelia comenzó a temblar. Otilia yacía en el piso, herida de muerte sin sospechar que Apolo con su beso de amor iba a despertarla. Entonces, por un instante sintió miedo de lo que iba a suceder. Cuando se tendió sobre el piso miró a Simón a los ojos y se encontró con que él la miraba extasiado. Él sabía que debía colocar su brazo de modo de ocultar un beso inexistente para que el público creyera que era real. Sin embargo, después de colocarse en la posición convenida, Simón se atrevió a más. Sin dejar de mirarla apasionadamente, fue acercando su boca hasta dejarla a unos pocos milímetros de la de ella. Noelia sentía la proximidad y la tibieza de sus labios como un poderoso imán que atraía inevitablemente a los suyos. Entonces no pudo contenerse. Cerró los ojos y levantó apenas el mentón hasta que los labios de ambos quedaron fundidos en un beso real. No se dio cuenta de cuánto duró, pero reaccionó recién cuando él levantó su cabeza para continuar la escena. El público no alcanzó a darse cuenta de lo sucedido y, como estaba previsto, todos asumieron que era solo una simulación.

      En seguida comenzaron los aplausos, pero le costó ponerse de pie. Sentía su cuerpo desfallecer, pero Simón la sujetaba fuertemente y no la soltó durante todo el tiempo en que el público ovacionaba el final con enorme entusiasmo. Él miraba al público y sonreía, pero ella solo estaba pendiente de la reacción de él. Entonces escuchó que, en medio de aquel barullo él le dijo al oído: «me gustó mucho».      

      Después de la función, tuvo miedo de mirar a Simón a la cara. También sentía  vergüenza de enfrentar a Adelina, porque podía haberse dado cuenta de todo. Entonces se cambió rápidamente y salió del vestuario decidida a irse para su casa. Sabía que el grupo acostumbraba a hacer un pequeño brindis para celebrar la ocasión de cada estreno, pero ella no iba a quedarse. Pensó en salir disimuladamente,  aprovechando la distracción de la multitud. Sin embargo,  Gastón la detuvo.

—    Noelia, nuestra principal protagonista no puede irse así como así. Quédate a celebrar con nosotros.

      No tuvo más remedio que quedarse. Aquella costumbre de reunirse con el público —que era, en su gran mayoría, siempre el mismo— era una ocasión no solo para distenderse después del estrés causado por la producción del espectáculo, sino para recibir la crítica y con ella hacer un feedback de todo el trabajo. A Gastón eso le interesaba más que a ninguno, porque ese aporte le servía para corregir y perfeccionar su técnica terapéutica. Así que se mantuvo abierto a los comentarios.

      En general, todos habían quedado conformes con la performance, y lo que más destacaban era la buena química que habían notado entre Noelia y Simón. Cuando Noelia escuchó eso se preocupó de que esas palabras llegaran a oídos de Adelina. Pero Adelina, que estaba charlando animadamente con Gastón, curiosamente hacía exactamente el mismo comentario.

—    Ven aquí, Noelia —le gritó Gastón, haciéndole señas de que se acercara—. Dice Adelina que se alegra mucho de haberte recomendado este lugar. ¿Qué le dices al respecto?

      Miró a Adelina con recelo. La veía sonreír satisfecha mientras ella sentía internamente una vergüenza atroz. Por cortesía, tenía que responderle. Así que se apuró a hacerlo, aprovechando que Simón todavía no había regresado del vestuario.

—    Le digo que tengo que darle las gracias. Si no hubiera sido por ella todavía estaría llorando mis penas como una tonta. Gracias Adelina.

      No había terminado de decir esto, cuando Simón se les sumó. Venía radiante, y no bien se acercó, abrazó con fuerza a Adelina y le dio un beso en la frente, a lo que ella sonrió feliz.

—    ¿De qué estaban hablando? —dijo a continuación, dando pie a que siguiera la charla.

—    De lo bien que se entendieron Noelia y tú —dijo Adelina, sin dar muestras de incomodidad ni enojo —. Deberían continuar formando una pareja protagónica.

—    No lo creo —se apresuró a decir Noelia—. Creo que para mí ya ha sido suficiente. Ha sido una experiencia muy enriquecedora y estoy agradecida con todos los que la hicieron posible, pero de ahora en más siento que debo hacerme cargo de mi vida como corresponde.

      Al decir esto evitó la mirada de Simón, e inmediatamente se despidió de todos y se fue.

