Sin palabras

Nora Sisto

       Bettina se sorprendió de que le estuvieran tocando timbre, porque era tarde y no esperaba a nadie. Tenía puesto su pijama y estaba pronta para irse a dormir. En el cabello se había colocado un enorme rulero que iba a mantener en orden su cerquillo hasta el día siguiente, y la crema de noche sobre su rostro le daba un brilloso toque de untuosidad. Sin embargo, dado la insistencia, fue a ver de quién se trataba.

      Al asomarse, vio que la puerta del departamento frente al suyo ya estaba abierta, y un muchacho con uniforme de color rojo estaba entregando a sus moradores una gran caja de pizza. Cuando este notó que Bettina había salido inútilmente, le hizo un gracioso ademán de disculpa por haberse equivocado y se fue.

      Hacía apenas dos semanas que se había mudado a ese lugar. Eran muchos sus vecinos y todavía no los conocía a todos. A la simpática pareja de enfrente sí, ya los había visto varias veces, aunque aún no se habían presentado formalmente. Del resto de los vecinos,  no tenía idea. El edificio era un poco  antiguo. Tenía solo tres pisos, y no había ascensor. Tenía, en su defecto, una amplia escalera cuyos tramos atravesaban cada planta, separando  dos corredores, uno a cada uno de sus lados, a los que daban las puertas de los  departamentos.

      Había respondido con su mano al saludo del repartidor y estaba por cerrar la puerta, cuando vio que, del piso superior, venía bajando un muchacho. Era alto y elegante. Disimuladamente, esperó a que pasara delante suyo para verlo mejor. Aunque en ese momento su vestimenta y su peinado no eran justamente lo más apropiado para presentarse, supuso que él, como vecino bien educado, al verla por lo menos la saludaría. Pero luego de que sus ojos se chocaran brevemente, él siguió de largo por el siguiente tramo de la escalera, sin siquiera decir “hola”.

      Debido a esa actitud displicente, Bettina conjeturó que sería un chico engreído y poco simpático. Por eso no quiso darle demasiada trascendencia. Pero en el fondo, le molestó. Como ella vivía en el primer piso y todos los que entraban o salían del edificio no tenían otra alternativa que pasar cerca de su puerta, pensó que seguramente volvería a cruzarse con él.

      Bettina era una chica simpática y le gustaba conversar. Tenía diecinueve años, y desde niña había estado estudiando idiomas. Ya hablaba varios de ellos de manera fluida, lo que propendía aún más su inclinación natural de comunicarse con la gente. Todavía no había conseguido trabajo, y por el momento eran sus padres los que solventaban todos sus gastos. Le habían comprado aquel departamento para que, una vez que se independizara económicamente, le fuera más sencillo encaminar su vida. Dado su vocación, Bettina se había abocado a conseguir un empleo como traductora o  intérprete.

      Era bonita, y ese día se había acicalado muy bien porque tenía una entrevista de trabajo y quería impresionar. Había elegido un traje gris oscuro bien ceñido al cuerpo, que había acompañado con una blusa blanca impecable y por sus altos tacones negros. Se había recogido el cabello en una simpática coleta que dejaba ver claramente su rostro de rasgos finos. Tenía miedo de llegar tarde, por lo que, faltando una hora y media para la cita, ya estaba pronta. Estaba un poco nerviosa, pero se había dispuesto a salir sin estrés. Cuando estaba cerrando la puerta de su departamento, oyó que alguien venía bajando apresuradamente por la escalera.

      Se dio vuelta y lo vio. Era él. Otra vez lo veía. Venía concentrado en sus cosas, con una carpeta en una mano y tratando con la otra de ponerse al vuelo el abrigo. Al llegar al rellano en donde estaba ella parada, consiguió ponérselo al fin. Igual que la vez anterior, ella supuso que iba a saludarla. Pero él ni siquiera la miró y siguió su trayecto corriendo escaleras abajo. Bettina se quedó inmóvil observándolo, contrariada como la primera vez. Pero cuando estuvo dispuesta  a reanudar su marcha, se dio cuenta de que del bolsillo de él había caído una lapicera. Le gritó, esperando que se detuviera.

—    ¡Eh, tú! ¡Detente! Se te ha caído algo.

      Pero él no volteó.

