Piel contra piel
Nora Sisto
Rafael contuvo la respiración tratando de no hacer ruido. Le había parecido un sueño, por lo que para convencerse de lo contrario tenía que mirar una y otra vez a Giulia, que ahora dormía apaciblemente en su cama. La noche había sido intensa, y casi no había tenido tiempo de tomar conciencia de lo sucedido. Le quedaba aún en el cuerpo una fuerte excitación, que la pasión descargada en las pasadas horas no había alcanzado a aplacar. Lo inesperado de la situación, y el deseo reprimido durante tanto tiempo habían confluido en una emoción demasiado grande para que pudiera ser apaciguada en tan poco rato. Se levantó sigilosamente, y poniéndose sobre la piel apenas un jogging y una campera, salió de la casa.
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Rafael Olivares había vivido siempre en España. Era un muchacho común, de una familia común, de aspecto e inteligencia corrientes, excepto por un detalle. A pesar de su altura y su físico atlético envidiable, tenía una malformación de nacimiento. En el lugar donde habría cabido estar su mano izquierda tenía una especie de muñón que apenas había llegado a desarrollarse, con unos dedos diminutos, que lo había atormentado durante toda su vida. Contaba con la buena escuela de haber crecido bajo el cariño y la comprensión de una gran familia, y además se había destacado como estudiante, pero aun así conservaba este único y gran motivo de desaliento, que no había podido superar.
Sabía lo que era sufrir por las burlas de otros niños y por las miradas indiscretas de los desconocidos, por lo que se había habituado a mantenerse apartado de la gente —en especial de las chicas, al llegar a su adolescencia— para evitar un posible bochorno. Así que, a los veintiún años y habiéndose graduado como técnico agrario, emigró a América con la intención de aplicar sus conocimientos en un emprendimiento rural de su propiedad, pero sobre todo esperando contar con un escenario fresco donde poder iniciar su vida adulta desde cero.
Se había asentado en una región vitivinícola, donde con la ayuda de sus padres había comprado un viñedo. El lugar había sido elegido con la asesoría de Pedro, un allegado de éstos que hacía ya muchos años que vivía en esa zona, y era gran conocedor del tema. El campo de Rafael era lindero al suyo —que era bastante más extenso—, y sus respectivas casas no se encontraban a más de un kilómetro de distancia una de otra. Pedro había perdido a su esposa hacía solo unos meses cuando Rafael se presentó en el lugar, y desde ahí éste se convirtió en un integrante más de su familia que vino de algún modo a suplir el lugar vacío dejado por aquella. Pedro vivía con su hija Giulia, una chica de quince años, inteligente y vivaz pero que últimamente le estaba dando trabajo educar, ya que por la pérdida temprana de su madre había quedado sumida en una enorme rebeldía y una profunda tristeza.
Desde un comienzo, Pedro que era una persona solidaria —pero sobre todo sabia—, había tenido una actitud condescendiente hacia Rafael, a quien ayudaba enseñándole pacientemente los detalles del oficio. Y Giulia sentía que Rafael por ser hombre comenzaba a ocupar un lugar de primogénito que ella detentaba legítimamente y no quería compartir, y por eso lo rechazaba. Cada vez que podía le demostraba desagrado, y trataba de superarlo en todo. Tal vez, por su poca experiencia no entendía que su padre intentaba pasar la página a todo el sufrimiento anterior, contribuyendo de paso con el proyecto de una nueva vida. Rafael por su parte estaba demasiado interesado y enfocado en hacer crecer su emprendimiento, por lo cual no se daba por aludido. Generalmente no ponía atención a los desplantes de Giulia, a quien —dado la diferencia de edades y porque sabía de su pérdida reciente— consideraba apenas una pobre chica.
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Una tarde, al finalizar su trabajo Rafael fue hasta la casa de Pedro a dejarle las llaves de un tractor que éste utilizaría muy temprano a la mañana siguiente. Al llegar vio que Giulia estaba sentada en los escalones de madera de la entrada, y que con la cara apoyada en sus rodillas lloraba amargamente. El sol en el horizonte, con sus rayos a ras de tierra iluminaba apenas el lugar, y lo único que se escuchaba en el ambiente era el chirriar intermitente de un grillo y cada tanto su sollozo apagado. Ante esa escena de desolación, Rafael no pudo sino conmoverse.
