Sanadores

Nora Sisto

   

 

      Cuando comenzaron los aplausos, Serafina apagó el televisor. Ya era suficiente. No era que le molestara verlo rodeado de admiradores. Simplemente le molestaba verlo. En realidad, le dolía.

      Tenía trece años cuando Iván, con su madre y su pequeña hermana se mudaron al departamento contiguo al suyo. En aquel entonces, él era un chico común y corriente de diecisiete años, de figura agradable y lleno de vitalidad, y  ella, no bien verlo, enseguida se enamoró de él. Pero a pesar de ser una chica grácil y bonita, Serafina no era una chica popular sino más bien tímida; por eso no tenía la desenvoltura suficiente como para relacionarse espontáneamente con él. Intentaba torpemente acercársele cada vez que lo veía, pero él parecía estar pendiente de cosas más importantes que las comunes a los chicos de su edad.

      A pesar de que él nunca demostró intención de ser su amigo, ella no se daba por vencida. Es que aquella apariencia taciturna y la mirada intensa de Iván seducían fuertemente a Serafina, cuya sensibilidad podía atisbar, por detrás de aquella fachada áspera, lo misterioso y atribulado de su ser. 

      Cuando por casualidad coincidía con él en el pasillo o en la cabina del ascensor, Serafina no se animaba a hablarle. No obstante, a través de sus padres y sus vecinos averiguaba subrepticiamente todo de él. Sabía que cuidaba de su madre, la cual sufría de alguna terrible enfermedad, y eso despertaba en  ella su empatía. Con admiración lo veía colaborar en los quehaceres de la casa y especialmente lo fisgoneaba cuando él iba a tender la ropa al balcón. Porque  lo que más despertaba su respeto hacia él era que, cuando terminaba con sus tareas se acurrucaba en un rincón de aquella pequeña terraza y se concentraba en sus libros y cuadernos, sin levantar para nada la cabeza.

      Contadas habían sido las veces en que había tenido contacto directo con él. Sin embargo, cada una había dejado su huella. Un día, al llegar del colegio se lo encontró en el hall de la entrada. Evidentemente venía de hacer las compras, porque cargaba varias bolsas pesadas, algunas de las cuales había depositado mientras tanto en el suelo esperando a que se abriera la puerta del ascensor. Ella no se animó a saludarlo, pero cuando ésta se abrió, espontáneamente levantó dos de aquellas bolsas y lo acompañó en silencio hasta la puerta de su departamento. Aunque no habían intercambiado ninguna palabra, ella esperó que él, por cortesía la invitara a entrar. Pero en cambio, no bien puso la llave en la cerradura, él la detuvo en seco.

—    Gracias por tu ayuda —le dijo, mirándola con una mezcla de agradecimiento y tristeza que la estremeció—. De acá en adelante me ocupo yo.

      Serafina nunca había podido olvidar aquel momento. De no ser porque su gesto espontáneo pudiera haber sido interpretado por él como un desubicado exabrupto de confianza, lo habría abrazado con locura. Pero sus palabras, imperceptiblemente quebradas por la emoción, iban a acompañarla siempre.

      Durante todo ese largo año, Iván se mantuvo distante, aunque ella intuía una extraña complicidad entre los dos. Su comportamiento nunca mostraba en general notorios cambios, sin embargo Serafina, que lo observaba detalladamente, al tiempo comenzó a preocuparse por él, porque cada día que pasaba lo notaba más triste. Un día, al salir del ascensor se sobresaltó al verlo sentado en el piso del corredor. La puerta de su departamento estaba cerrada y él estaba acurrucado con la espalda pegada a la pared como solía hacerlo, sin levantar la cabeza, pero esta vez no era para estudiar. Cuando Serafina lo vio, se le encogió el corazón. No se animó a preguntarle qué le sucedía, aunque no era difícil adivinar la causa de su pesar. Entonces, lo único a lo que atinó fue a sacar de su mochila un chocolate que recién había comprado y, quitándole parte del envoltorio extendió la mano y se lo ofreció.

—    Toma —le dijo, esperando contagiarle una sonrisa—. Algo dulce te hará bien.

      Él, enderezándose apenas, lo tomó de su mano pero no la miró. Aun así, ella igual pudo ver que sus ojos estaban enrojecidos por las lágrimas.

