Mansión del sol

Nora Sisto

        Cuando Olivia apareció en el escenario, la audiencia comenzó a aplaudir a rabiar y al mismo tiempo la sala se iluminó completamente. Vestida con un glamoroso traje de diseñador y con su hermosa melena cobriza peinada hacia un costado se acercó al presentador para recibir el premio y cuando lo tomó entre  sus manos y lo acercó a su pecho los aplausos se hicieron más fuertes aún. Los espectadores se habían puesto de pie y ovacionaban con gritos y silbidos a la excepcional artista. Nadie sabía que era al mismo tiempo premiación y despedida de la actriz. Ni siquiera él.

Sentado en la última fila para pasar desapercibido en aquel inmenso teatro, Geum había presenciado pacientemente toda la ceremonia, y aunque la tarjeta de invitación todavía sobresalía del bolsillo exterior de su chaqueta, se sentía un advenedizo. Había esperado alguna señal, pero sabía que no iba a recibirla. Se sabía culpable, no obstante dentro de su corazón existía una pizca de esperanza, mínima y última que, al verla ahí resplandeciente en medio del escenario, se había finalmente truncado. Por eso, con la cabeza gacha aprovechó el momento de bullicio para retirarse. Se iba igual que un ladrón huyendo del lugar de su delito, pensando que jamás debería haber vuelto a ese lugar. En su apuro por no perder el primer vuelo para regresar a su país fue que no llegó a escuchar las últimas palabras emocionadas de Olivia que, después de los aplausos y tratando de mantener la compostura para no romper en llanto, agradeció infinitamente a su madre, la desaparecida actriz Ani Sun, por haberla ayudado a llegar hasta ese lugar y comunicó a los presentes que a partir de ese día abandonaba la actuación para siempre.

Ani Sun no era en realidad la madre  de Olivia.  Ani había soñado toda su vida con   convertirse en actriz y para eso había emigrado desde un lejano país oriental, dejando atrás una numerosa familia, buscando encontrar mejores oportunidades. Y había cumplido sus metas. Su carrera artística había sido muy intensa y exitosa. Había rodado varias decenas de películas, gracias a lo cual había conseguido amasar una considerable fortuna. No obstante su vida personal no lo había sido tanto. Había enviudado siendo muy joven y no se había vuelto a casar, por lo que desde  entonces vivía con su único hijo Geum en una hermosa residencia en un barrio exclusivo.

Desde niño, Geum se había sentido solo. Tras haber perdido tempranamente a su padre, sufría también la ausencia de su madre, la cual dado sus compromisos actorales viajaba constantemente o pasaba largas temporadas en locaciones lejanas para rodar algún film. Ani, por su parte parecía no ser consciente del sufrimiento de su hijo, y como si fuera poco, al cumplir este los dieciocho años lo envió a aquel país de donde ella provenía, para que estudiara en una  prestigiosa universidad y a la vez aprendiera su idioma y sus tradiciones.

Pero el tiempo pasaba y con su hijo en el extranjero, sumado a que para una actriz madura ya no eran tan frecuentes los roles protagónicos, Ani se encontró de pronto sola en aquella enorme mansión, por lo cual se le ocurrió una idea para compensar su soledad: adoptar una niña. Ella siempre había deseado tener una hija, pero las circunstancias de su vida y las exigencias de su profesión lo habían hecho imposible. Ahora, con más edad y con un pasar muy cómodo se había decidido a hacer realidad su sueño. Iba a ser alguien que le hiciera compañía, pero también alguien en quien volcar todo su amor, su  dedicación y sus expectativas de futuro.

En aquel entonces, Olivia había llegado al país como sobreviviente de un conflicto bélico que había arrasado su país privándola de toda su familia. Gracias a organizaciones internacionales de ayuda había sido rescatada y alojada provisoriamente en un orfanato esperando la posibilidad de ser adoptada. Pero como era lógico, los adoptantes que se acercaban al mismo preferían hacerse cargo de bebés o niños muy pequeños. Por eso, después de haber pasado cierto tiempo en aquella institución y con pocas perspectivas de insertarse en una familia, para Olivia fue como una milagrosa señal del universo que Ani decidiera llevarla a vivir con ella.

Fue así que, a partir de sus trece años Olivia pasó a vivir en aquella mansión. A Geum no había llegado a conocerlo personalmente debido a que este había dejado el país unos meses antes. Sin embargo, Ani aprovechaba las instancias diarias de comunicación online con él para familiarizarlo con la muchacha. Pero claro, a pesar de su corta edad, Olivia ya se perfilaba como una hermosa mujer y Geum, que había heredado los rasgos orientales de sus padres, era un joven buenmozo, de cabello negro muy lacio que caía sobre sus ojos rasgados también negros, los cuales a través de la pantalla de la computadora transmitían una mirada intensa y sensual. Y Olivia, que previamente había tenido poco trato con muchachos, enseguida se enamoró de él.  

Durante largo tiempo Olivia y Ani vivieron solas en aquella enorme mansión, motivo por el cual esta última pudo enfocarse exclusivamente en la chica y ocuparse intensivamente de su educación. Olivia apenas había finalizado su ciclo escolar, así que lo primero que hizo fue hacerle reflotar sus estudios, para lo cual contrató varios profesores que la llevaron a lograr que en poco tiempo finalizara sus estudios secundarios. Pero Ani tenía grandes planes para ella, así que al mismo tiempo le hizo tomar lecciones de vocalización, canto, baile y actuación. De esa manera, a los diecisiete años, Olivia ya era una incipiente actriz y modelo y, por su belleza y su gracia natural había sido contratada para realizar algunos comerciales y una importante empresa le había propuesto ser la imagen de su marca.

Ani estaba feliz con sus logros, y Olivia la adoraba. Su madre adoptiva se había convertido en la madre  que siempre había soñado tener, y para esta, Olivia no solo era la hija ideal sino que la consideraba como su natural heredera. Aunque ambas mujeres eran muy distintas fisonómicamente, las condiciones naturales de Olivia para la actuación la hacían parecer un calco de Ani. Hacía mucho tiempo que Ani Sun había conquistado las pantallas con su belleza exótica, pero ahora Olivia con su presencia carismática, su abundante melena cobriza, sus ojos color avellana y su rostro y cuerpo perfectos se posicionaba como la próxima estrella de cine de aquel país.   

