La Princesa

Nora Sisto

     Nina salió del aeropuerto acarreando a duras penas sus maletas, esperando ansiosamente ver las caras de quienes ya le habían anunciado que la irían a recoger. Retornaba a su país con un master bajo el brazo después de haber vivido cinco años en el exterior. Era la hija menor de uno de los dueños de un restorán de primera línea de la ciudad y su padre la había enviado a aquel país a estudiar con la intención de que volviera renovada. Estaba nerviosa, porque a pesar de que en ese tiempo se habían sucedido importantes cambios en su vida, había otras cosas que todos esos años de alejamiento no habían conseguido  cambiar.

      El sol todavía no se había ocultado completamente, por lo que no le fue difícil localizar a su madre y a su hermano, que la saludaban de lejos con la mano, con gestos de felicidad. Sin embargo al verlos un súbito  sentimiento de decepción se apoderó de ella.

—    ¡Nina, tanto tiempo sin verte! —exclamó a viva voz su hermano mayor mientras la abrazaba con fuerza.

—    ¡Hija, al fin llegaste! —exclamó también su madre, con los ojos húmedos—. Espero que ahora no te tengas que volver a marchar.

—    No, mamá — dijo Nina, con aparente calma—. No pienso volver a irme.

—    Vamos, que tu padre nos espera en el coche.

      Nina los siguió por el estacionamiento; a cada paso miraba insistentemente hacia uno y otro lado esperando ver otra cara que no estaba ahí. Al fin, antes de entrar en el coche se animó a preguntar:

—    ¿Y Franz?

—    Estaba ocupado —dijo su madre, como para salir del paso—. No pudo venir. Te manda saludos.

      Sabía que era un comentario inverosímil de parte de su madre. Franz nunca le habría mandado saludos. Era obvio que no había querido ir.

      En la casa todo estaba igual. Solo alguna que otra simple renovación del mobiliario, pero volvía a sentirse dentro de ella como en su verdadero hogar. Sus padres habían remodelado su habitación especialmente para su regreso y aunque le agradó verla diferente se apenó de que muchos de sus recuerdos hubieran desaparecido. Pero no era momento para ponerse triste y como ya era tarde y estaba cansada por el viaje se tiró enseguida sobre su cama a descansar.

      La casa era muy grande. Había vivido allí con sus padres y su hermano desde que tenía uso de razón, y planeaba quedarse con ellos ya que su hermano se había mudado recientemente con su novia a un departamento. Era un edificio de dos pisos. La casa familiar ocupaba todo el piso superior y se comunicaba internamente con el restorán por una escalera de servicio. En la planta baja funcionaba  el restorán con un inmenso salón, una coqueta barra de bar y las oficinas. El restorán se llamaba “La Princesa” y había sido fundado hacía quince años por su propio padre y su socio Franz. Desde entonces gozaba de gran prestigio en la ciudad y solía recibir la visita de personajes famosos y cientos  de otros comensales.

      Con la mirada fija en el techo de su habitación, Nina actualizaba sus pensamientos. A los dieciocho años se había marchado a otro país de una manera un tanto intempestiva, sin haber entendido del todo el motivo que había tenido su padre para enviarla lejos, a estudiar en aquella universidad. Pero ahora era fácil adivinarlo. Había sido todo por Franz. Aquella vez, su padre había querido cortar por lo sano. Tenía que alejarla antes de que cuajara su amor por aquel hombre casi veinte años mayor.

      No obstante, a cinco años de distancia, la situación que había desencadenado su alejamiento parecía mantenerse igual. En aquel momento, ella misma había aceptado irse. Temerosa de sus incipientes sentimientos, había intentado ahogar su corazón. Sin embargo, al estar de regreso éste volvía a tomar la palabra. Había tenido que sumergir su amor por Franz en un letargo forzoso durante todos aquellos años, y ahora le avisaba a gritos que acababa de despertar.

