Romance de cine

Nora Sisto


      Estaba por comenzar la película, cuando le cayeron sobre la falda unas bolitas de pop provenientes de la fila de atrás. Como estaba con su novio, Francesca no quiso mostrarse molesta  y se quedó callada como si nada hubiera pasado. Pero seguían cayéndole. Entonces se dio vuelta y vio que eran dos niños pequeños que se reían y se tiraban las palomitas de maíz entre ellos, entonces le causó gracia y también se rio. Notó que entre los dos asientos que los niños ocupaban había un asiento vacío, y se preguntó dónde estaría el adulto a su cargo. Ya casi estaba por comenzar la película cuando un hombre apareció con dos botellitas de refresco y Francesca de reojo pudo advertir que, luego de darles una a cada uno levantó los abrigos que habían quedado reservando el lugar y se acomodó junto a ellos. Inmediatamente se apagaron las luces y la película comenzó.    

      Se trataba de una película de aventuras, y en ciertos momentos los chicos hacían exclamaciones o comentaban a viva voz a su acompañante las cosas  que sucedían. A Francesca le causaba simpatía la espontaneidad de aquellos pequeños espectadores, pero su novio se impacientaba y por eso de tanto en tanto daba muestras explícitas de contrariedad. Cuando al finalizar la película se dispusieron a salir, los chicos que estaban detrás de ellos salieron casi a la par. Se empujaban entre ellos y se reían, como si no hubiera más nadie alrededor. Su novio, que ya a esta altura estaba iracundo con su comportamiento, vociferó  de modo que lo oyeran.

—    ¡Mira que hay padres irresponsables que no saben cómo educar a sus hijos!

      Francesca no le respondió, aunque su intolerancia le causó vergüenza ajena. Era fácil advertir que los niños estaban ansiosos por salir a la calle, así que con amabilidad los dejó pasar delante de ella, así como al hombre que los acompañaba. Este, al pasar a su lado le sonrió imperceptiblemente  mirándola con expresión de “¿qué estás haciendo con este patán?” y sin decir ni una palabra, se alejó.

      A la semana siguiente, Francesca volvió al cine Ariel. Una de sus sobrinas pequeñas le había rogado que la acompañara a ver esa misma película. A ella no le hacía mucha gracia ya que la había visto solo unos días atrás, pero igual  accedió. En cambio su novio no había querido repetir la experiencia.

      A diferencia de la vez anterior, ese día la función transcurrió sin contratiempos, pero Francesca no pudo evitar rememorar lo ocurrido aquella vez. La actitud afectuosa de aquel hombre y su forma sugestiva de mirarla, incomprensiblemente la habían conmocionado. Ahora ella no estaba nuevamente allí para volver a verlo, pero sin embargo la idea no le parecía nada mal.

      Cuando al finalizar la función estaban por salir a la calle, su corazonada se confirmó. Unos pasos delante de ella estaba otra vez aquel hombre, ahora acompañado de tres niñas. Se dio cuenta de que él la había visto, porque cuando estaban alcanzando la puerta este se dio vuelta a propósito y la saludó.

—    Veo que volviste, igual que yo —le dijo visiblemente complacido.

—    Si —dijo ella sorprendida de que le hablase tan amablemente—. Todo sea por los niños.

—    ¿Es tu hija? —preguntó él de pronto.

—    No, no —exclamó ella, notando que la pregunta era capciosa—. Es mi sobrina Teté.

      En esta oportunidad él estaba acompañado por tres niñas y eso a Francesca le llamó la atención, teniendo en cuenta que la vez anterior estaba con otros dos niños diferentes. Pero de su parte habría sido un atrevimiento preguntarle. Sin embargo, él se adelantó a su curiosidad.

—    Yo estoy igual que tú. Ellas no son mis sobrinas ni mis hijas, pero es como si lo fueran.

      Y como le pareció una falta de consideración continuar conversando sin darse a conocer, estiró la mano para saludarla.

—    Soy Román.

