Magno amor
Nora Sisto
Amara era una eximia pintora. Sus cuadros se habían hecho famosos en el mundo y participaban en las muestras más importantes de cada país, gracias a lo cual vivía cómodamente. A sus sesenta y cuatro años, después de haber pasado casi toda su vida en el extranjero volvía a su ciudad natal en la que esperaba instalarse definitivamente. Había estado casada una sola vez y su matrimonio se había disuelto en poco tiempo debido a su incesante ir y venir de un lugar a otro buscando inspiración para plasmar en sus obras. Por eso, tampoco había tenido hijos.
A pesar de su edad, nunca había perdido la jovialidad de su juventud y aunque ahora se preparaba para enfrentar su vejez y podría pensarse que ya había pasado para ella el tiempo de soñar, ella nunca iba a dejar de hacerlo. Había comprado una casa cerca de donde vivían sus familiares más cercanos y allí pensaba reconvertirse y llevar una vida tranquila disfrutando de su retiro.
A pesar de no haber formado una familia propia, Amara pertenecía a una familia extensa. Tenía hermanos, muchos sobrinos y sobrinos nietos, algunos de los cuales ya conocía y otros más jóvenes a los cuales estaba ansiosa de conocer. Éstos chicos a su vez, con la novelería de tener a una celebridad en casa, estaban deseosos de mostrarla a sus amigos y a los amigos de sus amigos. Y Amara los consentía y se sentía feliz de comenzar a convivir con ellos.
Tal vez por su actividad o por su forma de vida, Amara no había perdido su mentalidad juvenil, y le era muy sencillo comunicarse con los jóvenes. Conservaba dos tatuajes visibles, uno en el hombro y otro en la pantorrilla, remedo de la etapa de rebeldía de sus dieciocho, lo que sumado a su vestimenta despreocupada, su cabello suelto y sus modales poco formales, la hacían ver como una eterna adolescente y por lo tanto aceptada por sus jóvenes amigos como su par. Era la tía compinche a la que buscaban para hacerle confidencias o pedirle consejo y Amara no dudaban en seguirles la corriente.
Como no estaba dispuesta a abandonar abruptamente su actividad, había armado en su casa un taller en el que pasaba largas horas sola o con Gabriel, uno de sus sobrinos nietos que, además de ser estudiante universitario había comenzado a interesarse en el mismo «métier». Y ella estaba encantada de orientarlo. Después de clases salía con él a comprar materiales y lo aconsejaba en cuanto a las técnicas a utilizar. Gabriel por su parte estaba muy entusiasmado y para darse dique comenzó a invitar a sus amigos al taller para mostrarles sus avances. Así fue que Amara un día conoció a Magno.
La primera vez que lo vio, el corazón de Amara dio un salto que la obligó a poner atención. Estaba recostado en la pared al lado de un armario donde guardaba los lienzos en blanco y observaba atentamente los movimientos de Gabriel que intentaba mostrarse ducho. Él no la había visto llegar, por eso Amara pudo observarlo durante algunos segundos. Tenía un aspecto interesante que a simple vista llamaba la atención. Llevaba su cabello castaño bastante largo, con un mechón verde que caía despreocupadamente de lado sobre su cara dejando apenas al descubierto una mirada inquietante y su vestimenta negra de pies a cabeza completaba la estampa de «chico duro».
Quiso parecer natural y saludarlo con indiferencia, como a cualquier desconocido. Pero justo cuando iba pasando frente a él el ruedo de su larga y vaporosa falda se enganchó en uno de los bastidores que estaban apoyados en un estante bajo. Cuando quiso reaccionar y agacharse a desengancharla, el chico ya estaba inclinado frente a ella dispuesto a ayudarla. Entonces sucedió algo que hubiera deseado no experimentar. El perfume de su cuerpo la envolvió y sus manos fuertes desenredando con delicadeza su pollera hicieron que tuviera que contener por un instante la respiración.
— Ya está —dijo él, observando cómo la tela de la falda volvía a caer libremente por su propio peso.
— Amara, él es Magno —se apuró a decir Gabriel, justo cuando éste se incorporaba y quedaba frente a ella—. Estudia Odontología, igual que yo.
