La segunda vez

Nora Sisto

         Estaba retrasada y había dejado olvidada su mochila en la casa de una amiga. Así que se le ocurrió comprar de pasada un cuaderno, en cualquier lugar. A dos cuadras del instituto había una pequeña librería, así que entró a las apuradas, tomó el primero que encontró y se dirigió a la caja para pagar.

—    ¿Cuánto es? — preguntó impaciente al cajero, que con el cuaderno en la mano chequeaba en la computadora.

—    Estos vienen de a dos — dijo él, sin dejar de mirar la pantalla—. Puede llevar dos por el mismo precio. Si quiere, vaya a buscar otro. La espero.

        Nova lo miró dubitativa, porque detrás de ella había dos personas haciendo fila. Pero a él parecía no importarle que lo retrasara. Así que fue raudamente hasta el anaquel y volvió con otro cuaderno igual.

—    Son ciento veinte pesos— dijo él, con gesto calmo, siempre mirando la computadora.

        Pasó la tarjeta de crédito por el lector, y sin levantar la vista le entregó la     bolsita con los cuadernos y el recibo.

—    Adelante —dijo a la persona que seguía en la fila, para continuar atendiendo.

        Nova quedó un tanto descolocada. Por un lado le pareció que el empleado era antipático, ya que ni siquiera la había mirado al hablarle, pero por su actitud honesta sintió que era alguien de confiar. Miró disimuladamente el cartelito identificador que llevaba en el uniforme. Decía, simplemente «Bruno». Otro en su lugar, tal vez no le habría indicado sus opciones de compra y ella posiblemente nunca se hubiera enterado. Sin embargo, Bruno se había ocupado de alertarla.

        Dio un paso hacia el costado para guardar su billetera en el bolso, y al cerrarlo, instintivamente volteó.

—    Muchas gracias — fue lo único que le dijo.

        Entonces, él sorprendido levantó la vista y la miró. Fue un segundo, en que sus ojos se encontraron, y ella sintió que ese encuentro no iba a ser solo una experiencia fugaz.

        Llegó sofocada al salón de clase. Su amiga le había reservado un asiento junto a ella, así que se ubicó y se dispuso a sacar el cuaderno para anotar. Se había demorado más de la cuenta con su compra, pero ahora era momento de prestar atención. Al abrir la bolsa para sacar uno de los cuadernos, no pudo evitar pensar en aquel muchacho. Se dijo a sí misma que lo volvería a ver.

        Le encantaba la Literatura. Su profesora actual era una mujer joven, muy entusiasta y le había contagiado el interés por las letras, a tal extremo que Nova se sentía con fuerza suficiente para escribir. Pero convertirse en escritora no era su sueño. A ella le gustaba enseñar.

        Sonó el timbre y salió al patio, como todos sus compañeros, a disfrutar del recreo. Era su último año allí, antes de comenzar la Universidad. Estaba ansiosa por cumplir los dieciocho años, porque tenía in mente varios proyectos. Uno de ellos era estudiar la carrera de profesorado.

        El otro proyecto no tenía nada de intelectual. Pero era algo que la impacientaba desde hacía un tiempo. Casi todas sus compañeras y amigas ya se habían animado a experimentar su “primera vez” y la empujaban a que también ella lo hiciera. Pero Nova tenía sus propios planes. Esperaba a alguien especial. Alguien que cumpliera con todas sus expectativas. Tenía que ser alguien que hiciera de ese momento algo inolvidable, ya que románticamente suponía que iba a ser un recuerdo para toda su vida.

        La librería donde Bruno trabajaba le quedaba de paso al instituto. Entonces comenzó a frecuentarla, pero la mayor parte de las veces compraba cosas que no necesitaba. En realidad, iba para verlo a él. Bruno le gustaba, pero lo que más le atraía era su expresión enigmática. Se mostraba serio ante los clientes, como una imagen en blanco y negro. Pero ella presentía  que su interior era colorido en extremo. En algunos momentos, notaba que él la ignoraba intencionalmente, y en otros lo descubría observándola. Y a pesar de que ella pretendiera no darle trascendencia, al pasar los días su interés por él aumentaba.

        Después de varias incursiones en la librería, él comenzó a tratarla con cierta familiaridad. La saludaba con una sonrisa, y mientras ella fingía examinar algún artículo, él la seguía con la mirada. Un día, ya era casi la hora de cerrar, y él le propuso ir a tomar un café. Así que Nova lo esperó en la puerta. Se preguntaba si llegaría con él a algo más que una simple charla. Y la idea le gustaba.

