Mirador

Nora Sisto


           Le entregó el cheque al operario y lo acompañó a la puerta viendo cómo se iba rápidamente en su camión. Cerró al fin la puerta y entró apurado a aquella habitación. Estaba ansioso por poner en funcionamiento su nueva adquisición. Había pagado por ella una verdadera fortuna pero creía que había valido la pena.

          En una habitación de su casa dispuesta especialmente para eso, una enorme pantalla curva de ciento ochenta grados compuesta por varios paneles ocupaba prácticamente  tres de las paredes cubriendo su altura casi por completo. Enfrente de ella una inmensa consola con infinidad de perillas y botones lo esperaba pronta para funcionar. Había acondicionado especialmente ese lugar para poder disfrutar de lo que esperaba ver con el máximo de fidelidad posible. Era bastante desconfiado acerca de los artículos que le vendían, pero en este caso quien se lo había vendido le había asegurado que era lo mejor que existía en el mundo hasta ese momento. Se trataba de un equipo de alta sofisticación al que solo unos pocos tenían acceso. Y por el precio que había pagado, eso  era fácil de suponer. Ahora sólo le bastaba probarlo.

          El muchacho que recién se había marchado lo había encendido delante de él y había hecho unas pruebas muy elementales como para dar garantías de su funcionamiento, pero ahora él lo iba a poner a trabajar para lo que realmente lo había comprado. Se sentó frente a la consola en el mullido sillón negro de respaldo alto y anchos posa brazos, y con emoción oprimió el botón de encendido.

          Ella realmente lo valía. La había visto por casualidad en una de tantas visualizaciones callejeras que hacía como parte de su trabajo, y a partir de ahí no pudo dejar de mirarla jamás. El rastreador satelital que tenía ahora en su casa era infinitamente más potente que aquel otro obsoleto con el que trabajaba todos los días. En él controlaba junto a otros funcionarios más el movimiento de personas y  vehículos por todas partes del mundo, especialmente en aquellos lugares en los cuales se podía sospechar algún disturbio. Aquel tenía un alcance de bastante precisión, ya que se podían captar aun a miles de kilómetros no solo siluetas sino caras y objetos con detalles bien definidos. Sin embargo este nuevo equipo le permitía captar cuerpos humanos más allá de las paredes, no como bultos térmicos sino tal cual eran en la realidad. Con él era posible seguir a una persona a donde ésta estuviera, en la calle o dentro de su propia casa, en tiempo real, y verla sin pausa aun realizando cada una de sus actividades privadas. 

          Él no era un pervertido. No había comprado tamaño equipo para diversión. Por el contrario: creía estar enamorado de esa mujer a la que tantas veces había observado extasiado, y a la que ahora al fin podría tener junto a él, aunque a la distancia durante todos los días de su vida. Así que una vez que el equipo arrancó se dispuso a direccionarlo, y cuando la tuvo en la mira ajustó al máximo la imagen. Podía verla aunque no escuchar su voz. Pero no le importaba, porque igual podía imaginársela. Esta posibilidad era sin lugar a dudas un debe, pero ya llegaría el momento en que una nueva aplicación, más sofisticada que la actual se lo permitiera.

          Ahora sí iba a tener  todo el tiempo del mundo para disfrutar de ella. Cuanto más la miraba más le parecía enamorarse. Sabía todo de ella. Había visto infinidad de veces su casa, el barrio donde vivía y el lugar donde trabajaba, y conocía de sobra todos sus hábitos. Tenía incluso localizados a sus amigos, a los que sin embargo rara vez observaba con interés. Había probado cambiar de objetivo y seguir a una de sus amigas, también bonita como ella pero no le había satisfecho.

          Ella era lo máximo. Sabía que le gustaba correr por las mañanas, que luego de ducharse elegía cuidadosamente su ropa, y que tomaba el café en una tacita de colores muy graciosa, seguramente recuerdo de su niñez. Antes no había podido captar tantos detalles, pero ahora veía todo con pasmosa definición. Sabía que no tenía pareja, y a veces la había visto llorar junto a una foto aunque no sabía a ciencia cierta si el hombre cuya cara ahora se veía claramente habría sido tal vez un antiguo amor. Pero no podía saberlo porque no hacía tanto tiempo que la seguía. Vivía del otro lado del mundo, por lo cual debía adaptarse a los husos horarios si quería verla en actividad. Sin embargo muchas veces, no importa la hora que fuera se quedaba mirándola dormir por largas horas embelesado.

          Pasaban los días, y cada vez con mayor excitación llegaba a su casa para encender el equipo y verla. La imagen era muy nítida y real. Cuando el trabajo lo mantenía fuera de su casa y no podía estar junto a ella sentía una terrible desazón. Necesitaba de su presencia para recobrar la serenidad. La visión de su cuerpo lo emocionaba hasta el límite y se preguntaba en qué medida lo que veía en su pantalla sería igual, menor o mayor a la intensidad de lo real. Algunas veces estiraba la mano desde su sillón imaginando acariciarla. Parecía sin lugar a dudas la mujer perfecta con la que siempre había soñado. Por eso se convenció de que tenía que verla en persona. Así que se subió a un avión, y sin pensarlo demasiado la fue a buscar.

           El trayecto había durado más de veinte horas, entre vuelos, escalas y esperas, pero creía firmemente que valía la pena. Sabía con exactitud dónde encontrarla a cada minuto, así que no le fue difícil dar con ella. En ese momento estaba en el coqueto bar donde acostumbraba ir a veces después del trabajo, con sus amigos. No bien la vio se le acercó con disimulo.

          Cuando la tuvo frente a sí tuvo ganas de gritar de la emoción. Era tal cual, la misma cara, el mismo cuerpo, el mismo exacto color de cabello. Sus movimientos y sus pasos tenían el mismo ritmo con que él los captaba a través del satélite, y la tersura de su cutis vista en directo era exactamente como aparecía en su pantalla. Aquella imagen de mujer que tenía en su casa, presente a toda hora del día era exactamente igual a la que estaba ahora junto a él al alcance de su mano. La imagen era el calco fiel del original. Quedó boquiabierto.

          Durante todo el viaje de regreso estuvo absorto pensando en la experiencia que acababa de tener. Llegó a su casa absolutamente embobado. No le había hablado porque no tenía con qué comparar. Ni tampoco había querido tocarla  para no distorsionar su imagen con otras percepciones. Solo había retenido su perfume. Pero no importaba, porque de todos modos, seguramente en poco tiempo un nuevo y más especializado equipo sería capaz de proporcionarle todos esos detalles.

          Al entrar fue directo a la habitación en donde lo esperaba  aquella tecnología maravillosa. Se quedó por un minuto mirándola con fascinación. Realmente le habían vendido un equipo de primera.