      A los pocos días, la madre de él murió. Al haberse quedado solos, él y su hermana se fueron a vivir a la casa de unos parientes, lejos de allí. Desde entonces,  Serafina dejó de verlo. Sin embargo, su corazón no podía darse por vencido; seguía enganchado a él. Pasó mucho tiempo afligida por no saber dónde estaba. Imaginaba su dolor y le desanimaba no poder hacer nada para consolarlo. La distancia la entristecía; aun así, lo que más la desesperaba era pensar que él nunca iba a saber cuánto a ella le importaba. Pero él, aunque lejos, lo sabía muy bien.

      Se metió en la cama  aunque, como tantas otras veces, sabía que no iba a poder pegar un ojo. Su imagen en la televisión la había sobreexcitado. Hacía varios años que sus ojos lo buscaban intensamente en su PC, pero cada vez que lo veía, todo su ser se descompaginaba. Gracias a la Internet se había enterado de que era médico, que era un prestigioso investigador que viajaba constantemente y que presumiblemente no estaba casado. Es decir, la tecnología le permitía escudriñar muchas cosas acerca de su vida, aunque lo que verdaderamente le angustiaba era no formar parte de ella.

      Serafina trabajaba por las mañanas en una farmacia. Ésta había pertenecido a  sus padres desde que ella tenía uso de razón, y ahora que éstos estaban por jubilarse se preparaba para ser la encargada de gestionarla. Para eso, por las tardes  estudiaba la carrera de farmacéutica.

      Esa mañana, después de ponerse la túnica y encender las luces de los escaparates, se aprontó para abrir. Estaba acomodando algunas cajas que habían quedado amontonadas sobre el mostrador el día anterior, cuando su empleada Rocío entró. Llegaba tarde, como de costumbre, y no bien vio a Serafina  se la quedó mirando preocupada.

—    Chica, hoy sí que tienes mala cara. ¿Dormiste mal, o qué?

      Serafina no le respondió. La miró por un segundo con cara de pocos amigos y continuó guardando la mercadería.

—    Bueno, parece que hoy tenemos un mal día —masculló Rocío, como para ella misma—. Mejor me pongo a trabajar.

      Rocío era una chica un tanto alocada, pero para Serafina era una buena empleada y una mejor amiga. Tenía su misma edad y era frecuente que salieran juntas los fines de semana a tomar una copa o a bailar. Sin embargo, a pesar de ser compinches, había ciertas cosas de su vida que nunca iba a contárselas.

—    ¿Viste ayer en la televisión la entrega de los premios de Medicina? —comentó de pronto Rocío, como para entablar una conversación—. Uno de los premios fue para un investigador de nuestro país. Me sentí orgullosa al verlo, porque se nota que es muy inteligente. Parece que está investigando un nuevo tratamiento para una rara enfermedad. Según dijeron, era la enfermedad que sufría su madre.

      Entonces hizo una pausa y continuó, cambiando de tono con picardía:

—    …además me llamó la atención lo apuesto que es. Se llama Iván Serralía.  Mencionaron que estudió en la misma universidad a la que asistes tú. ¿Lo conoces? ¿Acaso lo viste alguna vez?

—    Puede ser —dijo sin ganas Serafina, aparentando poco interés—. El  complejo universitario es muy grande. Tal vez, en algún momento me haya cruzado con él.

      Podía haberle dicho que cuando eran adolescentes se había cruzado con él infinitas veces en el edificio donde vivían. Podía haberle dicho que lo amaba desde entonces y que nunca había sido capaz de comunicarle su amor. Podía haberle dicho que lo echaba de menos desde hacía diez años, que era el amor de su vida y que sufría porque nunca iba a poder hacerlo realidad. Pero en cambio, siguió trabajando como si tal cosa.

      A Serafina le habría encantado que coincidieran en esa universidad porque así habría tenido otras posibilidades de acercamiento, pero él era más grande y había finalizado sus estudios mucho antes de que ella ingresara. Por eso, cuando iba a clases lo hacía sin ninguna expectativa de verlo, ya que era poco probable que fuera a encontrárselo ahí. Sin embargo, esa tarde un imprevisto desmintió lo que suponía. El catedrático de una de las asignaturas que cursaba había invitado al doctor Serralía para que contara a sus estudiantes acerca del premio recibido y de paso diera un adelanto de unos nuevos medicamentos que se estaban experimentando en el país.

