Ojos verdes

Nora Sisto



            Frente al enorme espejo, Martina no dejaba de mirarse fascinada. Aquel vestido blanco era una verdadera belleza, y a pesar de que no sería para ella, le quedaba fantástico. Era un vestido de novia de corte princesa, con un armado corsé sin tirantes y una voluminosa falda vaporosa compuesta por capas superpuestas de tul.

          No había podido cerrárselo ella misma, ya que era necesario que alguna asistente la ayudara. Por eso, en la parte posterior había quedado abierta una profunda “V” que dejaba al descubierto gran parte de su espalda. Sobre uno de sus hombros desnudos se apoyaba su larga trenza de cabello castaño, que caía como un adorno más, sobre el escote en forma de corazón. No era tan alta como la novia que iba a lucirlo, así que se había subido a un banquito para evitar que el ruedo apoyara sobre el suelo. De esta manera, vista desde cierta distancia, daba la impresión de estar suspendida en el aire.

          La legítima dueña del vestido era su hermana mayor Emilia, cuya boda    tendría lugar al día siguiente. La prenda había sido entregada por el modista con suficiente anticipación y desde entonces había reposado a salvo sobre un maniquí. Pero ahora ella había querido probárselo. Se encontraba en un salón en la planta alta del edificio, que sería el centro de operaciones donde tendría lugar el completo acicalado de la novia. Habían colocado allí todo lo necesario —entre lo cual estaba ese importante espejo—, con el fin de no dejar librado al azar ningún detalle de su vestimenta.

          Contiguo a aquel salón había una coqueta habitación con una extravagante cama con dosel, donde, previo al acontecimiento, podría descansar cualquier integrante de la comitiva. Miró curiosa todo aquel despliegue a su alrededor. Parecía que iba a ser  un operativo casi de estilo militar, lo que le pareció divertido, aunque  exagerado en extremo. Pero posiblemente eso era lo que se estilaba.

          El velo con la  elaborada diadema descansaba muy bien acomodado en un soporte especial, y  no se lo había colocado por temor de que al sacarlo se desarmara. Y además, porque ya era suficiente para su picardía usurpar por un rato aquel bello vestido. Estaba muy concentrada observándose cuando súbitamente la puerta se abrió.

—    ¡Marty!, ¿qué haces? —exclamó horrorizada su hermana.

—    Perdón. Ya voy a quitármelo —respondió asumiendo su culpa—. Es que es tan hermoso que no pude resistir la tentación de probármelo. Pero quédate tranquila. No lo he arruinado.

          Mientras hablaba con su hermana, Martina observó de pronto que ésta no venía sola. Detrás de ella, en la penumbra del corredor y guardando una distancia prudencial, había un hombre que al verla quedó como hipnotizado. Aunque éste permanecía fuera de la habitación, podía verle con claridad. Notó que se había quedado estático, y que luego se había corrido hacia un costado, quedando fuera de su visual. Sin embargo, aquel encuentro  ya había surtido sus efectos.

          Después de ayudar a Martina a quitarse el vestido, y de colocarlo prolijamente otra vez sobre el maniquí —del que nunca debió haber sido retirado—, Emilia se dirigió a la planta baja donde la esperaban, sacando previamente de un cajón el papel que había venido a buscar. Martina supuso que su  hermana se había ido con aquel hombre, así que después de vestirse con su propia ropa, bajó las escaleras con intención de irse a casa.

          Al pasar por la sala, vio que Emilia estaba conversando muy concentrada con el mismo hombre que acababa de ver. Estaban sentados en aquellos sofás increíblemente mullidos, y ella leía en voz alta algo que tenía escrito en el papel. Él escuchaba con atención cuando ambos se interrumpieron al verla. Habría querido pasar desapercibida, y con eso volvió a sentirse incómoda otra vez, dado que había sido encontrada in fraganti hacía solo unos minutos. Como no quería volver a ser observada, trató de apurar el paso. Pero su hermana la llamó.

