Melodía para dos pianos
Nora Sisto
Era la primera vez que Franca Heller acudía a aquella academia de música. Había aprendido a tocar el piano desde muy niña, a instancias de su madre que la había alentado no bien atisbó en ella su temprana vocación. Había comenzado a hacer sus chapucerías en el gran piano que presidía como un mastodonte de madera lustrada, la sala familiar. Desde aquel entonces sentía a aquel vetusto instrumento como su amigo, como un compañero de viaje sobre cuyo teclado cómplice descargaba sus alegrías y tristezas al son de melodías inventadas por ella o leídas de partituras que conservaba su madre desde su época de juventud. Ahora, a sus dieciocho años era la primera oportunidad que tenía de asistir a un prestigioso lugar como aquel para disciplinar y perfeccionar su técnica.
Para eso había tenido que pasar previamente por una estricta selección, en la cual un jurado formado por eximios profesores y algunos de los más reconocidos concertistas del país filtraban a los aspirantes. Estaba orgullosa porque era ella quien había obtenido el puntaje mayor. Ahora iba a ser el momento de demostrar al mundo su valía. Por supuesto, la música le encantaba pero también le provocaba ilusión ese importante paso. Sabía que a partir de ese momento podía abrírsele un gran futuro. Sin embargo, no eran los teatros repletos de público ni las luces de las marquesinas lo que la motivaba, sino el sentimiento que la embargaba al tocar.
Una vez comenzados los cursos, pasó unos meses bajo la tutela de una instructora personal, al lado de la cual practicaba intensivamente varias horas al día. Pero esta no era su única referente. Para completar su capacitación también rotaban, haciendo las veces de espectadores, algunos concertistas consolidados del medio, los cuales comunicaban por escrito a la instructora su opinión acerca de los avances constatados. Entre ellos era asiduo Fabro Czerny, un reconocido pianista, heredero de un linaje de músicos con una extensa trayectoria de éxitos en la escena local e internacional.
Fabro Czerny era conocido no solo por su virtuosismo inigualable, sino por su figura peculiar. De mediana estatura, con su cabello negro prolijamente recortado, su vestimenta invariablemente formal y su mirada esquiva cuya intensidad solo parecía comulgar con las teclas del piano, provocaba sentimientos encontrados, entre el temor y la adoración. Fabro no solo era un gran concertista. Para él, la música no era una soberbia disciplina artística: era su vida, y nadie como él ponía tanta vehemencia al exigir la perfección. Su rigurosidad y su exigencia eran implacables, aun así Franca creía percibir bajo aquella apariencia intimidante algo más profundo, un sentimiento oculto que lo motivaba y que traspasaba aquella superficie de frialdad. Por eso, cuando Fabro era su espectador, Franca ejecutaba sus piezas como los dioses, transmitiéndole a través de estas una mágica y secreta energía que él recibía ávidamente en su interior.
Las clases le insumían gran parte del día. Eran generalmente en el mismo lugar, una sala pequeña equipada con una biblioteca repleta de partituras y un clásico piano de estudio en el que practicaba una tras otra piezas clásicas, algunas sencillas y otras de difícil ejecución. Pero en el conservatorio existía además una gran sala en la cual se daban ocasionalmente conciertos de práctica y se rendían los exámenes finales frente un público reducido, formado generalmente por profesores y estudiantes de la institución. Dicha sala estaba presidida por un importante piano de cola, negro y brillante que imponía su majestuosidad desde una tarima elevada apenas un escalón sobre el piso de reluciente parqué. Todo el conjunto parecía dotado de una mística fascinante, y era allí donde Franca se escabullía muchas veces para dar rienda suelta a su creatividad. En aquel piano maravilloso improvisaba frescas melodías que parecían brotar imparables de sus prodigiosos dedos, y más de una vez quienes pasaban por allí se detenían para oírlas. Algunos al finalizar la aplaudían con simpatía desde la puerta y continuaban su camino. Pero quien se quedaba escuchándola oculto en la penumbra del corredor era Fabro. Es que ella no tocaba el piano para que sus notas sonaran perfectas e impecables; ella acariciaba aquellas teclas para que su sonido abrazara el alma.
Franca sentía que entre ella y Fabro existía una conexión especial. Algo no manifiesto pero estremecedor, que la desasosegaba cada vez que estaba en su presencia. Todo había comenzado con un hecho fortuito durante una sesión de entrenamiento. A él se le había ocurrido sentarse a su lado y ejecutar una pieza a cuatro manos. Estaba saliendo todo perfecto, hasta que en determinado momento, la mano izquierda de Franca rozó sin querer la mano derecha de él. Fue apenas un segundo, pero se sintió como descarga eléctrica que los hubiera fulminado a los dos. Ante eso, él había quitado bruscamente sus manos del teclado y, sin mediar palabra se había levantado de la butaca, marchándose del lugar. Durante los días siguientes Franca no lo había vuelto a ver, y se preguntaba si se habría molestado por su torpe desempeño. Aunque podía haber sido otra cosa la que hubiera suscitado su brusca reacción, porque así como ella conservaba en su mano aquella sensación extraña que la había conmovido, tal vez a él lo había conmovido por igual.
En poco tiempo, Franca había alcanzado un alto nivel interpretativo e iba en ascenso. A diferencia de otros alumnos del conservatorio, este no radicaba en la práctica asidua y rigurosa, sino en sus condiciones naturales. Al igual que su nombre, Franca era espontánea y sincera, y se destacaba más por disfrutar de cada pieza que tocaba magistralmente, que por su esfuerzo perfeccionista. Y como si fuera poco, su belleza y su humildad de verdadera artista la diferenciaban notoriamente del resto. Vale decir que, en poco tiempo se había convertido en la discípula más aventajada y prometedora del conservatorio aquel.
