Mon azul

Nora Sisto


 Arya había conocido a Rowon cuando estaba por finalizar la secundaria. Él había ingresado ese último año a unos meses del fin de cursos, como una excepción. Sus padres eran gente adinerada que había viajado por el mundo sin cesar y finalmente volvían al país para radicarse definitivamente. Por ese motivo, desde un comienzo Rowon no encajó. Habituado a hablar otros idiomas en distintos países desde su infancia, la comunicación con sus compañeros era dificultosa y eso lo sumía en una gran frustración. Además, su educación discontinua alternando aquí y allá en distintos contextos culturales, había producido un lógico desfasaje entre los planes de estudio cursados y los actuales. Por eso era un par de años mayor que todos los demás chicos de su grado y eso lo alejaba también de cualquier intento de socializar con ellos. Y para colmo, su vasta experiencia en el extranjero le confería un porte diferente que los chicos interpretaban como aires de superioridad y por eso tendían a evitarlo.

El instituto al que asistían era de los más prestigiosos y costosos del país. No obstante, Arya era becada. Sus padres estaban lejos de poder hacer frente a una matrícula costosa, pero su escolaridad sobresaliente la había hecho acreedora a la posibilidad de asistir a aquel lugar. Sin embargo, a pesar de distinguirse en sus estudios, Arya conservaba un cierto sentimiento de inferioridad que le impedía relacionarse demasiado con sus compañeros. Se sentía distinta y realmente lo era, pero por motivos diferentes a los que ella quería creer. Además de su belleza e inteligencia, sobresalía por su don de gentes, por eso nadie se burlaba de ella.

La primera vez que Arya vio a Rowon, su corazón se disparó. Aquel chico atractivo tanto  por su figura como por su personalidad extravagante, enseguida atrajo su atención. Fantaseaba con acercarse a él y convertirse en su amiga e incluso en algo más, pero no contaba con que él fuera a comportarse con ella de una forma tan antipática. No obstante, no dejaba de estar interesada. Durante la clase, mientras el profesor explicaba la lección, lo observaba disimuladamente. Y a pesar de que hacía lo posible para que él no lo notara, él enseguida captó su interés.

Si bien Arya no provenía de una familia adinerada, tampoco hacía nada por aparentar  serlo. Al tener que vestir estricto uniforme, no tenía por qué  preocuparse por mostrar atuendos a la moda, aun así su apariencia siempre impecable igual resaltaba. Y había una cosa particular que la caracterizaba. Mientras que los otros chicos cada año renovaban sus mochilas de marcas costosas, ella llevaba, igual que lo había hecho por varios años consecutivos, la misma. Era de color rosa y del cierre de uno de sus bolsillos exteriores colgaba un gracioso monito de color azul. Había sido un preciado regalo de su infancia, por eso aunque al paso de los años pudiera verse ridículo, no se desprendía de él y ya a nadie llamaba la atención.

Acostumbrada a ser invisible entre sus compañeros, nunca contó con que el nuevo fuera a fijarse en ella, y menos aún con que un día al finalizar la clase le dirigiera la palabra en tono burlón.

—    ¡Oye, mono azul! —le gritó al ver que se iba caminando hacia la parada del autobús—. Te invito a tomar un helado.

Al escucharlo quedó lívida. Él seguramente le tomaba el pelo al haberse dado cuenta de que ella lo había estado observando con interés. Por eso, lo miró con odio.

—    No gracias —respondió, intentando no perder la compostura, y con tal de no quedar a merced de él se subió al primer autobús que pasó.

Por suerte ya estaba cerca el fin de cursos, por lo que Arya se convenció de que iba a tener que aguantar a aquel maleducado solo unos pocos días más y después cada uno por su lado. Así que era cuestión de armarse de paciencia y sobre todo de no volverlo a fisgonear. Tan molesta estaba que no asistió al baile de graduación con tal de no encontrárselo. Y lo lamentó, porque  después de haber cursado tantos años en aquel instituto, por su culpa se había perdido el broche final. Pero así estaban las cosas y era el momento de pasar la página. Como su escolaridad había sido brillante, enseguida fue admitida en una prestigiosa universidad. Sin embargo optó por matricularse en una universidad pública para no ocasionar mayores gastos a su familia. Fue así que, después de cinco largos años de jornadas interminables de trabajo, paros de alumnos y huelgas de profesores, se graduó como experta en desarrollo turístico y ambiental.