Sin embargo, a Olivia no la enceguecían las luces de los escenarios. Tampoco le entusiasmaba actuar en las películas, y por eso le había propuesto a su madre que además de trabajar como actriz y modelo le permitiera estudiar otra profesión. Fue así que a los dieciocho años, con la aprobación de Ani comenzó a estudiar administración de empresas, pero bajo la condición de que asistiera a una escuela de negocios en aquella misma ciudad. Era obvio que Ani, al tener a su hijo muy lejos no iba a aceptar tener lejos a su hija también.

A pesar de la distancia, Ani se comunicaba muy seguido con su hijo Geum.
Le contaba acerca de la vida de Olivia, a la vez que a esta le  comentaba todos los pormenores de la vida de él. Por eso, Olivia sabía que Geum no tenía novia y que ansiaba  volver a su casa y quedarse definitivamente a vivir en la mansión. Es que, a pesar del incentivo permanente de Ani y de su propia intención de afincarse en el país de origen de su madre, Geum nunca se había adaptado a vivir en él. Por otra parte, existía otro interés que lo empujaba secretamente para volver: era Olivia. A pesar de que no se mostrara   interesado en ella, seguía sus pasos en las redes sociales. No se perdía sus fotos ni las noticias de sus avances como actriz, y se ponía furioso cuando leía noticias falsas de su vida personal. Es decir, su fascinación por ella era  enorme.  

El tiempo pasó de prisa, y cuando Ani menos se lo esperaba, Geum regresó. Y cuando él y Olivia se vieron en persona, no  hubo marcha atrás. Ambos cayeron rendidos a un incipiente amor juvenil que rápidamente se transformó en una intensa pasión adulta. Ani estaba maravillada: sus dos amores se unían creando un amor mucho mayor. Durante varios  meses la relación de Geum y Olivia fue lo más parecido a una roca en un huracán. Sin embargo, dada la notoriedad de Ani y el asedio continuo de los paparazzi, habían convenido que su relación se mantuviera reservada, provocando que con el excitante atractivo de un amor secreto, su vínculo se hiciera cada vez más fuerte. Olivia se escabullía por las noches a la habitación de Geum, donde daban rienda suelta a sus emociones y a la madrugada regresaba a la suya por miedo a que Ani desaprobara su comportamiento.  Ani, por su parte fingía no estar en conocimiento de nada, pero desde su ventana disfrutaba viéndola salir a hurtadillas de la habitación de él.

Los meses se sucedieron. Olivia y Geum parecían haber arribado a una relación sólida, a la cual ninguno de los dos pensaba renunciar. Geum se había asentado en su nuevo ambiente y su profesión comenzaba a consolidarse en ese país. Tenía planes firmes de  formar una familia con Olivia y llevar una vida normal, fuera de los sobresaltos del mundo  del espectáculo. Olivia, por su parte avanzaba en sus estudios al mismo tiempo que atendía las oportunidades que le surgían en el ambiente de la actuación. Pero su vida oscilaba entre dos objetivos antagónicos: por un lado el compromiso con las propuestas de trabajo que le brindaba Ani, y por otro la esperanza de poder abandonar algún día ese trabajo y dedicarse a lo que realmente quisiera hacer. Por supuesto, Geum compartía sus mismas expectativas, pero no calibraba cuánto se sentía obligada moralmente a complacer a Ani.

Como Ani soñaba con que Olivia fuera su sucesora, se esforzaba por consolidarla en aquella profesión, para lo cual le buscaba papeles cada vez más importantes. Y aunque Olivia no la estimulara en esa búsqueda, para ella la situación era tristemente clara: Ani no iba a detenerse hasta convertirla en una celebridad.

Y el día llegó. Ani, emocionada la llamó a su despacho para contarle la buena nueva: iba a ser la protagonista de la próxima película de un famoso director. Era la oportunidad de su vida.

—    ¿Estás segura? —exclamó Olivia suspirando indecisa con el guion entre sus manos, dándose cuenta de que por más que interpusiera todas las excusas posibles le iba a ser prácticamente imposible de rechazar—. No querría que el público dejara de apoyarte por mi mal desempeño. No sé si podré estar a tu altura.

—    Por supuesto que sí —afirmo rotundamente Ani—. Para eso te he preparado.

Ese era el problema. Ani la había preparado durante todo aquel tiempo igual que una soberana prepara a la princesa para asumir el reinado ante su dimisión. Ella lo sabía; lo había sabido siempre, pero sin embargo había querido creer que esa posibilidad era  demasiado remota como para preocuparse de verdad. Pero el día había llegado. Y ahora se enfrentaba a un dilema mayor: acceder al deseo de su madre adoptiva, o decepcionarla. Su lealtad hacia Ani era inquebrantable. Adoraba a esa mujer que la había acogido en su regazo como una madre verdadera, y por eso era capaz de dar su vida para retribuirle tanta generosidad. Sin embargo, otra lealtad también la sujetaba: la lealtad hacia el amor que sentía por Geum.

Dividida entre dos amores, Olivia había tenido que elegir. Y su conciencia la había llevado a inclinarse por rendir homenaje a aquella extraordinaria mujer que había provocado un vuelco existencial en su vida. A pesar de que Ani hubiera intentado por todos los medios de contagiarle su pasión por la actuación, no lo había conseguido y por eso fingía para no decepcionarla. Geum por su parte parecía no darse cuenta de aquel terrible dilema, y a pesar del amor que los unía, inconscientemente la culpaba por no rechazar aquella profesión que le había robado a su madre durante su niñez y que  ahora por segunda vez amenazaba con robarle a la mujer de su vida.

Geum se sentía impotente ya que sus intentos de desalentar a Olivia parecían  infructuosos frente a las ingentes oportunidades y posibilidades de éxito que parecían incrementarse día a día. Ajena al sentimiento de su hijo y entusiasmada por sus logros, Ani se ocupaba sin pausa de relacionar a Olivia con productores y directores del ambiente, creyendo con eso introducirla en una actividad con la que suponía hacerla feliz, mientras que proporcionalmente para Geum su relación con Olivia empeoraba  sin remedio. Y por eso sufría en silencio.