Por eso, un día su profesora la invitó a participar de un evento social y ella, entusiasmada, enseguida aceptó la invitación. Se trataba de la despedida de uno de los concertistas allegados al instituto, que se retiraba de la actividad profesional dado su avanzada edad. La recepción iba a llevarse a cabo en el local de la academia, en el mismo salón de conciertos en el cual ella acostumbraba incursionar, y estaban invitados los allegados al conservatorio y otras personalidades del ambiente de la música. Y como era lógico, Czerny iba a estar ahí.
Habían pasado muchos días desde aquel confuso suceso, y desde entonces no lo había vuelto a ver. Se preguntaba cómo él reaccionaría al volver a encontrarse con ella. Tal vez la trataría con naturalidad, como si nada hubiera pasado, dado que aquel roce podía ser altamente probable al realizar aquella actividad. O acaso la destrataría por considerar que había sido un error imperdonable de su parte. Por eso iba preparada. Si él le imputaba su torpeza, ella podría achacarle el error a él. Pero lo que nunca iba a poder decirle era que aquel contacto había significado un quiebre en la relación entre ambos y que, por lo menos para ella, no estaba siendo sencillo de procesar.
Pero sus dudas en cierta forma se disiparon porque no hubo oportunidad de acercamiento entre ambos. Mezclados entre los asistentes, se vieron de lejos pero sus miradas no se llegaron a cruzar. Él se veía muy elegante con su característico traje oscuro, y ella muy atractiva con su largo cabello recogido en una coleta que caía sobre la espalda escotada de su vaporoso vestido azul. La recepción había sido excelente, e incluso algunos habían bebido de más. Franca había tratado de mantenerse lejos de Fabro, aunque disimuladamente no lo perdía de vista y él no se le había acercado ni siquiera para saludar. Por su apariencia altanera y poco afable, muchos lo tenían por engreído, y debido a eso eran contadas las personas que tenían un trato amistoso con él. Pero su presunta altanería era en realidad la expresión de una fobia: por su intransigencia respecto a la perfección profesional no podía evitar apartarse de quienes no cumplieran con sus estándares. No obstante, su distanciamiento de Franca no se debía a ese motivo, sino a un motivo personal. Es que había sido inadvertidamente encendido por aquella chica, y su única respuesta estaba siendo evitar acercarse al fuego abrasador.
Ya sobre el final del evento, la mayoría de los invitados se había retirado y quedaban solo los más allegados a la academia. Como el ambiente se había tornado más familiar, se suscitó un insólito desafío: una contienda para ver quién de ellos interpretaba mejor el mismo pasaje de una pieza sumamente difícil de ejecutar. Aunque Franca se sabía capaz de hacerlo, nunca se habría atrevido a competir contra aquellos «monstruos», por eso se retiró a un rincón de la sala, intentando pasar inadvertida y observar la contienda desde allá. Pero cuando menos lo esperaba, Czerny la señaló, y dirigiéndose a ella la instó a ser la primera en tocar. Ante esto se inquietó, pero no porque él la eligiera sino porque era la primera vez en toda la noche que él revelaba haberse percatado de su presencia. El tono autoritario de su voz la sobrecogió y no quiso mirarlo a los ojos por miedo a sonrojarse. Él posiblemente la estaba castigando por haber tocado por error su mano, pero en realidad la estaba castigando por haber entrado sin permiso dentro de él y haber tocado intencionalmente su alma.
— No sé por qué quiere que la ejecute yo, si usted lo hace mucho mejor —protestó ingenuamente, ya sentada al piano.
— No es un pedido sino una orden. Quiero que lo hagas tú —fue lo único que él le respondió, y dándose media vuelta, se alejó unos pasos.
Por supuesto, a la vista de todos iba a ser un desaire si se negaba. Pero en realidad no podía negarse por otra razón. Algo en su manera de interpelarla hacía que le obedeciera ciegamente. Ahora ella le pertenecía, y ella entendía que él era su dueño. Su música y ella misma lo trastornaban, y aquel comportamiento autoritario hacia ella era apenas su tosca manera de rogarle, de suplicarle, de expresarle su deseo irrefrenable de hacerlas suyas a ambas, una y otra vez. Por eso, al enfrentarse al teclado sintió por un segundo que las manos le temblaban. Pero no porque tuviera temor a pasar vergüenza frente a los presentes. Es que no iba a tocar para ellos; iba a tocar para él. Iba a desnudarse ante él, y él iba a comprenderlo todo.
Una vez que comenzó, deseaba finalizar cuanto antes. Sus eventuales competidores rodeaban el hermoso piano de cola y la observaban en respetuoso silencio con sonrisas de aprobación, esperando a su vez su turno para continuar el desafío. Como no podía quitar la vista del teclado, apenas podía mirar a su alrededor para comprobar si Fabro la observaba. A la par que sus dedos volaban impetuosamente sobre el teclado, su corazón latía descontrolado y su mente explotaba pensando en él. Fabro Czerny era un enigma. A veces era paciente y amable, y otras obsesivo y dominador. Y ella deseaba fervientemente encontrar la clave del pentagrama de su vida para escribir su mejor melodía sobre él. En los corrillos se rumoreaba que había estado casado y que su matrimonio había fracasado por su alta dedicación a su carrera profesional. Pero él se mantenía hermético en cuanto a su vida personal y nadie osaba preguntarle. Aparentaba ser inmune a cualquier emoción, aunque ella creía atisbar en sus ojos una chispa de pasión cuando él escuchaba su música.
Por un instante temió que se hubiera ido antes de que finalizara, y se decepcionó. Él era así de impredecible. Cuando llegó al último acorde la distrajeron los aplausos de sus compañeros, aunque esto sirvió para que pudiera mirar a su alrededor. Entonces lo vio. Contrariamente a lo que había temido, él estaba aún ahí, recostado contra una pared, mirándola extasiado. Pero cuando se levantó de la butaca para dejar el lugar a otro de los pianistas y volvió a mirar hacia donde él estaba, ahora sí se había ido.
