Solo una ilusión

Nora Sisto


 Se miró al espejo una vez más antes de salir de la habitación. En realidad no sabía para qué se ponía bonita. Hacía más de una semana que asistía a aquella clase y él no daba muestras de interés. Cada vez que entraba al salón de clase él ya estaba acomodado en un asiento en la última fila, lejos de los demás. A veces, cuando la ocasión se lo permitía, ella miraba hacia atrás disimuladamente y lo observaba pero él parecía ensimismado en sacar apuntes y apenas miraba a su alrededor. Y al finalizar la clase no salía huyendo como los demás asistentes, sino que se quedaba sentado y recién se iba cuando todos se habían retirado ya.

Tania era una estudiante avanzada de economía, y había querido aprovechar sus vacaciones invernales para asistir a ese curso de perfeccionamiento con la finalidad de enriquecer su currículum y de ese modo lograr un excelente empleo cuando se graduase. Iban a ser dos semanas de corrido, en una locación que más que un instituto de enseñanza parecía una propiedad vacacional. Es que se trataba de un antiguo hotel boutique que había estado abandonado durante mucho tiempo y había sido reciclado recientemente como centro cultural. Las habitaciones que otrora albergaran a turistas de todo el mundo, ahora albergaban a estudiantes y profesores. La mayoría de las habitaciones tenía salida directa hacia el exterior, a una franja de césped que terminaba en un murete bajo que oficiaba como separador  entre el parque circundante y una playa de arena blanca que recorría todo a lo largo aquella pequeña península.

Consideraba que no había sido agraciada con la asignación de habitación porque la suya era interior y no contaba con aquella hermosa vista. Sin embargo, por la noche cuando las clases vespertinas acababan, se abrigaba bien e iba a sentarse en aquel murito para observar el mar.  Pero no solo era el mar lo que la atraía. También era aquel muchacho que, desde el fondo del salón de clases parecía ejercer sobre ella una potente atracción, aunque no le dirigiera la palabra.

Faltaban tres días para que el curso finalizara, y esa mañana como habitualmente, Tania se acicaló lo más que pudo, pero para su decepción él no asistió. A pesar de que se la  pasó mirando impaciente hacia la puerta de entrada esperando verlo aparecer, él nunca apareció. No pudo evitar sentirse frustrada, ya que gran parte del atractivo de aquel curso era sentir que él estaba presente, aunque no tuviera contacto real con él.

A la tarde, cuando fue al salón para asistir al curso vespertino, iba de mal humor suponiendo que él tampoco se presentaría, pero cuando se asomó a la puerta, lista para entrar se frenó. Como era su costumbre, él ya se encontraba al fondo del salón ocupando su ubicación habitual. Al verlo, quedó por un momento descolocada y creyendo haber quedado en evidencia se dio media vuelta y salió del salón. No obstante,  no quería perderse la clase, por lo cual se armó de valor para entrar. Pero al hacerlo sucedió algo extraordinario. Por un instante sus miradas coincidieron y por la intensidad en que él la miró, ella intuyó que no era tan invisible para él como había supuesto. Entonces se sintió confundida y su impulso fue retirarse nerviosamente del lugar.

Ya estaba oscureciendo, y para alejarse de la gente fue a sentarse a aquel murete que separaba la playa del jardín. Su ansiedad no la abandonaba. La presencia de aquel chico la turbaba sin que lo pudiera evitar.  Se quedó allí largo rato mirando a lo lejos las olas que fosforecían al romper sobre las rocas. Iba a esperar a que las clases finalizaran y todos se retiraran, para volver adentro sin tener que cruzarse con nadie. Cuando creyó que ya era el momento, se dispuso a volver al edificio, pero justo en ese momento alguien pasó las piernas por encima del murete y se sentó a su lado. Apenas lo miró de costado; sabía que era él.

—    ¿En qué piensas? —le dijo con voz amable.

Era la primera vez que escuchaba su voz. Nunca había hecho preguntas en clase ni había intervenido para pedir alguna aclaración. Ella, en cambio, interrumpía dos por tres para manifestar su opinión o sus dudas al profesor.