Su reconocida capacidad hizo que rápidamente consiguiera un empleo en el que estuvo dos años, cosa que le sirvió como primer escalón para finalmente ser contratada en una importante empresa internacional de viajes y turismo. Es que a esa altura no solo había dejado de ser la chica apocada de antes, sino que se había convertido en una excelente profesional y sobre todo en una fuerte y decidida mujer. Incluso, como factor importante  para su actividad había cambiado su modesta apariencia de otrora por una figura atractiva y cautivadora que nadie se atrevería a despreciar. Aun así, guardaba en lo más íntimo de su ser una espina clavada: no podía quitar de su pensamiento aquel trato despectivo que había recibido de Rowon.

La empresa para la que trabajaba estaba en plena expansión. Es así que cierto día su jefe Arturo invitó a los empleados a asistir a un evento en el que se anunciaría la fusión con otra importante empresa afín, del exterior. El evento iba a ser en las instalaciones de un hermoso local destinado a eventos empresariales, un bungalow de piedra y madera a la orilla del mar.

Al llegar estacionó su coche junto a los de los demás en la amplia explanada al frente del mismo y tomó por un camino de balasto bordeado de macetas con plantas exuberantes, que conducía a la entrada principal. Era una calurosa noche de verano, así que se había vestido con una vaporosa solera sin tirantes y unas sandalias muy altas con tiritas muy finas que en ese momento se arrepintió de haber elegido porque al caminar entre las piedritas, no solo los tacones se le enterraban en ellas, sino que estas se metían bajo sus pies. Por eso, antes de entrar y viendo que no había nadie alrededor se sentó en un murito para quitarse las sandalias y sacudirse los pies. Pero al inclinarse para hacerlo, tuvo por un instante la sensación de que alguien la observaba. Aun así, logró llegar ufana al lugar.

La reunión iba muy bien, hasta que en determinado momento Arturo hizo parar la música de fondo y convocó a todos a prestar atención a la presentación del nuevo integrante de la sociedad. Cuando Arya se acercó a verlo quedó helada. ¡Era Rowon! Inmediatamente intentó esconderse detrás de uno de sus compañeros de trabajo, pero era tarde. Él ya sabía que ella estaba ahí. Se veía igual de atractivo que siempre, solo que con el paso del tiempo se había vuelto más atractivo aún. Se preguntó si continuaría siendo igual de maleducado, pero una cosa era segura: no lo intentaría averiguar. Por más que hizo lo posible por evitarlo, en un descuido  sus miradas se encontraron y fue como si un rayo los electrizara a los dos. Sintió que el cuerpo le temblaba y la copa que llevaba en la mano estuvo a punto de caer. Pero atinó a apretarla con fuerza evitando que se estrellara contra el piso y todas las miradas recayeran sobre ella, dándole motivos a él para que se volviera a burlar. Cuando finalizaron los aplausos y la gente comenzó a dispersarse por el salón, temió que él fuera a acercársele. Por eso, suponiendo que su presencia ya no era necesaria salió rápidamente hacia el estacionamiento.

Su pequeño auto resaltaba entre los coches de alta gama estacionados a su alrededor, pero ella ya no se sentía menos que nadie. Aun así, su corazón latía apresuradamente y quería correr, pero sus tacones se enterraban en las piedritas del suelo. Cuando al fin llegó agitada a su coche y estaba por introducir la llave en la cerradura, una voz a sus espaldas la paralizó.

—    ¡Mono azul! ¿Pensabas irte sin saludarme?

Se hizo un silencio y por un instante tuvo la intención de no darse por aludida y marcharse sin responder. Pero él volvió a hablarle, y su voz se sintió más como un reproche que como una burla.

—     ¿Ibas a dejarme plantado como en el baile de graduación?

Con los ojos como brasas, volteó hacia él pensando increparlo con dureza. Él no sabía que ella ya no era la chica apocada de la que se burlaba  tiempo atrás. Pero al quedar frente a frente, él la miró a los ojos y ella se dio cuenta de que aquel hombre le gustaba ahora mucho más que antes. Por un instante pensó fingir no haberlo reconocido, pero él era muy inteligente para creérselo. Así que prefirió hablarle con una falsa naturalidad.

—    Hola Rowon —dijo, intentando mostrarse políticamente correcta—. No sabía que todavía te acordaras de mí.

—    Ya lo ves. Y tú por lo visto tampoco me has olvidado.