      Pasaron los días. Cada semana, al llegar el jueves Noelia pensaba en aquel grupo de teatro y añoraba estar ahí. Echaba de menos la calidez del trato de sus compañeros y la tenacidad con que Gastón se ocupaba de sacar a todo el mundo adelante. Pero lo que más le angustiaba era no ver a Simón. El recuerdo de aquel beso la mantenía viva, al mismo tiempo que sufría por saber que nunca más podría  repetirlo. A veces temía que él se apareciera por la oficina a buscar a Adelina. Pero él nunca más se presentó en el lugar.

      Cada vez estaba más afligida. Se había enamorado de Simón, pero tenía sus manos atadas. Su lealtad hacia Adelina frenaba toda iniciativa que pudiera tener de ir a buscarlo o acercarse a él. Adelina, por su parte notaba que Noelia decaía nuevamente en el trabajo. Pero esta vez era diferente a la anterior. Se la veía distraída y susceptible, aunque cuando ella le preguntaba qué le sucedía, decía que nada, que estaba todo bien. Adelina, que era bastante observadora  comenzó a preguntarse si el estado de Noelia sería fruto de sus últimas experiencias en el teatro, más especialmente de su última actuación. Entonces ató cabos sueltos y se dispuso a tomar cartas en el asunto.

      Un día, pasó algo singular. Noelia estaba con la mirada ausente junto a la ventana detrás de su escritorio, cuando de pronto vio que Adelina llegaba con un hombre muy apuesto en un descapotable de alta gama. Pero no era Simón. Azorada, observó que al descender del coche, ella se despedía de él con un efusivo beso en la boca y ambos sonreían como chicos. Entonces se alarmó. ¿Adelina salía con otro hombre? Sabía que su jefa no era comunicativa con sus cosas y en consecuencia no le podía preguntar, por lo cual solo podía atenerse a deducir según lo que le mostraban los hechos.

      Cuando Adelina subió a la oficina, Noelia ya estaba en posición de trabajo como si no hubiera visto nada. Entonces, Adelina comentó en general:

—    Chicos, tengo una noticia importante que comunicarles: me caso el próximo mes.

      Al instante todos la aplaudieron y se acercaron a felicitarla. Noelia se había quedado perpleja ante la novedad, y reaccionó recién después de que todos habían vuelto a sus escritorios respectivos.

—    Noelia, ¿tú no me felicitas? —le dijo Adelina mirándola con perspicacia.

—    Claro que sí —respondió Noelia como si sus palabras la hubieran despertado de pronto—. Disculpa, creo que estaba un poco distraída—. Y agregó, levantándose de su silla y yendo a abrazarla—: por supuesto que me alegro.

      La noticia de la boda de Adelina la había dejado desconcertada. A pesar de haber trabajado para ella durante casi un año, no conocía nada de su intimidad. Su jefa siempre había guardado un hermetismo respecto a su vida personal y solamente había dejado traslucir una parte cuando se mostró aquel día en la oficina con Simón. En aquel momento, todos sobreentendieron que él era su pareja, pero ahora por lo visto ya había dejado de serlo.

      Pasó toda la jornada tan enredada en sus pensamientos que recién se dio cuenta de que había finalizado su horario de trabajo cuando constató que sus compañeros comenzaban a retirarse. Era jueves y su cabeza le daba vueltas. Así que pensó que lo mejor sería ir hasta el teatro para aclarar las cosas. Allí se animaría a hablar con Simón y podría dilucidar aquel intríngulis.

      El lugar estaba vacío y en penumbra como aquella vez. Solo que ahora no se escuchaba la música. Entonces se sentó en una de las sillas a esperar. Esperaba a Simón. Habrían pasado unos veinte minutos cuando vio entrar a Gastón. No le llamó la atención porque siempre era el primero en llegar.

—    Bueno, ¡miren lo que ha traído la marea! —exclamó al verla—. ¡Qué bueno tenerte por aquí! ¿Cómo has estado? Espero que vengas a reintegrarte al elenco.

—    Hola, Gastón. Me alegra mucho volver aquí, pero hoy vine para hablar con Simón.

—    Ah, lo lamento pero Simón ya no está con nosotros. Dijo que por un tiempo tenía que alejarse por asuntos personales. Sin embargo, no pierdo la esperanza de que pronto regrese porque creo que estaría necesitando un poco de ayuda. Sabes, con Simón somos amigos desde la secundaria y nos conocemos bastante bien. Pero en este caso no ha querido decirme qué le sucede. Posiblemente no sea nada grave y tal vez solo esté en un momento de transición. Puedo darte el número de su móvil si lo deseas. Tal vez contigo quiera hablarlo.