Con el paso del tiempo, Franca comenzó a tener sus primeras actuaciones en público. Inicialmente se trataba de participaciones en orquestas del medio, en las que actuaba como una más del staff. No obstante, gracias a sus cualidades artísticas y a un inteligente trabajo promocional de la academia, se despegó rápidamente del resto. Se estaba volviendo cada vez más independiente, aunque por agradecimiento se mantenía apegada a aquel conservatorio que la había hecho crecer. Al mismo tiempo, su afecto hacia Fabro crecía en silencio. A pesar de que este parecía mantenerse reacio a involucrarse sentimentalmente con nadie, ella captaba su comportamiento ambiguo, ya que en muchas ocasiones sus actitudes reflejaban algo más que el simple interés de un profesor en hacer de su alumna una descollante profesional. Y esto la confundía.
Cierto día, en la academia se corrió la voz de que una reconocida orquesta extranjera buscaba un solista de piano con cierta trayectoria, para un concierto muy importante. En seguida, todos pensaron que Czerny era el candidato natural para ese puesto, dado que sobraban motivos para que lo eligieran. Pero sorpresivamente no fue así. Fue él mismo quien postuló a Franca Heller.
— No creo estar calificada —expresó ella al enterarse—. Lo más lógico sería que fuera usted quien ocupara ese lugar.
— No tienes idea de lo que dices, muchacha —replicó tajantemente Fabro, sin dejarle margen para continuar la conversación—. Si yo digo que estás calificada, es que lo estás.
El peso del espectáculo y su compromiso con el conservatorio la hicieron recapacitar. La palabra de Fabro había sido contundente y por eso temía desobedecer. Ella era apenas una principiante desconocida al lado de aquella figura de peso como era Fabro Czerny, por eso dudaba qué decisión tomar. Ella estaba orgullosa de que él se interesara en promoverla, aunque le entristecía que para él fuera más importante desarrollar su carrera artística que aceptarla en su vida como mujer. De todos modos, dar aquel paso podía constituir para su profesión un escalón fundamental y por otra parte, un cambio de ambiente y una nueva actividad podrían ser útiles para distraerla de sus cuitas sentimentales. Entonces aceptó.
Tal como se esperaba, el primer concierto fue todo un éxito. Sus contratistas habían quedado muy conformes y había recibido felicitaciones no solo de ellos sino de la crítica y del público en general. Pero el peso de la responsabilidad por el espectáculo y el estrés por dar lo mejor de sí la habían agotado. Así que, después de probar apenas un bocado del rico menú que le habían enviado a la habitación como cena, se aprontaba para meterse en la cama y descansar. Pero su cabeza hervía de desconcierto. Había viajado sola y con grandes expectativas a aquella ciudad totalmente desconocida para ella, se había alojado en un lindo hotel y comenzaba a ser reconocida por un público nuevo y con todo eso había esperado alcanzar su independencia personal y profesional, y sobre todo haberse despegado al fin de la figura avasallante de Fabro. Sin embargo se engañaba. Porque al regresar al hotel se había enterado de que Fabro había ido a verla y justamente estaba alojado en ese mismo hotel.
Eran las cuatro de la madrugada y continuaba dando vueltas en su habitación. La actitud de Fabro era incomprensible y ella no podía dejar las cosas sin aclarar. Así que sin pensarlo dos veces bajó a la recepción a averiguar cuál era su habitación y fue decidida a enfrentarlo.
Él pareció estar esperándola, porque todavía llevaba la misma ropa con la que había asistido al concierto y al verla no pareció sorprenderse.
— ¿A qué viniste? —le increpó Franca, con rudeza.
Fabro no dijo nada y tampoco se movió. Solo respondió con una media sonrisa al constatar que había dejado de tratarlo de «usted». Ella esperaba que le respondiera sinceramente, pero él no habló. De todos modos, era ella quien tenía mucho para decir.
— ¿Viniste a supervisar mi actuación? —exclamó, con amargura—. Entonces estarás satisfecho y supongo que esperas que te lo agradezca ¿no es así? Al fin y al cabo estoy aquí gracias a ti.
Él la miraba callado, con la misma expresión inalterable de siempre y ella interpretaba su actitud como falta de interés, pero lo que él estaba haciendo era contener sus ganas locas de estar con ella.
— ¡No sabes cuánto te odio! —casi gritó Franca, en un exabrupto—. ¿Sabes por qué te odio? Porque no soy nada para ti.
Él la miró frunciendo el entrecejo y negó varias veces sus afirmaciones con un gesto de su cabeza. La escuchaba henchido de emoción, porque sabía que aquel inmenso odio que ella decía profesarle era en realidad inmenso amor. Pero no se sentía listo para corresponderle.
— Te odio porque me engañaste —prosiguió, con amargura—. Con tu actitud me hiciste creer que te interesaba y me ilusioné pensando que podía llegar a interesarte como mujer, pero no era cierto. Nunca te interesé como mujer, ni siquiera como persona; era solo mi música lo que te interesaba, no yo.
Lo miró encolerizada, esperando que él lo reconociera, pero él desvió la mirada. De no hacerlo no habría podido evitar abalanzarse sobre ella y besarla con pasión. Entonces ella continuó:
— No creas que no estoy al tanto de tus lamentables manipulaciones —declaró, intentando parecer más calmada—. Sé que no aceptaste un contrato fabuloso y curiosamente he sido yo la beneficiada, en tu lugar. Reconozco que ha sido un empujón invalorable para mi carrera y te estoy agradecida. Pero nunca me preguntaste qué era lo que yo verdaderamente deseaba.
Él la miró como si hubiera sido finalmente atrapado en su juego y rompió el silencio.
— Siempre he sabido lo que deseabas. Pero no podía ser —dijo, ambiguamente.
— ¿Por qué no? —exclamó exaltada, entendiendo perfectamente el sentido de sus palabras—. ¿Acaso siempre fui poco para ti? ¿Una pobre muchacha aspirante al amor de un genio?
Ella se merecía mucho más de lo que él en aquel momento podía darle. Él no había encontrado aún la forma de ofrecerle otra cosa que no fuera su excelencia profesional. Ya había fracasado antes por no haber sabido anteponer a esta su vida de hombre. Por eso se deprimía en silencio.
