Siete días

Nora Sisto

       Serían aproximadamente las dos de la mañana cuando Lorenza finalmente pudo aflojar. Por fin los chicos se habían ido a dormir y todo se había aquietado. Había llegado a ese lugar con un contingente de treinta alumnos de secundaria del colegio donde trabajaba, para intervenir en unas competencias deportivas. Por suerte no había venido sola, sino que contaba con el auxilio de tres profesores más.

      El lugar que  habían elegido en esa oportunidad era un complejo vacacional  bastante grande, en el que se alojaban además delegaciones estudiantiles de colegios provenientes de distintas partes del país, convocadas para el mismo evento. A pesar de que era pleno invierno, el complejo mantenía un encanto especial. Estaba formado por  un edificio principal de tres pisos en el cual se encontraban los alojamientos, y una construcción más baja que abarcaba el comedor y una gran sala de juegos en la que había un par de mesas de billar, varios futbolitos y una enorme estufa a leña. Adosado al mismo estaba el gimnasio y una enorme piscina olímpica techada, donde los chicos comenzarían a llevar a cabo las actividades en la tarde. En un sector alejado del enorme parque se encontraba una piscina más pequeña, abierta, de agua termal.

      Tras acomodar en sus habitaciones y apaciguar a aquel montón de chicos alborotados de quince años, Lorenza había quedado exhausta. Así que, a pesar de lo entrada de la noche, se decidió a renovar su aire  y sus energías, y salió a   caminar por el jardín. No le importaba sacrificar una o dos horas de sueño. Aquel lugar merecía que lo recorriese. A pesar de la baja temperatura, los senderos conservaban aun una primorosa vegetación, y a sus lados unos faroles de hierro con graciosos sombreretes decoraban el camino con su tenue luz. La noche estaba serena, y a pesar de la humedad y el rocío, se respiraba en el ambiente una agradable sensación de placidez. A esa hora ya no se veía gente en los alrededores. Suspiró, y pensó que era la situación ideal de independencia y paz.

      Cuando al final de uno de los caminos llegó a la piscina de agua caliente, ésta la fascinó. A pesar de que conocía de antemano su existencia, no había ido hasta allí con idea de bañarse en ella, pero la vista de aquella agua transparente, alumbrada con tonalidades suaves por focos ubicados en su interior, la tentó y no se pudo contener. Así que, después de mirar hacia un lado y hacia otro para cerciorarse de que nadie había a la vista, se quitó la ropa y se sumergió.

      La sensación era absolutamente placentera. El agua caliente contrastaba con el frío del exterior, dándole la impresión de un afectuoso resguardo. Pensaba que era su oportunidad de disfrutar el momento, sin tener a su alrededor a aquellos chicos revoltosos a quienes, a partir de la mañana, tendría que cuidar. Por eso lo disfrutaba enormemente. Sin hacer apenas ruido, se sumergía y volvía a aparecer en la superficie retozando como una niña, y flotaba permitiendo que el vaivén del agua la llevara  de aquí para allá. De pronto, una voz la sobresaltó.

—    No puedes estar aquí —sintió que alguien le decía enfáticamente—. Como dice en aquel cartel, el horario de la piscina finalizó hace ya largo rato y en este momento está prohibido bañarse porque no hay vigilancia. Sal inmediatamente o avisaré a los responsables de tu colegio para que te vengan a buscar.

      Miró a quien le dirigía la palabra. Era un hombre joven, que le hablaba con corrección pero con energía. Ella no lo conocía y como no traía uniforme distintivo del lugar, no le pareció que fuera un guardia.

—    Está bien. Vete y me salgo en seguida. No tienes que avisar a nadie.

—    De ninguna manera. Ya sales y te escolto hasta los dormitorios. ¿Cómo te escabulliste? —dijo enfadado, y agregó entre dientes—: Se ve que los cuidadores de tu colegio no se esfuerzan demasiado.

      Lorenza mantenía solamente su cabeza fuera del agua, y aunque la luz interior de la piscina iluminaba su cuerpo desnudo, le pareció que desde donde él estaba no lograba verlo. Había dejado toda su ropa sobre una tumbona a un metro de la escalerilla, y para tomarla no iba a tener más remedio que salir como estaba. A sus veinticinco años, ya había hecho topless en alguna que otra playa, por lo que mostrarse no iba a ser para ella un inconveniente ni una novedad. Pero en este caso, presintió que la situación era diferente.