Magno la miró directo a los ojos, entonces ella se vio obligada a desviar rápidamente la mirada porque sintió que iba a sonrojarse. ¡Qué bochorno! Era ilógico que a su edad pudiera sentirse de ese modo frente a un chico de veinte y pocos años, por eso quedó descolocada y dijo torpemente:
— Mucho gusto, joven.
¡«Mucho gusto, joven»! se repitió para sus adentros. Era el saludo de una vieja y ella no acostumbrara a tratar a la gente con tanta formalidad. Por eso se enojó consigo misma. Debería haberle dicho «¡hola!», «¿qué tal?» o «¿cómo estás?», como solía saludar habitualmente. Nunca habría dicho esa bobada si no se hubiera sentido tan cohibida frente a él. Pero ya estaba dicho. Ahora solo esperaba que no fuera a ser interpretado como la intención de levantar una barrera entre los dos. Se fue de ahí en cuanto pudo. Su intuición le ordenaba ponerse inmediatamente a resguardo si no deseaba que una flecha certera impactara directo en su corazón. Pero si seguía como siempre a su sensibilidad indómita, iba a tener que desobedecer a su intuición. Y así fue.
Magno, tal como su nombre lo indicaba, era un magnífico varón. Su físico atlético lo destacaba entre los demás y su voz grave y ronca acentuaba aún más su atractivo. Era evidente que tenía novia, porque ninguna chica en sus cabales podría rechazarlo. Pero no era así. Magno estaba dedicado a estudiar y en sus ratos libres apenas socializaba. Tenía veinticuatro años y era amigo y compañero de Gabriel desde que había entrado en la universidad. Las chicas suspiraban por él pero lo consideraban antipático porque nunca las invitaba a salir. Lo cierto es que Magno, bajo esa apariencia dura tenía una intensa vida interior. Odiaba la superficialidad y por eso le molestaban las reuniones sociales en las que solo se hablaban banalidades y todos competían por ser superiores a los demás. Y eso era exactamente lo que lo hacía igual a Amara.
Sin buscarlo adrede (o tal vez sí, aunque de manera inconsciente) Magno y Amara se comenzaron a acercar. Ella estaba segura de que no lo buscaba por motivos románticos sino por una creciente afinidad, pero lo cierto es que sentía una alegría inexplicable cada vez que se lo encontraba. A veces él aparecía por el taller sin previo aviso y se quedaba largo rato junto a ella conversando o en silencio observándola pintar. Y a ella le encantaba que lo hiciera.
La situación era rara, e inusual dado la diferencia de edades, aunque era excitante para los dos porque bajo aquella disfrazada apariencia de amistad se seducían mutuamente. Aun así, en determinado momento, al tomar conciencia de ello Amara se planteó que era absurdo continuar alentándola. Pero la atracción hacia ese hombre joven era demasiado fuerte, y por más que su voluntad la alertara de alejarse de él cuanto antes, su instinto femenino se rendía irremediablemente y se decía «mañana será».
De todos modos, ninguno de los dos era capaz de dar el paso hacia un acercamiento definitivo. Ella, porque le parecía apenas un juego al que nunca había jugado y le causaba un íntimo y maravilloso placer, y él porque no estaba seguro de que ella fuera a aceptarlo. Ambos lo sabían, no obstante ninguno de los dos deseaba dejar de jugar. Él se estimulaba con cada señal de aceptación que recibía de ella, y ella se excitaba al sentirse admirada por alguien tan joven y atractivo como él. Pero aquel voluptuoso juego poco a poco se fue convirtiendo en una tensión difícil de soportar.
Amara no recordaba haber estado tan ofuscada con un sentimiento. Había pasado la mayor parte de su vida enamorada de las imágenes que creaba con su arte y eso había impedido que se entregara en cuerpo y alma a un hombre de verdad. Por eso, la emoción que ahora la embargaba era tan fuerte. Demasiado tarde descubría lo que significaba que una persona —y no uno de sus magníficos cuadros— se convirtiera en el objeto de su amor. Y ese descubrimiento la desbordaba. Se había enamorado de aquel chico y eso la sublevaba a la vez que le impedía renunciar a él. Pero su conciencia la agobiaba; era absolutamente ilógico siquiera pensar en formar una pareja con alguien cuarenta años menor, pero su deseo por él aumentaba. Por eso comenzó a evitarlo.