—    Marty, ven. Te presento al padre Jonás. Él es quien remplazará al padre Justo, que por desgracia ha caído enfermo y no podrá oficiar mañana la ceremonia. Ahora mismo estamos repasando mis votos. Jonás, ella es Martina, mi hermana menor.

—    Encantado —dijo él, poniéndose de pie y extendiendo su mano. La saludaba con la seriedad propia de su condición.

—    Mucho gusto —respondió ella, sintiéndose un poco avergonzada. Más aún porque tendría que volver a verlo al día siguiente.

—    Bueno, yo ya me iba. Hasta mañana —agregó. Y siguió, apurada hacia la puerta.

          Camino a su casa iba pensando que se había sentido un tanto atraída por la mirada extraña de aquel desconocido. Era evidente que al verla se había quedado boquiabierto. Pero ella misma al darle la mano, había creído perderse dentro de aquellos ojos verdes que la miraban con misterio. Los imaginó cual  dos puertas abiertas a un mundo desconocido, dos pasadizos secretos que podrían conducir a un abismo de una profundidad sin precedentes.  Ella era algo fantasiosa. Pero más allá de eso, era evidente que había quedado cautivada por los ojos de aquel hombre que recién acababa de conocer. Sin embargo, ella, por el momento, no estaba para conquistas. A sus diecisiete años, lo único que le interesaba era disfrutar de la vida.

          Al otro día, la boda se llevó a cabo con gran éxito. La ceremonia religiosa había estado muy emotiva, y el padre Jonás sin duda había sido un excelente remplazo. No se había celebrado en una iglesia, sino en el mismo lugar donde a continuación sería la recepción. Habían contratado esa preciosa mansión que se dedicaba especialmente a realizar ese tipo de eventos, y habían acertado porque el escenario era magnífico y todo estaba organizado a la perfección. Parecía una fiesta en un palacio sacado de un cuento.

          Todo estaba saliendo  muy bien. El baile era muy animado, y la gente parecía estar disfrutando a tope. Martina no había dejado de bailar, pero entre tantas vueltas notó de pronto  que Jonás estaba siendo acaparado fastidiosamente por una de sus tías, que no paraba de hablarle. Él con gran delicadeza la escuchaba, aunque se notaba que estaba realmente incómodo. Se acercó y, dirigiéndose a Jonás con una guiñada imperceptible le dijo que fuera inmediatamente a la entrada porque alguien lo estaba esperando.

          La fiesta estaba en su apogeo y Martina, un poco aturdida por tanto ruido,  se había refugiado en una de las terrazas que lindaban con el jardín, separada de este por una gran balaustrada de mármol. Le dolían los pies y necesitaba tomar un poco de aire, así que se sacó los tacones y se sentó sobre la baranda. El parque era maravilloso. Los canteros de piedra con plantas y flores enmarcaban las amplias partes de césped. Había focos de luz difusa ubicados en lugares estratégicos, que realzaban aquel soberbio diseño paisajístico. Le daba pena que aquella magia fuera a durar solamente una noche, pero así era la realidad.

          Absorta en sus pensamientos, no se dio cuenta de que Jonás también había salido al jardín y se había acercado a ella.

—    Gracias por salvarme hace un rato —dijo él con una sonrisa cómplice.

—    No es nada. Es que mi tía es muy buena, pero a veces suele ponerse muy pesada. A todos en la familia nos ha pasado alguna vez.

—    ¿Y cuándo tendremos tu propia boda? —continuó él como tirando una línea—. El vestido te sentaba muy bien.

—    ¿¡Me viste!? —exclamó ella, aparentando sorpresa, porque había visto bien cómo él la había mirado—. Fue una travesura, pero por suerte mi hermana no lo tomó a mal. Solo tenía curiosidad.

—    ¿Yo, casarme? —continuó, riéndose pero a la vez siguiendo atenta el hilo de la conversación porque le agradaba el rumbo que ésta había tomado.