      En la salita de espera, mientras aguardaba a ser llamada para su entrevista, sacó de su bolso aquella lapicera y comenzó a examinarla. Era de una marca prestigiosa. Tenía grabadas unas iniciales, tal vez del nombre de él. Se notaba que era costosa, así que pensó en devolvérsela en cuanto volviera a verlo.

      La entrevista resultó un éxito. Empezaría a trabajar inmediatamente. Así que volvió radiante, con muchas ganas de aprontar el material y comenzar a organizarse. Cuando iba subiendo la escalera de su edificio, algo hizo que se detuviera por la mitad. Ahora, aquel muchacho antipático venía bajando, esta vez con otro más. Calculó que era el momento oportuno para entregarle su lapicera, y por eso bajó la vista para abrir su bolso y sacarla de allí. Pero justo en ese momento se cruzaron, y al pasar a su lado solo el otro chico la saludó. Ella levantó la cabeza para responder, pero los dos caminaban de prisa, así que cuando los llamó estos ya estaban por abrir la puerta de calle. El dueño de la lapicera pareció no inmutarse y siguió su camino, pero el otro volteó.

—    Si. Dime —le respondió amablemente, mientras se acercaba esperando que ella le hablara.

—    No, no era a ti a quien llamaba. Era a tu amigo. Pero no se dio por aludido. Tenía intención de devolverle esto que ayer se le cayó al salir y, por lo visto, ni se enteró.

      El joven la escuchó y se tomó unos segundos. Después subió tres escalones hasta quedar a la misma altura en que ella estaba, y estiró la mano para recibir la lapicera.

—    Muchas gracias — le dijo con simpatía—. Estoy seguro de que estará feliz de haberla recuperado.

—    Se ve que tu amigo estaba muy apurado —dijo Bettina con cierto aire de contrariedad—. No ha sido capaz de esperar un minuto para enterarse de  qué tenía para decirle.

—    No lo tomes a mal. No es mala educación. Es que posiblemente no se enteró de que tú lo estabas llamando. Es sordomudo. Generalmente lo toman por maleducado. Pero no es así.

      Su amigo hablaba de él con respeto y admiración. Se notaba que lo estimaba.

—    Es arquitecto. Es una persona extraordinaria y un excelente profesional. Quienes lo conocemos sabemos que es muy amable, pero como comprenderás, para él es bastante difícil socializar.

      Bettina lo escuchaba callada, porque se había quedado sin nada que decir.

—    A propósito, mi nombre es Javier. Él se llama Tomás.

      Durante los días siguientes, Bettina esperó no cruzárselo. Sentía un poco de vergüenza al haber malentendido la actitud de Tomás. Era comprensible que él no la hubiera saludado. Obviamente había asumido que con ella no iba a poder hablar. O tal vez no le interesaba hablar con ella.

      Al finalizar su primer día de trabajo, volvió a su casa excitada. Había sido un completo éxito y sus ganas de superarse aumentaban. Tenía todavía muchas cosas por aprender, pero estaba dispuesta. En el hall de entrada no había nadie a quien pudiera contarle la maravillosa noticia. Pero inmediatamente llamaría a sus padres. El corredor estaba en penumbra. El mecanismo de su alumbrado era automático, o sea que las luces se encendían solas cada vez que los sensores captaban el movimiento de alguien que pasara por debajo de ellas. En ese momento se habían apagado porque se había quedado quieta buscando su llavero dentro de la cartera. Pero cuando estaba por meter la llave en la cerradura, notó que las luces se volvían a encender.

      Sobresaltada, se dio vuelta. Él estaba ahí. Era Tomás. Estaba justo detrás de ella, y se notaba su intención de decirle algo. Se lo veía calmado, sin apuro. Amagó a hacerle una seña, pero en seguida desistió porque asumió que ella no iba a entenderlo. Entonces, sacó de su bolsillo un papel  prolijamente  doblado en cuatro, y se lo entregó. Le sonrió apenas, y se marchó rápidamente, escaleras arriba.

      Con aquel papel abierto entre sus manos, Bettina se sentó al borde de su cama y comenzó a leer.

