Legado de familia
Nora Sisto
Romualda y Julieta eran amigas desde la escuela primaria. Se habían conocido en tercer grado, cuando Julieta llegó por primera vez. Había irrumpido en el salón de clase con su voluminosa melena rubia y su apariencia de muñeca Barbie, acompañada de la directora, que la había conducido hasta allí para presentársela a la maestra. No bien la vio, Romualda se sintió desfallecer. Hasta aquel momento ella era la líder de sus compañeros, la chica osada y popular a la que los chicos admiraban y seguían. Pero ahora se le presentaba una competidora de temer: si ella era una guerrera, Julieta era una princesa.
Como era lógico, Romualda odiaba su nombre, pero por desgracia no tenía otro para elegir. Sus padres se lo habían puesto en homenaje a una abuela que ella jamás conoció y a la que lamentablemente, a causa de su nombre horroroso aborrecería durante toda su vida. Estaba acostumbrada a pasar vergüenza cada vez que la maestra pasaba la lista, o cuando la convocaban por algún altoparlante a viva voz. Pero por suerte, todos sus conocidos la llamaban Romy.
Romy era levemente más baja que Julieta, y eso sirvió entre otras cosas para que desde niña percibiera su inferioridad. Tenía el cabello castaño y, contra su voluntad su madre acostumbraba a cortárselo con una melenita al estilo «paje», lo que la dejaba innegablemente en desventaja frente a aquella espléndida melena larga y rubia de Julieta. Pero, contrariamente a la primera impresión, Julieta no era pretenciosa sino una niña de buenos sentimientos. Fue así que, al poco tiempo Romy y ella se hicieron buenas amigas.
En la secundaria continuaron siendo compañeras de clase. A esa altura, Julieta era una hermosa y atractiva adolescente, mientras que Romy se convirtió en una chica «dark». Vestía generalmente de negro y aunque continuaba usando el mismo peinado de su niñez, ahora había teñido su cabello de color azabache y en él sobresalían dos pequeños mechones de color azul que hacían resaltar sus hermosos ojos celestes. Usaba un piercing en la nariz, y aunque había logrado convencer a sus padres de hacerse un pequeño tatuaje en el hombro, cuando fuera mayor pensaba hacerse muchos más.
Como era costumbre al finalizar la secundaria, Romy y Julieta fueron con sus compañeros de generación al consabido viaje de egresados. Estaban entusiasmadas, porque era la primera vez que iban a estar desconectadas de sus padres y podrían entonces hacer uso ilimitado de su incipiente libertad. Aunque las dos tenían recién diecisiete años, Julieta cumpliría sus dieciocho durante el viaje. Que su amiga alcanzara antes que ella su mayoría de edad reforzaba de alguna manera en Romy su sentimiento de segundo plano. Su amiga iba a convertirse muy pronto en una mujer, mientras que ella debería esperar por lo menos seis meses.
El balneario era espectacular. Sus playas eran paradisíacas, y a pesar de que iban acompañados por varios adultos cuidadores, los muchachos enseguida se desenfrenaron. Julieta había ido provista de una colección de provocadores bikinis, que no bien llegó comenzó a lucir. A Romy no le interesaba mostrarse provocativa y a pesar de tener una linda figura, sus trajes de baño —que eran en su mayoría de color negro— la hacían ver más discreta y elegante.
El primer día, los animadores de los distintos colegios que allí se hospedaban, para coordinar las actividades convocaron a una reunión multitudinaria en el gran salón del complejo vacacional. Al igual que los demás chicos, Romy y Julieta estaban ansiosas porque era una oportunidad para hacer nuevos amigos. Y en seguida los hicieron.
No bien entraron al salón, muchas miradas se concentraron en Julieta. Obviamente era una chica por demás llamativa y que por supuesto disfrutaba concitando la atención. Fue así que inmediatamente dos chicos buenosmozos se les aproximaron.