La situación llegó a su punto álgido cuando una noche Ani, Olivia y Geum acudieron a una importante fiesta. Era un evento que reunía a personalidades de distintos ámbitos de la cultura. En el lujoso salón, una orquesta compuesta por un puñado de músicos amenizaba el ambiente con una música suave al mismo tiempo que los mozos con sus bandejas pasaban ofreciendo deliciosos bocadillos a los invitados, que de pie conversaban reunidos en grupos. Ani, encantada de promocionar a su hija, la paseaba por el salón presentándola a gente importante. Mientras tanto Geum, vestido de gala con un impecable smoking negro, recostado contra una pared y alejado de todos, observaba con amargura los movimientos de Olivia que, risueña en todo momento no dejaba de aceptar los halagos de los asistentes. No tenía idea de que su comportamiento no era más que una penosa actuación para complacer a Ani. El colmo ocurrió cuando un empresario conocido invitó a Olivia a salir al balcón. Ante la respuesta condescendiente de Olivia, Geum no pudo más y se marchó.

La recepción se había extendido hasta altas horas de la madrugada. Ani había querido que Olivia aprovechase al máximo dicha velada, por lo cual cuando volvieron a la casa ya estaba amaneciendo. Al entrar, lo primero que hizo Olivia fue ir corriendo a la habitación de Geum. Su excitación era enorme, pero no por contarle sus logros profesionales, sino por entregarse a él. No obstante, antes necesitaba saber por qué se había retirado tan temprano y sin despedirse. Suponía que, como siempre, el malestar de Geum desaparecería una vez que su piel entrara en contacto con su piel. Pero esa vez no fue así.

La puerta estaba abierta, así que entró. Geum estaba tirado boca arriba en la cama con la cabeza hacia el lado de los pies. Estaba inmóvil, todavía  vestido con la misma ropa con la que había asistido a la ceremonia, por eso Olivia pensó que se había quedado  dormido, cansado de esperarla.  Pero cuando se acercó para besarlo, vio sus ojos muy abiertos mirando al techo. Entonces se estremeció. Lo primero que pasó por su cabeza fue preguntarle qué le pasaba, pero ya conocía el motivo de su desazón. Entonces lo miró con ternura intentando arrebatarle una sonrisa, pero él no se inmutó. Solo cuando intentó  sentarse a su lado obtuvo una reacción. Él se puso inmediatamente de pie y se la quedó mirando sin decir nada. La  expresión de su rostro era oscura, por eso ella dudó en comenzar a hablar y esperó encontrar una respuesta en sus ojos. Pero aquellos ojos solo mostraban un dolor indescriptible y una rabia que ella conocía pero que no podía remediar.

Cuando pensó que lo mejor sería dejarlo solo, se dio media vuelta para irse, pero Geum la tomó de un brazo y sin decir una sola palabra comenzó a bajarle nerviosamente la cremallera de su vestido. Entonces Olivia sintió que su cuerpo se aflojaba y creyó por un instante que las cosas se iban a solucionar. Cuando sintió que el cursor llegaba a su tope, cerró por un instante los ojos temblando de emoción, imaginando sus manos acariciando su cuerpo como siempre. Pero entonces, como en un mal sueño, las palabras de él la hicieron bruscamente despertar.

—    ¿Cuánto me cobras por un rato? —dijo, mirándola con rencor, apartando sus manos de ella.

Olivia lo miró, lívida, como si un baldazo de agua helada hubiera caído de golpe sobre ella, impidiéndole reaccionar. Pero antes de que él pudiera siquiera intentar repetirle aquella vil  pregunta, estampó la palma de su mano con fuerza sobre su mejilla y salió corriendo. Él no reaccionó ni intentó ir tras ella. Al llegar a un recodo del corredor en el que desembocaba la magnífica escalera, tuvo que apoyar su espalda sobre la pared y se dejó caer, desolada sobre el primer escalón, en el que permaneció largo rato acurrucada sobre la espesa moqueta de color rojo, temblando al mismo tiempo que sus lágrimas caían dejando puntos oscuros sobre esta. Esperó, como un milagro, que él, arrepentido  apareciera a buscarla. Pero eso nunca sucedió.

Pasaron días interminables sin que volviera a verlo. Él no se había disculpado por aquel comportamiento brutal. Sin embargo ella lo comprendía. Comprendía que Geum intentara impedir  que ella siguiera los pasos de su madre, pero a la vez no entendía por qué no se daba cuenta de que ella tenía una obligación moral hacia aquella mujer. Durante toda su vida, Geum se había visto obligado a compartir a su madre con un público tan ávido como desconocido, llegando a creer que ella se debía más a este que a él. Durante años había tenido que convivir con el asedio de  admiradores obsesivos, con las presiones de los productores y los chismes inescrupulosos en las revistas, sin poder hacer nada, debido a su corta edad. Pero ahora era un hombre y volvía a sentirse impotente ante la decisión de Olivia de repetir  aquella angustiante situación. Olivia era consciente de eso, pero ¡qué podía hacer! A Ani le debía su vida. Y si debía pagar un precio, este iba a tener que ser renunciar a Geum.

Cuando menos lo esperaba, se enteró de que Geum había decidido irse a vivir a las antípodas del mundo, al país de donde provenía su madre. Según palabras de Ani,  le había surgido una importante oportunidad laboral y por tal motivo había viajado de inmediato. Pero era difícil de creer. La verdad era que él había elegido por ella. Había decidido  apartarse de su camino creyendo que lo hacía para que ella pudiera brillar. Él no había entendido nada. A ella no le interesaba brillar en los escenarios; le interesaba más a su vida junto al  hombre que amaba. Ahora su destino había quedado fatalmente sellado: no iba a tener otra alternativa que continuar con la actuación.

Durante un tiempo todo siguió igual. Aunque no había tenido más contacto con Geum, sabía que se comunicaba a menudo con su madre. Pero nunca quiso participar de aquellos encuentros online como tiempo atrás. Y también evitaba que Ani intentara ponerla al tanto de su vida. De ese modo, durante lo que duró ese tiempo, la vida de Olivia se transformó en una rutina. Protagonizó un par de películas que le redituaron ganancias excepcionales, participó en fiestas y agasajos, pero su entusiasmo declinaba cada vez más. Su carrera iba en ascenso vertiginoso a la vez que su ánimo decaía sin pausa. En unos meses sería la entrega de premios a las producciones cinematográficas en los que ella estaba nominada como mejor actriz, y si bien sus dotes actorales la ayudaban a mostrarse feliz y con gran entusiasmo por su éxito, el alejamiento de Geum la destruía por dentro.