Magno por su parte captaba perfectamente lo que el alejamiento Amara significaba. Ella se mostraba distante y con cualquier excusa se despedía rápidamente de él cada vez que se lo encontraba. No contaba con que un sentimiento compartido, aunque no dicho, es imposible de ocultar. Por eso fue que Magno comenzó a presionarla.
— ¿Por qué me evitas? —le reprochó en una oportunidad en que se encontraron por casualidad.
— Yo no te evito —respondió Amara con displicencia—. Simplemente no tenemos nada de qué hablar.
Pero él necesitaba ser insistente.
— ¿Estás segura? Creí que entre nosotros había algo especial.
— ¿Algo especial? —replicó con fastidio Amara—. No quisiera que te confundas. Entre una mujer de más de sesenta años y un chico de veinticuatro no creo que pueda haber «algo especial». Te tengo cariño porque me pareces un chico muy bueno, pero nada más.
— ¿Entonces por qué me tratas tan mal?
— Yo no te trato mal. Para mí eres el amigo de Gabriel, y eso es todo. Te trato como tal.
Aun así, la juventud y el ímpetu de Magno no lo dejaban rendirse. Su instinto de hombre le aseguraba que Amara le correspondía, y esta certeza le impedía aceptar que ella lo negara. Es decir, contrariamente al efecto que Amara se había propuesto lograr al rechazarlo, Magno se empecinó aún más en acercarse a ella.
Uno de los motivos que había llevado a Amara a mudarse a esa ciudad había sido el de festejar su cumpleaños número sesenta y cinco en compañía de su familia, y era también lo que la había llevado a concretar al fin su decisión de mudarse allá. Para cumplir su deseo y esperando convencerla así de quedarse a vivir junto a ellos, sus familiares planearon una gran fiesta. A ésta estaban invitados además amigos y conocidos de la artista. Y por supuesto, Magno.
Amara en su juventud había sido una mujer muy bella, y a pesar del inevitable deterioro producido por los años, aún conservaba una figura excepcional. Pero más que nada conservaba intacta su personalidad avasallante, que era la que le había permitido abrirse camino en el hostil ambiente artístico y lo que la hacía aún más atractiva. Para la ocasión se había acicalado soberbiamente y se la veía esplendorosa. Su larga cabellera rubia mezclada con el abundante blanco de sus canas enmarcaba la belleza sin maquillaje de su rostro mínimamente ajado, convirtiéndose así en la envidia de más de una de las mujeres presentes en el lugar.
Ella no podía mostrarse de otra forma, porque así había sido toda su vida: una presencia de exultante provocación. Pero sabía que eso para Magno podía ser una provocación dolorosa. Y así fue. A medida que la fiesta avanzaba, éste comenzó a comportarse de manera de atraer su atención. Él también era foco de atención de las jovencitas que allí estaban, y aprovechando que una de ellas le había comenzado a coquetear, le siguió el juego con intención de que Amara reaccionara evidenciando de alguna forma su descontento.
Pero Amara era una adulta experimentada. A lo largo de su vida había tenido oportunidad de presenciar muchas veces esas escenitas infantiles y en este caso no pensaba mostrarse afectada por él. En consecuencia, al notar que ella se mantenía indiferente, Magno redobló la apuesta portándose aún más efusivo con la chica en cuestión. Esto entristeció profundamente a Amara, aunque en ningún momento se dio por aludida. Bajo ningún concepto pensaba retirarse del lugar hasta que finalizara la fiesta, y así lo hizo. Sin embargo, Magno no pudo soportarse a sí mismo y abrumado por su propia tontería, se marchó.
Amara toda su vida se había jactado de ser una persona franca. Aborrecía ocultar y fingir, por eso siempre exteriorizaba lo que pensaba y no se guardaba nada para sí aunque su franqueza pudiera a veces ser considerada irritante. Por ese motivo, la situación con Magno le molestaba enormemente porque significaba un retroceso imperdonable en su forma de ser. Pensó mucho en el tema y finalmente llegó a la conclusión de que mentirle no servía de nada, además de ser una falta de respeto hacia él. Estaba segura de que Magno era digno de confianza, por lo cual concertó un encuentro con él.
