Majestad

Nora Sisto

           Eloísa Riquet había prácticamente finalizado la carrera de Medicina. Y  aunque le faltaba presentar la tesis final, ya estaba trabajando como asistente en el Departamento de Cuidados Intensivos en un hospital. Esto le insumía gran parte de su día, y por ese motivo no le quedaba demasiado tiempo disponible para poder elaborar aquella presentación que le otorgaría al fin su ansiado título, así como una mejora sustancial en su salario.

          Vivía en un apartamento compartido con dos amigas, pero al ser éstas  demasiado charlatanas y  bochincheras, se iba en las mañanas muy temprano al bar de la planta baja del edificio, y aprovechando que a esa hora casi no había clientela se instalaba con su computadora en una de las mesas apartadas, junto a una ventana y se ponía a trabajar. Se había hecho amiga de Gus, el dueño del  bar que la dejaba hacer  lo suyo sin molestarla.

          Una mañana, mientras estaba concentrada en su trabajo un amigo de Gus apareció. Era un muchacho alto y delgado que por su aspecto atrajo rápidamente su atención. Caminaba con paso firme, y su vestimenta oscura le daba un aire misterioso y sombrío. Tenía una melena de rastas de color castaño claro que le llegaba casi hasta los hombros, y resaltaba sobre la chaqueta de cuero negro dándole un particular toque de brillantez. Lo había visto bajar de una moto de alta cilindrada, también negra, y había entrado sin mirar a nadie. Luego de saludarse efusivamente con Gus, se había quedado acodado en el mostrador conversando con éste, que había vuelto al otro lado de la barra para servirle un café.

          Eloísa lo había seguido con la mirada, atraída por su figura sofisticada, pero cuando se dio cuenta de su indiscreción bajó inmediatamente la cabeza y prosiguió con su trabajo para no quedar en evidencia. Se notaba que Gus y él eran amigos, porque luego de sendas exclamaciones de alegría se habían puesto a charlar como si se conocieran de toda la vida. Los observaba de reojo. A pesar de que desde donde ella estaba no se llegaba a captar el contenido de su conversación, se notaba entre ellos una gran afinidad. En algunos momentos la charla subía de tono, arrancándoles a ambos carcajadas, y en otros se tornaba muy discreta y seria, casi como un comentario secreto. Y a Eloísa le habría encantado curiosear lo que decían.

          De pronto, un chisporroteo en el enchufe donde estaba conectada su laptop la sobresaltó. Al notar lo sucedido, los dos muchachos acudieron rápidamente hacia donde ella estaba. Mientras Gus examinaba el tomacorriente que había quedado chamuscado, el muchacho desconocido se había interesado en la computadora. Ésta se había apagado de improviso, y según el pensamiento derrotista de Eloísa, amenazaba con no volver a funcionar. Estaba  consternada y parecía estar al borde de un colapso nervioso. Sin embargo, él la tranquilizó. Se sentó frente a ella, acomodando con calma delante de sí la computadora, y al cabo de un rato la volvió a encender, apretando luego varias teclas. Era evidente que sabía lo que hacía.

—    ¿Cómo se llama tu archivo? —le preguntó en determinado momento, sin mirarla.

—    “Tesis” —le respondió ella con voz temblorosa.

          La posibilidad de perder el trabajo la angustiaba, pero la proximidad de él parecía turbarla mucho más. Su largo cabello la había rozado sin querer un par de veces, y su cuerpo olía a perfume de maravilla. Podía ver de frente sus ojos negros, que fijos en la pantalla parecían tener el poder de derretirla en cualquier momento, y observaba con disimulo sus manos que dominaban el teclado con una precisa delicadeza. Ella tenía pánico, aunque él no pareció inmutarse. Después de teclear unas cuantas veces, finalmente dio vuelta la laptop hacia ella y le mostró satisfecho:

—    "Tesis", ahí lo tienes.

—    ¡Gracias! —suspiró con emoción.

—    Eric es un mago de las computadoras —acotó Gus, que seguía agachado tratando de arreglar el enchufe. —No habría dejado que perdieras tu trabajo.