      Era pasada la medianoche y todos dormían, pero con la excitación del viaje ella no podía pegar un ojo. Entonces se vistió con lo primero que encontró y bajó a hurtadillas por las escaleras hasta el restorán. Era lunes, día de descanso del personal, por lo que estaba cerrado. El salón estaba en penumbra. Solo la luz difusa proveniente de los focos de emergencia sobre la barra ayudaba a orientarse a la vez que daba al lugar un cierto misticismo. Al instante recordó los años de su niñez y adolescencia en ese lugar. Suspiró con nostalgia. Es que ese sitio había tenido siempre para ella una atracción especial: era Franz.

      Estaba sola, lo que le permitía recorrer sin apuro aquel enorme salón, rememorando en silencio aquellos momentos que ahora parecían tan distantes. Al pasar entre las mesas, sus dedos iban acariciando aquellos objetos que tanto la hacían emocionar. Aunque algunas cosas estaban muy cambiadas, aquel aire familiar parecía llenar sus pulmones, actualizando un sentimiento que creía olvidado. De pronto, cuando estaba decidiéndose a regresar al piso de arriba, una sombra la sobresaltó.

—    ¡Franz! —exclamó sorprendida, al verlo.

      Franz había aparecido por detrás del mostrador tan silenciosamente que ella no se había percatado de su presencia. Se había quedado inmóvil, mirándola como extasiado y lo único que dijo fue:

—    Estás aquí.

      Como la barra los separaba, pudieron evitarse el gesto de acercarse uno al otro para saludarse, y sin moverse de donde estaban coincidieron en tratarse de forma protocolar.

—    Veo que llegaste bien —dijo él al fin, en un tono más frío que el que Nina hubiera deseado después de tanto tiempo.

—    Sí —dijo ella, sin animarse a agregar nada más.

      Por un instante se miraron a los ojos y Nina se estremeció. A pesar de la penumbra, aquellos ojos celestes la miraban fijos, apenas entrecerrados como si tuvieran que volver a acostumbrarse a su rostro y a su cuerpo. Ella estaba más bonita que antes y él más atractivo de lo que ella podía recordar; él estaba más hombre y ella mucho más mujer.

      A Nina le costó sostener aquella mirada y quedó desarmada, sin saber cómo reaccionar.

—    Ha pasado mucho tiempo —continuó diciendo Franz, aunque no se lo notaba demasiado locuaz—. ¿Lo pasaste bien?

      Su tono era provocador, y ella en ese momento habría querido  responderle de la misma manera. Sin embargo, cuando estaba por abrir la boca, el móvil de él sonó y lo atendió al instante.

—    Sí. Ya lo encontré —dijo, mirando hacia el piso, evitando mirarla a ella.

—    ……………..

—    Sí. Estaba sobre el mostrador.

—    ……………..

—    Sí. Ya vuelvo.

      Cuando cortó, la miró brevemente y ella pensó que iba a irse enseguida, pero por el contrario, pareció no tener apuro. Entonces Nina se animó a continuar la conversación.

—    Por lo visto, tienes a alguien —comentó, como si poco le importara—. No lo sabía. Me alegro por ti.

      Él no le respondió. Pero por su mirada ella entendió que no debería habérselo  dicho. Entonces creyó que lo mejor era volver arriba.

—    Bueno, me voy a dormir —dijo, fingiendo un desinterés que ni ella se creyó—. Ceo que ya vi todo lo que necesitaba ver.

      A pesar de intentar hacerse la fuerte, en su voz había sonado un involuntario dejo de amargura, y esperó que él no lo hubiera llegado a percibir. Pero él ya había tomado nota.

      Nina había vivido en el extranjero todos esos años estudiando y trabajando con el fin de integrarse a la empresa al volver. Tanto su madre como Franz y su hermano mayor parecían estar de acuerdo con que así fuera. Solo su padre manifestaba cierta reticencia, pero no porque dudara de su capacidad profesional sino porque su creciente protagonismo podía convertirse nuevamente en un factor de riesgo para que Franz se interesara en ella.