Se acercaba la fecha tan esperada por el público cinéfilo cuando de improviso Ani sufrió un repentino colapso de salud y falleció. Después de pasar un tiempo angustiada y sin saber qué rumbo dar a su vida, Olivia de pronto se dio cuenta de que ahora era libre para elegir. Entonces decidió que su carrera iba a tener un vuelco  definitivo: iba a renunciar a la actuación. Fue así que, en la ceremonia de entrega de premios, después de que rindiera homenaje a la desaparecida Ani Sun, Olivia recibió su premio y al mismo tiempo comunicó al público su voluntad de abandonar definitivamente esa profesión. Nunca supo que Geum, que había sido especialmente invitado a dicha ceremonia, había asistido a la misma sin darse a conocer y se había retirado rápidamente sin llegar a enterarse de la drástica decisión de Olivia.

Por voluntad de Ani sus cenizas fueron esparcidas en el parque de su mansión. Olivia creyó que Geum se haría presente al menos en aquel emotivo ritual, pero él no apareció. Tampoco asistió a la apertura del testamento ni a la firma del traspaso de los bienes, lo cual se realizó por parte de los escribanos de ambas partes. Geum no había interpuesto objeción alguna a que la mansión pasara  a manos de Olivia, así como gran parte del resto del patrimonio. De ahí en adelante Olivia comenzó a hacerse cargo de su vida, y lo más importante, de la vida que verdaderamente deseaba llevar.

Era una tarde de otoño cuando Geum detuvo su coche a media cuadra de la que antiguamente fuera su casa y fue a pie hasta aquel lugar. Había olvidado que aquellas  cuadras eran interminables debido al tamaño de los extensos padrones que ocupaba cada propiedad, por lo que se dijo que tal vez debería haber estacionado en la puerta.  Mientras caminaba despacio rememoraba aquellos escenarios que habían sido en el pasado tan emblemáticos para él y se dio cuenta de  que era la primera vez que recorría a pie aquella calle, ya que en otras épocas era el  chófer de su madre quien lo llevaba hasta adentro del predio y lo dejaba frente al mismísimo umbral de la mansión.

Al llegar al inmenso portón se quedó absorto observándolo como si lo descubriera por primera vez. Suspiró con emoción al ver que se conservaba igual a como lo recordaba. Parecía recientemente pintado, por lo que se alegró de su buen estado de conservación. A través de aquellas dos hojas de reja gigantescas adornadas con arabescos en la parte superior se podía contemplar aun el zigzagueante camino de balasto al final del cual se erigía aquella hermosa casona en la que había sido tan feliz. Respiró hondo y sus pulmones se llenaron con aquel aire cuyo olor característico, fruto de los pinos y eucaliptus que proliferaban en la zona pareció transportarlo tiempo atrás. Entonces bajó la cabeza y pensó que había sido mala idea ir hasta allá. Así que se dio media vuelta y se dispuso a volver al coche.

Justo en ese  instante, el guardia que lo estaba observando a través de los vidrios negros desde la caseta de vigilancia, salió y lo llamó.

—    Buenas tardes, señor. ¿Se le ofrece algo?

Geum volteó y lo miró fijo esperando tal vez reconocerlo. Pero era un completo desconocido. Aunque en ese momento no estaba de humor para entablar conversación con nadie, de todos modos entendió que era buena idea responderle amablemente.

—    No, gracias. Solo pasaba por aquí y me detuve a mirar.

—    Hizo bien —respondió el hombre. Y notando sus rasgos orientales, agregó—: ¿Es turista?

—    Supongo que sí —respondió con amargura Geum, dándose cuenta de que ya no pertenecía a aquel lugar.

—    Muchos turistas vienen a conocer la casa —continuó diciéndole el hombre, que por lo visto sí tenía ganas de hablar—. Pero lamentablemente no podemos dejarlos pasar. Es propiedad privada.

Geum esbozó una sonrisa forzada y amagó a irse. Pero el hombre parecía aburrido y feliz de tener a alguien con quien conversar. Por lo tanto, prosiguió.

—    Fue en su momento la casa de una actriz muy famosa: Ani Sun. Tal vez la haya  oído nombrar.

Si se daba a conocer era probable que la conversación no finalizara nunca, así que solo respondió con un movimiento negativo de su cabeza. Sin embargo, no le disgustó escuchar viejos relatos sobre su madre y se dijo que podía ser interesante escuchar un poco más.

—    La casa estuvo largo tiempo abandonada. Creo que por litigios de los herederos. Actualmente es propiedad de una fundación.

—    ¿Una fundación? —preguntó Geum, sorprendido. Eso significaba que Olivia ya no era la propietaria.

—    Sí —afirmó el hombre, orgulloso de darle esa información—. Es una fundación que se ocupa de acoger niños que han quedado huérfanos por efecto de las guerras en sus países.

En ese momento Geum vio que el hombre miraba para atrás suyo y entonces volteó para ver qué sucedía.

—    ¡Mire! —exclamó el hombre corriendo de inmediato a la caseta para accionar la apertura del portón—. Justamente ahí viene la directora en uno de los buses con parte de los niños que vuelven de estudiar.

Entonces Geum se hizo a un lado para que el bus estacionara frente al portón mientras se abrían lentamente las enormes hojas. Y cuando éste continuó su trayecto hacia adentro del extenso parque, lo siguió con la mirada. Pero cuando giró la vista para dirigirse a su automóvil, quedó paralizado. Olivia estaba ahí. Había descendido del bus con intención de dar directivas al guardia, pero al verlo  se había quedado ahí de pie, mirándolo incrédula.

—    ¡Geum! —exclamó ante el shock de la primera impresión. Y después continuó, eligiendo un trato protocolar—. ¿Qué haces aquí? Hace tiempo  que no nos vemos.

—    Nueve años —respondió inmediatamente él, como si los hubiera estado contando.

Se hizo un silencio incómodo, pero Olivia no quiso que él se sintiera mal.

—    ¿Quieres pasar? —dijo entonces, suponiendo que él no aceptaría.

Pero él aceptó, aunque asintiendo solo con la cabeza porque en la garganta se le había hecho un nudo.

Al pasar al lado de la caseta, el vigilante se asomó.

—    ¿Está todo bien, señora Olivia?

—    Sí, gracias Custodio. El señor es un viejo amigo.