          Ahora sabía por fin su nombre. Y le encantó pronunciarlo.

—    Eric, gracias otra vez.

          Eric efectivamente era un experto. Trabajaba en una importante empresa de computadoras en otra ciudad. Pero ahora necesitaba un cambio en su vida. Hacía poco tiempo se había separado de su mujer, quien lo había dejado por uno de sus amigos. Desde entonces había caído en un pozo depresivo, por lo que para evadirse se había dedicado de lleno a su trabajo. Y ahora se había tomado unos días de licencia para visitar a su amigo y pasar un período de desenchufe en ese lugar. Su amistad con Gus databa de mucho tiempo, y éste lo comprendía y lo aconsejaba. Sin embargo, no podía mantenerlo a salvo del contingente de mujeres que habitualmente lo acechaban.

          No era que Eloísa buscara encontrar a Eric todas las mañanas en el bar, pero la idea de estar cerca de él la excitaba. Eric por fuera se veía como un modelo masculino sacado de las revistas de moda, pero ella intuía en él una gran riqueza interior. Era afectuoso y amable, y la había ayudado sin asumir una pose de soberbia o insinuarse como conquistador. Y Eloísa había amado de inmediato esa actitud. Pero era demasiado bueno para ser real. Además ella no quería distraerse. Sin embargo, la proximidad de Eric la descolocaba.

          Una tarde, Eloísa fue a reunirse con sus amigas en el bar. Para su sorpresa, Eric también apareció. Como ella estaba con las chicas, fingió no prestarle atención. Pero Eric no pasaba desapercibido. Y una de sus amigas, Cecilia que era la más pizpireta de todas enseguida reparó en él. Eloísa no habría querido que ella lo conociera, porque sabía que inmediatamente comenzaría su plan de conquista. Por eso, apenas  pudo ocultar su desagrado cuando constató que comenzaba a coquetearle. Cecilia era demasiado obstinada. Y todos sabían por experiencia que siempre conseguía aquello que se proponía.  

          Así que, cuando Cecilia comenzó a acercarse a Eric, Eloísa dejó de frecuentar el bar. Cada vez que las chicas la invitaban ponía cualquier excusa con tal de zafar. No quería verlos juntos. Sobre todo la afligía saber que el único motivo por el cual Cecilia deseaba conquistarlo era por complacer su propio ego. Pero ella nada podía hacer. Era poco factible que alguien como Eric la eligiera a ella antes que a Cecilia. Por eso optó por concentrarse en la redacción de su tesis, como una forma de obligarse a no pensar en aquella situación.  El hospital se convirtió entonces en su refugio.        

         Una noche, en una de sus tantas recorridas de piso lo vio por casualidad. "Accidente de tránsito" habían escrito en la ficha médica. Estaba inconsciente por un golpe en la cabeza, que de no ser por el casco que llevaba puesto podría haberle costado la vida. Tenía varias magulladuras en el cuerpo, aunque ninguna de gran entidad. Sin embargo iba a quedar en observación hasta que recobrara el conocimiento. Eloísa se preguntó si esa sería acaso  una señal.

           Al conocer la noticia, Gus había venido rápidamente para averiguar cómo estaba, y Eloísa se había encargado de darle el parte médico. El pronóstico, a pesar de todo era alentador. Le llevaría un par de días de supervisión médica para recomponerse, pero iba a estar bien. Conversando con Gus en la sala de espera se enteró de que los padres de Eric vivían en otro país. Pero Gus se había encargado de telefonearles para tranquilizarlos, por lo cual era poco probable que vinieran a acompañarlo. Allí Eric estaba solo.

          La sala de cuidados intensivos era prácticamente un recinto privado al cual estaba autorizado a acceder únicamente el personal del hospital. Eloísa lo miraba conmovida. Dormido e inmóvil entre las sábanas blancas, Eric parecía esperar aquel beso de amor que, como en los cuentos de hadas lo devolviera a la vida. Ella habría deseado besarlo con locura, y también acariciar aquella mata de cabellos ensortijados que ahora adornaban el contorno de su rostro como la melena de un rey león. Pero su ética le impedía tocarlo.

