Maia, el sexo y el amor
Nora Sisto
Eran todos jóvenes sin compromiso, por eso una vez a la semana acostumbraban a ir al pub que quedaba a dos cuadras de allí. Cada viernes después de salir del trabajo, Maia y otros colegas de la empresa disfrutaban de un rato de esparcimiento y beberaje en aquel coqueto lugar. Siempre eran los mismos, y del mismo modo que ellos, otros chicos que trabajaban en empresas en edificios cercanos se encontraban con ellos para socializar. El grupo se mantenía más o menos estable aunque, como era lógico, personas nuevas aparecían y desaparecían a razón de eventuales despidos y nuevas contrataciones.
Maia los conocía a todos, o mejor dicho a casi todos. Porque últimamente estaba yendo un chico al que nunca había visto con anterioridad. Le parecía atractivo y por eso cada vez que iba al pub lo observaba con disimulada atención. Pero sus expectativas de que él se acercara a ella para entablar conversación nunca se daba, ya que invariablemente permanecía sentado en uno de los sofás de la entrada, solo, lejos del bullicio. Aunque su expresión no era hostil, parecía de pocos amigos, ya que se quedaba largo rato en el lugar sin al parecer interesarse en nadie más. Eso sí, daba la impresión de observar atentamente a todos los que pasaban por delante suyo, aunque no les dirigía la palabra.
A Maia su actitud le parecía un tanto misteriosa y también incomprensible, más cuando creía estar segura de que la observaba a ella en particular. Eso hacía que se interesara en aquel chico mucho más de lo que podía interesarse en cualquiera de los otros que frecuentaba aquel lugar.
Un día, al entrar en el bar Maria notó que uno de sus compañeros de trabajo lo saludaba amistosamente, aunque no se detenía a conversar con él.
— Arturo: ¿quién es ese chico? —le preguntó Maia al rato, fingiendo un interés casual.
— ¿Quién? ¿Guillén? —respondió Arturo sorprendido por la pregunta—. Es un antiguo compañero de estudios. Íbamos a la misma facultad. Pero él se graduó mucho antes porque al parecer tiene una inteligencia marcadamente superior. Creo que es ingeniero astrofísico o algo relacionado con los cohetes espaciales, pero no sé en dónde trabaja porque hacía tiempo que no lo veía. Se comentaba que es autista porque, como habrás notado, no es de mucho socializar. Lo sea o no, siempre lo he tenido por una excelente persona.
Sea lo que fuere, para Maia, Guillén se había ido convirtiendo en una obsesión. Le atraía intensamente, tanto que cada vez que pasaba cerca de él la asaltaba el impulso de acercársele, impulso que inmediatamente abandonaba temiendo que la fuera a rechazar. Pero como sentía que de su lado la cosa iba in crescendo, cierto día no pudo contenerse más y se le acercó. Guillén estaba solo como siempre, sentado también como siempre, en el mismo lugar. A pesar del frío llevaba un buzo de manga corta y un jean. Estaba recostado hacia atrás, con las piernas abiertas en actitud despreocupada y mantenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá. Maia al verlo no lo pensó más.
Ella era una preciosa chica que gozaba de una gran popularidad. Se sabía bonita y no le faltaban oportunidades, ya que era frecuente que la invitaran a salir. Por eso, confiando en sus atractivos se acercó a él en forma provocativa, e inclinándose apoyó las palmas de sus manos sobre el respaldo del sillón, rodeando con sus brazos su cabeza. Y mirándolo a los ojos, le dijo atrevidamente:
— Hola. ¿Cómo estás?
Él quedó sorprendido, pero no se movió. Tampoco dijo nada, aunque la miró con una extraña intensidad que, aunque no supo descifrar, la estremeció. Por eso, interpretando un rechazo de parte de él, rápidamente se incorporó. Descolocada por aquella respuesta fría se alejó apresuradamente, yendo hacia el salón contiguo a refugiarse en el grupo de sus pares. Saludó en general, para que no notaran que estaba contrariada. Pero su colega Arturo algo intuyó al ver que simultáneamente Guillén se había levantado de su asiento y los observaba desde la puerta.
Al viernes siguiente, Maia dudó en ir o no ir al pub. Se sentía avergonzada y si veía a Guillén otra vez no sabía cómo este iría a reaccionar. Sin embargo, su curiosidad era más grande que eso, así que después de un rato de cabildeos se armó de valor y fue.