—    “Perdona que te escriba en lugar de hablarte. Pero no puedo hacer otra cosa. Quiero agradecerte el haber recuperado esta lapicera para mí. Es un regalo que me hicieron mis padres cuando me gradué, hace ya cinco años. Es un recuerdo muy preciado para mí porque ellos ya no están conmigo. Como podrás imaginarte, en el momento no pude darme cuenta de que se me había caído. Te pido disculpas si me quisiste advertir y yo no te respondí. Es que parte del mundo, para mí no existe. Gracias otra vez. Tomás”

      Bettina quedó conmovida durante un largo rato. Todo lo que había supuesto acerca de él era absolutamente falso. Tomás era  una persona muy distinta a lo que ella  había querido creer. Ahora tenía que responderle. Lo primero que le vino a la mente fue ir hasta su departamento y aclarar las cosas, pero se imaginó que él no tendría forma de saber si alguien estaba llamando a su puerta. Y tampoco tendría teléfono celular al cual enviarle un mensaje. Sin dudas, su forma de relacionarse iba a ser complicada.

      Lo que no era simple era la convivencia en el edificio. Todos los meses se realizaba una  reunión de propietarios en la que todos trataban de ponerse de acuerdo en temas relacionados con el mantenimiento y los gastos relativos a la propiedad. Y generalmente se discutía acaloradamente. En esta ocasión, Bettina no tenía más remedio que asistir, ya que era la propietaria más reciente. Pero iba preparada. Llegó un poco tarde, así que sin demasiado formulismo se ubicó en el primer lugar que encontró libre y trató de enganchar en la conversación. Sus vecinos de piso, que estaban sentados justo al lado de ella, le hicieron enseguida un breve resumen de lo que ya se había dicho.

      Pero ella poco atendía. Miraba  con disimulo a su alrededor buscando a Tomás, hasta que finalmente lo localizó  en un costado del salón. Parecía  seguir atentamente lo que decía el director de la reunión, y daba la impresión de no haberla visto. Se preguntó si acaso verla le importaría, pero no quiso desatender lo que se estaba discutiendo. De pronto, la intervención de uno de los presentes  hizo que volviera la vista hacia donde estaba él, y se encontró con que la estaba mirando fijamente. Él no podía oír lo que se decía en la reunión, pero igualmente  había ido. Tal vez leía los labios. Aunque del modo en que la miraba, era posible que  hubiera ido solo para encontrarla. A ella le gustaba mucho, y comenzaba a tener sentimientos hacia él. Así que se animó a sostenerle la mirada, poniendo en ella la misma intensidad. Imaginó que al finalizar la reunión él se le acercaría. Sin embargo, cuando la reunión finalizó él se escabulló rápidamente, sin darle a ella tiempo para acercársele.

      En su trabajo, Bettina hizo nuevas amistades. Tenía compañeros tan  simpáticos y conversadores como ella. Por eso, cuando la invitaban a salir, en general aceptaba. Una noche, en una de esas salidas bebió más de la cuenta. Así que, cuando uno de ellos se ofreció para acompañarla hasta su casa, no pudo decirle que no. Al subir la escalera venía tomada de su brazo y se reían sin parar.  Ya estaba  llegando al piso de su departamento, cuando por poco se da de bruces con Tomás, que en ese momento bajaba distraído. Cuando por un segundo se  miraron, la expresión de disgusto que vio en sus ojos la estremeció. Al mismo tiempo, observó angustiada cómo él, acto seguido, apuraba el paso para alejarse rápidamente. Sin que su compañero se diera cuenta de la situación, al llegar al rellano de la escalera miró hacia abajo. A través del cristal de la puerta de calle pudo ver cómo él, visiblemente contrariado, volteaba dándole una segunda mirada de reprobación, para después desaparecer en la oscuridad de la calle.

      Estuvo afligida durante varios días. No se lo había vuelto a cruzar, pero sentía que debía verlo. De alguna manera tenía que hacerle saber que a ella le importaba. Él tenía que enterarse de que ella también estaba sufriendo por el sentimiento que él le despertaba. No sabía nada concreto de su vida, pero su intuición le decía que ese era su hombre. Así que se propuso encontrar la ocasión.

      Era una tarde lluviosa de sábado. El cielo había estado encapotado desde la mañana, y no daba muestras de que fuera a salir el sol. Ella no quería pasarlo encerrada en su departamento, así que se inventó una excusa para poder escapar. Iría hasta la esquina a comprar una revista. En el hall del edificio no había gran movimiento, dado que con el mal tiempo los vecinos se abstenían de salir. A Tomás hacía días que no lo veía. Desde aquella noche no lo había vuelto a ver. No sabía si sería casualidad, o tal vez él la evitaba. Estaba armándose de coraje para ir con su paraguas hasta el quiosco, cuando vio que venía bajando  Javier. Entonces, disimuladamente se detuvo mirando hacia afuera, como si estuviera esperando a que parara de llover.