          Era ya tarde en la noche, y las rondas médicas se reanudarían recién a las primeras horas de la mañana. Eloísa estaba de pie, junto a su cama. Había ido allí para estar  con él. Pero lo contemplaba de lejos y no sabía qué hacer.  Pero no quería irse. Entonces pensó que en lugar de sus manos, podía acariciarlo con sus palabras. Probablemente él ni siquiera tomase conocimiento de su presencia. Estaría a salvo. Por eso, se sentó a su lado y comenzó a contarle un cuento. 

—    "Esta es la historia de un apuesto caballero. Era el rey de..." —y se frenó en seco.  

          Miró a su alrededor buscando un nombre apropiado para dicho reino, y su vista se detuvo en la caja de un medicamento que estaba sobre la mesita junto a la cama. Le pareció que servía para su propósito, y entonces prosiguió:

—    "…el rey de Analgidia. Cabalgaba por la pradera en su brioso corcel de reluciente color azabache. La gente al verlo pasar quedaba obnubilada por su majestuosa estampa. Pero pocos lo conocían por su verdadera forma de ser.”

—    “El rey era un hombre bondadoso, leal y solidario. Pero se encontraba muy lejos de su hogar. Se había marchado por causa de un odioso tirano que con argucias había tratado de usurpar su lugar de rey.”

—    “Amargado por tal suceso, el rey había renunciado a todo y se había retirado sin luchar.”

          Eloísa improvisaba la historia a medida que se le iba ocurriendo. Al pronunciar cada frase observaba si había en él alguna reacción. Pero aparentemente él no la registraba. Eso no le importaba, porque estaba segura de que la caricia de su voz y el sonido amistoso de aquel relato igual lo confortaban.

—    “Este rey tenía una tarea difícil que cumplir” —continuó—. “Muchos lo admiraban y le instaban a volver y a luchar por su corona. Pero él sabía que solo podría recobrar el legítimo trono de rey si encontraba a alguien que pudiera conocerlo profundamente y llegara a amarlo no por el rol que representaba, sino como hombre.”

          Eloísa inventaba la historia, pero sin saberlo tomaba conciencia del verdadero relato de su vida.

—    “Un día, al pasar por un bosque su caballo de pronto se asustó.  Fue así que el rey cayó, sin poder evitarlo en una profunda zanja de la que le resultaba  muy difícil salir. Cada vez que intentaba asirse de algo se resbalaba y volvía a caer sin remedio.”

—    “En eso, dio la casualidad que una chica pasara por aquel lugar. Iba  vestida de blanco. Era la Dama Blanca, una princesa de otro reino a la que le complacía socorrer a la gente, y por eso al ver lo sucedido no dudó en auxiliarlo.”

—    “Tomó con fuerza su mano, y gracias a ella el rey logró por fin salir a la superficie.”

          Eloísa verdaderamente deseaba ayudarlo. Había constatado que era un ser sensible y valioso, y le apenaba que algunas personas tendieran a valorarlo  solo por su aspecto, porque eso le impedía alcanzar el triunfo que merecía como ser humano. Eric era un hombre extraordinario en todo sentido, pero ella no lo estimaba como se estima a un bonito muñeco. Ella se había enamorado.

          Durante los días siguientes, Eloísa prosiguió con su relato. Esperaba ansiosamente las horas de la noche para sentarse junto a él y continuar con aquella historia inverosímil que, además de estimular su imaginación había comenzado a entusiasmarla por su contenido. Paralelamente, seguía muy de cerca la evolución de Eric, y esperaba que pronto se recuperara. Ya iban tres días desde el accidente, y dado la evolución favorable que iba teniendo era probable que no estuviera allí por mucho tiempo más.

          Esa noche, igual que todas las anteriores continuó relatándole aquella historia. Le había inventado un sinfín de situaciones insólitas a través de las cuales los dos protagonistas llegaban a conocerse y se enamoraban mutuamente. A esa altura, lo aceitado de las escenas que hilvanaba le indicaba que, de desearlo podría seguir desarrollando aquella trama indefinidamente. Pero su experiencia médica le decía que era el momento exacto en que debía ponerle un final. Así que, con pena comenzó a pergeñar la concreción de una salida.