      Cuando Nina conoció a Franz era una niña. En aquel momento, para ella Franz era solo el socio de su padre y tenía con él apenas un trato superficial. Pero Franz era un hombre. Era un hombre extraordinario, y en cuanto ella tuvo edad suficiente no demoró en enamorarse de él. Se había enamorado primero de sus ojos tiernos y expresivos, y después de su figura atractiva y su fuerte personalidad.  A sus diecisiete años, el suyo era un amor adolescente no correspondido, y posiblemente ella misma no habría apostado a su duración. Pero en algún momento ocurrió un quiebre inesperado. Él pareció comenzar a compartir sus mismos sentimientos con una intensidad más grande y definitiva de lo que ella hubiera podido suponer. Por eso se asustó y huyó lo antes que pudo.

       Pero ahora a su regreso, las cosas parecían haberse invertido. En esos cinco años de exilio, ella no había dejado un solo instante de pensar en Franz. Franz, sin embargo parecía haber continuado con su vida. Iba a trabajar en el restorán y se retiraba sin manifestar el menor signo de turbación o ansiedad, y eso no hacía sino incrementar el sentimiento de Nina. Franz salía y parecía divertirse a lo grande. Nadie sospechaba —especialmente el padre de Nina— que en su interior la pasión no se había apagado y se rebelaba sin darle tregua. A pesar de su esfuerzo, frente a ella le era difícil disimular. Por eso, al pasar los días la tensión iba en aumento sin que ninguno de los dos se animara a dar un paso adelante.

      Una tarde, las amigas de Nina la invitaron a reunirse en un bar para ponerse al día. A pesar de que durante su ausencia igual se habían comunicado  asiduamente, siempre quedaban chismes para comentar. Se ubicaron en una mesa junto a la ventana, y como el lugar no estaba del todo lleno, desde ahí era fácil visualizar la gente que había a su alrededor.  No bien se acomodaron, Nina vio que sobre un costado se encontraba Franz con una chica. Instantáneamente giró la cabeza y miró hacia otra parte para disimular. Pero por desgracia una de sus amigas también lo vio.

—    Mira, Nina —le dijo en voz baja, con picardía—. Allá está Franz, tu socio, muy bien acompañado. ¡Al fin de cuentas no es tan mosquita muerta como parece ser!

—    No es mi socio —se apuró a aclarar Nina. Y agregó, fastidiada—: Y me importa un cuerno lo que haga con su vida.

      Pero le importaba. Le importaba demasiado. No tenerlo presente había servido para atemperar de alguna forma su sufrimiento, pero verlo con una chica e imaginar el contacto físico que podía tener con ella, era insoportable. Por eso, llegó desesperada a su casa y se encerró en su habitación. Estaba desconsolada. Pero nada podía hacer. No podía llamarlo ni pedirle explicaciones; ella no era nada para él.

      Era ya de madrugada y no podía aplacar su angustia. Había pasado largo rato bajo el agua fría de la ducha tratando de borrar de su cabeza la imagen de Franz junto a aquella mujer. Pero no había podido. Entonces pensó en  emborracharse y para eso bajó sigilosamente por un trago, al restorán.  

      Iba descalza, con el cuerpo todavía mojado, enfundado en una larga y esponjosa bata blanca. El silencio y la penumbra en aquel enorme local, apenas interrumpida de tanto en tanto por la tenue luz blanca de las luces de emergencia era el escenario más triste, pero en él se podía desahogar sin interrupción.  

      Con una botella de vino en su mano, se sentó frente a una mesa, pero su angustia era enorme y rompió a llorar. Ella, en un intento de cambiar su destino, también había tenido algunos hombres, solo que cada vez que llegaba el momento crucial se retraía porque íntimamente conservaba el anhelo de sentirse mujer junto a Franz. Sin embargo, él parecía haber dado vuelta la página. Y ella ahora se enfrentaba al vértigo de no saber qué hacer para dominar aquel inmenso amor rebelde enquistado en su corazón.

      En aquel salón desierto, su llanto apagado se escuchaba como el resignado dolor de una herida abierta, impedida de  sanar. Su padre la había enviado lejos suponiendo ingenuamente que su amor era una llama débil que la distancia —igual que  el viento— extinguiría fácilmente. Pero la llama de aquel amor era demasiado fuerte, y esa misma distancia había servido, por el contrario, para avivarla todavía más, hasta convertirla en una llamarada que ahora ninguno de los dos podía  sofocar.