— ¡Hola! Me llamo Federico, y él es Manuel —les dijo con una sonrisa el más alto y musculoso.
— ¡Hola! —respondió inmediatamente Julieta.
Romy la miró nerviosa, con temor de que la presentara como Romualda, porque aunque Julieta era una buena amiga, siempre tenía miedo de que, por despistada la fuera a avergonzar.
— Yo soy Julieta y ella es Romy.
Aliviada, Romy sonrió y comenzó a observar a los chicos. Era obvio que se habían acercado a ellas por Julieta, porque los dos la miraban embobados. Federico parecía un jugador de rugby por su físico fuerte. Era rubio igual que Julieta, y parecía estar buscando una pareja acorde a él. Manuel, en cambio tenía el cabello más oscuro, era alto igual que Federico, pero más delgado y parecía un modelo. Cuando por casualidad la mirada de Romy se encontró con la de Manuel, pudo apreciar sus ojos de color avellana, cuya expresión cálida la subyugó.
A partir de ese momento y durante toda la estadía los cuatro no se separaron. Se daban cita en la playa o en la piscina e iban por la noche a bailar. Romy desde un principio se sintió atraída por Manuel y congeniaba con él espléndidamente, pero su inseguridad la llevaba a pensar que los dos chicos estaban interesados exclusivamente en su amiga. Así que se convenció de que la suya era solo una presencia “de relleno” y comenzó a poner excusas para evitarlos.
Pero aunque se esforzara en evitar a Manuel no lo lograba, porque íntimamente su deseo era no evitarlo. Lo miraba desde lejos y por más que se sentía tentada de acercársele, se abstenía de hacerlo. Sin embargo, era el primer chico que le gustaba de verdad. Era el primero con el que se encontraba a gusto y con el que podría pensar en iniciar una relación, aunque por precaución no debía ilusionarse. Sabía por experiencia que cuando a Julieta le interesaba un chico, siempre lo conseguía. Y ella no se iba a interponer en su decisión. Lo que no sabía era que esta vez era distinto, porque no era Julieta sino precisamente ella la que le interesaba a Manuel.
Ese día había estado agitado. Habían participado en muchas actividades que continuarían por varias horas más. Pero ella estaba cansada y malhumorada por no poder acercarse a Manuel. La noche estaba serena, y aprovechando que podía pasar desapercibida, se escabulló de los demás. Allá en el complejo los muchachos continuaban entretenidos con las competencias deportivas, pero ella se había ido a caminar por la playa. Se detuvo a mirar la luna llena, que iluminaba mágicamente aquel increíble paisaje. Sentía en sus pies descalzos las olas tibias que iban y venían, intermitentemente. El bullicio se oía de lejos, y eso le daba una agradable sensación de paz.
De pronto, una voz la sobresaltó, ya que debido a la suavidad de las pisadas sobre la arena no había oído a nadie llegar.
— Linda noche.
Se dio vuelta al instante. Era Manuel.
— ¿Por qué no estás con los otros? —le preguntó ella, emocionada pero sin mostrarse demasiado amigable.
— Me aburren un poco esas tonterías —respondió Manuel con sincera convicción—. Y veo que a ti también.
— No es eso. Es que quería estar sola.
— ¿Puedo quedarme contigo?
Romy se encogió de hombros, dándole a entender que hiciera lo que quisiera, aunque de todo corazón esperaba que se quedara. Acto seguido, se sentó sobre la arena, y él se sentó a su lado.
Manuel no era como los demás. Parecía más grande y maduro, y él le explicó a qué se debía. Su padre trabajaba en una empresa multinacional, por lo que estaba obligado a cambiar bastante seguido su lugar de residencia. Era dos años mayor que ella, y el motivo por el que recién egresaba de la secundaria era que cuando niño había estado viviendo durante dos años con su familia en un lugar donde no se había adaptado ni a la escuela ni al idioma. Ahora finalmente residía en su propio país, ya que tenía edad suficiente para vivir solo. Tenía proyectado, igual que Romy ingresar a la facultad de Arquitectura, aunque ella todavía estaba indecisa.