      A Francesca el nombre le sonó muy bien y pensó que combinaba con su fisonomía. Era fornido y bastante más alto que ella, y a pesar de que su apariencia imponía respeto, se notaba su trato afectuoso. Sobre todo sus profundos ojos negros expresaban una inocultable dulzura interior.

—    Yo soy Francesca. Por lo visto nos tocan tareas similares.

—    Si, espero que a los próximos grupos de niños se les ocurra ir a ver una película diferente. Esta ya me la sé de memoria —dijo riéndose Román.

—    Bueno, ha sido un gusto verlos —se apuró a decir Francesca, esperando despedirse de inmediato.

—    Espera —la detuvo él—. Las chicas quieren tomar un helado. Si quieres las invitamos a ustedes también.

—    No creo que….

—    ¡Si! ¡porfi! —la interrumpieron al unísono las cuatro niñas, con sonrisas cómplices entre ellas.

      Fue tal la insistencia, que Francesca tuvo que ceder.

      La heladería era siempre un plan divertido. En esta había un sector de juegos infantiles al que inmediatamente corrieron las niñas con sus respectivos helados. Francesca se encontraba un tanto cohibida al quedarse sola con Román, porque sentía que su presencia la inquietaba.

—    ¿Y tu novio? —de pronto preguntó él como al pasar—. ¿No quiso acompañarte?

—    No…—dudó qué respuesta darle—. Tenía cosas que hacer.

—    La otra vez no parecía muy cómodo con los niños.

—    Es que no tiene mucha paciencia. Cuando tenga los suyos propios se supone que cambiará.

—    Si tú lo dices…—dijo él con un viso de incredulidad.

—    ¿Vienes seguido por acá? —preguntó ella, cambiando de tema.

—    Si. Bastante.

      Y sintiéndose obligado a explicarse, le comentó:

—    Trabajo en un internado de niños, el “Santa Alma”. Está a pocas cuadras de aquí. A pesar de que en general estoy bastante —y enfatizó—: bastante ocupado, los chicos siempre me terminan convenciendo para que los acompañe en sus salidas. Son muy apegados, y aunque no son demasiados, son todos menores de diez años y como supondrás, es muy grande el esfuerzo que hay que hacer para darles el calor familiar que nunca tuvieron.

      Conversaron largo rato. Ella le contó lo mucho que le gustaría haber continuado con sus estudios de magisterio. Cuando conoció a su novio ella era estudiante y él un alto ejecutivo de una  importante empresa multinacional. Gracias a sus influencias, él le había conseguido el empleo que tenía  actualmente como administrativa en la misma empresa, motivo por el cual había abandonado sus estudios. Pero a pesar de que el sueldo era significativo, aquel trabajo no se correspondía para nada con su íntima vocación; a ella le gustaba enseñar. A medida que avanzaba la conversación crecía su admiración por el trabajo de Román. Se sentía cómoda hablando con él porque le parecía que era como hablar consigo misma. La conversación duró hasta que Francesca entendió que ya era prudente retirarse. Así que luego de convencer a Teté de que debían marcharse, se despidieron.

      Al día siguiente, en su trabajo Francesca seguía pensando en aquel encuentro del día anterior. Frente a su computadora dudaba si buscar o no aquella institución que Román le había mencionado. Se preguntaba para qué lo buscaría, y si sería sensato ahondar en datos acerca de él. Aquel encuentro había sido casual, ¿o en realidad no lo había sido? En el fondo sabía que había ido a aquel cine sabiendo que posiblemente se encontraran. Era un poco ilógico investigar sobre la vida de ese hombre siendo que estaba comprometida con alguien más. Pero una fuerza interior parecía empujarla, y su curiosidad pudo más.

      El hogar “Santa Alma” se encontraba, efectivamente como Román le había mencionado, a unas pocas cuadras del cine Ariel. Ella suponía haber pasado alguna vez por aquel lugar, aunque nunca había reparado en su existencia. Siguió leyendo con atención. Por lo que ahí decía, se trataba de una fundación financiada con ayuda de particulares, que llevaba a cabo una tarea humanitaria importante para la ciudad. Había infinidad de fotos, en muchas de las cuales se veía a Román rodeado de niños sonrientes. Pero al seguir leyendo, el corazón de pronto se le detuvo: ahí decía que su director era el Padre Román.