Al borde de las lágrimas, Franca tragó saliva para continuar:
— Fabro, siempre te he amado. Sé que lo sabes bien —prosiguió, con un nudo en la garganta—. Te he amado desde que te conocí. Pero como hombre, no como pianista ni como mentor. Y si intenté con todas mis fuerzas estar a tu altura no fue para cosechar éxitos o aplausos a costa tuya, sino para que te fijaras en mí como mujer.
Se hizo un silencio, al cabo del cual él quiso sincerarse.
— Yo también te he amado siempre —se aventuró a decir, esperando de alguna forma justificarse, aunque sabía que ella no iba a creerle.
— No, Fabro —respondió Franca, porque ese amargo corolario era lo que ella había podido deducir de su actitud—. Estás equivocado. Tú siempre estuviste enamorado de mi música. No de mí. Y mi triunfo no es mío sino tuyo. Aunque tú tampoco has triunfado. Ha sido tu ego el que ha triunfado como siempre, no tú.
Fabro la miró sin poder responder. Era cierto que él la había alejado de su vida. Pero no por orgullo, sino por miedo. Él había vivido para su música y tenía su vida organizada a su alrededor. Al conocer a Franca, aquel mundo estructurado se le había derrumbado. Y para protegerse había intentado mantener distancia para poder procesar la situación. Primero había querido suponer que ella se acercaba a él para crecer a su sombra y gracias a eso podía tratarla con displicencia. Más tarde, rendido a su virtuosismo había creído estar enamorado de su música, por lo cual su mejor idea había sido canalizar su sentimiento llevándola a ser una gran profesional. Pero cuando se dio cuenta de que era de ella de quien en verdad se había enamorado se aterrorizó y no supo cómo gestionar sus sentimientos. Por eso la alejó. Él no había rechazado su amor; simplemente había intentado torpemente sublimarlo.
Pero Franca estaba demasiado dolida como para escuchar ninguna otra palabra de consuelo de su parte y por eso, sin esperar su respuesta, se marchó.
Tanto había sido su lucimiento en aquel primer concierto, que los organizadores le propusieron continuar trabajando con ellos. Y eso sumado a su decepción amorosa hizo que decidiera radicarse por un tiempo en aquel lugar. No iba a estar lejos de su tierra natal y de la casa de sus padres pero allí iba a estar lo suficientemente alejada de Fabro como para desapegarse de él. El contrato era en principio por dos años. Pero a pesar de estar decidida a vivir en aquella ciudad, no alquiló un departamento sino que, por si acaso se arrepintiera, prefirió continuar alojándose en aquel hotel.
Pero no se arrepintió. Con el paso del tiempo logró aclimatarse soberbiamente a aquel nuevo escenario, hacer nuevos amigos y conocer excelentes colegas, así como afianzarse definitivamente en aquel interesante nicho laboral. Aun así, en lo profundo de su corazón la angustiaba lo imposible de su amor por Fabro, pero esto, más que deprimirla parecía potenciar la pasión que depositaba sobre las teclas del piano al actuar. De ahí que la emoción que transmitían sus interpretaciones fuera cada vez más intensa e imposible de igualar.
Franca, ajena a las elucubraciones de Fabro, tocaba el piano por puro placer y no le preocupaba si eso podría llevarla o no a una carrera de éxitos. La belleza de su música se unía a su belleza física, convirtiéndola así en una atractiva mujer. Por eso, los chicos no cesaban de intentar conquistarla. Uno de ellos era Edwin, un antiguo compañero de colegio con el que se había reencontrado por casualidad en esa ciudad, y con el cual había salido en un par de oportunidades. El chico era muy mono y además sumamente atencioso, por lo que creía que tarde o temprano podría llegar a enamorarse de él. Pero por más que pudiera tener junto a él un ameno presente y la pasaran bien yendo de aquí para allá, nunca tendría un futuro. Porque Edwin no era Fabro.
Ese día era su cumpleaños número veintiuno, y ajeno a esto Edwin la había invitado, como habitualmente, a salir. Iban a cenar en un restorán de moda y luego a bailar. Franca no creía que ameritara informarle a Edwin del significado de esa fecha, pero iba a vivirlo en lo íntimo de su corazón como si lo festejara junto a su gran amor. Por eso, para la ocasión se había vestido con un vestido blanco de falda tubo, sin tirantes, que estilizaba su figura más de lo habitual y unos tacones rojos muy altos. Su cabellera caía suelta sobre sus hombros desnudos, lo que le adicionaba una inusual sensualidad. Pero ella no se acicalaba para Edwin; lo hacía secretamente para Fabro, por si acaso en algún momento fuera a toparse con él. Nunca se le ocurrió que esa noche, precisamente en ese restorán iba a encontrarlo.
Cuando Franca y Edwin irrumpieron en el local, muchas miradas recalaron sobre ella. Y en especial la de Fabro, que ocupaba una mesa con un grupo de amigos y quedó cortado cuando la vio.
— Ahí está tu pupila —le dijo uno de ellos, jocosamente en voz baja, al verlo estupefacto—. Parece que alguien se la apropió.
Fabro contuvo la respiración porque en ese momento no fue capaz de emitir una sola palabra.
— ¡Allá ella! —exclamó al fin, intentando quitarle mérito. Y murmuró, como para sí mismo—: No creo que le dure mucho.
— Pues el chico es apuesto y parece muy interesado —mencionó otro.
Franca, sorprendida al verlo casi pierde el equilibrio y tuvo que aferrarse fuerte al brazo de Edwin para avanzar. Pasado aquel sobresalto, fingió no haberse percatado de su presencia, aunque sí llegó a captar su mirada de desaprobación. Pero su resentimiento hacia él era inmenso. Por eso, para inquietarlo convenció a Edwin de ubicarse en una mesa en un rincón apartado y se sentó de espaldas a donde él estaba para que pudiera mirarla sin tener que mirarlo ella a él. Aun así, durante todo el rato que duró la cena, tuvo varias veces la tentación de voltear hacia donde él estaba, pero no lo hizo. Le costaba creer que él estuviera en aquel lugar lejos de su país y se preguntaba a qué había ido. Cuando finalizaron la cena, y ella y Edwin se pusieron de pie para ir hacia la salida creyó que iba a verlo otra vez, pero constató con desilusión que ya se había ido.