      Cuando lo vio aparecer en su clase,  quedó atontada. No se habían visto en diez años. Es decir, espiar fotos de él en las redes sociales no era lo mismo que tenerlo frente a ella con toda su humanidad. Y aquello fue para Serafina una total conmoción. Iván estaba ahí, casi al alcance de su mano y su angustia de tantos años parecía desaparecer. Su aspecto la hipnotizó. Ya no era aquel  muchachito abrumado y melancólico que ella recordaba, sino que ahora se veía como un hombre aplomado, de apabullante personalidad. No obstante, a pesar de haberse vuelto  exitoso, conservaba aquella mirada triste y profunda que la había conquistado cuando lo conoció.

      Intuyó que él la había reconocido, porque un par de veces en que miró hacia donde ella estaba pareció perder por unos segundos el hilo de su disertación. Cuando la clase finalizó, pudo observar que él se quedaba en la puerta del salón conversando con varias personas. Entonces se dirigió hacia la salida preguntándose si acaso él, al verla pasar se acercaría a saludarla. Y efectivamente, cuando ella pasó a su lado, él se despidió presuroso de aquellas personas y la siguió.

—    Es bueno saber que estudias acá —dijo él con naturalidad, como si nunca hubieran dejado de verse.

—    Sí —respondió ella, tratando de apaciguar su propia excitación—. Y tú también has sido alumno.

—    Por suerte ya no lo soy —exclamó Iván, suspirando y sonriendo con orgullo—. Soy exalumno. Me gradué de médico hace cuatro años. Ahora me dedico a la investigación. De todos modos, no he dejado de venir, ya que de vez en cuando me invitan para dar charlas a los estudiantes.

      Serafina lo oía sin escuchar; ella ya sabía todo lo que él le estaba contando. Por el contrario, atesoraba con vehemencia el sonido de su voz que, después de tantos años de angustioso silencio, volvía a embelesarla. Él parecía muy entusiasmado con ponerla al día y en su rostro se notaba una sorprendente  expresión de felicidad. Cuando consideró que ya había completado su «racconto»,  poniéndose un poco más serio, agregó:

—    Me alegra mucho volver a verte.

      Caminaron durante largo rato, y al salir del campus continuaron su caminata por la ciudad. La emoción del reencuentro parecía guiar sus pasos. Serafina iba junto a él, sin importarle hacia dónde se dirigían. Ninguno de los dos parecía prestar atención a las palabras que pronunciaban; solo el magnetismo entre ambos era lo que les marcaba la orientación. Su intensidad no había mermado con el tiempo; por el contrario, parecía haberse incrementado mucho más. No se acercaban  demasiado, pero no porque el acercamiento los inhibiera como alguna otra vez, sino porque ninguno de los dos deseaba arriesgarse a quebrar de alguna forma la magia de aquel momento. Siguieron su camino, hasta que frente a un moderno edificio de varios pisos Iván se detuvo.

—    Aquí es donde vivo —le dijo.

      Ella también se detuvo y miró pensativa hacia lo alto.

—    ¿Quieres venir conmigo a mi departamento? —le preguntó, mirándola con un brillo inusitado en sus ojos.

      Y añadió, después de unos segundos, como extrapolando el pasado:

—    Ahora sí puedo dejarte entrar.

—    Sí, quiero —respondió ella, simplemente.

      Cuando despertó, el departamento estaba en silencio; tan solo se escuchaba  el tic tac de un reloj que presidía la repisa de una lujosa estufa a leña con frente de cristal, en una de las paredes del salón. Descalza y envuelta en una sábana recorrió con curiosidad las habitaciones, buscándolo a él. Pero Iván no estaba. No obstante, sobre el desayunador le había dejado una notita en la que decía: «Tengo un compromiso de trabajo. Te busco a la salida de la facultad».  