      Cerró apurada su computadora y miró a su alrededor por si alguien pudiera haber estado observándola. Pero afortunadamente los demás empleados de la oficina estaban distraídos en sus tareas. Ella se había enternecido con aquellos niños y con la actitud de aquel hombre que los trataba como un verdadero padre. Pero caramba, ¡Román era un cura!

      A la salida del trabajo, su novio la esperaba en su coche. Habían quedado en ir a tomar unos tragos con una pareja de amigos, pero su mente ahora estaba bastante desconectada de aquel plan. Había quedado tan enfrascada en su sorpresivo descubrimiento que no le importó no pasar por su casa a cambiarse de ropa, y como ya se había hecho tarde se dirigieron directamente al lugar.

      El pub a esa hora estaba muy concurrido pero sus amigos los estaban esperando ya instalados en una mesa. La compañía era agradable y la conversación en otras circunstancias podía haberla atrapado, sin embargo ahora Francesca estaba distraída y no prestaba ninguna atención a lo que hablaban entre sí sus acompañantes. Su pensamiento había quedado congelado en lo que había leído un rato antes en su computadora. Con el vaso en la mano, bebía de a ratos con la mirada perdida a su alrededor. De vez en cuando asentía como por inercia a lo que decían, pero sin que nada de eso lograra despertar su interés. De pronto, algo hizo que el vaso se deslizara de sus dedos y cayera ruidosamente sobre la mesa.

      Román estaba allí. Por supuesto no estaba con niños, sino con un par de muchachos con los que hablaba animadamente. Al oír el ruido del vaso, y  como si la mirada atónita de Francesca lo hubiera convocado, él inesperadamente giró la cabeza y la vio. Por unos segundos sus ojos se encontraron, pero ella avergonzada, enseguida desvió la mirada y él volteó nuevamente la cabeza y continuó la conversación con sus amigos como si nada hubiera pasado. En seguida una camarera se acercó diligentemente para limpiar la superficie de la mesa y proporcionarle otro vaso. Francesca quedó conmocionada por lo sucedido, tanto que en cuanto pudo se excusó y se levantó de la mesa para ir al tocador.

      Ahí dentro se sintió segura. Se miró al espejo largamente, interrogándose severamente. ¿Qué estaba haciendo? Tenía la impresión de que la situación se estaba por convertir, más rápido de lo que hubiera podido suponer, en algo que no iba a ser capaz de manejar. Indudablemente Román le gustaba. Pero tenía que hacerse cargo. Era absolutamente inadecuado aceptar el coqueteo de ese hombre, por lo cual lo mejor iba a ser enviarle el mensaje de que ella no estaba interesada en nada  de lo que él tuviera para ofrecer. Así que salió del toilet envalentonada para dirigirse otra vez hacia el salón. Pero a los pocos pasos se topó de frente con él, que venía en dirección opuesta, hacia el baño de caballeros.

—    ¿Me estás siguiendo? —le dijo, con una sonrisa burlona al pasar junto a ella.

—    No…yo —alcanzó a balbucear ella, sin que él se detuviera a escucharla.

      Ya en la mesa con sus amigos, Francesca trató de disimular. Pero su semblante se había ensombrecido.

—    ¿Te sientes bien? —le dijo la chica a su lado.

—    Sí, claro —respondió Francesca minimizando la situación—. Problemas femeninos.

      Los días siguientes comenzaron a ser ambiguos. Era un alivio no estar obligada a coincidir con Román en ningún lado, pero sentía que crecía dentro de ella un imperioso deseo de que así no fuera. Escribía en su computadora una y otra vez la dirección de aquel internado y al instante la borraba sin llegar a abrir el sitio. Así pasaron varias semanas, hasta que un día no pudo más, e inventando una excusa cualquiera invitó a Teté a ir al cine Ariel. Internamente sabía que su intención no era complacer a su sobrina sino encontrarse allí con Román. Pero sus planes se arruinaron cuando su novio quiso acompañarlas.