De vuelta en la habitación del hotel, se quitó los tacones, aunque no el hermoso vestido. De ese modo se imaginaba retener sobre su cuerpo la mirada furtiva de Fabro. Ese era un día especial para ella, y fantaseaba con aquel encuentro casual. Le mordía la curiosidad por saber qué estaba haciendo él en aquella ciudad lejos de su casa, pero no pensaba enfrentarlo como la última vez. Después de darle mil vueltas intentando justificar por una vía lógica el haber coincidido con él en aquel restorán, finalmente lo atribuyó a un inesperado regalo del destino, ya que no había forma de que él lo hubiera podido planear. Recostada sobre el marco de su ventana miraba lánguidamente a través de los cristales el cielo estrellado mientras suspiraba recordando una y otra vez lo ocurrido horas antes. Había despachado educadamente a Edwin, porque se le habían ido las ganas de salir a bailar. Y sabía que no iba a poder dormir en toda la noche.
De pronto escuchó que alguien golpeaba con los nudillos a la puerta de su habitación. Si era Edwin intentando hacerla cambiar de opinión, iba a tener que volver a despacharlo. Por eso abrió con cautela.
— ¿Señora Franca Heller? —preguntó sonriente el botones, al quedar cara a cara con ella.
— Sí —respondió, con inquietud.
— ¡Perfecto! —exclamó el muchacho, confirmando que había encontrado a la persona que buscaba—. Tengo un paquete para usted.
— Pero yo no he ordenado nada. —respondió Franca, segura de lo que decía—. Tal vez sea una equivocación.
— Pero la señora Franca es usted, ¿no es así? Digo, es la pianista, ¿no? —reiteró el muchacho intentando justificar que no se trataba de una confusión.
— Sí, lo soy.
— Perfecto. Aquí tiene —dijo, satisfecho, poniendo el paquete en sus manos y retirándose rápidamente.
Miró el paquete sin apurarse a abrirlo y suspiró profundamente. Con Edwin había pasado un rato agradable, pero nada más. No eran novios ni había entre ellos tanta confianza como para confiarle los detalles de su vida. Por eso era improbable que supiera que ese día era su cumpleaños. Por otra parte, no tenía intención de involucrarse con él. Menos ahora, después de haber visto a Fabro. Por eso, se dijo que aceptar un regalo de él iba a ser asumir un compromiso que no deseaba, y lo más adecuado iba a ser devolvérselo sin abrir. Pero aun así, este despertó su curiosidad.
El paquete era pequeño y venía acompañado por un sobre cerrado dentro del cual habría seguramente una nota explicando el motivo, pero no quiso leerla hasta ver qué contenía el paquete en cuestión. Después de mirarlo desde todos los ángulos para intentar anticipar su contenido, llegó a la conclusión de que por su tamaño podría tratarse de un anillo. Entonces se decidió a abrirlo, porque si Edwin le enviaba un anillo se lo devolvería sin más. Ella no estaba dispuesta a asumir un compromiso. No con él.
Pero cuando lo abrió, su corazón dio un vuelco. Era un pequeño dije de oro con la forma de nota musical. Entonces inmediatamente abrió el sobre. La tarjeta decía, escuetamente: «Feliz cumpleaños». Y más abajo, con letra un poco más chica firmaba: «F. C.». Un escalofrío corrió por su espalda y sintió que se le erizaba la piel. El regalo no era de Edwin. Era de Fabro Czerny. Exaltada, se calzó apuradamente unas zapatillas deportivas que estaban junto a la cama y salió corriendo de la habitación. Al llegar al mostrador de la entrada fue directamente hacia el chico que le había entregado el paquete y le preguntó quién se lo había entregado a él. El muchacho le dijo que había sido un hombre vestido de traje oscuro. No le había dicho su nombre, pero su rostro le pareció familiar por haberse alojado allí antes. No cabía duda: era Fabro. Desencajada, corrió frenéticamente hacia uno y otro lado del lujoso hall con la esperanza de que estuviera allí esperándola, pero no fue así. Entonces salió agitada a la calle a buscarlo. Pero la gente pasaba indolente hacia uno y otro lado, y tampoco lo halló.
Por fin, abatida, bajó la cabeza y entró otra vez al hotel. No llegó a ver las pupilas dilatadas de Fabro que, desde el asiento trasero del taxi estacionado en la vereda de enfrente, la observaba a través de la ventanilla apenas abierta. Cuando ella por fin desapareció de su vista, dijo con voz ronca al chofer:
— Ya nos podemos ir.
Lo que Franca en un principio había calculado por dos años, resultó extenderse por dos años más. Con Edwin ahora eran solo buenos amigos que se encontraban de vez en cuando para charlar. Franca añoraba a Fabro, pero en lugar de decaer profesionalmente, sus actuaciones se superaban en calidad. ¿El secreto? Era simplemente que en cada una de sus presentaciones llevaba oculto, prendido con un pequeño alfiler de gancho en su sostén, aquel dije de oro que Fabro le había enviado. Así, él permanecía fijo junto a su corazón y ella continuaba enviándole la música que lo enamoraba.
Había planeado quedarse en aquella ciudad para olvidarse de Fabro, pero le costaba mantenerse firme en su decisión. La ciudad le gustaba y en ella se sentía contenida y feliz, pero continuaba viviendo en aquel hotel, por si acaso. No obstante, cuando la melancolía la invadía se prohibía terminantemente retomar el contacto con él.