Caminaron en silencio el trayecto hacia la casa por aquel camino por el que otrora solían jugar carreras o pasear de la mano después de hacer el amor. A cada paso, las piedritas chasqueaban bajo sus pies, y Geum se dio cuenta de que estaba caminando hacia el pasado. Cuando llegaron frente a la puerta, recién Olivia le habló.

—    Vas a notar que ha habido algunos cambios —le advirtió, dando por sentado que él había venido para controlar el estado de la casa—. Sin embargo, la esencia de la mansión se ha mantenido.

Al poner un pie dentro de la casa, Geum quedó impactado. Un enorme cuadro con la  figura de su madre presidía el gran salón, por lo cual no pudo evitar acercarse a él para admirarlo.

—    ¿Te gusta? —preguntó Olivia, con cierta desconfianza—. Lo hice pintar a partir de una de las fotos más lindas de Ani. El artista es un prestigioso pintor y como ves logró plasmar su imagen con absoluta fidelidad. No hay quien no quede fascinado al verlo.

Y, como al pasar, deslizó una frase que resumía lo que ella había sentido toda su vida por aquella mujer.

—    Nuestra madre era una persona maravillosa.

Al oír sus palabras, Geum solo asintió con la cabeza. Es que se había quedado pensativo  al ver que no eran fotos de Olivia las que ocupaban aquel lugar de privilegio. Siempre había querido creer que al aceptar ser una estrella del espectáculo Olivia iba movida por un afán egoísta de emular a su madre y convertirse ella también en una celebridad. A pesar de que ella siempre lo había negado, la ceguera de sus celos había impedido que escuchara la verdad. Recién ahora se daba cuenta de que había estado equivocado. Respiró hondo y dijo estar dispuesto a continuar la recorrida por la mansión.

En realidad, Olivia no sabía por qué Geum estaba ahí. Por eso, por las dudas de que viniera a plantearle algún asunto respecto a la tenencia de la casa, lo condujo en primer lugar a su despacho, el antiguo despacho de Ani. Una vez ahí, se sentó y lo invitó a tomar asiento frente a ella, disponiéndose a escuchar sus planteos. Pero en cambio, Geum se acercó al enorme ventanal.

—    Verás que hemos construido un ala al costado del antiguo pórtico —dijo Olivia acercándose también a la ventana e indicándole con la mano la nueva construcción—. Ahí están las nuevas habitaciones. Como podrás comprobar, eso no ha afectado la belleza del edificio, y a nosotros nos ha dado la posibilidad de alojar a los niños, que cada vez son más.

Geum observaba en silencio y escuchaba las palabras de ella con una mezcla de vergüenza y admiración. Olivia se había convertido en una mujer adulta que sabía lo que deseaba hacer con su vida, y en ese instante se sintió arrepentido de haberla tratado con desprecio en aquella oportunidad. Pero ya era tarde y no podía volver el tiempo atrás.

—    ¿Vas a quedarte algún tiempo? —preguntó Olivia, sacándolo de su concentración.

—    No —dijo, volteando hacia ella—. Bueno, en realidad no lo sé.

—    ¿Viajaste con tu esposa? —se animó a preguntar.

—    No —dijo, sonriendo apenas —. No tengo esposa. ¿Y tú? ¿Vives aquí con tu esposo?

Olivia lo miró largamente y él entonces se dio cuenta de lo absurdo de su  pregunta. Ella, al igual que él, nunca podría haberse vuelto a enamorar de alguien más.

—    No —respondió Olivia, desviando la mirada—. Estoy demasiado ocupada con los niños. Los niños son mi vida. Junto a ellos me siento bien. Y ellos son felices conmigo.

—    Olivia… —comenzó a decir Geum, apesadumbrado. Pero Olivia lo detuvo en seco por miedo a que sacara a relucir asuntos tristes del pasado.

—    ¿Quieres recorrer la propiedad? Me encantaría mostrarte cómo se encuentra actualmente.

Lo primero que le mostró fue el edificio nuevo, donde Geum pudo constatar lo agradable de las instalaciones. Las habitaciones estaban dispuestas para varios chicos cada una, con su propio baño y amplias ventanas hacia el jardín. Al pasar por los corredores,  se veían las puertas abiertas, y los chicos desde adentro los saludaban efusivamente. Otros correteaban por los pasillos o salían a su encuentro deteniendo a Olivia para contarle sus anécdotas. Algunos le preguntaban curiosos quién era aquel señor que la acompañaba y la abrazaban en señal de apoyo, yéndose rápidamente a continuar con sus juegos.

Al llegar al ala antigua del edificio, Olivia se preguntó si sería buena idea conducir a Geum hacia allá. Aquel era el lugar en donde habían vivido aquel amor apasionado, pero también el escenario de su ruptura dramáticamente aquella vez. Pero había pasado mucho tiempo y aquella vieja herida que suponía ya cicatrizada para ella podría ya haber cicatrizado también para él. Entonces se dirigió con él hacia allá.

Al caminar por aquel pórtico rodeado de columnas Geum sintió que le pesaban los pies. Con añoranza comenzó a revivir dentro de él aquellos momentos felices de su niñez y juventud y por un instante le pareció como si el tiempo se hubiera detenido.

—    Verás que en esta parte no ha habido ningún cambio —continuó Olivia con  orgullo—. Puedes ver que se conserva el gimnasio, así como el salón de ballet y más allá la sala de grabación, los cuales no se han eliminado, un poco por nostalgia por tratarse de la vida de Ani, y también porque algunos chicos han manifestado interés por dedicarse a la actuación.

Olivia hablaba y él la escuchaba en silencio porque no era capaz de responder con palabras a tanta emoción. Al llegar al extremo más alejado del parque, le mostró que en una esquina había otra nueva construcción.

—    Lo que ves allá —dijo, señalando con el dedo— es la enfermería. Un  «hospitalito», como a los niños les gusta decir. Ahí hacemos los primeros auxilios tanto a los chicos como a cualquiera de los integrantes del staff. Por supuesto, todos cuentan con un seguro médico que les permite atenderse en los mejores hospitales. Pero se sienten seguros cuando los atendemos acá.  

Una vez finalizada la recorrida por la planta baja, Olivia se imaginó que él iba a querer visitar la planta superior.

—    Tal vez te sorprendas —declaró, como si fuera a develarle un secreto mientras caminaban hacia allá—, pero tus habitaciones se conservan tal cual las dejaste. No quise que nadie las ocupara por si tú en algún momento deseabas regresar.