—    No, por el momento no lo creo. Y agregó, percibiendo que era lo que él esperaba escuchar—: Primero tendría que tener novio.

          La charla se interrumpió abruptamente cuando su cuñado Emanuel  apareció. Venía a buscar a Martina porque iban a hacer un brindis antes de cortar el pastel de bodas y querían hacer una foto con toda la familia.

          En los días siguientes a la boda, Martina se dedicó a descansar. Había ayudado mucho a su hermana con los preparativos, lo que significaba que se había ganado un merecido descanso. Así que sus padres le financiaron una pequeña salida con amigas a un balneario no muy alejado del lugar donde vivían. Allí, además de disfrutar de varios días de sol y playa, tuvo ocasión de comadrear con ellas. El casamiento era de por sí una fuente inacabable de comentarios. Y como no podía ser de otra manera, Jonás fue el principal tema de conversación.

          Se enteró de que había sido compañero de colegio de Emanuel. Ambos se habían separado cuando éste entró a la Universidad y el otro, en cambio, se decidió por ingresar en el Seminario. Sus familias al parecer se conocían desde hacía bastante tiempo y compartían fuertes convicciones religiosas. Por eso, ante la emergencia que se había presentado por la enfermedad del párroco titular, Emanuel en seguida había recurrido a él para que se hiciera cargo de la ceremonia, cosa que aceptó de buen grado. Las chicas coincidían en que era demasiado atractivo para ser sacerdote, pero, por lo que sabían, él no cedía en su convicción. Sucedía que, además de su vocación personal, Jonás estaba muy comprometido con su familia, la cual, a diferencia de la de Emanuel, era tremendamente rígida y conservadora.

          Pasó un mes y los novios regresaron de su luna de miel. Entonces organizaron la inauguración de la casa donde iban a mudarse. Era un lindo apartamento pero muy pequeño, por lo cual, aunque al principio habían pensado en una gran reunión familiar, en el último momento resolvieron invitar solo al grupo reducido de hermanos y amigos más cercanos.

          Martina no se había dado cuenta de que se encontraría allí con Jonás, por eso cuando lo vio quedó ridículamente sorprendida. Posiblemente por esto él intuyó en ella cierto interés. Aunque se habían saludado mostrando indiferencia, a ratos ella veía que él la miraba de una forma extraña.

          Martina se percató de que él se había ido acercado con disimulo a ella hasta quedar finalmente a su lado, para poder entablar con ella una conversación. Se preguntaba si acaso sería el comienzo de una relación romántica, pero lo dudaba dado el obligatorio acatamiento de él al celibato. Se sentía bien con él, y congeniaban enormemente. Por eso comenzó a prestar atención a las señales y a imaginarse cosas. Pero nada iba a ser tan fácil.

          Al poco tiempo él se fue de viaje. Había sido enviado por su comunidad a cubrir una vacante en algún sitio lejos de allí, y no se sabía durante cuánto tiempo iba a estar. A pesar de sentirse muy frustrada, Martina, para no perder el contacto, comenzó a enviarle mails. Le escribía cada cierto tiempo, contándole todo lo que sucedía a su alrededor, cómo estaba el clima e inclusive le daba las noticias deportivas. Veladamente le hacía saber que esperaba su regreso. Los mails iban y venían. Cada vez eran más íntimos y, aunque ella era cada vez más explícita, él siempre parecía mantener la distancia.

          Pasaron varios meses, y cuando al fin él regresó, su encuentro no tuvo la emoción que ella había supuesto que tendría. Se había imaginado abrazos apretados y besos fogosos, pero nada de eso sucedió. Cuando se encontraron,  él solo la besó en la mejilla. Entonces comenzó  a darse cuenta de que su soñada relación tal vez era solo una utopía. Ella se había ilusionado demasiado. Pero la realidad era otra.