      Tenía la cabeza apoyada en uno de sus brazos sobre la mesa, mientras con una  mano sostenía porfiadamente la botella sin abrir.

—    ¿Qué te pasa? —escuchó que le decían, a sus espaldas.

      Creyó que se trataba de su hermano y volteó apenas la cabeza para contestar. Pero no. Era Franz. Entonces, abruptamente levantó la cabeza y su llanto se detuvo.

—    No pude descorchar la botella —le dijo con una rabia que denotaba, más que rabia un gran sufrimiento—. ¿Qué otra cosa me podría pasar?

      Franz no le dijo nada. Se agachó a recoger el sacacorchos que estaba tirado en el piso y se sentó en una silla a su lado.

—    ¿Quieres que te ayude? —le dijo.

—    No podrías —le respondió ambiguamente con resignación, secándose los ojos con una  mano.

      Franz sentía que Nina temblaba de amor, y él dudaba porque era ahora o nunca. Entonces tomó con calma la botella de su mano y comenzó a descorcharla despacio, mientras la miraba indeciso.

—    ¿Estás segura de que no puedo ayudarte? —insistió.

      Nina lo miró a los ojos. No quería interpretar el sentido de sus palabras, porque no se sentía fuerte para hacerlo. Estaba dolida por haberlo visto con aquella chica esa misma tarde, por eso una vez que él hubo destapado la botella, le respondió con hostilidad.

—    Gracias. Ya puedes irte —le dijo. Y agregó, con amargura—: Vete con tu novia, que debe estar esperándote en tu casa. Porque vives con ella, ¿verdad?

      Al decir esto, se puso de pie y lo miró desafiante. Pero su pretendida fiereza, de golpe se enturbió con las lágrimas que otra vez brotaron de sus ojos.

—    Vete y déjame sola —repitió con voz ronca, aunque su cuerpo le rogaba lo contrario.

—    No es mi novia —afirmó Franz rotundamente—. Y tampoco está en mi casa ni vive conmigo. Quiero quedarme aquí.

      Entonces fue hasta el mostrador y trajo una copa. Comenzó a llenarla lentamente. Pero estaban muy cerca y súbitamente la copa quedó por la mitad. Franz la atrajo hacia él y ella sintió que su bata se abría de par en par. Sus labios se fundieron apasionadamente y ya no hubo vuelta atrás. En medio de aquel salón oscuro sus cuerpos se dijeron todo lo que durante tantos años habían callado. Ahora al fin lo ponían todo en claro e  iba a haber un antes y un después. Por lo menos así lo creyó  ella.

      A la mañana siguiente, Nina bajó muy temprano al restorán. Había desayunado arriba, en su casa con un apetito feroz. Estaba radiante como nunca y venía con gran entusiasmo a  comenzar su tarea diaria. Pero cuando estaba  llegando a su despacho, el semblante se le congeló. En el salón estaban su padre y Franz enfrascados en una conversación. Su padre estaba de espaldas a ella, pero por encima de su hombro veía de frente a Franz. Cuando Franz la vio, sus pupilas se agrandaron extraordinariamente e instintivamente desvió la mirada. Entonces el padre de Nina se dio cuenta de que ella estaba ahí. Automáticamente volteó y la saludó como si no se hubiera dado cuenta de nada.

—    Nina, ven —le dijo, llamándola a su lado—. Justamente estábamos hablando de ti.

      Ella temió por un segundo que su padre se hubiera enterado de todo, y por precaución chequeó la expresión de Franz.

—    Le estaba diciendo a Franz —continuó diciendo su padre como si se tratara de una charla inocente— que no es del todo necesario que tú trabajes con nosotros acá. Iba a decírtelo más tarde, pero ahora que estás aquí te comunico que tengo para ti una oferta de trabajo más interesante.

—    Ah, ¿sí? —dijo ella, siguiéndole la conversación, esperando disimular lo nerviosa que estaba.

—    Un amigo mío que está por abrir un negocio necesita a alguien que le ayude con la administración, ya que son solamente él y su hijo quienes van a hacerse cargo de todo. ¿Qué te parece? Ofrecen un sueldo más alto del que podemos pagarte aquí.