      Él no se había movido de donde estaba, esperando que ella le obedeciera, así que fue hasta la escalerilla y subió. Cuando pisó afuera, se quedó por unos segundos allí parada sobre el piso de piedra, retorciendo la mata de su largo cabello para escurrirla. Él quedó descolocado, porque al instante se dio cuenta de que no era una de las alumnas.

      Lorenza lo miró con desenfado sin decir nada, esperando que él, al constatar  su error se disculpara. Pero él no podía hablar. Al verla, no había podido evitar que sus ojos se posaran en aquella piel mojada, ahora erizada por el frío, en sus pechos turgentes y en el monte de venus apenas depilado, en forma de corazón. Aturdido por las circunstancias, se dio media vuelta y se fue rápidamente sin disculparse. Lorenza, temblando de frío se puso enseguida la ropa sobre su cuerpo mojado y se fue corriendo a su habitación. Ella también había quedado conmocionada. Más allá del bochorno de quedar en evidencia por haber transgredido una norma, le  había causado una curiosa  excitación mostrarse delante de aquel hombre tan buenmozo que no conocía. Pero pensó que ya lo volvería a ver.

      A la hora del desayuno no lo vio. Y su curiosidad aumentó. No tenía idea de quién sería, pero como el complejo en esa oportunidad estaba cerrado para turistas supuso que por su actitud controladora sería un profesor a cargo de alguno de los grupos de chicos.  

      El primer día de estadía se comenzó a desarrollar según lo previsto. Por la mañana hicieron caminatas por el campo alrededor del complejo para reconocer el lugar, y después del almuerzo comenzarían las competencias deportivas.

      Mientras almorzaban, su amiga Maribel —una de sus colegas profesoras— se acercó agitada a Lorenza con una novedad.

—    Acabo de enterarme de que hay una delegación del colegio San Marino  —le comentó la chica en voz baja.

—    ¿Y eso qué tiene de importante? —preguntó Lorenza. Ella hacía poco que trabajaba como profesora y no conocía demasiado el ambiente. Además ese colegio no le sonaba que estuviera en la ciudad en que ellas vivían.

—    Tiene de importante que allí trabaja un conocido campeón de natación —y agregó en voz baja—: es un hombre muy atractivo, y está acá. Mañana los chicos compiten en natación y seguramente lo veamos, siempre y cuando no nos lo encontremos antes. Se llama Horacio pero le dicen «Razo». Lo conocí hace unos años cuando vivía en otra provincia. Espero que se acuerde de mí. Ahora debe andar en sus cuarenta y algo, pero hasta los treinta años ganaba todas las competencias. Tiene varias medallas de oro. Sería perfecto, a no ser porque es muy serio y estricto con todo el mundo, rayando en lo antipático. A pesar de eso, las mujeres suspiran por él.

—    Seguramente es un patán —pensó Lorenza, planeando ignorarlo cuando lo conociera.

      Por la tarde comenzaron las ansiadas competencias. Los chicos estaban eufóricos y muy motivados. Se habían organizado incluso hinchadas que alentaban a cada uno de los equipos de los distintos colegios. El ambiente era festivo, y Lorenza participaba de cada una de las instancias con entusiasmo y verdadero interés. Todo el evento iba a durar siete días.

      Al finalizar los primeros dos días ya se habían completado las competencias de salto, carreras y gimnasia, y al día siguiente comenzarían las de natación. Lorenza se acordó de aquel comentario de Maribel, y se puso en alerta para ver si divisaba a aquel prospecto de hombre que le había descripto su amiga con tanto interés. Entonces lo encontró. Estaba junto a un grupo de profesores conversando animadamente, y por su actitud no parecía nada antipático. Eso sí, era efectivamente muy apuesto. A pesar de que estaba de espaldas, en seguida lo reconoció: era el mismo hombre de la piscina.