—Hola Giulia. ¿Tu padre está? —preguntó por protocolo, ya dándose cuenta de que no estaba.
—No, no ha llegado aún. Estoy sola —respondió ella con voz apocada, levantando apenas la cabeza.
—¿Estás bien? —Se notaba en la voz de él que se preocupaba sinceramente. Pero ella se tapó la cara con las manos para llorar aún más.
Rafael poco la conocía. Sólo la había visto algunas veces, en las cuales le había parecido una muchacha insolente y muy consentida. Pero en ese momento algo le hizo cambiar de opinión. Él sabía lo que era sentirse solo. Y lo mucho que significaba una palabra de aliento o un gesto comprensivo. Por eso, sin pensarlo demasiado se sentó a su lado e instintivamente la abrazó. Ella se quedó quieta, y por un momento Rafael tuvo la impresión de que se aflojaba bajo su abrazo. Por eso se mantuvo pegado a ella. No había pensado en nada. Solo se había guiado por un impulso.
De pronto observó consternado que su mano deforme había quedado apoyada sobre el hombro de Giulia, expuesta totalmente. Entonces, tratando de evitar que ella al verla se espantase, disimuladamente la retiró. No la conocía bien, pero tampoco quería disgustarla. Y además no estaba preparado en ese momento para que la sensibilidad que le había inspirado aquella escena se malograse por un rechazo suyo. Ella no se inmutó, y él creyó que era porque no se había percatado de su maniobra. Para él, en cambio todo fue una conmoción.
Pero lo cierto es que aunque Rafael insistiera en convencerse de lo contrario, no había renunciado a aquel abrazo por la vergüenza de exponerse frente a ella. No. Había sido porque su emotividad había estallado, justo al sentir el cuerpo de ella pegado al suyo. En ese simple acto, ingenuo e inofensivo se había sentido de pronto invadido por una emoción furtiva que lo había incomodado, llevándolo a reaccionar defensivamente.
Por suerte Giulia no se había dado cuenta de nada. Creía estar seguro de eso porque ella no se había movido, incluso ni siquiera había levantado la cabeza para mirarlo. Sin embargo, sí había observado algo que íntimamente lo había halagado. Sentado junto a ella apenas alcanzaba a ver un costado de su rostro acongojado, pero igual había podido percibir cómo al abrazarla, los ojos húmedos y los labios apretados de ella cambiaban rápidamente aquella expresión de amargura por un semblante de bienestar que lo emocionó. Por eso se puso de pie en seguida, y disimulando su turbación se despidió.
—Te dejo aquí las llaves —dijo inclinándose para dejarlas sobre el escalón al lado de ella.
Y se fue apresuradamente, con la inquietante sensación de estar escapando de un campo magnético que lo había atrapado desprevenido.
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Eran pasadas las cuatro de la mañana. Todo estaba en silencio. La agitación había dado paso a la calma. Pero él aún tenía que desahogarse. Cuando llegó a lo de Pedro, este a pesar del frío de la noche estaba sentado en el porche, como esperando alguna novedad. Al verlo, Rafael descendió rápidamente de su camioneta y fue hacia él, cayendo de rodillas y permitiendo al fin que salieran sus lágrimas.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está Giulia? —preguntó el hombre, alarmado por su actitud inusual.
—Nada… Es decir... Está en mi casa… Durmiendo… Está bien… —Sentía que su agitación le impedía pronunciar una frase completa.
—¿Hablaron? —preguntó Pedro preocupado.
—Si, si. Hemos hablado…—dijo, interrumpiéndose con pudor. Comenzaba despacio a tranquilizarse—. Está todo bien. Pero igual tenía que hablar con alguien. Todavía me siento muy aturdido —dijo ya con una sonrisa ancha que le iluminaba el rostro —. Creo que necesitaba darte las gracias.
—¡Vamos, hombre! —respondió Pedro riéndose para sus adentros porque al parecer se habían cumplido sus deseos —. Ya, vuelve a tu casa. No la dejes sola.
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Para Giulia, Rafael era algo así como una piedra en el zapato. Creía que su padre lo mandaba a vigilarla cuando salía de paseo, porque iba a buscarla en su camioneta a altas horas de la noche a donde estuviera, y la llevaba de vuelta a su casa, siempre contra su voluntad. Era la única que lo llamaba «Raf», cosa que él suponía a veces una falta de respeto, pero otras secretamente se enorgullecía porque sabía que eso lo hacía para ella único y especial. Para una Giulia en plena adolescencia, su principal hobby era contrariarlo. Le discutía todo lo que decía, y cada vez que él la rescataba de sus líos le recriminaba ser un mandadero de su padre, sin saber que en muchas ocasiones no era su padre sino el mismo Rafael quien se ocupaba de cuidarla.