—    En cosas mías —respondió.

Él respiró profundamente y pareció pensar bien lo que le iba a decir.

—    No te enfades por lo que voy a preguntarte, pero hay una cosa que necesito saber. ¿Acaso pensabas en mí?

Tania se sorprendió por su pregunta, pero su corazón se aceleró. No sabía qué responderle, por eso le devolvió la interrogante.

—    ¿Por qué te interesa saberlo?

Entonces él pareció haber encontrado el pie para comenzar a exponerle la situación.

—    Tu nombre es Tania Torres, ¿verdad?

—    Sí —sorprendida de que se hubiera fijado en el cartelito que llevaba prendido en su ropa cada día. Él en cambio nunca había portado cartelito alguno con su nombre, pero en ese momento ella se abstuvo de preguntar.

—    Verás, si te he hecho esa pregunta es porque me interesa mucho saberlo. Espero que no te moleste que sea tan directo, pero hay una razón para que lo sea.

En ese momento, Tania giró hacia él para mirarlo a la cara. Además de corroborar de cerca lo guapo que era, le dio curiosidad el insólito tema de su conversación.

—    Estuve meditando largamente en si hablar o no contigo —comenzó diciendo, como pensativo, mientras miraba hacia el mar.

Pero enseguida giró la cabeza y la miró de frente para continuar.

—    Podía haberlo dejado pasar, pero hubo algo que me decidió. Sé que notaste que en la mañana no me presenté, y pude comprobar que estabas contrariada. Te diré que lo hice a propósito, porque necesitaba observar tu reacción. Y el que no hayas querido entrar al salón hace un rato y la forma en que me miraste confirmó mis sospechas de que estabas pendiente de mí. Perdona, pero fue mi forma de asegurarme de poder plantearte esto sin avergonzarme frente a ti.

Tania estaba asombrada de lo que escuchaba, por eso optó por guardar silencio y dejar que él continuara con su alocución.

—    Posiblemente hayas notado que no me he identificado con un cartelito como los demás asistentes al curso, y que tampoco he intervenido con preguntas como lo han hecho tú y los demás. Es que yo no estaba tomando el curso. Mi presencia se debe a algo más. Soy un consultor externo, contratado por la empresa organizadora de estos cursos con la intención de evaluar si son redituables y continúan siendo de interés. Y el asunto es que ya he concluido con el recabado de datos y debo volver a mi empresa para hacer el estudio correspondiente. Por eso hoy ha sido mi última intervención y mañana me voy.

Era bastante lógico lo que él le decía, pero ella no llegaba a entender por qué se lo estaba planteando en un tono apocalíptico. Al fin de cuentas, si ambos estaban interesados el uno en el otro podrían continuar viéndose sin ser en ese lugar.

—    El asunto no es tan fácil como podrías suponerlo —continuó él, ahora con una entonación más circunspecta—. Es que yo no vivo en este país. Incluso la empresa para la cual trabajo se encuentra en el extranjero. Por mi trabajo estoy continuamente viajando de un país a otro y en esas condiciones me sería imposible mantener contigo una relación. Y no creo en las relaciones a distancia. Sin embargo no quería irme sin que supieras que yo correspondo a tu interés hacia mí. No quería que te quedaras frustrada suponiendo que no eras digna de mi atención. Me gustas mucho, y desearía que no recordaras esta situación como un fracaso de tu parte, sino solo como una ilusión que no llegó a hacerse realidad.

Tania había quedado muda. Solo atinó a preguntarle:

—    ¿Cuándo te vas?

—    En la mañana, bien temprano pasa el transfer para llevarme al aeropuerto.

Y después de mirarla una última vez, suspiró hondo y dijo:

—    Y ahora me voy. Tengo que terminar de armar la maleta.

Dicho esto saltó el murete y se dirigió al edificio principal. Tania quedó inmóvil mirándolo alejarse hasta que lo vio entrar en una de las habitaciones que daban al mar.