Romy lo escuchaba con interés y aunque ambos miraban hacia el mar, de a ratos lo observaba de reojo sin que él se diera cuenta. Era apuesto y varonil, y no escondía su sensibilidad, tal como a ella le encantaba. Era el hombre perfecto para ella, y con cada minuto que pasaba sentía que se enamoraba más de él. Ella todavía no había experimentado su “primera vez” y todo indicaba que Manuel podía ser el indicado. El ambiente era propicio, así que se le ocurrió que al fin el momento preciso había llegado. La noche era hermosa y propicia para el romance. Por eso, cuando él la abrazó y se besaron, se dejó llevar.
— Romy, despiértate —escuchó que Julieta le decía con insistencia mientras le sacudía suavemente el hombro.
Se sentía en las nubes. Había dormido como pocas veces y ahora su amiga la llamaba para ir a desayunar, pero ella prefería seguir soñando.
— Ya voy —dijo, con desgano, aunque la expresión de su rostro era de absoluta felicidad.
— ¿Dónde estuviste anoche que viniste tan tarde?—le dijo Julieta con picardía mientras se aprontaba para salir—. Te estuve esperando en el salón para participar en los juegos.
— Estuve en la playa, contemplando la luna.
— ¡Ah, esta chica romántica! —exclamó Julieta moviendo la cabeza—. Deberías socializar más. Me voy. Te veo en el comedor. Más vale que te apures o te quedarás sin desayunar.
No quiso ducharse. Aún sentía en su cuerpo el cuerpo de Manuel y deseaba conservar esa sensación un poco más. Se rio para sus adentros: Julieta nunca sabría que se había convertido en mujer mucho antes que ella. Al fin tenía una secreta ventaja.
Pero cuando llegó al comedor, sus ilusiones se desmoronaron. Allí estaba Julieta coqueteando con Manuel, que como un tonto no paraba de reírse de sus ocurrencias. Para colmo, cuando estaba acercándose escuchó que Julieta repetía entre risas:
— Sí; no te miento. Se llama Romualda.
Los dos parecían tan divertidos con ese tema, que no alcanzaron a ver que ella estaba allí. Entonces, con el corazón roto en mil pedazos se dio media vuelta y regresó corriendo a su habitación. Había sido una tonta. Lo que para ella había constituido el momento culminante de su vida estaba siendo pisoteado sin piedad. Para él no había sido otra cosa que una estúpida e irrisoria situación casual.
Arrodillada en el piso de la ducha y con la cabeza hundida en su regazo, sentía el agua fría caer sobre su piel, mezclada con su llanto tibio y desconsolado. Se culpaba a sí misma por su estupidez. Muchas veces había fantaseado con dar su amor primerizo a aquel chico del que estuviera enamorada. Y lo había hecho, solo que desafortunadamente había elegido a quien no merecía tal distinción.
Durante todo ese día permaneció encerrada en su habitación, sin ánimo para salir a divertirse. Inclusive cuando Julieta se preocupó al verla tan sensible, le mintió, diciéndole que su estado se debía a la consabida indisposición menstrual.
No quería despedirse de Manuel, por eso esperó hasta último momento para subirse al bus, y lo hizo rápidamente, sin mirar a su alrededor. Él se iba por su lado con el grupo de su propio colegio y probablemente no lo viera nunca más. Si alguna vez había estado indecisa entre estudiar Arquitectura o ir a la Academia de Arte, las circunstancias habían terminado por decidirla por completo: iría a la Academia de Arte para no tener que encontrarse con Manuel. Cuando el bus arrancó, no miró hacia afuera. Por eso no vio que Manuel, desde la calle la buscaba desesperado en todas las ventanillas esperando encontrarla.