—    Hola, Javier —le dijo, aparentando un interés casual —. ¿Y Tomás? Hace días que no se le ve.

—    Está en su apartamento. Está deprimido.

—    ¿Por qué? ¿Le pasa algo?

—    No sé. Hace días que está así. Por suerte no es ningún problema de salud. Sin embargo está desganado. Vine a invitarlo a salir, pero no quiso. Allá quedó, tirado en su cama. Ni siquiera se levantó para cerrar la puerta.

      Como diluviaba, se habían quedado charlando dentro del hall, y cuando Javier se despidió, ella permaneció allí. Estuvo unos minutos pensativa,  mientras lo observaba irse. Si salía, seguramente iba a mojarse mucho, y decidió que ir a comprar una revista no lo ameritaba. Así que se dirigió a la escalera para regresar a su departamento.

      Iba subiendo uno a uno los escalones, y sentía que sus pies le pesaban. Estaba pensando, y sus pensamientos luchaban por aclararse. Tomás le gustaba mucho y creía que, por sus reacciones, ella también le gustaba a él. Pero no tenía cómo preguntarle para cerciorarse. Hacer que las personas se comunicaran entre ellas, sin importar el idioma, era su trabajo y su vocación. Ella era experta en varias lenguas. Sin embargo, iba a tener que utilizar otro lenguaje para hacerse entender por él. Entonces, una vez que arribó al primer piso, en lugar de enfilar hacia su propio departamento, subió dos pisos más.

      Ella sabía cuál era su puerta. En aquella reunión lo había averiguado. Y, según había dejado entrever Javier, ésta seguramente no estaba cerrada. Así que cuando estuvo delante, sin pensarlo demasiado, abrió. En el departamento el silencio era casi total. Solo se escuchaba el rumor de la lluvia que caía mansamente golpeando la fachada del edificio. No había luces encendidas, pero como aún no había caído la noche, por las ventanas se filtraba alguna luminosidad del exterior. Buscó ansiosa su habitación. Caminaba en puntas de pie, aunque sabía que de todos modos él no podía escucharla.

      Cuando llegó al umbral del dormitorio, él enseguida la vio. Suspiró hondamente, pero no se movió. Estaba sentado sobre su cama, con la espalda recostada sobre la pared. Sus brazos abrazaban sus rodillas, y sobre ellos tenía apoyado el mentón. Al verla entrar, levantó apenas la cabeza y se la quedó mirando, con rostro inexpresivo. Reinaba el silencio, pero el fuego en sus ojos gritaba. A su lado, la ventana estaba abierta de par en par, y las gotas de aquella lluvia pertinaz habían mojado el piso y el costado de su cama. Le pareció que su rostro también estaba mojado, aunque no por la lluvia. Bettina no titubeó. Se le acercó despacio. Cerró con cuidado las dos hojas de la ventana y se quedó parada a su lado. Quería hablarle, pero sentía que no eran sus palabras lo que él en ese momento esperaba de ella. Entonces tomó con firmeza  sus manos y  lo obligó a ponerse de pie.

      Entreabrió los ojos, sorprendida por la claridad de la mañana. La lluvia ya había cesado, y por la ventana entraban ya los primeros rayos de sol. Por un instante  creyó que era hora de levantarse e ir a trabajar. Pero al momento cayó en la cuenta de que era domingo. Miró hacia su costado. Tomás dormía como un bebé.

      No quiso despertarlo, así que tomó sus cosas y bajó corriendo a su departamento. Una vez que estuvo dentro, respiró en paz. Por suerte no se había cruzado con ningún vecino indiscreto. A esa hora, todos dormían. Antes de irse, le había dejado a Tomás una nota en el frente de la heladera, prendida con un imán. Era una simple esquela, pero no dejaba de pensar en ella con emoción. Mientras la estaba escribiendo, no había podido dejar de sonreír. Es que aquellas letras dibujadas sobre el papel jamás iban a poder igualar las palabras invisibles e indelebles que él, con sus manos y toda su piel, había escrito esa noche sobre su cuerpo.

      Ya era cerca del mediodía cuando escuchó que golpeaban a su puerta. Su corazón comenzó a latir apresurado. Sabía que era él. Era obvio que, para el día a día, iba a tener que aprender el lenguaje de señas. Pero eso sería mañana. Hoy no. El domingo recién comenzaba…