Geum creyó notar en las palabras de Olivia un dejo de amargura, tal vez la misma que él sintió al escucharlas. Olivia había dicho «por si en algún momento deseabas regresar» y se sobreentendía que era a la finca; sin embargo, era por si él deseara regresar a ella. Y eso fue, íntimamente lo que Geum eligió interpretar.

Sin decirle el motivo, Olivia no lo condujo a la planta alta por la escalera señorial de la entrada, sino por la escalera de servicio por la cual ella se escabullía cada noche para ir a su habitación. Y él aceptó sin saber que había sido sobre aquellos escalones alfombrados de rojo donde ella había caído agobiada llorado amargamente aquella noche ante su tajante rechazo.

Después de abrir la puerta con su llave, Olivia le dejó el camino libre y se apartó.

—    Te dejo solo —le dijo amablemente desde la puerta, tratando de que no se le  transparentara su turbación—. Puedes quedarte el tiempo que desees.

—    ¿Te importaría? —respondió Geum, intentando también disimular la suya.

Una vez que él estuvo dentro, Olivia con la cabeza gacha comenzó a caminar hacia  el extremo del corredor donde arrancaba aquella escalera alfombrada y comenzó a bajar lentamente. Sus pasos le hacían revivir lo que había sucedido aquella vez, solo que ahora las palabras de Geum ya no iban a lastimarla. Aquellos nueve años de ausencia podían haber oficiado como un colchón para amortiguar tanto dolor y en la película de su vida actual podía actuar haciéndose la fuerte, pero en la realidad y estando otra vez cerca de él volvía a sentir que se le oprimía el corazón.

Al salir al jardín miró hacia el cielo, inspiró profundamente el aire fresco y fue a sentarse en una de las bancas de cemento bajo una mata de arbustos altos con flores blancas y rosas, a esperar. De pronto la piel se le erizó porque se dio cuenta de que volvía a sentarse en aquella misma banca en la cual, al resguardo de aquellas mismas flores por primera vez se habían entregado a su amor. Como las hojas de un libro que se suceden   una a una, comenzaron a pasar por su mente aquellas instancias maravillosas vividas por ambos en aquel lugar. Su historia había comenzado una noche de verano. Primero habían sentido la proximidad de sus cuerpos inexpertos, indecisos y trémulos sentados sobre aquella banca sin hablar. Después habían sido sus manos que poco a poco se habían acercado hasta quedar unidas con los dedos entrelazados compartiendo su miedo y su calor. Y después, como un estallido bajo la luz de las estrellas, la fuerza de una pasión arrolladora convirtiéndolos en uno solo. Como un flash de su memoria vino a ella aquel frío de la piedra en su espalda desnuda mientras su cuerpo todo ardía de pasión. Aquel había sido el maravilloso comienzo de su historia. Después de su ruptura lo había esperado cada día en aquella banca con la esperanza de verlo aparecer, pero invariablemente se desilusionaba. Sonrió porque paradójicamente ahora él aparecería en apenas unos minutos.

Cuando finalmente Geum bajó, Olivia se puso inmediatamente de pie suponiendo que ya iría a retirarse. Pero para su sorpresa, él pareció tener otra intención. Lo miró brevemente y no pudo dejar de admirarse. Estaba igual, atractivo como siempre en aquel traje oscuro impecable. Traía las manos en los bolsillos del pantalón y sin quitarlas, tomó asiento tranquilamente en aquella banca, cruzando una pierna, y con un gesto amable la instó a que volviera a sentarse junto a él. Estuvieron así por unos segundos sin decirse nada y Olivia se preguntó si él para sus adentros también estaba rememorando «aquella vez». Geum permaneció durante un rato con la mirada perdida, como si estuviera intentando superponer en su mente el panorama que estaba viendo, con aquel otro que, desde la lejanía pugnaba por volver al primer plano. Por un instante, Olivia se dio cuenta de que estaban demasiado cerca y la piel se le erizó. Es que nunca lo había olvidado. Nunca había dejado de amarlo. Se sorprendió, porque estando nuevamente junto a él sentía que aquella herida en su corazón dejaba de sangrar automáticamente. Sin embargo, no sabía si para él sería lo mismo. Por eso no se animó a decirle nada y esperó a que él estuviera listo para hablar.

Después de un largo silencio, él pareció volver a la realidad.

—    ¿Sabes? —dijo, como si estuviera reflexionando en voz alta—, me imaginaba que ya no la encontraría.

Hizo un alto, como para calibrar sus próximas palabras y continuó:

—    Temía que perteneciera a otro y ya no me fuera posible recuperarla.

Y volviéndose hacia ella, dijo con un esbozo de sonrisa:

—    Me alegra mucho que no haya sido así.

En ese instante, Olivia no supo si Geum estaba hablando de la casa o de ella.

—    ¿Te quedas varios días? —preguntó entonces, de repente, como para cambiar de tema.

—    No lo sé —respondió Geum, mirándola con una rara expresión.

Caminaron hasta la puerta principal de la casa, donde se despidieron. Olivia sintió deseos de abrazarlo con fuerza y besarlo locamente, pero se mantuvo distante y solo atinó a extender su mano en señal de conciliación. Geum la apretó calurosamente, más calurosamente de lo que ella habría esperado, y se marchó. Ella se quedó ahí de pie, mirándolo alejarse entre aquellas dos filas de árboles frondosos hasta que el gran portón se cerró detrás de él.

—    ¿Es él? —escuchó que alguien murmuraba suspicazmente a sus espaldas.

Volteó para ver de quién se trataba, aunque no podía ser otra que Stella, su mano derecha y mejor amiga.

—    Sí —respondió sinceramente—. Pero no va a volver.

—    ¡Quién sabe! —respondió cautamente Stella—. Me pareció que esos ojitos rasgados te miraban con cariño.

—    ¡Hala, a trabajar! —solo acotó Olivia, sin poder evitar que de sus labios surgiera una sonrisa.

Al día siguiente se levantó pasado el mediodía. La presencia de Geum había trastocado todos sus esquemas y por eso no había podido pegar un ojo hasta entrada la mañana. La mayoría de los chicos estaba  en la escuela y los pocos que quedaban habían terminado de almorzar y se disponían para la siesta. Por eso, aprovechando el momento de calma fue hasta la cocina a prepararse un té. Las cocineras ya habían levantado las mesas y estaban en plena tarea de limpieza, por lo cual, con la taza en la mano fue a sentarse a la misma banca en la que había estado con Geum la tarde anterior.