Pasaron tres años. Romy estaba contenta con la carrera que había escogido. Sus profesores notaban en ella su vocación por la decoración y la habían alentado a abrir su propio atelier. Su actitud había cambiado por completo. Continuaba su amistad con Julieta pero ya no se perseguía con aquel sentimiento de inferioridad. Su cabello ahora era muy largo y había vuelto a su color castaño original, aunque mantenía a uno de sus lados un mechón azul. También se había desprendido de su piercing y no pensaba más en hacerse tatuajes. ¿Para qué? El mayor tatuaje de su vida había sido el que Manuel se había encargado de imprimir profundamente en su cuerpo aquella noche. Desde entonces, ningún otro lo iba a poder superar.
Su amiga Julieta, que ahora estudiaba Derecho y tenía un novio abogado con el que se estaba por casar, la invitaba con frecuencia a citas dobles pero ella no aceptaba. Nadie se imaginaba que, a pesar de haber rechazado rotundamente a Manuel, Romy seguía enamorada de él.
No le era sencillo continuar con su vida sin verlo, por eso subrepticiamente lo espiaba en las redes sociales. Ahí se enteró de que estaba muy avanzado en su carrera de arquitecto y ya trabajaba en una conocida empresa de construcción. Deducía que no tenía novia, pero el día en que apareció su foto con un bebé en brazos se descompuso. Por suerte, al seguir leyendo se dio cuenta de que se trataba del hijo de su hermana.
El casamiento de Julieta se acercaba. Con ese motivo, había organizado una gran fiesta y —como no podía ser de otra manera— Romy iba a ser su dama de honor. Ella nunca le había pedido explicaciones acerca del triste comentario que había escuchado aquella vez, porque Julieta jamás le había dado motivos para desconfiar de ella. Toda la culpa se la atribuía a Manuel.
Las dos amigas, en consecuencia comenzaron con entusiasmo a preparar sus atuendos respectivos para la boda. El vestido de Julieta era de corte sirena, bordado con importante pedrería, muy sexy. Romy en principio había elegido un vestido corto de estilo clásico en color negro, pero Julieta, que estaba más atenta a la moda, hizo que lo cambiara por otro más moderno con falda larga en color champagne. Ambas estaban muy bonitas.
En el preciso instante en que se abrieron las puertas de la iglesia y Julieta comenzó a caminar hacia el altar, fue cuando Romy lo vio. Ella estaba parada al lado del novio, y Manuel estaba de pie en la cuarta fila mirándola fijamente. En un primer momento no lo había reconocido porque vestía traje y corbata y su cabello estaba más corto que aquella vez, pero era el mismo y su presencia la hacía palpitar igual que antes. Julieta avanzaba despacio, y ella estaba de frente a él, por lo que aquel momento se le hizo interminable. Sintió que de golpe sus pensamientos la aplastaban y tuvo miedo de que sus rodillas fueran a ceder, haciéndola tambalear.
Ya en la fiesta, utilizó todas las formas posibles para no cruzarse con él, y cuando se sintió exhausta se fue al parque que rodeaba el lugar y se refugió en una glorieta apartada. Pero él la buscaba, y allí la encontró.
— ¿Por qué no estás donde están todos? —le dijo, acercándose decidido y sin ni siquiera decir “hola”.
— Ahora voy. Estoy un poco mareada.
— ¿Te sientes mal? —le preguntó, sinceramente preocupado—. ¿Puedo ayudarte?
Romy lo miró con desconsuelo. Lo que menos podría ocurrírsele para detener su padecimiento era pedirle ayuda justamente a él, aunque él era el único en el mundo que podía hacerlo.
— No —le respondió, duramente—. ¿Eso viniste a decirme? Si es así, puedes irte y dejarme sola.
— No. No vine a decirte nada —dijo él, acercándose atrevidamente—. Vine a hacer algo que necesito hacer desde hace tiempo porque no me deja vivir en paz.