      Por los ventanales abiertos entraba ya a esa hora un sol radiante. Se vistió enseguida y se fue rápidamente porque se le había hecho tarde para ir a trabajar. Aquel encuentro, tan imprevisto como conmovedor había resultado apasionante. Toda su vida había estado enamorada de Iván, aunque él había marcado siempre una distancia entre ambos.  Por eso nunca habría podido imaginar que su emoción reprimida durante tantos años pudiera explotar en una experiencia tan apasionada y vital como la vivida la noche anterior. Y ahora, con todo su ser deseaba repetirla. Pero había  un problema: ella estaba saliendo con Marcos.   

      De noche, a la salida de clases estaba nerviosa porque no sabía qué hacer. Deseaba locamente encontrarse con Iván, pero no había tenido tiempo de hablar previamente con Marcos y sabía que él, como de costumbre la estaría esperando en la puerta de la facultad.  Había comenzado hacía poco tiempo a salir con él, un poco porque había creído que era hora de abandonar la fantasía de su amor por Iván y otro poco porque necesitaba encaminar concretamente su vida. Pero ahora, el panorama era otro.

      Cuando llegó a la puerta, Iván efectivamente estaba esperándola, tal como lo  había dejado expresado en aquella nota, y al verla se aprontó para recibirla. Pero del otro lado de la calle, Marcos también la esperaba y se merecía una explicación mucho más responsable que solo dejarlo plantado ahí. Entonces tuvo que elegir. Tratando de esquivar la mirada de Iván para que su rostro no evidenciara la turbación que sentía, fue directamente hacia Marcos y, con el corazón hecho trizas se fue con él. Mientras se alejaban, volteó apenas la cabeza y alcanzó a ver el desencanto en los ojos del hombre de su vida, que la siguió con la vista hasta que se perdieron entre la gente.        

      Después, pasaron los días sin que ella supiera nada de Iván. No la había llamado y era obvio que no lo iba a hacer. Pero ella no podía permitir que él se desilusionara. La situación había sido confusa y ella se la debía aclarar. Así que, cuando logró juntar suficiente coraje, lo fue a buscar. Tocó timbre varias veces en su departamento pero nadie salió. Supuso que estaría trabajando, así que se recostó en la pared y se dispuso a esperar. En eso, vio que se abría la puerta del departamento contiguo y la vecina se asomó.

—    ¿Buscaba al doctor?

—    Sí —respondió Serafina.

—    Si es por el departamento, yo se lo puedo mostrar.

—    No, gracias —respondió Serafina, un tanto confundida—. Puedo esperarlo.

—    No creo que pueda —dijo la mujer—. El doctor ha viajado por trabajo, a otro país. Va a estar fuera dos años y como durante todo ese tiempo el departamento va a estar vacío me ha dejado encargada de alquilarlo. Si quiere, traigo las llaves así lo ve.

—    No, gracias —alcanzó a decir Serafina, antes de marcharse desolada.

      Ella ya se había planteado romper con Marcos mucho antes de haber estado  con Iván, aunque siempre surgía algo que la detenía. Ellos eran amigos, y por más que en esos pocos meses de noviazgo lo habían intentado, no había sido posible transformar en amor romántico su amistad. Y ahora ella sabía bien cuál era aquella abismal diferencia. No obstante, en esa ocasión fue otro motivo el  que aceleró rápidamente la ruptura entre los dos: ella estaba esperando un hijo. Un hijo de Iván. 

      Sin embargo, Marcos seguía frecuentándola como amigo. Los meses pasaban y el vientre de Serafina crecía y crecía. Pero también crecían dentro de ella la angustia y la preocupación. Iván había desaparecido y ni siquiera había podido comunicarle la importante noticia. Tanto sus padres como sus amigos la apoyaban sin hacer preguntas, aunque la notaban cansada, agobiada, y más tarde comenzó a preocuparles que hubiera dejado de ir a la facultad.  Marcos intuía que lo que la deprimía no era el cansancio físico debido a su maternidad, sino que había algo más. Por eso, con intención de averiguar cuál era el verdadero trasfondo, una noche la invitó a ir a cenar.