Él estaba en lo cierto. Durante todos aquellos años no había dejado de pensar en él, aunque ella creía que era porque rumiaba su venganza.

—    ¿Qué te trae por aquí? —le dijo, con una entonación que quiso ser desairada.

—    Por lo visto no te has enterado —respondió él con una calma que sonó a reprimenda—. Mucho me temo que mientras tu jefe lo anunciaba tú estabas tan distraída que no te llegaste a enterar.

Al oír eso no pudo evitar contrariarse. Había intentado ser amable para darle una oportunidad por si acaso su actitud hacia ella hubiera mejorado, pero él volvía a dejarla como una tonta. Ella no había podido disimular su sorpresa y su emoción al verlo y estaba segura de que él lo había captado fácilmente. Ella siempre había estado enamorada de él, y él lo sabía. A pesar de que había intentado huir, él siempre la había tenido en sus manos. Una rabia interior se apoderó de ella, y entonces abrió bruscamente la puerta de su coche y se metió dentro de él. Ya al volante, antes de cerrarla lo miró duramente.

—    Que tengas buenas noches — le dijo, con tono hostil, y se marchó apretando desesperadamente el acelerador.

Lo que el jefe de Arya había anunciado en aquella fiesta era que la empresa de Rowon pasaba a asociarse con la suya. El rubro de ambas compañías era afín, por lo cual iban a complementarse perfectamente. Arya pensó que era lógico que Rowon se hubiera inclinado por aquella actividad, dado la enorme experiencia adquirida a través de  ingentes viajes con sus padres. Lo que se preguntaba era si ella habría tenido algo que ver en su decisión. Recordaba claramente aquel día cuando en la clase el profesor preguntó a cada uno qué actividad le gustaría desarrollar en el futuro y Rowon la miró pensativo cuando ella contestó muy segura: «viajar».

La cosa es que a Rowon el negocio le funcionaba muy bien. Al parecer había creado su empresa hacía poco y ya era propietario de un enorme yate con el que recorría el mundo buscando oportunidades y lugares de interés para promocionar. En aquel momento el  yate estaba atracado en el puerto e iba a permanecer ahí unos días más, hasta finiquitar los pormenores de la sociedad.

A pesar de demostrar en público poca admiración hacia el negocio de Rowon, Arya se sentía íntimamente orgullosa. Nunca había dudado de su capacidad, solo que le habría gustado de él un poco de humildad, y no le perdonaba su actitud en el pasado. Sus demostraciones de superioridad y su hostigamiento hacia ella le habían dolido, incluso hasta llevarla a dudar de su propia capacidad. No obstante, analizándolo en retrospectiva  creía que de alguna forma la habían fortalecido, porque a partir de ahí se había empeñado en superarse y en hacerse valer ante los demás. Sin lugar a dudas, Rowon había marcado en su vida un antes y un después, porque nunca antes había sentido por alguien una atracción tan fuerte. Durante mucho tiempo la había dado por extinguida para su propia seguridad emocional, pero ahora su cercanía amenazaba con avivarla. Y temía que su vida experimentara un retroceso.

A los pocos días de aquella presentación, Rowon concurrió a la empresa para participar de una reunión de coordinación. Ya estaban todos ubicados alrededor de la gran mesa de juntas a punto de comenzar la reunión cuando Rowon llegó. Arya estaba sentada al lado de uno de sus colegas, un chico muy simpático con el que en ese momento conversaba animadamente. Rowon tenía reservado un asiento junto a Arturo, pero para sorpresa de todos hizo levantar a aquel chico de su silla y ocupó él su lugar. Ante tal demostración de prepotencia, Arya quiso mostrarse descortés y en lugar de saludarlo no despegó la vista de su ordenador. Durante toda la reunión no le dirigió la palabra a pesar de que habría sido una buena ocasión para consultarle algunos puntos relativos al negocio. Rowon, por su parte también la ignoró y evitó hacer preguntas que la involucraran.

Recién al finalizar la reunión, antes de ponerse de pie le dirigió la palabra.

—    ¿Todavía conservas aquel monito? —le preguntó en un tono tan íntimo que la descolocó.

Arya levantó rápidamente la vista y lo miró con enojo. Pero al hacerlo se encontró con su intensa mirada apuntando directo a sus ojos y se estremeció. Entonces no pudo reaccionar de otra forma que responderle bruscamente.