      Al llegar al cine, tal como ella lo había intuido, en el hall de entrada estaba Román esperando para ingresar a la sala. En esta oportunidad venía acompañado por tres niños. Se encontraban relativamente lejos, pero ella podía verlos con claridad.  Se sintió más tranquila cuando comprobó que no estaba con ninguna de aquellas niñas que había conocido con su sobrina, las cuales habrían podido en ese momento dejarla en evidencia. Enseguida se dio cuenta de que Román la había visto, pero sin embargo no la miraba. Esperaba que Román no percibiera su oculta intención y su desilusión al no salir las cosas como imaginaba, pero lo que no sabía era que él había ido con la misma intención y que también estaba desilusionado.

      Esta vez, Román y los chicos se sentaron lejos de ellos, en una fila lateral. No obstante, desde sus respectivos lugares ambos podían verse perfectamente. Cuando las luces se apagaron y el espectáculo comenzó, Francesca sabía que no iba a mirar la película. Con disimulo movía apenas la cabeza para mirar a Román, que en un principio sí parecía estar concentrado en esta. Pero no lo estaba y cuando ella menos lo esperaba él también giró la cabeza y la miró. Sintió un súbito escalofrío y el mundo pareció detenerse. De a ratos, cada vez que la luz de la pantalla indirectamente los iluminaba, ella veía brillar los ojos de Román que parecían acariciarla con una intensidad turbadora. Él atendía a su reacción y ella nada podía hacer; solo trataba de esconder su temblor involuntario.

      Al finalizar la función, Francesca temió que él audazmente se les acercara. Pero no fue así. Mientras iban saliendo, comprobó que Román permanecía  sentado junto a sus chicos, aguardando a  que todo el mundo saliera. Pero en realidad, él esperaba que ella se alejara.

—    Menos mal que esta vez no se sentaron cerca de nosotros aquellos chicos maleducados —comentó su novio, mientras caminaban hacia la salida—. No sé si notaste que estaban en una fila lateral. Seguramente esta vez deben haber molestado a otros.

      No quería ser injusta con su novio pero se daba cuenta de que su amor estaba emigrando inevitablemente a otro destino. Román sin dudas le atraía fuertemente, pero sobre todo la habían conquistado su actitud paternal y el cariño que los niños le profesaban. Se culpaba a sí misma por aquel cambio inesperado, pero a esa altura el quiebre con su novio era indeclinable. Por supuesto, entendía que era improbable que llegara a tener una relación amorosa con Román, pero de todos modos ya no podía seguir a su lado. Entonces rompió con él.

      Durante un tiempo se sintió perdida. La rutina de tres años de noviazgo la había  acostumbrado a un ritmo de vida que ahora no tenía por qué seguir.      Pasaba el tiempo y Francesca soñaba con Román, sin embargo se prohibía ir a buscarlo. Se frenaba razonando que lo que sufría por no ir a buscarlo  no era nada comparado con lo que podría llegar a sufrir en caso de encontrarlo. Pero aquel hilo invisible tironeaba con fuerza desde ambos extremos.

      Una tarde, mientras terminaba de guardar unos archivos, antes de apagar su computadora dio, como habitualmente, una ojeada por la página del internado de Román. Ahí se enteró de que esa misma noche se realizaría allí un festival de coros infantiles al que estaba invitado en forma gratuita el público en general. Al fin tenía un motivo válido para ir a ese lugar.

      La noche estaba serena, y en el lugar se veía bastante movimiento. A pesar de eso, ella se había quedado parada enfrente del edificio y no se decidía a entrar. Ahí seguramente estaba el hombre que hacía agitar su corazón, pero  un  impulso atolondrado podía tener consecuencias importantes para su vida. Sin embargo ahí estaba y tenía que ser consecuente con sus decisiones, así que entró. Estaba lleno de gente, por lo que en la primera silla libre que encontró se acomodó. Desde donde estaba podía pasar desapercibida si acaso Román irrumpía en el escenario. Necesitaba verlo, pero tenía planeado que, una vez finalizada la función se iría rápidamente sin hablarle. Así era el trato hecho consigo misma.