      Ahora lo podía apreciar con más detalle. Vestía el mismo uniforme deportivo con el que ella lo había visto esa noche. No era tan alto como creía recordarlo, pero se notaba su espalda amplia y su postura elegante. Su cabello estaba cortado casi al ras, y aunque en la oscuridad no había podido notarlo, ahora veía  que era rubio. Cuando de pronto él volteó para saludar a alguien que estaba al lado de ella, se sobresaltó pensando que pudiese hacer algún comentario alusivo o avergonzarla frente esas personas. Sin embargo él, después de verla claramente, hizo de cuenta que no la conocía. Ahí pudo apreciar sus ojos profundamente celestes.

      En el grupo de alumnos de Lorenza, había  una chica bastante pizpireta. Se llamaba Mia y era apenas  un poco más grande que los demás. Sus amigas la admiraban porque era sexy y popular entre los chicos, aunque la consideraban un poco osada porque se atrevía incluso a provocar a algunos profesores. Para Lorenza no era más que otra de las adolescentes rebeldes del grupo, pero sabía que en cada ocasión tenía que vigilarla más que a las demás.

      Las competencias de nado habían comenzado hacía un rato, y Lorenza se había demorado más de la cuenta en el desayuno, por lo que cuando llegó fue directamente a sentarse en las gradas para presenciar la competición. Miró para todos lados pero Horacio no estaba. Se sintió de pronto frustrada por no verlo, pero no le quiso dar importancia. Aun así, a cada rato miraba hacia la entrada. Pero él nunca llegó.

      Pasó todo el día sin verlo, pero no iba a preguntar por él, por más que se impacientara. Sentía que, aunque intentara resistirse, en su interior iba creciendo una ansiedad inexplicable, que no podía dominar. Ella y él solo habían tenido aquella breve conversación en la piscina, en la que ninguno de los dos  había proferido más que unas pocas palabras. Sin embargo, le daba la impresión de que la verdadera  «conversación» se había dado con gran intensidad en otro plano. Es que cada uno había respondido espontáneamente al mensaje del otro desde lo más profundo de su ser: la visión de aquella «sirena» inesperada había provocado que él quedara paralizado, extasiado ante ella, y la mirada penetrante, encandilada de él la había hecho temblar a ella sin que pudiera contenerse.

      A la mañana siguiente muy temprano, Lorenza fue a la piscina cerrada a darse un chapuzón. Sus alumnos a esa hora todavía dormían, y era un buen momento para cargar energía, previo a la actividad que le esperaba el resto de la jornada. Apenas había llegado, cuando Horacio apareció. Se subió a uno de los cubos que estaban cerca de ella y desde allí la saludó con un movimiento de cabeza. Lorenza se encontraba sumergida, pero cuando lo vio tuvo que apoyar los pies en el fondo para responder. Su torso desnudo exhibía una musculatura perfecta, y aquella pequeña malla blanca muy ajustada permitía que, a través de ella pudieran adivinarse sus extraordinarios atributos personales.

      Después de zambullirse, Horacio hizo rápidamente varias piscinas. Ella, mientras tanto, se había quedado observándolo. Al finalizar una de esas vueltas, se detuvo a su lado.

—    Por lo visto a ti también te gusta nadar sin gente alrededor— le dijo quitándose por un momento los anteojos.

—    Y sin ropa —agregó ella, a modo de broma, lo que hizo que Horacio mirara instintivamente hacia abajo, tratando de ver su cuerpo a través del agua.

—    Es una broma —aclaró en seguida, riéndose—. Hoy traigo mi malla.

—    Bueno, a pesar de todo, no hemos tenido ocasión de presentarnos. Me llamo Horacio —dijo con una encantadora sonrisa.

—    Yo soy Lorenza —dijo ella, respondiéndole del mismo modo.

      Él la miraba con una mirada extraña, y ella entendió que él no había olvidado la visión de aquella noche. Ella por su parte también lo miraba con cierto nerviosismo, porque su cuerpo perfecto —y sobre todo aquellos ojos azules, ahora apenas irritados por el agua clorada— la cautivaban.  

—    Una vuelta más y me voy a controlar a mis alumnos —dijo de pronto él, y se zambulló de nuevo.

      Lorenza se quedó sentada en el borde de la piscina, sin perderse ni uno solo de sus movimientos. Le había dado la impresión de que él, de algún modo se había escapado por la tangente ante una posible conversación comprometida. Tan absorta estaba, que se sorprendió cuando Maribel le habló.