—    No. Lo tiré —respondió, enojada—. ¿Por qué? ¿Acaso te gustaba?

—    Sí —dijo él simplemente y poniéndose de pie se marchó.

A los pocos días, cuando se presentó a trabajar, Arya vio con sorpresa que sobre el teclado de su computadora había un monito azul. Era muy parecido a aquel que en otras épocas solía colgar de su mochila. No era exactamente igual, y pese a su resistencia inicial por despreciarlo, era tan gracioso que logró arrancarle una sonrisa. Obviamente  sabía quién lo había puesto ahí, pero para quitarle mérito lo escondió en uno de los cajones de su escritorio.

Rowon se movía sin agenda. Iba y venía a la empresa sin previo aviso, y por lo tanto a ella no le daba tiempo a evitar cruzarse con él. Arya se daba cuenta de que había algo desconcertante en la forma en que había vuelto a aparecer en su vida, y eso le inquietaba. Él parecía haber aparecido en forma casual, pero comenzaba a sospechar que había vuelto por ella. Pero por orgullo no podía confiar en él. Así que, una tarde al finalizar su jornada de trabajo tomó aquel monito y se decidió a ir a devolvérselo. No estaba en posición de pedirle explicaciones, solo esperaba encontrar alguna respuesta que redujera su curiosidad.

Estaba anocheciendo y en el largo muelle se comenzaban a encender las luces. A uno y otro lado, sendas hileras de focos de led sobre altas columnas de caño negro comenzaban a iluminar los botes amarrados que, meciéndose apenas, se veían como lujosos objetos en un escaparate de mar. Pero ella caminaba pisando sigilosamente los tablones de madera de la pasarela, tratando de no llamar la atención.  En el interior de algunos yates podía verse gente disfrutando de un trago o conversando animadamente, pero por suerte para ella nadie parecía percatarse de su presencia. Ya estaba por llegar al extremo del espigón y se preguntaba cuál de aquellos sería el yate de Rowon, cuando uno de ellos acaparó su atención. Entonces supo que lo había encontrado. Su porte era mucho mayor que el de los otros y se imponía claramente sobre los demás. No se divisaba luz en su interior, señal de que posiblemente no hubiera nadie adentro, así que se detuvo frente a él para admirarlo. Llevaba en una mano aquel dichoso monito con la intención de estampárselo en la cara a Rowon, pero se desilusiono porque era obvio que él no estaba. Al verse frustrada se dijo que había sido una tontería ir hasta allí y se dispuso a volver. De pronto, al voltear la vista algo la detuvo en seco. Eran unas letras negras en letra cursiva que resaltaban nítidamente sobre el blanco brillante del casco indicando el nombre del yate: «Mon Azul». Sintió que se le ponía la piel de gallina y al  mirar instintivamente hacia adentro de la nave presintió que alguien la observaba desde la oscuridad. Entonces, súbitamente el monito que llevaba en su mano cayó al piso y salió corriendo del lugar.

Al otro día, cuando llegó a su trabajo deseó que Rowon no viniera. No sabía cómo enfrentarse a él. No había podido dormir en toda la noche pensando en la experiencia vivida frente a su yate el día anterior. Él siempre la había llamado «mono azul», y aunque de adolescente el apelativo le provocara rechazo, en el fondo sabía que eso la hacía única para él. Por eso tenía que preguntarle a qué había venido. En realidad tenía que preguntarle si ella significaba algo para él. Cuando estaba a punto de irse para su casa, él apareció. No parecía haber venido por trabajo, porque estuvo reunido con Arturo apenas un par de minutos. Pero, tal como lo esperaba, antes de irse pasó por donde ella estaba. Al llegar a su lado sacó de su bolsillo aquel monito y colocándolo otra vez sobre el teclado de su PC se acercó a su oído y le susurró en tono imperativo:

—    Es tuyo. No lo vuelvas a perder.

La ambigüedad de sus palabras fue tan sorpresiva que no pudo atinar a responder. Sin embargo se dio cuenta rápidamente que estaba ante un punto de quiebre. Su intuición no podía engañarla tan groseramente. Contrariamente a lo que siempre había supuesto, al fin entendía que la rudeza de Rowon era un torpe mecanismo de protección para no sufrir. Él nunca se había atrevido a expresar libremente sus sentimientos por miedo, el mismo miedo que le habían enseñado las constantes idas  y venidas de su infancia que no le habían permitido arraigarse con ninguna persona en ningún lugar. Aquel monito de peluche era su ancla. Era la amarra que la mantenía unida a él. Por eso corrió a buscarlo y lo detuvo cuando ya estaba a punto de salir a la calle.