No habrían pasado ni quince minutos cuando su móvil sonó.

—    Olivia, soy yo —escuchó que decía Geum, con una voz que a ella le pareció algo exaltada—. Quería saber si podríamos encontrarnos mañana para almorzar.

—    Sí —respondió Olivia, un poco aturdida por escuchar su voz y porque aún no acababa de despertarse—. Está bien.

El restorán no era de los más pomposos de la ciudad y se ubicaron en  una mesa en un rincón discreto donde nadie pudiera incomodarlos. Al contrario de lo que la gente podría suponer, Olivia no disfrutaba de la notoriedad, aunque de vez en cuando utilizaba su imagen para sacar algún rédito. No alardeaba de su posición económica aunque la herencia recibida de su madre adoptiva lo justificara. Pero su fortuna no era todo mérito de Ani; al haber estudiado durante un tiempo en la escuela de negocios, ella misma se había ocupado de capitalizar aún más aquel legado para solventar los gastos de su empresa monumental. Por eso su nombre era respetado tanto en el ambiente artístico como en el empresarial.

—    Olivia, como tú bien sabrás —comenzó diciendo Geum— hace varios años que vivo en otro país.

El corazón de Olivia comenzó a latir fuerte. ¡Cómo no saberlo! Lo había echado de menos todos y cada uno de los días después de que se fue. Al comienzo lo había odiado con todas sus fuerzas por haberla abandonado, pero con el paso del tiempo su odio se había ido suavizando hasta desaparecer. A pesar de que él se hubiera comportado con ella injustamente, conocía sus motivos: Geum la amaba demasiado como para perderla por su profesión.

La conversación venía desarrollándose de manera trivial, y Olivia se mantenía alerta, a la defensiva por si Geum fuera a plantearle un ajuste de cuentas relacionado con la parte de la herencia que él nunca había reclamado para sí. Sin embargo, a medida que esta fluía, su tono comenzó a hacerse más familiar.

—    Como sabes, soy médico. Lo era antes de irme y he podido escalar en esa profesión hasta convertirme en el director de un hospital. Ese hospital es mío junto con otros socios que son gente de mi familia y afortunadamente nos va muy bien.

Sí, claro. Ella sabía que Geum era un prestigioso médico en el país donde vivía, e incluso que dirigía un importante hospital, porque Ani se había ocupado de hacérselo saber, no bien él se había ido. Después, cuando Ani ya no estuvo, no había querido saber nada más de él. Geum, por su parte, aunque hubiera querido estar al corriente de ella a través de los chismes faranduleros, tampoco había querido enterarse de nada. Para ambos, aquel tiempo de separación había sido como un agujero negro. Como si al separarse en aquel infausto momento sus vidas hubieran sido puestas abruptamente en «stop» y ahora su reencuentro hubiera accionado nuevamente el «play».

Mientras lo escuchaba, Olivia miraba disimuladamente sus ojos. Era la misma mirada que tantas veces la había hecho suspirar. Aquel hombre no había cambiado en nada. Conservaba aquel físico atlético con el que la había abrazado mil veces envolviéndola en la pasión más arrolladora y su voz grave volvía a hablarle con aquella misma sensualidad con que le susurraba al oído tiempo atrás. Estando a su lado era como si nunca se hubiera separado de él, sin embargo esa podía ser la última vez que lo viera. Olivia escuchaba con atención sus palabras, aunque con cierta prevención por si volvieran a lastimarla. No obstante, no estaba precavida para lo que iba a escuchar.

—    El alejamiento ha sido duro —continuó relatándole Geum—. Afortunadamente  pude  contar con mi familia, a la cual poco conocía pero que enseguida me apoyó, y eso me hizo sobrellevar la soledad. Sin embargo, a pesar de ser el país de origen de mis padres, no ha sido nunca el mío.  Por eso he sentido la necesidad de volver acá.

Olivia abrió los ojos muy grandes cuando escuchó esto último.

—    Tal vez te parezca una mala decisión de mi parte, pero allá nada me retiene. Incluso si me mudara aquí, el hospital quedaría en manos de mis socios, en los que confío plenamente.

La conversación parecía tender a lo que ella temía, por eso él al notar su inquietud la tranquilizó.

—    No, no te inquietes —dijo, al observar la súbita expresión adusta de su rostro—. No he venido a pedirte nada que tenga que ver con los bienes que haya dejado mi madre. Simplemente tengo intenciones de volver a vivir en esta ciudad.

Olivia no respondió porque tenía que asimilar muy bien lo que acababa de escuchar. ¿Acaso él le estaba comunicando que tenía intenciones de volver a la mansión?

—    Es muy probable que compre una casa —aclaró—. Pero hay otro asunto que quisiera hablar contigo. Me ha entusiasmado el pequeño hospitalito que instalaste. Y me gustaría saber si estarías de acuerdo en que me ocupara de él. Tú misma sugeriste que con tantos niños puede ser dificultoso atenderlos cuando haya más de uno que requiera atención. ¿Qué dices? ¿Te parece una locura?

A Olivia lo que le parecía una locura era estar hablando frente a frente con él como si nada hubiera sucedido en el pasado. Todo lo demás le daba lo mismo. Había soñado con ese encuentro durante demasiado tiempo y ahora el sueño se estaba convirtiendo en realidad. Por eso le dijo que sí.

Como Olivia llevaba el apellido de su madre adoptiva, todos los chicos de la  mansión también se apellidaban Sun. Entre ellos estaba Stella Sun, la primera en ser adoptada por Olivia. Stella tenía quince años cuando llegó a la mansión. Igual que ella, procedía de una guerra absurda en la que sus padres habían muerto dejándola en la más absoluta desolación. Y Olivia, que en ese momento sufría otra desolación igualmente dura fruto del abandono de Geum y del fallecimiento prematuro de Ani, enseguida empatizó con ella.

Hacía tiempo que Stella le había manifestado a Olivia su deseo de dedicarse a la actuación, y ésta, recordando sus propios antecedentes, se había encargado de prepararla y patrocinarla del mismo modo que Ani había hecho con ella. La diferencia estaba en que a Stella sí le interesaba triunfar en el cine. Y trabajaba con empeño para conseguirlo. Con poco más de veinte años había concluido recientemente la filmación de una película en la que aparecía como actriz secundaria, y se rumoreaba que podría estar nominada en esa categoría para los premios que se entregarían el próximo mes. Iba a ser una ceremonia igual a las de todos los años, solo que en esa ocasión Olivia había sido invitada para entregar uno de los premios.