Cuando llegó al lugar, Magno ya la estaba esperando. Se lo veía apesadumbrado.
— Ya sé —dijo él, atajándose antes de que ella dijera nada—. Me comporté como un imbécil.
— Es cierto —respondió Amara, con seguridad—. Verdaderamente te comportaste como un tonto.
— Perdóname, por favor. No sé en qué estaba pensando.
— El problema es ese, Magno: no estabas pensando. Solo estabas sintiendo.
Se detuvo por un segundo, tanteando de paso la reacción de él y él la miró atento, esperando a que continuara.
— Sabes, pensé bastante antes de citarte aquí. Sé perfectamente cuáles son tus sentimientos hacia mí y eso me ha perturbado mucho en estos últimos días. No es que me enoje o me ofenda, ni siquiera que no acepte tu sentir sino que, como te habrás dado cuenta dadas las circunstancias no me ha quedado otra alternativa más que desestimularte. Aun así, si hoy estoy hablando contigo es porque sé que a ti, como hombre, hay cosas que no se te pueden ocultar.
Ante sus palabras reveladoras, Magno se comenzó a inquietar.
— ¿Eso quiere decir… que tú sientes lo mismo que yo?
— Espera. Déjame continuar. ¿Sabes?, a veces la gente piensa que cuando se envejece se deja de sentir. Y eso no es así. Alguien de mi edad también puede enamorarse perdidamente de alguien…—y pensó bien antes de decir lo siguiente—… de alguien como tú.
Él no se atrevió a interrumpirla, aunque sus ojos brillaban.
— Sí, Magno —continuó ella—, estás en lo cierto: has despertado en mí un sentimiento que creía ya olvidado y en este momento me estoy arriesgando a no ocultártelo más.
El semblante de Magno se transformó rápidamente, tomando un viso de seriedad. Pero antes de que pudiera decir nada, Amara prosiguió.
— Magno, por más que te confiese lo que siento, no puedo bajo ningún motivo iniciar contigo una relación.
— ¿Por qué? —exclamó él enseguida—. No me importan en absoluto los prejuicios sociales ni lo que digan los demás.
— Pero a mí sí. Verás, como sabrás, mi vida ha sido un constante desafío a los convencionalismos. Desde mi juventud he hecho caso omiso a todo lo que significara sentirse encasillado y me he negado a transitar el mismo camino que los demás. Puede decirse que mi vida no ha sido un cliché. He vivido como quería, sin ataduras ni obligaciones hacia nadie y mis cuadros son un reflejo de mi vida; son atrevidos y a veces demasiado irrespetuosos hacia las costumbres arcaicas de la sociedad.
Rio nerviosamente y dijo, como si estuviera reflexionando en voz alta:
— Tal vez por eso mi arte tenga tanto éxito.
Suspiró hondo para retomar el hilo de la conversación. Magno esperaba ávidamente sus palabras.
— Sé que sabes a qué me refiero. Pero esto no se trata solo de mí. Lo que quiero decirte es algo mucho más importante. Magno: yo solo puedo contar con el Presente, tal vez un insólito e inaudito presente que no esperaba, pero nada más. Tú en cambio tienes un largo futuro. Aunque quisiéramos rebelarnos ante eso, no podríamos. Nuestros tiempos vitales están demasiado desfasados como para poderlos ensamblar.
Lo miró de lado, dedicándole una tierna sonrisa, y prosiguió:
— Por eso necesito que me prometas algo.
— No me pidas que deje de amarte porque nunca lo haré —respondió él, rotundamente.
— No, eso no podría pedírtelo porque tiene un significado muy importante para mí. Mi corazón se ha detenido contigo. Lo reconozco y no me asusta aceptarlo. Pero mi vida debe continuar. No puedo estar contigo en el presente, pero en tu presente y en tu futuro tu felicidad siempre será mi propia felicidad. Puede que hoy no compartas lo que te estoy diciendo, pero con el paso del tiempo lo entenderás.
— No lo creo —dijo él, bajando la cabeza.