—    ¿Por qué tu barco se llama «Mon Azul»? —le preguntó, tomándolo de un brazo y mirándolo a los ojos.

Rowon suspiró antes de responder. Sabía que ella lo amaba, que lo había amado siempre y ahora estaba ahí frente a él mirándolo interrogante, esperando su respuesta. Pero le costaba sincerarse con ella. Por eso su respuesta fue una pregunta:

—    ¿No te gusta el nombre?

—    No es eso —dijo ella, con voz suave—. Es que tengo curiosidad. ¿Me vas a decir por qué se llama así?

—    Arya —respondió—, creo que eres lo suficientemente inteligente como para descubrirlo por ti misma.

Y se fue, huyendo como siempre.

Arya no tenía idea de cuándo le sería posible continuar aquella conversación con él, y la carcomía la impaciencia. Sus palabras habían sido demasiado enigmáticas como para dejarlas pasar. Tenía que insistir hasta descifrar qué había dicho en realidad.

Pero pasaron varios días sin que tuviera noticias de él. Aparentemente se había marchado en su yate y nadie sabía cuándo volvería. Hasta que finalmente volvió. Según Arturo, no pasaría por la empresa pero había invitado a una reunión informal en su yate para agasajar a todo el personal.

Pletórica de alegría y vestida con su mejor atuendo, acudió a dicha reunión con la esperanza de tener una oportunidad para hablarle. Pero la reunión avanzaba y Rowon no aparecía. Dos veces sus compañeros la sorprendieron distraída y al preguntarle su opinión sobre diversos temas ella no supo qué decir. Se dio cuenta de que estaba siendo desconsiderada con el grupo, por lo cual se dispuso a refrescarse la cara en el baño y volver más lúcida para participar efectivamente de la reunión. Después de atravesar las puertas de vidrio que separaban la zona íntima, del amplio salón donde esta se estaba llevando a cabo, creyó pasar a otra dimensión y un repentino impulso la dominó. Echó un rápido vistazo a su alrededor cerciorándose de que nadie se percatara de sus movimientos, y en lugar de entrar al baño de visitas  enfiló hacia la escalera que llevaba a la planta inferior.

Era sinuosa, de madera lustrada igual que las paredes que la flanqueaban, y al  avanzar  deslizando su mano por la baranda, sus pasos apenas se oían, amortiguados por el mullido caminero rojo ajustado con varillas de bronce sobre cada escalón. Al llegar abajo, enseguida intuyó cuál era la habitación principal. No se veía a nadie en los alrededores y tampoco había visto llegar a Rowon, así que estimó que podía husmear tranquilamente. Abrió la puerta despacio y entró, cerrándola detrás de sí. El lujo era imponente.  La cama enorme con esquinas redondeadas presidía la estancia y parecía tan cómoda y suave que invitaba a tumbarse sobre ella. Pero le pareció infantil hacerlo y se abstuvo. Sobre las paredes podían adivinarse armarios y compartimientos disimulados entre las hendiduras del brillante lambris. En una de ellas había un gran ojo de buey y se acercó apenas lo suficiente como para mirar hacia afuera sin ser vista desde el exterior. La puerta del baño estaba cerrada, y como estaba sola estimó que, ya que estaba, lo podría usar. Por eso la abrió.

Pero cuando lo hizo, se encontró frente a frente con Rowon, que en ese momento abría la mampara de vidrio de la ducha para salir de ella. Al verlo quedó petrificada. Estaba empapado y sus ojos húmedos le daban a su mirada un brillo especial. Pero donde recaló su vista hipnotizada fue en el extraordinario miembro viril que pendía apaciblemente como un guerrero que al fin descansa de la batalla.

Rowon apenas tuvo tiempo de tomar una toalla del perchero sobre la pared y cubrirse ajustándola a su cintura.

—    ¿Qué estás haciendo? —exclamó, mirándola con ojos desorbitados— ¿Estás loca, o qué?

—    Perdona —exclamó Arya nerviosamente sin moverse del lugar, haciendo gestos con las manos como para tapar lo que veía—. Te juro que no sabía que estabas aquí.

Rowon se quedó callado por un momento, observándola. Ella continuaba tratando de no mirarlo y pensando cómo justificar su presencia allí.