—    "Un día, el rey citó a la Dama Blanca. La esperaba en el bosque montado en su caballo. Ella sin dudarlo se aproximó a él.”

—    “Entonces le preguntó si estaba dispuesta a recorrer el mundo junto a él, y que nunca más se separaran.”

        Ese era íntimamente el deseo de Eloísa. Ella estaba dispuesta a seguirlo adonde él fuera. Pero aquello era solo una ficción. Cuando despertara, seguramente él jamás se lo pediría. Por eso sus palabras se volvieron amargas por un instante,  e inconscientemente cambió de entonación.

—    “La Dama Blanca lo miró con tristeza. Sabía que el rey se iría pronto y tal vez nunca lo volvería a ver. Tenía mucho miedo de que él no la amara como ella lo amaba a él. Deseaba ser lo suficientemente buena para él, pero dudaba que él fuera a elegirla como su reina. Entonces le respondió..."

          Su relato se truncó de golpe porque en ese preciso momento entró a la habitación una enfermera que venía a controlarlo. Sus ojos se habían llenado de lágrimas, y trató de disimular. Luego, estimando que su presencia allí era injustificada, al instante se marchó. Al fin y al cabo podría finalizar su relato al día siguiente.

          Pero a la noche siguiente, cuando fue a buscarlo él ya no estaba en la habitación. Preguntó por él, y le informaron que como había recobrado el conocimiento, había sido trasladado a otra sala de menor atención.  Y que al otro día seguramente podría volver a su casa. Eloísa primero se alegró, pero luego lamentó que hubiesen terminado tan pronto aquellas tertulias. Obviamente su historia estaba destinada a quedar inconclusa.

     Había pasado un mes del accidente cuando Eric visitó a su médico para hacerse un control de rutina. Le habían actualizado las placas, y había salido todo bien. Eric se sentía como nuevo, así que escuchaba solo por compromiso lo que el médico le informaba respecto al progreso de su salud. Sin embargo, de pronto lo que oyó le hizo poner atención. Éste le estaba explicando que había sido muy favorable su rápida reacción al tratamiento con un medicamento llamado Analgidina, que era básicamente lo que le había inhibido el dolor y lo había recuperado tan prontamente.

          En ese momento, Eric dejó de escuchar. Su mente se había transportado súbitamente a un reino ignoto. Al reino de Analgidia. Se preguntó cómo podía haber surgido en su mente aquel endiablado pensamiento. Era un escenario fantástico que no conocía, pero que a la vez estaba seguro de conocer. Y por primera vez sentía que el mundo se enderezaba dándole la oportunidad de ser verdaderamente el rey que merecía ser. Intuía que en aquel lugar de nombre extravagante habían sucedido algunas cosas, y que otras podían estar a punto de suceder. Se despidió de su médico, dándole menos trascendencia a la noticia de su buen estado físico que a lo que acababa de descubrir internamente.

          Todo era bastante confuso. Tenía flashes que le recordaban el relato de una historia fantástica, pero al mismo tiempo no lograba saber cómo ni cuándo había entrado en contacto con ésta. Tal vez había sido un sueño, o una alucinación sufrida como consecuencia del golpe. ¡Al fin y al cabo había pasado tres días sin ningún contacto con la realidad! Sin embargo, sentía que de alguna manera aquel relato había revuelto su cabeza y le había infundido una nueva certeza sobre su vida. Le había inyectado una fuerza que, a pesar de sus atributos que ante todos lo hacían envidiable, nunca antes había sentido.

          Eric recordaba haber comenzado a sentir la presión de Cecilia antes del accidente, y también recordaba que había estado dispuesto a ceder. Ella se había propuesto conquistarlo desde el primer día en que lo vio, y se había enfocado con todas sus armas para lograrlo. Era sin duda una chica muy atractiva. Pero algo en el pensamiento de Eric había cambiado. Le parecía que ahora podía independizarse de aquellos estereotipos que durante toda su vida lo habían dominado. No era una figurita, sino un hombre. Y debía defender su reinado.