— Magno: hoy no me odies. Déjame seguir contando con tu amor porque tú seguirás contando con el mío. No es egoísmo de mi parte, sino solo realidad. Estoy segura de que en algún lugar hay una chica joven y maravillosa esperándote, que te amará y a la que tú amarás igual o más que a mí y entonces me dirás que tenía razón.
Caminaron en silencio un buen rato. La noche estaba oscura y fría pero en sus corazones sentían la calidez de aquel amor que, aunque no consumado los engrandecía a los dos. Al llegar a una bocacalle, Amara detuvo repentinamente un taxi que pasaba por el lugar, y antes de subir se acercó a él y en forma inesperada lo besó apasionadamente. Él respondió con igual pasión a aquel beso. Pero el taxi esperaba.
— Nos lo merecíamos —le dijo Amara, casi en secreto al separarse de él.
Magno no pudo decir nada, y se quedó ahí parado sintiendo cómo se le hacía un nudo en la garganta al mismo tiempo que el taxi se alejaba.
Ante lo acaecido, Amara se tuvo que comenzar a blindar. Empezó por aislarse de todos. No salía y permanecía el día entero en su taller, a puertas cerradas para evitar que Magno fuera a aparecérsele. Sus familiares la notaban nerviosa y por eso se veía obligada a fingir. A falta de argumentos convincentes para justificar su cambio de humor, comenzó a hacer creer a todos que su depresión se debía a la añoranza de la vida que llevaba en aquel otro país. Y a pesar de que intentaron disuadirla, no tuvieron más remedio que acatar su voluntad: ella volvería a irse. Era ilógico que después de haber hecho tanta alharaca por regresar a su tierra natal, ahora cambiara de opinión. Pero no había encontrado otro remedio: tenía que alejarse de Magno. Sin embargo, su duelo no tenía aún un cierre.
Era tarde en la noche y se iba al día siguiente, pero ella continuaba aferrada a su última obra. Se sentía atontada. Cambiaba los colores una y otra vez sin que le convenciera la tonalidad, por lo que había llegado a un punto de no retorno en el cual la única solución era destruir aquella malograda tela. Agobiada, estampó con rabia e impotencia su pincel sobre la misma y se dejó caer de rodillas en el piso tomándose la cara con las manos. En ese instante, la calidez de una mano sobre su hombro la hizo reaccionar. Era Magno. Era el hombre de su vida. Por eso, sin decir una palabra dejó que él tomara la iniciativa. Entonces sucedió lo que tanto temía y deseaba a la vez. A aquel estado de profunda angustia le siguió otro de insensatez, pasión, locura y miedo, y después una absoluta paz. Cuando él se fue, ella quedó tendida sobre el piso del estudio sin poder reaccionar. Había sido seguramente un sueño.
El día en que se iba fue de mucho trajín. Después de despedirse de Gabriel que la había llevado al aeropuerto fue a refugiarse a la sala Vip. Faltaba media hora para que comenzara el embarque, y no estaba de humor para conversar con otros pasajeros que esperaban en el mismo lugar y la habían reconocido. Por eso salió al pasillo y se quedó ahí, de pie con la mirada perdida frente al ventanal a través del cual se veía a los empleados de mantenimiento ir y venir cargando los equipajes y dando los últimos pasos al servicio del avión. De pronto, un reflejo en el vidrio hizo que volteara rápidamente. Magno estaba allí. Quedó tiesa. Vinieron a su mente aquellas escenas de las películas en las que el “muchachito” acude a rescatar a su amada que está por partir. Pero sabía bien que no era eso lo que sucedería.
Se miraron sin hablar, porque ya se habían dicho todo. Después, Magno se acercó a ella y la abrazó con fuerza y entonces Amara sintió que al fin sus corazones se fusionaban definitivamente. Era el cierre que ella tanto había esperado. Ahora sí, nunca más se volverían a ver.
Pasaron diez años. La vida de Amara había vuelto al cauce normal. Aunque sus fuerzas ya no la acompañaban como antes, continuaba realizando aquellas obras geniales y difundiéndolas en el mundo con el mismo éxito que tiempo atrás. La crítica no dejaba de alabarlas y señalaba que, aunque sus trabajos en ese último período eran melancólicos mostraban sin embargo una energía y una expresividad que parecían surgir de una fuerza vital mucho mayor que la de aquellos cuadros concebidos anteriormente. Nadie supo jamás que era porque en ellos transmitía su gran amor por Magno.