        Él tenía muchos proyectos. Estudiaba Literatura y estaba a punto de recibir el diploma de profesor. Tenía veintidós años, y aunque era un poco joven para ejercer, se había postulado a un trabajo en una universidad cercana. En ese momento estaba esperando la confirmación del mismo. Esto por un lado le apenaba, porque debería mudarse a otra ciudad y abandonar su trabajo en la librería. Pero significaba una importante mejora en su vida. También quería ser escritor. Había comenzado a elaborar varias novelas, y no perdía la esperanza de llegar a publicarlas.

        Nova lo escuchaba con interés. Le atraía la idea de que fuese escritor. Ella por su parte, esperaba ser profesora de Literatura, aunque por el momento su principal interés radicaba en concentrarse en finalizar exitosamente ese último año. Pero como quien no quiere la cosa, su otro propósito comenzó a hacerse muy patente. Y pensó que Bruno podía ser el candidato ideal.

        Una tarde, quedó con él para concretar aquella cita. Iba a tener que armar  una logística afinada para que en su casa no sospecharan. Así que concertó con una de sus amigas que luego de ir a bailar se quedaría a dormir en su casa. Con Bruno se encontraría en la discoteca, y más tarde se iría con él a donde él dispusiese. Al principio, Bruno dudó. Era un plan un tanto descabellado. Le parecía una tontería que Nova se tomara esas cosas tan a la ligera. Pero ella le gustaba mucho, así que no quiso perder la oportunidad.

        Cuando entraron a su departamento, Nova quedó agradablemente sorprendida. Bruno vivía solo, y eso le permitía mantenerlo a su gusto. Mientras observaba el lugar, permaneció callada. No sabía si se estilaba conversar primero. Pero sin más preámbulos, él decretó que iba a ser un corto trámite, porque no disponía de mucho tiempo. Y así fue. Cuando hubo finalizado, se sentó a los pies de la cama, dándole la espalda. Nova se decepcionó. Había fantaseado demasiado con vivir ese momento. Lo había imaginado cual una fábula increíble y él le estaba demostrando con los hechos lo tonta que había sido.

        Quedó confundida. Permaneció unos minutos más en la cama, quieta y sin saber qué hacer. No sabía cómo reaccionar. Bruno se había quedado callado, mirando el piso. No atinó a decirle nada. Su mente estaba en blanco. Sin duda, eso no era lo que ella había esperado. No era lo que ella había esperado de él. Sin intentar hacer nada más, se puso de pie y fue a buscar sus cosas.

        Pero antes de que pudiera hacerlo, él se le acercó. Tomando suavemente su rostro con ambas manos, la miró a los ojos. Después la besó despacio. Nova sintió que su cuerpo se aflojaba, para volverse inmediatamente a tensar. Sentía el agradable calor de su piel abrazándola, y se dejó llevar. Al pasar de cada segundo, su ternura la encendía más y más. Por un instante tuvo miedo de que, habiendo ya cumplido con su trato, él de pronto la dejara ir. Pero Bruno no se comportaba como alguien casual, obligado a cumplir su capricho. Él estaba sintiendo profundamente lo que hacía. Y ella recibía su mensaje y lo respondía con emoción auténtica. Cuando la segunda vez finalizó, ninguno de los dos pudo explicarla.

        En el taxi camino a lo de su amiga, Nova no salía de su perplejidad. Solo reaccionó cuando el chofer le habló para pasarle la cuenta. ¿Qué había sucedido? Ella solo había aspirado a obtener una anécdota especial para competir con sus amigas y Bruno había aceptado participar en aquel insólito plan. Pero la experiencia la había desconcertado. No sabía si volvería a repetirla. De lo que sí estaba segura era de que nunca iba a olvidarla. Cuando su amiga la interrogó, solo le relató la primera vez. La segunda se la guardó celosamente. Tenía que procesarla.

        Durante las semanas siguientes, evitó pasar por la librería. Para llegar al instituto tomaba otro camino, un poco más largo, pero con eso se libraba de encontrarlo. No se sentía avergonzada, sino desorientada. Aquella situación le había resultado incomprensible e inabarcable, y tenía miedo de no poder manejarla. Él le agradaba, y mucho. Pero no sabía si sería factible emprender con él una relación. De todos modos, era probable que, para él, aquella experiencia hubiese sido una más, entre muchas otras similares.        

        El segundo semestre estaba por finalizar, cuando los alumnos recibieron una noticia inesperada. La profesora de Literatura estaba embarazada y, por motivos de salud, debía comenzar una licencia. Aunque era un motivo de alegría para todos, a Nova la noticia no le cayó del todo bien. Ella se apoyaba mucho en su profesora, y ahora tendría que vérselas por sí misma.