          Durante el tiempo que él estuvo en la ciudad se vieron solo por casualidad una o dos veces. Martina percibía que él, al verla,  se desbordaba de emoción. No obstante, su comportamiento era acartonado y poco demostrativo. Ella, por su lado, se sentía cada vez más descolocada al respecto. Cuando creía que finalmente él le declararía su amor, más se alejaba. Entonces comenzó a dudar de que él sintiera lo mismo y a renegar de aquella idea de predestinación cósmica en la que había creído ingenuamente. Ella tenía proyectos de vida que no quería posponer eternamente. No podía detener su vida. Así que se convenció de que lo mejor sería olvidarlo y se orientó a encontrar un nuevo depositario de su afecto. Pero no iba a ser sencillo porque estaba muy enamorada.          

          Al poco tiempo, Martina comenzó a salir con un muchacho que había conocido a través de unos amigos, con el que se sentía aceptablemente a gusto. Salieron durante un tiempo prudencial, al cabo del cual decidieron casarse. Si ella había esperado que Jonás diera algún tipo de señal, se había equivocado. Hacía más de dos años que no sabía nada de él. Al parecer, él estaba  demasiado absorto en las obligaciones de su profesión y alejado de su círculo de amistades, porque nadie comentaba nada acerca de él ni de dónde estaba. Pensó que quizás se mantenía alejado porque había perdido el interés en ella.

           La boda de Martina iba a celebrarse en el mismo lugar en que había sido  la de su hermana unos años atrás. Aquella misma mansión, con los mismos espacios que la habían deslumbrado en esa oportunidad y que, desde entonces, anhelaba para cuando ella se casase. Igual que aquella vez, la recepción iba a ser multitudinaria. Solo que ella, descreída de su propia fe, no había querido tener una ceremonia religiosa. A diferencia de aquella vez, ahora se consideraba mucho más madura.

          Había perdido las ganas de hacer tonterías. Sin embargo, quería mirarse en aquel espejo, igual que entonces. Ahora el vestido de novia era de ella, y era su propia boda la que se realizaría al día siguiente. Sabía que no había tenido otro remedio que pasar la página para continuar con su vida. Aquel amor que la había trastornado absorbiendo su vida por completo no podía malograr  todos los proyectos que había ideado desde que era niña. Ella deseaba formar una familia, y con él jamás iba a concretarla. Se había convencido de estar segura del paso que iba a dar, aunque tenía en su corazón una amarga sensación de vacío que no iba a poder superar nunca.

          Era el mismo lugar donde había visto a Jonás por primera vez. Pero ahora ella estaba ahí porque necesitaba tener un momento para pensar. El salón y la habitación contigua estaban en penumbra, y la mayoría de los empleados ya se había retirado del local. Desde donde estaba se sentía apenas el ruido de los pocos mozos que quedaban, que aún no habían terminado de acomodar las mesas y los adornos para el día siguiente. Pero allí se encontraba sola, frente a ella misma.

          Los pensamientos se agolpaban en su mente. La abrumaba pensar en aquel evento trascendental que se le aproximaba y del que no estaba segura por completo. Por eso se había quedado cabizbaja, mirando el piso. De pronto, levantó la vista sobresaltada. Como en un déjà vu, vio reflejada en el espejo la mirada fija de unos ojos verdes. Jonás estaba justo detrás de ella, y sus ojos afiebrados la contemplaban con una mezcla de desesperación y de miedo que la estremeció.

          Quiso darse vuelta, pero él no se lo permitió. Porque una de sus manos ya acariciaba temblorosa su espalda desnuda y se introducía peligrosamente por el costado de su vestido, mientras que con la otra se lo quitaba con fuerza, dejando que cayera por su propio peso sobre el suelo.

          Se desvaneció, y cuando abrió los ojos él estaba ahí, sentado al borde de la cama con los ojos enrojecidos, cubiertos de lágrimas. Había esperado en silencio a que ella se despertase y la miraba angustiado. Sin haber tomado plena conciencia de lo que había sucedido, ella sintió que debía consolarlo. Pero justo cuando quiso mostrarle una sonrisa comprensiva, él se le adelantó:

—    ¡Perdóname! —exclamó con amargura—. Perdóname —repitió una vez más, con voz enronquecida. Y se puso de pie, yéndose rápidamente.