      Franz se había quedado callado, con expresión sombría y cuando tuvo oportunidad se excusó y se fue a la otra punta del salón a hacer como que acomodaba unas mesas. Volvía a repetirse la situación de hacía cinco años. De alguna manera su padre había vuelto a percatarse de su mutua atracción e intentaba sutilmente, otra vez separarlos.

      Después de escuchar pacientemente a su padre, Nina también se puso a acomodar  unas sillas y disimuladamente se fue acercando a donde estaba Franz.

—    ¿Pasaste la noche aquí? —le dijo en voz baja, emocionada.

—    Sí —respondió él, tratando de no acercarse demasiado para no llamar la atención—. Tenía que asegurarme de que no había sido un sueño.

—    Para mí sí ha sido un sueño —dijo ella, tratando de que otros no vieran su expresión de emoción—…..un sueño hecho realidad.

Se miraron brevemente con enternecedora complicidad.

—    Quiero besarte —dijo él, de pronto y se fue a su despacho.

      Nina después de mirar hacia los lados para cerciorarse de no ser observada por su padre, entró detrás de él dejando la puerta abierta. Allí se besaron tiernamente.

—    Ahora ve a tu casa —dijo Nina con cariño—. Ve a darte una ducha y descansa. Nos vemos en la tarde.

      Acababa de decir eso cuando su padre súbitamente entró a la habitación, por lo que ambos tuvieron que disimular.

—    Tengo que salir a hacer unas diligencias —dijo Franz sin mirarlo, mientras recogía su chaqueta—. Vuelvo después de almorzar.

—    Yo subo, porque mamá me espera para que la ayude a hacer unas cosas —dijo, a su vez Nina, y desapareció rápidamente.

      A pesar de que Nina percibía la insistencia de su padre y la intención de éste de volver a separarla de Franz, ahora se sentía segura y esta vez no estaba dispuesta a ceder. Ella no iba a cambiar su trabajo en La Princesa por otro, aunque el sueldo fuera mil veces mejor, y estaba molesta porque su padre la presionaba. Franz, en cambio se daba cuenta de que no iba a ser posible estar junto a ella sin causar un disgusto familiar. Por eso dudaba de continuar adelante. Pero las cosas se desencadenaron solas.

      A la tarde, cuando calculó que Franz ya había vuelto de su merecida siesta, Nina bajó otra vez al restorán. Venía emocionada por verlo y deseosa de comenzar a trabajar junto a él. Pero al entrar al gran salón se topó con alguien que no esperaba.  Era la chica con la que lo había visto aquella vez en aquel bar. Era muy bonita y vestía llamativamente. De inmediato, su semblante se endureció y no pudo evitar hablarle hostilmente.

—    ¿Puedo ayudarte? —le dijo al acercársele, sugiriéndole con sus palabras que era locataria.

—    No, gracias —le respondió la chica con displicencia—. Franz ya viene para acá.

      Dejándola con la palabra en la boca, siguió de largo y se encerró en el despacho de su hermano, que fue el primero que encontró.

—    «Franz ya viene para acá» — se repitió, una vez adentro, haciendo una mímica.

—    ¿Qué dices, Nina? —le dijo su hermano, riéndose.

      Ella no lo había visto al entrar. Estaba muy alterada, por eso su hermano la contuvo.

—    ¿Franz te ha hecho algo? —le preguntó preocupado.

—    ¿Y qué me podría hacer? —exclamó, con rabia—. Es que no soporto verlo cada día con una mujer diferente

—    Ja, ja, ja —rio su hermano, que lo conocía muy bien—. Deberás acostumbrarte. Franz hace su vida. Pero no debes preocuparte. Es una gran persona; un poco desordenado con sus cosas, aunque en su trabajo es el mejor.