Al cumplir dieciocho años, Giulia marchó a la capital a cursar estudios universitarios. Siendo que, desde que era niña había asistido junto a sus padres a las reuniones de los productores rurales de la zona —gracias a lo cual estaba muy compenetrada en todos los aspectos de ese trabajo—, se decidió en consecuencia a estudiar una carrera en la cual pudiera perfeccionar todos esos conocimientos, y de paso colaborar con su padre en la administración de su establecimiento. Durante los dos años que duraron sus estudios se alojó en la casa de unos tíos, y solo iba al campo esporádicamente. A veces, cuando tenía dos o tres días libres se quedaba en la casa de su padre, pero en general no tenía tiempo para alternar. A Rafael prácticamente no lo veía, porque casi siempre cuando su padre se reunía con él, ella ya se había ido.
En la Universidad, Giulia conoció muchos chicos, algunos de los cuales resultaron ser vecinos de donde vivía. Por eso, cuando al graduarse finalmente regresó a su casa, ya contaba con varias nuevas amistades con las que comenzó asiduamente a salir. Iban a la ciudad a tomar un trago, al cine o de compras, o a bailar. De Rafael creía estar distanciada, en parte porque éste siempre estaba muy ocupado con su trabajo, y otro poco porque sus funciones como niñero, por lógica parecían haber caducado. Éste, por su parte también había hecho algunas amistades entre la gente de la zona, aunque no llevaba una vida social demasiado agitada. A pesar de la importante expansión de su negocio, y de su creciente madurez, aquel complejo personal igual lo frenaba.
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Era una estrellada noche de invierno cuando Rafael llegó a su casa luego de una intensa jornada de trabajo. Estaba estacionando con desgano su camioneta al frente de su cabaña, cuando la vio. Giulia estaba allí, parada en el porche a pesar del intenso fío, esperándolo. Sintió que un estremecimiento le bajaba por la espalda, pero procuró mantenerse aplomado. Descendió sin apuro y se dirigió lentamente hacia la puerta de entrada tratando de no mostrar interés.
—Hola, —dijo ella, notoriamente emocionada—. Al fin te encuentro. Te estaba esperando, porque tengo algo que decirte.
—Ahora no es buen momento —dijo él sin mirarla y evitando detenerse, al mismo tiempo que introducía la llave en la cerradura—. Estoy muy cansado, deseando darme una ducha e irme a dormir. Otro día conversamos. Ahora no puedo. ¿Está bien?
Su tono era hostil, y por su actitud no parecía estar dispuesto a escucharla. Sin embargo, entró a la casa dejando la puerta abierta detrás de sí. Giulia se quedó afuera, callada e inmóvil, y dudó por un momento si habría sido buena idea venir a verlo. Pero luego de algunos segundos, igual entró. Tenía que ser ahora, porque se había envalentonado para venir, y tal vez en otro momento no volvería a atreverse.
Cuando entró, alcanzó a ver que la puerta del baño se cerraba. Entonces se dispuso a esperar. La cabaña era pequeña e inspiraba calidez por la construcción en madera. Y como en ese momento estaba sola, pudo curiosear. Esa era la sala de estar. A sus espaldas había quedado la puerta de entrada que ella misma había cerrado prudentemente, y a su frente estaba la cocina, apenas separada del resto de la estancia por una mesa con varias sillas. A su derecha, se encontraba la estufa a leña, que en esa época del año acostumbraba a permanecer encendida día y noche para mantener caliente el lugar, y en la pared opuesta podían verse las puertas del baño y de la habitación, una junto a la otra.
Estuvo un largo rato junto a la estufa para calentarse, y luego se paró frente a la puerta del baño, oyendo a través de ella el ruido del agua de la ducha que caía sin parar. Al parecer, Rafael se tomaba su tiempo. Pero ella no podía irse. Tenía que terminar lo que había venido a hacer.