          Cuando vio que él se iba, se levantó a duras penas y corrió desesperada hacia el salón contiguo, esperando retenerlo. Pero fue inútil. Entonces  quedó desorientada, parada en medio del salón sin saber qué hacer. Todo se había precipitado igual que una súbita tormenta, y en su estado de aturdimiento no atinaba a recordar cómo se había desencadenado.

          Su cuerpo mantenía aún aquella excitación insostenible. Podía sentir aún el calor de los labios de Jonás recorriendo su piel crispada, la convulsión agónica y aquel fuego penetrando su cuerpo, inundándolo todo, encendiéndolo desde la punta de sus pies hasta el último de sus cabellos. Ella no había podido hacer nada por evitarlo. Él era demasiado fuerte para que ella hubiera podido defenderse. Lo que sentía por él era demasiado fuerte para que ella hubiera querido defenderse.

          Se vistió con rapidez. Temió que alguien, por casualidad, entrase de improviso. Nadie podría saber jamás lo que allí había sucedido. Apurada, levantó con tristeza aquel hermoso vestido blanco que había quedado tirado en el piso y lo colocó, arreglándolo como pudo, sobre el maniquí. Tomó sus cosas y bajó al piso principal. Tras comprobar que nadie se hubiera percatado de lo sucedido, se retiró.

          Abatida, se sentó dentro de su coche, pero no estaba lista para arrancar. Se preguntaba si todo aquello había sido real, o acaso solo había sido una loca  alucinación de su mente agobiada. Pero no le preocupaba. Sabía que para siempre iba a ser un secreto entre ambos.

          Al llegar a su casa se encerró en su habitación. Todavía estaba enamorada de él, y había creído por un instante que su vida al fin podría tomar el rumbo que siempre había soñado. Pero estaba equivocada. Él había aparecido de improviso, solo para confundirla aún más y para desequilibrar aquella precaria seguridad que había forjado con esfuerzo durante todos esos años. Por él habría renunciado a todo. Pero él había vuelto para dejarla sola otra vez. Y se preguntaba por qué.

          Era pasada la medianoche, y sabía que no iba a poder dormir. Su cabeza le daba vueltas sin poder encontrar una explicación que la tranquilizara. De pronto escuchó que alguien golpeaba muy despacio la puerta de su dormitorio. Abrió en seguida. Era su hermana Emilia, que había venido tratando de pasar desapercibida, y se la veía un tanto nerviosa.

—    Marty, perdona que venga de esta manera, pero no podía hacer otra cosa. Sé que mañana es un día muy importante para ti, y espero no alterar tu tranquilidad con esto. Jonás está aquí y me rogó que viniera a decirte que necesita hablar contigo. Está en la calle, esperándote.

          No supo qué decir. Su hermana la esperaba para acompañarla a la puerta, pero seguramente no estaba al tanto de lo que había ocurrido. Tenía miedo de tenerle nuevamente frente a ella, pero debía escucharle. Se puso un abrigo y salió. Emilia se mantuvo dentro de la casa aguardando, por las dudas.

          La noche estaba estrellada, en la calle no se veía más que algún coche que pasaba cada tanto. Él parecía estar mejor, más tranquilo que unas horas antes pero, sin embargo, su semblante era sombrío. Sus ojos estaban apagados y se veía en ellos un halo de resignación. Él fue el primero en hablar.

—    Necesitaba saber si estabas bien. Tal vez no puedas perdonarme nunca por lo que te he hecho. Nunca quise hacerte mal. Durante mucho tiempo pensé que nuestra vida iba a tener la oportunidad de ser de otra manera, pero no pude lograrlo. ¡No sabes cuánto siento haber despertado en ti ilusiones que fatalmente sabía que nunca se cumplirían! Yo también he sufrido, aunque siempre traté de que no lo notaras. Quiero que sepas que, aunque no pude corresponder las expectativas de tu amor, a mi modo te he amado demasiado.