Se quedó un rato tratando de digerir toda la información que él le había soltado como una bomba inesperada, y después de pensarlo se puso de pie y fue tras él.

Cuando él abrió la puerta la miró largamente pero no dijo nada. Fue ella la que habló.

—    Como creo que tú ya has dicho todo lo que tenías para decir, ahora soy yo la que va a hablar. No quiero que sea solo una ilusión para recordar. Quiero que la ilusión se concrete, aunque sea por una única vez.

Y acercándose a él lo besó largamente.

Serían cerca de las cuatro de la mañana, cuando él miró la hora en su móvil y  se levantó rápidamente.

—    ¿Ya te vas? —dijo Tania con la cabeza aún en la almohada.

—    Sí, tengo que marcharme si no quiero perder el vuelo. Pero tú quédate aquí. La habitación recién hay que entregarla al mediodía. Si te quedas en mi cama podré irme con la sensación de que todavía estoy junto a ti.

A la tarde, se sentía tan abrumada que se quedó encerrada en su habitación. Había sido demasiada la adrenalina desplegada en aquel encuentro y ahora la acuciaba el vértigo de nunca más volverlo a ver. Pero debía hacerse a la idea.

Al finalizar aquel curso, volvió a la casa donde vivía con sus padres. Mientras continuaba con sus estudios en la universidad intentaba sobreponerse a la situación. Pero pasaban los días y aunque sabía que era mejor dejar atrás aquella historia, por algún motivo le resultaba imposible de olvidar. Al segundo mes se dio cuenta de cuál era aquel motivo: lo llevaba dentro de ella. Estaba embarazada de él. Ahora estaría con él para el resto de sus días.

Pasaron cinco años. Entre la crianza de su pequeño hijo Mikel y el estudio, Tania había demorado un poco más de lo previsto en graduarse. Sus padres, que la habían apoyado en todo momento, visto el aumento del número de integrantes de la familia, habían optado por mudarse del pequeño apartamento en que vivían, a una casa con jardín, con suficiente espacio donde el niño pudiera jugar. Tania, por su parte, gracias a haber reunido una voluminosa carpeta de méritos había conseguido un excelente puesto en una importante empresa de importación y exportación que estaba a punto de expandirse hacia nuevos horizontes de comercio internacional. No obstante, en su vida personal no se sentía tan exitosa. A veces, rememorando aquella bizarra experiencia, se preguntaba si la importancia que había tenido para ella también la había tenido para él. No obstante, con el paso del tiempo, aquella ilusión alucinante se había ido desvaneciendo y había pasado a ser el amargo recuerdo de una situación que estaba segura de no haber sabido manejar. Visto a la distancia, concluía que se había tratado solo de una mala decisión tomada de manera precipitada frente al encanto de un joven atractivo que tal vez estuviera acostumbrado a engatusar a chicas  tontas como ella.

Ella no había hecho nada por encontrarlo. En la inconsciencia de aquel fervoroso encuentro, no le había pedido su nombre, por lo cual, aunque hubiera querido contactarlo no habría sabido por dónde comenzar. Además, habría sido penoso presentarse ante la organización de aquellos cursos para averiguar quién era él. Por su lado, si él hubiera querido contactarla podría haberla buscado en las redes sociales o en la lista de asistentes al curso en cuestión. Pero no lo había hecho. De todos modos, nada podía reprocharle. Él había sido bien claro en su propósito: solo deseaba no frustrar sus sentimientos hacia él. Nada más. Era ella quien se había atrevido a cruzar la línea.

Acorde al programa de expansión de la empresa en la cual trabajaba, Tania se enteró de que habían sido contratados los servicios de una compañía consultora para evaluar la viabilidad del proyecto, así como establecer estrategias para manejar el impacto social y comercial. Cuando se enteró, se alarmó pensando que tal vez dicha compañía pudiera ser la misma para la cual trabajaba aquel hombre que había dado vuelta su vida. Por eso lo primero que hizo fue averiguar si se trataba de una empresa extranjera, pero se tranquilizó cuando le comunicaron que no, que era una compañía local. Aunque no se esperaba lo que sucedió.