Entonces, sorpresivamente la tomó entre sus brazos y la besó con pasión. Ella durante un segundo sucumbió a aquel beso que también deseaba desde hacía mucho tiempo, pero enseguida reaccionó bruscamente apartándose de él y propinándole una sonora bofetada. Después, se lo quedó mirando con el ceño fruncido, con actitud desafiante. Pero su dolor había sido tan inmenso que tenía que darle otra bofetada más. Entonces él atajó con fuerza su brazo.
— ¡Suéltame! —le gritó amargamente—. ¿Vienes a burlarte otra vez de mí? Si, ya sé. Tu primera opción acaba de casarse, entonces vienes por tu segunda opción, que parece estar disponible. Puedes burlarte de mí todo lo que se te ocurra, pero quiero que sepas que nunca, entiéndelo bien: nunca voy a ser la segunda opción de nadie.
Manuel se quedó callado ante aquella amarga y franca declaración. Entonces la soltó y permitió que se alejara corriendo.
Al otro día, Romy aún dormía cuando el timbre de su móvil la sobresaltó. No había podido conciliar el sueño hasta entrada la mañana, por eso miró con decepción la hora en su reloj. Eran las ocho.
— Hola —contestó con voz de sueño, sin observar de quién era el número que llamaba.
— Soy yo —le respondió la voz de Manuel—. Tengo que hablar contigo. ¿Puedo ir a tu casa?
No le preguntó para qué. Sería porque aún estaba medio dormida, y automáticamente le dijo que sí, que viniera en dos horas.
Cuando el timbre sonó, fue enseguida a abrir la puerta. No se había preocupado en acicalarse para él, porque no lo merecía. Por eso tenía todavía el cabello mojado, estaba descalza y vestía un jogging y una camiseta que le llegaba hasta la mitad de la pierna. Él en cambio venía vestido formalmente, como para ir a trabajar. Dejó la puerta abierta para que entrara sin tener que acercarse a saludarlo y se paró expectante en medio de la habitación.
— Ha pasado bastante tiempo —comenzó diciendo él—. Se te ve muy bien.
— No sabía que seguías siendo amigo de Julieta —le interrumpió ella, como para ir directo al grano.
— No, no es así. Con Julieta nos encontramos hace un mes, de casualidad, y como hacía mucho que no nos veíamos la invité a tomar un café para ponernos al día. Me comentó que en pocos días se casaba, y me invitó a la boda porque dijo que sería una buena oportunidad para que tú y yo nos encontráramos y pudiéramos conversar.
— No tengo nada que hablar contigo —le dijo, aunque ni ella misma se lo creía.
— Te equivocas. Creo firmemente que sí. Julieta me dijo que tú quedaste muy deprimida después que estuvimos juntos, y….
— ¡No puedo creer que le contaras lo nuestro! —lo interrumpió otra vez, ahora alarmada—. Era lo último que hubiera esperado de ti.
— No, te equivocas —se apuró a decirle. Sonaba ansioso—. No hizo falta. Julieta estaba al tanto de todo. Pensé que tú misma se lo habías contado, pero por lo visto lo dedujo ella sola. Ayer en el casamiento pensé que ibas a alegrarte al verme, porque yo sí me sentía feliz. Pero tu reacción me hizo comprender que estaba equivocado. No sé si durante todo este tiempo habrás pensado alguna vez en mí. Yo siempre conservé la esperanza de recuperar lo nuestro. Sin embargo, después de lo de anoche necesito que me digas si debo ponerle fin.
Durante todo “ese tiempo” que él mencionaba, ella no solo había pensado en él: había sufrido por su culpa. Por eso, tenía que mantenerse firme. Aquella burda conversación entre él y Julieta había abierto en su corazón una herida que nunca había podido sanar. Pero extrañamente sentía que él, en ese momento le hablaba con sinceridad. Entonces optó por quedarse callada y escucharlo. Siempre tendría la opción de despacharlo al final.