Magno, a su vez era ya un destacado profesional. No lucía más en su cabello aquel mechón verde que lo destacaba y había mudado todo su aspecto bohemio al de un hombre formal. Con Gabriel continuaba su amistad aunque nunca le preguntaba por Amara. Sin embargo, cuando lo visitaba en su casa no podía dejar de emocionarse secretamente al verla a través de sus cuadros colgados en la pared.
Hacía un tiempo, Magno había instalado un consultorio junto a otros colegas y allí fue donde conoció a Istana. Era una chica muy bonita, alegre e inteligente que se había enamorado de él no bien lo conoció. Magno había salido con ella varias veces sin demasiadas expectativas porque creía no poder borrar sus sentimientos hacia Amara. Pero poco a poco se dio cuenta de que la fuerza de aquel amor lo impulsaba a amar a alguien más.
Cuando Amara estaba por cumplir los setenta y cinco años, el gobierno de su país la convocó para hacerle un homenaje por su trayectoria artística, pero ella no se presentó. Magno la había esperado ilusionado, pero en el fondo sabía que ella nunca volvería. El tiempo siguió pasando hasta que cierto día, leyendo las noticias se enteró: Amara había muerto. A sus ochenta años se había despedido del mundo que tanto la había admirado y que ahora lloraba su partida. Pero Magno no lloró. Él la llevaba consigo. Aquella maravillosa mujer no había consumido su amor: le había enseñado a multiplicarlo.
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Era una mañana esplendorosa. De pie en lo alto de un barranco, con los brazos apoyados en la cerca de troncos Magno se mimetizaba con la quietud de aquel hermoso panorama. El aroma del campo inundaba sus pulmones y se percibía en el ambiente una profunda serenidad. Detrás de él, se escuchaba a lo lejos una música suave y el murmullo de personas yendo y viniendo pero eso no lograba distraerlo de su concentración. De pronto, sus pensamientos se interrumpieron cuando escuchó que alguien lo llamaba.
— ¡Estabas aquí! —exclamó la chica corriendo jubilosamente a su lado—. Recorrí todo el hotel buscándote. No sabía que iba a encontrarte justo aquí, contemplando el paisaje. No te culpo; con todo el ajetreo me imagino que habrás querido tener un momento de tranquilidad. Pero no te olvides que estamos casi sobre la hora y antes de que lleguen los invitados necesitaría que me ayudaras con un par de cosas.
Magno giró la cabeza hacia ella pero se quedó callado. Su semblante era triste, por lo que la chica se alarmó.
— ¿Qué te pasa? —dijo, preocupada—. ¿Te sientes bien? No vas a decirme que debemos cancelar la boda. ¿Verdad?
Él la miró esbozando apenas una sonrisa.
— Ven acá —le dijo, atrayéndola hacia él—. No. No es nada de eso. Es que antes tenía algo que hacer.
La abrazó fuerte y escondió su cabeza en el hombro de ella para que no llegara a ver la humedad que enturbiaba sus ojos.
El panorama delante de ellos era de cine. Más allá de la parte alta en que se encontraban había una profunda hondonada y al fondo una cadena de cerros en distintos tonos de verde, coloreados a su vez por algunas nubes bajas, que servía como marco a aquel paisaje ensoñador. Dos aves recorrían el cielo planeando despreocupadamente y en su vuelo parecían dibujar figuras sobre aquel lienzo de cielo completamente azul.
— Tenía que despedirme de alguien —dijo él de repente, sin soltarla.
— ¿Despedirte de quién? ¿Es alguien que conozco? —preguntó la chica con natural curiosidad, ajena a todo.
— No, no —exclamó mirando hacia el horizonte—. Es alguien que no conoces pero hoy me siento tan feliz que sentí necesidad de decirle que tenía razón…
Magno hizo un silencio, al cabo del cual suspiró. Y como ella se lo había quedado mirando confundida, con una sonrisa sincera agregó:
— Ve yendo tú. Yo voy enseguida.
— Está bien, papá —dijo sonriendo la chica después de darle un beso en la mejilla—. Pero apúrate, porque el padrino no puede ser el último en llegar.