          Eloísa por su lado pensaba que si no hubiese sido por el impasse producido por el accidente, a Cecilia seguramente le habría costado muy poco  hacer que Eric cayera en sus redes. Esa suposición la entristecía sobremanera, porque sabía que ésta no se apiadaría del hecho de que él —ya fuera por su fracaso matrimonial, por su lesión, o por la idea de “macho alfa” que todos le asignaban— era altamente  vulnerable. Sin embargo, no se daba el crédito suficiente como para evitarlo. No podía competir con los encantos de su amiga. Obviamente lo había perdido.

          Esa tarde, Eric había quedado en encontrarse en el bar para hablar con Cecilia. Cuando llegó, ella lo esperaba junto al grupo completo de sus amigas, Eloísa incluida. Eric saludó cordialmente en general, y se unió al grupo. Eloísa, que no lo esperaba, apenas lo miró. Su presencia la cohibía.

          La reunión duró bastante rato, y Eric permaneció allí a pesar de que el tema de conversación no le interesaba. Hablaban de cualquier cosa, y él por cortesía participaba de a ratos, pero sin que le atrajera nada de lo que se comentaba. Sin embargo, a medida que la charla avanzaba, fue advirtiendo  que debía poner atención. Captaba algo que lo disturbaba. Al principio no se daba cuenta de qué era, pero más tarde lo entendió. Era la voz de Eloísa.

          Entonces comenzó a escucharla con interés. Él reconocía esa voz. Pero no de aquellas tres o cuatro palabras que habían cruzado aquel día en que la ayudó con su computadora. Era de otro lado. Por otra parte, se daba cuenta de que cuando ella notaba que él ponía atención a lo que ella decía, automáticamente se quedaba  callada. Así que optó por mirar hacia otra parte cada vez que ella hablaba. Eloísa pensó que a Eric le aburría lo que ella decía. Pero él lo hacía para poder escucharla mejor. Llegó al punto de cerrar disimuladamente los ojos. Sin duda alguna era su voz la del relato de aquel cuento. Pero no quiso darle a entender que la había descubierto. 

          Pasaron los días. Eloísa seguía ocupada con su trabajo y apurada con finalizar aquella dichosa tesis. Sin embargo había dejado de ir al bar. Renunciaba a trabajar en silencio en pro de su salud emocional. Prefería soportar el ruido de su apartamento antes que padecer la tensión de encontrarse con Eric. No había necesidad de sufrir. Pero no sabía que aquella historia inventada había avivado algo latente.

       Era su hora de descanso. El cuarto médico estaba vacío, y ella se había encerrado allí para no ver a nadie. Sin lugar a dudas la concreción y el pulido de su tesis la tenía intranquila porque deseaba de una vez por todas obtener su título de doctora. Sin embargo se daba cuenta que gran parte de su malestar  era debido a él. Por lo visto, Eric había elegido a Cecilia. Y posiblemente había hecho bien, porque era mucho más bonita que ella, enormemente atractiva y sabía cómo conquistar a un hombre. Contra eso, ella no podía.

          Miraba por la ventana con la vista perdida, mientras sus ojos de a ratos se nublaban. De pronto, bruscamente y sin aviso previo la puerta del cuarto se abrió. Se dio vuelta sobresaltada. Era él. Ahí estaba Eric, mirándola fijamente desde el umbral de la puerta. 

—    ¿Te pasó algo? —exclamó Eloísa asustada, secándose rápidamente los ojos  con una mano.

          Vestía su riguroso uniforme blanco, y asumiendo su rol profesional le tuvo que insistir:

—    ¿Necesitas ayuda?

          Eric no le respondió. La miró otro poco más, como no dando crédito a lo que pensaba, y luego mordiéndose de costado el labio inferior para disimular su risa, se retiró negando varias veces con un gesto de su cabeza.