La presencia de Geum en la mansión todavía no se había concretado del todo y entre trámite y trámite Olivia se reunía con frecuencia  con él. Por eso sabía que había sido invitado a presenciar la ceremonia, ya que en ella se recordaría otro aniversario de la desaparición de Ani Sun. Eso le producía una sensación extraña, ya que podía sacudir  sentimientos que no deseaba remover.

Igual que en aquella vez, Geum se ubicó en la última fila de la sala, y Olivia desde detrás del escenario lo observaba. A pesar de haberse retirado de la actuación, Olivia continuaba siendo muy querida por el público, por eso cuando salió al escenario fue ovacionada a rabiar. Estaba deslumbrante con su vestido negro sobre el cual su característica melena peinada hacia un costado se esparcía sobre uno de sus hombros. Cuando comenzó a recordar la figura de Ani todo el teatro se puso de pie, y entonces Geum, igual que la otra vez aprovechó la algarabía general para escabullirse. Cuando cesaron los aplausos y el público volvió a tomar asiento, Olivia vio con desazón que Geum se había ido. Entonces toda su memoria se reeditó.

Manifestando motivos personales se disculpó por no asistir a la recepción que iba a tener lugar después de la ceremonia, tomó su coche y se fue a la mansión. Se sentía desolada, sorprendida por la reacción incomprensible de Geum. Y como era habitual en momentos de tristeza, corrió a buscar consuelo a la que otrora fuera la habitación de Ani. Estuvo ahí un rato sentada en el piso junto a su cama, como si en ésta aun estuviera su madre calmándola y aconsejándola como solía hacer. Después fue a pararse frente a la ventana a observar el parque, que en la  quietud de la noche  parecía inmerso en un aura especial. Los chicos dormían y el entorno mostraba una mansa placidez. De pronto se sorprendió al ver luz en la habitación de Geum. Era improbable que Geum estuviera ahí, aunque la mansión nunca había estado cerrada para él.

Cuando abrió la puerta de la habitación se sobresaltó. Geum estaba ahí, igual que en aquella ocasión, tirado boca arriba sobre la cama y mirando el cielorraso. Por un instante dudó de su percepción y se preguntó si sería acaso un fantasma, una alucinación fruto de su alma atormentada. Entonces, fue acercándose lentamente. Pero no. Él era real. Antes de que ella pudiera tocarlo, Geum se incorporó y tomando un hermoso ramo de flores que tenía a su costado se lo ofreció, junto a un pequeño estuche.

—    Olivia —comenzó a decirle con franqueza—: no creo poder llegar a resarcirte en esta vida de todo lo mal que te traté.

—    Geum, yo…—intentó decir ella, pero él la interrumpió.

—    Siempre creí que te amaba de verdad, pero me di cuenta demasiado tarde de que estaba equivocado. Creía que mi amor hacia ti consistía en obligarte a estar conmigo, a renunciar a tus sueños para hacer los míos realidad. En mi egoísmo quise creer que estabas empeñada en convertirte en «alguien» a costa de mi madre. No fui capaz de darme cuenta de que tú ya eras alguien, alguien maravilloso, fiel a tus propios principios con fuerza y convicción.

Se detuvo un instante para continuar.

—    Aquella noche me comporté como un imbécil y nunca me lo voy a perdonar. Hizo falta que tomara distancia para que la perspectiva me hiciera ver las cosas con claridad. Ahora sé que fue mi miedo de perderte, de volver a estar solo como en mi niñez, miedo de que, al igual que mi madre, tú tampoco quisieras quedarte a mi lado. Pero a pesar de eso, el mayor de mis miedos siempre fue no volver a estar contigo nunca más.

Olivia sintió que le flaqueaban las piernas cuando él la miró con aquella mirada que ella tanto conocía: la mirada de su amor.

—    Sé que no voy a poder borrar todo lo que te hice sufrir aquella noche, pero en este momento estoy intentando revivir aquel momento para darle un distinto final.

Ella no pudo decir nada. Ella tampoco había podido dejar de amarlo. Habían sido años de tristeza, de sufrimiento y de espera. Y finalmente él estaba ahí.

La lluvia había cesado. Los grises nubarrones comenzaban lentamente a dispersarse  abriendo el telón a un cielo completamente azul. Todavía permanecían en el parque unas cuantas sillas blancas que, debido al fuerte aguacero de los últimos días no habían podido ser retiradas y puestas a resguardo. Algunas guirnaldas de luces se habían desprendido y colgaban hechas jirones de las ramas de los frondosos árboles. No obstante, en la mansión reinaba al fin la paz.

Sentada en una poltrona junto a la estufa a leña del enorme salón, al lado de Stella y de varios de los chicos, Olivia leía en voz alta la reseña de una de las páginas de chismes más populares del país:

—    «Recientemente tuvo lugar la boda de la actriz Olivia Sun con el hijo de la recordada Ani Sun. La ceremonia se llevó a cabo en los jardines de la mansión de la actriz, con la asistencia de un reducido grupo de invitados, entre los que se contaban varios integrantes de la familia de la señora Ani, venidos de su país a propósito para el evento. […..] Uno de los momentos más emotivos fue cuando un grupo de niños asomados al balcón del primer piso entonaron una hermosa canción de amor. [……] Olivia y Geum Sun dirigen actualmente uno de los hogares de acogida más importantes del mundo, que de ahora en adelante pasará a llamarse “Mansión del Sol”».

Olivia se detuvo por un segundo para escuchar los aplausos y observar las caras de felicidad de quienes la rodeaban, y prosiguió la lectura:

—    «A la actriz Stella Sun, recientemente galardonada, se la vio muy a gusto al lado de uno de los parientes más jóvenes de Ani. ¿Estaremos ante las puertas de un romance?»

—    ¿Lo crees? —interrumpió Stella, sonrojada.

—    Decididamente sí —respondió Olivia—. Aquellos ojitos rasgados no dejaban de mirarte.

Asomado a uno de los ventanales, Geum sonreía complacido al tiempo que contemplaba la trayectoria de un sol brillante que comenzaba a iluminar aquel maravilloso parque. Era Ani, que desde lo alto del cielo los bendecía con su luz eterna.