Al entrar, lo vio como todas las veces sentado en aquel sillón. Pero esta vez apuró el paso y sin mirarlo se encaminó hacia el otro salón donde ya estaban reunidos sus amigos. En ese momento comenzó a sonar una música fuerte y rítmica, y todos se pusieron a bailar. En eso estaban, cuando Maia vio con preocupación que Guillén se aproximaba decidido hacia donde ellos estaban. Podía ser que hubiera reaccionado tardíamente a su actitud provocadora y venía a encararla, o bien venía a saludar a Arturo o simplemente a bailar como lo estaban haciendo todos los demás. Entonces instintivamente se apartó de sus amigos para darle espacio. Pero él no venía a hablar con Arturo ni a bailar, sino a decirle algo a ella. Fue así que, poniéndose muy cerca le dijo casi al oido:
— ¿Quieres acostarte conmigo?
Maia hasta ese momento no había parado de contonearse al ritmo de la música, pero al escuchar sus palabras súbitamente cesó de moverse y lo miró. No le pidió que repitiese la pregunta porque a pesar de los subidos decibeles que aturdían el local lo había escuchado perfectamente. Entonces respondió simplemente:
— Sí.
No hubo más palabras. Salieron a la calle y él pidió un coche desde una aplicación de su celular. Durante el camino Guillén no la miró ni habló con ella de nada. Tampoco le dirigió la palabra al chofer, ya que la dirección y el trayecto hacia su casa aparecían automáticamente en la pantalla sobre el tablero. Iba callado, como absorto en sus pensamientos y ella no se animaba a decir nada por miedo a romper aquel hechizo que, según sus expectativas prometía transportarla al más allá. Una vez dentro del departamento tampoco hubo mucho que decir por parte de ninguno de los dos. Ella estaba extremadamente excitada y él parecía estarlo mucho más.
Cuando Maia abrió los ojos ya era de mañana. Se dio cuenta de que estaba totalmente desnuda e instintivamente tanteó la sábana que estaba hecha un ovillo a su costado, para taparse más. En ese instante vio a Guillén, que parado frente a la cama y totalmente vestido como para salir a la calle la observaba en silencio. Entonces se incorporó de golpe y acomodó con pudor la sábana tapando sus pechos. Aunque se dio cuenta de que era un movimiento inútil porque era obvio que un rato antes habían sido totalmente de él.
— Tengo que ir a trabajar —le comunicó él, con expresión seria.
— Sí, discúlpame —dijo Maia, confusa, entendiendo que la echaba—. En un segundo me visto y me voy.
Por más que lo intentó, no hubo forma en que Maia pudiera procesar lo ocurrido esa noche. Aquel encuentro había sido tan extraordinario, como bizarra e inexplicable había sido su separación. Por encima de lo surreal, le era imposible catalogar el comportamiento de Guillén, porque nada tenía que ver con el de cualquier otro chico con el que hubiera estado antes. Él había sido suave, respetuoso, amable con ella, intenso como nadie y apasionadamente perturbador, sin embargo no habían intercambiado más que dos o tres palabras entre ambos. Aunque por otro lado estaba segura de que cualquier palabra que hubiera podido pronunciarse, poco habría agregado a aquellas maravillosas sensaciones compartidas entre los dos. Entonces se convenció de que la próxima vez en que se vieran habría oportunidad de poner en claro las cosas.
Aquella semana que comenzaba se convirtió así para Maia en una penosa cuenta regresiva para volverlo a ver. Pasaban los días y ella conservaba aún aquel exquisito dolor en la punta de sus pechos y un sublime ardor en su sexo que deseaba que no se extinguiera jamás. De a ratos temblaba recordando a Guillén golpeando lo más profundo de su interior como una vigorosa brasa incandescente, una, dos, mil veces, hasta perder el sentido. Con la piel erizada, su cuerpo reeditaba a cada minuto aquellos momentos nunca antes vividos por ella con semejante intensidad.
Al llegar el viernes volvió a ir con sus amigos al pub. Se preguntaba qué pasaría cuando lo viera. Iba nerviosa porque no sabía cómo debería comportarse después de todo aquello, frente a él. Temblaba solo de pensar en que él fuera a dejarla en evidencia. Pero sus temores se desvanecieron cuando al pasar frente a donde estaba sentado como de costumbre, él se limitó a mirarla con una mirada serena, pero ni se movió. Sorprendida de que no se hubiera dignado a levantarse de su asiento e ir a su encuentro, Maia irguió la cabeza en señal de desagrado y siguió su camino. Pero no sin antes notar que él respondió a su actitud con expresión de desconcierto.