— Aquella vez me enloquecí pensando en el porqué de tu rechazo, ya que por lo que vivimos juntos creí que podía existir un futuro para los dos. Por supuesto cabía la posibilidad de que te hubieras arrepentido, pero tu respuesta había sido tan vívida y sincera, que no lo creí posible. Después de que te fuiste, pasé días y días tratando de atar cabos y recordar qué podía haber sucedido para hacerte cambiar tan drásticamente de opinión. Entonces de pronto se me ocurrió que podía haber sido por algo que hubieras escuchado sin querer.
Ahora Romy lo escuchaba con atención, esperando con avidez que llegara por fin a mencionar aquel episodio desgraciado. Sabía que era imperioso volver a abrir la herida para que ésta pudiera así supurar su veneno y comenzara finalmente a cicatrizar. Iba a ser doloroso y estaba preparada. Sin embargo, algo la sorprendió.
— Aquella mañana en el comedor, yo estaba eufórico. Federico se había quedado en la cama con resaca, y Julieta y yo te esperábamos para desayunar. Pero tú demorabas en llegar, entonces aproveché para que me contara todo sobre tu vida. Quería saber todo sobre ti porque estaba enamorado.
Sus palabras eran sinceras y Romy se conmovió. Pero su orgullo le decía que no podía ceder. Él y su amiga se habían reído de ella, y a pesar de que en aquella ocasión no se los había recriminado, ahora se le estaba presentando el momento justo para reaccionar.
— Me llamó la atención que no hubieses aparecido —prosiguió diciendo Manuel, con calma— y hasta me preocupé porque pensé que por mi culpa pudieras haberte sentido mal. Pero ahora, pensándolo bien creo que sí fuiste al comedor, y una vez allí, por algún motivo te marchaste sin que te viéramos. ¿Fue así, no es verdad? Necesito saberlo.
— Así es —dijo al fin, con marcada hostilidad—. Allí estaba, cuando los oí burlarse de mí.
— ¡Lo sabía! —exclamó Manuel, con una imprevista sonrisa—. Tenía que ser eso.
Lo miró extrañada. No entendía aquella súbita expresión de felicidad.
— Por lo visto la bromita te sigue haciendo gracia —le dijo con ira mientras enfilaba a abrirle la puerta—, así que vete, que no estoy de humor.
— Espera —dijo él, poniéndose serio al mismo tiempo que sacaba apuradamente algo de su bolsillo—. Antes quiero mostrarte algo.
Entonces Romy se detuvo y lo miró con impaciencia mientras él nerviosamente tomaba algo de adentro de su billetera. Cuando logró sacarlo, extendió su mano hacia ella para que lo mirara. Era su DNI. Romy lo tomó desconfiada, pero al leerlo con atención, comprendió. En éste figuraba su nombre completo: “Romualdo Manuel García Del Campo”. Entonces levantó la vista, desconcertada.
— Legado de mi abuelo paterno —dijo él, con gesto de resignación—. Era de esto de lo que nos reíamos aquel día. Julieta me estaba revelando que por extraña coincidencia, tú te llamabas igual que yo.
Ella se había quedado sin palabras. Pero él tenía mucho que decir.
— Romy: nunca fuiste mi segunda opción. Siempre fuiste la primera —y suspiró profundamente antes de proseguir— ...y la única.
Dicho esto, la miró con tristeza, se dio media vuelta y se fue.
Ya era el mediodía y Romy no sabía qué hacer. Entonces abrió su placar y eligió su mejor indumentaria. Sabía que Manuel estaba en su oficina, así que se fue directo para allá. Entró en su despacho sin anunciarse porque sabía que él iba a estar esperándola.
— Romualdo —le dijo con fingido tono autoritario—: ya son casi las dos de la tarde. Deberías apurarte si deseas ir a desayunar.
— Tienes razón, Romualda —respondió él, haciendo que miraba sorprendido su reloj —. Vamos, antes de que se nos haga más tarde.