—    Es divino, ¿no? —exclamó con picardía—. Hasta las alumnas suspiran por él. Es un poco veterano, pero hasta donde yo sé, no tiene pareja. Siempre me ha parecido un hombre muy enigmático. Algunos dicen que es gay, pero yo creo que es un mujeriego muy discreto.

      De vuelta al edificio principal, Lorenza no podía dejar de pensar en él. Sería una lástima y un desperdicio de hombre si no le gustaban las mujeres. Pero tenía serias dudas sobre eso, porque le había parecido que en cierta forma, él la estaba seduciendo con sutileza.

      Durante el almuerzo, las chicas que compartían la mesa con ella no dejaban de cuchichear. Horacio era el tema de conversación. Al parecer una de ellas había trabajado con él durante varios años y conocía los pormenores de su vida. Había estado de novio con una chica que al cabo de dos años lo dejó. Era comprensible, porque en aquella época él estaba concentrado en su carrera deportiva y no tenía tiempo para dedicarse a una mujer, y mucho menos para planear formar una familia. A raíz de aquella experiencia había quedado desilusionado y de ahí en más no quiso asumir un compromiso con nadie.

      Lorenza, en cambio estaba acostumbrada a vivir sin prejuicios y sin ataduras. A su edad prefería aprovechar las ventajas que le proporcionaban su juventud y su belleza. Ella era más bien desenfadada y cuando se lo proponía, la conquista se le daba fácilmente. Horacio le gustaba mucho, y le entusiasmaba la idea de tener con él una oportunidad. Pero con él quería ser muy cuidadosa. Lo observaba cada vez que lo veía, pero no quería aparecer ante él demasiado extrovertida, por lo cual lo saludaba sin atosigarlo y se mantenía cerca, por si acaso. Horacio, por su parte también parecía estar pendiente de ella, porque a pesar de que cuando aparecía en escena en seguida era rodeado por sus colegas, él no la perdía de vista.

      Los días siguientes pudo hablar a solas con él solamente un par de veces, pero en ninguna de esas oportunidades hubo chance de cambiar de nivel la conversación. Ella se daba cuenta de que cuando alguien los interrumpía, él se molestaba, aunque por cortesía lo disimulaba.

      La semana se acortaba vertiginosamente, y Lorenza se sentía cada vez más deseosa de concretar un encuentro íntimo con él. Sabía que después de que volvieran a sus respectivos lugares de trabajo, en provincias bastante alejadas, las probabilidades disminuirían considerablemente. Por eso se desesperaba.

      Y la semana llegó a su fin. Como se marchaban al día siguiente, a los chicos se les había concedido una noche de fiesta para despedirse del lugar. Por suerte para ella, eran otros los profesores que habían sido elegidos para quedar a cargo de la ardua tarea de vigilarlos. Horacio tampoco estaba entre los convocados, entonces pensó que podría encontrarlo en su habitación. Era ahora o nunca. Entonces fue a buscarlo.

     Mientras iba rumbo a su habitación, vacilaba. Se preguntaba cuál sería su reacción al presentarse de improviso ante él. Si a él le interesaba, seguramente la haría pasar y por fin podría dar rienda suelta a su apasionamiento, y si la rechazaba de plano, con una ducha helada  se acabaría, de una vez por todas, aquella agonía.

      Golpeó a la puerta con un poco de indecisión. Esperó unos segundos, y nadie respondió. Pero no volvió a golpear. No se escuchaba ruido dentro de la habitación. Por eso pensó en dar la vuelta. Pero justo en ese momento Horacio abrió. Estaba en bata de baño.

—    Disculpa que me haya demorado en abrir. Me estaba duchando —le dijo, y se quedó esperando a que ella le dijera el motivo de su presencia allí.

—    Perdona, no quería molestarte —le dijo contradiciendo sus intenciones iniciales, y agregó—: será en otra oportunidad.

—    Pasa —le dijo él con expresión comprensiva. Y mientras ella entraba, exclamó como en un susurro—: Cuando volvamos va a ser más difícil.

