Labios de mármol

Nora Sisto

       Marietta apenas se recordaba como una niña movediza y feliz. A los nueve años la devastadora poliomielitis había hecho estragos en su cuerpo, dejándola con serias dificultades para caminar. Al principio poco le había dado importancia ya que sus padres se habían ocupado de integrarla con otros niños, pero a medida que fue creciendo se convirtió en un lastre imposible de superar. Su deterioro físico la condicionaba a tal punto que era como si toda su morfología se mimetizara con él, haciendo que su grosera apariencia coartara sus posibilidades de tener un trato normal con las demás personas. Por eso ahora, a sus cincuenta años, sola y resignada en tal sentido, dedicaba todos sus esfuerzos únicamente a trabajar para subsistir.

      Adonde fuera, su figura representaba invariablemente un demérito, motivo por el  cual le era complicado conseguir empleo. Su penúltima incursión laboral había sido como dependienta en una tienda, pero había renunciado después de constatar que los clientes tendían a rechazarla y optaban por ser atendidos por una persona “normal”. Pero no se daba por vencida. Ahora había encontrado trabajo como funcionaria de mantenimiento en un museo, y estaba contenta porque no estaba obligada a tener contacto con el público.

      El museo no era en realidad un museo. Era una antigua casa convertida en museo, que había sido mucho tiempo atrás la residencia de un reconocido personaje público, y que actualmente abría sus puertas a los visitantes los fines de semana. La casona era enorme, y estaba rodeada de un gran parque que terminaba a la orilla de un arroyo donde había existido en su momento un muelle. Tenía muchísimas habitaciones, en las cuales predominaba aquel inconfundible olor a  antigüedad, a pesar de lo cual se conservaban en el estado original en que  habían servido a sus moradores.  

      En uno de los recodos del pasillo se encontraba la gran biblioteca con paredes revestidas de madera e infinidad de volúmenes, ahora ya caducos, y que se mantenían actualmente solo como erudita decoración. Pegado a la biblioteca estaba el escritorio, digno de un rey, en el cual el primitivo dueño de casa seguramente había tomado sus decisiones más trascendentes. También podía visitarse el único cuarto de baño situado en la planta alta, de enormes dimensiones, revestido con azulejos blancos y negros, con una tina de hierro esmaltado y un curioso lavapiés. 

      Pero lo que más llamaba la atención era la sala de esculturas. Había decenas de ellas; figuras de animales en bronce, bustos y máscaras, así como pequeñas piezas en porcelana y mayólicas de gran tamaño. Durante los años sucesivos, para aumentar el contenido de la exhibición se habían ido agregado también otras piezas más modernas, que no desentonaban e igualmente imponían su presencia señorial. Pero por sobre todas ellas, una atrajo enseguida la atención de Marietta.

      Era una figura de mármol que representaba en tamaño natural a una hermosa doncella recostada sobre un canapé. Como era la clásica costumbre, su magnífico cuerpo aparecía semidesnudo bajo un largo mantón traslúcido con flecos que lo cubría parcialmente desde uno de sus hombros hasta las rodillas, cayendo hacia un costado a sus pies, y dejando a la vista una anatomía  maravillosa. La tersura de la superficie de mármol reproducía lo que seguramente había sido en vida una piel sedosa, y los bucles del cabello recogido hacia un lado, cincelados con una maestría inigualable, coronaban aquella estampa de piedra excepcional.

      Marietta se encargaba de quitar el polvo a cada uno de los ejemplares de esa sala, y como era característico en ella, lo hacía con gran dedicación y una delicadeza sinigual. Varias veces a la semana repasaba lenta y esmeradamente   aquellas obras de arte asegurándose de dejarlas sin una pizca de suciedad. Sin embargo, cuando llegaba a la escultura de aquella mujer se detenía mucho más.

      Aquel cuerpo soberbio representaba todo lo que Marietta hubiera querido ser.  Sus medidas eran de una proporción exquisita. Sus pechos delicados se adivinaban debajo de aquella tela cuya transparencia parecía imposible de tallar, y su cintura y sus piernas torneadas eran la cabal imagen de la perfección. Y frente a su cuerpo deformado, aquella imagen parecía el reflejo imposible que el espejo trágico de su destino se empecinaba en mostrarle.

      Pero aquella figura inigualable también tenía una historia trágica. La pieza escultórica se llamaba “Trajana al Amanecer” y según mencionaba el cartón enmarcado sobre un atril a su costado, representaba a una joven mujer nacida en el siglo diecinueve que había fallecido a los diecisiete años alcanzada por la epidemia de una terrible enfermedad. La rodeaba la leyenda de haber sido una joven inquieta y rebelde que soñaba con conocer el mundo. Y a pesar de su conmovedora belleza, nunca había accedido a casarse y su cuerpo maravilloso había sucumbido virgen.

      Trajana era  la única hija del matrimonio que había construido aquella magnífica casa. Sus pobres padres, abatidos, no habiéndose resignado a su pérdida, habían contratado a un eximio escultor para que la inmortalizara. Pero a pesar de que inicialmente iba a tratarse de una ornamentación para su tumba —como se acostumbraba en aquel entonces—, finalmente habían decidido dejarla en su propia casa como un recordatorio para continuar teniéndola junto a ellos.