Al fin, la puerta del baño se abrió. Y ahí estaba él, frente a ella con el torso desnudo y una enorme toalla, un poco descolorida anudada a la cintura, que caía como un pollerón casi hasta sus tobillos. El pelo negro despeinado aún goteaba sobre su espalda y sus hombros, sin que pareciera molestarle. Tenía un rostro por demás expresivo, pero oculto bajo una barba espesa que lo escondía convenientemente.
— ¿Todavía estás acá? —le dijo con brusquedad—. ¿Por qué no te vas a tu casa? Quisiera estar solo.
Ella impedía su paso en la puerta, y para pasar habría tenido que apartarla. Para evitarlo, se dio media vuelta y fue otra vez hacia al interior del baño, gruñendo en voz baja.
— ¡Qué pesada eres! ¿Es tan importante lo que me quieres decir?
— Si, Rafael.
— ¡Bueno, por lo visto sí, ya que me has llamado por mi nombre completo! —exclamó burlándose.
Se mantenía de espaldas a ella, y como no sabía qué hacer, había comenzado a recoger del piso la ropa que había dejado desperdigada.
—Te amo —dijo ella, en forma inesperada.
Rafael se detuvo de golpe. Inspiró y espiró sonoramente, pero no se movió de su lugar. Luego, con la ropa que tenía en sus manos hizo parsimoniosamente una pelota y la tiró, embocándola en un canasto que tenía cerca. Pero no volteó para mirarla, aunque sintió que ella se le acercaba.
— ¿Escuchaste lo que dije? —dijo Giulia suavemente. Sentía su voz casi como un soplo sobre su espalda.
Por supuesto que había escuchado. Giulia había hablado fuerte y claro. Entonces se dio vuelta y la miró a los ojos con dureza. Sus pupilas eran dos brasas negras que la contemplaban desafiantes.
—Me falta una mano, pero no soy sordo —le dijo con amargura.
Giulia se apenó, pero no dijo nada. A pesar de lo antipática que pudiera haberse mostrado otras veces, ella jamás se había burlado de él. Por el contrario, lo admiraba. Admiraba su valor por haberse atrevido a aquella aventura, admiraba su capacidad y su tenacidad para abrirse camino solo, y sobre todo admiraba su sensibilidad que no le ocultaba, y su lealtad hacia quien lo había ayudado a dar sus primeros pasos. Rafael podía haber representado todo lo que aquella Giulia adolescente hubiera aspirado a ser. Pero ahora era el hombre que quería para ella. Antes se había acostumbrado a él, pero ahora no podía acostumbrarse a no estar con él.
Le costaba mirarlo a los ojos, pero igual se contuvo. ¡Por supuesto que había notado su mano!, como todos. Y aunque había intentado no darle ninguna trascendencia, ahora descubría que se había equivocado al no calibrar debidamente la importancia que ésta tenía para él. Nunca pensó que debieran hablar sobre ese tema, pero a raíz de aquel bendito incidente en la discoteca se había dado cuenta de que era preciso hacerlo. Solo esperaba que no fuera tarde. Le dolía que él se sintiera mal. Por eso se mantuvo firme.
— ¿Eso viniste a decirme? Si es una broma, ya la hiciste —le recriminó con dureza—. ¿O es una apuesta? Si es así ya puedes irte contenta, pues ganaste. Ve corriendo a contarles tu hazaña a tus amigos, y a reírte con ellos un buen rato. Ahora por favor vete, que no estoy de humor. ¿Tu padre sabe que estás acá?
— Si, lo sabe —le dijo, sorprendiéndolo.
— ¿Ah, sí? —exclamó con una mueca de incredulidad—. No puedo creer que se haya transformado en cómplice de tus boberías. Con más razón entonces, vete.
—Él sabe por qué estoy acá —continuó ella, ahora más segura—. Es más, fue él quien me aconsejó que viniera. Raf, para mí no ha sido fácil decidirme. Antes de venir estuve hablando con él por casi tres horas contándole todo, y él opinó que lo mejor era que viniera a explicarte todo porque tú lo entenderías. Por eso estoy acá. Espero que me escuches, porque si me voy ahora, tal vez nunca más me anime a decírtelo.
Y como él se quedó callado esperando, continuó.
—Raf, aquella noche en la discoteca, salió todo mal. No te esperaba, y tu presencia allí me descolocó. Sé que había bebido demasiado, y que me comporté como la chica maleducada que era antes. No sé si quería echarte o hacer que bailaras conmigo. Solo sucedió. Y cuando solté tu mano fue porque sentí algo imposible de controlar, que me asustó.