Una tarde de otoño, recorriendo las calles del vecindario, una publicidad callejera acaparó su atención. En esta se anunciaba una gala de beneficencia que se llevaría a cabo en un par de días, en un escenario al aire libre situado en un hermoso parque de la ciudad. En el programa se contaría con la presencia destacada del pianista Fabro Czerny. Al leer esto, una cortina pesada cayó sobre su mente. Creía haberlo dejado atrás, pero en ese momento su recuerdo la inundaba como una catarata, anunciándole que no lo había logrado. En rigor, ella no tenía por qué asistir a aquella gala benéfica, pero se dijo que su compromiso con quienes la patrocinaban era ineludible y, aunque no formara parte del espectáculo, sus colegas seguramente esperaban que se hiciera presente en él. Pero esas solo eran burdas excusas de su parte. Lo cierto era que ella deseaba desesperadamente ir.
Excitada y temerosa ante su inminente encuentro con Fabro, dio vuelta su guardarropa y al fin se vistió con lo mejor que encontró. Sentía impaciencia por verlo y por eso intentaba disciplinar su ansiedad. Aunque deseara enormemente acercarse a él y hablarle, no podía contradecirse. Había sido muy clara con él aquella vez. Por eso, se proponía solamente verlo desde la platea para calmar su impaciencia y después volvería a su casa por el mismo camino por el que había ido. Pero un suceso inesperado trastocó sus planes.
Sentada en una de los cientos de sillas plegables de madera acomodadas sobre el césped, rodeando el improvisado escenario donde ya estaban acomodándose los integrantes de la orquesta, Franca observaba fascinada aquel lugar. Aquel claro en el parque, rodeado de añosos árboles, iba a dar sin duda al espectáculo un marco sinigual. Se había congregado mucho público y ella sabía que estando Fabro en el programa, el espectáculo no iba a defraudar. Suspiró profundamente, aspirando aquel aire fresco de la tardecita. En aquel entorno idílico iba a ser difícil reencontrarse con él, pero tenía que ser fuerte. Así que se dispuso a esperar. Pero diez minutos antes de que comenzara el espectáculo, alguien de la organización se apersonó al escenario y pidió disculpas al público porque parte del programa iba a tener que cancelarse por indisposición de uno de los artistas. Al escuchar eso, Franca se alarmó. Se levantó inmediatamente de su asiento y fue rápidamente a preguntar quién era el que no iba actuar. Ahí le dijeron que era Fabro. Había sufrido un repentino malestar que le impediría acompañarlos. Entonces se desesperó.
Lo primero que hizo fue preguntar en su hotel si Fabro estaba alojado ahí como en otras oportunidades, pero le dijeron que no. Gracias a sus conexiones en el ambiente del espectáculo, pudo averiguar en qué hotel estaba y se fue, sin pensarlo, para allá. Iba nerviosa porque aunque no tenía idea de cómo él reaccionaría al verla, sabía bien cómo se sentiría ella al estar frente a él.
Cuando Fabro abrió la puerta se la quedó mirando con una forzada inexpresividad,
— ¡Ja! ¡Mira quién es! —saltó, en tono burlón.
— ¿Estás bien? —le preguntó ella, obviando sus palabras.
— Sí —respondió Fabro, secamente—.No ha sido nada. ¿Qué estás haciendo acá?
No le decía que había sufrido una suba de tensión, que no había sido por el estrés de su trabajo sino por la gran ansiedad ante la posibilidad de volver a verla.
— ¿Puedo pasar? —dijo de pronto Franca, creyendo que al fin podía dar un paso adelante.
— ¿Para qué? ¿Acaso te quedó algo más por decir?
— Sí —afirmó ella, dando al mismo tiempo un paso hacia él.
Pero él dio un paso hacia atrás, y se aferró al pestillo de la puerta bajando la cabeza para no mirarla.
— Vete a casa —dijo, casi mordiéndose los labios—. Ya me has visto. Y de mi parte no me queda nada más por escuchar.
Y sin darle lugar a réplica, cerró rápidamente la puerta como si con eso se estuviera protegiendo de un huracán. Cuando supuso que ella ya se había marchado, fue hasta la ventana y, descorriendo apenas una de las cortinas, observó cómo se iba calle abajo, cabizbaja, caminando despacio, apretando su pecho con una de sus manos, como para que no se le escurriera su sangrante corazón.
Después de un rato sintió que necesitaba un trago fuerte para reponerse de aquel encuentro, por eso bajó al bar del hotel. Se sentó en uno de los taburetes altos junto a la barra, y mientras esperaba que le sirvieran miró distraídamente a su alrededor. Entonces la vio. Franca había regresado y estaba sentada en una de las mesas. Delante de ella había un vaso vacío y otro a medio terminar al que miraba como hipnotizada. Era el espectáculo de la desolación, y él entendió que, por su terquedad, ella no se merecía llegar a tal extremo. Así que, sin esperar la bebida que había ordenado, se acercó a su mesa y se sentó frente a ella.
— ¿Qué estás haciendo acá? —le dijo, en tono amigable.
— Ya lo ves —respondió, con voz lánguida—. Como una tonta, espero algo que nunca llegará.
Levantó la cabeza y lo miró como si él nunca hubiera entendido.
— Te pedí que te fueras a casa —dijo él, intentando hacerla entrar en razón. Pero ya era tarde para intentar convencerla con los mismos argumentos de siempre.
— Y yo no me fui —respondió mirándolo desafiante a los ojos, con amargura—. ¿Sabes por qué no me fui? Porque tú estás aquí.
Y volvió a bajar la cabeza para seguir mirando el vaso frente a ella.
Se hizo un largo silencio. Fabro la miraba angustiado. En una fracción de segundo pasó por su mente todo lo sucedido desde que la conoció. Había intentado mantener dominadas las riendas de su vida y mantenerse alejado de ella pero no había podido. Adonde ella iba, él la seguía como un desquiciado y ahora todo se había salido de control. Y ya era suficiente. Si ella se iba, ahora sí iba a perderla para siempre. Entonces, en un rapto de coraje, se puso de pie. Franca lo miró asustada, porque pensó que iba a marcharse como de costumbre. Pero esta vez no fue así. La tomó de un brazo y la obligó a ir con él.