Recostada sobre una pared, Maia miraba cómo bailaban sus amigos, mientras rumiaba su descontento. Pasaba el rato, y aunque mantenía un mínimo de ilusión de que Guillén viniera a ella, él parecía no molestarse en acercarse. Eso indicaba que aquel encuentro extraordinario para ella, para él no había sido más que uno de tantos, por lo que no le importaba si se volvía o no a reiterar. Pero por encima de todo eso, lo que más le angustiaba era el vértigo de constatar que para ella iba a ser algo muy difícil de olvidar.
Cuando desilusionada dio por sentado que él nunca iría a buscarla, fue hacia la pista y comenzó a bailar. En eso estaba, cuando vio de pronto que Guillén venía hacia ella y al notar su paso impetuoso se estremeció. Una vez que estuvieron frente a frente, él simplemente le preguntó, ahora sin importarle que alguien pudiera oírle:
— ¿Quieres repetir?
Maia sintió que se le ponía la carne de gallina. Miró nerviosa hacia ambos lados por si alguien sin querer lo hubiera escuchado. ¿Acaso le estaba tomando el pelo? Él parecía estar ofreciéndose como un taxi boy, echando por tierra la magia vivida en aquel entonces. Por eso, con el ceño fruncido le respondió que no, rotundamente, y se apartó de él, yendo hacia donde estaban sus amigos. Ante una respuesta tan contundente, él se dio media vuelta y se marchó.
Estaba furiosa con la poca delicadeza de Guillén, por eso pasó malhumorada el resto de la velada. No deseaba encontrarse con él a la salida, pero aun así de tanto en tanto miraba nerviosa hacia donde él acostumbraba estar, por si no se hubiera ido. ¡Por supuesto que deseaba repetirlo! ¡Una y mil veces lo deseaba repetir! Sin embargo, su comportamiento poco cortés la desilusionaba.
Con el paso de los días y con la cabeza fría, Maia pudo recapacitar. Arturo se lo había adelantado: Guillén no era como los demás. Es decir, si pensaba objetivamente en los hechos, Guillén no la había ofendido ni había faltado a la verdad: habían tenido un intercourse inesperado, un impresionante diálogo cuerpo a cuerpo en el que se habían dicho hasta lo indecible y llegado a un sorprendente acuerdo total, y él la había invitado a repetirlo. No había nada más. Por lo tanto, el viernes siguiente fue al pub esperanzada por encontrarlo. Iba a disculparse por su reacción.
Cuando lo vio solo y sentado en el mismo lugar de costumbre se sintió aliviada. Al pasar frente a él le dedicó una discreta mirada cómplice que él devolvió por igual. Pero como no deseaba quedar en evidencia delante de sus amigos, no fue directamente hacia él. Después de saludar a todo el mundo, se escabulló disimuladamente y se dirigió al hall de entrada a buscarlo. Iba dispuesta a todo. Pero cuando llegó al lugar, él había desaparecido. Presa de una súbita ansiedad salió a la calle para ver si lo encontraba y al no verlo se desesperó. Entonces, sin saber qué hacer, volvió adentro y se sentó en aquel sofá a esperarlo. Pero él no volvió a aparecer.
Al cabo de un rato, una de sus amigas, notando su ausencia la fue a buscar.
— ¡Maia —exclamó la chica sorprendida— al fin te encuentro! Nunca me imaginé que estuvieras sola acá.
— Es que no me siento bien —mintió, a modo de excusa—. Voy a volver a mi casa.
Se estaba yendo, cuando su móvil sonó.
— Maia, soy yo.
— ¡Guillén! —exclamó conmovida.
En ese momento se olvidó de todo y solamente pudo decir:
— Te busqué. ¿Dónde estás?
— En mi casa.
Fue tal la desilusión que demoró en responder.
— Ah —dijo, apenas.
Pero Guillén no podía interpretar esos matices, por lo tanto sus próximas palabras fueron:
— ¿Quieres venir?
Fue tal el shock que le produjo lo inesperado de la pregunta que quedó sin palabras. Él no tenía en cuenta su estado de ánimo ni su desplante anterior. Es más, parecía que ni los hubiera registrado. E iba directo al grano. Pero ahora ella no se podía oponer a él porque al fin de cuentas lo que él le proponía era lo que ella deseaba. Aun así, Maia se demoraba en responder, por eso él tuvo que volver a preguntar:
— ¿Quieres venir?