Según la agenda elaborada, las reuniones con el enviado por la consultoría se realizarían diariamente por la mañana y se reanudarían por la tarde dejando un lapso libre de tres horas entre una y otra, para almorzar o atender asuntos propios de la institución. El primer encuentro estaba pautado para ese día, y el asesor enviado iba a presidir la reunión con todos los directivos, razón por la cual Tania estaba convocada a la misma. Iba despreocupada. Había dejado a su hijo en la guardería como todas las mañanas, y solo la movía la curiosidad de enterarse de los lineamientos del plan de trabajo que iban a encarar. No obstante, iba ataviada mejor que otros días, con un traje gris con pollera tubo y unos tacones muy altos. No intentaba sobresalir. Solo intentaba presentarse correctamente para aquella ocasión importante. Pero cuando abrió la puerta de la sala de juntas y entró, quedó congelada. Efectivamente, era él.

—    Ven, Tania, toma asiento —dijo amablemente la presidente.

Y agregó, como excusa para justificar su llegada tarde:

—    Es que las madres con niños pequeños no tienen más remedio que ajustar sus tiempos.

Tania odió que la presidente mencionara su maternidad, ya que no deseaba que él se enterara de que tenía un hijo. Buscó apurada un lugar en donde sentarse, pero antes de que lo hiciera, su jefa se apresuró a obligarla a saludar.

—    Tania —dijo, con una impostación inusual y exageradamente amistosa—, te presento al doctor Klaus Erikson. Es quien va a colaborar con nosotros durante estos días.

¡Al fin se enteraba de su nombre! No obstante, intentó disimular su emoción. No podía decirle «mucho gusto», lo que habría sido de un cinismo inútil. Por eso, sin acercarse a él para estrecharle la mano dijo simplemente «hola». Él respondió igual, con una inexpresiva «cara de póker». Lo recordaba discreto y circunspecto, por eso no le llamó la atención su falta de efusividad; no obstante le dolió que no hubiera manifestado de alguna forma conocerla de antes. De ahí entendió que deberían tratarse como extraños.

Durante el transcurso de aquella reunión tuvo que obligarse a no mirarlo, aunque a duras penas lo podía lograr. Con el correr de los años se había vuelto más guapo aún. Su cabello rubio y enrulado que antes llevaba atado en la nuca con una coleta, ahora estaba rapado casi al ras, Podían atisbarse en él algunas canas, así como en su barba apenas crecida. Todo en él continuaba siendo tan atractivo como antes, y su jefa no disimulaba sus intenciones de coquetear con él. Por eso, le molestó el hecho de que esta mencionara su maternidad, porque era evidente que no respondía a la intención de resaltar una actitud amigable de la empresa, sino a la de descalificar desde un principio a una posible competidora más joven y mucho más bonita que ella. Aun así, Klaus parecía no dar pie a insinuaciones y ponía por delante el tema de la convocatoria sin dar andamiento a desviaciones de la conversación.

Al mediodía, durante la pausa, Tania evitó acercarse a Klaus, aunque no le sorprendió que su jefa lo invitara a almorzar y se marcharan juntos. Mientras tanto, en el ambiente de la oficina Klaus ya era tema de conversación. Aunque ella no participara, igual podía escuchar los cuchicheos entre las empleadas acerca de lo buen mozo que era y de lo lanzada que parecía la jefa hacia él, y que teniendo en cuenta el poder que esta tenía, posiblemente lo cazara con facilidad.

Esa tarde, poco antes de que la reunión vespertina finalizara, Tania se levantó de su asiento y sin despedirse de nadie, se marchó. Descartó que su jefa no iba a perder la oportunidad de reiterar que su horario finalizaba media hora antes que el de los demás, concesión que se le otorgaba para poder ir a tiempo a retirar a su hijo de la guardería.