      Al entrar al restorán se encontraron con que estaba bastante concurrido, por lo que tuvieron que recorrer el salón buscando un lugar donde ubicarse. Cada uno por su cuenta miraba a uno y otro lado buscando una mesa libre, mientras  Marcos la llevaba del brazo para evitar que, a la pasada, algún distraído pudiera pecharla. De pronto, notó que Serafina se detenía, petrificada. Al seguir la dirección de su mirada vio que allí estaba Iván en una mesa, acompañado por una preciosa chica. Sin entender cabalmente el porqué de su conmoción, Marcos la jaló del brazo y la condujo bruscamente hacia el fondo del local, donde finalmente se sentaron.

—    ¡Casi me das un infarto! —exclamó, ya más aliviado—. Creí que ahí mismo te ibas a desmayar.

      Pero Serafina no reaccionaba. Había quedado con la mirada perdida, ausente, como si hubiera sido capturada por una aparición.

—    ¿Me vas a decir qué te pasa? —le recriminó entonces Marcos, con firmeza—. Ya es hora de que me des una explicación. Soy tu amigo y estoy dispuesto a ayudarte, pero depende de ti.

      Y como Serafina se empecinaba en quedarse callada, prosiguió:

—    ¿Conoces a ese hombre? Estás así por ese médico famoso, ¿no es así? ¿Por qué el verlo te afecta de esta manera?

      Y como recapacitando sobre sus propias palabras, añadió:

—    ¿Acaso él es el padre de tu hijo?

      Entonces Serafina lo miró con tristeza, y sus lágrimas comenzaron a brotar.

—    No puedo creer que sea él —recalcó Marcos, incrédulo—. ¿De verdad es él?

—    Sí —admitió, al fin ella.

—    ¡Maldito sinvergüenza! ¿Cómo dejaste que se aprovechara de ti? ¿No sabías que era casado? —exclamó, enfurecido—. Estos personajes son todos iguales. Se creen que porque son famosos pueden aprovecharse de los demás. Se merece que todo el mundo se entere de su fechoría, así se le bajan los humos. Déjamelo a mí.

      Serafina lo había escuchado despotricar contra Iván sin interrumpirlo, porque no tenía ganas de explicarle que nada de lo que decía hacía honor a la verdad. Pero cuando hizo ademán de levantarse de la mesa lo tuvo que detener.

—    ¡No, no! —le rogó Serafina, tomándolo del brazo—. No es como tú piensas.

      Entonces, derrotada por los hechos le relató a su amigo la larga historia entre ellos. Después de eso, se quedaron un rato más allí sentados, hablando solamente porque a esa altura ya habían perdido por completo las ganas de comer. Recién cuando pareció que Serafina se había tranquilizado, se dispusieron a salir de allí. Al pasar por la mesa en donde habían visto a Iván, ésta ahora estaba vacía, así que ambos suspiraron aliviados.

      Pero cuando salieron a la calle, se encontraron con que Iván estaba ahí. Estaba esperando a Serafina. Se lo veía nervioso, desencajado, y cuando sus miradas se chocaron, Marcos supuso que algo grave podía ocurrir, por lo que para proteger a su amiga intentó sacarla de ahí cuanto antes.

—    Vámonos —le ordenó, empujándola a caminar hacia el coche.

      Ella obedeció. Habría corrido hacia él sin pensarlo, pero el miedo la había frenado. Su interior le decía que no debía hablar con él; no estaba preparada para que Iván le dijera que ahora amaba a otra mujer. No obstante, sintió un escalofrío cuando, desde la ventanilla del coche  alcanzó a ver que aquella mirada melancólica que tanto amaba se tornaba en un segundo en una mirada de odio que la atravesó mortalmente. Otra vez era ella quien lo dejaba desconcertado.

      Aunque admitirlo le causaba un gran dolor, para Serafina era evidente que él había pasado la página, y por eso intentaba convencerse a sí misma y a quienes la rodeaban,  de que ella también debía mirar hacia adelante. Iba a trabajar todas las mañanas como habitualmente, pero se la veía decaer. Así que para animarla, sus amigos la alentaron a que, mientras tanto no naciera su hijo retomara sus estudios. Tanto le insistieron que se dispuso a rendir un examen, a fin de no perder la escolaridad.