Su voz era cálida, y ella sabía qué le esperaba. Entonces, de lo más íntimo de su ser, respondió:
— Sí.
Dado lo arduo que le había resultado el trámite para llegar a concretar aquel segundo encuentro, una ansiedad ingobernable se había apoderado de ella, por lo que cuando él abrió la puerta se abalanzó sobre él, y abrazándolo desesperadamente rompió a llorar. A continuación, todo fue simplemente volver a empezar.
A la mañana, Maia abrió un ojo para mirar la hora en el reloj de la mesita de noche. Era casi mediodía. Entonces se volvió hacia Guillén y lo sacudió suavemente.
— Guillén: ¿hoy no tienes que trabajar?
— No —respondió él, con los ojos cerrados. Y continuó durmiendo.
Ya eran las seis de la tarde cuando Guillén anunció:
— Tengo hambre. Voy a hacer algo para comer.
Mientras manipulaba los utensilios de cocina, Maia en silencio lo observaba maravillada. Previo a concentrarse en preparar la comida, con una pasmosa naturalidad doméstica había quitado las sábanas de la cama y las había introducido en el lavarropas, el cual había comenzado inmediatamente a funcionar. No había habido necesidad de aclarar el malentendido de aquel día. Ella se había comportado como la mayoría de las mujeres y había esperado de él una atención convencional. Pero Guillén no era como todos los hombres. Era parco para expresarse con palabras y solo verbalizaba lo imprescindible para hacerse entender. Sin embargo, su expresión corporal era prodigiosa; sin pronunciar una sola palabra era capaz de decir, callar, susurrar o gritar y ella solo podía aprender a responderle de igual forma. Haciendo un balance, se congratulaba de haberlo aceptado y de estar compartiendo esos dichosos momentos junto a él.
— Puedes quedarte hasta mañana, si lo deseas —dijo Guillén sin mirarla, al finalizar la cena.
— Por supuesto que lo deseo —declaró Maia rotundamente.
No iba a ser fácil acostumbrarse a una comunicación basada en tan cruda franqueza. Pero ella estaba dispuesta a hacerlo para conservar aquella simbiosis perfecta, aquella sintonía indescriptible con él. Es que comenzaba a amarlo con locura.
— Guillén ¿estás seguro de que mañana tampoco tienes que trabajar? —le preguntó otra vez, temiendo que él no se hubiera percatado de que tenía que hacerlo.
— No. Ya adelanté el trabajo para no consumir mi fin de semana. Ahora voy a ducharme. ¿Quieres venir?
Así pasaron juntos también el domingo, pero Maia tenía que volver a la realidad, por eso a la noche se despidió de él, suponiendo que se telefonearían al otro día. Pero la semana pasó sin que él la llamara.
Al fin de semana siguiente, desalentada por no tener noticias suyas, Maia volvió a reunirse con sus amigos en el lugar habitual. Pensaba que Guillén, dado su torpeza para comunicarse, hubiera sobreentendido que iban a verse allá. Pero no fue así. Entonces se imaginó que tal vez iba a ser como el fin de semana anterior, en que él la convocaría para que fuera a su casa. Pero después de esperar durante largo rato, se desanimó. Entonces fue ella quien lo llamó.
— Hola, Maia —atendió Guillén, sonando algo confuso—. ¿Por qué me llamas?
Ella quedó cortada porque creyó que no correspondía que lo hubiera llamado. Al fin y al cabo él no tenía con ella ninguna obligación.
— No, por nada —dijo, arrepintiéndose de haberlo llamado—. Disculpa.
— Espera —la detuvo, para que no colgara—. Dime qué me querías preguntar.
— Quería saber si estabas en tu casa.
— No, no lo estoy.
Maia hizo un breve silencio porque sintió que si le continuaba hablando, sus palabras iban a quebrarse.
— Está bien. Disculpa entonces —dijo, brevemente.
— Espera —repitió—. Estoy en otro país.
— Ah —exclamó decepcionada—. ¿Vuelves pronto?
— No creo.
— ¿No? —sonó exaltada—.¿Y cuándo vuelves?
Al segundo se retractó, porque se dio cuenta de que no correspondía que lo interrogara.