Le inquietaba no saber qué posición tomar. Él parecía no tener interés en hacer saber que ya se conocían, y  no iba a ser ella quien lo hiciera. Se dijo que si durante los días restantes las cosas iban a continuar así, lo que le quedaba era armarse de coraje e intentar que no le afectaran. Por eso, esa mañana antes de entrar a la empresa se dirigió a la cafetería de la esquina con intención de tomar un café y aminorar su nerviosismo. Se ubicó en una mesita junto a la pared del fondo y mientras esperaba que le sirvieran pensaba en alguna estrategia para manejar la situación. Ella mantendría su rutina de trabajo como siempre, y no daría la más mínima muestra de interés. Pero los recuerdos de aquella ardiente noche la invadían y al tenerlo cerca crecía en ella cada vez más el deseo de volver a estar con él.

Cuando la camarera le trajo el pocillo, comenzó a revolverlo sin ánimo. En eso estaba, cuando al mirar hacia la puerta vio que él entraba acompañado por su jefa, la cual venía sonriente como una colegiala excitada. Se sintió muy mal presintiendo que se confirmaban las suposiciones de sus compañeros de trabajo, pero aun así no se retiró del lugar. En cambio, en vez de esconderse miró desafiante hacia donde ellos estaban. Su jefa estaba de espaldas a ella, pero él, que estaba de frente, enseguida la vio. Y entonces algo inesperado  ocurrió. Sus miradas se encontraron y se fundieron entre sí con una intensidad inusitada. Abrumada por la fuerza de aquel contacto visual, Tania bajó rápidamente la vista y esperó a que ellos fueran los primeros en marcharse. Ya en la oficina, durante la reunión no se volvieron a mirar. Pero ella sintió que mágicamente se había restaurado la conexión entre ambos.

Era viernes en la tarde, y como cada fin de semana todos estaban ansiosos por finalizar aquella reunión, pero estaban en medio de una lluvia de  ideas, y por compromiso nadie podía manifestar su aburrimiento y sus ganas de irse a su casa. De pronto, una empleada entró a la sala y le comunicó a Tania que de la guardería se habían querido comunicar con ella pero no lo habían podido hacer por tener su móvil en silencio. Es que su hijo estaba con fiebre y habían llamado a la emergencia médica para hacerlo revisar. Tania, nerviosa se puso inmediatamente de pie, tomó sus cosas y pidió disculpas por retirarse, pero tenía que ir a por él. Ante eso, Klaus también se puso de pie y tomando su abrigo dijo, sin que nadie se lo pidiera:

—    Te llevo. Llegarás más rápido que si tomas el autobús.

Turbada por lo urgente de las circunstancias, no se opuso y se fue con él.

No intercambiaron palabras durante el trayecto; Tania solo se limitó a las necesarias para indicarle el camino. Una vez que llegaron, ella se bajó rápidamente del coche.

—    Gracias por traerme. A partir de acá me apaño sola. Puedes regresar —dijo, apurada cerrando la puerta. Y entró corriendo al lugar.

Klaus no le respondió. Pero una extraña intriga lo invadió. Entonces salió del coche y  entró a la guardería detrás de ella. Iba dubitativo pero decidido a saciar su curiosidad.

Habría dado tres pasos dentro del local cuando se cruzó con una de las cuidadoras que venía en sentido contrario y al verlo se detuvo por un instante, demostrando sorpresa.

—    ¡Qué suerte que ha venido! —exclamó espontáneamente con una sonrisa de bienvenida—. Mikel se pondrá muy contento cuando lo vea.

Klaus quedó un poco descolocado con sus palabras, pero igualmente le sonrió. La chica siguió su camino, pero detrás de ella apareció otra, que parecía más dicharachera y se detuvo a saludarlo como si lo conociera de antemano. Y él se mostró dispuesto a conversar, porque le interesaba ahondar en lo que la otra chica había insinuado.

—    Fue una lástima que la semana pasada no hubiera podido estar con nosotros para la celebración de su cuarto cumpleaños —comenzó diciendo, apenada—. Pero entendemos que el trabajo y los negocios no se deben descuidar. De todas maneras puede quedarse tranquilo pues lo pasó muy bien. A pesar de que hace poco que está con nosotros no ha extrañado para nada pasar de la guardería al  jardín . Acá lo pasa muy bien.