—    Estaba buscando el baño. Entré a la habitación creyendo que no había nadie. No sabía que estabas. No te vi llegar.

—    No me viste llegar porque entré por una puerta de servicio —respondió Rowon, con rudeza, aunque tranquilo—. Ahora ya te puedes marchar.

A pesar de estar acostumbrada al trato hostil y burlón de Rowon, creía haber captado un raro matiz en su voz y eso le impedía irse. Entonces él insistió,  con el sarcasmo de siempre:

—    ¿Vas a irte? ¿O se te ofrece algo más?

De vuelta en el salón y hasta que la reunión finalizó estuvo esperando que él se hiciera presente, pero Rowon nunca apareció. Y ella se fue para su casa sumida un agobiante estado de confusión. Una vez más se había sentido humillada frente a él, aunque esta vez había sido por culpa suya. Se decía que no deseaba volver a verlo, pero no podía borrar de su mente aquella insólita y reveladora imagen de él. Sabía que una vez finalizadas las tratativas con su empresa, Rowon se marcharía a su país y ella no contaría con ninguna excusa para contactarlo. Por eso era necesario que hablara con él antes de que se fuera.

Rowon no había aparecido por la empresa en todo el día, por eso Arya temía que ya se hubiera ido del país y tampoco quería quedar en evidencia preguntando. Pero de casualidad escuchó una conversación entre dos colegas. Estos rememoraban lo exitosa que había sido aquella velada en el yate y lamentaban que no fuera a repetirse ya que esa misma tarde se marchaba. Al enterarse, dio cualquier excusa para salir de la oficina y fue rauda a encontrarse con él.

Llegó agitada al puerto, pero a medida que avanzaba caminando por el largo espigón, trató de serenarse Subió al yate por la pasarela de amarre tratando de pasar desapercibida. No deseaba preguntar a nadie por él, hasta encontrarlo. Pero el barco era enorme y no sabía por dónde comenzarlo a buscar. Después de mirar aquí y allá, al fin lo localizó. Estaba recostado en la barandilla de la cubierta de proa, mirando el mar. Se lo veía pensativo y esa visión la enterneció.

Al oír pasos, él volteó apenas para ver quién se acercaba.

—    ¿A qué has venido? —exclamó al verla, con aire contrariado.

—    ¿A qué crees? —respondió Arya sin animarse a acercarse a él.

—    A molestarme, como siempre —dijo él, volviendo la vista nuevamente hacia el agua y apoyando sus manos en la barandilla otra vez.

—    Rowon —continuó Arya, acercándose ahora sí a él y apoyando sus manos también en la barandilla, a su lado—: ¿Qué quisiste decir con que te dejé plantado en el baile de graduación?

—    ¿A eso viniste? Nada. Lo que escuchaste.

—    ¿Estás seguro?

—    Parece que estás imaginando cosas. Vete a tu casa que yo ya me estoy por ir a la mía.

—    Rowon, si te vas yo me voy contigo.

—    ¡Ja, ja! ¿Es una broma? —rio sonoramente, girando apenas la cabeza para mirarla—.Vete a tu casa. Es lo mejor que puedes hacer.

—    Rowon —insistió ella, y él sentía que su voz suave se colaba profundamente en su cuerpo y revolvía su interior sin poder evitarlo—: Por una vez, deja de hacerte el malo conmigo. Sé que viniste por mí.

—    No me digas —dijo en forma burlona—. ¿Y cómo lo sabes?

—    Simplemente lo sé. Lo he sentido al estar a tu lado. Sé que sientes algo por mí.

—    ¿Lo sabes? ¿Y desde cuándo?

—    Creo que desde siempre. Cada vez que te acercabas a mí parecía que lo hacías para molestarme, y eso me dolía. Es por eso que te rechazaba. Cuando volviste a mi vida me pregunté por qué habías aparecido de la nada, y finalmente todo cuadró. Comencé a entenderlo aquella misma noche cuando me seguiste al estacionamiento. En ese momento tuve una corazonada, pero tuve que volver a rechazarte porque no estaba segura de tu sinceridad.

Rowon sintió que por primera vez su cuerpo se aflojaba y Arya lo captó emocionada, por eso continuó.

—    …pero eso solo fue hasta ayer.

—    ¿Hasta ayer? —exclamó Rowon soltando una carcajada nerviosa.

A continuación hizo un gesto de negación con la cabeza varias veces, como si no pudiera creer lo que escuchaba.