        El día en que la profesora se despidió del grupo, Nova se deprimió. Por eso no fue a clase. Pero al día siguiente, habiéndose convencido de que debería hacer frente a la situación y valerse de sus propias competencias, fue una de las primeras en llegar. Sus compañeros entraron al salón cuchicheando entre ellos, y al verla se le acercaron para comentarle las últimas novedades. Las chicas estaban conmocionadas porque el suplente de la profesora de Literatura era un chico joven y atractivo. Se había presentado al grupo el día anterior. Era estudiante universitario y le quedaba muy  poco para egresar. Los muchachos decían que era tosco y antipático, pero las chicas ya suspiraban por él.

        Cuando el profesor entró a la clase, Nova palideció. Era Bruno. Saludó en general y se aprontó para comenzar la clase. Nova se escondía detrás de la chica que se sentaba delante de ella. Pero ésta se daba vuelta a cada rato para comentarle en voz baja, con picardía.

—    Se llama Bruno. Es italiano. ¿No es un bombón?

        Cuando llegó el momento de pasar lista, Nova se desesperó. No era suficiente que fuera a reconocerla cuando la nombrara, sino que tendría que esconder su estupor. Entonces se preparó para el bochorno. Sin embargo, cuando le tocó el turno, él dijo naturalmente «Nova», a lo que ella levantó la mano para identificarse y él, tras un breve golpe de vista prosiguió con los demás nombres, como si nunca antes la hubiera visto. Nova suspiró aliviada. Él, por suerte disimulaba.

        A la hora del recreo, estaba en el patio, parada bajo un árbol leyendo los mensajes en su móvil, cuando Bruno se le acercó.

—    Hola — le dijo, con naturalidad—  no esperaba encontrarte.

—    Hola —respondió ella, tratando de estar a la altura—. Si, para mí también es una sorpresa. No sabía que ya te habías graduado. Te felicito.

—    Si, así es. Hace unos días rendí mi examen final. Pero no hubo  oportunidad de comentártelo.

        A Nova le pareció percibir un dejo de reproche en sus palabras, pero no quiso darse por aludida.

        En la clase, Bruno se comportaba con profesionalidad. Para Nova era más complicado, porque sus compañeras la atosigaban con comentarios acerca de él. Él trataba a todos sus alumnos con respeto, y ella deseaba apoyarlo. Pero era difícil hacer de cuenta de que no se conocían. Hablaba con él solo de vez en cuando, y aunque le sorprendía la naturalidad con que podía hacerlo, ninguno de los dos dejaba entrever alguna alusión a su encuentro íntimo, aunque sentían que este los sobrevolaba.

        Quedaba solo un mes para finalizar las clases. El trabajo final que el profesor indicó consistía en la elaboración de un poema. Cada alumno debía presentar una composición de su autoría. El tema era libre. La única condición era el idioma: debía ser escrito en italiano. A Nova esto no le preocupó. Ella ya tenía experiencia. Había escrito un montón de poemas que a su anterior profesora le habían gustado, e incluso la había felicitado por ellos. Sin embargo, había uno que nunca había podido terminar.  No daba con el sentido que deseaba. Calculó que, en caso de necesidad recurriría a ese, que era el único que nadie conocía.

        Los días pasaron rápidamente. Nova trataba de no participar demasiado en la clase de Literatura porque se daba cuenta de que la proximidad de su profesor la perturbaba. Bruno había sido su “primera vez” y suponía que  era un tema superado. No obstante, verlo día tras día era un motivo de inquietud. Él era unos años mayor que ella y estaba manejando bien la situación. Ella, por su parte también creía tener todo resuelto. Sin embargo, en algunos momentos  le daba la impresión de que, a ambos, la experiencia de aquella vez los había sobrepasado.

        Después de pasar bastante trabajo, por fin pudo terminar su poema. Que fuera en italiano le había complicado un poco la redacción, pero con la ayuda de los traductores online había quedado muy bueno.  Quien lo leyera  podría imaginar que había sido escrito para Bruno, pero supuso que él nunca lo pensaría, así que el último día de clase lo presentó.

        Cuando recibió su evaluación final, calculó que con aquel poema había sacado una muy buena calificación, porque aprobó el curso holgadamente. Ahora comenzaba el receso y la preparación para su ingreso a la Universidad. Eso la tendría bastante ocupada. Como se iba de vacaciones, pasaría tiempo sin ver a Bruno, pero a pesar de eso no se despidió de él. Esto no le alegraba, porque él tal vez lo interpretaría como un gesto desconsiderado de su parte. Pero la realidad era que no habría sabido qué decirle.