      Mientras giraba el bolillero, Serafina lo miraba intranquila. A pesar de que realmente se había empeñado en aprender los temas del examen, sus pensamientos estaban puestos en otro punto de interés y por eso no había logrado asimilarlos. Por eso esperaba ansiosamente que saliera sorteado alguno que le presentara poca dificultad. Pero, como suele ocurrir, sus esperanzas se truncaron. Estaba resignada, tratando de concentrarse en rescatar de su memoria los conocimientos necesarios para responder, cuando algo inesperado ocurrió. La puerta del salón se abrió y entró Iván.

      Como era esperable, no bien los integrantes del tribunal lo vieron, lo llamaron para que se acercara, con intención de que se quedara con ellos a charlar. Pero Iván no estaba allí para visitarlos. Había ido a buscar a Serafina.

      Cuando se miraron, ella palideció. De inmediato bajó la cabeza intentando  disimular y retomar el hilo de lo que estaba escribiendo, pero la situación la superaba. Entonces, su cerebro se nubló, y se desvaneció. Lo siguiente que vio fue que el salón se había desalojado y que ella permanecía recostada en su silla mientras una enfermera le controlaba la presión arterial al mismo tiempo que Iván la sostenía con firmeza.

—    Está todo en orden, doctor —escuchó claramente que la enfermera le decía.

      Y dirigiéndose a ella, antes de retirarse agregó:

—    Señora, ya puede enderezarse. Cuando no se sienta mareada puede ponerse de pie.

      Serafina no quería mirar a Iván. Su sentimiento en ese momento era de vergüenza y desilusión.  Ella lo había dejado plantado sin una explicación, pero él a su vez la había dejado por otra.  Entonces se levantó de su silla, con intención de irse. Pero no bien quedó frente a él, la emoción pudo más. Lo asió por las solapas para sacudirlo con resentimiento, pero en su lugar rompió a llorar cuando Iván la abrazó con fuerza.  

—    Ya pasó —exclamó Iván, apretándola contra su pecho. Y lo repitió varias veces para convencerla—: Ya pasó, ya pasó.

—    Iván, perdóname —exclamó, sollozando—. Yo quería hablar contigo…

—    Ya lo sé —la interrumpió—. Perdóname tú a mí por haberte dejado sola. No sabes cuánto lamento haberme ido sin darte oportunidad de hablar. Es que cuando te vi con otro enloquecí. Pero no voy a volver a dejarte. Te lo prometo.

      Pero Serafina necesitaba aclarar sus dudas. Por eso lo miró interrogante.

—    Pero Iván, te vi con otra mujer.

—    ¿Fue por eso que no me hablaste? Esa chica es mi hermana —le aclaró, mostrándose casi molesto—. Creí que la habías reconocido. Comenzó a estudiar Medicina el año pasado en nuestra misma facultad. Ella sabe cuánto te amo, por eso, cuando vio que estabas mal me llamó inmediatamente para contármelo. Te sorprenderías de cuánto la gente habla a nuestras espaldas.

—    ¿Y tu contrato? Sé que tienes un contrato de trabajo en el extranjero. ¿Te vas a volver a ir?

—    No, el contrato puede esperar. Mi mujer y mi hijo, no.

      Serafina se apartó un poco para mirarlo mejor y dijo, con cierta ironía:

—    Nunca te dije que este hijo fuera tuyo.

      Iván la miró, respiró profundamente y afirmó, con indisimulada vanidad:

—    No hace falta. Después de la noche que pasamos juntos habría sido solo un milagro que no te embarazaras.

      Pero rectificó:

—    Sin embargo, los celos al verte junto a ese chico me hicieron dudar.

      Serafina continuaba seria.

—    Por ti acabo de perder un examen —le recriminó—. En realidad, he perdido todo el resto del  año.

—    No importa —dijo Iván, comprensivo—. Ya lo rendirás más adelante. Yo te ayudaré.

      Serafina continuaba mirándolo con cara compungida. Se notaba que había sufrido una enormidad. Entonces, Iván sacó del bolsillo de su chaqueta un chocolate, le quitó todo el envoltorio, y partiéndolo en dos le dio la mitad.

—    Toma —le dijo—. Algo dulce nos hará bien.

      Y satisfecho de haberle contagiado una sonrisa, agregó:

—    Hace mucho tiempo que deseaba hacer esto. Ahora vamos a casa.