— Disculpa. No es asunto mío —dijo sin convicción, excusándolo de responderle.
Pero él le quiso responder.
— No lo sé. Tal vez en dos o tres meses.
Guillén parecía no calibrar el peso que sus palabras podían tener para ella. Parecía no darse cuenta de que dos o tres meses significaban para Maia una espera atroz. Aun así, ella estaba interesada en esperarlo.
— ¡Chica, sí que se te ve demacrada! —le dijo Arturo el lunes en el trabajo al notar su mala cara—. ¿Te ha pasado algo?
Maia lo miró indecisa. No iba a revelarle todo lo que había sucedido con Guillén, pero quiso aprovechar la oportunidad para averiguar cosas sobre él.
— Es que el otro día esperaba ver a una persona en el bar, pero no estaba ahí. Dime que soy ridícula, pero me había ilusionado con él.
— ¿Te refieres a Guillén? —dijo Arturo, riéndose—. No sabía que te interesara.
— Bueno, yo…—comenzó a justificarse torpemente.
Pero Arturo, que algo se imaginaba, enseguida la interrumpió.
— Es que es un poco nerd. Todo lo que tiene de genio lo tiene de poco social. Si te trata mal, no le hagas caso. Es un gran tipo, aunque no sepa cómo tratar a una mujer.
Maia se sonrió para sus adentros y no le respondió. ¡Sí que lo sabía!
Según la pesquisa hecha a través de Arturo, Maia pudo enterarse de que Guillén era un brillante ingeniero y que trabajaba para una agencia espacial. Al parecer estaba actualmente desarrollando un importante proyecto y para ponerlo en práctica había tenido que viajar a la sede central de dicha agencia, en otro país.
Pasaron varias semanas pero Maia estaba dispuesta a esperar con paciencia el regreso de Guillén. Estaba ansiosa por volver a verlo, y aunque dos o tres meses iban a ser mucho tiempo, en el fondo se sentía segura. Arturo le había dado algunas pistas sobre él, pero no tantas como para saber quién era Guillén en realidad. Aun así, cada día estaba más segura de conocerlo. Es que él, sin palabras le decía todo lo que ella deseaba saber. Y ella deseaba cada vez más. Ella lo deseaba todo.
Ese viernes llegó al pub como de costumbre. Aunque sabía que hasta dentro de un montón de días él no iba a estar ahí, se sentía en paz porque más pronto que tarde volvería a encontrarlo. Pero igual lo echaba de menos, así que para fantasear tenerlo a su lado fue a sentarse al mismo lugar en que acostumbraba hacerlo él.
Estuvo ahí un largo rato, mirando a la gente pasar. Incluso cuando sus amigos vinieron a reclamarla se negó diciendo que estaba cansada, pero ante su insistencia finalmente aceptó ir a reunirse con ellos. Pero al poner un pie en el salón sintió que su corazón se detenía abruptamente: Guillén estaba ahí. Estaba con Arturo y ambos parecían enfrascados en una conversación. Involuntariamente los colores subieron a su rostro y tuvo que bajar la cabeza para disimular su turbación. Creyó que él no la había visto, pero él ya había tomado nota de su presencia. Como un acto reflejo enfiló hacia el grupo de chicas que conversaba en un rincón, tratando de tapar su rostro con su cabello para evitar quedar en evidencia. Estas estaban enfrascadas en un chismorreo muy animado y se reían con picardía. Cuando Maia se les acercó la asaltaron con preguntas.
— ¿Has visto al amigo de Arturo? —dijo una de ellas en voz baja, suspirando—. Es divino. ¿Lo habías visto alguna vez?
— Puede ser —respondió Maia evasivamente, esperando que cambiaran de tema.
— Parece que viene al pub todos los fines de semana —continuó otra— pero nunca habíamos reparado en él hasta hoy.
Maia no dijo nada. Por lo visto, hasta ese momento solo ella se había fijado en él. Era lógico que las otras chicas no lo hubieran registrado, ya que él siempre parecía querer pasar desapercibido. En ese momento le molestó que las chicas repentinamente se fijaran en él. Sintió un dulce cosquilleo y un orgullo secreto la invadió porque sabía que Guillén era de ella. Ellas no sabían que era de ella. De ella y de nadie más.