Él asentía educadamente con una sonrisa y no intentaba interrumpir su relato porque con cada palabra que la chica decía, crecía en él la curiosidad. Y abrió muy grandes los ojos cuando la chica exclamó, riéndose:

—    Mikel es un chico encantador. No podría negar que es hijo suyo porque es idéntico a usted.

Como Klaus no se rio sino que quedó tieso y pensativo, la chica se preguntó si habría dicho algo inconveniente y optó por no continuar la conversación.

—    Bueno, ha sido un gusto conocerlo —dijo, amablemente a modo de rápida despedida—. Ahora me voy a continuar con mis tareas. Esperamos verlo seguido por acá.

Bastante inquieto, Klaus se quedó de pie en el corredor esperando, sin saber qué. Pero era doctor en economía, y no pudo evitar aprovechar el momento para hacer una simple cuenta regresiva. De la semana anterior retrocedió cuatro años y después restó nueve meses, y el resultado lo impactó: llegaba exactamente a aquella noche que había pasado con Tania. ¡Mikel era su hijo!

No había salido aun de su asombro cuando una puerta se abrió y Tania salió apurada  con el chico dormido en sus brazos. Al pasar por donde estaba Klaus, él la frenó.

—    Lo cargo yo —dijo, en forma contundente, quitándoselo de sus brazos. Y ella no opuso resistencia.

Durante el trayecto hasta la casa de Tania ninguno de los dos habló. Pero no era para evitar despertar al niño que dormía plácidamente en el asiento trasero. Era porque ninguno de los dos tenía el valor de comenzar a hablar, aunque ambos sabían que había mucho que explicar.

Ese fin de semana ella supuso que no iba a tener que lidiar con la presencia de Klaus, lo que le daría margen para pensar en qué responder cuando él le preguntara. Pero él había quedado atónico con su descubrimiento y estaba ansioso por conocer los detalles del mismo. Por eso no pudo esperar hasta el lunes para encontrarla en la empresa, y la fue a ver.

Cuando Tania abrir la puerta, él se quedó ahí de pie y no intentó entrar.

—    ¿Pensabas ocultármelo para siempre? —le dijo en voz baja, por si el niño pudiera escucharlo.

Ella lo miró sin decir nada. Aquellos ojitos achinados, de pupilas celestes, idénticos a los de su hijo, se veían consternados. Por eso no pudo enfrentarlo hostilmente como en sus días amargos había pensado hacer.

—    No pensé que fuera a importarte.

—    ¿Ser padre no es importante? ¿Y qué sabes tú de lo que me pueda importar? —exclamó con un tono más enfático.

—    ¿Acaso yo te importé? Nunca te ocupaste de contactarme. Sabías mi nombre, a diferencia de mí, que no sabía quién eras.

—    Podías haber preguntado en la empresa organizadora de los cursos quién era el asesor que estaba a cargo de la evaluación.

—    ¿Y haber quedado como una tonta? ¿Quién me aseguraba que tú no eras un picaflor que se divertía engañando a chicas ingenuas como yo? Tal vez se habrían reído de mí. Y ya tenía bastante con lo que me pasaba.

Klaus la miraba apenado. Ella no había entendido lo que aquel momento había significado para ambos. No se había tratado del encuentro entre dos cuerpos en una noche frenética; había sido la comunión entre dos almas. De ahí que ninguno de los dos hubiera podido olvidarla.

—    Además —prosiguió ella, ofuscada— en su momento dejaste bien claro que no te interesaban las relaciones a distancia.

—    Sin embargo, la distancia no ha sido un impedimento desde el momento en que cada uno no ha dejado de pensar en el otro durante todos estos años —acotó él—. Y eso me alegra mucho. Por eso estoy acá

Tania no entendió sus últimas palabras, pero él ya se estaba yendo. De salida se cruzó con los padres de Tania que venían entrando cargados con las bolsas de la compra, y que al verlo se miraron entre sí, incrédulos.

—    ¿Quién era? —le preguntaron a su hija, casi al unísono.