          Ella se quedó ahí sin entender qué había significado todo eso. Pero aunque la presencia de él había sacudido violentamente la paz de su descanso, le había dejado no obstante una rara sensación. Sintió que esa visita fugaz, en lugar de desasosegarla la había dejado tranquila.

          Los días pasaron rápidamente. Sabía que a Eric se le terminaban los días de licencia y se marcharía a la brevedad. No lo había visto más desde aquel día, y sufría pensando que era probable que no lo volviera a ver. Y lo prefería así porque no podía darse el lujo de distraerse. El poco tiempo que tenía era para terminar su tesis. De cualquier otra cosa ya se ocuparía luego.

          Y el día esperado llegó. Su tesis fue aprobada y por fin se graduó. Para festejar el evento, sus amigas la llevaron obligada a tomar unas copas al bar de Gus. Por suerte ni Cecilia ni Eric estaban, pero no quiso preguntar por ellos. 

        Sin embargo, al cabo de un rato Cecilia apareció. Venía sola. Se acercó a la mesa donde estaban todas y saludó a Eloísa con algo de frialdad. Luego se fue a sentar en otra mesa donde al parecer la esperaba un muchacho desconocido.

—    Eric terminó con ella —le comentó en voz baja la chica que estaba sentada justo a su lado. 

          Eloísa no dio ninguna muestra de interés. Tampoco quiso preguntar por qué. De todos modos algo le decía que pronto se enteraría.

         Era pasada la hora de cerrar. Todos los demás parroquianos ya se habían retirado, y los dos mozos esperaban impacientes que Eloísa y sus amigas también se fueran.

          Habían bebido bastante, y con andar pesado comenzaron a enfilarse hacia la puerta. Al salir a la calle, el frío de la madrugada las hizo volver en sí. A pesar de que la visión de a momentos parecía enturbiársele, Eloísa lo vio muy bien. Eric estaba sentado a horcajadas en su moto junto a la acera, con dos cascos colgados en uno de sus antebrazos. Estaba hablando con Gus, el dueño del bar, quien al verla se despidió prestamente de él y vino directamente hacia donde ella estaba.

—    Eloísa, Eric necesita hablar contigo. 

          Ella no dijo nada. Pero lo miró de lejos. Él efectivamente estaba aguardándola. 

—    Ok. Gracias Gus —le respondió.

          Y abandonando a sus amigas sin darles ninguna explicación, fue hacia donde él estaba.

—    Hola —fue todo lo que le dijo. Y esperó a que él dijera algo.

—    Hola —respondió él con tono amigable—. Quería hablar contigo.

—    Pero primero tengo que felicitarte por tu graduación. Eres una excelente doctora.

—    Gracias —respondió ella, que todavía no se daba cuenta de qué iba la conversación, y se preguntaba por qué él pensaba que era una excelente doctora. Y haciéndose la desentendida, como de paso le preguntó:

—    ¿Estás esperando a Cecilia?

          Él la miró, frunciendo el ceño.

—    ¿Acaso te interesa? —y agregó sin esperar su respuesta—: No. Eso ya se acabó.

          Ella ya se había enterado hacía un rato. Pero él ahora estaba allí y había querido hablar con ella. Aprovechaba que al haber bebido en grande, su estado de inhibición la habilitaba a decir cosas que en otras circunstancias habría callado.

—    ¿Puedo saber por qué?

          Entonces él la volvió a mirar como si ella tuviera que saber la obviedad de la respuesta. Pero igual se lo aclaró.

—    Porque no conocía al rey de Analgidia.

          Eloísa sintió que las piernas se le aflojaban.

—    ¿Te parece que hice bien?

          Lo miró más enamorada que nunca. No supo qué decir. Entonces él prosiguió:

—    Ahora, tengo una pregunta que creo que solo tú puedes responder.

—    ¿Cuál crees tú que habrá sido la respuesta de la Dama Blanca a la pregunta del rey?

   En este caso, ella no vaciló.

—    Le habría respondido: "Sí, su Majestad”.

        Y luego, apretando suavemente y con fuerza la mano de él que estaba apoyada sobre el manubrio, le tradujo para que no quedara ninguna duda:

—    Sí, Eric.