—    ¿Hasta ayer? —recalcó, como si no lo creyera—. ¿Ayer, cuando me viste desnudo?

—    Sí —respondió ella sin dudarlo.

La miró con incredulidad, con los ojos muy abiertos. Pero ella enseguida se corrigió.

—    ¡No! —exclamó contrariada—. Quiero decir…sí, fue cuando te vi desnudo, pero no es porque haya visto lo que vi.

En este punto, Rowon comenzó a escucharla con divertida atención. Había esperado demasiado tiempo a que fuera ella quien rompiera el hechizo.

—    Sí, Rowon —continuó, tratando de explicarle—. Recién ayer pude verte desnudo, quiero decir, sin esos escudos que usas desde que te conozco para protegerte de los demás. No sé si fue porque te tomé por sorpresa, pero me alegra no haberte dado tiempo a levantar una pared entre ambos, como lo has hecho siempre para mantenerte separado de mí. Sé que sabes que me gustas desde que te conocí, y si nunca te permití acercarte fue porque no creí que yo también te gustara, ya que no me tomabas en serio. Pero ayer, al verte así, desarmado y genuino frente a mí, supe que no eres la persona que siempre has simulado ser.

En ese momento los interrumpió el capitán, que venía a preguntarle a Rowon si estaba listo para levar anclas.

—    Todavía no —dijo Rowon bruscamente, notoriamente disgustado con él por haberlos interrumpido—. Le avisaré cuando esté listo.

Cuando el capitán se retiró, Arya supo que debía continuar hablando. Él no se había movido, ni siquiera para responderle y parecía atado a su posición defensiva. Por eso optó por cambiar de estrategia.

—    Al nombre de tu barco le falta una letra —dijo, sin preámbulos.

Al oír esto, Rowon se sorprendió, y al fin se movió poniéndose de costado para mirarla.

—    Ya lo sé —afirmó.

—    ¿Y por qué no se la pusiste?

—    Porque durante un tiempo creí que la había perdido.

—    ¿Qué la habías perdido? —dijo Arya incrédula, ya que las letras estaban pintadas y no había forma de que se pudiesen desprender.

—    Sí. No lo sé —agregó, confundido—. Supongo que dejé el nombre inconcluso hasta encontrar el objeto que lo inspiró.

—    ¿Cómo una promesa?

—    Algo así.

—    ¿Y lo has encontrado?

Se hizo un silencio y Rowon supo que era el momento preciso de confesar. Se lo debía. Pero como era su costumbre, su respuesta fue otra pregunta.

—    ¿Acaso te importa?

—    Sí, Rowon. No sabes cuánto. Solo que no sé cuánto te importa a ti.

—    Arya, eres inteligente, ya te lo dije. Nunca necesité decírtelo.

Arya lo sabía. Siempre lo había sabido, pero lo había negado para no sufrir. Las palabras habían estado de más, aunque todo habría sido distinto si en su momento ambos se hubieran sincerado.

—    ¿Es cierto que me esperaste aquella noche  en el baile?

—    Así es. Te esperé toda la noche para hablar contigo —dijo con voz ronca, acercándola a él—. Pero ahora no quiero hablar. Ven aquí.

Después de besarla apasionadamente, exclamó al aire frunciendo el ceño:

—    ¡Así que el mono azul quiere venirse conmigo!

A lo que Arya agregó, en tono burlón:

—    Pero que conste que es solo porque quiero que completes el nombre de tu barco. No me gustan las cosas sin terminar.

—    Está bien, pero ¿dónde está tu equipaje?

—    No lo traje.

—    ¿No lo trajiste? ¿Acaso piensas venirte conmigo solo con lo puesto?

—    Así es.  Porque espero pasar toda la travesía contigo en tu habitación.

—    Ya sabía que mi cuerpo te había impresionado.

—    Calla, y ve a decirle al capitán que ahora sí estás listo para zarpar.

………………………………………………………

—    Rowon, el yate es precioso, pero navegar durante tanto tiempo me ha mareado. ¿Podríamos volver a casa por otro medio?

—    Si lo prefieres podemos volver en el jet.

—    ¿Tienes un jet?

—    Sí, así es. Bueno, en realidad es una aerolínea. El jet pequeño es solo para mi uso personal.

—    Ya. ¿Y la aerolínea también se llama «Mono Azul»?

—    No, la aerolínea se llama «Arya».