      Los grupos de niños cantores se fueron sucediendo uno tras otro. Había niños de distintas instituciones y cada grupo se presentaba junto a su profesor. Unos eran más grandes, otros más pequeños, y todos ellos se esforzaban al máximo por dar su mejor actuación. Francesca estaba gratamente sorprendida porque nunca  habría imaginado que unos coros infantiles pudieran hacerla emocionar de esa forma, aunque se daba cuenta de que su sensibilidad estaba a flor de piel. Pero  pasaban los minutos y Román no aparecía. Esperó hasta que finalizó el último grupo, pero no lo vio.

      Su decepción era atroz y solamente esperaba el momento en que dieran por concluido el espectáculo para retirarse. Pero cuando ya estaba por levantarse de su silla, una de las organizadoras subió al escenario y comenzó a dirigirse al público para agradecer a todos aquellos que habían hecho posible la presentación. Y cuando Francesca menos lo esperaba, aquella bendita mujer pidió un aplauso muy fuerte para el director de la institución. Entonces palideció. ¿Él estaba allí? Se dio vuelta bruscamente y entonces lo vio. Román se había quedado de pie al fondo del local. Estaba con los brazos cruzados, recostado sobre la pared, y en ese momento comenzaba a sonreír  al mismo tiempo que  varios niños se le abalanzaban, abrazándolo.

      Se quedó parada en su sitio, calibrando la situación. El amor que aquellos niños abiertamente le demostraban agrandaba su ya insufrible excitación. Ella misma deseaba abrazarlo. Pero no podía hacerlo.  Entonces se dio cuenta de que él la miraba con una expresión extraña. Ella no podía hacer que aquel mar de gente se despejara de golpe para correr a sus brazos, pero poco a poco se fue acercando. Cuando estuvo junto a él, le dio un beso en la mejilla  al igual que estaban haciendo todos los que lo saludaban. Fue entonces cuando él le susurró al oído:

—    Espérame en la puerta, por favor.

      Lentamente se fue disipando el lugar. Ella había estado por más de media hora en la vereda esperándolo, cuando él finalmente salió. Venía nervioso.

—    Tenía miedo de que te hubieses ido. No me dejaban ir. Vamos.

     Sin decir más, la tomó de la mano y la condujo hasta su automóvil. Ella se dejó llevar. Había soñado durante mucho tiempo con ese momento y ahora no podía permitirse ningún arrepentimiento. Sin decirle a dónde iban, Román puso en marcha el coche y arrancó. Recorrieron  en silencio varias cuadras, hasta que se detuvieron frente a una casa de dos plantas.

—    Aquí es donde vivo —le dijo, primero sin mirarla. Y después mirándola a los ojos le dijo con voz ronca—: ¿Bajarías conmigo?

—    Si —dijo ella, simplemente.

      En aquel momento Francesca no había pensado en nada. En aquel maravilloso momento, se había olvidado de que no iba a ser posible aspirar a un futuro junto a él. Pero pasado ese rapto de inconsciencia, tuvo que volver a la realidad. La profesión religiosa de Román iba a ser siempre un impedimento. Y sin discutirlo con él, por sí sola decretó que aquella prueba de amor había sido  más que suficiente y entonces no debía volverlo a ver.       

      Los días comenzaron a sucederse, después las semanas y los meses. Francesca se había alejado de Román, y él no había hecho nada por contactarla. Ella creía comprender la situación, pero en realidad se equivocaba. Había asumido que Román nunca abandonaría su profesión y con su sacrificio creía ayudarlo a salvaguardarla. Sin embargo, Román no había vuelto a llamarla porque con su rechazo había interpretado que su pasión solo había sido pasajera. Si acaso había esperado que de aquel encuentro surgiese una relación duradera, el alejamiento de Francesca le confirmaba su error.