— ¿Y qué fue? ¿Asco? —la interrumpió con amarga ironía.
—No, Raf. Fue amor —. Se detuvo apenas para tomar coraje, y prosiguió—. Pero ya había tenido antes esa sensación. Fue cuando aquella tarde me abrazaste. ¿Recuerdas? Creía que era algo olvidado, pero mi cuerpo lo recordó muy bien. Y de golpe todo encajó. Por eso me asusté.
Él ahora la escuchaba en silencio. Era ella la que hablaba, eran las palabras de ella, pero describían textualmente sus propios sentimientos.
—Pero te fuiste sin darme tiempo a explicártelo —prosiguió ella. Recién ahora él se daba cuenta de lo angustiada que había estado—. Después salí corriendo tras de ti, con la esperanza de que me estuvieras esperando en tu camioneta. Pero te habías ido. Así que yo también me fui.
Rafael la seguía escuchando con atención, aunque sin decir una palabra. Por eso Giulia tragó saliva para continuar.
—Luego estuve despierta hasta la madrugada para verte y poder hablar contigo cuando vinieras a buscar a mi padre, pero no viniste. Y los días siguientes te esperé en vano porque no apareciste. No estabas en ningún sitio. Necesitaba hablarte pero tú no me dabas la oportunidad. Raf, durante todo este tiempo te eché de menos terriblemente. Creí que moriría si había dejado de importarte. Y hoy ya no pude más. Le conté todo a mi padre, y le pedí que me aconsejara porque ya no sabía qué hacer. Entonces me dijo que viniera a verte, porque estaba seguro de que hoy sí podría encontrarte.
—No estaba —dijo él de pronto en voz baja—. Me había ido. Todo eso me había caído muy mal, así que después de varios días de esconderme para evitarte, opté por irme. Fui a ver a mi madre. Yo también necesitaba hablar con alguien.
— ¿Estuviste en España todo este tiempo?
—No, solo las últimas dos semanas. Llegué recién ayer. Antes, simplemente no quería verte.
— ¿Mi padre lo sabía?
—Si.
—Y no me dijo nada.
—Creo que sabía por qué no debía decirte. Te dio tiempo a pensar.
Giulia hizo un gesto de negación con la cabeza, y amagó a irse. Entonces él la detuvo. Su ceño ya no estaba fruncido, y su boca esbozaba una tenue sonrisa.
— ¿Podrías repetirme lo que me viniste a decir?
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Aquella noche la discoteca estaba atestada de gente. Giulia había ido con sus amigos de la Universidad, que al igual que ella festejaban su graduación. El festejo era por todo lo alto, y prometía ser una noche tan inolvidable como descontrolada. Pedro, que a pesar de sus casi veinte años consideraba a su hija aún una adolescente, le había pedido a Rafael que fuera a vigilarla, y aunque éste en un principio se había negado por parecerle a esa altura impropio e inadecuado, más tarde por su cuenta igual se presentó en el lugar.
Durante todo aquel tiempo en que ella había estado lejos, él había respirado tranquilo. Con aquella chica fastidiosa fuera de su panorama no tenía que estar siempre alerta para contener la tensión de su presencia que lo intranquilizaba. La echaba de menos, sí, pero podía vivir con eso. Inclusive era posible que con el tiempo tal vez se le pasara. Pero desde que ella había regresado, las cosas se le habían vuelto mucho más complejas. Es que Giulia se había convertido en lo que él más temía: ahora era una mujer.
En la pista había mucho ruido, y la luz negra destellaba siguiendo el ritmo de la música, distorsionando con sus efectos las siluetas de la gente que se agolpaba y se sacudía bailando frenéticamente, y haciendo que la marea humana se pusiese por momentos difícil de atravesar. Pero él en seguida la localizó. Se notaba que había tomado alguna copa de más, porque se la veía bastante sacada. Y los muchachos que la acompañaban parecían disfrutar de la situación, riéndose y animando a las otras chicas también a desenfrenarse. Rafael se había mantenido prudentemente alejado, conteniéndose para no acercarse a ella, pero a medida que «el tenor iba subiendo de tono», se comenzó a aproximar.