      Cuando él cerró la puerta, se la quedó mirando fijo, tal vez esperando que fuera ella quien diera el primer paso. Lorenza creyó desfallecer. Ese hombre estaba dispuesto a darle lo que ella tanto deseaba. Pero no sabía que lo que deseaba Horacio iba más allá. Para él, su imagen saliendo de la piscina había sido casi una premonición. En todo aquel tiempo, él no había perdido la esperanza de encontrar la mujer de su vida, y el hecho de que ésta emergiera sorpresivamente, como una mágica diosa del agua —precisamente del elemento que simbolizaba su propia existencia— tenía que ser una señal. Desde aquel instante no había dejado de pensar en ella, y ahora que la tenía frente a él, dispuesta a ser suya, no podía dudar. Por eso, no se hizo esperar.

      Allá en el gimnasio todos estaban ocupados disfrutando de la fiesta, y era improbable que alguien fuera a buscarlos. No obstante, no podían desaparecer los dos por demasiado tiempo. Así que para no despertar sospechas, al cabo de una hora —y dándose por satisfecha de haber logrado lo que deseaba— Lorenza le dijo que se tenía que ir. Había sido, sin lugar a dudas la mejor experiencia sexual de su vida e iba a costarle mucho tiempo olvidarla. Pero se consideraba a sí misma una chica demasiado joven, moderna e independiente como para iniciar —con él o con nadie— una relación. Por eso se apresuró a dejarlo en claro  y él, para no contradecirla,  asintió. Pero escuchando sus propias palabras, se daba cuenta de que no estaba del todo segura de lo que afirmaba. Y al despedirse de él, por un segundo también le dio la impresión de que la mirada de Horacio le transmitía incredulidad.

      Ya en su habitación, Lorenza repasaba los hechos. Él le había demostrado su increíble forma de amar y no había desmentido que ambos aspiraran solamente a una fugaz experiencia satisfactoria. No obstante, ella creía haber  percibido que él, en el fondo deseaba apostar a otra cosa. Y era así. Horacio se había enamorado de ella y no iba a bastarle con una noche de sexo ocasional. Para él, no se trataba de una conquista más; significaba finalmente dar vuelta la página de su frustración amorosa. La pasión con que se habían entendido le había inyectado un entusiasmo tal que, de ahí en más estaba dispuesto a compartir  su vida con ella.

      Y Lorenza se había sentido igual. Por eso, habiendo reflexionado durante un par de horas, finalmente decidió volver y decírselo. Ella también estaba enamorada. Ella también sentía deseos de iniciar una relación con él. Pero no había mucho tiempo, y era urgente que se lo aclarara. Para asegurarse de encontrarlo, antes de ir hasta allá le telefoneó. Entonces él, para evitar que la tentación de repetir aquel episodio electrizante conspirara contra el desarrollo de una conversación importante, le propuso que se encontraran en el bar, al lado de donde estaba llevándose a cabo la fiesta. Allí, sin poder hacer otra cosa, seguramente hablarían.

      Lorenza estaba ansiosa por ir a buscarlo, pero se demoró un rato porque quería vestirse para la ocasión. Él la esperaba y eso le hacía palpitar agitadamente su corazón. Ya estaba casi llegando al lugar convenido, cuando al doblar en un recodo del pasillo se detuvo en seco. De una de las habitaciones de los chicos salía Horacio apurado, tratando de pasar desapercibido. Instantáneamente retrocedió, escondiéndose pegada a la pared. Esperó a que él se alejara, y cuando estuvo segura de haberlo perdido de vista, se acercó. ¡Era la habitación de Mía! Por un segundo quedó tiesa, sin saber qué hacer. Por supuesto no iba a golpear la puerta y quedar como una tonta ante a una chica de dieciséis años. Así que se dio media vuelta y se fue corriendo a su habitación. Más tarde, él la llamó varias veces a su móvil, pero ella no le respondió. La decepción había sido aplastante.

      Pasaron los días y la actividad del colegio retomó su rumbo habitual. Nadie comentaba ya las anécdotas de aquellas competencias que parecían haber quedado en el olvido, opacadas por nuevos motivos de interés. A pesar de eso, Lorenza no dejaba de pensar en Horacio con amargura. Aquel momento pasado junto a él había colmado su vida, pero por lo visto, para él no había sido suficiente. Una y mil veces se repetía que no era posible que aquel hombre serio, respetuoso y tierno se hubiera involucrado con una de sus alumnas. Pero por más que deseara sacar de su cabeza ese maligno pensamiento, no podía. Con sus propios ojos había constatado su despreciable actitud. Aquel hombre maravilloso, al final era un cínico.