          Ella le oía pero no necesitaba escucharle. En ese momento no importaba lo que él le estuviera diciendo, porque ella miraba la profundidad de sus ojos, y ahí podía ver la única verdad; ambos habían alimentado un amor enorme, pero sin esperanzas ni futuro, y ahora debían abandonarlo.

—    En un rato me voy y no creo que volvamos a vernos. Es una misión que ha logrado acaparar mi atención, y la acepté porque necesito concentrarme urgentemente en algo que me obligue a no pensar en todo esto. Pero no quería irme sin decírtelo.

—    Quiero darte algo —agregó con un nudo en la garganta. Entonces se  quitó del cuello una cadena de oro que tenía una medalla con la imagen de una virgen.

—    Perteneció a mi abuela, y me ha traído siempre buena suerte —murmuró    con una mueca de sonrisa mientras se la colocaba a ella.  Luego besó con devoción aquella imagen, que acto seguido se deslizó suavemente por el escote de la blusa, quedando oculta en su pecho.

—    No puedo quedarme contigo, pero te dejo mi vida —le dijo justo antes de darse vuelta y correr hacia el taxi que lo esperaba a unos pocos metros.

          Pasaron más de veinte años. La vida de Martina se había encauzado tal como ella había planeado. Su boda se había realizado sin aparentes contratiempos y ahora tenía una familia. Su esposo era un buen padre y a ella la consentía constantemente. Tal vez no lo amaba con aquella pasión que había sentido por Jonás, pero era un amor maduro que le daba alegría y una paz que la contenía y la calmaba.

          Un mediodía, mientras la familia reunida disfrutaba de la sobremesa, su cuñado les dio la noticia: Jonás había muerto. Al parecer había pasado los últimos años de su vida en un país remoto, signado por la guerra. Había encontrado estabilidad en su vida prestando ayuda humanitaria a aquella pobre gente que tanto la necesitaba. Pero lamentablemente, había sido abatido junto a parte de la población en uno de tantos trágicos combates.

          Martina escuchó con atención, pero no dijo nada. Tampoco manifestó ninguna reacción. Se suponía que él no representaba nada para ella. Nadie estaba al tanto de lo que había pasado entre ellos. Solo su hermana podría haber albergado alguna sospecha, pero jamás le había preguntado nada. Por eso se levantó de la mesa con aparente naturalidad y se dirigió hacia el jardín. Sin que nadie la viera, tomó con ambas manos la medalla que pendía de su cuello y la besó con amor y tristeza.

          Se sentó en una de las hamacas sin despegar los pies del piso. En el jardín, varios de los niños jugaban animadamente y se quedó allí contemplándolos absorta durante un rato. Apretó con fuerza  sobre su pecho  aquella medalla. Ella se había vuelto agnóstica por tanta pena sufrida durante tantos  años, pero deseaba desde lo más profundo de su corazón que, en su descanso eterno, él alcanzara al fin la paz que su atribulada vida tanto había necesitado. Miró esperanzada hacia el cielo. Él, en su despedida, había sido sincero. No había podido quedarse con ella, sin embargo, había confiado en sus manos su propia vida.

          Ella ciertamente había pasado la página. Pero la releía continuamente. Tenía tres hijos maravillosos, que eran toda su vida. Su hija mayor era la única mujer de los tres. Y estaba orgullosa porque había heredado todo de ella. Era idéntica a ella en su fisonomía, su carácter rebelde y sus intensas ganas de vivir. Hasta usaba el cabello trenzado hacia un costado, igual que ella lo hacía en su juventud. Había heredado todo de ella, a excepción de una cosa. Había heredado de su padre aquellos magníficos ojos verdes.