—    Nadie —respondió ella, de mala gana—. Solo un compañero de trabajo.

Durante el comienzo de la semana, las reuniones en la empresa se habían reducido a un intercambio exclusivamente entre Klaus y la gerencia general. Eso le aliviaba la tensión de estar en contacto diario con él, pero también le adicionaba una gran angustia: sabía que en pocos días finalizaría su trabajo y, como en aquella oportunidad, se marcharía a su país. Y ahora sí, posiblemente nunca más volvería a verlo.

Y el día llegó. Tania se había enterado el día antes, y la ansiedad la consumía. Si le pedía que no se fuera, temía que lo pudiera malinterpretar creyendo que buscaba responsabilizarlo por su hijo.  En aquel primer encuentro había sido muy osada y había ido directamente hacia él. Sin embargo ahora no se sentía capaz de recuperar la misma valentía para decirle que deseaba que no se alejara nunca más.

Él todavía no se había marchado. Se estaba despidiendo del personal con el que había tratado, y ella no estaba con ánimo para despedirse de él. Así que salió del edificio y fue a sentarse en la parada del bus en la acera de enfrente. Estuvo ahí largo rato sola, con la mirada ausente viendo pasar los autobuses uno tras otro, sin poderse mover. De pronto vio que alguien se sentaba a su lado. Era él.

—    ¿En qué piensas? —le dijo, igual que aquella vez.

Ella por un segundo lo miró de costado y tuvo el impulso de no responder.

—     ¿Acaso estás pensando en mí? —insistió.

Sin embargo, no era momento para evasivas, así que su respuesta fue directa.

—    Ya sabes que sí —admitió con franqueza—. Sé que hoy te vas y no vamos a tener ocasión de volver a vernos.

—    Ah —suspiró, sonoramente—, ¿y estás interesada en que sigamos viéndonos?

Ella giró nuevamente la cabeza para mirarlo.

—    Sí, lo estoy.

—    Bueno —exclamó él, con calma—. Entonces primero me gustaría saber si es por Mikel o porque sientes algo por mí.

Aquellas palabras la hicieron retrotraer al pasado, y algo en su interior se estremeció.

—    Por supuesto es por Mikel, porque me encantaría que estuvieras al lado de él, pero también es por mí, porque no soportaría volver a perderte —afirmó con contundencia—. Reencontrarte ha sido muy removedor para mí. Tu hijo me ha hecho recordarte cada día. Y el amor que siento por él es el mismo que siempre he sentido por ti. Pero no te equivoques; no tengo nada que reclamarte. Así como lo he criado hasta ahora podría seguir haciéndolo sin ti. Lo que me asusta es tener que resignarme a perderte otra vez.

Klaus suspiró con calma y se tomó unos segundos para continuar.

—    Primero que nada, quiero decirte que yo si te busqué. Pensé que el correr del tiempo haría que te olvidara, pero no fue así. Hasta que un día me convencí de que eras la mujer de mi vida. Entonces te comencé a buscar.

La miró de costado sonriendo con resignación, y prosiguió.

—    Lo primero que hice fue contactarme con la empresa que había organizado aquel curso y averigüé dónde vivías. Pero fui hasta tu casa y me dijeron que tu familia se había mudado y que no tenían idea de cuál era tu teléfono ni tu nueva dirección. Entonces esa pista se desvaneció.

Suspiró recordando sus peripecias, que ella por supuesto no conocía.

—    ¿Tienes idea de cuántas Tania Torres existen en las redes sociales? —exclamó, jocoso, meneando la cabeza—. No habría podido investigarlas a todas. Entonces me desmoralicé. Pero el destino pareció hacer su jugada cuando me llamaron de este lugar para hacer el bendito estudio. En ese punto estaba comenzando a  rendirme, pero ya que estaba aquí no costaba nada hacer un último intento. Entonces, antes de presentarme se me ocurrió pasar por el departamento de personal y preguntar si alguna Tania Torres trabajaba aquí. El chico que me atendió se fijó en la nómina que figuraba en su computadora y me dijo que no. No figuraba nadie con ese nombre. Pero cuando ya me estaba yendo me llamó y me dijo que podía ser que no estuvieras aún por hacer muy poco que habías ingresado. Entonces, allí mismo hizo una llamada telefónica y al cortar me respondió sonriendo: Tania Torres es una de las contadoras del sector comercial.