      Cuando salió, la chica ya no estaba. Pero al mirar hacia la calle a través de uno de los ventanales vio que se subía al coche de Franz y ambos se iban velozmente. ¿Acaso Franz le había mentido? Decepcionada, volvió a subir a su casa y allí se quedó. Estaba confundida. Había sido una ilusa y tal vez su padre no se equivocaba al querer alejarla de él. Franz era un hombre soltero, apuesto y con cierto poder, y por su posición podía tener todas las mujeres que quisiera. No sabía que la única que él deseaba tener era ella.

      A la noche, Franz la llamó a su móvil.

—    ¿Qué pasa, Nina? —le dijo, angustiado.

—    Tú lo deberías saber.

—    No. No lo sé. ¿Es por lo que pasó entre nosotros? ¿Estás arrepentida? Dímelo, por favor.

      Estaba segura de que iba a cometer un desatino, pero su amargura no la dejaba pensar con claridad.

—    Franz, no es un secreto que he estado enamorada de ti toda mi vida. Sé que lo sabes.

      Tragó saliva para continuar. Él la escuchaba con atención.

—    Te amo, con todo mi ser. Pero no quiero ser parte de tus conquistas. No me arrepiento en lo absoluto de lo que pasó, pero si fue solo un impulso incontrolable de tu parte lo entenderé y tendré que conformarme. Puedes seguir tu vida, con tu chica o con todas las chicas que quieras.

      Tuvo que detenerse, porque se quebraba su voz. Y prosiguió:

—    Pero en ese caso es mejor que no nos veamos más. 

      Él no supo qué contestarle. Era ella a quien él amaba. Era cierto que había intentado remplazarla con otras mujeres, pero no había podido. Y si alguna de ellas se había ilusionado, él se había encargado de provocar su desilusión. Él no tenía nada para dar; todo su ser le pertenecía a Nina, aunque a ella le resultara difícil creerlo.

      Pasaban los días, y Nina comenzó a sentirse mal. Se arrepentía de haberlo alejado de ella pero la atormentaban los celos y por orgullo no quería dar marcha atrás. Entonces, para enfocarse en otra cosa resolvió reconsiderar la propuesta de su padre y finalmente accedió a ir a trabajar a aquel otro lugar.

      Su nuevo empleo no era tan abrumador. Trabajaba distendida, sobre todo por no tener que cuidarse continuamente de no toparse con Franz. El hijo del dueño era muy simpático y no le costó hacerse amiga de él. No obstante, no perdía de vista la oculta intención de su padre: él aspiraba a que ambos se entendieran. El chico era aproximadamente de su misma edad y sin duda era muy buen partido. Sin embargo, ella no podía ni siquiera considerarlo. Su cuerpo solo respondía al llamado de un hombre: al llamado de Franz.

      Nina iba a trabajar con entusiasmo, pero en lo personal estaba desganada, triste y tan sensible que cualquier cosa hacía que se pusiera a llorar. Notaba que su cuerpo no le respondía, hasta que cierto día se desvaneció. Tuvo que convencer a toda su familia de que la causa de su malestar era los nervios propios del nuevo trabajo, los cuales le habían causado un pico de estrés. Pero sabía que los síntomas eran inequívocos: estaba embarazada. Estaba embarazada de Franz.

    Aquella noche, Franz había marcado definitivamente su vida de todas las maneras posibles. Habían pasado ya tres meses y ella continuaba reviviendo cada día la misma emoción. Sin embargo, Franz comenzaba a suponer que lo que había pasado aquella noche había sido un error imperdonable. Es más, sentía que su osadía podía haber significado la sentencia de muerte para su amor. 

      El padre de Nina, por su lado, se empeñaba en acercarla al hijo de su amigo.  Pretendía utilizar al muchacho como una cuña para remover, de una vez por  todas, la cuña anterior y no perdía oportunidad para facilitarles los encuentros. Por eso, con motivo de su cumpleaños lo invitó a una gran cena en su restorán. Por supuesto, estaba invitada toda la familia y también Franz. Estaba dispuesto a hacer que Franz con sus propios ojos se convenciera de que su hija prefería estar con otra persona en lugar de con él. No se daba cuenta de que al estar separados, la atracción entre Nina y Franz era cada vez mayor.