        Las vacaciones comenzaron a hacérsele eternas. Pensaba mucho en Bruno. A veces le asaltaban unas ganas locas de pasar por la librería en donde él  trabajaba, pero se abstenía. Lo echaba de menos y deseaba verlo, pero temía no saber manejar la situación. Él ahora ya no era su profesor, y por ahí no tenía ninguna excusa para acercársele. Tampoco era su amigo para poder telefonearle sin motivo alguno. Y aquella insólita experiencia vivida en conjunto podía no ser mérito suficiente para iniciar una relación.

        Sin embargo, un día se decidió y fue a buscarlo. Para su sorpresa, el puesto de Bruno ahora lo ocupaba otra persona. Como el nuevo empleado no la conocía, se animó a preguntar. Al parecer había conseguido un cargo como profesor en una universidad en otra ciudad, por lo cual se había mudado allí y ya no volvería a trabajar en la librería. No quiso preguntar de cuál universidad o de qué ciudad se trataba. Solo esperaba que, para su tranquilidad, no fuese la misma a la cual ella iba a asistir.

        Pasaron dos largos años. Ahora era una chica universitaria. Estaba muy entusiasmada con su carrera, que iba de bueno en mejor. Iba a comenzar su tercer año, y su vocación se afianzaba. Pero en todo ese tiempo, su pensamiento principal seguía siendo Bruno. No sabía en cuál universidad trabajaba. Una vez intentó llamarlo a su móvil, pero el número ya no correspondía. En las redes sociales tampoco lo encontró. Era como si se lo hubiese tragado la tierra. Entonces se dijo que tal vez era mejor que lo olvidara.

        Un día, unos compañeros la  invitaron a la presentación de un libro. Le comentaron que, aunque el autor era nuevo, su novela ya estaba batiendo récords de ventas. Ella había perdido el entusiasmo de salir a divertirse con amigos, y tampoco se interesaba en conseguir una pareja, pero aun así, aceptó.

        La presentación era en una moderna librería cerca de allí. El lugar era casi mágico. Las coquetas bibliotecas, repletas de ejemplares de un sinfín de  categorías, estaban dispuestas de forma irregular dejando un espacio central en el cual los potenciales clientes podían tomar un café mientras hojeaban los libros. Nova nunca pensó que podía tratarse de Bruno. Solo cayó en la cuenta cuando se encontró cara a cara con él.

        Había mucha gente, y aunque la presentación ya había comenzado sus amigos le habían reservado un asiento. Bruno, al lado de un presentador, se encontraba junto a una mesa en la que habían acomodado, para su exhibición, varios ejemplares de su novela. Con orgullo observaba al presentador mientras este comentaba su obra. Pero cuando finalizó su alocución, Bruno giró la cabeza hacia el público que comenzó a aplaudir entusiastamente. Entonces la vio. Nova estaba allí, sentada en la segunda fila, y lo miraba anonadada. Sus ojos se encontraron, y por unos segundos todo lo que había alrededor de ellos desapareció. Recién reaccionaron cuando el presentador sacudió el brazo de Bruno y, mirándolo de reojo, dijo a la audiencia:

—    Ahora el autor va a firmar los ejemplares.

        La novela había calado fuerte en los lectores. Muchos de los presentes tenían el libro en sus manos y ya la habían leído. Por eso fue que, desde el público alguien gritó:

—    Nos gustaría que el autor leyera el poema con el que el personaje conquista a la chica de sus sueños. ¿Puede ser?

        El presentador miró a Bruno, dándole pie para que respondiera afirmativamente. Bruno vaciló unos segundos. Pero la insistencia del público lo presionaba. Así que cedió. Se puso de pie.

—    Este poema no es de mi autoría, tal como explico en la obra —acotó—. Fue escrito por una persona muy importante para mí, de quien las circunstancias de la vida me alejaron.

—    ¿Alguien de quien se enamoró? — dijo, sonriendo con simpatía, una chica del público.

—    Si. Así es —respondió sin titubear, pero sin mirar a Nova. Miró por unos segundos hacia el techo, como si estuviera rememorando aquel momento, y sin querer suspiró.

        Entonces, rodeando la mesa se aproximó a los asistentes. Tomó el libro, y lo abrió en la página del poema. Había atesorado aquellos versos como un hilo invisible que lo mantenía unido a ella. Al incluirlo en su libro había enviado un mensaje, esperando que llegara a destino. Ahora, frente a ella era el momento  justo para que Nova lo recibiera. Habían estado alejados por mucho tiempo, así que no estaba seguro de si ella respondería. Por eso, quiso tener precaución. Mostrando arrogancia, pero a la vez entonando con una pasión impetuosa, comenzó a leer:

—    “Penso a te, in ogni momento. Ogni giorno, quando guardo la strada, quando un uccello vola. Se il mare ha le onde, e se il sole si nasconde dietro le nuvole, penso a te...”