Cuando Franca se despertó, dudó si lo vivido había sido un sueño. Se incorporó despacio, tapando su desnudez con el edredón blanco y miró a su alrededor. Evidentemente, era la habitación de Fabro. Al ver su ropa desperdigada por el suelo y la cama revuelta se estremeció, pero la placidez en su cuerpo le hizo saber lo que suponía: Fabro la había hecho su mujer. Lo llamó con voz apagada, pero nadie le respondió. Fue hasta el baño creyendo que allí lo encontraría, pero no había nadie en toda la habitación. Tampoco había rastro de sus pertenencias. Entonces se vistió de prisa y bajó al lobby a preguntar por él. Ahí le comunicaron que horas antes había abandonado el hotel.
Franca estaba en la cumbre de su carrera. A dos meses de aquella experiencia bizarra, estaba decidida a cambiar sus objetivos. Aquel episodio había marcado sin duda en su vida un antes y un después. Ya no la atormentaba aquella indefinición sentimental de Fabro, porque al fin sabía lo que durante tanto tiempo había deseado saber. De ahora en adelante iba a centrarse en cumplir con sus compromisos. Su próximo concierto sería el mes siguiente en un prestigioso teatro de otra importante ciudad, como conmemoración de una fecha patria. Este sería el último concierto de esa temporada, ya que a partir de ahí iba a tomarse una larga licencia.
Tal como lo había augurado, su actuación fue excepcional. La flor y nata del país había estado presente en el teatro, pero con el ajetreo no había podido enterarse si Fabro también había estado ahí. Como broche de oro de los festejos iba a haber a continuación un agasajo en la casa de gobierno y ahora tenía que prepararse para asistir. Pero se sentía desganada. Descalza, envuelta en una bata de baño con la que recién había salido de la ducha podía divisar desde la ventana de su habitación en un piso alto del lujoso hotel donde se hospedaba, un panorama espectacular. Pero no la conmovía. Con la mirada perdida a través de los cristales, repasaba su brillante actuación que acababa de finalizar. Sin entusiasmo observó de reojo el hermoso vestido que la esperaba desplegado sobre la cama. Era más despampanante que el que había lucido en el escenario, y como lo había hecho siempre, iba a engalanarse solo para Fabro.
Había mucha gente y el lugar era espectacular pero para ella todo era intrascendente. A cada paso los invitados la detenían para saludarla, le pedían una foto o la invitaban con una copa de champán a la que ella amablemente rechazaba. Entre el estrés de la actuación y las pocas ganas que tenía de alternar con gente, Franca sintió ganas de alejarse por un momento de aquel bullicio y se aprestó a recorrer el lugar. Pero en realidad su corazón la guiaba hacia Fabro.
Contiguo al gran salón de estilo francés había un largo corredor alfombrado en cuyas paredes podía apreciarse una decoración barroca con frescos y molduras doradas, el cual desembocaba en una impresionante sala de música. En su interior, acondicionado con una acústica excelente, se encontraban dos pianos de cola negros y brillantes, adosados entre sí de modo que los concertistas quedaban enfrentados, separados por aquellas moles maravillosas.
No bien abrió la pesada puerta, lo vio. Estaba sentado de espaldas a esta, en la banqueta frente a uno de aquellos pianos, encorvado hacia adelante. Llevado por su concentración, miraba sus manos mientras improvisaba una música triste y emotiva. Cuando escuchó a Franca entrar, no interrumpió su música ni volteó para mirarla. Sabía que era ella. Esta, sin decir una palabra fue directo a sentarse en la butaca del piano opuesto al de él y, después de observarlo durante algunos segundos a través del hueco entre las tapas levantadas de ambos pianos, comenzó a hacerle un contrapunto con un allegro, también improvisado, que complementaba aquella melodía taciturna a la perfección, solo que imprimiéndole un toque de vivacidad y optimismo. Cuando notó que él quitaba las manos del teclado y dudaba en continuar, se decidió a hablarle.
— ¿Qué te pasa? —le dijo, dejando también de tocar.
Fabro la miró, pero no le respondió y se quedó inmóvil en su butaca. A pesar de la distancia que los separaba, Franca podía verlo con claridad. Se lo veía desmejorado. Su cabello bastante crecido había abandonado aquel habitual corte disciplinado y ahora caía libremente sobre su frente enmarcando su demacrado rostro.
— ¿Por qué estás aquí?—le insistió, aunque con menos intensidad.
En aquella sala sus palabras sonaban con una íntima oquedad, e hizo silencio para darle lugar a responder. Pero él había quedado como ausente, mirando el teclado. Entonces se levantó de su butaca y fue a sentarse a su lado. Fabro estaba mudo, con la cabeza gacha y con su mano derecha acariciaba apenas las teclas aunque sin emitir sonido alguno. Al tenerlo tan cerca, su perfume varonil la envolvió y recordó como un flash el calor de su cuerpo. Entonces colocó suavemente su mano sobre la de él, enredando sus dedos. Ambos sabían que ahí había comenzado todo. Al contacto con ella, él pareció aflojarse y se dejó llevar. Después de unos segundos, giró apenas la cabeza hacia ella y murmuró:
— Franca, perdóname. Me he portado como un cobarde. Perdóname por haber arruinado tu vida.
Franca se enterneció, y cuando iba a decirle que no había sido así, que él era su vida, detrás de ellos la puerta de la sala se abrió intempestivamente y un integrante de la organización del evento se asomó, llamándola.
— Señora Franca: disculpe que interrumpa, pero algunas de las autoridades del gobierno ya se retiran y antes quieren sacarse algunas fotos junto a usted. Venga conmigo, por favor.
Saltó del asiento, como impelida por un resorte, igual que si la hubieran pescado in fraganti, y giró poniéndose de frente a él para responderle que ya iba. Pero la magia se había roto. Aquel momento de sinceridad se había disipado. Con los puños apretados y sin voltear a mirar a Fabro se fue tras el muchacho rumbo al salón. Mientras caminaba por el corredor, se llevó la mano a los labios y en ella besó largamente la mano de él.