—    Quiere decir que cuando nos vimos tú ya sabías que íbamos a encontrarnos —reflexionó ella en voz alta.

—    Así es. Por eso no te saludé efusivamente. Es que no sabía cuál era tu situación actual, si estabas casada o si tenías novio, o simplemente ni te acordabas de mí. Y habría sido penoso tener que recordártelo.  

Tragó saliva y continuó.                                

—    Primero tú me saludaste como si no me conocieras, y para colmo después mencionaron que tenías un hijo, lo cual me desmoralizó. Me sentí un tonto por esperar que no me hubieras olvidado. Por eso te seguí la corriente e hice lugar a las ridículas  insinuaciones de tu jefa, solo para molestarte. Tania, nunca he dejado de amarte.

Tania lo miró, asombrada. En un impulso, tomó su mano entre las suyas y la apretó con amor.  Aquel contacto reactivó el deseo en ambos y una corriente estremecedora los atravesó.

—    No lo sabía —dijo, acongojada—. Pero ahora lo que me angustia es tener que despedirme de ti, si es que sigues sin creer en las relaciones a distancia.

—    Estás en lo cierto, no creo. Sin embargo, en ese caso podría haber una solución, si tú la aceptas. Sabes, no vivo más en mi país. Ahora vivo acá. Hace casi un año que me mudé a este país. Inclusive renuncié a la empresa para la que trabajaba y he montado acá mi propia empresa. Tenía que seguir buscándote.

Tania lo miró asombrada.

—     Agradezco infinitamente haberte encontrado —exclamó, suspirando emocionado—. Y por si fuera poco me he topado con una sorpresa que no esperaba y que me hace tremendamente  feliz.  

—    ¿Eso significa que vas a quedarte?

—    Sí. Con ustedes dos. He alquilado una casa a pocos metros de la de tus padres, para que Mikel pueda ir y venir con facilidad.

Se hizo un silencio. Tania no sabía qué decir. Es decir, sí lo sabía pero las palabras parecían no poder salir de su boca.

—    Entonces —dijo Klaus, poniéndose de pie y tendiéndole la mano—, ¿vas a continuar esperando el autobús, o te vienes conmigo a mi casa?

—    ¿Es esto real o es solo una ilusión? —balbuceó Tania.

—    Es real, como tú lo has querido.

Pero cuando estaban por irse Klaus dijo, de pronto:

—    ¿Y Mikel? ¿No lo deberíamos haber ido a buscar?

—    Tranquilo, mi amor. Mikel hace rato que está con mis padres. Se va a quedar con ellos porque ya les avisé que no voy a ir a dormir.

Y agregó, con picardía:

—    Algo aprendí de ti y de tus estudios de estrategia.

En eso estaban cuando vieron que la jefa de Tania cruzaba la calle apurada y venía directamente hacia ellos. Parecía soliviantada.

—    Klaus —dijo, ignorando a Tania—, ¿qué haces aquí? Hace rato que te estoy  esperando para ir a cenar. Recuerda que te invité a una cena de despedida.

—    Lo siento —respondió él, tranquilamente—. Pero no va a poder ser. Tengo que ir a buscar a mi hijo.

Y mirando a Tania con cariño, corrigió:

—    A nuestro hijo.

Y dejando a aquella mujer con la palabra en la boca, tomó a Tania fuertemente de la mano y remarcó:

—    Disculpa, pero tenemos prisa —y se alejó rápidamente con ella a rastras.

Ya en el coche, Tania le corrigió:                 

—    Mentiste. Dijiste que íbamos a buscar a nuestro hijo pero sabías que Mikel está en casa con mis padres.

—    No —dijo él, sonriente con su hazaña—. No mentí. Me refería a nuestro segundo hijo.