      Al desaparecer sus dueños, la casa estuvo amenazada con ir pasando de  mano en mano. Pero era demasiado emblemática como para arriesgarse a que alguno la hiciera desaparecer, por lo cual el Estado optó por hacerse cargo de ella y convertirla en museo. No obstante, los sucesivos administradores habían coincidido tácitamente en algo: ninguno se había atrevido a desarraigar aquel monumento de su entorno original. De ese modo, Trajana pudo ser admirada durante décadas por sucesivas generaciones sin moverse de su casa.

      Aquella mansión también estaba rodeada de misterio. Además de la historia trágica de sus primeros ocupantes, se decía que en algún lugar recóndito de ella aún existía un tesoro millonario que aquellos se habían cuidado muy bien de ocultar. Pero ya fuera mito o realidad, lo cierto es que quienes acudían a visitarla se maravillaban. Sus terminaciones soberbias, los frescos con escenas históricas en sus paredes, los revestimientos de azulejos multicolores y otros detalles finísimos de marquetería muy bien conservados, hacían de la casa en sí misma un tesoro de incalculable valor.

      Cada vez que Marietta entraba en aquel salón, iba derecho a la estatua de Trajana. A veces, después de repasar con esmero a todas las demás figuras se acomodaba sin prisa a su lado y, dejando a  un lado sus utensilios de limpieza, le conversaba como a una confidente. Le contaba lo triste que había sido su vida, y lo mucho que había sufrido por tener un cuerpo infortunado. Suspiraba al decirle que habría deseado ser como ella, admirada por su belleza, deseada por los hombres y envidiada por las mujeres, y que sin embargo nada de eso se había hecho realidad.

      Trajana tenía un rostro perfecto. Su nariz bien proporcionada marcaba la simetría exacta de unas facciones privilegiadas, no obstante sus labios, finos y apretados daban la impresión de conservar su angustia y su impotencia ante aquella maldita enfermedad. Pero cuando Marietta le hablaba, sus ojos, aunque ciegos por el blanco inexorable de la piedra, parecían sin embargo mirarla compadeciéndose de ella. Por eso, cuando finalizaba su horario de trabajo, Marietta se despedía de ella hasta el día siguiente besando su frente.

      Otras veces, arrimaba su mejilla a los labios de aquella chica, como si ese fuera el beso que nunca una hija le iba a prodigar, y acariciaba suavemente su rígido y enrulado cabello, suponiendo consolarla con su amistad. Algunas veces, una lágrima de sus ojos caía sobre aquel rostro inerte y rodaba por la superficie reluciente del mármol, hasta ser absorbida por él. Entonces se emocionaba al pensar que el calor de su cuerpo penetraba en el de ella, confortándola. Y cuando abrazaba su cuerpo frío y escuchaba retumbar sobre él los latidos de su propio corazón, sentía que la energía de aquella piedra la recorría por dentro.

      Marietta siempre había deseado ser bella como Trajana. Se lo había confesado una y mil veces, al mismo tiempo que mientras repasaba con un trapo prolijamente su superficie, le repasaba con un manto de palabras su historia personal. Palabra a palabra vaciaba con emoción su vida sobre aquella muda interlocutora, y quería creer que ésta la escuchaba. A ambas el mundo las había abandonado y aquella tristeza compartida parecía insuflar dentro de cada una la esperanza de un nuevo renacer.    

      Por doscientos años Trajana había sido admirada por su belleza. Su figura celestial e inmóvil había alcanzado la eternidad. Pero  esta no significaba nada sin la sangre corriendo por sus venas,  sin el aire hinchándole el pecho, y sin el frío y el calor encogiendo y dilatando su piel. Marietta, en cambio renegaba de su existencia. Despreciaba cada uno de sus días terrenales sin entender que su vida oscura, una vida llena de angustia, menospreciada por una incomprensiva sociedad, una vida discriminada y triste, era sin embargo vida. Y entonces, una sinergia extraña pareció aflorar entre las dos.

      El amanecer era sereno. Solamente el silencio inundaba aquel lugar, y los primeros albores del sol a través de la enorme claraboya comenzaban a recorrer con sus mágicos rayos aquel recinto en el que dos mujeres tan distintas habían encontrado al fin el camino hacia sus sueños.

      Como una sombra, pudo verse apenas la figura de Marietta huir por la puerta de aquel salón, para perderse después rápidamente en el paisaje. Pero no era Marietta. Era Trajana. Aquella niña, ahora convertida en mujer, volvía a recordar cómo se  sentía el frío del piso de las baldosas bajo sus pies y el olor a madera añejada del aire. Con sus ojos anegados por lágrimas de agradecimiento, volteó para dar un postrero adiós a su amiga y, mirando por última vez aquel recinto que la había retenido por siglos, desapareció para siempre.

      Al tiempo, cuando el curador del museo dio su acostumbrada recorrida por la sala de las esculturas, al pasar por la estatua de Trajana se la quedó mirando extrañado. Tuvo que observarla con atención desde distintos ángulos y aun así no se pudo convencer. Incluso las fotos de archivo no llegaban a mostrar aquella sutil diferencia. Es que habría jurado que aquel bello rostro siempre había tenido una expresión melancólica. Sin embargo ahora aquellos rígidos e increíbles  labios de mármol blanco lucían una enigmática sonrisa.