      Pasaron casi dos años. Francesca retomó su carrera de maestra y después de mucho trabajo se graduó. Se decía que el tema Román era un tema superado y aunque pensaba sin descanso en él, trataba de convencerse de que en algún momento dejaría de hacerlo.

      Al poco tiempo, Francesca comenzó a trabajar en una escuela. Estaba muy entusiasmada porque ahora sí podía poner en práctica la vocación de su vida.  El primer día de clase fue un tanto desordenado. Los chicos iban y venían buscando su aula. Algunos lloraban porque sus madres los dejaban solos y otros con alegría esperaban las instrucciones de su maestra para comenzar a aprender. Francesca tenía asignado un grupo de niños de ocho años. Cuando comenzó a pasar la lista, una de las niñas la interrumpió.

—    Maestra: yo te conozco —exclamó la niña emocionada—. Tú eres la tía de Teté. ¿Me recuerdas? Soy Sabrina. ¿Recuerdas que un día nos llevaste a tomar un helado? Fue hace tiempo, cuando tenía seis años, pero me acuerdo de ti porque eras amiga de Román. Por eso me alegro que ahora seas mi maestra, porque seguramente eres tan buena como él.

      Francesca no supo qué contestar. La sola mención de Román la dejaba sin palabras. La chica hablaba sin parar y reavivaba en su corazón aquel sentimiento sepultado. Ella también recordaba ese día; es más, no había podido olvidarlo.

—    Dime —le dijo finalmente aprovechando la ocasión para averiguar lo que tanto deseaba—. ¿Cómo está Román? ¿Sigue siendo el director del internado?

—    ¡Ya quisiera! —respondió la niña, suspirando—. Desde que se fue no hemos tenido noticias de él. Ni siquiera nos ha venido a visitar. Ahora la directora es una señora bastante buena, pero no se compara con él. El Padre Román era lo máximo.

      Había pasado mucho tiempo y Francesca sabía que no era la única que lo extrañaba. A veces se preguntaba si no se habría apresurado a dar vuelta la página, pero no podía volver atrás. Sin embargo, al escuchar las palabras de aquella niña se alegraba porque estas ratificaban lo merecedor que él era de su amor.

      Una mañana, durante el recreo Sabrina vino corriendo a donde estaba Francesca. Se la veía agitada.

—    Maestra: ¿a qué no sabes qué pasó? ¡Román ha vuelto al internado y va a ser otra vez el director!

      Francesca habría querido abrazar a esa niña, de la emoción. Pero no podía confundirla con sus sentimientos. Así que siguió escuchándola, fingiendo alegrarse por ella.

—    Pero estoy un poco triste —continuó diciéndole Sabrina—, porque me dijeron que ya no es más un “padre”. Espero que de todos modos nos siga queriendo igual.

      La Navidad se acercaba, y las calles comenzaban a tener un  aspecto festivo. Las vidrieras ya exhibían guirnaldas y arbolitos con chirimbolos y nieve artificial, y la gente se mimetizaba con esa algarabía. Todo parecía ser una fiesta, menos para ella. Un sentimiento de desazón la embargaba sin encontrar la fuerza suficiente para sobreponerse. Román había dejado de ser un “padre”, como bien había dicho Sabrina. Pero aunque él no lo supiera, en realidad seguía siéndolo.

      Francesca caminaba por la ciudad sin rumbo fijo. Miraba con tristeza los adornos en las ventanas y se preguntaba si la Navidad sería un buen augurio para volver a ver a Román, aunque temía que su alejamiento hubiera roto definitivamente aquel lazo. Entonces no quiso esperar a que el destino produjese un encuentro fortuito y lo fue a buscar.

      Parada frente a la puerta del internado, igual que aquella vez Francesca no se decidía a entrar. Necesitaba hablar con Román para aclarar las cosas pero le asustaba no saber cuál sería su reacción. De pronto, una voz la sacó de su ensimismamiento.

—    Puedes pasar. Aquí no mordemos —escuchó que le decían secamente.

      Era Román, que la había estado observando durante unos minutos y ahora intentaba hacerla decidir.