      Ella, en su momento no había querido hacer un escándalo ni poner una acusación, porque la excursión se terminaba al día siguiente y en realidad no tenía pruebas contundentes del hecho. Eso sí, en lo sucesivo estaría vigilante en lo concerniente a Mía, y tal vez se dispusiera a apoyar cualquier denuncia que a la chica se le ocurriera presentar contra él. Con el paso del tiempo, simplemente lo borraría de su vida.

      Su trabajo le consumía toda su atención y su tiempo, y además había tratado de  mantenerse ocupada lo más posible para evitar pensar en otra cosa. Tan distraída estaba con sus cosas que recién a los dos meses se dio cuenta de que estaba embarazada. Entonces se despistó. Era el hijo de Horacio.

      Ahora quedaba poco tiempo para la finalización de los cursos y luego vendría el receso de las vacaciones, por lo cual podría mantener discretamente su estado y luego vería qué explicación dar a sus compañeros, que con toda seguridad —solo para solidarizarse con ella— la bombardearían con preguntas. En ningún momento se le pasó por la cabeza abortar. Ella criaría a ese niño por su cuenta. Aquella noche, mientras él la convertía en una fuente inagotable de placer, no había medido las consecuencias. Y las consecuencias tenían un precio. Pero no tenía intenciones de contactarlo para decírselo. Él no se lo merecía. Ella no lo necesitaba. Más aún: lo odiaba por haberla  defraudado. Para convencerse de eso, atribuía a la sensibilidad propia de su estado el hecho de que se pasara todo el día pensando en él.

      Las vacaciones finalizaron y se avecinaba un nuevo comienzo de cursos. A esa altura Lorenza ya estaba cursando su octavo mes de embarazo, y para solicitar la licencia correspondiente tuvo que presentarse en su trabajo para firmar unos papeles. Entonces, imprevistamente lo vio. Jamás se habría imaginado que en el mismo colegio en el que ella trabajaba lo fueran a contratar. Pero era así. Lo habían convocado para que durante ese año lectivo entrenara a los chicos de secundaria. Justo se lo estaba contando Maribel con gran entusiasmo, cuando al abrirse la puerta del ascensor ambas se encontraron frente a frente con él.

—    ¡Hola Razo! —exclamó con espontánea alegría Maribel al mismo tiempo en que lo abrazaba efusivamente—. ¡Qué suerte tenerte este año por acá!

—    Sí, yo también me alegro —respondió él, un poco cohibido por la presencia de Lorenza que, por su mirada seria parecía no estar demasiado feliz con la noticia. Y mirando su vientre voluminoso agregó con ironía—: Bueno, veo que hay otras novedades además de mi contrato. Felicitaciones.

      Después de mirar fijamente a Lorenza a los ojos, Horacio se dio media vuelta y se fue. Lorenza quedó muda. Ella misma lo habría abrazado con toda su fuerza.

      Nadie sospechaba de su vínculo con Horacio, ni siquiera Maribel. Para dejar a todos conformes, ella se había inventado un novio ficticio, al que nadie conocía y con el que declaraba no estar segura  de casarse en un futuro o de mudarse con él. Aquella historia había sido aceptada por sus compañeros de trabajo, porque nadie tenía motivos para no creerla. Pero ella misma no se la creía. Porque no le era posible pensar en otro hombre que no fuera Horacio. Era cierto que nunca antes había experimentado sensaciones tan fuertes como las que había sentido con él aquella vez, pero lo que más la angustiaba no era la probabilidad nula de volver a repetir aquella experiencia incomparable. Lo que la atormentaba era estar lejos de él.

      Al comienzo de los cursos, Lorenza estaba de licencia maternal. Esperaba el nacimiento de su hijo para los próximos días. Cada tarde, Maribel la llamaba por teléfono o iba a visitarla, y de paso le comentaba las últimas noticias del colegio. Al parecer, Horacio se había aclimatado soberbiamente. Los chicos lo admiraban y le respondían muy bien. Pero a Lorenza eso no la preocupaba. Ella necesitaba saber si Mía se veía con él. Así que, dando vueltas y más vueltas a la conversación, se animó a preguntarle explícitamente.