      Noelia se fue con el número de móvil anotado en el suyo. Pero no iba a llamarlo. Se preguntaba si aquel «momento de transición» tendría o no, algo que ver con ella, o con Adelina. Si él se había desvinculado del grupo por un tiempo tendría sus motivos y ella no era la más indicada para molestarlo con sus interrogantes.

      Al fin llegó el día del casamiento de Adelina. El acontecimiento iba a ser por todo lo alto. Adelina tenía muchas vinculaciones debido a lo importante de su empresa, y por lo tanto había mucha gente invitada, inclusive el personal de la oficina. Aunque no tenía muchas ganas de asistir a ningún festejo, Noelia se sentía obligada a ir, así que se preparó formal y mentalmente.  

      Cuando llegó a la iglesia la ceremonia ya había comenzado, así que buscó un lugar en una de las últimas filas. La gente estaba de pie observando a la pareja que se acomodaba en su lugar para comenzar el acto. Noelia miraba hacia el altar y no se dio cuenta de que, sin querer pisó el pie del hombre que  estaba a su lado. Instintivamente lo miró para disculparse, pero el hombre se le adelantó.

—    Está bien que me hayas abandonado, pero no necesitas pisotearme —le dijo con una sonrisa Simón.

      Noelia quedó muda. No podía preguntarle qué hacía allí.

—    ¿No vas a saludarme? —le dijo él en voz baja, para no quebrar el silencio reinante.

      Entonces ella se estiró y lo besó en la mejilla. Pero antes de que alejara su rostro, él le susurró al oído:

—    Me gustó más el beso de Otilia.

      Noelia no dijo nada. Se sentía abochornada, pero la boda estaba en su apogeo y tenía que quedarse en su lugar. Sentía que la presencia de Simón la calmaba  y la excitaba al mismo tiempo. Pero más que nada sentía que los sobrevolaba el recuerdo de varias escenas protagonizadas por ambos, que nunca habían llegado a aclarar.

      Al finalizar la celebración, los asistentes aplaudieron a la pareja y después todos salieron afuera a saludar. En el borbollón, Noelia había perdido de vista a Simón, y lo buscaba ansiosamente con la mirada. Pero cuando al fin lo ubicó se sobresaltó. Simón estaba abrazado de Adelina y ambos se reían alegremente. El novio, por su parte también abrazó efusivamente a Simón y luego este se corrió para un costado para dejar lugar a que otras personas los saludaran. Ella no iba a irse sin felicitar a la pareja, así que cuando vio una oportunidad se acercó.

—    Gracias Noelia —le dijo Adelina emocionada—. Me hacía mucha ilusión que vinieras.

      Entonces tomó a Noelia de la mano y la llevó hasta donde estaba Simón.

—    Querido, quiero que cuides de esta chica —le dijo fingiendo autoridad—. Ya sé lo mucho que la amas, y creo que ella también te ama a ti. Así que espero que sean los próximos en casarse.

      Noelia no sabía qué decir. Estaba anonadada. Como Adelina vio su asombro tuvo que explicarle la situación.

—    Creo que ya conoces bien a mi hermanito Simón. Él me ha dicho que está enamorado de ti pero que ha dudado en acercarse a ti por miedo de que tú no le correspondieras. Sin embargo yo creo que lo que le ha costado en realidad ha sido decidirse entre tú y su soltería. Así que me he tomado el atrevimiento de juntarlos para que hablen. Espero que resuelvan cuanto antes su situación, ya que por andar penando por ti, este chico no se está ocupando como debería de los asuntos de la empresa. Y yo no voy a estar por varios días para ayudarlo. Ahora pueden irse. No crean que me voy a molestar si se van, porque comprenderán que lo que más me entusiasma en este momento es comenzar mi luna de miel —declaró rotundamente.

      Y después de darles un beso a cada uno se fue corriendo hacia donde estaba su flamante esposo, riéndose como si hubiese cometido una travesura.

—    Ya la escuchaste —dijo entonces Simón—. A mi hermana mayor no puedo contradecirla. Y además es tu jefa, así que no puedes decirle que no.

—    Simón: morí por no haber aclarado contigo las cosas en su momento.

—    Ya lo sé. Por eso ahora voy a resucitarte con un beso.

      Noelia, al igual que Otilia sintió que era real aquello de revivir con aquel beso. Después de unos segundos, escuchó que él le decía con tono íntimo:

—    ¿Nos vamos?

—    Si —respondió ella con un hilo de voz—. ¿Adónde?

—    Primero a tu casa. Y mañana te mudas conmigo. ¿Te parece bien?

—    Sí, pero ¿no deberíamos hablar?

—    Por supuesto. Ya encontraremos un momento para eso.