—    No tengas miedo, nadie va a lastimarte —continuó diciendo, ahora con tono irónico—. Sólo acostumbramos a agredir con palomitas de maíz.

      Francesca no tuvo más remedio que sonreír. Pero sus ojos se habían humedecido al verlo. Nunca le había preguntado si él estaba dispuesto a compartir su vida con ella. Al asumir que no, había dejado perder un tiempo precioso, y ahora no sabía si iba a ser posible recuperarlo. Su impulso era abrazarse a él, pero temía que él no le respondiera de igual manera. Así que se mantuvo a cierta distancia.

—    ¿No vas a entrar? —dijo él, ya con cierto nerviosismo—. ¿Entonces a qué viniste?

      Ella no le respondía, pero no porque no quisiera hablarle, sino porque tenía un nudo en la garganta. Ella quería contarle todo pero no sabía por dónde comenzar.

—    Si viniste para volverte a ir, más vale que lo hagas rápido porque no creo que responda de mí. Creo que lo que he pasado ya ha sido suficiente y francamente no estoy en condiciones de soportar otro golpe más. Así que te suplico que te vayas por donde viniste —exclamó con amargura.

      Y después de mirarla duramente, se dio media vuelta y enfiló hacia la puerta de entrada. Pero su mirada mortificada le había conmovido, por eso en cuando ella le habló, se detuvo.

—    Vine a entregarte un niño… —fue lo que le salió.

      Él la escuchó claramente pero continuó dándole la espalda y se quedó  inmóvil esperando escuchar lo que seguía a continuación, porque era obvio que eso no era todo lo que ella tenía para decirle. 

—    …Es un niño maravilloso… —continuó diciéndole Francesca mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

—    ¿Es un niño pequeño? —dijo de pronto Román volteando lentamente.

      Ante su repentino interés, Francesca se animó a decirle más.

—    Sí. Tiene casi un año.

—    ¿Acaso sus padres no lo quieren?

—    No, todo lo contrario —exclamó muy segura—. Su madre lo ama con todo su ser, y su padre posiblemente lo ame aún más, no bien lo conozca.

      Román suspiró hondo, tragó saliva e intentó seguir la conversación sin mostrarse peligrosamente interesado.

—    ¿Ya camina?

—    Aun no, pero está aprendiendo.

—    Y tú esperas que yo le enseñe...

—    Sí, Román —lo interrumpió con entusiasmo—. Me encantaría que ambos le enseñemos.

      Román la miró con desconfianza.

—    Para eso deberíamos estar juntos. ¿Qué dices al respecto?

—    Digo que sí.

—    …y no volver a separarnos nunca más.

—    Sé que me equivoqué, lo reconozco. Fui una tonta por no haber hablado francamente contigo. Pero si nos aceptas en tu vida estoy dispuesta a compensarte.

—    Bueno —dijo Román mirando hacia el cielo como pensando en algo para  pedirle—. Ya veremos qué estás dispuesta a hacer.  

      Francesca al fin respiró tranquila; él había recuperado el buen humor y volvía a bromear con ella.

—    ¿Vas a quedarte ahí parada o piensas entrar?

—    No. No quiero entrar. Lo que quiero es que me lleves contigo a tu casa.

—    Bueno, en eso coincidimos. ¿Y el niño?

—    Por esta noche va a quedarse en casa de mis padres. Créeme que ahí lo pasa muy bien. Y si estás de acuerdo, mañana bien temprano nos lo llevamos.

      Para Román era difícil contener la emoción. Durante toda su vida había venerado al “niño del pesebre” y era un milagro que, simbólicamente esta vez fuese él mismo su genitor.

—    ¿Y cómo se llama este niño?

—    Román.

—    ¿No tenías otro nombre para ponerle?

—    ¿Acaso no te gusta? Al fin de cuentas es el nombre de su padre. Pero si quieres, de ahora en adelante podemos llamarlo por su segundo nombre, que es Ariel. De todos modos, al próximo voy a dejar que seas tú quien elija su  nombre.