      Cuando Franz llegó a la cena, ya estaban todos sentados a la mesa. Nina, a instancias de su padre estaba sentada al costado de aquel chico joven, rubio y buenmozo con el que éste la quería liar, y Franz se sentó casi frente a ellos. Al verlo, Nina se preocupó. Se lo veía demacrado, más delgado y sin su acostumbrado sentido del humor. Él la miró únicamente al tomar asiento, y ella sintió su fugaz mirada igual que una saeta llameante atravesándola mortalmente.

—    ¿Qué le pasa a Franz? —le preguntó alarmada, en voz baja a su hermano que estaba sentado a su otro costado.

—    No lo sé —respondió su hermano, tan preocupado como ella—. Desde hace un tiempo lo veo muy cambiado, desmejorado. Mañana tendré que hablar con él.

      De a ratos ella miraba a Franz disimuladamente, esperando encontrarse con sus ojos. Tenía que reprimir su voz, que desde su interior pugnaba por gritarle que lo llevaba dentro de ella. Pero durante toda la cena él no la volvió a mirar. Solo la miró extrañado cuando, al momento del brindis ella rechazó una copa de vino y levantó una copa de agua en su lugar. Después, se marchó temprano, antes de que pudieran acercarse.

       Franz se había convencido de que con Nina todo había terminado. Era lógico que  ella lo evitara y de algún modo lo creía comprender. Esa chica era el amor de su vida pero tal vez era mejor para ella estar con alguien menos conflictivo y mucho más joven que él. Entonces, se dijo que debía alejarse definitivamente de ella. Por eso pidió una reunión urgente con los demás socios del restorán.

      En cuanto Nina se enteró, fue de inmediato a hablar con su madre.

—    Mamá: ¿Ha habido algún problema con Franz? —le preguntó, angustiada—. ¿Es cierto que va a irse al extranjero? ¿Tienes idea de por qué?

—    Que yo sepa no ha habido ningún problema. Solo nos ha planteado que por motivos personales no puede continuar integrando nuestra  sociedad. Sus propias palabras fueron: “necesito desvincularme cuanto antes de La Princesa”. Aunque no sé por qué motivo. Sus razones tendrá.

      Nina se veía consternada, pero en ese momento era todo o nada y tenía que ir al fondo de la cuestión. Por eso se armó de valor y continuó interrogándola.

—    ¿Mencionó algo con respecto a mí? ¿Dijo si había tenido conmigo algún problema?

—    ¡No! —exclamó enseguida la madre, mirándola extrañada—. ¿Qué problema iba a tener contigo, si siempre te ha querido como a una hija?

      ¡Ese era justamente el gran problema! Su madre, al igual que el resto de su familia, estaba convencida de que él la quería como a una hija. Pero ninguno de ellos se había percatado del cambio. Él podía haberla querido en algún momento como a una hija, pero ya hacía muchos años que la amaba como mujer. Ese era el quid del dilema que atormentaba a Franz desde hacía tanto tiempo. Entonces Nina no tuvo más remedio que comenzar a desvelar la situación.

—    Ven, mamá —le dijo calmada, pero decidida—. Siéntate acá un momento. Tenemos que habar.

      Para la madre de Nina la sorpresa fue mayúscula. Pero a medida que su hija le relataba los motivos de su angustia, desde su condición de mujer fue compadeciéndose de ella, y una vez repuesta de la primera impresión, la animó a seguir adelante. Después de todo, ¡ella quería a Franz como si fuera su hijo!

      Por supuesto, Nina no le había contado todo. Se había reservado lo más trascendente para después, cuando las cosas estuvieran aclaradas. Ahora lo que tenía que hacer era ir a buscar de inmediato a Franz.

      Era un día frío, por lo cual llevaba un abrigo voluminoso que la cubría casi por completo. Cuando él abrió la puerta, su presencia lo sorprendió.

—    Hola Franz —le dijo, tranquilamente.

—    ¡Bueno! —exclamó él, con aire de resignación —. Si te dignaste a venir, debe ser algo importante.

—    Sí. Tenemos que hablar.