Era consciente de que no estaba allí porque Pedro se lo hubiese pedido. Ya no se trataba de cumplir con aquel compromiso de velar por ella asumido con su padre. Ahora sentía el deseo de estar con ella. Estaba allí porque la amaba. Deseaba intensamente estar con ella, pero un irremediable sentimiento de impotencia indefectiblemente lo paralizaba. Giulia significaba todo para él. Pero ya no era más la niña desvalida de antes, a la que podía acercarse esgrimiendo aquel pretexto conveniente. Ahora era una magnífica mujer de la que se había enamorado completamente. Y él la quería para él. Pero sus posibilidades le parecían muy remotas. Él no era su pariente, ni su novio, ni siquiera un amigo. Temía por esto que si la abordaba, la reacción de ella fuera seguramente de rechazo.
Cuando notó que uno de los muchachos le hablaba al oído, no esperó más. Fue de inmediato hacia donde ella estaba y se interpuso entre ambos. Pero al verlo, Giulia sorprendida no tuvo tiempo a reflexionar. No pudo darse cuenta de que ninguno de los dos era ya el mismo de hacía varios años, y que por lo tanto no podía comportarse igual que lo hacía entonces. Por eso, cuando él se aproximó para hablarle, su primera reacción fue empujarlo con una mano, del mismo modo en que acostumbraba a hacerlo tiempo atrás. Sin embargo, esta vez no fue igual. Ocurrió algo inesperado.
A Rafael no le había dado tiempo a frenarla. Fue así que, en ese torpe ademán la mano de Giulia se encontró de golpe con su brazo —el mismo que él hubiera querido mantener oculto—, y a continuación se fue deslizando suavemente sobre éste sin que ella atinara a frenarse. Ese roce, de una sensualidad inusitada duró apenas una fracción de segundo. Pero pareció una eternidad, y ninguno de los dos deseó que terminara. Desde su brazo, su codo, pasando por su antebrazo y luego por su muñeca, la palma de la mano de Giulia lo había ido recorriendo todo, igual que una cálida caricia, y finalmente se había quedado detenida, asida a la mano deforme.
Entonces ambos quedaron paralizados. Era como si un relámpago los hubiera desarmado de golpe, poniéndolos al desnudo frente a frente, sin gestos y sin palabras. Fue entonces cuando ella, asustada reaccionó primero, retirando rápidamente su mano y mirándolo azorada. Pero él no pudo darse cuenta de que su mirada lo decía todo, porque no se animó a confrontarla. La única reacción que había aprendido a lo largo de su vida era huir. Por eso se fue inmediatamente. Cuando Giulia corrió tras de él, ya era tarde. El malentendido había sido evidente. Y ella tuvo que pensar durante muchos días en cómo hacer para poder subsanarlo.
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Del baño a la habitación había solo unos pocos pasos. Pero en el estado de excitación en que ambos se encontraban les pareció que eran mil.
—Espera —dijo Giulia cuando entraban en el dormitorio—. No me dijiste qué te dijo tu madre.
—Me dijo que me casara contigo.
Era el momento que ambos habían ansiado fervientemente. Cuerpo contra cuerpo, sin palabras. Solo el lenguaje de su piel. Sin embargo, de pronto Rafael se detuvo en seco, y levantando la cabeza la miró desconcertado. Podría ser el punto culminante que se sumara a todo lo anterior, y rematara como un «broche de oro» aquel suceso extraordinario. Entonces ella, que ya esperaba su reacción lógica, se lo confirmó.
—Si —le dijo con una sonrisa cómplice—. ¿Acaso pensaste que me acostaba con alguno de mis amigos?
—Por cierto, ¿quién lava tu ropa?
—El lavarropas —respondió él divertido—. ¿Acaso asumiste que era un inútil?
— ¿Y quién te cocina?
—Ya, cállate. ¡Por Dios! ¿En qué momento vas a dejar de molestarme?
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Luego del nacimiento de su primer hijo, la familia Olivares se mudó a una casa nueva más grande, donde más tarde nacieron otros dos más. A Giulia le causaba gracia que en cada oportunidad Rafael se tranquilizara luego de que contaba minuciosamente todos sus deditos. Aquel episodio en la discoteca, sin duda los había unido. Sin embargo, ella estaba segura de que su amor había comenzado mucho antes, aquella tarde en la escalera de su casa mientras él la abrazaba transmitiéndole su energía fabulosa. Ella había mirado de reojo su mano deforme sobre su hombro, pero no había querido que él se diera cuenta. Porque al mismo tiempo que él se avergonzaba, ella se llenaba de una ternura infinita de la que nunca más había podido escapar.