A esas fotos le siguieron otras y así estuvo más de una hora hasta cumplir con todos. Cuando finalmente se liberó, buscó por todas partes a Fabro pero él había desaparecido. Tras sonsacarles a los organizadores, pudo averiguar que se había retirado temprano porque después de ese evento tenía un vuelo programado hacia otro lugar. Intentó telefonearle, pero este no respondió. Angustiada, al día siguiente ella también voló a la casa de sus padres, donde tenía planeado pasar una larga temporada.
La vuelta a casa había sido traumática porque regresaba al lugar en que había visto a Fabro por primera vez. Estaba cansada de dar vueltas por el mundo viviendo lejos de su familia, y estar de regreso en aquella casa significaba de alguna forma volver a empezar. Aquel era el lugar en donde en su tierna infancia había comenzado su amor por la música, arrancándole acordes improvisados a aquel viejo piano que aún presidía majestuosamente la sala. Volver a su casa natal no solo representaba recuperar el afecto contenedor de su familia; era volver a respirar el mismo aire que la había llevado hasta Fabro. Y era estar cerca de donde él vivía.
Después de comunicar a sus patrocinadores que iba a tomarse un año sabático, se abocó a pensar en cómo organizar su vida en los próximos meses. Además de una gran concertista era una prolífica compositora, por eso hacía tiempo le habían propuesto que escribiera piezas cortas para ser utilizadas en vídeos y películas, a lo que ella siempre se había negado por exceso de trabajo, pero ahora, con mucho tiempo libre podría dedicarse a esa actividad. Sabía que Fabro había vuelto a su casa, pero a pesar de extrañarlo mucho y de poder encontrarlo fácilmente cuando quisiera, por el momento no iba a comunicarse con él. Es decir, no iba a ir a buscarlo al conservatorio ni a su casa, y tampoco iba a telefonearle, pero a través de aquellas piezas iba a comunicarse con él como nunca.
Cuando Fabro recibió el llamado telefónico de su representante comunicándole que la pianista Franca Heller había cancelado todas sus actuaciones, se sorprendió. Ante aquella delicada situación, los contratistas desesperados acudían a él esperando convencerlo de que, al ser un artista de su misma talla, la subrogara aunque fuera en las dos primeras presentaciones para no perder la recaudación. Después de mucho cabildeo, solo aceptó porque no tendría que desplazarse a otra ciudad.
En el primero de dichos conciertos no estuvo a la altura de lo que podía dar. El público lo vio apagado, con poco entusiasmo, y el repertorio tampoco había convencido. Es que la música había dejado abruptamente de ser el centro neurálgico de su vida; era Franca quien ocupaba ahora ese lugar. Y se sentía perdido. Frente a su piano, en lugar de encontrar satisfacción por su desempeño, solo encontraba tedio y desolación. Imaginaba a Franca aun viviendo en aquel país y eso agudizaba su decaimiento. Le había perdido perdón por apoderarse en todo sentido de su vida, pero había perdido la oportunidad de entregarle a cambio la suya.
Al día siguiente iba a ser su segundo concierto y estaba a punto de comunicarle a su agente que deseaba cancelarlo, cuando en medio de la noche un llamado telefónico lo detuvo. Dudó en atender. Pero su corazón esperaba ese llamado.
— Hola —dijo simplemente.
— Hola, Fabro —respondió Franca, emocionada.
— ¿Por qué me llamas? ¿Es porque mi actuación no estuvo a la altura de lo que soy?
Se hizo una pausa, al cabo de la cual, ella retomó la conversación.
— ¿Y quién eres, Fabro? —preguntó, haciendo énfasis en «quien»— ¿Acaso lo sabes?
Volvió a hacerse un silencio. Franca le dio tiempo a que él respondiera, porque solo él podía responder.
— Estás en lo cierto: no sé quién soy. Sabes, Franca, siempre creí que mi vida consistía en ser un artista privilegiado. Que me definía por lo que hago. Pero nunca me pregunté honestamente quién soy.
— ¿Y ahora lo sabes?
— Puede ser —afirmó—. Por lo menos he descubierto que no soy quien creía ser.
Franca no se animó a preguntarlo qué había descubierto, aunque su instinto le decía que ya lo sabía. Que era lo que ella misma había tratado durante tanto tiempo de hacerle saber: que era el hombre de su vida.
— Franca —la interrumpió con voz seria—, antes de continuar esta conversación necesito saber una cosa. ¿Es cierto que piensas abandonar tu carrera?
— ¿De dónde sacaste eso?
— Tu representante me dijo que cancelaste todas tus actuaciones. ¿Es verdad?
— Sí, es cierto. Pero solo en parte. En principio no voy a trabajar por el resto del año. Y el que viene, se verá.
— ¿Es por mi culpa? —dijo, afligido—. Créeme que estoy arrepentido de arruinarte la vida. Ya no voy a cerrarte las puertas hacia mí, ni a seguir rechazando tus sentimientos. Lo que tú decidas estará bien.
— Fabro, ¿tú me amas?
— Como no he amado a nadie en mi vida.
— Bueno —comenzó a explicarle, distendida—, en ese caso, te explicaré. Es verdad que tú eres el responsable de lo que me pasa. Pero no tiene nada que ver con tu exigencia profesional. Tampoco con tu tozudez de impedirme acercarme a ti.
Se hizo otro silencio, al cabo del cual él se animó a preguntar:
— ¿Entonces, de qué se trata?
— Es que el médico me aconsejó reposo.
— ¿Estás enferma?
— No, Fabro. Estoy embarazada.
— ¿Qué? —exclamó, alarmado.
— Fabro, no eres Beethoven. Has escuchado perfectamente lo que acabo de decir. Así que ahora tranquilízate, vete a la cama, descansa y prepárate para el concierto de mañana porque va a ir tu hijo, o hija, a escucharte tocar.