—    ¿Y con Mía cómo se está llevando? —dijo como al pasar, esperando escuchar lo peor.

—    Muy bien —dijo Maribel, mirándola un poco sorprendida—. Después de aquella vez en el campamento las cosas se arreglaron para bien. Ya no se comporta más como una chica caprichosa y engreída. Creo que Razo supo cómo encaminarla.

      Pero luego de decir estas palabras, se detuvo en seco y miró a Lorenza como si hubiera dicho algo que no debía.

—    ¿Pero tú estabas al tanto de lo que sucedió en la excursión?

      Lorenza no supo qué responder. Ella obviamente no sabía «lo que había sucedido en la excursión»; ella había supuesto, sin embargo que había sucedido algo que la atormentaba hasta ahora. Maribel la miró desconcertada.

—    ¿Cómo te enteraste?—continuó Maribel, asumiendo que ella estaba al tanto de todo—. ¿Razo te lo contó?

—    No, Horacio no me contó nada. Desde aquella vez nunca más lo vi. ¿Qué fue lo que pasó?

—    Bueno, Razo no quería que te lo contara para que no supusieras que habíamos obviado tu autoridad. Al fin y al cabo Mía era tu alumna y en aquel momento tú debías estar a cargo de ella. Ocurrió durante la fiesta de despedida. Mía se había emborrachado y estaba a punto de tirarse a un chico desconocido que apareció en el lugar. Por suerte, yo pude evitarlo. Pero la chica estaba demasiado arruinada, y yo sola no podía llevarla a su habitación. Razo casualmente pasaba por ahí y me ayudó a llevarla. Entre los dos la acostamos en su cama y él en seguida se marchó porque dijo que estaba apurado. Creo que iba hacia la fiesta. Yo me quedé con ella hasta que se durmió.

—    No lo sabía —exclamó Lorenza, sintiendo que su cuerpo se aflojaba.

      Tuvo miedo de desvanecerse, pero reaccionó antes de que Maribel lo notara. Pero a Maribel, que tenía muchos años de experiencia, nada se le escapaba.

—    Si, así fue —continuó relatándole—. A partir de esa noche, Mia es otra persona. Se sintió muy avergonzada, y gracias a la empatía con Razo ahora acepta todos sus consejos.

      Al revés de lo que ella había pensado, Horacio aquella noche estaba yendo a buscarla. Se habrían encontrado si no hubiera sido porque él, obligado por las circunstancias se había tenido que desviar. En aquel momento Mia era su responsabilidad y era cierto que ella no había estado ahí para vigilarla. Pero Horacio había asumido su responsabilidad. Él no le había dicho nada, no para desautorizarla sino para evitarle el disgusto por su involuntaria negligencia y para no dejarla en evidencia ante sus superiores.

      A la noche, en su casa, meditando sobre su torpe desinteligencia no sabía qué hacer. Se había apresurado a juzgar sin tener pruebas de lo sucedido. Horacio nunca se había merecido que ella lo despreciara. Pero seguramente ya era tarde para volver al comienzo y reiniciar su relación. En eso estaba, cuando su móvil sonó. Era él.

—    Hola —atendió, con voz apagada.

—    ¿Podemos hablar? —él le hablaba sereno pero con firmeza. Realmente tenía que hablar con ella.

—    Si —respondió ella brevemente, porque la vergüenza no le permitía ser más explícita.

—    Tengo cosas que preguntarte. ¿Me responderías?

—    Si.

—    Te esperé durante mucho rato aquella noche. ¿Por qué no viniste?

—    No me creerías si te lo dijera. Fue por mi estupidez.

—    ¿Estás arrepentida?

—    Sí. Pero no de lo que tú piensas. Estoy profundamente arrepentida de no haber confiado en ti. Ahora seguramente ya es tarde y no tiene objeto que te lo diga.

—    ¿Es cierto que estás con otra persona? Maribel me dijo que tienes novio.

—    No. No podría estar con otro hombre que no seas tú.

      Se hizo un silencio y Lorenza se alarmó pensando que él había cortado.

—    Horacio —exclamó asustada— no te vayas.

—    No. Acá estoy. Sólo que estaba pensando en algo. ¿Puedo ir a verte? Necesito que me lo digas cara a cara.

—    Sí. La respuesta es «Sí» a todo lo que vayas a preguntarme.