        Fingía leer, pero se lo sabía de memoria. Se lo había repetido infinitas  veces, una por cada día que había pasado separado de ella. Cuando ella no se despidió, su decepción había sido inmensa. Sin embargo, su amor no había logrado convertirse en rencor. Aquel día en que la vio por primera vez en la librería, su torpeza lo enterneció. Y cuando ella le hizo aquella singular proposición pensó que se trataba de una chica snob y caprichosa, pero igual aceptó porque estaba enamorado. Por despecho, había planeado arruinar su fantasía. Sin embargo, su inocente desilusión hizo que quisiera  mostrarle cómo se sentía al amar de verdad. Fue entonces que la segunda vez se convirtió en un milagro.

        El público escuchaba atento su discurso cautivante. Como era italiano, su entonación y la pronunciación de las palabras eran perfectas. Durante su pasaje por el instituto se había esforzado mucho por no mostrar debilidad y ella, a su modo, lo había ayudado. Habían hablado muchas veces, pero nunca se habían confiado sus sentimientos. Ahora estaban frente a frente. Ahora él era, simplemente, un hombre hablándole a su mujer.

        A medida que cada verso salía pausadamente de su boca, se iba acercando más hacia donde ella estaba. Ella sentía que un poder extraño se apoderaba de su cuerpo y la inmovilizaba. Lo miraba aproximarse lentamente, como en un sueño. Él tenía aquel libro entre sus manos, pero la tocaba con sus palabras. En ese momento, Nova se dio cuenta de que él, y solo él, había sido la inspiración de su poema. Y Bruno le estaba devolviendo con su voz la caricia que ella le había dejado escrita en su cuaderno.

        El último verso no lo leyó. Había cerrado el libro.

—    “Penso a te, perché se non penso a te, non vivo.”

        Ella ya lo estaba mirando cuando él levantó la vista. Sus ojos se encontraron, y la asaltó un deseo inmenso de correr hacia él. Pero no lo hizo. Ambos quedaron inmóviles, como detenidos en el tiempo. La gente enloqueció y comenzó a aplaudir enardecida, aunque nadie se percató de aquel diálogo secreto.

        Aprovechando el momento de distracción, Nova se fue rápidamente. Él no pudo salir tras ella porque la gente enseguida lo rodeó, pidiéndole que firmara los libros.

        Salió a la calle agitada. No había querido esperar a que la reunión se dispersara, porque tenía miedo. Había pasado demasiado tiempo, y no se sentía segura. Cuando lo conoció se había comportado como una tonta. Y seguramente esa era la impresión que él conservaba de ella. Después se había mantenido alejada de él para no comprometerlo en su trabajo, y ahora tampoco quería ser un obstáculo entre él y sus lectores. Tarde se había dado cuenta de cuánto lo amaba. Sin él, su vida tampoco significaba nada.

        Se recostó en una de las columnas de la entrada para recuperar la respiración. Intentó sacar un pañuelo de su bolso, pero sus manos le temblaban, y este cayó al piso. Cuando se agachó a recogerlo, se encontró con otra mano que ya lo levantaba para ella.

—    ¿Por qué te ibas? —preguntó él con voz suave—. Me gustaría mucho que te quedaras.

—    No quería incomodarte — respondió con voz trémula—. Creo haberte causado ya demasiadas molestias.

—    Es cierto —acotó, pensativo—. La primera vez salió mal. Y fue mi culpa. Pero la segunda…

—    Bruno, eso ya pasó—. Lo interrumpió porque le daba vergüenza que él se lo recordara.

—    No, Nova. Eso no pasó. Estoy seguro de que sigue pasando. Nos acompaña cada día y crece sin que podamos hacernos cargo.

        Después de ayudarla a que secara sus lágrimas, continuó:

—    Nova: aquella segunda vez aún no termina. No quiero que termine nunca.

        Entonces ella no pudo contener su felicidad. Aquella primera vez había sido un total fracaso, pero después de todo, no había sido en vano. Había servido para valorar la siguiente.

—    Te adueñaste de mi poema. Lo vas a pagar muy caro. Voy a reclamarte  las regalías.

—    Ya, deja de hablar. No me desconcentres, si es que no quieres que te defraude a la tercera.