—    ¿De qué? —volvió a preguntar, con voz apagada—. Creí que ya no había nada más de qué hablar entre tú y yo. Por lo menos, eso fue lo que me dijiste. ¿O vienes a traerme la invitación a tu boda?

      Nina se apenó. Él estaba más dolido de lo que ella podía imaginar. Tuvo que contener sus deseos de abrazarlo muy fuerte, y se limitó a armarse de coraje para continuar.

—    ¿Puedo entrar? —le dijo, mientras sus ojos se desviaban hacia adentro de su departamento—. ¿Estás solo?

      Franz no le respondió. Suspiró sonoramente, la miró con expresión de «¿y con quién quieres que esté?» y apartándose, le franqueó el paso.

—    ¿Qué quieres? —le dijo con desgano una vez adentro, mostrando poco entusiasmo por hablar.

—    Quiero mostrarte algo.

—    Nina, no estoy para juegos. No necesito que me animen. Ya he tomado una decisión y es la mejor para todos. Ahora ocúpate de tus asuntos, que yo bastante tengo con los míos.

—    Siéntate, por favor —dijo Nina haciendo caso omiso a sus palabras—. Solo mira y no digas nada hasta que te haya terminado de mostrar.

      Ya estaba jugado y no le quedaban ganas de contradecirla, así que se dejó caer en una silla y esperó a ver lo que ella supuestamente iba a mostrarle. Entonces, Nina se paró delante de él. Se quitó el abrigo, y desafiando sus ojos brillosos de pasión comenzó sin prisa a desabrocharse la camisa. Él se inquietó, porque temió no poder controlarse.

      Como hipnotizado, Franz no podía dejar de seguir con expectación lo que Nina estaba haciendo con pasmosa tranquilidad. Al llegar al último botón, se quitó la camisa despacio, dejándola a un costado. Después se enderezó como para que él pudiera observarla. Como atraída por una luz enceguecedora, la vista de Franz se posó de inmediato en el hermoso brasier que ocultaba apenas aquel tesoro que sus manos habían acariciado febrilmente.

      Se despistó. ¿Acaso esa endemoniada mujer buscaba un último revolcón? Si era así, en ese momento él estaba absolutamente dispuesto a dárselo como nunca antes. Pero algo le decía que no podía ser tan sencillo. Entonces, sin quererlo sus ojos fueron resbalando hacia abajo sobre su cuerpo, hasta que de pronto contuvo la respiración.

     Nina traía sus ajustadísimos jeans abiertos en la cintura porque era obvio que no los había podido cerrar, y por aquella abertura asomaba su vientre abultado que ya comenzaba a expandirse.

—    ¿Qué es eso? —fue lo único que pudo articular.     

—    ¿Qué es….? —repitió sin animarse a quitar la vista de lo que no estaba seguro de estar viendo.

      Pero ella se quedaba callada esperando a que él reaccionara.

—    ¡Por Dios, Nina, explícame qué está pasando, antes de que me vuelva loco!

—    Franz, tienes cuarenta y dos años —dijo ella, con tono relajado—. No creo que tenga que explicarte lo que es una mujer embarazada. ¿O sí?

      Él no se animó a moverse, porque temió que aquel instante fuera un sueño y no quería despertar.

—    ¿De verdad creíste que podía separarme de ti? —continuó Nina con ternura—. Si no pude hacerlo en cinco años, ¿creíste que en cuatro meses lo iba a lograr?

      Entonces tomó la mano de Franz y la apoyó con delicadeza sobre su vientre.

—    Hija —dijo, como si hablara con alguien dentro de ella—: Este es tu padre.

—    ¿Hija?

—    Sí, Franz. Es una niña. No puedes alejarte de La Princesa. Tienes que cuidar de ella y de mí.

   ……………………

 

—    Ven Franz, mírala. Tu hija tiene tus mismos ojos.

—    Sí. Es muy bonita.

—    ¿No te impresiona pensar que tal vez hoy mismo el amor de su vida esté  tramitando el permiso de conducir?

—    ¡Sí! No lo había pensado. ¿Entonces, cuando cumpla los dieciocho años tendré que enviarla al extranjero?

—    Como quieras, Franz. Igual ya sabes que de nada va a servir.