No se atrevió a mirar hacia donde él estaba por temor de volver a sonrojarse. Moría por acercarse a él y abrazarlo, aunque no sabía si él estaría de acuerdo en hacer pública su relación. Por eso se quedó junto a las chicas. Pero estaba demasiado tensa y estas no paraban de cuchichear. Así que, en cuanto pudo se excusó con ellas y se fue.
Estaba llegando a puerta de su casa cuando su móvil sonó.
— ¿Por qué te fuiste? —escuchó que le decía Guillén.
Sonaba con una ansiedad tan grande que no le dio tiempo a responder. Pero a él le urgía su respuesta.
— Voy para mi casa —le comunicó—. Ve para allá. No tengo mucho tiempo.
Maia no supo qué decir. La llaneza de Guillén para expresarse era casi brutal, pero ya no podía malinterpretarlo. Así como él verbalizaba toscamente lo que sentía, sin ningún tipo de censura, sabía que sus sentimientos eran de la misma brutalidad. Por lo cual sus palabras fueron:
— No demoro en llegar.
Ya era de mañana, y entre la emoción y la extrañeza ante tan inesperado encuentro, Maia solo acertó a decir:
— Creí que venías dentro de tres meses.
— Los dos necesitábamos vernos. Por eso estoy acá. Pero dentro de unas horas sale el vuelo de regreso.
Guillén no parecía tener en cuenta ni el esfuerzo que suponía haber venido por apenas unas horas ni el costo del pasaje. Por eso, Maia entendió que debía ayudarlo a calibrar la situación.
— Guillén: soy la persona más feliz en este momento. Me has dado una increíble sorpresa y te lo agradezco desde el fondo de mi corazón. Pero no debes sacrificarte de esa forma. Sabes que aunque no estemos juntos estoy pendiente de ti. Y tampoco quiero que descuides tu trabajo.
— No lo he descuidado. Solo lo adelanté durante los días previos para poder venir.
— Escúchame. Lo que quiero decirte es que no es necesario que te esfuerces de esa manera. El vuelo de por sí es cansador y cuando llegues debes ponerte a trabajar. Y eso me apena.
— Puedo con todo.
— No lo dudo. Pero piensa que hay otras formas para que estemos cerca aun estando lejos. Por ejemplo, hablando con frecuencia. Me gustaría que probaras a conversar conmigo. Las palabras pueden consolarnos cuando no podemos hacerlo presencialmente. Hasta que termine tu contrato de trabajo no te preocupes por mí. Yo tendré paciencia para esperar. Mientras tanto, hablemos por teléfono o por video-llamada para contarnos cómo nos sentimos y también otras cosas intrascendentes que puedan ayudarnos a sobrellevar la distancia.
— Es que no puedo estar lejos de ti.
Para Maia era duro tratar de contener a Guillén. Es que era contradictorio tratar de contenerlo, cuando ella misma moría por estar con él. Los dos tenían sus propios trabajos y sus familias, por lo que alguno de los dos no tendría más remedio que renunciar.
……………………………………………
— Guillén, hace diez años que vivimos aquí juntos. ¿No añoras a veces nuestro país?
— No, para nada. ¿Acaso tú añoras tu familia o tu antiguo trabajo?
— No. Ya sabes que nos vemos seguido con nuestros padres, y me encanta mi nuevo trabajo en este lugar. Pero Guillén, ¿nunca pensaste en que sería lindo volver algún día a aquel pub?
— ¿Para qué? Yo solo iba a aquel lugar para verte. Ahora te tengo aquí.
Maia se había quedado pensativa, con la mirada perdida en el hermoso paisaje que se atisbaba hacia afuera del ventanal. En todo aquel tiempo, Guillén no había cambiado. Continuaba siendo el mismo hombre de pocas palabras, aunque ahora ella lo entendía completamente, de corazón a corazón. Había encontrado en Guillén a un hombre extraordinario. Al compañero maravilloso y al profesional destacado se le sumaba ahora el padre sensacional. Nadie lo conocía como ella y cada día se enorgullecía de haber dado aquel primer paso para acercarse a él. Sonrió para sus adentros. Guillén podía ser para muchos un cachorrito indefenso, un cerebro privilegiado o alguien con pocos recursos de comunicación. Y en verdad era todo eso. Solo que ella sabía que era además un tigre todopoderoso en la intimidad.
— ¿En qué piensas, Maia?
— En nada. Solo en lo mucho te amo —dijo, besándole la mejilla—. Ven, mi amor. Salgamos a ver cómo juegan los niños en el jardín.